El agradecimiento del hombre solitario

El viaje organizado acababa de empezar. Sara, mi novia, y yo, estábamos deseosos de salir fuera de España y visitar otros lugares.

 

El vuelo hacia nuestro destino transcurrió sin percances, y al recoger las maletas oímos alguna que otra voz en español que nos indicaba que no estaríamos solos en el viaje.

En autobús de camino al hotel, se sentó al lado nuestro un hombre de unos cincuenta y tantos que parecía muy ducho en la historia del país que visitábamos. Se presentó como Aurelio, y haciendo de guía informal, nos dio explicaciones y curiosidades sobre algunos  monumentos que había por el camino.

 

Tras dejar las maletas en el hotel, empezamos las visitas con la guía del viaje organizado.  Seguimos a Aurelio durante el recorrido ya completaba perfectamente las parcas explicaciones de la guía. Más que ir con nuestro padre, parecía que viajáramos con un ilustrado profesor de instituto.

 

Durante la comida hablamos de banalidades hasta que Aurelio hizo algunas preguntas más personales.

–          ¿Qué edad tenéis?

–          29 – respondió Sara.

–          Parecéis mucho más jóvenes…

–          Gracias – respondí yo.

–          ¿Cómo os conocisteis?

–          Uff, mejor que te lo explique Luis… – dijo Sara.

Le expliqué nuestra historia mientras que el hombre nos escuchaba atentamente.

 

El viaje continuó sin incidentes mientras que viajábamos de una ciudad a otra. Aurelio siempre iba con nosotros, y empezamos a sentirnos un poco agobiados.

Durante la cena del quinto día de viaje, bajamos al restaurante del hotel, y la cara de Aurelio cambió. Al principio no me di cuenta de la razón, hasta que me percaté que Sara llevaba puesto un jersey con algo de escote para no pasar tanto calor dada la temperatura de la calefacción. Mi novia es bastante delgada, morena, con un culo bien duro y torneado y poco pecho. El escote se realzaba por el casi seguro sujetador con relleno que llevaba puesto.

 

Aurelio no le quitó ojo durante toda la cena a mi chica, e incluso le hizo una broma de intentar colar una miga de pan en su escote.

 

Aquella noche, todo el grupo se fue pronto a dormir ya que a la mañana siguiente había que madrugar.  Sara y yo estábamos dentro de la cama hablando de nuestras cosas, cuando empezamos a oír un gruñido.

–          ¿Qué es eso? – me dijo Sara.

–          No sé, parece que viene de por aquí cerca…

Puse la oreja pegada a la pared y pude escuchar mejor un gruñido rítmico.

Sara hizo lo propio, y al cabo de unos segundos, el gruñido acabó en un gemido de oso herido.

–          ¿Quién está en la habitación de al lado?

–          Pues… creo que nuestro amigo Aurelio.

–          ¿Habrá ligado con alguien del grupo?

–          Puede ser…

 

 

A la mañana siguiente, en el desayuno, Sara preguntó inocentemente a Aurelio sobre la noche anterior.

–          ¿Qué tal anoche? ¿Saliste? ¿Conociste a alguien?

–          No, ¿por?

–          Ah… no nos lo cuentes si no quieres. Si estuviste con alguien del grupo en tu cuarto igual crea alguna situación violenta.

–          Anoche estuve solo en el cuarto…

Las piezas empezaron a encajar, y Sara se quedó mirándole con cara de tonta. Aurelio cortó la tensión riéndose, y hablándonos en un tono que distaba mucho de su habitual parloteo didáctico.

–          Un hombre solo tiene que desahogarse de vez en cuanto. Ya sabes.

Sara le respondió con una risita tonta sin saber qué decir, y cambió rápidamente de tema aludiendo a algo del plan para el día.

 

Aquel día, le dimos esquinazo y nos fuimos por nuestra cuenta. Al llegar al hotel nos pregunté que dónde nos habíamos metido, y le soltamos escusas al respecto.

