Ni Gorda ni Flaca (Parte 2, Final)

Agustín fue a reemplazar a Carlos en menos de un segundo. Tan rápido fue todo que mi novia no pudo cambiar de posición, o siquiera moverse. Ella seguía con su conchita y cola sobre mi cabeza, pegadas a mi rostro, que quedaba aplastada sobre el sillón, mientras mis amigos se la cogían sin misericordia; todo para mostrarme que ella no era ninguna gordita.

Así que en instantes tuve una segunda pija recorriéndome toda la cara con cada una de las embestidas que le entraban a mi novia. Bruni enseguida comenzó a jadear, y a juzgar por la superficie de verga que se friccionaba en mis mejillas, ésta era bastante más ancha. Igual que los jadeos. Agustín parecía más salvaje que Carlos. La tenía tomada de las nalgas, clavándola como un poseso desde el minuto cero, con velocidad, con violencia. Se ve que la conchita de mi novia le enguantaba bien (es que en serio él la tenía muy ancha) porque a cada rato se frenaba, para calmar la calentura y no acabar, y así seguir cogiéndomela.

En uno de esos descansos Agustín sacó la pija casi en su totalidad, dejando la cabezota de su verga en la puerta, apenas suspendida en el aire. Mi Brunita ronroneó y reclamó la falta de pija con un movimiento involuntario de su pelvis, y la cabezota de la verga de mi amigo fue a caer directamente sobre mi rostro. Estaba muy húmeda, pegajosa y bastante caliente. Sentir esa pija sobre mi rostro me desesperó del asco, pero estaba aprisionado por todo el peso de mi novia y no podía sacármelo de la cara. Agustín, tan borracho como cualquiera de nosotros, se rió un poco y comenzó a hamacarse contra mi novia, como cogiéndola. El problema era que su pija estaba afuera, rozando por completo toda mi cara. Su cabeza se metía apenas unos milímetros en la conchita de Bruni, el resto de pija me lo debía aguantar yo. Agustín se estaba pajeando sobre mi rosto, sin querer, y yo ni siquiera podía hacerme entender para que supiera que le estaba errando.

—Goggig megstgs goggiendo a meggijaaa..

Agustín siguió como si tal cosa, cogiendo la nada, friccionándose sobre mi rostro. En un momento pidió más vodka y Carlos le trajo una botella. Si bien yo estaba atrapado bajo el peso de los cuerpos, mi rostro quedaba libre. Agustín destapó la botella y comenzó a verter tragos en mi boca, forzándome a tomar y tomar.

—Vas a necesitar un poquito de ánimo ahora, cornudo… —explicaba mientras me metía el vodka.

A los pocos minutos dejó de hamacarse sobre mi novia y se me acercó para decir:

—Cuerno, se me secó la pija, voy a necesitar un poco de lubricación para seguir cogiendo…

Yo estaba demasiado alcoholizado para entender por dónde venía la mano. Sentí que en una de las veces que la pija me acarició la cara hacia abajo, al regresar en dirección a mi novia el recorrido fue otro. Y de pronto sentí una carne dura y gomosa penetrar entre mis labios y avanzar dentro de mi boca, provocándome un escalofrío.

No sé ni cómo me di cuenta que era una pija. El alcohol podría haberlo ocultado bien, pero lo que tenía en la boca era indudablemente un buen pedazo de pija. Traté de escupirlo hacia afuera, cerré mis labios, solo que la vergota era tan gorda y ancha, y había calzado tan bien dentro de mí, que realmente se hizo difícil expulsarla. Hasta que por fin lo logré.

—Muy bien, Cuerno, ahora que me lubricaste te la puedo seguir cogiendo…

Aunque yo no entendía, me di cuenta que me habían usado para facilitar la penetración de mi novia.

Le mandó una estocada a fondo.

—Ahhhhhhh… —gimió entonces Bruna.

Otra.

—Ayyy, Diossss… —suspiró, vencida por el placer.

—Se me volvió a secar, Cuerno.

Agustín volvió a sacar por completo la pija y esta vez, advertido, me vi venir la vejación. Cerré la boca para que no me entrara nada. Agustín empujó y la cabezota embadurnada con los flujos de mi Bruni me caminó toda la línea de los labios, sin lograr entrar. Ahí Agustín se me acercó y estiró sus manos, y metiéndome unos dedos me abrió la boca a la fuerza. Sentí cómo reacomodó su cuerpo y adiviné que el vergón infame me taladraría. Me entró su pija con tanto ánimo que me la clavó hasta la garganta.

—Muy bien, Ramiro… Así se tiene que comportar un buen cornudito…

El muy hijo de puta comenzó a hacer pequeños movimientos hacia adelante y atrás, siempre adentro. Yo sentía el buche lleno de carne dura y caliente; todo lo que tocaba, no solo con la lengua sino las mismas paredes de la boca, estaba abrazando el vergón de Agustín, así que sentía la piel de la pija recorrerme todo por dentro, un instante hacia afuera, otro instante hacia adentro, y así. Fueron dos minutos de una humillación total, que los efectos del alcohol no lograban esconder.

Gracias a Dios la sacó y volvió a penetrar a mi novia.

—¡¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhh…!! —gritó ella, muy fuerte, muy puta.

—El Cuerno te está ayudando, ¿sabés, Bruna?

—Sí… sí… Que ayude, que siga ayudando así aprende cómo tratarme…

Y se la volvió a clavar.

—¡Dios, Dios, Diosssss…!!

—Tomá, puta… —le murmuraba Agustín.

—¡Turro, qué pedazo de pijaaahhh…! —se desinflaba mi novia de calentura.

Y se la serruchaba suave y lentamente.

—Tragá verga, putón… Así… Así…

—¡Uhhhhh…! ¡Síii…! ¡Más fuerte! ¡Dame más duro!

Cada tanto el vestidito blanco se le corría al putón, digo, a mi noviecita, pero Agustín, con las mismas manos que le abría las nalgas redondas y voluminosas, le volvía a subir la falda hasta la mitad de la cola. Y penetraba con más ganas, ya con cierta furia.

—Cuerno, se me volvió a secar.

Esta vez, creo que por el vodka que me habían obligado a tomar, obedecí como un imbécil y abrí la boca.

—¡Muuuuy bien, Cuerno…! —me festejaron mis victimarios—. Así me gusta, que te portes bien y obedezcas a los que se cogen a tu novia…

Yo asentí humillantemente con la cabeza, en un movimiento casi imposible, patético.

—Abrí más grande, Cuerno…

Obedecí y abrí la boca más grande.

—¡Muy bien, Cuerno, muy bien…!

Un segundo después la vergota ancha de Agustín penetraba mis labios y me recorría por dentro toda la garganta.

—Así, Cuerno… ¡Uhhh…! ¡Síii…!

