La clase de anatomía

La visión de la vagina de Ana, bajo su redondo trasero fue todo el estímulo que yo necesitaba. Le metí mi trozo de carne sin hacer daño. Mientras le aferraba las tetas y tenía una gloriosa vista de su culo, bombeaba una y otra vez, hasta que me corrí como si llevara una semana en vela. Entretanto, el conserje se había tendido en la camilla y las dos chicas se le habían encaramado encima.

Describir y explicar el funcionamiento de los órganos sexuales puede ser peligroso con alumnas cachondas…

Supongo que debería presentarme, pero discúlpenme si no lo hago. Si alguno de mis colegas del instituto se entera de lo que pasó la otra tarde, tendré muchos problemas, así que sólo seré “El Profe” en este relato.

Soy profesor, cierto, y doy clases a estudiantes de formación profesional en enfermería y ayudantes de laboratorio, entre otras especialidades. Me gusta sobre todo darle clases al grupo de auxiliares de enfermería, pues son todas chicas y no excesivamente jóvenes (la que menos tiene,  es 20 años). Este año me ha tocado un grupo pequeño, son 8 chicas de las que sólo tres asisten regularmente. Eso me ha sorprendido, pues no es frecuente que la dirección haga unos grupos tan reducidos, pero me viene de perlas, pues con un grupo tan pequeño las clases son muy relajadas y avanzamos muy deprisa en el temario. Y si de 8 chicas más de la mitad falte tanto, es algo normal, pues muchas están trabajando por la mañana.

Creo que olvidé decir que mis clases son por la tarde. A esas horas, el instituto está casi vacío, sin las locuras de los chicos de la mañana. Imaginen un edificio con 57 aulas, de las que sólo están ocupadas 5 por la tarde. Y a última hora del viernes, es frecuente que la única sea la mía…

El día en que pasó todo era precisamente un viernes. A última hora tocaba Anatomía, una asignatura realmente aburrida, con descripciones y más descripciones de órganos. A veces incluso es desagradable si las imágenes que tengo en las diapositivas son disecciones de cadáveres. Para la clase del viernes yo siempre he preferido buscar los temas más atractivos, y que no se lleven un mal recuerdo a casa para el fin de semana. Hay un tema que casi nunca he podido explicar por falta de tiempo, y es el de los órganos sexuales. En realidad, visto lo que me pasó, puede que ya sospechara lo que podía suceder… Pero esta vez, como ya dije, llevo el temario adelantado, así que pensé que bien podía dar ese tema. Discúlpenme, pero estoy tan nervioso… No me acordaba de que también tenía que hablar de las chicas. Sobre todo de las tres que siempre asisten. No puedo dar sus nombres reales, así que las llamaré Ana, Bea y Carmen.

Ana tiene, creo recordar, 21 años. Es morena, alta, de cara redonda y labios muy sensuales. Sus ojos son oscuros y tiene unas pestañas enormes que es como si te abanicaran cuando te mira fijamente (lo que hace muy a menudo cuando estoy explicando algo). También tiene unos pechos grandes, que no suele esconder pues prefiere las blusas escotadas. Además, suele llevar falda y se sienta en primera fila, así que ya pueden imaginar cómo me siento. Bea es rubia, pequeña, de cara ovalada y pelo corto. Usa gafas, así que no puedo describir sus ojos. La boca es pequeña, pero los labios son carnosos y ella los destaca más usando carmín de colores intensos. Sus pechos son más bien pequeños, pero muy bien proporcionados. Aunque no me fijo directamente en eso, por motivos evidentes, creo que aborrece el uso del sujetador. Suele vestir ropa muy ajustada, casi siempre pantalones.

Carmen se parece a la gitana de la ópera con ese nombre. Pelo negro, larguísimo, que suele llevar suelto. Ojos negros, con enormes pestañas. Boca sensual. No es demasiado alta y tiene un pecho muy generoso que no suele ser evidente, pues prefiere usar suéteres holgados con pantalones vaqueros. Por su estrecha cintura y sus caderas, yo diría que no está muy lejos del clásico 90-60-90.