 

Al día siguiente amanecimos con la mala noticia de que el autobús se había estropeado. Las visitas de la mañana quedarían anuladas hasta que trajeran otro, y decidimos aprovechar la mañana para tener un poco de relax. Nos pusimos el bañador, y nos fuimos a la pequeña piscina que tenía el hotel.

 

Al llegar a la piscina, esta estaba totalmente vacía. Nos quitamos los albornoces y Sara desfiló ante mí con su bikini blanco. No tenía relleno, y realzaba su delgada figura.

 

Al cabo de un rato, y ante nuestra sorpresa, Aurelio se presentó en la piscina.

–          Vaya, qué coincidencia. Se ve que hemos pensado en lo mismo.

Mi novia y yo nos miramos y le contestamos educadamente.

El hombre se metió con su slip en la piscina, y se puso a hablar con nosotros.

A la media hora, Sara dijo que salía, que empezaba a estar arrugada.  Subió por la escalera y Aurelio abrió los ojos como platos al ver el culito de mi novia; la braga del bikini era bastante pequeña, y sin ser un tanga, enseñaba más de lo que tapaba.

–          ¿Te quedas? – me dijo Sara tras girarse.

–          Sí, me quedaré un rato.

Seguí la mirada de Aurelio y me di cuenta que le miraba las tetas a mi novia de forma descarada. El cambio de temperatura le había hinchado los pezones, y estos se marcaban en su bañador como dos pequeñas bolitas.

 

–          Tu novia tiene cuerpo de adolescente. Si no supiera la edad que tiene, me lo pensaría.  – dijo Aurelio cuando mi chica ya se había ido.

–          Sí, la verdad es que se conserva bien.

–          Ya lo creo, eres un chico afortunado.

–          ¿No te espera ninguna novia en tu ciudad?

–          No… estoy divorciado.

 

 

Aquella noche, mi novia y yo hicimos el amor. Mientras estábamos en el acto, nos pareció oír los mimos gruñidos de la otra vez. Mientras Sara me cabalgaba le dije:

–          ¿Oyes eso? Aurelio debe de estar masturbándose otra vez…

 

Tras acabar, Sara comentó que el hombre estaba empezando a hacérsele un poco pesado, y tendíamos que pasar un poco de él.

 

 

El día siguiente coincidió con el cumpleaños de Sara. A la hora de la comida, y ante nuestra sorpresa, Aurelio le dio una cajita envuelta a mi chica como regalo. Ella se quedó estupefacta al comprobar que era un colgante, de aspecto caro.

–          Gracias… pero no puedo aceptarlo. Es demasiado…

–          Acéptalo mujer. Sólo ha costado dinero, y puesto que no tengo que llevar recuerdos de este viaje a nadie, prefiero gastármelo en ti que en trastos que acaban acumulando polvo en casa.

Aurelio se levantó, y se colocó detrás de Sara para colocarle el colgante. Desde su posición, el hombre podía otear el escote abierto en “V” de Sara. Sus dos pechos se mantenían firmes en aquel atuendo. El hombre, distraído, tardó más en ponerle el colgante.

 

Sara tuvo remordimientos de conciencia por haber querido pasar de aquel hombre tan considerado.

Para la cena, quiso compensar al hombre y animarle al menos la vista.

 

Sara lucía un top rojo escotado que dejaba a la vista su vientre plano. Debajo llevaba un sujetador negro con relleno que no hacía sino realzar la línea de su escote. En la parte inferior llevaba unos pantalones de cuero negro, y bien ajustados.

 

–          Wow Sara, vas increíble.

–          Gracias.

–          ¿Por qué no vamos a un restaurante que he vi ayer en una calle paralela y celebramos tu cumpleaños?

–          Pero nos perderemos la cena – dije.

–          No os preocupéis. Yo invito.

 

Aceptamos la invitación y nos dirigimos al restaurante.

–          ¿Te gusta cómo he venido vestida? – preguntó Sara una vez acomodados.

–          Por supuesto que sí. Es un regalo para la vista.