Me bombeaba, el hijo de puta. Me bombeaba adentro con ese gomón asqueroso. No fuerte, más bien suave y tranquilo, como gozando. ¡Me estaba cogiendo por la boca otra vez, como cuando éramos chicos y me castigaban por haberme puesto de novio con Estelita, la gorda del barrio!

—Ensalivá bien, ¿eh? Que ahora voy a romperle ese hermoso culazo a la putita de tu chica.

Bruna levantó la pelvis, dándome un baño de aire, de frescura, que bebí como si fuera oxígeno bajo el agua.

—Mi amor, ensalivalo bien que por fin me vas a hacer la cola.

Y yo chupaba y chupaba, recorriendo con mi lengua la cabeza de la pija y tratando de dejarle la mayor cantidad de saliva posible.

Medio minuto después Agustín dejó de bombear dentro mío y debo reconocer que tuve un minúsculo gesto instintivo, creo que más bien un reflejo, y estiré los labios para retener la cabeza de la pija que abandonaba mi boca. El violador volvió con Bruna. A clavar. Por la concha y a fondo. Hasta hacerla gemir y putear de placer.

Y entonces comenzó a puertear el exquisito orificio de aquella no menos exquisita cola.

—Le vamos a hacer el culo a este putón, ¿eh, Cuerno?

Yo asentía con la cabeza aprisionada, contento como un imbécil. La concha usada de mi novia me aplastaba la cara, y cada vez que Agustín le aprisionaba el orificio de su ano hacia abajo, enterrándole un dedito bien despacio, mi cabeza se hundía bajo ellos.

—Mi amor, por fin me vas a llenar la cola de pija…

Me hablaba a mí, ¿no?

Le estuvieron dilatando el ano unos cuantos minutos —Agustín y Carlos, que estaba otra vez al palo— masajeándolo y llenándolo de saliva. En un momento Agustín se alzó sobre sus rodillas y fue a alcanzar la cola de mi novia con la pija. Sentí un leve respiro y enseguida el peso de él sobre Brunita me aplastó hasta hacerme doler el cuello.

Sentí más presión hacia abajo.

—¡Ahhhhhhh…! —gritó mi novia, muy fuerte.

—¿Te duele, mi amor…? —Agustín pareció levemente preocupado.

—Ggghhh… Fffgzzss… Ñññ… —me quejé.

—Un poco, sí… Pero seguí…

Más movimientos. Otra vez el dolor insoportable.

—¡Ahhhhhhhhhh…! —ella.

—¿Te la aguantás, mi amor…?

—Sí… Sí… Pero despacio que me estás partiendo…

—Te metí media cabecita, hermosa… Igual no te preocupes que ahora me lubrico un poco más…

Sentí que el peso despareció y revivió mi cuello chamuscado.

—Abrí la boca, Cuerno.

Abrí la boca bien grande.

—Ensalivá.

Y otra vez a tragar esa buena verga… quiero decir, esa verga.

—Ensalivá bien así no le duele a tu novia…

Ensalivé con todo mi corazón, mientras Carlos seguía escupiendo el agujerito de Bruna y lo agrandaba con sus dedos.

Agustín me sacó la pija y otra vez fue a subirse sobre la cola de mi novia. Cuando mi cabeza se aplastó contra el sillón escuché un nuevo grito de mi Brunita.

—¡Ahhhhhhhhhh…!

—Tranquila, mi amor… Me quedo ahí…

—Sí, sí… No te muevas…

En ese instante en que el tiempo se detuvo sentía claramente sobre mi rostro el latir de la cola de mi novia. Llena de pija y a medio romper, el culo de mi amorcito se resistía a la invasión bombeando sangre a la zona dinamitada. Pero mi novia quería que la corrompieran. Quería esa brutalidad hasta los huevos para regalarme vaya a saber qué lección. Sentí cómo se relajó para acostumbrarse a esa verga y re comenzar la penetración.

—Muy bien, Bruna… Dilatá… Así…

—Sí, Agus… pero no me claves todavía…

—Tranquila, mi amor… Tenemos toda la noche para enterrártela como Dios manda…

Carlos seguía escupiendo sobre la penetración, aunque no entraba saliva porque el orificio del ano estaba taponado por la pija de Agustín. Alguno la masajeaba abajo como para excitarla. O distraerla.

—Cornudo, si pudieras ver cómo dilata tu novia con la chota bien adentro estarías orgulloso de ella… Sabe relajar… como si ya le hubieran hecho la cola un montón de veces.

No podía escuchar muy bien lo que me decía mi amigo, que seguro era algo bueno sobre mi Bruni.

—Mgggffhhzziagsss…

Carlos le propuso a mi novia:

—Mostrale al cornudo lo que se va a perder por andar diciendo que estás gordita…

Bruni pareció encenderse, más de venganza que de deseo.

—Sí… Sí… Cornudo hijo de puta, mirá cómo me van a llenar la cola de verga… Mirá bien, cornudo…

—Mfffghhh… SSgghññ…

—¡Clavame, Agustín! ¡Clavame para que el cornudo aprenda a respetarme y tratarme como a la novia ejemplar que soy!

Agustín sonrió, escupió sobre la penetración y le abrió los gajos en un mismo movimiento.

—Sí, bebé… Te la mando hasta los huevos…

—¡Síiiiii…! ¡Por Dioooossss…!

Y comenzó a taladrar.

—Tomá, bebé…

—¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh…!

No fue hasta los huevos, por los movimientos que noté. La cosa no estuvo así de fácil, pero tampoco tan difícil para una cola supuestamente virgen, como me había hecho creer hasta ese día Bruna.

—¡Qué buen pedazo de culo que tenés, mi amor!! ¡Cómo te lo estoy gozando…!

—¡Clavame, Agustín! ¡¡Llename de pija!!

—Desde que llegaste a la fiesta con el cornudo que no hago otra cosa que mirarte y desearte este tremendo culazo que tenés…  ¡Te lo lleno de pija, bebé…!

Se hamacaban sobre mí. El turro de Agustín se la iba enterrando más y más con cada embestida, aunque el que debía soportar la peor parte era yo. Bueno, mi novia también parecía dolorida, pero al menos ella gozaba como una puta.

—¡Ya tenés media pija adentro, mi amor…!

—¡¡Síiiiaaaaaaaahhhhhhhh…!!!

Al cabo de una media hora la hermosa y carnuda cola de mi novia estaba taladrada por la verga de Agustín hasta la base, tragándose toda esa pija como si fuera un dedito meñique.

—¡Mi amor! —se entusiasmó Brunita—. ¡Tengo el culo relleno de verga! ¡Mirá, mi amor, mirá! ¡Por fin me estás haciendo la cola!

Bueno, yo no estaba haciendo mucho, más que lubricar a mis amigos para que se la empernen a ella, pero de alguna manera me sentía participe

—¡Dejalo salir, quiero que me vea clavada hasta los huevos!!