Bien, vuelvo a la tarde del viernes. Heme allí con las tres chicas y mis diapositivas preparadas. Primero paso lista y tomo nota de las que faltan, luego empiezo a explicar el tema. Noto alguna mirada de complicidad entre ellas, pero no le doy importancia, como hago siempre. Ni siquiera había notado que Carmen llevaba falda, algo rarísimo en ella; también Bea se había puesto una falda corta.

En una ocasión en la que estaba escribiendo en la pizarra, al darme la vuelta sorprendí un movimiento de Bea, que estaba descruzando las piernas. Juraría que… no, es imposible… Volví a escribir otra cosa en la pizarra y a darme la vuelta, ¡otra vez estaba moviendo las piernas! Y lo hizo tan despacio que esta vez no tuve dudas: ¡no tenía bragas! Bueno, tragué saliva y seguí con la clase. Traté de mostrarme lo más profesional posible: no era la primera vez que una alumna intentaba seducirme, siempre sin éxito. Más de una ha creído que podía compensar una nota baja si me ofrecía su cuerpo, incluso hay quien lo ha dicho claramente, pero yo lo tengo claro: no quiero problemas con las alumnas.

Cada vez que escribía algo y me volteaba para comentarlo, podía verle el pubis, con los rizos claros. Y entonces comprobé que no era la única. Ana también hacía juegos con las piernas, y en uno de esos vi los mechones negros de su pubis. Incluso Carmen hacía lo mismo, ¡juraría que lo tenía afeitado! Yo estaba cada vez más nervioso, así que decidí dejarme de explicaciones y pasar a las diapositivas. ¡Había olvidado cuál era el tema que estaba tratando, y qué diapositivas había elegido! De lo contrario, nunca se me habría ocurrido poner aquellas imágenes a unas chicas tan cachondas.

Empecé con las imágenes. Primero, órganos sexuales femeninos y masculinos. No se trataba de cortes o disecciones, sino de imágenes de personas vivas. Cuando vi las primeras diapositivas de vaginas sentí un calor que me subía por la espalda. Por suerte había apagado las luces, porque seguro que me puse rojo de vergüenza. No dejaba de asociar aquellas imágenes con lo que le había visto a las tres chicas. Ellas cuchicheaban entre sí.

Luego pasé a las imágenes del órgano masculino. Aquí, ellas lanzaron exclamaciones de sorpresa, incluso algún comentario soez. Sobre todo cuando apareció un soberbio miembro masculino mostrando los mecanismos de la erección. Oí algún ruido de movimientos… Lamenté no tener más imágenes. Estaba muy nervioso y no sabía cómo continuar. Encendí las luces y me entretuve desmontando el proyector. Es entonces cuando Bea dice:

-Profe, ¿no tiene imágenes de los órganos sexuales secundarios? -Pues no, ¿por qué lo dices? Puedo ir a buscar algunas a mi despacho… – ¿Para ver tetas? ¡No gracias! Lo digo porque tal vez usted quiera ver las nuestras…

Y mientras decía esto, se levantó la blusa. Ciertamente, no llevaba sujetador. Sus pechos eran redondos y los pezones muy marcados en medio de una aureola oscura. Traté de seguirle la corriente y me acerqué lo más serio posible.

-Bueno, veamos. Aquí tenemos un par de senos femeninos. Podemos observar su forma redondeada. Aquí se sitúan las glándulas mamarias que desembocan por los canales lactíferos en el pezón, que como pueden apreciar es netamente hipermelánico.

