La caída moral I

Lo acosté sobre el sillón, lo desnudé en segundos y me lancé a mamar su verga que ya parecía un tubo de oxigeno con grandes venas que parecían a punto de explotar. En ese momento nada en el mundo importaba más que su verga. Ni mi esposo,  ni mis hijos, solo deseaba mamar como posesa indicándole a mi nuevo macho que su verga era lo único en la tierra que importaba para mí.

Hola a todos. Al fin me animo a contar mi historia. La triste historia de mi vida.

Mi nombre es Ana y tengo 39 años. Fui casada y tuve 2 hijos hermosos y un marido espectacular, una casa medianamente linda, y todo lo que una ama de casa de clase media desearía tener. Vacaciones en Brasil, actos escolares de mis hijos filmándolos, cenas familiares en casa de mis padres y de mis suegros, etc.

Mi marido era gerente de producción de una importante Pyme de la ciudad de Buenos Aires y su sueldo nos permitía mantener el nivel de vida que deseábamos. Pero no todo es miel en la vida y la situación económica de Argentina en general nos arrastró como a tantos. Para no ser despedido aceptó cargos de menor jerarquía y consecuentemente su sueldo disminuyó.

Fue ahí cuando decidimos que yo buscara trabajo, pues soy secretaria ejecutiva recibida, y al hacer números nos convenía pagar una niñera de medio día por las tardes pues a la mañana ambos niños iban a la escuela. De ese modo solo quedarían al cuidado de la canguro desde el mediodía hasta media tarde, momento en el cual uno de nosotros dos siempre llegaba a casa. Por suerte no me costó mucho conseguir trabajo, pues si bien mi curriculum era inexistente soy una mujer atractiva y eso en Argentina pesa mucho a la hora de conseguir trabajo.

Peso 56 kilos, tengo cintura estrecha y unos senos hermosos, que aun siguen firmes, con pezones oscuros y grandes, tobillos finos y  unas nalgas apetecibles.

Entré a trabajar de secretaria de Jorge R, un empresario del gremio de la madera con oficinas en Recoleta. Mi entrevista fue rara. Me preguntó el motivo de mi búsqueda de trabajo, disponibilidad horaria y si manejaba computadoras. No pude dejar de notar que su mirada iba de mi cara a mis piernas  a cada instante y eso me ponía nerviosa, pero salí de la entrevista con el puesto en mis manos.

Mi marido feliz descorchó esa noche una botella de espumante para festejar con mis hijos y yo en esa cena familiar. Esa creo que fue la última vez que se nos vio felices y unidos. Al cabo de tres semanas de trabajo yo estaba despatarrada en un sillón  en la oficina de Jorge gimiendo como una cerda mientras él me lamia el culo.

Pero, ¿como llegamos a este punto? Así:

Una tarde a la semana de haber ingresado a trabajar me comentó de la llegada al otro día de un grupo de ejecutivos malayos que llegaban a la ciudad para cerrar con él un importante contrato de importación de madera a Malasia. Me sugirió amablemente que me pusiera más linda de lo que se me veía a diario (fueron sus textuales palabras)

Así y lo hice y pude hacerlo sin problemas pues German, mi marido, salía a su trabajo una hora antes que yo. Me vestí lo más sexy que pude, dejé a los niños en la escuela y partí a la oficina. Jorge me esperaba con un enorme ramo de flores y no paraba de decirme lo hermosa que estaba.

Los malayos llegaron puntuales y se me pidió que tomara apuntes de la reunión para la posterior redacción del contrato. Uno de ellos hablaba castellano medianamente bien y me dijo ” Ana, tu jefe tiene la secretaria más hermosa que yo haya visto”  A lo que este respondió rápidamente ” Y no sabe lo fabulosa que se ve sin ropa ” Yo quedé boquiabierta ante la respuesta de mi jefe pero mantuve la calma.

Cuando estos se retiraron me dijo que lo había hecho como una estratagema más para forzarlos a que se sientan bien y firmaran, cosa que hicieron. Sirvió dos copas más de vino, me tomó de la mano y me llevó al sillón, donde me tranquilizó diciéndome que era normal en las negociaciones, que me quedara tranquila. Llegué a casa con el ramo de flores, muy nerviosa y dos horas más tarde de lo normal.