Me dejaron salir y medio mareado por el dolor de cuello, me arrodillé ante el sillón, donde a escasos centímetros de mi rostro Agustín perforaba la colita virgen de mi novia. Hacia adentro. Hacia afuera… Hacia adentro… Hacia afuera…

—¡Ahhhhhh…! ¡Ahhhh…! ¡Ahhhh…!

—Ramiro, qué pedazo de puta tenés de novia…

—¡Cornudo, mirá bien! ¡Mirá bien y aprendé a tratar a tu mujer!

Yo estaba como en trance.

—¡Necesito lubricación, Cuerno! —me exigió de pronto Carlos, sin el mínimo rodeo.

Agarré la botella de vodka y le robé un trago generoso. Y abrí la boca como si ensalivar la pija de mis amigos fuera lo más natural del mundo, y mientras al lado Agustín seguía taladrando la cola perfecta de mi novia, Carlos, de pie, me tenía arrodillado entre sus piernas ensalivándolo desde la punta de la pija hasta la base.

—Muy bien, Ramiro… Tragá pija… Tragá pija, cornudo…

Y yo estiraba la cabeza hacia arriba, tratando de cumplir mi parte, cualquiera sea el rol que estuviera cumpliendo.

Estuvimos así unos cinco o diez minutos hasta que Agustín anunció.

—Te acabo, Brunita… Estás demasiado buena para aguantar más…

—Síii… Llename la cola… Llename la cola de leche para el cornudo…

—Yo también me voy… —anunció Carlos. Mi borrachera se disipó unos instantes, abrí los ojos con total sorpresa. Se ve que Carlos se dio cuenta y me tomó la cabeza por los pelos para que no dejara de ensalivarlo.

—Chito, Cuerno… —me advirtió—. Seguí chupándole al macho de tu novia, que es lo que corresponde… —No me dejaba salirme de su pija. Sus manazas me tenía sujeto a ella y mi voluntad no era la más firme. Así que seguí chupando—. Tragá, Cuerno… Tragá pija que enseguida vas a tragar leche…

Yo hacía con la cabeza que no, pero Carlos me sujetaba bien y mis movimientos hacia los costados no alcanzaban a hacerme zafar de la pija, así que seguía tragando carne. De pronto Carlos comenzó a jadear sonoramente.

—Uhhhh… ¡Síiii…!

Mis ojos se abrieron más. Ya estaba sintiendo desde hacía unos minutos una cosa viscosa en la lengua, medio asquerosa.

—Agarrame la pija por el tronco, cornudo… con las dos manos…

Obedecí como un imbécil.

—Pajeame, así… Uhhhh… Sí… Sí, Cuerno, así… ¡Uhhhhhh…!

Estaba de rodillas, tomándole la pija con ambas manos y sosteniéndome con la boca, que iba y venía sobre su tronco en una mamada fenomenal, tambaleándome un poco, aunque sostenido de mis cabellos por el propio Carlos, que me los tironeaba hacia atrás y adelante para guiar a su ritmo la felación a la que me sometía.

A mi lado Agustín seguía sodomizando a mi novia, que comenzaba a acabar como una puta, influenciada por verme chupando la pija del que fuera su macho un rato antes.

—Me viene la leche, cornudo… Abrí la boca bien grande que me viene…

No sabía qué hacer. Miré a mi Bruna buscando un consejo, pero estaba tan llena de pija y morbo que no me veía. Ya que no lograba zafarme, debí seguirle el juego a Carlos, pero en medio de su acabada iba a escupir todo por la comisura de mis labios.

Carlos se arqueó y gimió como un animal.

—¡¡Ahhhhhh…!! ¡¡Me viene!! ¡¡Me viene, Cuerno…!!

Se dobló sobre sí mismo y sin soltarme los pelos con una de sus manos, fue a tomarme la mandíbula con la otra, no permitiéndome bajarla o ladearla.

—¡¡Sentila, Cuerno…!! ¡¡Ahhhh…!! ¡Acá viene…! ¡Ahhhhh…!

Me moví más fuerte. Me agarró más fuerte.

—Viene, Cuerno, viene, viene, viene, vieneeeee…

—Mfffgggghhh…

—Ahhhhhhh siiiiiiiiiii…

—GGGHHHHH…

—¡¡¡SIIIIIIIII…!!!!

—GGHHHHFFFGGHHH…!!

—¡Te estoy acabando, Cuerno!! ¡¡Te estoy acabando!!

No podía escaparme para ningún lado, y la leche comenzó a invadirme a ráfagas breves y rápidas, y a llenarme toda la boca.

—¡¡Tragá, Cuerno!! ¡¡Tragá la leche del macho de tu mujer!! ¡¡Tragá, putito, tragá!!!

No podía escupirla, y la manaza me aprisionaba. En un momento me di cuenta que si quería respirar, no me iba a quedar otra que tragar. Miré a mi fiel Brunita, la cabeza hacia abajo, los cabellos sudados y pegados a su rostro, jadeando, movida una y otra vez con los violentos topetazos de Agustín, que ya le acababa adentro y se la gozaba a morir. Tragué.

—Muy bien, Cuerno… Así se tiene que comportar un noviecito como vos… —Y volví a tragar—. Mirá, Bruni… Mirá al cornudo cómo toma la leche de tu macho…

Bruni giró, despejó sus cabellos y me vio arrodillado y con el garguero trabajando para tragar lo que me surtía Carlos desde su vergón. Se revolucionó. Y comenzó a agitarse otra vez y a gritar en medio de un orgasmo que le vino repentino, tan solo de verme.

—¡¡Ahhhhhhhh…!! Cornudo, así te quiero ver siempre… Desde ahora vas a tragar pija cada vez que me den… ¡Cómo vas a tragar pija, cornudo…! ¡¡Cómo vas a tragar pijaaaaahhh…!! ¡Por Dioooosss… Síiiiiiii…!!

—¿Escuchaste, Cuerno? —me retó Carlos—. Desde hoy vas a tragar pija de los machos de tu novia…

Arrodillado como estaba, asentí mientras miraba hacia arriba a Carlos, a los ojos, y me quitaba su cabezota rechoncha de los labios, a la vez que me secaba una gota de semen.

Eran las once de la mañana cuando nos fuimos todos a dormir. Ellos a la cama matrimonial, y yo al sillón donde habían estado sodomizando a mi Bruna. A la tarde siguieron y yo debí seguir chupando pija.

Desde ese momento comencé a verla sexy. Es cierto que también desde ese día ella cambió su forma de vestir y algunas costumbres. Empezó a ir al gimnasio y a andar muy atractiva todo el día, no de puta, pero sí sensual, y se permitió hacerse garchar por mis amigos. No solo por Carlos y Agustín, sino el resto de la banda, uno siete chicos más.