Mientras decía todo esto, la tocaba. Trataba de hacerlo de forma fría, pero me resultaba imposible. Ella suspiraba bajo mi tacto y yo sentía el miembro viril tieso, que tenía que notarse en mi pantalón. De hecho, creo que las otras dos apenas miraban lo que estaba mostrando, sus ojos estaban algo más bajos, hacia mi entrepierna. Entonces, Ana se levantó la blusa y se soltó el sujetador rosa que llevaba.

-Profe, ¡mire mis senos! Y Carmen hizo lo mismo: se sacó la blusa sobre la cabeza y desabrochó un corpiño blanco. – ¡Y los míos! Bea, siempre la más atrevida, dijo a continuación: -También deberíamos ver el miembro del profe. Parece presentar un buen ejemplo de erección.

Y antes de que yo me diera cuenta, ella estaba manipulando mis pantalones. Cuando liberó mi verga, soltó una exclamación.

– ¡Madre mía! ¡Vaya ejemplar! Las otras dos chicas se habían levantado sus faldas y se tocaban sin ningún disimulo. Bea cogió mi polla erecta y empezó a chuparla.

Yo no podía resistirme. Acerqué mi mano a la entrepierna de la chica y lo noté húmedo y caliente. Con la otra mano aferré uno de sus diminutos senos, comprobando que cabía perfectamente en mi mano. Estuve así un par de minutos, hasta que la sensatez volvió a mi cabeza. Decidí agarrar el toro por los cuernos. Seguiría con la clase…

-Bueno, ahora vamos a ver las técnicas de estimulación sexual. Lo que está haciendo Bea es una forma de estimular al varón, pero ahora yo quiero mostrarles a ustedes cómo explotar la sensibilidad cutánea femenina. Bea, por favor atiende. Carmen, ¿no te importa servir de modelo? – ¡Claro que no, profe! ¿Qué debo hacer? -Simplemente tiéndete aquí.

No lo había dicho, pero en el aula hay una camilla que se usa en diversas clases. En ella se tendió Carmen boca arriba. Yo era muy consciente de sus enormes pechos y de su pubis depilado, pero guardé la compostura.

-Supongo que ustedes sabrán que el cuerpo femenino tiene gran número de zonas erógenas repartidas por toda la piel. Por eso una buena estimulación se puede lograr mediante el tacto. Podemos, por ejemplo, tocar aquí…

Empecé a acariciarle los pies. Lo hice muy despacio para que ella apreciara toda la intensidad del contacto, y para que sus compañeras comprobaran el efecto. Acompañé mis caricias con la lengua. Uno a uno, fui chupando todos sus dedos, mientras acariciaba los tobillos. De esa forma fui avanzando por ambas piernas, usando ambas manos y la lengua. Carmen se estremecía de placer…

Cuando llegué a la parte superior de los muslos, me quedé en el exterior de los mismos, y seguí subiendo por las caderas hasta los brazos. Sin perder el contacto, llegué hasta las manos y repetí el tratamiento con la lengua. Fui desplazando mi contacto por ambos brazos hasta llegar a los hombros. Entonces pasé a la cabeza. Le acaricié el cabello, la frente, los párpados, la nariz. Le chupé los lóbulos de las orejas, luego repasé sus labios con mis dedos. Esta vez puse mis labios sobre los suyos y le di un beso profundo. Ella mantuvo su boca abierta y me dejó meterle la lengua, que recorrió todo el interior de su boca.

Entretanto, mis manos habían recorrido su cuello y llegado a los senos. Los acaricié mientras separaba mis labios de los suyos, y mi boca seguía a mis manos hasta llegar a los pezones. Siempre me ha gustado imitar a los niños de pecho, y aquí tenía una buena oportunidad, así que no la desperdicié. Chupé y chupé con fuerza como si esperara que de un momento a otro surgiera la leche materna. Tanto Ana como Bea pudieron comprobar cómo Carmen lograba un par de orgasmos sin siquiera tocarle la zona genital. Aunque creo que Ana también tuvo su propio orgasmo, esta vez gracias a la acción de su mano en los genitales.

