Cinco pañuelos de seda

Por fin su lengua entra dentro de mí, cálida, aprieta su cara contra mi sexo. Me imagino el dulce y salado sabor de su sexo, hicimos un 69 y entonces, justo entonces, ya no puedo más y me sobreviene un orgasmo que me deja exhausta. Es tan fuerte que, cuando pasa, con sólo el roce de sus dedos sobre mi clítoris, arqueo la espalda y sacudo las caderas, desesperada ante su contacto.

La mujer del corsé rojo se sube pausadamente los guantes negros de cuero hasta los codos. El corsé se adapta tan perfectamente a su anatomía, que le realza los pechos hasta casi dejar al descubierto sus pezones. Es consciente de que está enseñando sus firmes nalgas y eso le gusta. Unas botas altas, negras, también de cuero, ocultan parcialmente unas largas piernas que se adivinan atléticas.

El tanga, también rojo, es tan mínimo que apenas alcanza a ocultar a mis ojos su sexo rasurado. Su oscuro cabello se desparrama como una cascada sobre sus níveos hombros desnudos hasta la mitad de su espalda… Es muy guapa. Me avergüenzo hasta de mirarla, porque yo me siento inferior. Por eso le sugerí esta idea. Tiene unos enormes ojos azules y apenas va maquillada. La miro. Le pido con la mirada que no se demore más, que venga ya a mí… necesito que me haga suya… dejo escapar un débil gemido…

Ella se acerca despacio a la cama. Yo, feliz, me dejo llevar, inconsciente de lo que me espera. Es la primera vez que me atan a una cama. Antes ella sacó unos pañuelos de seda y con ellos me fue atando a cada extremo de la misma. Solo se puso los guantes porque se los había comprado hace años y no se los ponía nunca. Quería tener un recuerdo para esos guantes. Pero a mí no me gustan, yo prefiero su tacto… pero no le digo nada. No quiero hablar, quiero que ella actúe por su cuenta.

Se sitúa a los pies de la cama. Se arrodilla. No me mira. Se inclina sobre mis pies y, fugazmente, me lame el dedo gordo del pie derecho con la punta de su lengua – yo me estremezco de placer, para luego cubrírmelos de besos a medida que va ascendiendo por el pie hasta el tobillo, y de éste, sube por la pierna hasta la rodilla. Son besos leves, apenas me roza la piel con sus labios, pero yo, que ya la estoy viendo venir, comienzo a sentirme más húmeda. Al inclinarse alcanzo a ver la voluptuosidad de sus pechos, que luchan por salir de la cárcel de su corsé. Quiero adorar esos pechos. Ojalá me deje hacerlo… yo no puedo decir nada, no puedo pedírselo. Hicimos ese pacto.

Deseo que continúe, que me coma, pero ella, quizás intuyendo mis ansias, decide hacerse de rogar y apoya su cabeza en mi muslo mientras desliza la palma de su mano enguantada y extendida desde el interior de mi muslo hasta mi bajo vientre, sin rozarme ni un solo vello púbico. (A ella no le gustan los sexos depilados. A ella le gusta todo…).

Su mano izquierda descansa sobre la cama, a mi lado. Yo quiero que me la acerque a los labios, pero no hablo. No digo nada, la dejo hacer. Quiero que me disfrute con total libertad. Entonces descubre con satisfacción que mi sexo ya brilla por la desbordante humedad que emana de él. Sonríe y me despeina ligeramente el vello de esa zona mirándome pícara a los ojos… ¡Ah, cuánto anhelo su tacto!… Me tiembla todo el cuerpo, cada vez que me toca me estremezco.

Se levanta y se dirige a la cómoda. Abre uno de los cajones y saca otro pañuelo de seda. El quinto pañuelo de seda. Me pongo a hacer pucheros, no quiero que me tape los ojos, No, por favor… ¡quiero, necesito verla, quiero devorarla con los ojos! ¡No me tapes los ojos!… pero mi grito es mudo, como no podría ser de otra manera. Ahora la oscuridad lo rodea todo. Cierro los ojos y me rindo a mi suerte, a ella.

Siento su cara cerca de la mía, puedo sentir su respiración y la caricia dulce del inconfundible olor de su piel. Un dedo suave, forrado de cuero, me perfila los labios: primero el labio superior y luego el inferior. Yo lo intento besar, pero ella, juguetona, lo retira rápidamente, dejándome oír su risa suave. El olor del cuero mezclado con el de su piel me está volviendo loca. Vuelve a colocarme la mano en los labios y me pide que le quite el guante con los dientes. Así lo hago, dedo a dedo. Por fin lo consigo.

Un ligero murmullo y entonces siento que ella apoya la mano que acabo de desnudarle en mi sexo, suavemente, ¡tan suavemente que me desespera! El clítoris se me hincha, anhelando su contacto. Ella ríe. Me lo acaricia una, dos, tres veces… yo levanto las caderas, como pidiendo más, pero ella parece que ha decidido que aún no. Se coloca sobre mí, a cuatro patas. Siento su largo pelo rozándome la piel. Comienza a besarme los pechos, de forma incontrolada, siento el roce de sus labios aquí y allá. Luego me las agarra de la base y las sujeta de tal forma que las une. Hunde su cara entre mis pechos. El calor de su respiración me estremece, siento cómo cada vez me estoy humedeciendo más y más. Me da varios lametones en ambos pezones. Aprieta más mis generosos pechos y se introduce los dos pezones a la vez en la boca. Me los chupa, los dos al mismo tiempo. Después le dedica su particular homenaje a cada uno de ellos, por igual. Yo estoy tan excitada que creo que me voy a volver loca.

Cuando acaba con mis tetas, las suelta y se alza un poco, lo suficiente como para besarme el cuello e ir bajando por la clavícula. Noto la abundancia de sus pechos sobre los míos. Ella vuelve a ascender y me besa en los labios, nuestras lenguas se entrelazan mientras su mano ve descendiendo lentamente hasta mi sexo, para quedarse allí acariciándome los labios, los de abajo. Ahora se aleja de mí y desciende sobre mis caderas, me abre los labios superiores y sopla levemente, como hacia dentro. Me recorre un escalofrío y me entra la risa. Ella también ríe…

Por fin su lengua entra dentro de mí, cálida, ágil y profunda. Y aprieta su cara contra mi sexo. A mí me entra la absurda sensación de que mi sexo debe de ser una fuente, una especie de manguera, de la cantidad de flujos que noto por ahí abajo. Me imagino el dulce y salado sabor de su sexo, me imagino cuando mucho antes de esto, hicimos un 69 y entonces, justo entonces, ya no puedo más y me sobreviene un orgasmo que me deja exhausta. Es tan fuerte que, cuando pasa, con sólo el roce de sus dedos sobre mi clítoris, arqueo la espalda y sacudo las caderas, desesperada ante su contacto.

Entonces ella me besa profundamente para que yo pueda saborear mi propia miel. Estoy agotada, pero al mismo tiempo tan excitada, que tengo que controlarme para no morderle los labios. Me está volviendo loca el no poder verla, el no poder tocarla…

Luego ella se sienta sobre mi cara, con todo su sexo abierto ante mí… y por culpa del maldito pañuelo que tengo atado a la nuca no puedo verla, disfrutar de la visión de sus pechos vistos desde abajo. Sus labios vaginales entran en contacto con los de mi boca. Los aplico dulcemente sobre ellos y comienzo a buscarle, a acariciarle su hinchado clítoris con mi lengua. Sus jugos comienzan a desbordarme, trato de tragármelo todo, pero me es imposible, es demasiado. Noto cómo se deslizan en frágiles gotas por entre mis comisuras. Las saboreo hasta la saciedad. Su olor me inunda, su sabor calma mi sed, sus gemidos son música celestial, sus manos me queman…

Finalmente ella se corre en mi boca. El espeso líquido se cuela por entre mis labios antes de que me dé cuenta. Eso me desespera porque quiero más, pero ella se levanta, se acurruca a mi lado, abrazándome con las piernas, con los brazos, con todo. Siento su cálido sexo en mi cadera mientras que con una mano me acaricia el vientre… y entonces, Morfeo entra por la puerta… y nos acoge a ambas entre sus brazos.

Autora: Aliena Del Valle

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Memorias del subsuelo

Desde luego no estaba dispuesto a que aquel anciano se quedara con los honores, así que traté de pensar rápido en algo, antes de que llegáramos a nuestra parada. Decidí pasarle la mano por debajo de la falda y meterle dos dedos de golpe en su sexo. Antes acaricié brevemente su clítoris, para que se hiciera a la idea… me sobresalté cuando pegó un respingo y dejó escapar un leve gemido.

Aquel era un día de perros, como suele decirse. Llovía a cántaros y a mi no me gustan los días lluviosos. Para cuando por fin alcancé la boca de metro yo ya estaba hecho una piltrafa, empapado hasta los huesos y con el traje de chaqueta para el arrastre. Bajé por el laberinto de pasillos y escaleras hasta el andén sacudiendo el paraguas, aburrido de ver las escenas de siempre, los transeúntes de siempre. Sentí que mi vida era un asco. Monotonía pura. Pensé en lo bien que me sentarían unas vacaciones… y unas vacaciones de esas vacaciones, en alguna playa desierta del Caribe y rodeado de preciosidades caribeñas…

Entonces divisé por entre la multitud a Alicia, una de mis compañeras de trabajo. Estaba esperando donde siempre, muy cerca de los raíles. Estaba preciosa, he de reconocer que es una de las mujeres más fascinantes que he conocido nunca. Demasiado perfeccionista, eso si, a veces me saca de quicio en el trabajo, pero bueno, nadie es perfecto.

Traté de acercarme a ella, pero la espesa multitud me lo impidió. Así que tuve que esperar a que llegara el metro y colarme en su mismo vagón para tratar de llegar hasta ella.

“Alicia, ¡hola!… Vaya, veo que no trajiste paraguas”. “Hola, Pedro… pues no, ya ves, ¡estoy empapada! Me imaginé que no llovería demasiado, pero. “

Al oírle decir la palabra “empapada” me pregunté de qué color sería su ropa interior. Me pregunté si realmente llevaría o no. De pronto una sacudida de la máquina al arrancar hizo que nos desestabilizáramos. Tuvimos que acomodarnos de nuevo, de tal suerte que Alicia y yo quedamos cara a cara y tan juntos que su pecho estaba totalmente pegado al mío. Al ser más baja que yo sentí su respiración en mi cuello. Sus labios estaban tan a pocos centímetros de los míos que solo tendría que haberme agachado un poco para besarla. ¡Cómo deseé en aquellos momentos que no llevara bragas…!

Hacía muchísimo tiempo que no me excitaba en medio de una multitud, pero es que no era para menos! Aquella mujer me volvía loco… llevaba una camisa blanca que, al estar mojada por la lluvia, se le adhería totalmente a la piel, marcándole el sujetador y los endurecidos pezones, que yo notaba a través de mi camisa (la chaqueta del traje la llevaba abierta). Por momentos la iba notando más pegada a mí. Entonces miré por encima de su cabeza, vi a un hombre mayor, de unos sesenta y tantos años y comprendí por qué Alicia se pegaba tanto a mí: venía huyendo, apartándose de aquel hombre. Seguramente le estará restregando la bragueta por el culo. Noté cómo ella, apresada entre el viejo y yo, comenzaba a respirar más rápido… y con ello, yo notaba sus pechos bombeando contra mí. Eso me puso a cien.

Decidí esperar a la siguiente sacudida del metro (una parada), que no tardó en llegar. Entró más gente, pero yo me afiancé en mis posiciones y parece que el viejo tuvo la misma idea. Seguimos igual, pero, si cabe, más pegados aún. Fue entonces cuando sentí la mano de Alicia sobre mi mano, la que estaba apoyada en el mango del paraguas. Me miró con ojos lascivos y  sonrió. Bajó la vista, mirándome fijamente a los labios, con los suyos entrecerrados, como en éxtasis. Algo estaba pasando… y lo jodido es que yo no era el causante. Volví a mirar al anciano. Estaba mirando hacia el lado contrario a nosotros, pero tenía la mandíbula tensa y el gesto concentrado. La respiración de Alicia se comenzó a acelerar y se sujetó a mi cintura, quizás sintiendo que se iba a caer. Al apoyarse totalmente en mí, pude ver que su minifalda estaba levantada por detrás, enrollada en la cintura, y cómo la mano el viejo desaparecía entre sus nalgas.

