Camisa nueva

Sentí sus huevos golpeando entre mis piernas, su aliento caliente soplando sobre mi nuca. Comencé a masturbarme mientras me esforzaba por no perder ni una sola de aquellas nuevas sensaciones. Él empujaba su verga dentro de mí como si fuera la única cosa en el mundo, y abordamos ese tren del cual es imposible bajarse. La cresta del orgasmo nos fue llevando al borde mismo del placer.

El joven estaba recargado. Parecía no mirar a nadie ni enterarse de lo que sucedía en la atestada calle llena de transeúntes. Fumaba tranquilamente, con lentas chupadas y exhalando el humo con un placer que me hizo desear volver a tener un cigarrillo entre mis dedos.

Lo miré apenas un par de segundos, pero algo en su porte, en sus ajustados pantalones vaqueros, raídos en las rodillas me hizo girarme para darle un segundo vistazo. Creí que lo había hecho discretamente, pero sus ojos color de miel capturaron mi mirada. Se había dado cuenta de que lo miraba a él, y no el aparador de ropa que tenía delante. En vez de mirar hacia otro lado, me quedé absorto en sus mejillas hundidas y sin afeitar, en sus labios rojos, tan exquisitamente delineados como los de una mujer y en las largas pestañas por las que el humo azul parecía entretenerse.

Tal vez me excedí en mi análisis, porque el joven exhaló una nueva bocanada de humo mientras la mano que descansaba en el bolsillo de sus vaqueros hizo un imperceptible movimiento hacia su entrepierna. A lo mejor nadie más se había percatado de ese movimiento, pero yo sí. Sus dedos largos y huesudos rozaron el bulto de la entrepierna. No pude evitar mirarlo, y una sonrisa sensual y despectiva al mismo tiempo afloró en su boca al darse cuenta de que lo estaba mirando.

Los colores subieron a mi rostro. ¿Qué me estaba pasando?. Jamás había hecho algo semejante. Apreté el maletín de cuero con los papeles de mi oficina mientras entraba en la tienda de ropa, como única opción para escapar de la vergüenza de haber sido descubierto mirando el paquete de otro hombre. Dentro, una joven rubia se acerco a preguntarme si podía ayudarme. Le señalé unas camisas horribles de colores chillones que seguramente no combinarían con el severo traje gris que llevaba en ese momento. Ella no hizo ningún comentario y entro al almacén a buscarlas. Miré hacia la calle a través del aparador. El joven seguía recargado en el portal. Por si todavía me quedaba alguna duda, la sonrisa sensual y perversa aún estaba en su cara, y la mano sobaba la ahora más notoria protuberancia de su entrepierna, esta vez completamente seguro de que lo estaba mirando.

Me volteé al instante, justo cuando la vendedora regresaba con un surtido variado de camisas que bien podrían formar parte de un arco iris. Tome una al azar, tratando de discernir porque un hombre de 35 años, felizmente casado y con una vida familiar plena y feliz podía sentirse turbado ante aquel muchacho callejero.

La dependienta dio muestras de comenzar a sentirse molesta ante mi total estupidez para elegir una camisa. Yo ni siquiera miraba las prendas. Trataba de serenarme y juntar valor para mirar si el joven ya se había marchado. Una voz a mis espaldas me saco de mis infructuosos intentos.

– No creo que eso combine con tu guardarropa – dijo una voz ronca. Una voz de fumador, sin duda.

Me di la vuelta sabiendo a quien pertenecía aquella voz. Había dejado el cigarrillo afuera, pero el aroma del tabaco parecía envolverlo como un perfume. Sin pensarlo aspiré el aire como si pudiera aspirarlo a él al mismo tiempo.

– Su amigo tiene razón, -señaló la señorita – porque no me deja mostrarle algo más, ¿conservador?