Entretanto, yo reanudé mi recorrido por el cuerpo de Carmen. Seguí bajando hasta llegar a la flor húmeda, caliente y abierta situada entre las piernas. Tenía la piel suave, ¡se había afeitado hacía muy poco tiempo! Esta vez introduje mi lengua entre los pliegues de sus labios inferiores. Notaba el sabor salado de sus jugos. También notaba el clítoris tieso como si de un diminuto pene se tratara. Ella no cesaba de estremecerse de placer. Al fin me decidí a dar el siguiente paso.

-Bien, creo que ahora ya está suficientemente estimulada para proceder a la penetración. Observen como el pene se introduce en la vagina, que está perfectamente lubricada y dispuesta para la operación.

Mientras decía lo anterior, aferré mi verga y la acerqué al caliente agujero. Entró como una llave en la cerradura perfectamente lubricada.

-Para continuar con la estimulación, se suelen hacer movimientos de vaivén como éstos que estoy haciendo… hasta que se alcanza la meseta orgásmica en la mujer y se produce la eyaculación en el hombre.

Ni Ana ni Bea me hacían caso. Se estaban besando y tocando muy íntimamente. La visión tortillera me estimuló aún más y me derramé dentro de la chica. Ella gemía y se estremecía como si le fuera la vida en ello. En ese preciso momento, se abrió la puerta y entró un hombre. ¡Me había olvidado del conserje! -Perdonen, pero hace una hora que terminaron las clases y… Al ver el espectáculo, se quedó con la boca abierta. Yo saqué mi miembro de Carmen e iba a decir algo, cuando Ana se le acercó al conserje y le dijo:

– ¡Qué oportuno! El profe necesita refuerzos, creo.

Y diciendo esto le puso la mano en el paquete. De inmediato empezó a manipular la bragueta. Bea le echó una mano y en un periquete estaba el hombre desnudo, con las dos chicas jugueteando con sus testículos y su pene. Entretanto, Carmen se dedicaba a reanimar mi exhausto miembro, usando su boca de una forma muy experta. Pero yo quería cambiar de tercio, así que la dejé con un beso y me acerqué a Ana. Carmen relevó a Ana en el trabajo con el conserje. Y Ana se quedó conmigo.

Yo estaba cansado, pero siempre había tenido ganas de follarme a Ana. ¡Eran demasiados días de tener que conformarme con unas pajas al salir de clase! Ya tenía de nuevo el miembro a punto así que casi sin esperar le dije que se pusiera en cuatro patas. La visión de su vagina bajo su redondo trasero fue todo el estímulo que yo necesitaba. Le metí mi trozo de carne con fuerza, pero sin hacer daño pues ella estaba más que dispuesta. Mientras le aferraba las tetas y tenía una gloriosa vista de su culo, bombeaba una y otra vez, hasta que me corrí como si llevara una semana en vela.

Entretanto, el conserje se había tendido en la camilla y las dos chicas se le habían encaramado encima. Bea se montó encima de su polla mientras que Carmen colocó sus piernas sobre la cara del chico, para que le lamiera las interioridades. Además, las dos chicas no estaban conformes con eso y se tocaban y besaban con profusión.

Aproveché que Carmen y Bea iban a intercambiar sus posiciones, para llevarme a Bea y dejar que Ana la sustituyera en la boca del conserje. Me senté en una silla y Bea se sentó sobre mí, clavándose mi pene hasta lo más profundo de su vagina. Me daba la espalda, así que le aferré los diminutos senos y la dejé que ella llevara todo el esfuerzo de la estimulación. Como buena amazona, al poco estaba gimiendo de placer y yo sentía que las fuerzas volvían a mi sufrido miembro. Parecía imposible, pero aún me quedaba semen por verter en un último orgasmo.