Y sí: comencé a tragar pija en forma casi proporcional a los cuernos que me fue poniendo. Pija de sus machos. O como dice ella, de nuestros machos, porque ya no tengo permitido cogerme a mi propia novia: mi única actividad sexual es ensalivar a sus machos para que le hagan la cola o por simple placer de ellos o de mi Bruni.

Eso sí, la buena noticia es que me curé, porque ya no la veo gordita a mi novia Bruni.

Fin (final)

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Ni Gorda ni Flaca (Parte 1, de 2)

Bruna es mi novia desde hace unos meses y, si se las tuviera que describir, no sabría cómo hacerlo. Mi primer impulso sería decirles que es una gordita. Pero les estaría mintiendo. Bruna no es gordita, creo que ni siquiera rellenita. Pero la impresión que da —o que me da a mí, al menos— es que es gordita. Un poco por la cara, y bastante por la pancita que tiene. Bueno, no tan pancita, es más bien una panza. Para mí es bastante grande, para los demás parece que no tanto. Fuera de eso —de la panza— no es gordita. Aunque a mí igual me lo parece. Los muslos no son los de una modelo. Son llenos, no gordos… bueno, no sé. La cola redonda, inflada… linda cola. Espectacular cola, si no fuera que parece la cola de una… No sé, mejor les cuento lo que opinaron mis amigos cuando la conocieron, porque lo que es yo, no voy a ponerme de acuerdo nunca, ni siquiera conmigo mismo.

Para mí Bruna siempre había sido gordita; siempre la vi como gordita. Ella se vestía con ropa holgada, pantalones que no le marcaban la cola, se recogía el cabello y la verdad es que conmigo nunca se producía. Más allá de la ropa, yo la veía rellenita. Especialmente cuando se desnudaba y hacíamos el amor.

Ustedes dirán: qué importancia tiene. Bueno, la tuvo. Porque a partir del segundo mes el cuerpo de ella, o su panza, ya era medio una obsesión para mí y me des-erotizaba por completo. Primero, porque ella se vestía siempre de la manera más anodina y ordinara que había, lo cual ya no me despertaba gran cosa. Y cuando íbamos a la cama… verla medio gordita, verle la panza y esa ropa interior casi de vieja… ¡qué quieren que les diga, no se me paraba mucho!

Estuvimos así tres o cuatro meses más. Sin coger porque a mí no me terminaba de funcionar a pleno. Intentábamos, pero la mayoría de las veces yo no podía. Créanlo o no, a ella parecía importarle poco. Se desquitaba con una porción de torta o unas facturas y se iba a dormir. Y ahí era peor, porque cuando la veía comiendo, la veía más horrible.

Pero un día pasó algo. Uno de mis amigos hizo de su cumpleaños una fiesta de disfraces, y Bruna se mostró muy entusiasmada.

Ya saben que para las mujeres las fiestas de disfraces son una excusa para vestirse de putas sin culpa y sin que nadie las acuse de… putas. Bruna se preparó toda la semana para esa fiesta.

El sábado se metió en el vestidor por espacio de dos horas, y cuando salió casi se me para el corazón (y no solo el corazón). Ahí estaba mi gordita, mirándome provocativa bajo la puerta, pero hecha una perra en celo, fuertísima como nunca la había visto, desparramando ya no sensualidad, sino sexualidad. Estaba enfundada en un vestidito blanco muy breve que terminaba en una minifalda corta, demasiado corta en realidad —¡extremadamente corta!—. No podía ni agacharse dos centímetros que se le subía la faldita y se le veía claramente el borde bajo de la cola. Si se agachaba un poco más, directamente se le veía la tanguita, también blanca. Me preocupé al descubrir esto, ya que en uno de sus movimientos descuidados vi que llevaba una bombachita muy sensual, bien de guerra, metidísima entre las nalgas. Por suerte —pensé— esa cola era nada más que mía y si esa noche se me paraba… Iba con botas muy altas, la turra, y se había arreglado el pelo de una manera que parecía recién salida de la ducha. ¡Estaba para matarla! ¿Dónde habían ido a parar los kilos que llevaba antes de entrar al baño?

—¿De qué…? ¿De qué te disfrazaste, mi amor…? —atiné a preguntar.

Se acercó a una bolsa sobre una silla, de la que sacó un gorrito blanco que reconocí enseguida.

—De marinerita.

Nos fuimos a la fiesta y en el taxi aproveché para manosearle los muslos desnudos, un poco la cola; lo que podía. Yo estaba alzadísimo, y mi novia lo festejaba, aunque comenzó a reprimirme en cuanto notó que el taxista espiaba por el espejito.

Ya sé, van a decir que soy un hijo de puta. Pero la verdad es que con ese freno que me puso, me fui enfriando. Cierto es que ella estaba más sexy que nunca, y muy hermosa, pero se ve que me fui acostumbrando y se me hizo evidente lo de siempre: que mi novia no tenía una gran cintura, y la panza seguía ahí. No digo que no estaba linda —porque lo estaba, doy fe— pero ya al entrar al departamento de mi amigo yo la veía como siempre, solo que mejor vestida.

Me di cuenta que Bruna causó en mis amigos la misma impresión que había causado conmigo. Se quedaron todos boquiabiertos, los pocos que la conocían murmuraron entre ellos su aprobación. Los que no, la zalamearon con adulaciones pegajosas, bordeando lo pajero.

Un rato después y cuando pude separarme de mi novia, Carlos, el anfitrión, se me acercó conspirativo.

—¡Boludo, me dijiste que tu novia era una gorda!

—¡Gorda, no! Gordita. ¡Te dije gordita!

—Pero qué gordita, ¿estás en pedo? ¡Está re fuerte!

—Es por el vestido, pero fijate la cintura…

—Está re buena, ¡Mirá el culazo que tiene! ¡¡¡Y las tetas!!! Te felici…

—Sí, sí…  A mí me gusta, no es que no me guste… Pero nobleza obliga: es gordita.

—¡Vos estás enfermo!

No me lo decía mal, sino sorprendido. Me dejó y fue a atender a otros invitados. La fiesta estaba llena de gente. Las mujeres, como era de esperarse, casi todas disfrazadas de algo-putas. Una de enfermera puta, otra de bruja puta. Todas de putas. Pero la que acaparaba la atención era Bruna. Inesperadamente, estaba más sociable que nunca. No es que no fuera sociable, pero parecía más animada, más segura de sí misma. Creo que era porque se daba cuenta que todos los hombres en ese cumpleaños —absolutamente todos—, se la querían coger. Sentirse deseada la habría dado confianza, imagino. Estaba sola la mayor parte del tiempo, mis amigos me solicitaban a cada rato para ayudarlos, y también para manifestarme su sorpresa por lo buena que estaba mi novia y felicitarme por ello. Bruna, entonces, aprovechaba e iba a charlar con unos y otros. La vi riéndose, tomando vino, hablando con otras chicas, tomando champagne, seduciendo sin seriedad a unos muchachitos, tomando un daiquiri, eligiendo música con otro de mis amigos, tomando un vodka con Gancia.