Las botellas de vino desfilaron por la mesa, y a quién más se le notaba el efecto era a Aurelio. Pasó de su dialéctica seria y paternal a una más distendida.

–          ¿No pasas calor con ese pantalón? – preguntó a Sara.

–          Ahora mismo sí, aunque en la calle voy cómoda.

–          ¿Cómoda aunque vayas tan apretada?

–          Sí… ¿no te gusta?

–          ¡Claro que sí! Te hace un culito precioso.

Aquel alago tan directo y sencillo sonrojó a Sara.

–          No te pongas roja. Como si no lo supieras. Cuando has entrado, todo el restaurante se te ha quedo mirando.

–          Je, je, je ¿sí? No me he dado cuenta. Y yo que me había vestido así para ti.

–          ¿Para mí?

–          Sí. Ya que tú me has regalado el colgante, yo te regalo las vistas de la percha.

–          ¡A mí sí que me tienes el colgante…!

–          ¡Aurelio! – le cortó Sara.

Ambos se miraron y se pusieron a reír.

–          Perdona Sara. El vino ha hecho que me suelte demasiado. Hace demasiado tiempo que no estoy con una mujer.  Oíros anoche en la habitación tampoco es que ayudara.

–          Uy, qué vergüenza.

–          De vergüenza nada. Orgullosos deberíais de estar. Me pusisteis a mil.

–          Ya te oímos – intervine yo.

–          Pues lo que oísteis fue consecuencia de lo que hicisteis.

–          Es decir, te la cascaste oyéndonos follar – dije socarrón.

–          Lo has dicho bien claro. Y sinceramente, tras ver hoy así vestida a tu novia, pienso repetir.

 

 

Aquel momento de tensión fue roto por el camarero que trajo la cuenta. Le pedimos que nos hiciera una foto a los tres. Tras esto, Aurelio me dio su cámara y me dijo que quería una foto con Sara.

Mientras enfocaba mirando la  pantalla de la cámara digital, pude ver cómo Aurelio cogía a mi chica por la cintura allí donde su piel estaba al descubierto.

Justo mientras le entregaba la cámara, Aurelio nos sorprendió a todos pellizcando la nalga de mi novia.

–          Ufff, este pantalón es una maravilla. Luis, debes de estar deseando follarte a tu chica.

–          Como siempre.

–          Qué envídia.

 

Nos metimos en el ascensor, y justo antes de que se cerraran las puertas entraron cinco personas más. Íbamos bastante apretados. Miré a Sara y noté algo raro en su cara. Con la mirada me señaló el espejo y allí pude ver cómo Aurelio estaba pegado (sin verdadera necesidad) al culo de mi chica. No sólo estaba apoyado en ella, sino que se restregaba subrepticiamente.

–          Oye, ya que sólo nos separa una pared y total sabemos qué vas a hacer, ¿por qué no pasas a nuestra habitación? – le soltó Sara a Aurelio en el pasillo.

El hombre sonrió de oreja a oreja y se metió en la habitación. Sin saber muy bien qué hacer, nos sentamos en la cama, y Aurelio hizo lo propio.

–          Ufff Sara. Estás tan buena que te follaría y metería hasta los huevos dentro.

–          ¡Aurelio! Nunca te había oído hablar así.

–          Ni tampoco me habías tenido tan caliente. Porque está tu novio, que si no sería capaz hasta de violarte.

Los tres nos reímos por su broma. Aurelio le dio un rápido beso en la mejilla, y Sara, sonriente, nos puso las manos sobre las piernas. Las manos de mi chica subieron, y de forma descarada nos frotó los paquetes.

 

Aurelio le acarició el abdomen, y fue subiendo hasta llegar a sus pechos. Se los acarició lentamente por encima de la ropa.

–          Sara, qué tetitas más ricas tienes.

–          Desnudaros – dijo Sara.

Obedecimos, y tanto aquel señor como yo nos quedamos en pelotas, quedándonos los 3 de pies.

