La inspectora

Nos estuvimos besando y acariciando por todo nuestro cuerpo durante más de media hora. Nos colocamos en la posición de sesenta y nueve, nuestras bocas estaban cerca del sexo la una de la otra. Lengüeteamos nuestros coñitos y clítoris logrando tener varios orgasmos simultáneos, nuestros ritmos eran tan sincronizados que llegué a pensar que por fin había descubierto a mi alma gemela.

Isabel me llamó a su despacho, aunque yo llevaba poco tiempo dando clases en el instituto, ya éramos muy buenas amigas. De hecho se puede decir que éramos amigas muy íntimas. Isabel es más bien lo que se dice una lesbiana, que cualquiera puede ver que lo es. Se cuida poco y no tiene ningún aprecio por todo lo que huela a masculino. En mi vida he conocido a otras lesbianas que no se nota nada que lo sean, son incluso muy femeninas, pero Isabel tenía formas masculinas, gustos masculinos y le encantaban las mujeres, por lo que nos hicimos muy amigas desde el principio del curso, en que los profesores tenemos que pelear por una serie de historias que no vienen al caso.

Isabel me anunció la inminente llegada de la nueva inspectora. Los profesores por regla general tememos las visitas de los inspectores porque eso puede suponer cambios en los horarios o en las obligaciones que las autoridades educativas requieren de nosotros. A nadie le gusta que otros les inspeccionen sobre todo cuando son personas que no conoces y que sabes y saben que lo que digan va a misa. Ella se veía algo preocupada, no es que el instituto tuviera excesivos problemas por esta época, salvo algunas relaciones entre profesores y determinados alumnos, intervenciones más o menos afortunadas de la dirección del centro y del consejo escolar.

Todo estaba en calma porque nadie destapaba lo que había debajo, a nadie le interesaba o no había pasado tiempo para que todo desembocara en una situación comprometida. Pero ahora, con la visita de la inspectora, todo podía írsenos de las manos. Al día siguiente, llegó a primera hora Doña Juana, la nueva inspectora.

-Loli, te presento a Doña Juana. Loli es la profesora de Cultura Clásica. -Encantada Loli, puedes llamarme Juani. Me comentaba Isabel que tus alumnos están muy contentos contigo. No obstante, me gustaría que revisáramos juntas tu programa y modo de dar las clases. -No hay ningún problema y en cuanto a que están contentos conmigo, unos lo estarán, los que aprueban los exámenes y otros no, los que suspenden. Siempre pasa lo mismo, los profesores somos héroes o villanos según a quién preguntes.

Pasamos toda la tarde revisando los proyectos educativos de los cuatro grupos de los que soy profesora. Me extrañó que la inspección se centrara particularmente en mí. En el centro había más de cincuenta profesores en secundaria y no parecía que les fueran a investigar a todos, al menos eso hubiera supuesto que Juani pasara más de un mes en nuestro centro y no era normal. Me hizo toda clase de preguntas sobre mi relación con los profesores, con los alumnos, con los padres. Empecé a sospechar que alguien se había chivado de lo que pasaba en el instituto y tal vez, yo era la cabeza de turco. ¡Pero bueno, es que antes de estar yo todo era un remanso de paz! Estábamos en un despacho junto al de la Directora Isabel, era muy cómodo y tenía varios sillones y un sofá para las visitas. Tenía mucha luz y daba a un patio de recreo.

-Loli, quisiera contarte después que me hayas enseñado todos tus métodos y proyecto educativo en el centro, que mi propósito al venir es esclarecer unos rumores, debo decir unas cartas de confesión o de acusación que se han recibido en la central. -¿Unas cartas? ¿Sobre mí? -Bueno, he de decir que se te menciona como promotora de unas prácticas de dudosa reputación. Lo más grave es que parece que incluyes a ciertos alumnos en ese tipo de conductas.

-No puedo creer que desde la central se crean todo lo que les escriben, ya saben que los alumnos inventan frecuentemente maldades sobre los profesores que les caen peor. -Lo cierto es que no creemos lo que nos dicen, pero no podemos permitir que se extiendan los rumores, por eso he venido a averiguar la verdad. Loli por favor tienes que ser completamente sincera conmigo. Yo soy una mujer muy liberal y no me importa lo que hagas en tu tiempo libre, pero necesito saber si están implicados los alumnos.

Me levanté y acerqué a la ventana, los árboles iban perdiendo sus hojas, el viento revoloteaba en el patio y unos niños tiraban un balón a una canasta de baloncesto. Mis ojos se llenaron de lágrimas, alguien había hablado y yo no tenía escapatoria. Mis labios temblaban cuando unas pocas palabras salieron de mi boca.

-Juani, por favor, no me quitéis mi trabajo. No lo volveré a hacer. Ahora todo está normalizado y ya nadie recuerda lo que pasó. Juani se acercó a mí, y me acarició los brazos para reconfortarme. -Loli, te comprendo perfectamente. No llores.

Juani se había quitado la chaqueta de su uniforme, ahora sin ella se podía ver su blusa semi transparente, mucho más femenina, holgada y cómoda, de seda muy suave. Se veía claramente su sujetador negro de buen tamaño para cubrir sus pechos grandes y no podía disimular sus pezones prominentes. Cuando la vi estaban erectos, pero no sé si estaba excitada o era de esas mujeres que mantienen un buen tamaño en su pezones aún en condiciones normales. Seguía acariciándome. No dijo nada, se acercó a mí por detrás y me besó en la parte superior de mi oreja.

