Cuñada todo servicio

Mientras se comía la verga acariciaba los huevos con una de sus manos. Me dio su otra mano e hizo que chupara uno a uno sus dedos, que los mojara abundantemente. Luego, imprevistamente, comenzó a masajear el agujero de mi culo, con los dedos mojados con mi propia saliva y muy delicadamente fue introduciendo el dedo índice en mi orto.

Promediando mis veinte años, me casé con una hermosa rubia, inteligente, con titulo universitario, trabajadora, sincera y recta

En la cama mi querida esposa es un aire cálido y devastador como el Sirocco. Ideal para cualquier hombre y especialmente para mí, que desde mi adolescencia me la he pasado caliente, a pesar de no cesar en mi actividad sexual con cuanta mujer se me pusiera a tiro.

Jóvenes, pero especialmente, viejas, terminaban en mi cama, o en un auto, un elevador, el pasillo de un edificio, un galpón, un parque o donde fuere. He sido siempre un obrero del sexo. Trabajador, dedicado, consecuente con mi objetivo de no dejar pasar un agujero femenil sin visitar. Es cierto que mi verga ayuda. Siempre lista y verdaderamente llamativa, más por su grosor que por su largo. Mi amada cónyuge tiene una hermana mayor, bastante mayor que ella, casi veinte años, que a pesar de su edad, aparenta bastante menos, por su aire juvenil, su actitud, pero también por su cuerpo.

De estructura más fina que mi mujer, pero con un cuerpo muy sensual. Tetas pequeñas, y ahora algo caídas por la edad, cintura angosta, caderas anchas y un par de glúteos carnosos, desproporcionados con el resto del cuerpo, que llaman la atención a todos, hombres y mujeres, pues no se puede explicar como una mujer pequeña porte semejante culo.

Estuve noviando con quien luego sería mi esposa durante muchos años, un noviazgo de mocosos, sin mayor compromiso. Durante ese estado, visitaba con frecuencia la casa de Alessandra, donde vivía, con su esposo, su hermana Margherita. La primera vez que la vi, mis ojos no podían dar crédito a lo que observaban.

Margherita era tan blanca como Alessandra, de cabello castaño claro, ojos color miel, una sonrisa encantadora, pero sobre todo sobresalía un culo estupendo, apretado por unos pantalones claros, que dejaban ver el elástico de una tanga diminuta, que apenas tapaba el final del pubis, por delante y descubrían las nalgas, por detrás.

No pude evitar mirar esas carnes que imaginaba deliciosas y ardientes y, por reflejo, un calor intenso circuló por las venas de modo tal que el caudal sanguíneo llenó los cuerpos cavernosos de mi pene, hinchándolo inmediatamente y haciendo que se marcase un bulto indisimulable debajo de mi pantalón.

Alessandra lo notó y se ruborizó. Margherita, con más experiencia, dirigió sus ojos hacia él y sonrió pícaramente, lo cual acrecentó aún más mi excitación. Quien se benefició al rato de mi excitación, fue Alessandra, pues cuando nos quedamos solos en la sala, aprovechó para acariciarlo con fruición, como solía hacerlo, provocando una copiosa eyaculación en mis calzoncillos. Me retiré hacia mi casa, aún caliente, recordando el culo de Margherita y dedicándole una aliviadora paja, que permitió dormir.

A las semanas, en otra de las visitas a casa de mi novia, Margherita nos invitó a pasar el fin de semana en un club con piscina, encantados acordamos encontrarnos el sábado por la mañana. Iríamos Alessandra, Margherita, su esposo Alberto y yo, Carlo.

El sábado por la mañana bien temprano pasé por la casa de mi novia, toqué timbre y en lugar de Alessandra, salió a recibirme mi cuñada, con un pequeño pantalón blanco, un top amarillo de lycra, zapatillas blancas, el cabello recogido y me invitó a pasar a la casa. Verla y calentarme fue una sola acción. Estaba de infarto.

Ya dentro de la residencia, me recibió mi novia con un beso tierno en la mejilla y me pidió que cargase las canastas en el auto, pues era el único hombre que iría al picnic, ya que Alberto, por cuestiones de trabajo, no podría concurrir.