A todo esto, el conserje prefería hacer como en las películas porno, y se masturbó frente a las dos chicas, llenándoles la cara con su leche. Bien… sin decir palabra, el hombre se vistió. Yo también me vestí mientras las tres chicas iban un rato al baño a lavarse y vestirse. Volvieron pronto y el conserje dijo, simplemente:

-Es hora de cerrar el kiosco.

Salimos del edificio en silencio, el último él y cerró la puerta…

Autor: fmdg23

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Belén, la kiosquera

Se montó encima de mi polla que estaba como el cristal de dura. Empezó a cabalgarme, como una amazona domina a su caballo. Subía y se dejaba caer arrancándome gemidos de placer, sus movimientos eran expertos salía toda mi polla de su coño y luego se dejaba caer hasta que mis huevos hacían tope.

Como de costumbre, bajé a comprar el periódico el domingo por la mañana, a la papelería de abajo de mi casa. Era una mañana fría de invierno y el viento soplaba cortante como afilados cuchillos. Abrí la puerta de la tienda y como siempre allí estaba ella, Belén que así se llamaba la tendera, es una mujer de unos 40 años, pero a primera vista su carita de ángel hace que parezca 10 años más joven.

-Hola Antonio, ¿cómo estás? lo de siempre ¿no?

Siempre me regalaba esa sonrisa de niña buena que tiene, junto con esos pechos turgentes que me vuelven loco y que me están creando una obsesión cada día más agudizada por mi mente calenturienta. Belén suele vestir con ropa ajustada, sabe que le queda bien, que resalta sus pechos, unos pechos grandes y redondos, con unos pezones marcados bajo esa tela ajustada que siempre lleva, están apretados y siempre erectos, recibiendo a los clientes con un saludo sexual que los vuelve locos. Le aboné el periódico y me fui deseándole buenos días.

Cada día me embelesaba más esa mujer y tenía cada vez más ganas de ver esos pechos libres como el viento, fuera de esa tela que los oprime.

La verdad es que teníamos algo de confianza ya que era cliente habitual y algunas veces coincidíamos en el vecindario. Mi obsesión era tirarme a mi dependienta favorita, pero era un deseo difícil de realizar. El domingo siguiente entré más temprano de lo habitual, y ella estaba en la trastienda arreglando los periódicos, que iba a vender esa mañana.

-¿Belén, estas ahí?? Te dejo el dinero y me llevo lo de siempre. -Antonio, anda, pasa y échame una mano a ver si puedes ayudarme, estos periódicos me van a volver loca.

Pasé a la trastienda y casi me da un shock cuando la vi. Estaba agachada, frente a mí, llevaba un top que dejaba ver el principio de sus grandes pechos, comprobé que no llevaba sujetador y que sus tetas libraban una gran batalla por permanecer dentro de su prisión de tela. Me quedé como embobado mirando esos pechos que me vuelven loco y que me obsesionan.

-No te quedes ahí pasmado entra y ayúdame que esto pesa un montón.

Me agaché delante de ella. Sus pechos se movían al son de su agitada respiración como volcanes a punto de tener una erupción, y mi polla reaccionó al instante como queriendo salir y evitar esa erupción. Nos levantamos y ella me miraba con una sonrisa pícara en su boquita, perfilada por unos labios que llamaban a gritos a mi cetro enhiesto para calmar su sufrimiento.

-Vamos a poner estas revistas en el otro lado- me dijo.

Se giró y se agachó a coger las revistas y lo hizo sin doblar las rodillas, ofreciéndome la grandiosa vista de su magnífico culo, llevaba unos pantalones ajustados que marcaban ese precioso culo. Estaban un poco bajados y pude ver su tanga de hilo dental que sobresalía por los pantalones. Aquello era demasiado para mí. Me tenía loco, me estaba empezando a doler la polla de tanta erección contenida. Se volvió y dejó las revistas a mis pies.