Yo también tomaba a la par, solo que no estaba tan acostumbrado. Me juntaba de a ratos con ella, pero mis amigos me solicitaban una y otra vez. Aproveché en un momento en que Bruna no estaba a la vista para acercarme a Lucila, una morocha delgada y hermosa, bien flaquita como las modelos europeas. No sé bien qué pretendía yo. Con mi novia en la fiesta, difícilmente pudiera seducirla y sacarla de allí. Quizá quise conseguir su teléfono, no recuerdo; el alcohol comenzaba a hacer estragos. La cuestión es que apenas me insinué, la morocha me miró a los ojos, aguantó una risita, luego simplemente se rió en mi cara y me dijo:

—Pero… ¿para qué querés mi teléfono si a vos no se te para…?

Me quedé helado. Por un segundo la adrenalina me puso sobrio.

—¿Cómo que no se me para…? ¿Estás loca? ¡Eso es mentira! ¿Quién te…?

—No te enojes, bebé… —fue condescendiente—. Me caés bien… pero el sexo me gusta demasiado como para estar haciendo beneficencia por las noches… Perdoname, pero en la cama necesito un macho de verdad…

Me puse de mil colores, no me había sentido tan humillado en toda mi vida. En eso la vi a mi novia charlando y riendo con dos chicas y dos chicos más, y uno de ellos la tenía medio abrazada por la cintura. A mi novia. Nada grave, casi como de casualidad, pero Bruna no le había sacado la mano. Fui hasta ella y la increpé al oído.

—¿Vos estuviste diciendo que a mí no se me paraba…?

—Ay, mi amor, no sé… puede ser… Estuve hablando de sexo toda la noche con todo el mundo…

—¿Pero cómo vas a decir semejante…?

Mientras hablaba, vi que mi novia se había medio recostado sobre el chico que la abrazaba. No había mucha luz, pero sí la suficiente como para darme cuenta. Me tranquilizó que no la tenía tomada de la mano o algo personal, aunque la terrible cola enguantada en esa minifalda escandalosa se recostaba sobre la pierna del vividor.

—Es que tomé mucho… —se disculpó Bruna—. Por ahí se me fue un poquito la lengua, la verdad que no sé…

Fue cuando me llamó Agustín, el más crápula de mis amigos. Casi me arrancó del pequeño grupo, lo que salvó a mi novia del reproche.

—¡Hijo de puta! —me festejó—. ¡Me dijiste que tu novia era una mina del montón y es una terrible perra!

—¡No es una perra, no sé qué le picó hoy que se vino así!

—No lo digo por cómo está vestida, boludo, si están todas de putas… ¡Lo digo porque tiene un lomazo!

—No sé… Está un poco pasadita de… Está bien —reconocí finalmente—. Admito que por ahí estoy un poco susceptible con ese tema, pero ya sabés por qué es…

Mi amigo se hizo a silencio mostrándome su arrepentimiento.

—Éramos chicos… Tenés que dejar de enroscarte con eso… Vas a terminar cagándola con tu novia, que está más buena que el dulce de leche.

—Para mí no está taaan buena, pero igual la quiero…

—Más vale que la vas a querer… No sabés la suerte que tenés… No sabés cómo te envidio… No sabés cómo me gustaría cogerla…

Era ya una conversación de borrachos.

—Y yo que puedo, no se me para… Nunca me motivaron las gordas…

—Dejate de decir boludeces, lo único que tiene es un poco de panza que se le va con cuatro meses de gimnasio…

En algún momento se ve que me dormí. No sé cuándo. No sé cuánto. Pero me desperté en el sillón del living, con todo dándome vueltas producto del alcohol que todavía me tenía bien ebrio. Estaba solo. La fiesta había terminado y había botellas y paquetes de porquerías por todos lados. La luz era bastante poca, solo un velador iluminaba el ambiente.

Unas risas que venían de la habitación me dijeron que no estaba para nada solo. Eran las risas de mis amigos y de mi novia, y sus voces que hablaban como en susurros fuertes. También parecían borrachos.

Me quise levantar para ir a ver qué pasaba y me caí, arrastrando algo de la mesita ratona. Todos vinieron por el ruido.

Me encontraron en el piso, caído, y fue un estallido de risas general. Estaban dos de mis amigos —Carlos y Agustín— y mi novia, ellos en camisas sueltas y calzoncillos, y mi novia casi igual que como la había visto por última vez, solo que el escote de su camisa parecía más importante.

Carlos me fue a socorrer, mientras me gastaban bromas.

—Mi amor —intervino Bruna, tentada—. ¡Nunca te vi tan pasado de copas!

Yo no estaba de humor, me sentía realmente mal, todo me giraba alrededor.

—Vamos a casa, tengo mucho sueño…

—No podés manejar así, mi amor…

—¿Por qué están en calzoncillos…?

—Le estábamos demostrando a tu novia que no está tan gorda como vos decís…

En ese momento no estaba en condiciones de advertir lo absurdo de lo que me estaban diciendo. Solo asocié palabras y disparé.

—Pero si está gorda.

—¡No estoy gorda, Ramiro! —me gritó Bruna—. ¡Me tenés harta con mortificarme de esa forma! —Mi novia se puso seria y como angustiada—. ¡Sos un hijo de puta!

No sé qué me decía. No me importaba. Yo solamente quería dormir en mi cama y que el living del departamento de mi amigo dejase de dar vueltas.

—Sos un boludo, Ramiro. Bruna no es gorda, y te lo vamos a demostrar. Todo depende de cómo la mires, no de lo que mires. —Se dirigió ahora a mi novia—. Parate derechita, bombón.

Bruna se paró erguida delante de mí, que todavía permanecía sentado en el sillón. Agustín se sentó a mi lado. Carlos fue a no sé dónde y regresó con un centímetro.

—¡Mirá!

Se le puso a un costado y con el centímetro le midió el busto a mi novia. En el tambalear de la operación, las manos y uno de los brazos le frotaron los pechos notoriamente. Bruna rió un poco. Carlos también. Finalmente me dio el resultado.

—120. ¡Una diosa!

—¡Cualquier gorda tiene 120! —dije, rebelde. Mi novia me miró con rencor.

Carlos le tomó los brazos y me los mostró.

—¡No tiene brazos de gorda, pelotudo!

No, no los tenía. Carlos se arrodilló y con las dos manos comenzó a maniobrarle los muslos. Con el movimiento, la falda de mi novia se había subido un poco y se le veía la bombacha blanca en la parte de la conchita. Mis amigos se quedaron sin aliento y Agustín fue a agacharse, solo para mirarla. Ahí me di cuenta que bajo sus calzoncillos, estaban al palo.

Carlos midió los muslos y me dijo:

—53. Muslos de puta madre.