¡Alicia estaba confundiendo la mano del viejo con la mía! ¡Por eso se pegaba tanto a mí! Me quedé desconcertado, sin saber qué hacer. Desde luego no estaba dispuesto a que aquel anciano se quedara con los honores, así que traté de pensar rápido en algo, antes de que llegáramos a nuestra parada. Decidí pasarle la mano por debajo de la falda y meterle dos dedos de golpe en su sexo. Antes acaricié brevemente su clítoris, para que se hiciera a la idea… me sobresalté cuando pegó un respingo y dejó escapar un leve gemido. En el mete-saca de mis dedos noté la otra mano del hombre. Pareció una sensación mutua, porque él también me miró interrogante por encima de la cabeza de mi compañera, pero yo me hice el desentendido.

Entonces otra brusca sacudida y el metro paró. Nuestra parada. Mucha gente salió, dándole tiempo a Alicia, durante el barullo, a componerse. Tenía la cara descompuesta, estaba seguro que había alcanzado el orgasmo. Yo saqué despacio mis dedos de su sexo y me los llevé a la nariz. Ella vio mi gesto, y su risa me regaló los oídos. Yo también sonreí.

“Eres un viciosillo, ¿lo sabias?…”

È così… Qué le voy a hacer. Cuando bajamos del vagón yo miré hacia atrás y vi un charco justo donde había estado Alicia. Sus jugos…el agua escurrida de mi paraguas… ¿quién sabe?…

Autora: Aliena del Valle

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La hora del lobo

Setián no pudo más y no alcanzó a evitar correrse en la boca de Patricia, ella no se apartó, sino que, diligente, tragó todo el semen, saboreó todo el semen como si de ambrosía de dioses se tratara, una delicia de gourmet, como si no hubiera comido durante siglos, y en verdad era la primera vez que lo probaba. Y le había gustado tanto, que le lamió el pene hasta que Setián sintió que le ardía la piel.

Patricia Olmos abrió de repente los ojos y no vio nada. En el dormitorio aún se podía percibir el aroma a suave incienso que había prendido a media tarde, aquella costumbre ancestral que ella había adquirido por inescrutables medios atávicos para alejar a los malos espíritus. Algo que no era cuestionable, dado que las mujeres de su familia habían practicado el “rito del incienso” desde hacía décadas, pasando de madres a hijas desde hacía tantos años… No recordaba.

Siempre había sido así, eso era un hecho… algo tan arraigado como la ley de no ser infiel a sus esposos: Las mujeres de la familia Olmos jamás, bajo ningún concepto, habrían de ponerle los cuernos a sus maridos. Podrían, eso sí, padecer todas las penas del desamor, pero jamás demostrarlo. Nunca. Ni aún cuando los maridos les fueran infieles a ellas, en cuyo caso, tendrían que soportar con su mejor sonrisa esa cruz, tan pesada para los frágiles hombros de Patricia.

Poco a poco se fue acostumbrando a la penumbra  de la habitación. Últimamente tenía el sueño ligero, le costaba dormirse por las noches y, si lo conseguía, despertaba repentinamente, así, en mitad de la noche o ya rayando el alba, siendo ya imposible conciliar el sueño. Entonces permanecía quieta, en silencio, con los ojos fijos en el techo, procurando no despertar a Miguel, que yacía a su lado. Y Patricia esperaba. Esperaba para poder escapar a la habitación de invitados en cuanto se aseguraba del sueño de su marido. La habitación de invitados, donde dormía Sebastián desde hacía varios días.

Setián, como le llamaban todos, era el mejor amigo de Miguel, se conocían desde que estaban en la guardería. Hacía ya tres días que estaba con ellos, bajo su mismo techo, por supuesto… Miguel no hubiera permitido que teniendo él una casa, Sebastián durmiera en un hotel a su paso por Madrid. Craso error, pensó Patricia. Miguel tenía una confianza tan ciega en ella, o en su familia (la de ella), que estaba ciego. O quizás, simplemente le daba lo mismo que ella pudiera fijarse en su amigo. Hasta quizá lo deseaba, para librase de culpa.

Patri giró la cabeza para observar a su marido. Apenas llevaban dos años de casados, pero ella sentía que habían pasado siglos: no había sido fácil. En absoluto. Le habían casi obligado a casarse con él porque era un buen muchacho, de buena familia (vamos, con pedigree…  y bien cubiertas las espaldas), guapo, atlético… y encima, ella no le amaba. El matrimonio perfecto. Una condena en vida. Pero lo cierto es que cuando se casó con él, Patricia no estaba enamorada de nadie, así que tampoco le supuso una tragedia. Ella solo amaba la pintura, su sueño era llegar lejos y estudiaba Bellas Artes, pero…el matrimonio arrasó con todo. Tuvo que quedarse en su casa, con la pata quebrada, como quien dice, jugando a las casitas con un hombre al que apenas veía. Casi que mejor, porque juntos solo sabían discutir.

Se colocó de costado y apoyó la mejilla en la palma de su mano izquierda, extendida, para mirarle mejor. Él dormía tranquilamente, como si no hubiera absolutamente nada en el mundo que pudiera alterar su descanso, y ajeno al insomnio y a las excursiones nocturnas de su mujer. Quizás el incienso no cumpliera su cometido, o quizás simplemente que los milagros ya no tenían cabida en la derrota de sus vidas; después de tantos y tantos naufragios y abdicaciones, la Nada. ¿Dónde subyacía el error, en qué momento todo se había quebrado?

Se incorporó en la cama y, alargando el brazo, se colocó sobre los hombros su suave bata de seda. Caminó de puntillas hacia la puerta, furtiva, huyendo de la insensible bestia dormida. Avanzó por el largo pasillo del chalet como en una ensoñación, hasta llegar a la puerta del cuarto de invitados. Accionó el pomo y abrió exaltada, expectante, como si dentro se hallara el más preciado de los tesoros. Setián, adorado Setián… allí estaba él, tumbado de espaldas, el contorno de su cuerpo perfectamente delineado por la fina sábana que le cubría hasta medio pecho. Ella se acercó a los pies de la cama y sujetando uno de los extremos de la misma, la deslizó pausadamente hacia abajo, destapando aquel cuerpo que tanto deseaba, aquel cuerpo que consideraba ya suyo a pesar de que aún él no lo supiera… aquel tantas veces explorado en silencio, un día tras otro, siempre entre las penumbras del cuarto de invitados donde Setián dormía y sin que ella se atreviera ni tan siquiera a rozarle… ¿Cuántas mujeres habrían recorrido aquella divina anatomía? ¿Cuántas conocerían los recovecos de Setián, toda su orografía? Frunció el ceño, molesta por las cuestiones que siempre le asaltaban en los mejores momentos.

Fue entonces cuando Patricia dio el primer paso, apoyando por primera vez las manos sobre la cama de Setián, después de tantos días observándole a escondidas. Y pensando en su madre, en sus tías, en su abuela, se sentó en la cama.

Se inclinó hacia el pecho de Setián, entrecerrando los ojos, sintió su olor. Eso le reconfortó. Posó su mano derecha sobre el vientre de su amante, sintiendo el vello del bajo vientre en la palma de la mano, pero Setián, con un gruñido, se movió, quedando frente a ella, completamente desnudo como estaba, completamente dormido, soñando con solo sabe Dios qué, enteramente entregado a sus fantasías. Ella descendió a la altura de su cintura y le rodeó tímidamente con un brazo, conteniendo la respiración, insegura, sin dejar de mirarle a los ojos  por temor a que despertara. Comenzó a acariciarle el culo prieto, desterrando sus sospechas de infidelidad ajenas, decidida a disfrutar del cuerpo dormido que tan confiadamente se mostraba ante ella.

En un principio simplemente se dedicó a masajear lentamente su retaguardia, rozando el vello que crecía justo en su profunda raja, tratando de abarcar, sin éxito, aquellas considerables nalgas con una mano. Aquel chico tenía un culo precioso, grande (pero no demasiado), redondo, prieto, con unas nalgas suaves y con miles de pelillos protectores por entre la raja, un culo capaz de sostener medio mundo. Patricia inició una prueba de reconocimiento con la punta de los dedos, tratando de alcanzar el ano… y justo lo había conseguido cuando Setián, notando que algo andaba mal en ese noble punto inferior, se removió inquieto.

Patricia, sorprendida, retiró la mano, pero no se movió. Permaneció inmóvil hasta que, pasados unos segundos, pensó que él ya no se despertaría. Entonces descendió un poco más, más allá del bajo vientre, descubriendo la más ansiada de las riquezas de Setián… acercó su cara al laxo pene y rozó juguetona, con la nariz, la base, aspirando su aroma, sumergiéndose en el vello púbico que rodeaba la base de la ansiada verga. No se lo podía creer. ¡Ella, Patricia Olmos, con la nariz hundida en el sexo del mejor amigo de su marido! Si su familia se enterase… ¡si Miguel se enterase!

En ese preciso instante cerró los ojos, tratando de no pensar. Aquel era su momento de gloria, quizás el único en el que podría disfrutar de aquel hombre que tanto deseaba. ¿Violación? No, Solo era… era… bueno, estaba segura de gustarle a Setián y… si, seguro que ella también le gustaba a Setián, si, a veces la miraba… como… ¿libidinosamente? Si. Seguro. Su mano sobre el fuego no se quemaría. Mañana en la batalla piensa en mí, cuando fui mortal, y caiga tu lanza.

Patri, más decidida, sujetó con el índice y el pulgar la base del pene de Setián y se lo introdujo en la boca despacio, casi ritualmente, acariciándolo con los labios, a la vez que con los mismos dedos trataba de retirar la piel. Poco a poco la maravilla dormida comenzó a entrar en calor gracias a su saliva y, despertándose gratamente sorprendido, se quedó totalmente erecto, grandioso, apetitoso – ella lo miraba con gula: aquella era una polla convencida de poder acabar con el mundo de un solo pollazo. Carne en barra de primera calidad.

Ella acarició aquel apéndice sagrado, extasiada ante las dimensiones que había alcanzado, sorprendida por su suavidad y maldiciendo la semioscuridad que le impedía disfrutar del color de tamaño prodigio de la naturaleza. Quizás por eso no se dio cuenta de que  Setián acababa de despertarse, seguramente a la par que el despertar de su miembro, y que la miraba casi sin creérselo, preguntándose si aún soñaba, viendo a Patricia arrodillada, con su rostro a pocos centímetros de la punta de su verga y con las manos paseando libremente por su anatomía más recóndita.

Pero, pese a su sorpresa, no dijo nada. Es más, siguió haciéndose el dormido para no despistar a la chica, la mujer de su mejor amigo, quien le había acogido en su casa, Miguel, su amigo desde la infancia, Miguel, que seguramente jamás había deseado a su mujer tanto como la había deseado Setián desde que, días atrás, la vio por primera vez.

Setián sentía la respiración acelerada de Patricia sobre si pelvis y pensó en la cantidad de veces que había imaginado la desnudez de aquella diosa cada vez que la observaba afanarse en las tareas domésticas, cuando pasaba a su lado y apenas le rozaba, cuando la veía con esos vestidos que la tapaban desde la garganta hasta más allá de las rodillas… “viene de una familia muy católica”, le había comentado Miguel en un intento de disculpar la forma tan beatífica que tenía su mujer de vestir…

Miguel, el cazador insaciable, que se estaba acostando día si y otro también con su secretaria, Miguel, que apenas valoraba a la diosa encubierta que tenía por mujer. Y ahora, aquella diosa reverenciada, estaba allí, en su cama, disfrutando como una niña del cuerpo de aquel que no era su marido, de aquel desconocido a quien creía dormido. El pensar que Patricia prefería estar con él antes que con su marido le puso malo… estaba a punto de estallar. Ojalá hubiera podido agarrarla y hacer que se montara sobre él, que engullera con su sexo su enhiesto miembro, obligarla  a que cabalgara sobre él como jamás – seguramente- se habría atrevido a hacerlo sobre su marido… pero la respetaba demasiado. Quería a esa mujer para él, acabar sus días con ella, de la mano hacia lo que quedara…

No pudo reprimir un suspiro cuando ella se metió su polla hasta la garganta, y lo hizo varias veces, con frenesí, hasta que Setián no pudo más y, casi avergonzado, no alcanzó a evitar correrse en la boca de Patricia. Pero ella no se apartó, sino que, diligente, tragó todo el semen, saboreó todo el semen como si de ambrosía de dioses se tratara, una delicia de gourmet, como si no hubiera comido durante siglos… y en verdad era la primera vez que lo probaba. Y le había gustado tanto, que le lamió el pene hasta que Setián sintió que le ardía la piel.