Seguramente tomó mi estúpido silencio como una respuesta, pues dio media vuelta y desapareció nuevamente. Me quedé a solas con mi nuevo amigo. No supe que decirle. Sus ojos miel y su media sonrisa aun tenían el poder de adormecer mi inteligencia. El se dio media vuelta, mirando los artículos. Mis ojos le siguieron como un perro hambriento. Los desgastados jeans se ajustaban a su cuerpo delgado como una piel azul y desteñida. Llevaba una playera que había tenido sus buenos tiempos, pero que ahora solo dejaba transparentar las paletas de su espalda, por la que irremediablemente mi vista resbaló hasta su trasero. Debo reconocer que sin el poder de su mirada analizándome pude disfrutar de la vista de su cuerpo estilizado y fuerte al mismo tiempo. Se giró de repente, y de nuevo me sentí descubierto como un niño pequeño que hace una travesura. Otra vez, no pude abrir la boca, y su sonrisa, algo burlona, me llenó de vergüenza.

La mujer salió de atrás con media docena de camisas. Esta vez de colores muy tenues o blancas, y antes de que pudiera entregármelas, el muchacho las tomó.

– Necesitamos probarlas para ver como combinan – le informó, y ella nos señaló los vestidores.

El joven me indicó el camino y yo le seguí mansamente. El probador era amplio, y entré esperando que el joven me entregara las camisas. En vez de eso entró conmigo y cerró la puerta. El sonido del pestillo al correrse me hizo temblar. No entendía como podía sentirme así por la presencia de aquel joven. El, por el contrario estaba de lo más tranquilo, en completo control de la situación.

Tomó mi saco y me lo quitó. Aflojó mi corbata, mientras yo aspiraba su aroma al tenerlo tan cerca de mí. Me desabotonó la camisa con sus manos largas y finas. Vi que tenía los antebrazos cubiertos por un fino vello oscuro. Sacó los faldones de mi camisa jalándolos para liberarlos de mis pantalones, y abrió mi camisa. Pensé que me la quitaría, pero en vez de eso se inclinó y besó mis tetillas. Me sorprendió. No había siquiera imaginado lo que sucedería allí dentro cuando lo seguí, pero sentir sus labios en mi pecho me hizo sentir una oleada salvaje de calor que me recorrió todo el cuerpo y borró cualquier sentido de coherencia que aun me quedara.

Lamió mis pezones suavemente, y de pronto los mordió. Casi grito. Primero de dolor y luego de sorpresa. El me sonrió con esos labios sensuales, llenos como los de una mujer, pero masculinos por estar rodeados de duro vello sin afeitar. Me empujó contra la pared del vestidor y me acarició los pechos como si fueran los de una mujer, masajeando la carne como si pudiera exprimirlos y una mirada de deseo febril opacó sus ojos. Sus labios se acercaron a los míos y me metió la lengua en la boca de forma imperiosa y salvaje. Mi primer beso con otro hombre, pensé, al tiempo que él me quitaba la camisa y la arrojaba al piso.

Sus manos descendieron hasta mi trasero, y aun sobre la tela de los pantalones sentí la demanda de su caricia.

– Quítatelos – me dijo en un susurro.

Por supuesto que no me moví. Llevaba ya media hora bajo su hechizo y las cosas no estaban precisamente bajo mi control. El lo hizo por mí. Desabrochó mi cinturón y yo solo miré sus manos. Desabrochó mi pantalón y yo solo miré su rostro sin afeitar. Bajó el zíper y yo solo miré su boca, entreabierta y húmeda. Me bajó los pantalones hasta los tobillos, y yo solo sentí ahogarme en aquel pequeño cubículo demasiado pequeño ahora para contenernos a los dos.

Fui consciente de que mi ropa interior no ocultaba mi grado de excitación. Mis conservadores bóxers blancos mostraban una enorme protuberancia, y el joven se inclinó para deshacerse de ellos. Mi pene saltó como un resorte, gordo y tieso, con la punta roja e hinchada como en las mejores épocas de mi adolescencia. El joven tomó mi verga con una mano, mientras con la otra me mantenía pegado a la pared. De cuclillas, aproximó su rostro a mi verga. Restregó sus mejillas ásperas y rasposas contra la sensible piel del glande. La caricia pareció recorrer un camino incendiado hasta mi cerebro. Ahogué un quejido, consciente de que afuera estaba la vendedora, y me mordí los labios cuando la mano descendió hasta mis testículos y los apretó con fuerza. Mi pene pareció crecer aun más con el ataque de aquella caricia. Una gota transparente asomó por la punta y la lengua del joven asomó para lamerla. El aleteo de su lengua, apenas percibido, fue suficiente para hacerme temblar de excitación. Su boca se abrió como una cueva y me engulló por completo.