—Sí, sí… Tiene lindos muslos… —admití, pero en casa parecían de gorda. No sé por qué ahí y ahora parecían de una terrible hembra.

Carlos fue a medirle la cola. Bruna sonrió divertida, se dio vuelta y se arqueó un poco, sacando bastante su fabulosa cola, que les dejaba entregada. Era innecesario, era parte de un juego. Pero Agustín, que se había arrodillado, tuvo entonces un primerísimo primer plano de su culazo cortado a la mitad por la minifalda, y la tanguita blanca enterrada entre los glúteos.

—Yo quiero medirle los pechos —dijo Agustín, saltando del piso.

Carlos le midió la cola y esta vez también fue parte del juego manosearla bien manoseada. Bruna tenía dos manos en su cola y reía alcoholizada. Agustín le tomaba la medida del busto, pero no tenía centímetro.

En dos minutos mi novia estaba siendo hurgada por mis dos amigos de forma descarada, ella de pie y dejándose vejar alegremente, con el vestido todo desencajado, la minifalda subida y ya casi toda la bombacha al aire, el escote desbordado, sin corpiño —que había perdido en la habitación— los pelos revueltos, ebria y caliente; y yo frente a ella, a treinta centímetros, sonriendo borracho en el sillón.

—¡110! —gritó Carlos al terminar de medirle la cola, y todos gritaron como si se hubiera proclamado la constitución nacional.

Bruna me miraba y me sonreía con cierta revancha en los ojos. Carlos se le puso de costado y la miró con ojo clínico.

—¡Yo la veo bárbara a tu novia, ché! —dijo y se le acercó. Comenzó a manosearle las piernas—. Hermosas gambas… —La otra mano se la metió en la cola, como una pala que la recorrió desde arriba hacia abajo. Pude ver claramente la expresión de mi Bruni cuando Carlos se aventuró bien abajo, ya adelante, y ella hasta cerró los ojos—. Buenos pechos… —concluyó metiéndole mano por el escote. Sin soltarla de arriba fue hacia atrás de ella y dijo—: De atrás está mejor que de ningún lado, Ramiro… Tiene una cola… —Lo dijo con lujuria, y volvió a empalarle la mano recorriéndole toda la raya de la cola, pero por sobre la bombacha (la minifalda ya estaba arriba) y otra vez mi novia entrecerró los ojos y se arqueó mucho más cuando él llegó abajo.

Esta vez, sin embargo, Carlos se quedó allí y la siguió manoseando asquerosamente. Era una imagen extrañada, además por el alcohol. Como la tenía de frente, veía a mi novia levemente a horcajadas hacia mí, con la minifalda subida por el manoseo. Podía verle la conchita enguantada en la tanga blanca, interrumpida rítmicamente por la mano  de Carlos que se le colaba por la entrepierna una y otra vez, todo el tiempo, para darse y darle placer. Agustín seguía midiéndole el busto, lo que significaba que le metía mano dentro del escote, y como ya no había corpiño, imagino que ella ya tendría los pezones rosados y duros de tanta fricción.

—Yo te digo cómo hacer para no verla gordita a tu novia… para verla tan fuerte como la veo yo…

Bruna giró su rostro, libidinoso rostro, y con la boca abierta de deseo le pidió:

—Sí, decile…

Carlos sacó a Agustín de encima de mi novia y la llevó a ella hacia el sillón, el mismo en el que estaba yo sentado y me había despertado hacía unos minutos.

—Parate, Ramiro —me ordenó.

Me puse de pie con dificultad, tambaleante. Carlos tomó de la cintura a mi novia y la depositó sobre el sillón, poniéndola de rodillas como un perrito… bueno, una perrita. Los dos muslos eran unas columnas duras y poderosas, la cola le quedó bien paradita, cortada a la mitad por la minifalda, que había sido reacomodada en un absurdo gesto de decencia.

—Meté la cabeza entre tus brazos, mi amor —pidió Carlos. Mi novia obedeció. Agustín permanecía expectante.

Carlos se ubicó detrás de ella, también arrodillado, y posó sus manos sobre los generosos glúteos de mi Bruna, sobándolos. Me llamó.

—¿Ves? —me preguntó cuando estuve a su lado—. Mirá cómo se ve desde acá.

Miré. La verdad es que no sé si por el alcohol o el cansancio, o por la postura de mi novia, la cola aparecía como formidable.

—Está buena.

—¿Ves, boludo? ¿Qué te dije? Mirá estas piernas… —y la manoseaba—. Mirá esta cintura… —le subió la minifalda nuevamente hasta arriba y mi novia quedó expuesta ante mis amigos, solo protegida con la tanguita calzada bien profundo entre sus nalgas. La verdad era que así tenía una mejor cintura, pero tampoco era una modelo—. Con esta posición se te para sí o sí… ¡mirá! —y se señaló su propio bulto, que dentro del calzoncillo se presumía importante.

Se bajó un poco el bóxer y peló una pija grande y rechoncha, totalmente erguida y en plenitud.

—¿Ves? Así se te va a parar… —Se la tomaba con una mano y se la masajeaba como para parársela todavía más, mientras con la otra tenía tomada a mi novia de una nalga.

—Sí, sí —dije desesperado. Veía a mi amigo arrodillado detrás de mi novia, las piernas de él casi pegadas a las piernas de ella. Mi novia se asomaba de entre sus brazos y echaba miradas hacia atrás, cada tanto, pero más hacia Agustín, con quien sostenía un diálogo mudo que les provocaban sonrisas. Yo quise agregar—: Entonces ahí le meto con todo…

—No, Ramiro, mirá… —comenzó a magrearle las nalgas y meterle unos dedos en los pliegues de la tanga, allí donde cubría la conchita de mi novia—. Así tenés que hacer…

Le metió un dedo, luego dos dedos, y comenzó a pajearla suave y rítmicamente. “Así, Ramiro… Así le tenés que hacer…” Mi novia comenzó a arquearse y respirar distinto. Carlos le corrió un poco la tanguita y ya le metió cuatro dedos y la seguía serruchando.

—Acercate, mirá bien… —Me acerqué—. No seas boludo, poné la cara pegada a la cola de tu novia.

Sin preguntar ni decir nada, puse mi rostro a un costado de la cola de Bruna, mientras vi con cierta zozobra cómo Carlos se tomaba la pija gorda y dura y la enfilaba para la conchita de mi novia, todavía entangada de blanco.

—Mirá bien, ¿eh? Así le tenés que hacer a tu novia…

Se acercó más y más, ya casi para tocarla con la pija. Mis ojos estaban a centímetros de todo y yo —como hipnotizado— no atinaba siquiera a decir nada.