Cuando Patricia estuvo convencida de que ni la más mísera gota de semen había sido desperdiciada, se incorporó, cubrió cariñosamente a Setián con la sábana de raso a la altura de medio pecho, y salió sigilosamente de la habitación, tal y como había entrado, sin dejar rastro.

Ya a solas, Setián se incorporó en la cama y palpándose su nuevamente adormecido miembro, se prometió a sí mismo que aquello no podría quedar en una simple aventura nocturna de su anfitriona.
Mientras, Patricia regresaba a tientas por el largo pasillo.

Había comprendido que ya no existía razón alguna por la que temer a la hora del lobo, porque el lobo ya no existía. Había desaparecido, llevándoselo todo consigo. Pero aún quedaba vida.  Se acomodó en su lado concertado de la cama matrimonial y pronto se quedó dormida… soñando con los futuros labios que esperarían soñolientos a que ella los despertara de nuevo…

Autora: Aliena del Valle

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Natalia

Abrí intempestivamente la puerta del baño, allí estaba Natalia, con aquellos refulgentes y exuberantes pechos y su magnífico culo…y con un pene más grande que el mio. Cerré la puerta rápidamente, pidiéndole disculpas y no sin antes vislumbrar una maliciosa sonrisa en su angelical rostro, pero yo ya había visto todo lo que quería ver. Salí como alma que lleva el diablo. Me dejé todo allí.

Estuve buscando un piso para compartir durante casi una semana, peor ninguno me pareció apto para un tipo como yo, y…No. Seamos francos. La verdad es que en el fondo iba buscando a una compañera de piso que, a ser posible, pusiera el piso. No me gusta vivir con más tíos, porque somos todos una manada de espesos. De guarros, vaya. Y a quien le pique que se rasque. Y cuidado, porque yo me incluyo.

No, lo que yo quería era tener una compañera de piso, no para que limpiara, que bueno, si se terciaba pues como que yo no iba a ser quien le pusiera pegas, pero…yo lo que quería, lo que yo realmente buscaba era…je, je, je. Ya os imagináis, no?

Me sorprendió la suerte que tuve. Puse un anuncio en el periódico y al cabo de una semana de rechazar propuestas, me llamó la chica con la voz más profunda y sensual que he oído en mi vida. Quedamos al día siguiente en una elegante cafetería del centro de la ciudad. Yo llegué con unos minutos de antelación porque quería observar a mis anchas a la que ya consideraba mi futura compañera de piso. Una mujer con aquella voz no podía decepcionarme. Y no lo hizo.

Justo cuando mi reloj marcaba las 5:00 de la tarde, hora taurina, aquella maravillosa becerraza entró al burladero.

Natalia era una mujer espectacular. Tendría entre 25 y 30 años, era bastante alta y con un cuerpo que ya quisieran muchas. Estoy seguro de que Elle McPherson se hubiera muerto de envidia ante Natalia. Lucía un pelo larguísimo, como a media espalda y de un negro azabache que contrastaba sobremanera con unos enormes ojos verde claro, y su piel era tan dorada que parecía resplandecer bajo aquella luz de otoño tardío.

Y sus tetas. Tenía unas tetas que eran la excepción a la regla que rige a la fuerza de la gravedad. Y encima parecían en constante lucha por salir del escote del ajustado vestido de muselina con el que quiso celebrar nuestra cita

Y su culo. Tenía un culo tan rico. No era uno de esos culos de chica de pitiminí que igual podría ser de un hombre que el de una mujer. Natalia tenía un culo de verdad, grande, redondo y prieto, como le gusta de verdad a todo hombre que se precie de tener dos pares de cojones bien puestos. Era un culo que podrá servir de apoyo al mundo. Era un culo orgulloso de sí mismo.

Si en ese momento me hubieran dicho que solo me quedaban 5 minutos de vida, los hubiera dedicado por entero a acariciar el culo de Natalia y a conocer las dos aperturas más secretas de su cuerpo con solo el tacto de mis dedos, no hubiera osado aspirar a más. Y os aseguro que después de eso hubiera entregado feliz mi mortal cuerpo a la Parca, convencido solo por mis últimos 5 minutos de vida, de que había merecido la pena vivir. Se dirigió totalmente decidida hacia mi – inexplicablemente en aquel momento no me extrañó -. Se sentó frente a mi y su deliciosa voz me dejó oír por mis paganos oídos:

– “Eres Eduardo, ¿verdad?…me alegra saber que eres puntual, creo que si decides quedarte conmigo, vamos a tener una fantástica convivencia” Si decides quedarte conmigo…ángel mío, ya estaba decidido en cuanto te vi entrar al Café…una fantástica convivencia…Natalia, con una palabra tuya bastará para hacerme tu esclavo. Hágase tu voluntad, mi diosa.

Nos tomamos sendos capuchinos mientras nos hacíamos un inventario de nuestras respectivas vidas. Ella era auxiliar de vuelo, pero había dejado ese trabajo para ver cumplido su sueño de ser cantante de jazz, o algo así. A lo Ella Fiztgerald. Desde luego tenía una imagen perfecta para serlo. Seguidamente salimos del café y nos dirigimos al piso. Era un lujoso ático en el centro de la ciudad, muy cerca del Café. En cuanto lo vi decidí considerarme un tipo con suerte. Un ático como aquel y una chica como Natalia eran demasiado para un pobre desgraciado como yo, para quien aquella canción de Gabinete Caligari, “Querida tristeza” era el himno de mi vida.

Comencé a cuestionarme la cuantía del alquiler cuando ella, adivinando mis pensamientos, me anunció que mi estancia sería gratuita, pues el ático era por entero de su propiedad y de lo que ella tenía necesidad era de “un compañero que suavizara sus largas tardes de soledad”, y no el dinero de un alquiler. Me extrañó muchísimo que una mujer como Natalia se aquejara de soledad, pues yo me había imaginado que tendría una vida muy agitada. No obstante me alegré íntimamente, ya que sus “largas tardes de soledad”, compartidas conmigo, me aportarían deliciosas e innumerables satisfacciones.

Feliz y contento le comuniqué que me instalaría al día siguiente por la tarde, ya que ella debido a su trabajo nocturno, solía dormir durante toda la mañana. Para mí fueron las casi 24 horas más largas de mi vida. La espera me corroía. Por fin al día siguiente llegué al ático de Natalia y me instalé. Me había preparado un ligero ágape, del que disfrutamos los dos y hablamos bastante. Ya inicié mi táctica y estrategia de conquista y me satisfizo ver que mi compañera me correspondió de acuerdo a mis expectativas.

Sobre las  11:00 de la noche se marchó a trabajar y yo me quedé solo en aquel enorme piso. Supongo que lo que hice fue bastante censurable, pero quién se hubiera podido resistir a la imperiosa curiosidad de registrar la casa. Me serví pues un vodka con limón y me dispuse para el recorrido. Lo hice someramente. Dejé lo mejor para el final, como un niño que se come rápidamente la comida para llegar al dulce y ansiado postre. Y la  meta de mi periplo era su habitación, el templo de la diosa Natalia, en cuyo altar – una gigantesca cama redonda -, me llegué a imaginar a mí mismo, adorándola y rindiéndomele mis más profundos honores.

Todo lo que vi me dejó muy satisfecho. Incluso, he de admitirlo, me sentí muy complacido al descubrí en uno de los cajones de su cómoda una gran variedad de artilugios de sex-shop. “¡Esta mujer tiene que ser una fiera, tiene de todo!” pensé orgulloso de mi reciente hallazgo. Fue entonces cuando decidí servirme mi quinto o sexto vodka con limón y conocer los dominios exteriores de mi castillo. Salí a la terraza.

No era  tan grande como me esperaba pero para el caso tampoco importaba mucho. Me entregué a maravillosas fantasías sexuales donde una semidesnuda Natalia era la protagonista absoluta, en un escenario de algún pub nocturno, cantando y masturbándose al mismo tiempo. Sobrio de alcohol y sexo imaginario, alcé la vista y me quedé paralizado.

Sobre mí se extendía una cuerda de tender la ropa, que atravesaba la terraza de un extremo a otro.  Una cuerda plagada de ropa interior. Toda la cuerda. Una extensa hilera de ropa interior colgada sobre mí. Pero no era ropa interior de mujer. No, Señor. Era una extensa hilera de ropa interior de hombre. Allí habría unos 30     calzoncillos bien alineados, uno al lado el otro, hasta llegar a la friolera de 30. Seguro, los conté.

Salí corriendo hacia la habitación de Natalia, presa de pánico, y me afané en buscar, cajón por cajón, hasta que encontré lo que temiblemente esperaba encontrar. Natalia no tenía ropa interior femenina. Nada. Ni siquiera un mísero tanga. Sudé la gota fría pensando en lo peor.

Formando cábalas en mi cabeza, me fu a mi cuarto y me introduje en la cama. Pero no me dormí, sino que esperé pacientemente hasta que, alrededor de las 5:00 de la mañana, llegó mi anfitriona.
Con los ojos entornados, haciéndome el dormido, noté cómo abría la puerta de mi habitación y suspiraba maternalmente al creerme en el séptimo cielo aristotélico y en brazos de Morfeo. Seguidamente se metió en el cuarto de baño y al poco rato pude oir el agua de la ducha cayendo.

Me deslicé fuera de la cama y abrí intempestivamente la puerta del baño. Y efectivamente, allí estaba Natalia, mi ángel, mi diosa…con aquellos refulgentes y exuberantes pechos y su magnífico culo…y con un pene más grande que el mío. Cerré la puerta rápidamente, pidiéndole disculpas – y no sin antes vislumbrar una maliciosa sonrisa en su angelical rostro -, pero yo ya había visto todo lo que quería ver. Salí de aquel ático de mis sueños como alma que lleva el diablo. Me dejé todo allí.

El caso es que hoy por hoy me recome la curiosidad: ¿Qué hubiera pasado si me hubiera quedado allí a vivir? Estoy convencido de que podría haberme adaptado a la verga de Natalia, la divina, mi ángel, mi demonio…ella. Y él. O todo. Natalia…

Autora: Aliena del Valle

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La Oftalmóloga

Guillermo se comenzó a mover lentamente en movimientos circulares, retranqueando el culo hacia atrás y, poco a poco, se inició el conocido “mete-saca”, Guille agarrándola de las nalgas para impulsarla más y mejor y, estaban en uno de los mejores puntos, cuando la puerta del despacho se abrió y una vivaracha y potente voz le anunció a la doctora que tenía una llamada.

Tengo un amigo sevillano, Guillermo, que hace unos días me contó lo que le ocurrió no hace mucho en la consulta de una óptica. Guillermo lleva gafas desde que era muy niño. Él solía ir a una clínica oftalmológica de Sevilla todos los años para revisarse la vista, pero como ahora vive en Madrid, pues se revisó la vista aquí. Fue a una oftalmóloga de fama notoria en el cuadro de médicos de su seguro. A mi me dio el nombre completo, pero mejor vamos a llamarla Silvia, para evitar problemas.

¿Alguna vez habéis estado en la consulta de un oftalmólogo para revisaros la vista? Si es así entonces no tendré que daros muchas explicaciones sobre cómo va, pero de lo contrario… tendréis que haceros una idea, queridos lectores, porque tendría que extenderme en demasiadas explicaciones. Veamos. Voy a tratar de escribirlo de forma amena.

