Mi sueño fantasía

Ella me sonreía lascivamente, mirándome a los ojos bañados en lágrimas, mientras los dientes de las pinzas se clavaban en la blanda carne de mis pezones, y con el peso de los cilindros me los estiraban hacia abajo causando un dolor intenso. Trataba de chillar, sin poder hacerlo por la bola de goma en mi boca que dilataba al máximo mi mandíbula, y ya había perdido la capacidad de tragar la saliva que se escapaba por la comisura de los labios.

Jamás pensé que me podría a llegar a ocurrir algo semejante, pero sin duda, repetiría todos mis pasos de nuevo, si tuviera la ocasión de regresar atrás en el tiempo.

Buscaba trabajo bastante desesperado, agarrándome a cualquier puesto que me sirviera para salir adelante, pagar mi alquiler y poder seguir estudiando. Esto no me dejaba mucho margen, y siempre acababa dejando los trabajos porque me exigían más horas de dedicación, con lo que mis estudios se quedarían en vía muerta y no lo podía permitir.

Así pues, me presenté a la entrevista de un puesto de trabajo que había leído en un anuncio del periódico que leo diariamente, en el bar donde me tomo cada mañana mi desayuno. Buscaban un joven para impartir clases de euskera, preferentemente con el titulo oficial de EGA, es decir, el dichoso certificado de nivel lingüístico, que en mala hora no se me ocurrió hacer, y ahora no soy capaz de conseguirlo. Pero no perdía nada acudiendo a la entrevista. Me dirigí a la dirección en la Gran Vía, en uno de esos grandes pisos con puertas de madera de roble macizas. Sin duda, debía ser una academia muy importante, aunque me extrañó no ver ninguna placa.

Cuando se abrió la puerta, y me recibió una mujer atractiva, y me hizo pasar al recibidor, me di cuenta que aquel piso era una casa particular. Y la atractiva mujer su dueña.

Vestía un elegante traje-chaqueta negro casi de corte masculino, sin embargo acentuaba más sus suaves curvas. Caminaba con paso decidido, firme y liviano, como si no llegara a tocar el suelo, aunque el taconeo daba muestras de que era tan terrenal como yo. Me hizo pasar a un lujoso despacho, y sentarme en la silla frente a ella mientras me iba contando que ya no pensaba que fuera a llegar nadie más, pues se preparaba para marcharse. No parecía contenta. Tal como dijo no encontraba la persona idónea para el puesto.

Ella viajaba mucho, acababa de instalarse y por motivos profesionales necesitaba cuanto antes adquirir nociones básicas del idioma, por lo tanto quería un profesor a su disposición que pasara el mayor tiempo posible junto a ella, para ayudarla conversando continuamente y en sus horas de estudio. En todo momento que duró su monólogo no dejó de fumar un cigarro fino extra largo, y a mí que no me agrada el humo del tabaco, trataba de que no percibiera mis gestos mohines, apartando la mirada de vez en cuando. Así pude comprobar que ciertamente estaba estudiando con ahínco, pues en la estantería tenía gran volumen de libros para ello.

Yo expresé cual era mi precaria situación, como estaba estudiando y como me encontraba en un momento de necesidad económica. Ella no dejó de mirarme a los ojos en ningún momento, prestando atención a todas mis palabras, y exhalando bocanadas de humo directamente hacia mi rostro. Me sentía cohibido y humillado por la forma en que me trataba, era su casa, no podía increparle aquella actitud enigmáticamente.

Abrió un cajón de donde sacó un grueso contrato con multitud de artículos, que no me detuve a leer por su letra pequeña, y porque todos los contratos de alquiler se parecen unos a otros. Nada más fírmalo lo recogió para meterlo en un sobre que ya tenía preparado para enviarlo, y lo dejó en una bandeja que había sobre la mesa. Después se sentó en el borde de la mesa junto a mí, estaba rozándome la rodilla derecha con su pierna.

-Veo que no has querido mirar el contrato detenidamente, no se si eres muy sensato, – me dijo fríamente, pero me caes muy bien. Me gustas. -Gracias. -Ahora, necesitas prepararte. Traerte tus pocas cosas, y asearte debidamente, en eso soy muy estricta. Así que te voy a mandar a una amiga mía esteticista para que te depile el cuerpo entero. -¿¡Cómo!?- casi grité dando un pequeño salto en la silla.

Me fulminó con la mirada, y con una voz fría y dura me explicó que en su casa se vive bajo sus estrictas normas, y no pensaba dejar entrar a ningún energúmeno que le llenara el baño con sus vellos. Tragué saliva como buenamente pude intentando que no percibiera el miedo que comenzaba a dominarme. Posó una mano sobre mi hombro, para luego acariciarme la mejilla tiernamente, como quien trata de calmar a un niño asustado. Sacó una tarjeta con una dirección apuntada, y me explicó como llegar al centro de belleza de su amiga, y que no dudara en ponerme en sus manos. Que se lo agradecería.