Ya antes me habían mamado la verga, pero fue como si fuera la primera vez. Tomé su cabeza con mis manos y lo empujé hacia mi entrepierna, enterrando sus ojos entre los rizos rubios de mi pubis. El mantuvo el control y mi verga salió, mojada con su saliva. Me chupó un par de minutos más y se apartó.

– Tu turno – me informó, poniéndose de pie y desabotonando sus jeans.

Me quedé tieso como una piedra. En mi inexperiencia jamás había llegado a pensar que las cosas llegarían hasta aquel punto. No me dio tiempo de pensarlo. Me obligó a inclinarme y terminó de abrir su bragueta. En apenas unos segundos el glande color melocotón estuvo frente a mi boca. El pene, a diferencia del mío, era delgado y largo. El bulbo de su cabeza goteaba también, y el característico olor del semen inundó mis fosas nasales. El vello púbico era oscuro, como el de sus brazos, y ascendía hasta su ombligo, afinándose en el camino. No quiso esperar más y guió su verga hasta mi boca. Lo acogí con una extraña mezcla de asco y placer. Aquella cosa parecía estar viva. Latía entre mis labios y entraba y salía al ritmo de su deseo. Mi boca se hizo agua y el sonido de chapoteo me pareció que podía llenar toda la tienda. Me aparté, apenas consciente del deseo que ahora nos embargaba a ambos.

Traté de incorporarme, pero él me mantuvo donde estaba. Empujó mi cabeza hasta hacer que mi frente tocara el piso. Con los pantalones arrollados en mis tobillos poco pude hacer para impedirlo. Su mano acarició mi espalda, mis riñones y llegó hasta mis nalgas separadas. En aquella posición, mi culo estaba expuesto y abierto. Sus dedos llegaron hasta aquel lugar privado y lo asaltaron sin aviso. Un rayo de sensaciones recorrió mi espina dorsal, cuando la sensible zona anal se vio de repente acariciada por sus dedos.

Nuevamente, hubo poco tiempo para analizarlo. Se posicionó detrás de mí y enfiló su verga, delgada y tiesa, al agujero de mi culo. Supe que me penetraría y una parte de mí pensó en revelarse ante lo que se avecinaba, pero otra parte, mucho más aventurera, quería probar cómo era aquello, y dejé que las cosas siguieran su curso. Con un poco de saliva, mojó mi ano, y poco después lo sentí posicionarse. La cabeza de su verga presionó el esfínter y a pesar de ser mi primera vez, pude sentirlo entrar sin dificultad. Fue mucho más sencillo de lo que esperé. Tal vez se debió a mi calentura, o a que él sabía hacerlo muy bien, pero el caso es que casi no me dolió, apenas una ligera incomodidad en un principio, y luego, la magia de saberlo y sentirlo dentro de mí, me hizo sentir que era capaz de muchas otras cosas.

Sentí en mis nalgas la caricia de su vientre velludo, sus huevos golpeando entre mis piernas, y su aliento caliente soplando sobre mi espalda. Comencé a masturbarme mientras me esforzaba por no perder ni una sola de aquellas nuevas sensaciones. Él empujaba su verga dentro de mí como si fuera la única cosa importante en el mundo, y pronto abordamos ese tren del cual es imposible bajarse. La cresta del orgasmo nos fue llevando al borde mismo del placer, y ni caso hicimos de la vendedora, que desde fuera preguntaba si todo estaba bien…Y todo estaba muy bien.

Sentí como se venía dentro de mí. Los espasmos de su pene arrojando su semen en mi interior. Los espasmos del mío llenando de semen mi camisa arrugada y tirada en el piso. Caímos desmadejados y exhaustos. Y aun con su pito en el culo, pude por fin presentarme.

– Hola, me llamo Andrés – le dije mirándolo a través del espejo del vestidor. – Yo soy Mark, o al menos así me conocen mis amigos – dijo, mientras su pene se removía en mi interior.

El pene de Mark salió de mi culo, y yo me apresuré a salir de aquel vestidor.