Guillermo entró en el despacho de la oftalmóloga, para la consulta, y después de poner en antecedentes sobre sus ojos a la doctora, pasó a hacerse varias pruebas de la vista. Primero se sentó a horcajadas en un taburete y tuvo que apoya la barbilla en un pequeño soporte mientras miraba atentamente las parpadeantes luces de la máquina que tenía justo delante. La oftalmóloga, Silvia, se colocó al otro lado del aparato y comenzó el examen. Todo fue bien y Guillermo se sentía satisfecho con aquella oftalmóloga (verdadera proeza teniendo en cuenta que Guille lleva toda su vida visitando anualmente al mismo oftalmólogo, paisano suyo, un vejete muy majete, dicho sea de paso ).

Seguidamente ella le pidió que se sentara en un cómodo sillón anatómico , desde donde se podía ver al frente una pantalla en blanco. Junto al sillón había una mesa plagada de lentes. ¿Sabéis a cual me refiero, verdad? Pues bien. Allí que se acomodó mi querido Guillermo en espera de que Silvia dispusiera las lentes necesarias, poniéndole unas gafas cuyo recuerdo estético me impide describirlo, de horrorosas que eran…y no quiero herir vuestra sensibilidad. Después Silvia comenzó a trastear un proyector situado a espaldas de Guillermo, apagó la luz y , como por arte de magia, apareció en el inmaculado panel de la pared de enfrente un complicado amasijo de letras, porque claro, Guillermo no veía tres pijos en un burro sin sus lentes habituales! Pero Silvia le solucionó pronto el problema. Le fue colocando en la montura de las horrendas gafas de prueba una serie de cristales hasta que Guillermo exclamó que veía bien las letras.

Silvia sonrió satisfecha y se fue a la pantalla que Guillermo tenía enfrente y comenzó a señalar las letras para que mi amigo fuera diciendo qué eran…¡ah, desconfiados oftalmólogos! El caso es que Guillermo. Al tener a aquella chica delante, y después de haber padecido varios meses de abstinencia (creo que no lo he mencionado antes, pero la novia de Guille le dejó por otro y al pobre se le metió en la cabeza que la sabia creencia popular de “quitar un clavo con otro” es una aberración), se excitó. Silvia vestía una bata blanca de manga corta que le llegaba a medio muslo, peor cuya fina tela no  era suficientemente eficaz para evitar que se transparentase la ropa interior de la doctora, por lo que Guillermo pudo apreciar que Silvia llevaba ropa interior negra. A Guillermo le excita muchísimo la ropa interior de ese color, creedme, lo sé por experiencia.

Así que, como ya os habréis imaginado, Guille se empalmó. Azorado cual inexperto colegial, trató de estirarse la tela del pantalón a fin de que aquella protuberancia no fuera descubierta por la atractiva oftalmóloga. Y creyó haberlo conseguido, porque Silvia no dio muestras de nada, así que Guille se calmó un poco.

Entonces Silvia cogió un pequeño aparato, similar a una linterna, estiró el brazo y poniéndole aquel aparato a la distancia de su brazo, por delante de él, le pidió que se quedara inmóvil y mirase fijamente el punto de luz rojo que emitía la linternita mientras ella le revisaba los ojos. Guille obedeció y trató de concentrarse en el brillante punto rojo, resplandeciente en la semi -oscuridad, y cuando por fin lo consiguió, sintiendo que su pene se había tranquilizado, notó la respiración de Silvia en la mejilla. Porque claro, la oftalmóloga le miraba los ojos con los suyos propios, lo único que tenía en las manos era la linterna en la derecha mientras que con la izquierda se apoyaba en el cabezal del sillón. Guillermo, dándose cuenta de lo cercas que tenían sus caras, que casi se rozaban, viendo que Silva estaba totalmente inclinada sobre él, se imaginó que si giraba un poco la cabeza podría verle los pechos o, al  menos, el canalillo de Silvia, cuyo escote, justo cuando a Guille le atacaban estos pensamientos, rozó el su brazo hasta apoyarse casi completamente en él.

Bueno, a estas alturas la verga de Guille apuntaba al techo. O lo haría de no ser por la prisión de los pantalones.

Fue entonces cuando la oftalmóloga le besó. Dulcemente, al principio apenas rozándole con los labios en la comisura de la boca. Guille lo tuvo que disfrutar bastante, porque lleva bigote y perilla, y Silvia le lamió ligeramente con la punta de la lengua el vello del bigotillo. Guillermo sintió un agradable gustillo que le hizo estremecer. Sin embargo, casi no le había dado tiempo a ser consciente de la situación, cuando ya se estaban besando apasionadamente (destrozándose, diría yo, por los morros que lució mi amigo al día siguiente) y las manos de Guillermo, como dotadas de vida propia, magreaban los generosos pechos de Silvia. Pero aquella mujer no eran de las que perdían el tiempo, como fugazmente lamentó Guille, porque mientras se besaban la doctora se bajó las braguitas, efectivamente negras, se las encasquetó juguetonamente a Guillermo en todo la cabeza, a modo de casco y se subió a horcajadas sobre él.

Guille trató de desabrocharle los dos únicos botones que aún no habían ido a parar al suelo, debido a inexplicables designios divinos, pero Silvia no le permitió llevar a cabo la empresa: le agarró de las muñecas y le puso las manos sobre sus nalgas – que a él le parecieron sendas plazas de toros, carne prieta generosamente repartida – , al tiempo que ella luchaba con los botones de la bragueta de Guille…y eso sí que fue una empresa quijotesca, porque entre lo tirante que estaba la tela por aquella zona, los malditos botones de mínimos ojales y la durísima y erecta polla de Guille, la pobre oftalmóloga se destrozó las uñas, las manos, los nervios y la moral. Pero hete aquí que por fin los forcejeos dieron su fruto en forma de triunfante verga guillermina, que salió triunfante a la tenue luz de la consulta…aunque al feliz pene no le había dado tiempo ni de respirar cuando fue engullido por el coño de la oftalmóloga. Sin masticar, todo para adentro.

Silvia se quedó quieta, con los ojos cerrados y en extasis, sintiendo dentro de ella todo el pene de Guillermo, el cual, si bien no es muy largo, es tan grueso como un vaso de cubata. ¡Quizás mas!. Entonces se comenzó a mover lentamente en movimientos circulares, retranqueando el culo hacia atrás y, poco a poco, se inició el conocido “mete-saca”, Guille agarrándola de las nalgas para impulsarla más y mejor y, estaban en uno de los mejores puntos, cuando la puerta del despacho se abrió y una vivaracha y potente voz le anunció a la doctora que tenía una llamada de… y aquí se quebró la voz de la inoportuna secretaria, ya que sus ojos se acababan de habituar a la semi-oscuridad y había descubierto el pastel. Guille pensó “Ostias, la orgía!”, pero se quedó con las ganas. La secretaria salió, diríase escupida, de allí y entonces Silvia despertó del hechizo sexual, porque desenvainó precipitadamente el espada de Guillermo de su húmeda y chorreante funda, se volvió a abrochar la bata sin dejar de mirar a la puerta y entró precipitadamente en el cuarto de baño.

Guillermo se levantó, se abrochó como buenamente pudo los pantalones y esperó a que saliera ella del baño, pero al rato llegó a la sabia conclusión de que allí no pintaba nada y salió del despacho, le lanzó un beso con los dedos a la pasmada secretaria cuando ésta le solicitó los honorarios y se marchó. Luego en la calle, mosqueado porque todo el mundo con quien se cruzaba soltaba risitas picaronas a sus espaldas, fue cuando se dio cuenta de que aún llevaba las bragas de la oftalmóloga embutidas en la cabeza.

Guillermo siempre ha sido muy despistado. Y espero que ya que he contado su anécdota, me deje tranquila …¡jajajaja! Un beso, Guillermito. No cambies nunca. ¡Ah, y perdóname el tono socarrón,  ¡Ya me conoces!

Por cierto, al final resultó que la oftalmóloga y su secretaria eran pareja, y al parecer la doctora quería volver a probar los placeres del sexo masculino. Suponemos que de ahí las prisas que se dio la mujer. Pero tranquilos, lectores, sabemos que aún siguen juntas…, ¡y ojalá por mucho tiempo! ¡Larga vida!

Autora: Aliena del Valle

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Semen en ayunas

Entonces empecé a hacerlo más rápido, haciéndole una paja con mi boca, un rápido mete saca, pronto me empezó a doler el cuello. Iba a decírselo a Mario cuando me gritó que se corría, y se corrió. Si, señor. En toda mi boca. O mejor sería decir en toda mi garganta, porque noté cómo un chorro caliente y espeso de semen se me colaba por la garganta y descendía hasta mi estómago vacío.

Mi novio y yo estamos estudiando en la Universidad de Valencia y hace unos días que acabamos los exámenes de septiembre, y como las clases no empiezan hasta octubre, estamos aprovechando  estos días para descansar e ir a la playa. Lo cierto es que esto no tiene nada e extraordinario, porque llevamos yendo todo el verano, pero estos días últimos los estamos aprovechando al máximo.

Además lo bueno que tiene el ir a la playa en esta época es que como todo el mundo está trabajando, pues prácticamente la playa está vacía por las mañanas, por lo que casi siempre estamos solos.  Hasta ahora nunca habíamos intentado hacer nada en la playa, y eso que llevamos casi 3 años juntos. Pero yo aquel día estaba muy caliente, y Mario…bueno, creo que Mario nunca deja de estarlo. Es insaciable ese chico.

Era un día normal de la semana. Mario se pasó a recogerme temprano, sobre las 9:00 de la mañana. Subimos a su coche y nos dirigimos, como todos los días, a la playa más cercana. Al llegar no había absolutamente nadie, pero bastó con bajar hasta la orilla para instalarnos, cuando oímos llegar a un coche. Al rato vimos que se trataba de una pareja de personas mayores, un hombre y una mujer, que se pusieron como a 10 metros de donde estábamos nosotros, y mira que había playa. La verdad es que tampoco nos importó demasiado y nos olvidamos pronto de su presencia. Mario comenzó a ojear una revista mientras yo tomaba el sol, boca arriba, extrañamente consciente de mi calentura, causada no precisamente por el sol de las 10 de la mañana, sino porque, con la cabeza ladeada, no podía quitarle la vista de encima al paquete de Mario.

Así pasé un rato, hasta que me dio la sensación de que el calor de mi bajo vientre no se aplacaría nunca, por lo que me incorporé para darme un baño. Se lo comenté a Mario, pero éste, imbuido en la dichosa revista, solo me lanzó un gruñido como de haberse dado por enterado. Eso me reveló. Me cabreó bastante, vaya. Así que cogí, me levanté, y me acerqué a la orilla, y allí me quedé quieta un rato, notando cómo la espuma de las olas me acariciaba los pies y los tobillos. Me fui metiendo poco a poco en el mar medio enceguecida por el oblicuo sol de la mañana, admirando la claridad del agua, el olor a yodo, la fina arena el fondo. No comprendo el porqué, pero  todo esto contribuyó a que me excitara más. Tenía los pezones tan duros que casi me dolían. Cuando el agua me llegó a la altura de las caderas me zambullí, pensando que quizás, si Mario me estaba mirando, se animara a seguirme, porque al meterme de cabeza le di una buena panorámica de mi trasero. Pero al emerger a la superficie y girarme hacia él, vi que mi táctica había fallado. Ni siquiera levantó la vista cuando le grité que el agua estaba “buenísima”.

¡Me sentí despechada! Así que decidí pasar de él. Cerré los ojos y me concentré en el líquido elemento, en cómo el agua rozaba mi piel, en mi larga melena flotando en el agua. Yo llevaba un bikini blanco de triángulo que me lo había comprado años atrás, cuando aún mis tetas no habían alcanzado toda su extensión, y la verdad es que me estaba un poco pequeño. Y la parte de la braguita también me estaba un poco ajustada, se me iba remetiendo la tela por la rajita el culo. Tenia que estar casi continuamente cuidando de que no se viera más de lo normal, pero como era septiembre y apenas hay gente en la playa en esta época, y solo me iba a ver mi novio, que ya me tiene bien vista…pues total , qué mas me daba. Además aquel bikini le volvía loco a Mario. Menos aquel día, claro. Supongo que estaba un poco cortado por la pareja de ancianos, no sé.