Al levantarse se quedó mirando mi paquete que abultaba bajo mi chándal, no lo podía ocultar, tenía un bulto enorme entre las piernas. Yo no podía reaccionar estaba hechizado por sus encantos. Me miró y riéndose me dijo. Parece que tu amiguito también me quiere ayudar.  Su mano se posó directamente sobre mi paquete.

-Hola, soy Belén, encantada de conocerte.

Y sacó mi polla cogiéndola como si fuese una mano y estuviese saludándola. Se arrodilló y abrió sus labios engullendo mi polla hasta dentro. Si hubiese visto mi cara sería la de un idiota embobado. Sus labios aprisionaban mi pene, jugaban con el tronco mientras sus manos agarraban y presionaban mis huevos. Lamía mi glande lo chupaba, pasaba la lengua por todo mi tronco mientras sus ojos miraban directamente a los míos.

Era experta chupadora, se veía que le encantaba hacerlo, lamía mi polla desde la base de los huevos hasta la puntita, deteniéndose en ella y sorbiéndola, mordisqueándola, era la gloria. Escupía en mi capullo para lubrificarlo bien y se lo volvía a meter hasta el fondo. Me daba mordisquitos en la polla me apretaba los huevos como queriendo sacar toda la leche que contenía.

-Umm… cariño, qué bueno que está este churrito, es delicioso, rellenito de crema.

Se levantó y sus labios me besaron, estaban llenos de saliva y de líquido de mi polla, me excitó sobremanera el saborear su boca con mi líquido pre seminal en ella.

-Te gusta tu tendera, ¿eh, Antoñito?  Vamos a pasar un ratito divertido creo yo.

La cogí y besé su boca, mis labios buscaban ese fuego que ella desprendía para intentar calmarlo, apagarlo con mi lengua. Cogí su top y se lo saqué, su par de tetas rebotaron arriba y abajo al liberarlos del tejido que los oprimía y sus pezones duros como piedras me miraban agradeciéndomelo. Empecé a mamarlos como si me fuera la vida en ellos, los lamía y mis manos se posaban en sus tetas imposibles de abarcar, gastaba una 110 por lo menos. Chupaba como un niño hambriento arrancándole gemidos que resonaban por toda la tienda.

-Sigue así mi bebé chupa toda la lechecita de mamá.

Amasaba sus tetas mientras mis labios chupaban sus pezones y mis dientes mordían y mordían esos pezones que cada vez estaban más duros y sensibles. Belén no dejaba de gemir. Bajé por su vientre lamiéndolo, besándolo, pasando mis dedos suavemente por su piel de terciopelo, me detuve en su ombligo, adornado por un piercing. Mi lengua jugueteaba con él, sorbía como si quisiese arrancárselo, y ella arañaba mi espalda por el placer que le estaba dando y me susurraba obscenidades al oído.

-Vamos, sigue así, qué gusto, vamos, chúpame toda, lámeme, venga mi papi, dame gusto, dame caña, cabrón…

La tumbé en el sofá de la trastienda y le bajé los pantalones. Pude ver ese tanga que antes apenas pude adivinar. Apenas tapaba su rajita húmeda y tenía una gran mancha de humedad vaginal en él. Estaba súper mojado.

-¿Has visto cómo me pones Antonio? Estoy empapada, mi tanguita ya no puede absorber más.  -Tranquila que ya recogeré yo tus flujos, Belencita. Me estás volviendo loco, cariño.

Le quité el pantalón y el tanga y la dejé toda desnuda para mí, pude comprobar el olor a sexo que desprendía.

-Venga, nene comételo, es tu suplemento dominical, vamos hazme vibrar, cabroncete. Me vuelves loca, me he masturbado tantas veces pensando en ti y ahora no voy a dejarte escapar. Venga, chúpame el coño, venga vamos, cabrón hazme gemir como a una perra en celo.