Me lancé hacia mi novia y ambos nos besamos pegados como haríamos normalmente. Aurelio se acercó por detrás, y pegó su pene erecto al ceñito pantalón de mi chica.

–          Mmmmm, Sara, qué cuilito tienes. – Dijo mientras se restregaba.

Le besó los hombros desnudos sin dejar de moverse.

–          No te puedes imaginar las pajas que me he hecho pensando en ti.

Ella le sonrió, giró la cabeza, y cogiéndole del cuello le besó. La lengua de aquel hombre no era como la mía: era hambrienta, desesperada, buscadora de deseos ignotos.

Metí mi mano por debajo de su top y le acaricié las tetas por encima del sujetador. Aurelio le acariciaba el abdomen con suavidad, mientras ella pasó a mis labios.

–          Sara, Sarita, … te voy a comer esas tetitas como un lechón.  – Tras decir esto, le subió el top, y le desabrochó el sujetador con la urgencia de si se tratara de una bomba.

Los blancos pechos de Sara apuntaban al techo turgentes. Desde detrás, Aurelio posó sus manos en los laterales de aquellas tetitas y las fue cerrando hacia el centro. Los pezones se colaban entre sus dedos. Sopesó los pechos, y los levantó juntándolos en la parte superior.

–          Así van a moverse cuando te folle – le dijo mientras que los hacía dar brincos con rápidos movimientos de sus manos.

–          Eres cincuentón, pero vas salido como un adolescente.- Le contestó Sara.

–          Y tú tienes cuerpo de adolescente, así que estamos a la par.

Alzó su pecho derecho, y pasando la cabeza por encima de su hombro, Aurelio se introdujo el pezón de Sara entero en la boca. Ella emitió un débil gemido. Los succionó sin prisas, y recorrió círculos en torno a aquella protuberancia. Hizo saltar de nuevo las tetitas  entre sus manos y moviendo Sara por la cintura, la sentó encima de sus piernas en la cama.

Más cómodo, Aurelio continuó con su operación de succionado mientras amasaba ambos pechos con cada vez más ahínco.

 

Yo contemplaba la escena mientras me pajeaba lentamente.

Aurelio le apretó las tetas como si quisiera sacar leche de ellas. Pensaba que eso haría daño a Sara, pero ella sonreía encantada.

Sara se colocó al lado de Aurelio en la cama, y éste lanzó su cabeza como un buitre hace sus tetas. Metió la cabeza en su escote, y Sara la aprisionó entre sus tetas cerrando los brazos. El hombre gemía de placer mientras empapaba aquel canal con su lengua. Sara, divertida, movió sus pechos en hacia los lados haciendo las delicias de Aurelio.

 

El hombre quitó con soltura las prendas que le quedaban a la Sara y la  tumbó boca arriba.  Colocó su pene entre sus tetitas. Sara juntó sus pechos, e intentaron hacer una cubaba, pero sus tetas no eran tan grandes como para que fuera perfecta.

 

–          Ven, siéntate en mi cara – dijo Aurelio tras tumbarse.

Sara maniobró como  pudo, y para sorpresa suya, en lugar de hacer un 69, notó directamente la cálida lengua de su amante en su culo. Dio un gritito de sorpresa que pronto se convirtió en uno de placer mientras Aurelio le comía el coño y el culo por igual.

Consiguió descender hasta la postura del 69 y agarró el pene del hombre. Estaba muy duro, y tras tocarlo un poco, se lo metió directamente en la boca. Excitada, lo chupó con rapidez. De vez en cuanto tenía que sacárselo de la boca para gritar con fuerza de placer.

Aurelio le comía el coño y azotaba el culito.

–          ¡¿Te gusta?!

–          Mmmm, sí, mmmmm.

 

 

Me fui al baño un momento, y al volver me encontré a Sara subida en cuclillas sobre Aurelio. El hombre se masturbaba y rozaba con la punta de su pene los labios vaginales de mi novia.  A ella se le notaba muy cachonda.

–          Sí, mmm, métemela ya, vamos – decía mi chica.