– ¿Encontró algo de su agrado? – preguntó la señorita al vernos salir, y como azorado y sudoroso no le respondí, agregó- si, ya veo que si – dijo al ver que llevaba puesta una de las camisas de la tienda, pues la mía estaba por el momento inservible.

Pagué la camisa y salí rápido de la tienda, al tiempo que le daba un apretón de manos a Mark, tratando de grabar en mi memoria su enigmática sonrisa. Eché a andar y no pude evitar mirar atrás. Había prendido un cigarrillo, y me hizo una señal de despedida con la mano al tiempo que se acariciaba el paquete con la otra. Le sonreí, contestándole el saludo.

Tres semanas después mi esposa me encontró rebuscando en mi guardarropa.

– Qué tanto buscas, ¿amor? – preguntó en ese tono que solo una esposa sabe desarrollar, al tiempo que continuaba atenta con su maquillaje, preparándose para irse a trabajar. – Nada – contesté estudiadamente distraído- estoy revisando mi ropa. – ¿Buscas algo en especial? – preguntó aun sin voltear a verme. – No. Creo que me hace falta renovar algunas camisas.

Ella delineaba sus labios delicadamente con un labial rojo, mientras yo estaba ya pensando en dónde iría a comprar mi nueva camisa.

Si te gustó, házmelo saber.

Autor: Altair7

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Azul marino

Pronto los tres estaban gimiendo y los primeros chorros de semen de Peter dentro de su culo impulsaron los del guía, que se vino copiosamente dentro de su boca. Al terminar, Peter se metió de nuevo entre sus piernas, y con unas cuantas lamidas le hizo venirse, devorando su semen como si con eso pudiera apagar su sed.

Bajo las tibias aguas del océano, las figuras se fueron haciendo cada vez más pequeñas. Con envidia, Leo las vio desaparecer, deseando ir tras ellos en vez de quedarse en el yate. Le ardía ya la cara después de haber pasado toda la mañana preparando en el muelle las cosas que el grupo iba a necesitar para la sesión de buceo, y el sol parecía haberse ensañado con su piel blanca decididamente no preparada para aquel clima.

Leo había viajado para asistir a su jefe en una importante reunión de negocios que se celebraría en un paradisíaco destino en el Caribe. Cuando su jefe le dijo que se preparara para el viaje, Leo casi pudo imaginarse tendido en la blanca arena y bebiendo margaritas helados. La realidad había sido muy distinta. Llevaban ya dos días, y no habían salido del salón de juntas del hotel. La vista era magnifica, y la comida también, pero no había logrado conocer nada del lugar, pues su jefe era un maniático del trabajo y no le dejaba despegarse ni un minuto.

Cuando finalmente le ordenó que preparara todo lo necesario para salir a bucear al día siguiente, Leo casi pudo imaginarse bajo las cristalinas aguas del Caribe, rodeado de brillantes peces de colores disfrutando, por fin de todas las bellezas del lugar. La cosa no fue tan fácil. Rentó un yate, un guía que les llevaría al mejor sitio para bucear y dedicó la tarde a comprar las provisiones necesarias para el viaje. La sorpresa fue que el yate no incluía los equipos de buceo, y Leo se enteró justo la noche anterior al paseo. Conociendo a su jefe, se levantó muy temprano y salió a conseguir lo necesario. La mejor tienda del lugar le proporcionó todo, incluido a Peter, un isleño mitad africano y mitad francés, con una piel oscura y unos dientes muy blancos que gustaba mostrar en una amplia sonrisa. Leo simpatizó inmediatamente con el desenvuelto muchacho, y juntos acarrearon todos los implementos al yate.

Una hora y media después, el azul marino era todo lo que podía mirar alrededor. Cuando el guía, un robusto marinero de origen holandés, detuvo el barco, el jefe de Leo y sus invitados comenzaron a ponerse los trajes de buceo. Leo ayudó a su jefe a colocarse el suyo, y al terminar se dio cuenta que Peter no le había dado el equipo completo. Hacia falta un traje. Por supuesto, su jefe dijo que Leo podía quedarse en el barco, y todos saltaron por la borda dispuestos a divertirse. Leo se sentó tristemente a verlos partir.