El caso es que la parte de arriba me molestaba. Era de esas que se atan al cuello y a la cintura. Y… además me apetecía sentir el agua entre mis senos, así que me lo desaté del cuello y me lo bajé hasta la cintura. Miré hacia los ancianos y vi que no estaban mirando, de hecho estaban medio ocultos por su enorme sombrilla, inclinada hacia el sol, como una gigantesca flor que va buscando la luz. Bajé la vista y observé mi pecho. Se veía refulgente bajo el agua y con los rayos el sol que penetraban en ella. No pude evitar tocármelos y sentirlos en mis manos… tan redondos y tan duros, con mis punzantes pezones entre los dedos, y la suavidad del agua a su alrededor, como acariciándomelos, habiendo que se elevasen, como si quisieran salir a la superficie. Qué placer. Me puse a nadar lentamente a lo largo de la orilla, en sentido contrario a donde estaban los ancianos totalmente desnuda de cintura para arriba. Los hombros y el cuello supongo que se veían demasiado liberados de cualquier carga de tirantes… porque Mario no tardó en acercarse a la orilla y mirarme con picardía. Yo le sonreí y le hice un gesto para que se acercara. Él se zambulló en el agua y a los pocos segundos ya me estaba magreando los pechos.

“Eres una descarada, Patricia… una descarada zorrita. ¿Y si el viejo te descubre?”. “Pues se pondrá contento, Mario, yo qué quieres que le haga, estamos en un país libre, no?”
Mi chico sonrió complacido ante mi natural descaro. Deslizó la mano por mi vientre hasta llegar al elástico de las braguitas y metió la mano por ellas hasta rozarme el vello púbico, con el que se entretuvo un rato enrollándolo y desenrollándolo.

“Estoy como un toro, Patri” – y pegó su entrepierna justo en la raja de mi culo – “no te haces una idea…”. “Me la hago, si…no te separes, por favor…”- dije mientras dejaba escapar un gemido.

Para ese entonces su mano ya había alcanzado la plenitud de mi sexo, y me acariciaba el clítoris con un dedo mientras que con otro hacía amagos de querer metérmelo hasta la médula, del énfasis que le ponía. Le dije que no fuera tan descarado, que nuestros vecinos podrían descubrirnos. Entonces él, separándose de mi, me agarró de la muñeca y me guió fuera del agua.

Estábamos tan calientes que ni me di cuenta de que yo aún llevaba la parte superior del bikini por la cintura hasta que nos sentamos en las toallas. Rápidamente me puse boca abajo y traté de volver a anudármelo al cuello, pero Mario me lo impidió sujetándome las dos manos. Yo me dejé hacer. Luego se incorporó y colocó la sombrilla de tal forma que nos tapara un poco de la vista de los dos viejos. Se tumbó boca arriba y se bajó el bañador lo suficiente como para dejar a la vista su flamante polla… yo no necesité más pistas.

Coloqué mi cabeza sobre su bajo vientre y comencé a darle pequeños lametones por debajo del glande, en esa zona tan rugosa. Su pinga estaba totalmente enhiesta y muy dura, bastante humedecida en la punta debido al líquido preseminal que no tardé en lamer también. Me encanta ese sabor. Más incluso que el propio semen. Coloqué mi mano alrededor de la base el pene, apretando bien, para ver toda aquella polla en su esplendor, pero no pude aguantar demasiado esa visión, necesitaba comerme aquella polla ya, así que no tardé en  dale lentos y húmedos lengüetazos, notando el sabor de su piel, desde la base hasta la punta del capullo, chupando siempre un poco la puntita en busca de más liquido preseminal. Luego pasé la lengua alrededor de la base del glande y me metí la punta en la boca, apretando todo lo que pude mis labios y haciendo fuerza para que pareciera que me lo metía en una abertura muy estrecha. Mario entonces posó su mano sobre mi nuca y suspirando me dijo, “suave, Patricia, suave, por faaaaavor”… me encanta cuando me dice eso.

Lo hice más lentamente, hasta que vi que él ya no podía más. Entonces empecé a hacerlo paulatinamente más rápido, haciéndole una paja con mi boca, un rápido mete saca. Lo hacía tan deprisa que pronto me empezó a doler el cuello. Iba a decírselo a Mario cuando me gritó que se corría… y se corrió. Si, señor. En toda mi boca. O mejor sería decir en toda mi garganta, porque noté cómo un chorro caliente y espeso de semen se me colaba por la garganta y descendía hasta mi estómago vacío (aquella mañana no había desayunado…nada mejor que semen en ayunas).

Cuando levanté la cabeza para mirarle, descubrí al hombre mayor en la orilla, justo enfrente de nosotros, con las manos unidas a la espalda y observándonos directamente. Yo me miré unos instantes y creo que me puse roja como un tomate.

“Ayyyyy, hijos míos….qué envidia me dais…”
.

Mario y yo nos reímos con ganas.

“Lo siento, señor, pero no se la presto…”  “Lástima, hijo, lástima…mi pobre Herminia ya no está para esos trotes…”.

Autora: Aliena del Valle

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Dos obreros para Alicia

Paco me sujetaba del mentón y me obligaba a levantar la cabeza. Me encontré con su pene, recuperado de nuevo, justo delante de mi cara, comencé a mamárselo, estaba tan excitada que tuve un orgasmo y no pude evitar que se me escapara un grito de placer, Agustín estaba haciendo maravillas en mi clítoris, mientras me penetraba. Volví a introducirme el pene de Paco en la boca y proseguí con mi trabajo.

No sé cual de mis otras dos compañeras de piso se percató de que había obreros trabajando frente a nuestra casa. El caso es que no se nos ocurrió otra feliz idea para pasar la sobremesa de aquel día que tontear con ellos.

Nosotras vivimos en un tercero y ellos estaban en un edificio en construcción que estaba justo enfrente de nuestro piso, pero estábamos separados por una calle no muy larga, de unos 50 metros. El edificio donde trabajaban tenía 5 plantas y un ático. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, son las 4:00 de la madrugada del viernes y nosotras les descubrimos el jueves. Solo tendría que levantarme e ir al balcón para ver esa oscura y solitaria mole de ladrillo. Pero no lo voy a hacer. Creo que no soy capaz de soportar esa imagen sin ellos allí. Tampoco sé lo que va a pasar el lunes, cuando ellos vuelvan al trabajo, y después de lo que ha pasado esta noche.

Veréis. En casa tenemos un ventanal bastante ancho en el salón y aquel día hacía tanto calor, que lo abrimos de par en par, con lo cual, les dejamos vía libre para que pudieran observarnos a su antojo, ya que el ventanal ocupa todo lo largo del salón y es precisamente allí donde hacemos más vida común. Total, que nos pusimos a ver la televisión, de espaldas al balcón abierto y ajenas a los obreros. No pasó mucho tiempo hasta que oímos una sarta de silbidos que nos llamó la atención. Quizás fue Marta la que se giró la primera, o tal vez fue Carmen… el caso es que no habían pasado ni 5 minutos desde que nos dimos cuenta de su presencia cuando ya estábamos todas mirando intrigadas a aquel grupo de albañiles que nos saludaban con los brazos alzados y con silbidos, todos ellos apoyados de codos en una especie de improvisada balaustrada y tratando de creerse lo que les estaba pasando. Y la situación no era para menos: tres chicas jóvenes, medio desnudas (es que hacía mucho calor, íbamos poco  vestidas…) y observándoles trabajar desde la distancia.

Apenas podíamos oír todo lo que nos decían, pero eso sí: nosotras estábamos más revolucionadas que un corral de gallinas (y, por favor, que el símil no lleve a engaños), por lo que no tardaron en exasperarnos los simples gestos y la falta de comunicación…  queríamos llegar un poco más lejos en aquel juego. Queríamos más. Y ellos lo notaron…

De entre todos ellos había uno bastante lanzado. Y decir “lanzado” es quedarme corta. Estaba sobre un precario andamio colocando ladrillos en la zona más alta del edificio que estaban construyendo, vestido tan solo con unos pantalones azules. Según Carmen, aquel debía de ser el mejor dotado, comentario que pudimos corroborar, porque a la media hora se bajó los pantalones. Si, se los bajó. Hasta los tobillos. Claro que los slips no se los bajó aquel día, sino que fue al día siguiente,  viernes, cuando debía e estar tan caliente que tan poco le importó mostrar su armamento en lo más alto del andamio, a diestro y siniestro y a más de 5 pisos de altura, en una calle no el todo vacía de personal y bajo el brillante sol de las 4:00 de la tarde. Estoy segura de que nuestras risas se tuvieron que escuchar a 20 kilómetros a la redonda. Ya digo: revolucionadas como gallinas de corral.

Al poco decidimos que nos gustaban dos de ellos: el que se había desnudado, que se llamaba Paco, y otro bastante escuchimizado, pero guapo hasta el aburrimiento, que se llamaba Agustín.
Acabaron de trabajar sobre las 7 de la tarde y, al ver que se iban,  les pedimos, mediante gestos que se acercaran a nuestra calle, para hablar.. dicho y hecho. A las 7 y cinco les teníamos bajo nuestro balcón, preguntándonos que si podían subir “a tomar un café”… Pero nosotras, pudorosas y cándidas, les negamos la subida a nuestra guarida. La razón era que Carmen y Marta se iban esa misma noche a una excursión que había organizado la Universidad, mientras que yo no podía ir porque tenía los exámenes finales a la vuelta de la esquina y tenía que estudiar. Y claro, me iba a quedar sola durante el fin de semana ¡y no era plan de invitar a tres obreros estando sola! Así se lo dijimos y quedamos con ellos a la semana siguiente para salir a tomar algo por ahí.

Hasta aquí todo normal. Mis compañeras se fueron a eso de las 9 de la noche y yo, al verme sola en casa, puse una suave música de jazz, me desnudé, y me metí en la ducha. No me había enjabonado aún cuando tocaron a la puerta de casa. Pensé, fastidiada, que serían mis compañeras. “Se les habrá olvidado algo y las llaves las tendrán al fondo de la bolsa” – pensé. Salí de la ducha, me coloqué el albornoz malamente y fui a abrirles… pero cual no sería mi sorpresa cuando me encontré a  Paco y a Agustín en la entrada. Me quedé parada, sin saber qué decirles, mientras trataba de taparme mejor con el albornoz… un albornoz que tengo desde los tiempos del Paleolítico y que no me llega ni a las rodillas.

Entonces me saludaron, presentándose formalmente y dándome os besos en las mejillas.

“Bueno, qué sorpresa… – musité – , mirad cómo me habéis pillado…”
“Lo siento – dijo Paco-, pero es que pasábamos por aquí y, bueno, miramos al balcón y nos acordamos de que estabas solita y decidimos hacerte un poco de compañía… Si te molestamos no pasa nada, nos vamos y ya está…”

Durante una fracción de segundo pensé en decirles que tenía cosas que hacer, pero lo pensé mejor. La verdad es que no me gusta mucho estar sola en casa, soy muy sociable. Así que les invité a pasar, y le dije que yo ya no tardaba nada en acabar de ducharme.

Se acomodaron en el salón y yo volví a meterme en la ducha. Sopesé mi situación: dos chicos que me gustaban en el salón de mi casa. Nadie más. Nadie que nos molestara… y entonces quise, deseé, se una mala chica… Sabía que me deseaban. Lo había leído en sus ojos, en sus gestos, en sus palabras.

Accioné el grifo de agua caliente y me fijé en el potente chorro de agua cayendo, perdiéndose por el sumidero… una chica mala… dos chicos para mí… ese chorro de agua cayendo…me arrodillé y lo toqué, por lo que se deshizo entre mis manos. Regulé el agua e hice que saliera por la alcachofa de la ducha. Noté cómo el básico elemento se deslizara por mi piel formando finos y gruesos regreros. Bajé la presión. Eché la cabeza atrás y sentí el agua directamente en la cara, cayéndome por la garganta, por entre mis senos y en ellos mismos, por mi vientre plano, mi sexo, mis muslos, hasta llegar al suelo de la bañera.