Como un verdadero caballero, llevé todos los trastos al coche, colocándolos en el baúl, subimos y Margherita, la única con licencia para conducir, nos llevó al club. Una vez allí, luego de bajar todos los adminículos para el picnic, nos dispusimos a tomar el sol en unas reposeras. Cuando Ale llegó con su pequeño bikini, se aceleró mi corazón, el cuerpo de mi novia era de envidiar. Sin embargo, por el recato propio de un adolescente de esos tiempos, su traje de baño era pequeño, pero tapaba adecuadamente todas las zonas que debía resguardar.

En cambio, cuando mi cuñadita hizo su aparición, el corazón no se aceleró, daba brincos, al igual que la verga que inmediatamente quedó henchida. Tenía puesto un bikini amarillo, que por delante apenas tapaba su raja, más similar a un conchero, como el que utilizan las vedettes que a un traje de baño y por detrás era un infartante cola less, es decir, tenía los cachetes del culo completamente al aire.

Absolutamente toda la concurrencia del balneario giró la mirada hacia las nalgas de la hermana de mi novia. Mi excitación era de tal magnitud que me faltó el aire, la sofocación no me permitía articular las palabras. Tuve que hacer un esfuerzo para lograr compostura nuevamente. Alessandra me pidió que la pasase loción solar por la espalda y por las piernas. Luego de que culminé con ello, mi cuñada me dijo:

“Cuñadito, ¿me podes pasar bronceador a mi?”

Pidiendo aprobación de mi novia con la mirada y viendo que no había reparos por parte de ella, me senté de lado Margherita, llené las palmas de mis manos con la loción y comencé lenta, pero profundamente, a pasar el producto por la espalda de mi cuñada.

Inicié por los hombros, dándole un masaje circular, bajé hacia los omóplatos, continué hacia la cintura, que descendía como una picada hacia un valle y de allí subí nuevamente. El masaje dedicado provocó suspiros imperceptibles para los demás, pero no para mí. Como un canto de sirenas, escuché de labios de la hermana de mi novia:

¿Podés pasarme ahora por las piernas?

Retomé la tarea por los tobillos, las pantorrillas, por detrás de las rodillas y un poco más arriba, pero no me animaba a continuar y volví a bajar.

Como de a lo lejos escuché la voz de Ale que decía:

“Vuelvo pronto, voy al baño y luego a comprar unas gaseosas”

Cuando su hermanita se alejaba, Marghi me dijo:

“Dale, seguí un poco más arriba, que si no se me va a quemar la cola”

Sentí un calor intenso en mi entrepierna, una puntada de placer, mi pija reventaba. Inmediatamente comencé a esparcir la leche bronceadora sobre la parte superior de las piernas de mi cuñada, llegando a las nalgas, e imaginando que en lugar de un cosmético, desparramaba mi semen por su cuerpo. Mis dos manos parecían los cuatro pares de un pulpo, tocaba y acariciaba esas piernas como nunca lo había hecho con una mujer.

Decididamente pasé mis dedos por debajo de la pequeña bikini y acaricié la hendidura que separaba esas dos moles de carne, y untados como estaban mis dedos con crema le introduje el índice de mi mano derecha en el agujero del culo.

Lejos de provocar el escándalo, mi cuñada soltó un gritito de placer y sentí como empujaba su culo hacia arriba, introduciéndose la totalidad del dedo en el culo. Volteó la cara hacia el lado que yo me hallaba sentado y me miró con ojos de lujuria, la boca entreabierta, y se mordía el labio inferior con los dientes superiores. Me dijo con voz seca, pastosa, entrecortada:

“Ahora no podemos seguir, voy detrás de aquella mata de lavandas, en la parte más alejada del club, cuando regresé Ale, decile que vas al baño y vení a buscarme”

Obedecí como pocas veces lo hice ante la orden o sugerencia de un mayor, cuando regresó mi novia, con la excusa de dirigirme al baño desaparecí. Detrás del matorral de lavandas, en una zona inaccesible para miradas curiosas, tendida sobre una loneta y boca abajo, se encontraba mi cuñada, con toda la malla metida en el culo y mirándome con deseo. Era demasiada tentación para poder evitarlo, me abalancé sobre ella, y colocándome de rodillas y por detrás, sumergí mi boca entre sus nalgas y comencé a sorber su ojete, esparciendo abundante saliva entre las dos inmensas nalgas.

