El arte del sexo

Ella lo hacía todo deteniendo mis manos contra el piso. Se movía en forma divina. Me poseyó. Sabía mis sensaciones. Cuando me iba a venir, hacía una extraña contracción con su vagina y me lo impedía. Lo hizo así durante horas. En un momento dado no supe más de mi, estuve en el Universo, galaxias y objetos de todos los colores me rodeaban. Oí cantos angelicales. Vi la gran explosión.

Desde joven me gustó, para eso de las artes del amor, la interacción con mujeres maduras, y hoy que ya soy un hombre maduro y rondo casi los 50, el hábito de enamorarme de mujeres mayores aún no se desvanece. Durante mi última correría pensé que lo que muchos siquiatras habrían calificado como una desviación, gerontofilia o como se llame, al fin se me había curado pues la dama en cuestión parecía de unos 53 años, es decir, prácticamente de mi rodada como decimos en mi tierra. Y eso no solo por el rostro, que revelaba una que otra línea de expresión, pero muy sonriente y con una mirada muy expresiva.

Aunque morena, tenía los ojos claros, entre verde y gris, muy hermosos. Se maquillaba en forma discreta, pero de manera que dejaba que se notara la armonía de sus facciones. Ni siquiera por el cabello entrecano pero bien cuidado, le hubiera podido calcular más de 56 años. Y si era hermosa de cara, su cuerpo era maravilloso. La conocí en la fila del banco. No había reparado en ella pues estaba detrás de mi, hasta que se le cayeron parte de sus papeles de un fólder que llevaba en la mano. Yo leía un libro e instintivamente volteé y me agaché a levantarlos, fue ahí que vi su hermoso rostro muy cercano al mío pues ella había hecho lo mismo, me sonrió y me dio las gracias.

Parecía un poco nerviosa pues me hizo un comentario sobre la lentitud del movimiento en el banco y aún faltaba para llegar hasta la caja. Le dije que no se preocupara, que aunque no pareciera de mucha ayuda yo le cedería mi lugar. Me repitió las gracias, y me comentó que tenía solo unos minutos más para llegar a tiempo a la escuela. Le pregunté si era maestra y sonriendo, me dijo que no, sino que debía recoger a su nieto.

Sin hacer alusión a cuestiones de la edad, le dije que no pensaba que alguien como ella tuviera nietos. Parecía jovial cuando hablaba sonreía mucho y vestía una blusa fresca sin mangas que dejaba ver unos brazos aperlados, y un pantalón ceñido que denotaba unas formas muy femeninas, imagen que se reforzaba muy bien con unas zapatillas muy altas pero elegantes. Se alegró cuando viendo el reloj y lo que faltaba para llegar al cajero calculó que tomando un taxi, llegaría. Yo, sin mencionar que estaba en la hora de la comida le dije que a mi me sobraba tiempo, que me permitiera llevarla.

Accedió y llegamos a tiempo a la escuela. Le pedí que me permitiera completar mi buena obra y acompañarla hasta su casa con el chico, ella aceptó muy animada. En el trayecto a su casa ella adivinó que yo no había almorzado y me invitó a hacerlo en su casa. Me disculpé por que tenía una junta importante por la tarde, pero le di mi tarjeta y le dije que quizá algún día podíamos hacer algo juntos.

Me llamó esa misma noche, poco antes de retirarme de la oficina. Me invitó a cenar. Mi primer impulso fue rehusarme por que pensé que era algo familiar, pero ella insistió tanto, y sin explicar mucho más, me pidió que llevara un vino, mi preferido. Me arriesgué y llegué con el vino y orquídeas. Estaba sola, vestida muy elegantemente con un traje de noche, seda con encaje, abertura a media pierna, zapatillas rosas y se había soltado su hermosa cabellera entrecana. La cena y la plática, iluminada con velas, fueron maravillosas.

Me explicó que había enviudado hacía tiempo, y vivía sola. En las tardes recogía a su nieto en la escuela y lo atendía hasta la tarde en que su hija venía por él. Era una mujer cultísima, había sido maestra de arte y ahora estaba retirada.

No pude resistirme y la besé, mi beso fue correspondido, nos abrazamos. Bajé el sostén, el cuál desabroché suavemente. Sus pezones eran mayúsculos y mis dedos índice y pulgar los disfrutaron, primero en forma delicada pero luego asumieron una brusquedad instintiva que la hizo soltar el onix y tomar mi miembro por encima del pantalón, apretándolo con fuerza como devolviéndome ese placer un tanto doloroso que a veces se da en cualquier preámbulo amoroso. Se dio la vuelta y nos besamos profundamente, como escena de adolescentes. Bajé a su flor. La disfruté literalmente con todos los sentidos. Sus jugos eran abundantes, y habíamos conseguido un armónico entendimiento su clítoris y mi lengua. Se tiró en la alfombra y la penetré.

Sentí como quien se hunde en un mar cristalino y al sumergirse resulta que es el cielo y las estrellas. Me pidió que por un momento nos inmovilizaramos. Yo obedecí, en ese momento ella ya era mi Diosa. Sin soltarnos me dejé guiar por ella. Se colocó encima de mi a horcajadas. Ella oraba en un idioma que yo no conocía, pero que sonaba como a canción de Oriente, tal vez Sánscrito.

El tiempo se detuvo. Ella lo hacía todo deteniendo mis manos contra el piso. Se movía en forma divina. Me poseyó. Sabía mis sensaciones. Cuando me iba a venir, hacía una extraña contracción con su vagina y me lo impedía. Lo hizo así durante horas. En un momento dado no supe más de mi, estuve en el Universo, galaxias y objetos de todos los colores me rodeaban. Oí cantos angelicales. Vi la gran explosión. Me sentí humilde…

Al recuperar el conocimiento sentí su cuerpo desnudo muy terso tocar cada poro de mi piel. Abrazados, cubiertos con unas sábanas muy suaves. Me veía amorosamente, acariciándome el cabello, me besó con ternura. Me preguntó mi edad. Hizo una expresión de asombro, 18 años menos que yo y ya lo sabes, me dijo, yo me tardé un poco más. Tu deber ahora será enseñárselo a otras. Fue así como aprendí el arte del sexo sacro. Hoy se lo enseño a damas en edad madura, que lo quieran aprender.

Autor: Ahchinga

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