Algunas gotas se quedaron en mi vello púbico…y sentí cómo me iba excitando poco a poco. Bajé la alcachofa, volvía subir la presión y el agua comenzó a salir en una furiosa hilera de finos chorros y yo, ansiosa, me lo llevé al sexo, aplicándole directamente el agua. Lo fui acercando y alejando, alternativamente y muy despacio, imaginando cómo los fluidos que yo producía por allí abajo se irían mezclando con el agua y cómo esto iba formando un riachuelo que nacía en mi sexo, se deslizaba por el suelo de la bañera y desaparecía a borbotones por el sumidero.

No pude evitar llevarme la mano al sexo, ya casi no podía mas, me eché gel directamente ahí y comencé a extenderlo por mis labios vaginales, por el pubis, hasta que se me quedó blanco de espuma, que pronto se diluyó por la cantidad de flujos que allí había. Me introduje dos dedos por la vagina, para comprobar cómo  estaba… y decidí la forma de entretener a mis invitados. Acabé de lavarme y salí de la bañera. Me sequé bien todo el cuerpo y me puse de nuevo el albornoz de tal forma que mis abundantes senos quedaran poco ocultos.

Salí del baño y me dirigí muy segura de mí misma hacia el salón. Los chicos, al verme, pusieron los ojos como platos. Yo, alegremente le dije que ya si que era verdad que no tardaba nada, que iba a mi habitación a vestirme… me di la vuelta y entré en mi cuarto. Encendí la luz y dejé la puerta abierta… Y obviamente ellos se picaron. Paco me preguntó que dónde estaba la cocina, que necesitaba beber algo. Yo le dije que al fondo del pasillo, pero claro…para llegar allí tendría que pasar por mi cuarto abierto y yo lo sabía. Me puse de espaldas a la puerta, consciente de sus lentos pasos que se acercaban y me deslicé lentamente el albornoz por los hombros, espacio, muy despacio, esperándole… me fui calentando pensando en la situación en la que me encontraba.

Paco se paró un rato en la puerta, mirándome, ignorando que yo le esperaba.. o quizás intuyéndolo, porque al poco, cuando yo ya estaba totalmente desnuda, entró cerrando la puerta a sus espaldas y se colocó detrás de mí sin ningún reparo. Yo me giré, me encaré a él… y me dejé llevar…

Empezó a besarme mientras sus manos se aferraban a mis pechos. Yo ya estaba tan humedecida, tan excitada, que me daba igual todo. Mis pezones parecían reventar de tan duros que estaban y el solo roce de sus dedos me estaba volviendo loca. Entonces Paco, al verme temblar de expectación, llevó sus dedos a mi sexo y me introdujo dos al tiempo que con el pulgar comenzaba a acariciar delicadamente mi clítoris. Entonces se agachó y me dio  varias lamidas sobre el clítoris hasta que, finalmente, me introdujo su lengua y allí exploté sin contenerme y tuve mi primer orgasmo. Nunca había sentido nada igual. Y grité, claro.

No pude contenerme… y eso llamó la atención de Agustín, porque al poco se abrió bruscamente la puerta y apareció él, pillándome de pie, apoyada sobre los hombros de su compañero y a éste, arrodillado y con la cara hundida entre mis piernas.
Entonces Paco se alzó y, cogiéndome en brazos, me tumbó sobre la cama. Se giró y le hizo una señal a Agustín para que se acercara. Paco se colocó sobre mí y comenzó a desnudarse, ayudado por mí, mientras con su lengua me exploraba en un profundo y húmedo beso.

Pronto sentí su enorme verga entre mis muslos, sobre mis labios vaginales… y sentí cómo se deslizaba lentamente hacia mi interior. Mis músculos vaginales se adaptaron perfectamente a su miembro, aparte de que yo estaba muy lubricada por mis propios fluidos. Cuando estuvo bien adentro comenzó a entrar y salir, avanzando cada vez un poquito más, y cada vez más rápido, hasta llegar casi al final. Sus embestidas eran fantásticas. Se agarró a mi cintura y cogió un ritmo violento, casi insoportable, que me excitó al máximo. Estuvimos así un rato, hasta que exploté en un orgasmo que me dejó exhausta. Entonces aminoró el ritmo, hasta que se corrió dentro de mí. El hecho de sentir el líquido cálido de su semen me hizo correrme de nuevo. Si ese momento me hubieran obligado a ponerme de pie tendría la misma estabilidad que una muñeca de trapo.

Giré la cara, aún con el agotado Paco sobre mí,  vi que el otro obrero, Agustín, que hasta entonces solo había estado mirando, se había desnudado y tenía una erección increíble. Le sonreí. Él se acercó a nosotros y se tumbó a mi lado. Yo me zafé del abrazo de Paco y me senté lentamente sobre el enhiesto miembro de Agustín, penetrándome hasta el fondo. Mi cuerpo sintió un profundo escalofrío cuando me llegó al final. Entonces Agustín me cogió de la cintura y comenzó a impulsarme…. yo gemía cada vez más y a medida que sus acometidas se volvían más fuertes.

Entonces vi cómo Paco me sujetaba del mentón y me obligaba a levantar la cabeza. Me encontré con su pene, recuperado de nuevo, justo delante de mi cara. No tuvo que pedírmelo… Comencé a mamárselo suavemente. Estaba tan excitada que tuve un orgasmo y no pude evitar que se me escapara un grito de placer mientras lo hacía. Agustín estaba haciendo maravillas en mi clítoris con una mano mientras me penetraba. Volví a introducirme el pene de Paco en la boca y proseguí con mi trabajo.

Paseé mi lengua lentamente hasta llegar a la base del glande y retrocedí  para meterle la punta de la lengua en el agujerito de la punta el pene, para luego regresar de nuevo a la base. Le daba vueltas con mi lengua alrededor del glande, me detenía en la corona, en el frenillo y trataba de introducírmela toda en mi boca…  lo que no me era posible del todo debido a sus dimensiones. Le acaricié los testículos con mi mano y él empezó a estremecerse. Lo escuché gemir. Entonces noté el líquido preseminal y me apresuré a chuparle la punta para sacárselo todo. Paco ya no pudo aguantar más y se corrió, llenándome la boca de semen, que apenas me daba tiempo a tragar.

Prácticamente los dos se corrieron a la vez, porque casi enseguida sentí, en una última embestida de Agustín, todo el espeso y tibio semen dentro de mí, llenándome, colmándome las entrañas. Me sentí desfallecer de puro placer…

Escribo esto horas después de que ellos se fueran. ¡Me siento feliz, pletórica! Pero estoy agotada…

Ahora son las 5:24 de la madrugada… y mañana será otro día.

Autora: Aliena del Valle

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De como seduje a un cura

Sentí un agudo dolor, pero eso no me paró, además no era la primera vez. Yo misma me echaba hacia atrás para engullirle por completo y al poco comenzó a embestirme me una forma tan violenta que me tuve que morder el labio inferior para no gritar de puro placer, me eché a llorar cuando noté sus chorros de semen dentro de mí, y de que casi me volví loca cuando sacó su polla de mi agujerito.

Dedicado a Charles Champ D`Hiers,el marqués más seductor de la historia de la ficción y uno de los mejores escritores con los que he tenido el lujo de toparme.

Y, precisamente, como dijo Alonso Quijano:

Amigo Sancho, con la Iglesia hemos topado”…
Comencemos…

Yo, desde que he tenido uso de razón, siempre he desconfiado de la Iglesia, aunque respeto profundamente a quienes sí creen en ella.

Sin embargo, en cierta ocasión, ya fuera por obra de la caprichosa Fortuna ya por otras causas que desconozco – o al menos eso creo- , me convertí en la muchacha más beata que haya existido jamás.  Voy a contarles la historia de cómo conseguí seducir a un joven cura cuando yo tenía 18 años. Hasta el momento, jamás nadie ha sospechado de mí, ya que siempre he procurado ser una chica modelo en lo que a moral se refiere, pero… en fin, cualquiera puede decir que tiene un corazón de oro, señores… ¡hasta un huevo duro! .  Por los hechos, y no por vuestras palabras, os daréis a conocer. ¿No dice eso la Biblia?.

La cuestión está en que el cura se marchó del pueblo al poco tiempo, y claro, aquello extrañó mucho a la parroquia, porque en teoría había llegado a T*** con el firme propósito de quedarse. Pero, como ya he dicho, nadie osó señalarme a mí. Además, en realidad yo no tuve la culpa… no era yo quien tenía los votos de castidad, sino él…

Todo comenzó en la boda de mi hermana mayor. Mi familia estaba muy nerviosa porque la ceremonia no la iba a hacer don Constantino, sino un cura demasiado joven para el gusto de los más ancianos y que acababa de llegar al pueblo, llamado Nicolás.

Supongo que Nicolás no tendría más de 28 años por aquel entonces. No era demasiado alto, pero estaba muy bien formado. Tenía el pelo negro azabache – lo que contrastaba con la palidez teológica de su piel -, y los ojos… creo recordar que eran marrones. Era un hombre exquisito, tan delicado en comparación con lo rudos que eran los demás muchachos que me llamó la atención enseguida… cosa que no es censurable teniendo en cuenta que yo solo tenía 18 años y que a esa edad la libido suele andar rozando las nubes.

El caso es que Nicolás acabó casando a mi hermana. Y claro, yo debía de estar en la boda de mi hermana… en la Iglesia… que no había pisado desde que hice la primera Comunión y… allí estaba Nicolás.

Me senté, como es lo normal dado que era la boda de mi hermana, en primera fila. Casi no me podía creer que hubieran acabado por fin los preparativos de la novia, el trajín de las peluqueras, las idas y venidas de las damas de honor, los nervios (especialmente los de mi madre, que era la madrina), que si a ese vestido se le ha saltado una costura, que si la novia está más delgada y le sobra del talle, que si los anillos, que si dónde está el dichoso ramo… en fin, lo indecible. Me sentí aliviada de estar por fin acomodada en aquel banco de la Iglesia, pensando que mientras se llevaba a cabo la aburrida ceremonia (que solo es emocionante cuando los novios dan el “Sí, quiero” y cuando se produce ese intrigante silencio después de que el cura pregunta sobre si alguien se opone al enlace…), pensando, como decía, en lo prometedor que se me presentaba la fiesta del banquete, ya que habían venido unos primos por parte del novio…

Fue entonces como, por arte de magia, apareció Nicolás ante mí. No le había prestado atención hasta que, con su voz profunda y suave comenzó a dar una especie de sermón sobre el Amor, su importancia y… ¡bah!, y demás historias que por aquel entonces a mi me traían al fresco. Sin embargo quiso la Casualidad que el atril desde donde hablaba estuviera justo frente a mi lugar en el bando, y así pude observarle a mi antojo. Me di cuenta de que él también se había fijado en mí porque apenas me quitaba ojo, supongo que guiado por ese concepto retórico de concentrarse en un mismo punto cuando se habla en público. Me miraba, y eso era lo importante.

Así que yo, que soy muy complaciente, también le miré. Pero hubiera aportado cinco a una a que mis pensamientos distaban mucho de los suyos… Aquel chico me gustaba, y fuera cura o no, era una cuestión que no consideré de mi incumbencia. Y cuando a mi me gusta algo…

Pasado un rato noté cómo se empezaba a poner nervioso y trataba a duras penas de rehuirme la vista, tratando de no mirar ni tan siquiera hacia el sitio donde yo estaba sentada, lo cual era bastante difícil, dado que estaba situada justo delante de él. Y aquello me sacó de quicio. Muchas veces he pensado que si en aquella ocasión Nicolás me hubiera sostenido la mirada, si me hubiera hecho frente, yo hubiera perdido el interés por él y desistido en la conquista. Pero no lo hizo. Y a mi me gustan los retos.