Encendió un cigarrillo y abrió una lata de cerveza. Se miró los brazos quemados por el sol y le gustó el hermoso bronceado que habían adquirido. Un poco mas arriba, al alzar las mangas de su playera, el pálido y conocido color de su piel se le hizo poco atractivo. Se quitó la playera, decidido a emparejar el color. Miró entonces sus piernas, amarillentas después de usar pantalones por tantos años, y se despojó también de las bermudas. Debajo, el conservador traje de baño le cubría casi hasta medio muslo, y se subió las perneras, descubriendo la mayor cantidad de piel posible. El sol calentó haciéndole sudar, pero la fresca brisa marina le permitía seguir bronceándose.

El sol y la cerveza le hicieron sentirse como si de verdad estuviera de vacaciones. Decidido, y completamente solo, se quitó el bañador también, pensando que sería bastante fácil darse cuenta cuando los buceadores regresaran y vestirse antes de que lo sorprendieran. Tenía un cuerpo bastante bonito, y Leo se propuso obtener un bronceado completo. Cerro los ojos y se estiró como un gato sobre la cubierta. Un poco más tarde se giró boca abajo, para broncearse la espalda.

– Ese es un culo digno de admirar – escuchó una voz a sus espaldas.

Leo abrió los ojos para descubrir a Peter y sus blancos dientes sonriéndole.

– ¿Qué haces tú aquí? – preguntó Leo mientras buscaba con qué cubrirse. La ropa estaba fuera de su alcance, y Peter parecía estarse riendo de su situación.- Nada, que me di cuenta de que se me había quedado un traje de buceo en el coche, y pensé que te haría falta.- Pero, ¿como llegaste? – preguntó Leo ya olvidándose de su desnudez. Peter le señaló un pequeño velero.- Ya veo, – dijo Leo, poniéndose de pie para buscar su bañador.- Quédate así – le pidió Peter, y al verlo decidido a vestirse comenzó a desnudarse también.- ¿Que haces? – le preguntó Leo.- Nada, que para que te sientas más cómodo yo también me voy a desnudar. A mí me encanta asolearme así.

En cuestión de segundos Peter se quitó la única prenda que vestía. Un viejo short azul, y debajo, no llevaba nada. Leo se quedó mudo. Era un tipo bastante tímido para sus 24 años de edad, con poca suerte para las mujeres a pesar de ser bastante buen mozo. Por el contrario, Peter parecía haber vivido de sobra. Lejos de sentirse intimidado por su desnudez, se paseó por todo el barco hasta encontrar las cervezas. Leo lo miró, admirando su desenvoltura, su magnífico cuerpo, delgado y fibroso como el de una pantera, sus nalgas musculosas de atleta y entre sus piernas, un miembro que aunque uno no lo quisiera mirar, llamaba la atención. Era considerablemente grande, largo y pesado, se balanceaba mientras Peter caminaba, golpeando sus muslos en un rítmico vaivén que el azorado Leo no pudo evitar mirar. Casi involuntariamente Leo se cubrió su sexo con las manos. Sabía que estaba en total desventaja y se sintió aun más cohibido de pensar en que Peter comparara su equipo con el de él.

Finalmente Peter abrió su lata de cerveza y con total desparpajo se despatarró frente a Leo y dio un gran sorbo a la bebida.

– Esto si que es vida – dijo sin dejar de sonreír -. Pero siéntate compañero – le rogó.

Leo se sentó, aun cubriendo su entrepierna. Miró al moreno bebiendo con absoluto deleite. Las largas piernas morenas estaban completamente separadas, y entre ellas, el pene colgaba sobre un pesado par de testículos que era imposible dejar de notar. Peter lo miró directo en cuanto terminó de beber.

– Tú si que necesitas broncearte, amigo – le dijo entre la hilera de blancos dientes – estás muy pálido. – Me temo que sí – masculló Leo.- Y si no te quitas las manos de allí, tu amiguito de abajo no va a conseguir nada de sol – le dijo sin dejar de sonreír.

Leo se sintió morir de vergüenza. No quería parecer un tonto, y tampoco quería que comparara su pene con el de él, y finalmente quitó las manos como si no se hubiera dado cuenta de dónde las tenía. Para su inmenso alivio, descubrió que tal vez por el roce de sus manos, o por el sol, o, no quiso ni siquiera pensarlo, por la presencia de Peter, tenía una semi erección, por lo que el amiguito no estaba tan pequeño como de costumbre.