Regresé a la tarde, a la hora convenida que me transmitió su amiga la esteticista, pues le había dejado el recado mi nueva anfitriona. Tan solo llevaba una mochila montañera a cuestas, y el recuerdo reciente de las manos suaves que me arrancaban las tiras de cera. Ella decía que lo hacía lo más indoloro posible, pero no podía creer tal cosa, viendo su sonrisa. Sin embargo, he de reconocer que tras todo el tratamiento, y el masaje con aceite hidratante sentía un placer que no imaginaba posible con una sola caricia sobre la piel desnuda. Me volvió abrir la puerta ella, con una actitud mucho más alegre y me hizo pasar al vestíbulo tomándome del brazo, y acariciándome. Se me erizaba la piel tras la nuca, y por mi cuerpo, no me esperaba este recibimiento, pero estaba encantado. Me dijo que dejara la maleta allí mismo, y me fue dirigiendo por el pasillo enseñándome la casa, los dos salones, la amplia cocina, el enorme baño, y los dormitorios. Me asignó uno de los pequeños, con una mesa-estudio y estanterías vacías que me servirían. Luego me indicó los armarios para mi ropa.

-Ábrelos, me ordenó.

Me acerqué al armario más grande, que tenía un pomo dorado en la puerta corredera, y lo desplacé lentamente hacia la derecha, sin pensar que estaría lleno de ropa. Así parecía estarlo, excepto por una falda que colgaba con su percha en mitad de la barra, unas botas altas que había bajo ella. Seguía sin darle importancia, y me siguió ordenando que abriera los cajones, donde encontré en primer lugar una blusa blanca con puños y cuellos rígidos almidonados junto a un corpiño con cuatro ligas, en segundo lugar había unas medias de rejilla, unos guantes de látex negros muy largos, acompañado de un extraño objeto, que parecía ser un consolador, pero añadido a una braga de cuero fino.

Me giré para observarla con cara estúpida preguntado con mi gesto que significaba aquello, mientras ella sin mostrar ninguna, impávida, fría, encendía un cigarrillo, dando una fuerte calada,

-Desnúdate al vientre.

Su mano era cálida y el tacto de su mano agradable, me serenaba. Incluso comenzaba a sentirme algo excitado, y no pude evitar una pequeña erección que ella apreció. Pasó detrás de mí, y yo seguía sin moverme ni articular palabra, ella pasó su mano por mi espalda, rodeando las nalgas, recorrió en círculo mi muslo derecho subiendo por la ingle hasta mi pubis rasurado. Parecía estar comprobando el trabajo de su amiga esteticista, pero yo estaba cada vez más excitado y erecto.

-Estás perfecto. Me susurró al oído. -Gracias. Dije cohibido sin saber como actuar. -Ahora te voy a preparar.

Iba a preguntar a que se refería cuando sentí un fuerte golpe en mi hombro obligándome a arrodillarme en el suelo y me ordenó callarme, abrir la boca y echar las manos hacia a la espalda. Estupefacto, abrí la boca cuando me metía una pelota de goma a cuyos extremos tenía dos cintas que unió muy fuerte detrás de mi cabeza, amordazándome y casi sin dejarme respirar ni tragar la saliva. Me puso unas esposas con las cadenas muy cortas que no me dejaban separar las manos y me forzaban los brazos y los hombros de manera incómoda. Dolorido, de rodillas y amordazado estaba a su merced. Sentí miedo.

-Te voy a enseñar todo lo que necesitaras saber a partir de ahora. Me susurró inclinándose sobre mi espalda y rozándome con su cabello en mis hombros. Me besó, y apartándose un como me puso un collar de cuero muy ancho en mi cuello que me inmovilizaba, y no podía mover la cabeza a los lados, dejándome totalmente rígida la columna.

Después, se puso ante mí ordenándome ponerme firme y yo pensando que deseaba que me pusiera de pie, elevé una rodilla del suelo para apoyar el pie, y me propinó otra tremenda bofetada en la otra mejilla.

-¡Estúpido! Alzó la voz, sin llegar a gritar.

Entonces comprendí que tan solo deseaba que estuviera erguido continuando de rodillas ante ella, y así hice. En ese momento, ella se inclinó hacia mí, echándome el humo a los ojos muy denso, irritándomelos y provocándome lágrimas a propósito. Mientras hacía esto, me pellizcaba los pezones retorciéndomelos, de modo que sentía más dolor, además de la molestia de estar esposado y amordazado. Quería gritar, pero solo podía mugir como una vaca a la que marcan con un hierro candente. Se apartó de mí, para dirigirse a uno de los armarios de cuyos cajones varios aparatos que fue colocando en la mesa-estudio. Se acercó de nuevo con dos cilindros metálicos en cada mano, en cuyos extremos tenían unas pinzas de cocodrilo.