Acabada la ceremonia, mi querida víctima, santiguándose, se metió veloz como alma que lleva el diablo hacia la sacristía, en espera de que los novios firmaran con los testigos. Yo traté de quedarme allí, resuelta a no ceder un ápice, pero mi madre no tardó en tirar de mí hacia la salida para saludar a no sé quién y perdí la oportunidad.

Recuerdo que aquel día pasó como una ensoñación, y a pesar de que me enrollé con dos de los primos de mi recién estrenado cuñado, no pude quitarme de la cabeza la imagen del nuevo cura. Sus palabras, tan castamente pronunciadas, resonaban en mi cabeza como un eco intermitente. Así pasaron unos cuantos días, y yo sin poder dejar de pensar en él. Me informé cuanto pude sobre su vida y obra a través de las cotorras del pueblo (para que luego se digan que esas marujonas no valen de nada, cuando en realidad constituyen la mejor fuente de información de los pueblos), pero no conseguí calmar las ansias que me habían nacido en el estómago y que me estaban quemando por dentro.

Acabé por ir a la Iglesia todas las tardes con tal de ver a Nicolás, pero jamás conseguí sacarle más que una sonrisa y unas cuantas miradas nerviosas. Parecía como si me ignorara. Y eso me hizo pensar que tal vez… Además que siendo cura, tan joven, y con los votos de castidad tan recientes…

Así que me decidí a trazar un plan de ataque.

En la parroquia había dos curas, como ya dije: el viejo don Constantino y Nicolás. El primero solía estar casi todo el día metido en la Iglesia y era el que se ocupaba de las confesiones. Pero como yo no tenía forma de acercarme a mi cura sin levantar demasiadas sospechas (ya en la calle las viejas sospechaban de mi repentina pasión por las misas), pensé que si don Constantino no estuviera, quien se ocuparía del confesionario sería Nicolás. Solo tenía que esperar mi ocasión… o provocarla yo misma….

Me explico.

A don Constantino le gustaba el vino cosa mala. Pillaba unas borracheras de escándalo, por eso el vino de la misa a él se lo cambiaban por coca-cola, porque como aquel hombre oliera el vino se perdía. Eso era cosa sabida por todo el pueblo, peor como era el cura, pues se le perdonaba. Pues bien. Solo tuve que birlar de la bodega de mi padre unas cuantas botellas de orujo y dejárselas en la mesa de la sacristía. Me senté en uno de los bancos del fondo y adopté una postura piadosa… pero no tuve que esperar demasiado… a la media hora escasa don Constantino salió con un punto bastante considerable y, llamando a Nicolás, le dijo algo sotto voce que yo entendí como un “me largo de aquí porque estoy empipao, tu te encargas…”. Bueno, si, ya sé, es muy vulgar, pero es que aquel pobre hombre no tenía otra.

Al poco rato, creo que fue la abuela de la Manuela quien se colocó en el confesionario y claro, a falta de don Constantino… allá que fue Nicolás a confesarla. ¡¡Ya me imagino los pecados que pudiera tener aquella pobre mujer!!. Acabaron pronto y a mi me faltó tiempo para ocupar el lugar de la buena señora y, a sabiendas de que dentro estaba Nicolás y de que no tendría más remedio que oír lo que le iba a decir:

–  Ave maría purísima… – … Sin pecado concebida…- Don Constantino, tengo un problema – dije sin darle oportunidad al pobre chico de replicarme que él no era el viejo – , verá, yo no suelo venir mucho a la Iglesia, pero es que últimamente he… – dudé – sentido la “llamada de Dios”…ejem… y….verá, es que he tenido sueños impuros con Nicolás, el cura nuevo…

Y de repente no se le ocurrió nada mejor que salir del confesionario y mirarme como si yo fuera la mismísima Lilith hecha persona. Tengo que reconocer que ahí llegué a pensar que me había pasado… pero claro, ya no podía echarme atrás. No en vano llevaba a mis espaldas, con tan solo 18 años, tantas conquistas…

Así que me mostré sorprendida, como si me hubiera pillado en falta (siempre he sido muy buena actriz, aunque queda mal que yo misma lo diga) y bajando la mirada, permanecí en silencio, en espera de su sentencia. Quizás él se apiadara de verme con aquel gesto de arrepentimiento, pero era un tipo duro de roer. Me espetó que tendría que hablar con mis padres urgentemente y yo, que sabía que la ocasión hace al ladrón, cual María Magdalena sollocé que estarían en casa al día siguiente por la tarde. Quedamos en que les haría la visita sobre las 5 de la tarde y se marcho hecho una fiera.

Pero lo que él no sabía es que mis padres al día siguiente no iban a estar en mi casa…  iban a la capital a comprarle unas cuantas cosas a mi hermana, por la cosa de ser recién casada…

Al día siguiente apenas di pie con bola en clase y para cuando llegué a casa mis padres no se habían marchado aún. ¡Casi me dio algo cuando a las 4 y media todavía estaban arreglándose para irse!… pero por fin se fueron y acababa de meterme en la ducha cuando sonó el timbre de la puerta de entrada. Me envolví malamente en un albornoz y salí a abrir. Estaba tan nerviosa que por un momento me arrepentí de todo lo que iba a hacer, pero al abrir, y ver a Nicolás allí, en la puerta…Ni siquiera me saludó. En seguida me preguntó por mis padres. Le dije que habían salido pero que regresarían pronto, así que le invité a entrar. Él pareció dudar, pero accedió. Noté que echaba miradas furtivas a mi mal tapado escote, pero no me di por enterada. Le conduje hasta el salón y, ofreciéndole algo para tomar, cosa que rehusó, le pedí que esperara mientras yo acababa de ducharme. Pobre, parecía tan apocado…

Sin embargo aquella jugada me salió mal. Cometí el graso error de dejar la puerta del baño abierta, para que pudiera oír cómo me duchaba, pensando que aquello le excitaría… y para cuando regresé al salón no había nadie.Nicolás había desaparecido.Y a mi aquello me enfureció.

Cualquier persona hubiera desistido en el empeño. Pero “cualquier persona” no era yo. Así que pasada una semana, durante la cual no supe nada de él,  volví a la carga.

Un día les dije a mis padres que me iba a dormir a casa de mi mejor amiga y en lugar de eso me dirigí hacia la Iglesia. Iba vestida con una falda bastante corta y una camiseta de algodón, muy ceñida. Era ya casi de noche y hacía frío, así que mis pezones se dejaban notar mucho a través de la tela. Al llegar, me colé en la sacristía por la puerta de atrás y me oculté tras una enorme mesa de caoba que había en un rincón, entre la imagen de un Cristo resucitado y una pila bautismal del año de Maricastaña, dispuesta a esperar lo que hiciera falta con tal de sorprender a Nicolás, pero con tan mala suerte que me quedé medio dormida… el caso es que me pasé toda la noche allí. Ridículo, vaya.

Pero…

La suerte acabó por apiadarse de mí…porque serían las 5 de la mañana cuando me despertó el ruido de los goznes de una puerta al abrirse. Me incorporé y vi cómo Nicolás entraba en la sacristía y, encendiendo una luz auxiliar, volvía a cerrar con llave.Fue entonces cuando me puse de pie. Él se giró y me vio, pero para mi sorpresa, no se sorprendió de verme allí.

– Buenos días, Alicia … ¿Qué tal has pasado la noche?

Yo no tuve por menos que mirarle como si acabara de ver una aparición…

– ¿Sabías que yo estaba aquí? – Si. Te vi ayer cuando cerré la Iglesia. He querido darte una lección, pero… lo cierto es que no he podido dormir, pensando que estarías aquí, sola. – Mira qué considerado…

Se acercó a mí y… no sé. En realidad siempre he pensado que fui yo quien le sedujo, pero a veces, cuando me acuerdo de la forma en la que me miraba en aquellos momentos, he dudado. Quizás yo era el cazador cazado.

Lo cierto es que fue él, Nicolás, aquel cura recién llegado que acababa de realizar la promesa del voto de castidad, quien se abalanzó sobre mí. Me rodeó la cintura con un brazo, mientras que con una mano me agarró del pelo, y tirándome de la cabeza hacia atrás, comenzó a besarme el cuello. Yo casi no pude dar crédito a lo que me estaba pasando, así que me dejé llevar… había deseado tanto a aquel hombre… cerré los ojos para sentirle mejor, y para cuando quise darme cuenta, Nicolás me había despojado de la camiseta y de la falda, y de un tirón, me había quitado las braguitas, dejándome completamente desnuda en medio de la sacristía.

Enseguida me secundó, quitándose los pantalones. ¡Cual no sería mi sorpresa al ver que no llevaba nada debajo! Me sentí enfebrecida por el deseo… y él se dio cuenta. Se sentó sobre un desvencijado banco de madera que había contra una pared, totalmente abierto de piernas, con aquel prodigio de pene que le habían concedido la Naturaleza, o su madre, y me hizo señas para que me acercara… y yo, claro, no pude resistir la tentación. Me arrodillé entre sus piernas y en un acto inconsciente, de un bocado me la metí casi entera en la boca, y comencé  a succionarla primero muy despacio y luego, poco a poco, a mayor velocidad, chupando y lamiendo con mi lengua toda su longitud, haciendo girar mi boca sobre su enhiesta polla y acariciando con las dos manos sus huevos. Creo recordar que era la tercera vez que hacía una felación, pero aquella vez me estaba comiendo una verga de verdad, de hombre. Su polla estaba durísima. La tomé por la base con mi mano y apoyé mis labios en la punta y me la introduje en la boca hasta que no pude más, para luego subir por el tronco hasta llegar a la punta de nuevo. Pronto él empezó a gemir y pensé en el riesgo de que nos pillaran tal y como estábamos y eso, inexplicablemente, me excitó más de lo que estaba.

Pronto sentí que estaba muy empapada, me latía tanto el coño, que no pude aguantar más. Me levanté y me coloqué a horcajadas sobre él, sentándome muy lentamente sobre su erecto pene, que él mismo sujetó para facilitarme la tarea. Sentí intensamente su calor, cada centímetro que se iba metiendo, adaptándose con cierta dificultad a mi estrecha vagina, me ardía, me quemaba… pensé que me iba a morir de placer. Nicolás me agarró de la cintura y me ayudó a impulsarme. No parábamos de gemir y jadear extasiados y así, no tardó en llegarme un orgasmo increíble… me vino tan fuerte (jamás había experimentado algo así) que tuve que parar de moverme, de lo atontada que estaba.

Pero él comprendió. Me sopló suavemente en la cara, para que me espabilara, pero al ver que me costaba mucho reaccionar, me cogió en brazos y me tumbó sobre el banco, cuya frialdad me hizo bien… cuando abrí los ojos me lo encontré allí, poniéndose la camisa, mirándome con una compasión que me sorprendió:

– ¿Ya hemos acabado? – dije en tono de burla. – Ah, vaya, pero ¿quieres seguir?… ¿no te ha bastado!?… muy bien… ¡date la vuelta entonces! ¡Esto seguro que te quita las ganas de seguir!

He de reconocer que me dio miedo verle tan resuelto. Pero obedecí por lo mismo. XOX2

Me pasó su miembro por la rajita de mi culo, y después me inspeccionó, paseando el dedo índice por mi otro agujero… ¡por el ano! ¡Nicolás me iba a follar por detrás!

Me sujetó de la cadera con una mano mientras que con la otra se sujetaba su pene por la base. Sentí en mi ano el contacto de su cálido glande y creo que me eché a temblar… Lo sentí luchar contra la presión de mi culo. Me imagino que antes se había ensalivado la punta porque lo noté un tanto resbaladizo, y pronto mi esfínter empezó a expandirse al sentir que el capullo de su enorme polla por fin estaba penetrándome.

Sentí un agudo dolor, pero eso no me paró… muy al contrario. Además, no era la primera vez. Yo misma me echaba hacia atrás para engullirle por completo y al poco comenzó a embestirme me una forma tan violenta, tan desesperante, que me tuve que morder el labio inferior para no gritar de puro placer…

Recuerdo con todo claridad que me eché a llorar cuando noté sus cálidos chorros de semen dentro de mí, y de que casi me volví loca cuando sacó su polla de mi agujerito… pero estaba tan agotada que ni tan siquiera me di cuenta de que don Constantino estaba llamando a gritos a Nicolás desde la nave central de la iglesia. El cura me besó en la nuca y se vistió rápidamente, saliendo casi enseguida y cerrando la puerta tras de sí, dejándome allí sola, con las piernas temblorosas y estremecida por los espasmos del placer…

Aquella fue la última vez que vi a Nicolás. Supe por mi madre que al día siguiente se marchó de T*** sin ni siquiera haberse despedido de don Constantino.