Con la punta de la lengua, daba estocadas en el agujero de su culo, luego la depositaba y lamía alrededor de su anillo. Apartaba la cara para deleitarme con la visión de ese orificio marrón que tanto deseaba. Una vez que hube humedecido el ano de Marghi, le introduje un dedo, sintiendo como el mismo se deslizaba hacia sus entrañas. Comencé a meterlo y sacarlo, siendo correspondido con un movimiento de ascenso y descenso.

Me atreví a meter el segundo dedo, e inmediatamente el tercero y a acelerar el compás del movimiento de pistón. La muy puta de mi cuñada estaba gozando de lo lindo. No podía disimularlo. Su cuerpo y su voz me lo hacían saber:

“Dale turro, rompeme el culito… Meteme los deditos….Chupame el ojeteeeeeeeeee”

Yo también quería atención, me quité del sitio donde estaba, me puse delante de Marghi, me bajé el pantalón de baño y le pasé la poronga caliente y húmeda por la cara

“Mmmmmmmm… Que pijón precioso…. Todo lo que tiene mi hermanita para entretenerse”

Inmediatamente empezó a lamer con maestría la verga, escupió la cabeza y dejó deslizar la lengua por el tronco hasta los huevos, hizo el movimiento inverso y no sin dificultad comenzó a tragarse la poronga.

El palo estaba tan jabonoso con mi líquido preseminal y con su saliva que era una delicia sentir como la pistola se iba metiendo, centímetro a centímetro e iba desapareciendo de mi vista, como en un acto de magia sexual.

Mientras se comía la verga acariciaba los huevos con una de sus manos. Me dio su otra mano e hizo que chupara uno a uno sus dedos, que los mojara abundantemente. Luego, imprevistamente, comenzó a masajear el agujero de mi culo, con los dedos mojados con mi propia saliva y muy delicadamente fue introduciendo el dedo índice en mi orto. Primero me resistí, pero luego cedí y sentí como me hacía un masaje anal que aceleraba mi excitación.

Todo lo que quería era acabar y se lo hice saber:

“Siiiiiiiiii….putaaaaaaaaa… tomate mi leche… que me haces turra, me cogéssssss….agrrrrrrrrr”

Me dijo:

“No, no acabés, quiero más”

Se sacó la pija de la boca y el dedo de mi culo me hizo acostar boca arriba y se puso en cuclillas, con su concha olorosa y mojada sobre mi cara, refregó la argolla en toda mi cara  provocándome, si podía, aún más excitación. Le metí la lengua en lo profundo de la concha, saboreando sus intersticios y provocando gritos de placer pocas veces escuchados. Sentía la cara pringosa de sus flujos y me encantaba. Sentí como se contraía su útero al acabar.

Luego bajó de mi cara, se agachó, se metió la pija en la boca y la chupó con fruición hasta dejarla dura como una roca. Logrado su propósito se sentó sobre ella, de espaldas a mi cara, inclinando levemente su cuerpo hacia delante y comenzó a elevarse y a sentarse sobre la verga ofreciéndome la visión de ese culo de ensueño. Le metí el dedo índice en el culo y mientras ella se metía la verga en lo profundo de su concha, yo enterraba el dedo en su culo, hurgando en sus entrañas.

Sentí una columna de semen subiendo desde mis huevos, a la par de percibir que su útero se contraía nuevamente y al unísono acabamos gloriosamente. Se bajó, se puso de rodillas en mis pies y con secular maestría limpió la pija con su lengua, quitando los restos de leche y flujo que la recubrían.

Se puso el bikini y comenzó a andar hacia las duchas.

No podía creer, me había sucedido de nuevo, una veterana, casi una familiar, había sido víctima de mi insaciable apetito sexual.

Autor: Tano Feroz

Me gusta / No me gusta