—Correle la bombachita para el costado, cornudo…

Borracho, obedecí. Tomé a mi novia de una de las nalgas y la magreé con lascivia. El contacto con esa piel tan de ella y tan mía me calentó. Metí la mano debajo de la tanguita, a la altura de la concha, y mis dedos rozaron su humedad tibia y deseable. Me estremecí y la dejé desnuda ahí —solamente desnuda ahí— expuesta por completo a la vergota dura y venosa de mi amigo. Le corrí la tanguita para mi lado, y la sostuve con mi dedo índice haciendo de gancho, para que no se volviera a su posición y molestara a Carlos.

Tenía la acción a no más de cinco o diez centímetros. Ver la cabezota gigante de la pija de mi amigo, el chorizo venoso detrás que empujaba como un ariete de profanación, toda esa carne, toda esa pija yendo despacio pero directo a la conchita de mi novia… Era mucho y era como si nada a la vez.

—Así, Ramiro… Mirá bien…

Y miré bien. Miré cómo la cabeza tocó la conchita de mi novia y cómo empujó y le costó penetrar la primera fracción de segundo. Cómo la cabezota se quedó allí en una breve vacilación; breve, un suspiro. Hasta que perforó.

—¿Bruna? —la llamé. Ella se giró para mirarme y Carlos empujó nuevamente y le enterró apenas la mitad de la cabeza.

—Ahhhhh… —jadeó Bruna, entrecerrándome los ojos.

—¡Mirá, cornudo! —se enojó Carlos. Es que yo había volteado para verla a mi novia. Vi que la cabeza de la pija de mi amigo ya estaba adentro, tragada por la conchita golosa de mi novia—. No te molesta que te diga cornudo, ¿no, Ramiro?

Ni me daba cuenta qué me estaba diciendo. Todos mis sentidos ahora estaban en esa pija entrando centímetro a centímetro en los pliegues de mi amada gordita.

—¡Qué bueno, Ramiro! Siempre quise decirte cornudo, no sé por qué…

—Por la novia que se echó —festejó Agustín, y rieron un poco, menos mi novia, que ya comenzaba a jadear.

—Mirá, cornudo, mirá bien… ya le entró la mitad…

—Sí, Carlos, veo…

Mi novia ya tenía la mitad de la verga adentro, mientras Carlos seguía empujando muy despacio.

—Vení, parate y ponete al lado mío. —Lo hice. Mis ojos estaban muy cerca y a la altura de los suyos—. ¿Ves…? —preguntó mientras me mostraba el cuerpo de guitarra de mi novia, pero yo solo podía ver esa vara gruesa clavada hasta la mitad, dura y quieta, a medias dentro de ella—. La agarrás de la cintura así… —Y se aferró de la cintura de mi novia—. Y empezás a enterrarle la verga despacito… —Y empezó a penetrarle la media pija que le faltaba. Mis ojos no podían apartar la vista de esa perforación lenta y soberbia—. Y se la clavás… así… así… Uhhh… ¿Ves, cornudo, que tu novia no es gorda…?

Le fue enterrando la pija centímetro a centímetro, despacio, con delicadeza. El otro zángano acompañaba en silencio la coronación de otro cornudo en el mundo, aunque yo no me daba cuenta, creo que por el alcohol. Es que así como Carlos me lo explicaba, parecía que todo era una molestia suya para enseñarme a valorar a mi novia. Le fue clavando la pija hasta que su abdomen chocó con la cola de mi Bruni.

—Abrile un poquito las nalgas, cornudo, así se la clavo hasta los huevos.

—¡Ya se la clavaste hasta los huevos!

—No… Abrila y vas a ver que puede entrar un poquito más.

Le pedí permiso a mi novia.

—¿Te puedo abrir un poquito más, mi amor?

—Sí, Cuerno…  —me sonrió ella.

La abrí y Carlos la agarró de las nalgas, con lujuria, me miró a los ojos sonriendo y movió brutalmente la pelvis hacia adelante, remachando a mi novia literalmente hasta los huevos.

—¡Ahhhhhhh…!

—¿Te dolió, Bruni? —me preocupé.

—No, Cuerno… —y esta vez directamente se rió en mi cara.

Carlos comenzó a sacársela lentamente.

—Vení, cornudo, mirá desde acá…

Me acerqué otra vez y a su lado. Me mostró la pija toda afuera, húmeda del flujo de mi amorcito. Y comenzó a enterrársela otra vez. Mi novia volvió a gemir.

—Ahhhhhhh…

—Mirala bien… —Y otra entrada de verga. Carlos ya comenzaba a moverse más rápido—. ¿Qué ves…?

—¡A mi novia cogida por un terrible pedazo de pija!

—No, boludo, mirala a ella… —Y otra estocada a fondo.

—Ahhhh… Sí, Carlos, así… —gemía mi novia.

—Ahora vení acá… —Me puse otra vez junto a él. Como si fuera él, solo que yo estaba parado y él le estaba enterrando la pija a mi novia, sin piedad y sin forro—. Mirala desde acá… ¿le ves la pancita…?

Desde arriba, solo se le veía la espalda, que se movía sensualmente con cada empujón de Carlos.

—No.

—Pero le ves los hombros, la espalda…

Me hablaba como si nada, pero no dejaba ni por un segundo de bombearla y usarla.

—Uhhhh… por Diosss… —murmuraba mi novia.

—Sí, sí…

—El cabello cayendo re sensual… Mirá…

Y otra clavada a fondo.

—Ahhhhhh… —gemía mi nena.

—Sí, es cierto…

—Y mirale la cintura, boludo… Mirá la cinturita que tiene…

Carlos era un genio. Mientras ella estuviera en cuatro patas y yo cogiéndomela desde atrás, la cintura como que se le angostaba.

—Tenías razón, Carlos… —De seguro la adrenalina de la cogida y de ver a mi novia siendo profanada por mis amigos me fue despabilando. Las cosas me seguían dando vueltas y me sentía tan mal como cuando me desperté, pero comencé a preguntarme si todo lo que estaba sucediendo debía ser así o había algo mal—. ¿Pero no debería estar yo ahí, en vez de vos…? Porque Brunita es mi novia, ¿no…?

—Mi amor, no seas tan detallista… —opinó Bruna—. Agus, servile un poco más de vodka, el cornudo lo necesita…

—¡Y mirá la cola! —seguía entusiasmado Carlos. Justamente de ahí la agarraba, de las nalgas. Tenía clavados los dedos y enrojecía los cachetotes blancos de la cola de Bruni. Y le surtía pija sin misericordia.

—Una cola hermosa —le admití mientras Agustín me inclinaba el vaso que yo ya tenía en la boca, para apurar mi trago—. Dan ganas de hacérsela —agregué secándome el vodka con la manga.

—Y se la vamos a hacer, Ramiro. Quedate tranquilo, y te vamos a enseñar de qué manera, para que no la veas tan gordita a tu novia, que es una diosa… Mirá cómo se queda para que vos aprendas…

Se quedaba quietita, mi Bruni. Aunque quizá porque estaba entretenida con algo que ahora le metían en la boca. Bruni comenzó a cabecear rítmicamente con una verga en el buche mientras Agustín la tomaba de sus cabellos.