Ella agarró el pene y tras rozarlo contra su entrada, se lo introdujo lentamente.

Sara empezó a cabalgar cada vez más rápido. Se giró, y siguió cabalgando dando la espalda. Aurelio le azotaba el culito y se lo apretaba con fuerza con los dedos.

–          Ven aquí, que quiero ver esas tetitas saltar.

Sara se acomodó sobre Aurelio en la clásica postura de cabalgar.

Aurelio movió su cintura con fuerza, y pronto las tetitas de Sara empezaron a botar como si tuvieran motores propios.

 

Aquello ya era demasiado para mí, así que me acerqué. Sara me sonrió con picardía, y cogió mi pene con la mano. Cabalgaba ahora más despacio, erguida, chupándomela con cada salto.

–          Ven aquí cariño, que yo también quiero.

Sara se puso a cuatro patas, y mientras se la chupaba a nuestro amigo, le agarré ambas nalgas y se la metí por el coño de un empujón. Lo tenía empapado y ardiendo, y eso no hizo sino incrementar mi excitación. Aquel conducto había recibido otra polla que no era la mía, y estaba muy dilatado.

 

Mientras follábamos, la voz de Aurelio era la única que se oía entre nuestros gemidos.

–          Ufff, cómo la chupas. Pareces un aspirador industrial. Mmmm, sí, sigue. Luis, tu novia está hecha toda una putita.

–          Lo sé – dije.

–          Esta no será la última vez que me la folle en este viaje.

–          Si ella quiere…

–          Oh sí, claro que querrá. Aún no he acabado con ella, y cuando lo haga, querrá más. Luis, córrete tú primero dentro de tu chica, que quiero sentirla bien lubricada por dentro. Sara ¿por qué no le animas?

–          Mmmm, eso cariño, córrete, mmmm.

Aquella conversación tan cerda, y los ánimos de mi novia hicieron que algo estira dentro de mis huevos. Aceleré el ritmo, y sentí una descarga por todo mi cuerpo cuando eyaculé. Caí encima de mi novia mientras movía mi culo sin parar inyectándole más y más semen.

Cuando acabé, me eché a un lado y pude comprobar como algo de semen desbordaba por el orificio de Sara.

 

–          Bien hecho. Es mi turno. Sara…. ¡prepárate!

El hombre la ayudó a darse la vuelta. Levantó sus piernas dejando las rodillas en un ángulo de 90 grados; se agarraba las piernas para que no se le cayeran.

–          Ufff Sara, eres un volcán. Noto la leche de tu novio dentro de ti – dijo tras metérsela.

Aurelio comenzó un rápido mete-saca sin metérsela del todo mientras la besaba.

De repente, el hombre bajó el ritmo, y se la metió entera. Sara gimió de forma desgarrada, y Aurelio siguió metiéndosela lentamente pero hasta el fondo.

Las piernas de Sara cayeron a los lados, y Aurelio aceleró el ritmo como si fuera un conejito de Duracel. Le agarró y apretó las tetitas mientras se  la follaba con fuerza entre los gemidos de ambos.

–          Vamos preciosa, córrete.

El baile sexual continuó unos ´minuto más, hasta que Sara empezó a gemir con más fuerza y contraerse como si le quemara el cuerpo.

–          Te has corrido ¿eh? Venga, dale una alegría al Tío Aurelio y haz que me corra también.

Mi novia se arrodilló frente al hombre y empezó a chupársela. La polla tenía una mezcla de sus propios fluidos con los de su novio.

–          Sí Sarita, sí, sigue…

Sara ya tenía las tetitas rojas, pero aun así Aurelio seguía estrujándoselas.

–          Sí, sí, sí, me corrooooooooo.

Un lento chorro de semen cayó en los labios de Sara. Ella abrió la boca, y mientras el líquido se derramaba dentro, otros tantos chorros encestaron e impactaron contra su cara.

El hombre cayó a un lado tendido. Se vistió rápidamente, y antes de irse sentenció:

–          Preparaos para lo que queda de viaje…

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