German levantó una ceja al ver las flores y dirigió su mirada al reloj de la pared en una crítica muda. Le expliqué la situación a lo que no dijo nada,  cenamos en silencio y se fue a dormir,  luego de acostar a los niños yo pasé una hora más tomando algo fuerte en el living,  pensando en todo lo sucedido en el día mientras mi mente iba de las flores al vino espumante y la mano de Jorge en la mía tranquilizándome.

Al otro día,  sobre mi escritorio encontré una tarjeta de mi jefe pidiéndome que contratara rápidamente un servicio de catering para cuatro y para las 13 hs momento en que llegarían los malayos para almorzar y despedirse de nosotros. El resto del personal fue beneficiado con un día franco pues no quería que nada saliera mal.

Me encargué rápidamente de todo y el catering llegó puntual, solo restaban los visitantes, cuando sonó el teléfono y eran ellos avisando que su vuelo se había adelantado, Jorge sonrió y dijo que la fiesta sería para dos en vez de para cuatro,  lo cual me puso nerviosa pero acepté con una sonrisa.

No entraré en detalles de lo que fue la comida y adelantaré mi relato al brindis final que hicimos en el sillón. Yo estaba sumamente mareada pero deseaba ser amable con quien me había dado trabajo y simplemente,  me dejé llevar. Cuando quise acordar estábamos con las bocas a centímetros una de otra. Su beso fue dulce y hasta inocente, por lo cual grande fue su sorpresa cuando abrí mi boca y saqué mi lengua para buscar la suya a lo que respondió inmediatamente.

Sus manos se posaron en mis muslos y ahí fue cuando me alejé y dije “Jorge…” No digas nada, respondió. Solo déjate llevar por el momento. El alcohol terminó de hacer efecto y en cuestión de minutos estaba yo solo en ropa interior reclinada en el sofá y por lo que pude observar en el espejo con una cara de puta terrible.

Levanté mi cola y me despojé de la tanga ante la mirada extasiada de Jorge, abrí mis piernas lo más que pude y simplemente lo miré, su lengua comenzó a lamer mis pies, mis pantorrillas, mis muslos y finalmente llegó a mi concha que ya rebalsaba de flujo. En un instante de raciocinio pensé en German y en los niños pero fue ese el momento en que su lengua comenzó un trabajo en mi clítoris que hacía años German no me brindaba.

Y mi moral cayó derrumbada, definitivamente y para siempre. Giré sobre el sillón ofreciéndole mi culo con las nalgas abiertas mientras mi mano entre mis piernas frotaba mi vulva de manera desesperada.

Mi vida sexual matrimonial no era mala. Solo era el morbo de la situación, el ver mi alianza de casada al meter mi dedo en mi vagina y ofrecérselo a beber. Lo acosté sobre el sillón, lo desnudé en segundos y me lancé a mamar su verga que ya parecía un tubo de oxigeno con grandes venas que parecían a punto de explotar.

En ese momento nada en el mundo importaba más que su verga fantástica. Ni mi esposo,  ni mis hijos,  ni mis once años de casada. Solo deseaba mamar como posesa indicándole a mi nuevo macho que su verga era lo único en la tierra que importaba para mí…

Si les gusta mi relato tengo que decirles que sigue, pues de esto hace ya tres años y en la actualidad he perdido a mi marido a mis niños y mi casa por hacerme adicta a las vergas ajenas…

Hice cosas que solo en la imaginación uno puede pensar que existen. Pues bien, yo las hice en la realidad…

Seguiré en mi próxima entrega contándoles como terminó ese encuentro en ese sillón de oficina y como fui inducida al sexo salvaje, a la degradación moral ya solo desear semen,  semen y más semen.

Contaré como mi marido sospechó, como se enteró y como llegué a hacerlo con Jorge, sus amigos y amigas, en el propio dormitorio de mis hijos.

Hasta la próxima…

Autora: Ana

Me gusta / No me gusta