—Tragá, bebé… Así… Tragá pija, tragá…

Y mi nena tragaba.

—¡Qué rica que está tu novia, cornudo…! ¡No sé qué carajo le ves de gorda, si está buenísima…! —Carlos le surtía pija ya moviéndose muy fuerte. La seguía tomando de la cola, a veces de la cintura para darse más fuerza y penetrarla más profundo. Mi novia gemía con cada sacudida, y ya mi amigo comenzaba a gemir también.

Carlos comenzó a sacudirse más y más. La verga le sobresalía brillosa como el sol y se le volvía a esconder dentro de mi Bruni. Comenzó a agitarse ya fuerte y a pegarle chirlos a la cola.

—¡Qué buena estás, puta…! Ahhhhh…

—¡Ey!¡No le digas así a mi novia!

—Te estoy enseñando cómo tratarla, cornudo… Ahhhh, por Diosss… Abrile las nalgas, Cuerno… Abrile que te muestro cómo te la tenés que enlechar…

Fui de un salto a abrirle las nalgas. Si había algo que me hacía volar hasta el cielo era acabarle adentro a mi novia.

—Así, Cuerno… Así te la tenés que coger… —me decía Carlos, aferrado a la cintura de su víctima y hamacándose dentro de ella como un mono en celo.

Bruna soltó por un segundo el vergón de Agustín, que estaba mamando, y giró divertida para constatar cómo yo miraba su violación.

Carlos comenzó a bombearla más rápido, y a bufar notoriamente. Sacudía a mi novia tanto que a ella le costaba retener en su boca la pija de Agustín.

—¡Qué buena puta que tenés, Cuerno, qué buena puta que tenés!!

Yo sonreía orgulloso, con mi rostro pegado al culazo de mi novia y mis dedos abriéndola para que Carlos me enseñe más cómodo. La telita de la tanguita se tensaba con cada sacudida de mi amigo y a veces me costaba retenerla bien abierta para no tocarlo a él.

Tan cerca estaba que podía ver claramente las venas hinchadas de la pija de mi amigo, y la porosidad de la cabeza cada vez que salía del todo para taladrar nuevamente a mi novia.

—Así la vas a llenar, asíiii…

Yo le abría más las nalgas a ella, la perforación era escandalosa.

—¿Ves, Cuerno? ¿Ves bien?

No le respondí porque estaba absorto observando el pistón de carne entrar y salir dentro de esa conchita inocente, a centímetros de mis ojos. Carlos habrá entendido que yo no veía bien y me tomó la cabeza y me empujó hacia la penetración que él mismo sojuzgaba. Mi cara fue a dar a la concha empapada de mi novia y, como además estaba siendo penetrada, el vergón de Carlos también me rozó la cara. Y el hijo de puta apretaba mi cabeza contra verga y concha, y me gritaba:

—¡Mirá, Cuerno, mirá cómo te la enlecho!

—No pfffedo verff nada, Cagglogggs… —Mi cara pegada a ellos estaba soldada con tanta presión, ejercida por sus manos y movimientos, que no me permitía hablar bien. Sentía la conchita exquisita de mi Bruni en uno de mis ojos y la pija yendo y viniendo sobre mi nariz y parte de una mejilla.

Sin dejar de bombear, Carlos empujó violentamente mi cabeza contra el sillón, pero por debajo de mi novia, que seguía en cuatro patas. La puso encima de mí y le trajo las rodillas hacia él, empujando la cola de ella hacia abajo. Mi cabeza quedó aprisionada entre el sillón y mi Brunita, así que para no asfixiarme la puse de costado. La concha me quedó entonces sobre la oreja, por lo que se me dificultó escuchar. Carlos se apoyó desde arriba con las dos manos sobre las ancas de mi amorcito y comenzó a perforar empujando hacia abajo. En su recorrido hacia la concha de mi novia, la pija dura y carnosa me acariciaba toda la mejilla, de ida y de vuelta.

—Te la enlecho, Cuerno… ¡¡Te la lleno de leche!!

Yo no escuchaba más que una voz indescifrablemente grave, y los gemidos de mi novia directo desde su cuerpo.

—¡Te lleno de leche, putón!

—Llename, Carlos… ¡¡Llename toda!!

Carlos ya comenzaba a temblar, pero no dejaba de bombearla con velocidad. La pija entraba y salía y me impregnaba la mejilla de pija, de fricción, de disfrute de ella.

—Te lleno para que aprenda el cornudo, mi amor…

—Llename para el cornudo… ¡¡Para que aprenda a valorarme!!

—Te lleno, mi amor, te lleno, te lleno te lleno te llenoooo…

—Síiii, para el cornudo, síiiiiiiii…

—Para el cornudooooaaahhhh…

Sentí sobre mi rostro cómo los chorros de semen latigueaban dentro de la pija e iban a dar al interior de mi novia. Lo sentía en la cara, como pequeños temblores, y en el vientre de Bruna, a quien se le había puesto la piel de gallina y acababa en pequeños espasmos de placer.

—Tomá, puta… Toda para el cornudo… Toda para vos…

Y le seguía acabando.

—Sí, sí, Carlos, para el cornudo…

Mi novia le festejaba a Carlos la dedicatoria. Como sus piernas  estaban demasiado abiertas, los primeros hilos de leche comenzaron a salírsele y bajar desde su concha para dar sobre mi rostro. Por suerte casi todo fue bien adentro de mi novia y resultó poco lo que tuve que soportar.

Carlos le acabó por completo adentro y se desinfló sobre Bruna, aplastándome todavía peor. Tenía la pija clavadísima hasta el fondo y la hacía descansar. El problema, me percaté recién ahí, era que sus holgados huevos también descansaban, pero sobre mi rostro, incluso uno de sus testículos se recostaba directamente sobre mis labios, que yo obviamente mantenía sellados. El semen de mi amigo seguía cayendo de la conchita de mi novia y goteaba sobre mi cara. En eso, Carlos se salió, cansado, con esfuerzo, y sacó lentamente su pijón embadurnado de flujo y semen. La verga se salió y fue a dar sobre mi mejilla, dejándome un reguero de leche a lo largo de mi rostro.

—¡Caggglogggsss…! —me quejé.

—No te pongas impaciente, Cuerno, que ahora mismo te enseñamos cómo romperle el culo a tu novia, y que te parezca delgadita como a vos te gusta.

Así aplastado como estaba y con media cara embadurnada de semen, no pude estar más contento con la propuesta. Seguramente producto del alcohol que corría por mis venas, pero lo cierto es que en ese momento pensé que ¡qué bien, que por fin le iba a hacer la cola a mi novia!

Aunque eso, claro, será contado en la próxima.

(concluye en la parte 2)

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