Mis labios se pegaron como ventosas a sus labios. Los chupaba los separaba con mis dedos y metía mi lengua en ellos, los lamía, los chupaba. Mordisqueaba sus labios para ir sacando poco a poco su clítoris, que empezaba a salir de su capuchón. Lo tome entre mis labios y lo chupé como si me fuera la vida en ello. Ella se arqueaba y gemía, se retorcía de placer. Chupaba su clítoris y mis dedos abrían su rajita para buscar esa cavernita de deseo. Mis dedos empezaban a resbalar dentro de su coño, mojado como una fuente.

-Vamos hazme vibrar -me decía.

Tres de mis dedos estaban dentro de su coño, entrando y saliendo, moviéndose en su interior. Ella se tocaba las tetas, se las amasaba y pellizcaba sus pezones. Mis dedos trabajaban su coño y uno de ellos su ano. Empezaba a entrar en él. Lo mojaba en sus flujos y apretaba para que se fuese introduciendo en su culito prieto. Cada vez mi ritmo aumentaba mis dedos salían y entraban a gran velocidad y noté cómo su cuerpo se puso en tensión, se arqueó y un grito salió de su garganta, note mi mano mojada y llena de flujos, se había corrido, me agaché a saborear su néctar, su flujo, era sabroso embriagador. Sus ojos se quedaron en blanco y me dedicó una de sus mejores sonrisas. Me cogió y me quito la ropa me tumbo en el sofá y me dijo.

-Cabrón, esto lo vas a pagar caro, todo este placer te lo voy a devolver con creces, ummmm.

Se montó encima de mi polla que estaba como el cristal de dura. Empezó a cabalgarme, como una amazona domina a su caballo. Subía y se dejaba caer arrancándome gemidos de placer, sus movimientos eran expertos salía toda mi polla de su coño y luego se dejaba caer hasta que mis huevos hacían tope. Estaba que no podía más, notaba que me iba a correr de un momento a otro. Ella entonces paraba el ritmo y se movía suave delicadamente. Tras unos instantes volvía a acelerar el ritmo.

-Vamos, caballito, te voy a domar. ¿Te gusta, verdad? Vamos, fóllame duro, vamos. -Sí, Belén, fóllame, fóllame.

Era un placer ver sus tetas moviéndose delante de mí botando sin parar arriba y abajo. Estiraba mi cuello para chuparlas las cogía con mis manos y las besaba, les daba mordiscos a sus duros pezones.

-Belén me voy a correr, cariño, me voy a correr.  -Espera, cielo, aún te queda algo que te maravilla sin probar.

Se salió de mí y se tumbó en el sofá. Se agarró las tetas con las manos y me dijo.

-Venga cabroncete, fóllame las tetas, son todas para ti, venga, fóllamelas.

Mi polla desapareció en esas montañas de placer. La metí en ese maravilloso surco y empecé un vaivén loco y rápido por entre sus pechos.

-Belén, me corro, me corro… -Siiiiiiiiiiiiiii, Siiiiiiiii, córrete cabrón, dame tu leche vamos tengo hambre…

Mi cuerpo se arqueó y salieron despedidos varios chorros de semen que impactaron en su cuello y en su cara, ella la agachó para que le llegaran a sus labios, pómulos, ojos, pelo. Nunca me había corrido tanto y quedó llena de mi leche.

– Hummmmmmmmm, Antonio, qué desayuno más rico.

De repente se abrió la puerta de la trastienda y apareció su hija. Tendría unos 20 años, l.80, larga melena, ojos negros. Vestía un pijamita de dos piezas que dejaba su barriguita al aire. Tenía unos pechos parecidos a su madre y un culito respingón de ensueño Se acercó a su madre y le dijo: ‘’Mamá se te ha caído el desayuno por la cara. Déjame que te lo limpie.’’

Y empezó a limpiar con su lengua los restos de mi corrida, saboreándolos y lamiéndolos de la cara y pechos de su madre…Pero esto es otra historia que ya contaré…

Autor: José

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