…Y menos mal que nadie me señaló a mi como la culpable de su partida… al final todos le habíamos tomado cariño a aquel cura tan joven y tan dedicado a su parroquia… aunque algunos lo pudimos comprobar más que otros…

Autora: Aliena del Valle

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El fontanero seducido

Me penetró sin miramientos, ante mis quejidos decidió no andarse con ceremonias y comenzó a salir y a entrar de mi coño con una facilidad pasmosa, sentía unos irrefrenables deseos de morderle, hasta que me llegó el primer orgasmo. Y un segundo y un tercero, hasta que él salió de mí. Sacó su enorme polla de mi sexo y, con un grito contenido, se corrió sobre mí.

Se llamaba Salvador, pero hacía poca gala a su nombre, porque rara vez llegaba a tiempo. Era un hombre más bien rudo, aunque bastante atractivo, con el pelo cano y la piel muy morena, tostada por el sol de justicia del que gozamos en mi tierra.

Trabajaba como albañil y fontanero, claro, así se entiende que, además de lucir aquel moreno de albañil, tuviera unos músculos tan bien formados. Pero no os llaméis a engaño. Salvador era mayor. Muy mayor. Al menos para mí, que acababa de cumplir los 18 años. Creo que él tendría unos 55 años, por lo menos… ¡si era más mayor que mi propio padre!…

Han pasado ya muchos años. Ahora soy una mujer más madura y puedo entender que me dejara llevar por la impaciencia de la edad, por las ganas tan tremendas de sexo que padecen los adolescentes. Y también comprendo que la culpa la tuve yo. En realidad aquel pobre hombre… me trató demasiado bien. Yo en su caso…

Resulta que en casa teníamos que hacer reformas. Vivimos en un pueblo muy pequeño y aquí todo el mundo se conoce… además que solo hay un fontanero en todo el pueblo, con lo cual no hay donde elegir. Yo no había tenido mucho contacto con éste hombre, solo le conocía de vista, en fin…su hija, que tenía mi edad, estaba en mi clase, vaya. Recuerdo que ese año estábamos haciendo el C.O.U., acabándolo ya, porque estábamos preparándonos los exámenes de Selectividad. Yo por aquellos días, hacinada en el territorio comanche de mi habitación, y agobiada por la extenuante montaña de libros, estaba muy nerviosa. Por los exámenes. Y encima a eso se le añadía el aliciente de las reformas de casa, todo el santo día con el trajín de los albañiles, carpinteros, pintores, fontaneros…

El día clave era precisamente uno de los más críticos para mí. Solo faltaban 2 días para mi  primer examen y estaba que me subía por las paredes. Estaba a punto de echarme a llorar de desesperación, cuando mi padre tocó a la puerta de mi cuarto y me dijo que él y mi madre tenían que salir a elegir unos muebles. El plan era que me quedaba sola, allí encerrada estudiando y con una pareja de fontaneros en la cocina. Ante mis quejas, mi padre me espetó que habían quedado ese día y que no podían echarse atrás, que ya era mayorcita para saber cuales eran mis obligaciones, etecé, etecé… y se fueron. Yo me sentía fatal. Total, ya conocía al viejo de Salvador y a su sobrino, trabajaban juntos, eran buena gente.

Pasaron cerca de 30  minutos y sentí que no podía más con los libros. Abrí la puerta de mi cuarto y asomé la cabeza al pasillo. A Salvador y a su sobrino (creo que se llamaba Martín, pero no recuerdo bien) se les oía trajinar en la cocina. Mi casa consiste en un largo pasillo a lo largo del cual se van distribuyendo las habitaciones. La cocina estaba en el extremo más alejado de la puerta de entrada a la casa y mi habitación más o menos por la mitad el pasillo. Y como la puerta de la cocina estaba abierta, desde mi posición pude ver cómo trabajaban los fontaneros. Salvador estaba inclinado sobre la mesa, así que solo podía verle las piernas, pero a su sobrino si podía verle bien. Le calculé unos veintitantos años. No es que fuera una belleza, pero tenía un cuerpo muy bien formado…bastante apetitoso para una chica de mi edad. Así que ya que estaba sola, aburrida y harta de estudiar, decidí… divertirme un poco. Algo, no sé…por entretener a mis  hormonas. ¿Qué de malo había en ello?

Volví a meterme en mi cuarto y me dirigí al espejo de la cómoda. Como hacía calor yo llevaba unos pantaloncitos muy cortos, que me parecieron bien para mi propósito, y una camiseta de tirantes, bastante escotada, perfecta. Pero había algo que fallaba…el sujetador. Me liberé de él y la visión que me devolvió el espejo me gustó mucho más. Mi pechos parecían querer salirse de la ajustada camiseta (tengo bastante pecho, aunque siempre he querido tener más). Di unos cuantos pasos hacia atrás y avancé hacia el espejo, fijando mi vista en unas bamboleantes tetas que me convencieron de su poder hipnótico. Me descalcé y me solté el pelo, que lo llevaba atado en una cola. Suspiré. Todo bien. Adelante, pues.

Volví a salir al pasillo y me dirigí con paso decidido hacia la cocina, pero justo cuando me quedaba menos de 2 metros de pasillo para llegar, oí cómo Salvador le ordenaba a su sobrino ir al almacén a recoger no-sé-que-cosa para las tuberías. Llegué para ver cómo el muchacho salía de la cocina y avanzaba por el pasillo sin apenas mirarme. Bueno, si, me miró…las tetas, por supuesto. Pero ni siquiera levantó la vista o se paró. Sin embargo no me desanimé, pensando que como no tardaría en llegar, pues no pasaba nada si le esperaba en la cocina, tomándome un descafeinado o algo… para hacer tiempo.

Entré y saludé a Salvador…

“Salvador…hola ” “ ¡Hombre, Tamara! Tú por aquí! ¿ya saliste del claustro?” “ Pues si…, voy a tomar algo, ¿la apetece un café?” “ Bueno, me tomaría una cerveza bien fresquita”.

Mientras sacaba la cerveza del frigorífico y calentaba la leche en el microondas le observé. El caso es que no estaba nada mal aquel hombre… un poco…bueno, no…BASTANTE mayor para mi, pero mis hormonas al parecer aquel día no atendían a razones. Me percaté de que él me miraba de reojo y le noté nervioso. Normal. Mis pantalones eran tan cortos que me llegaban al inicio de los muslos y tan pegados que se me notaba bastante la forma de mi sexo. Y encima sin sostén. Eché un par de cucharadas de café a la leche y, al mirar hacia abajo, vi que tenía los pezones a punto de romper la tela de la camiseta. Me avergoncé un poco, porque además me noté húmeda. Y eso que llevaba un salva-slip puesto.

“Y bueno, Tamara…cuéntame, ¿ya tienes novio? Mi sobrino me dijo hace un rato que eras muy guapa, pero el pobre es muy tímido. ¿Ya os conocéis, no?”  “Si…” “ ¿Y qué te parece?” “ Que está bien..”
“ ¿Bien?” – Risas- “¿solo bien?”- más risas.

Me giré hacia él y le tendí la cerveza. Salvador alargó la mano para cogerla y vi que le temblaba ligeramente. Me estaba mirando las tetas. Yo saqué más busto, vamos, que las “eché p´lante”, como se suele decir, en un movimiento reflejo, porque en seguida me arrepentí, ya que él levantó la vista y me miró. Casi será decir que me clavó la vista. Una mirada inquisitiva. Una mirada que me excitó.

Entonces ya no respondí de mis actos. Me sentía como una leona enjaulada, ardiente, con unas ganas terribles de romper las reglas. Me acerqué lentamente hacía él sosteniéndole la mirada y alargué una mano hacia su pecho. Lo noté duro, fuerte, y comencé a deslizarla hacia arriba hasta tocarle el hombro, el brazo… y su tacto me excitó más aún. Salvador seguía mirándome fijamente, sin moverse, sin apenas atreverse a respirar. Yo volví a dirigir mi mano hacia su vientre y la fui bajando hasta tocarle el sexo por encima el pantalón vaquero. Tenía un paquete enorme, su tacto a través de la tela me hizo estremecer.  Entonces Salvador se retiró, dio un paso hacia atrás y musitó algo así como que él podría ser mi padre.

Yo, a mi vez, avancé, salvando la distancia que él había establecido y me apreté contra su pecho, sintiendo la dureza de su miembro a la altura de mi bajo vientre, respirando el olor a su sudor. Le puse ambas manos a los lados de las caderas y le apreté más contra mí. Y ese fue el resorte. Reaccionó cogiéndome de la cintura y tumbándome de espaldas en la amplia mesa de la cocina.

“Serás putita… ¿qué es lo que quieres, niñata?”.

Lo dijo jadeando, tratando de controlar una situación que ya se le había escapado de las manos. Pero yo, a pesar de ser tan joven, sabía que a los hombres les gusta el papel de “machos dominantes” y hice como que me dejaba hacer. Total, mi objetivo se iba a cumplir, la forma me daba igual, corría de su cuenta, él era el experimentado y esa idea me excitó tanto…

Mi respuesta fue cogerle del cuello y atraerle hacia mis labios, pero él rehusó. A cambio me agarró la vieja camiseta por el escote y de un tirón la rompió dejando en plena libertad a mis pechos, que salieron disparados. Hundió la cabeza entre mis senos y agarrándomelos con las dos manos comenzó a lamerme, para luego dedicarse a chupar alternativamente mis adoloridos pezones. Yo estaba tan excitada que creí que me moría. Tenía ganas de que aquel placer durara siglos, pero Salvador no parecía estar por la labor, porque comenzó a bajarme trabajosamente los pantalones mientras me comía (literalmente) los pechos.

Cuando por fin lo pantalones se deslizaron hacia el suelo yo me abrí de piernas todo lo que pude, gimiendo y maldiciéndole, y no sé de dónde me salió aquella vena tan agresiva, pero lo cierto es que en toda mi vida sexual posterior jamás he estado tan excitada como aquella vez.

Me metió los dedos por la vagina, comprobó satisfecho lo caliente y húmeda que estaba, y celebrándolo con un gruñido se inclinó y le dio un par de lametones a mi hinchado clítoris mientras se bajaba la cremallera y sacaba una enorme polla, dura como una piedra.

Me penetró sin miramientos. Al principio solo metió, casi apoyando simplemente, la punta de su miembro entre mis labios vaginales, pero ante mis quejidos decidió no andarse con ceremonias y comenzó a salir y a entrar de mi coño con una facilidad pasmosa.

Yo no sabía adónde agarrarme, sentía unos irrefrenables deseos de morderle… hasta que me llegó el primer orgasmo. Y un segundo y un tercero… hasta que él salió de mí. Sacó su enorme polla de mi sexo y, con un grito contenido, se corrió sobre mí, rociándome de semen los muslos y el pecho.

Se apoyó con las dos manos en el borde de la mesa, mientras yo yacía exhausta. Estaba rendida y lo mejor es que mis nervios habían desaparecido por completo. Cerré los ojos y ya comenzaba a abandonarme a un agradable sopor cuando noté cómo Salvador se subía la cremallera y me tiraba los pantalones a la cara.

“Tamarita, anda, vete vistiendo que mi sobrino no tardará en llegar. ¡Vaya, niña, menudo bicho que estás hecha!… ¡Hace años que no follo así!…Por cierto, ¿sigues interesada en conocer a mi sobrino?”.
Le respondí que si, me bajé de la mesa y le di un beso en la mejilla.

Entonces tocaron a la puerta de entrada y salí corriendo a mi cuarto, para vestirme. Me lavé un poco, me puse un vaporoso vestido de verano y me dirigí de nuevo hacia la cocina…

Autora: Aliena del Valle

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