– Pero si mira nada más – dijo Peter – no solo tienes un culo bonito, también tienes un pito bastante decente.

Leo se sintió muy complacido con el cumplido, y separó las piernas un poco, dejando que sus huevos colgaran igual que los de Peter.

– Pero que veo! – exclamó el moreno.- ¿Qué? – preguntó Leo, intimidado de nuevo.- Estás bastante velludo por allá abajo – le informó mientras se acercaba a Leo y este cerraba las piernas y se cubría el sexo al sentir que se aproximaba.- Espérate, Peter, ¿que tiene eso de maravilloso? – le dijo tratando de que no se acercara.- Pues que a mí me matan los culos velludos. No ves que yo soy completamente lampiño?- Pues ni tanto – contestó Leo mirando el negro parche de su pubis.

Peter estaba de pie frente a Leo, y éste tenía casi frente a su cara el enorme pene moreno, bajo una maraña de negros e hirsutos vellos.

– Bueno, aquí todos tenemos pelos, pero mira – dijo mostrándole las piernas y brazos, refulgentes bajo el sol, satinados y limpios, sin vello alguno – y mira, dijo girándose y mostrándole las nalgas, brillantes y limpias como un espejo de bronce, – y tampoco en el culo – dijo abriéndose las nalgas con las manos y mostrando el ojo de su culo frente a los ojos abiertos como platos de Leo, que miró el oscuro centro de su ano, como una pequeña flor de carne, cerrada y justa como una boquita que no quisiera hablar.

La verga de Leo se enderezó sin que este se diera cuenta. Nunca había analizado sus tendencias sexuales y las cosas estaban sucediendo de forma tan rápida y natural que tampoco ahora lo hacía.

– Por eso me llaman la atención los hombres velludos, porque yo no lo soy – le informó Peter, acuclillándose frente a Leo.- Ya entiendo, – contestó Leo buscando su cerveza como pretexto para ocultar su turbación.- Y por eso me vas a dejar echarte un vistazo – dijo el otro sin la menor preocupación.

Empujó a Leo sobre la cubierta haciéndolo recostarse. Leo no alcanzó ni a resistirse. Le echó las manos a un lado y le separó las piernas. Entre ellas, el sedoso nido de rubios vellos bajaba arremolinado bajo sus huevos, hasta el rosado agujero de su culo.

– Mmmm, mira nada más que cosa tan bonita – dijo Peter, y no contento solo con ver, deslizó los dedos entre el caminito de pelos y los enrolló en los ensortijados rizos.- Pero, ¿qué haces? – se quejó Leo tratando de quitárselo de encima.- Cállate y déjame a mí con lo mío – pidió el moreno.

Leo se echó hacia atrás, y no dijo nada cuando Peter le dobló las rodillas y se las elevó sobre su pecho. Sintió la caricia de la brisa marina en el agujero de su culo, y sintió que jamás se había abierto ante nadie de aquella forma. De algún modo, Peter lograba que aquello no pareciera tan malo, y Leo se percató entonces de que tenía una erección completa y fuerte entre las piernas, por lo que entendió que en realidad estaba disfrutando bastante con lo que Peter le hacía. Miró hacia abajo y descubrió que el largo trozo entre las piernas del moreno estaba también erecto, y si en reposo era impresionante, erecto era digno de admiración. No había crecido tanto en tamaño como de volumen. Se había engrosado y enderezado, y ahora alzaba su gruesa y oscura cabeza entre el nido de negros pelos de su pubis.

Peter metió la cara entre los blancos muslos. Al parecer no se contentaba con solo mirar los pelos. También quería probarlos, pues Leo sintió su lengua aleteando bajo sus huevos. Cuando alcanzó su ano, Leo brincó como un pez fuera del agua, pero las manos lo mantuvieron en su sitio y pronto comenzó a disfrutar con aquella novedosa caricia.

– Mmm, – suspiró Leo sin poderse contener.- Te gusta, ¿verdad? – masculló desde abajo Peter – ya sabía yo que este culito era digno de comerse.