Ella me sonreía lascivamente, mirándome a los ojos bañados en lágrimas, mientras los dientes de las pinzas se clavaban en la blanda carne de mis pezones, y con el peso de los cilindros me los estiraban hacia abajo causando un dolor intenso. Trataba de chillar, sin poder hacerlo por la bola de goma en mi boca que dilataba al máximo mi mandíbula, y ya había perdido la capacidad de tragar la saliva que se escapaba por la comisura de los labios.

De pronto sentí una fuerte descarga eléctrica que me hizo temblar y con el movimiento de mi cuerpo los pesados cilindros tiraban a los lados de mis pezones que sentía desgarrarse. Aquellos pequeños demonios metálicos me estaban martirizando con electricidad mientras mi sádica anfitriona se reía de mí.

Se dio la vuelta y no pude ver que tomó entre las manos, pues me rodeó despacio colocándose detrás de mí, noté como me acariciaba con la punta de un objeto sobre mis hombros, y en hinchados y amoratados. Entonces ella posó su mano en mi cabeza, acariciándome la cabellera y susurrándome al oído palabras que yo no comprendía porque mi mente estaba cansada y quebrada, tan solo podía entender las órdenes cortas y directas que me dictaba.

-Inclínate hasta el suelo. Me ordenó dándome un pescozón en la nuca.

Con el golpe me di de bruces con el rostro en el suelo. Me sentí aliviado pudiendo apoyar los cilindros de modo que no me torturaran con el peso. Sin embargo, ella se percató y me tiró del pelo, mientras me arreaba más fustazos en las nalgas como castigo por mi treta.
-Ahora te vas a enterar. Me amenazó, casi divertida.

Sentí como se desplazaba un poco a través del pasillo alejándose, y regresaba pausadamente al rato. No me atreví a girar el cuello porque me delataría y podría azotarme más. Noté como comenzó acariciarme las nalgas doloridas, que estaban al rojo vivo, pero era extraño su tacto pues parecía que llevara guantes.

Cogió entre sus dedos mi pene que permanecía medio erecto, y colocó un aro metálico empujándolo hasta la base, presionándome el pene lo estranguló y comenzó a hincharse en una fuerte erección como nunca había tenido. Placentera, pero dolorosa al mismo tiempo continuó acariciándome las nalgas, separándomelas, noté caer sobre mi piel un líquido frío y espeso, que iba aplicando sobre mí, entre las nalgas. Inmediatamente me di cuenta que me iba a lubricar para sodomizarme.

Me aplicó el gel sobre el ano con los dedos masajeándome despacio formando círculos, poco a poco sentía como el líquido penetraba entre las hendiduras lubricando las paredes del ano, y actuando como dilatador del esfínter.

Aquello provocó unas extrañas sensaciones sobre mi cuerpo, que ya empezaba a calmarse de los impactos, y estaba palpitando con un dolor sordo y continuo. De alguna manera, sentir la suavidad de sus caricias en mis nalgas y el masaje en el ano, me excitaba. Pero entonces, cuando estaba relajándome apoyó un objeto duro sobre mi ano, y con una fuerte embestida me lo clavó hasta el fondo, hasta golpearme con sus caderas en las nalgas.

Arquee mi cuerpo tensándolo al máximo, y casi perdí el conocimiento, pero ella me tiró del cabello hacia atrás y me susurró al oído como iba a follarme hasta que se cansara.

Durante un tiempo eterno sentí como iba subiendo el ritmo de las penetraciones, con su enorme consolador con protuberancias, sacándolo por completo y volviendo a introducírmelo sin darle tiempo al esfínter a que se cerrara.

Con cada embestida inundaba mi ano con lubricante, el dolor comenzaba a dejar paso al placer, sin poder controlarme eyaculaba mojándome los muslos.

El humo azul del cigarrillo, entre los finos dedos que los guantes de látex negro, que feminizan con sus uñas puntiagudas detalladas, con mi mano inclinada hacia dentro, mientras sujeto con mi otra mano el codo con el brazo pegado al pecho, sintiendo el tacto del látex frotando la seda de la blusa blanca con mangas de tres cuartos, sube recto rompiéndose en volutas.

Estoy sentado con las piernas cruzadas como buenamente me deja la falda de cuero que me aprisiona los muslos, rozándome las pantorrillas con la suavidad de las medias y el entre chocar de los tacones de mis botas altas con brillo charol y puntas finas.

Apartó con los dedos muy lentamente los cabellos de la peluca negra con corte a lo paje que se me pegan a la comisura de los labios hinchados por las punzadas con agujas a las que me ha sometido para darme más volumen con la barra de labios rojo intenso. Abro la boca para lamer las bragas de cuero, donde un dildo anal con pequeño tubo interno inyecta mi propio esperma en el interior de mi ano.

Ahora soy una puta amaestrada.

Autor: David

davidbazaga@hotmail.com

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