Leo se olvidó de todo. El sol le cegaba. El azul del cielo parecía envolverlo de mágica irrealidad, y solo la boca y la lengua de Peter lo unía con el mundo terrenal.

En qué momento Peter lo alzó y lo volteó boca abajo, Leo no sabría decirlo. De pronto estaba de cara al piso, con las nalgas abiertas y con una lengua resbalando entre la raja de su culo. Sentía el trasero arder, en una mezcla de besos, mordidas y sol. Leo se percató de que Peter se montaba sobre su espalda, pero no quiso hacer nada para detenerlo. Confiaba en que supiera lo que hacía y cuando le susurró al oído que ahora vería lo que era bueno, confió en que así sería.

La cabeza lo penetró con exagerada lentitud. Leo casi pudo sentir cada pliegue, cada centímetro a medida que entraba, y se desmadejó entre el vaivén de las olas y él de las sensaciones que aquel cuerpo moreno lograba brindarle. El enorme pene ensanchó el camino, lo allanó, lo abrió hasta lograr meterse dentro, y Leo suspiró lleno de él, sin imaginar siquiera que era capaz de darle cabida. Cuando lo tuvo completamente dentro, Peter descansó sobre su espalda.

– Lo tienes hasta el fondo – amiguito – le informó. – Sólo quedan fuera los huevos…

Y ya Leo lo sabia, pues los sentía pesados y calientes contra sus muslos. Peter comenzó a moverse, y con él se movieron un montón de sensaciones. Su pene parecía arrancar algo de su interior cada vez que se retiraba, y traía consigo nuevas sensaciones cuando arremetía de regreso. Entraron en un acompasado ritmo que les sumió en un éxtasis de placer, y ninguno se percató de la llegada de un buzo.

El buzo los observó mientras se quitaba el tanque de oxigeno, y solo entonces Leo se dio cuenta de su presencia. Trató de quitarse a Peter de encima, pero no lo logró.

-Por mí no se preocupen – les informó el robusto guía holandés – solo vine a recargar el tanque.

A Peter pareció no importarle. Leo estaba firmemente arponeado por su verga y aunque quisiera no podía zafarse. Se resignó mientras se daba cuenta que de verdad ya no le importaba que lo vieran. La verga le estaba entrando con un ritmo completamente placentero y se abandonó a su vaivén.

El guía se acercó a ellos. El ajustado traje de buzo mostró pronto un delator bulto en la entrepierna, y se despojó de la prenda, revelando un corto pero grueso miembro completamente erecto. Acercó la gruesa estaca de carne a la boca de Peter, y éste comenzó a mamarla sin dejar de bombear entre las nalgas blancas y apetecibles de Leo. El guía deslizó una mano a través de la espalda morena, alcanzando el hermoso par de nalgas de Peter.

Buscó su agujero con los dedos y le metió uno de sus dedos. Peter gimió de placer. Después se hincó frente a Leo y le acercó la verga a la boca. Leo no pensó que fuera capaz, pero el hombre no le dio oportunidad de pensárselo. Le encasquetó la verga entre los labios y Leo no pudo sino abrir la boca y dejarlo entrar. El sabor penetrante de su sexo le llenó las fosas nasales. Olía a sal marina, a hombre y a mar. Lo engulló, resuelto a probar todo aquello que se le presentara.

Pronto los tres estaban gimiendo y los primeros chorros de semen de Peter dentro de su culo impulsaron los del guía, que se vino copiosamente dentro de su boca. Al terminar, Peter se metió de nuevo entre sus piernas, y con unas cuantas lamidas le hizo venirse, devorando su semen como si con eso pudiera apagar su sed.

El buzo volvió al agua, mientras Peter y Leo terminaban de conocerse. Al regresar todos los demás, el jefe de Leo estaba excitado con la experiencia de haber buceado.

– No te imaginas, Leo – le dijo – fue impresionante. Cómo lamento que te lo hayas perdido.

Leo miró a Peter y ambos soltaron una carcajada.

– No se preocupe, jefe, yo no lo lamento en lo más mínimo.

Y como un chiquillo, Leo saltó al agua, y Peter se lanzó tras él, y allí abajo, envuelto por fin en el azul marino Leo sintió que ahora sí aquel viaje había valido la pena.

Si te gustó, házmelo saber.

Autor: Altair7

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