-No comprendes que nadie quiere hacerte daño, eres una mujer magnífica, me he dado cuenta al pasar contigo estas horas revisando tus trabajos. Seguro que no quieres hacer daño a nadie.

Yo seguía sollozando, como una niña que trata de ser consolada por su madre. No había sin embargo gran diferencia de edad entre Juani y yo, unos cinco años como máximo, pero era su tono maternal y esas caricias que yo no podía achacar a otra cosa sino a tratar de darme consuelo, tal vez ocultándome que después de un poco de jabón vendría el palo, el despido.

-Juani, te aseguro que nunca hice daño a esos chicos. Reconozco que no tengo unos gustos ni unos entretenimientos como para contarlos en la página parroquial, pero ¿quién no tiene cosas que ocultar o al menos que no va proclamando por ahí? -Tranquila, mi niña. No te pasará nada. Vamos, estás muy sofocada, quítate la camisa, estás sudando.

Era cierto estaba sofocada, tenía escalofríos. Me acariciaba e iba desabrochando mi camisa, botón a botón, con suavidad, yo empezaba a notarme rara con aquellos besos que comenzaron maternales, pero que ahora me empezaban a calentar de un modo conocido para mí. Inconscientemente me dejé quitar la camisa, asomando ya a plenitud mi sujetador blanco de encaje y mi ombliguito blanco que es una de mis zonas más erógenas. Llevé mis manos a la cintura de Juani y al tocar su cuerpo noté que estaba ardiendo, hacía calor, pero ese modo de arder me sonaba más a ardor sensual. Mientras me quitaba la camisa me besaba en la frente y susurraba que no temiera nada, que ella me iba a cuidar.

Muy bajito me dijo que le quitara la blusa. Ya no me quedaban dudas, aquella mujer que me venía a inspeccionar a mí, era una hembra súper caliente y mi modo de vestir femenino y sexy, mi minifalda, tal vez la conversación y ahora el ver lo vulnerable que me sentía, lo desesperada, le había llevado a proponerme que tuviéramos un acercamiento amoroso. Ella se sentía segura de su dominio sobre mí, yo no podía negarme a nada, estaba por completo en sus manos. Pero además, yo también la deseaba, desde que la vi me pareció hermosa, seria desde luego, con poder sobre mí, pero esos labios jugosos pintado de rojo intenso y esos pechos que imaginaba tras ese traje chaqueta gris, impedían mi concentración, iba demasiado formal para la mujer sensual que Juani resultó ser.

La deseé desde el primer momento y estaba segura de que no me engañaba al pensar que era muy caliente y era una mujer arrolladora y pasional en la cama. Sin pensar más fui quitando su blusa y acariciando por encima del sujetador sus pechos generosos y firmes, muy duros, y en particular sus pezones me llamaban mucho la atención y no pude parar hasta acercar mi boca a uno de ellos para comprobar si lo que veía era un espejismo o la cosa más maravillosa de la naturaleza. Mientras lamía su pezón derecho como infante desesperado y hambriento, ella acertaba con pericia a desprender el broche de mi sujetador dejando que mis pechos coronados por unas aureolas rosadas y unos pezones no pequeños botaran libres y gozosos.

Nuestras manos trabajaban con simetría bajando mutuamente, una la falda de la otra. La mía más pequeña, casi minúscula, fácil de quitar, apenas una pequeña cremallera, la de ella unos cuantos botones y ya estaban las dos en el suelo. Me encantó su ropa interior, unas bragas negras que no cubrían totalmente su vello púbico que era de un tono castaño claro muy bonito, nunca había visto nada igual, muy sedoso muy rizado. Era un verdadero placer acariciar a esa mujer alrededor de su coñito y ella también lo recibía con suma delicia, a juzgar por su respiración entrecortada y ronroneo incontrolable.

Dejé que mantuviera sus medias negras con su liguero correspondiente porque siempre me ha parecido que las piernas femeninas con medias, ganan mucho de erotismo y excitación, ese tacto de media contra media no se puede igualar a nada, siempre me ha puesto mucho esa sensación. Sé que a los hombres les gustamos con medias, pero yo como mujer siento un placer especial cuando lo hago con las medias puestas a otra mujer en idéntica vestimenta. A Julia también le gustaba que le dejara puestas las medias, las bragas se las quité y seguí acariciando rítmicamente su coñito, con la cadencia que me imponía con sus jadeos Juani.

Nos tumbamos en el sofá, nos estuvimos besando y acariciando por todo nuestro cuerpo durante más de media hora. Ya las dos conocíamos las zonas más erógenas la una de la otra. Es algo que nos pasa siempre a las mujeres. Nunca he tenido igual comunicación con los hombres, nosotras intuimos los gustos de nuestra compañera de cama sin una sola palabra, solo tenemos que mirarnos, observar su cara, su mirada de placer, no necesitamos más. Nos colocamos en la posición de sesenta y nueve, nuestras bocas estaban cerca del sexo la una de la otra. Lengüeteamos nuestros coñitos y clítoris logrando tener varios orgasmos simultáneos y encadenados, tampoco esto lo logré con ningún hombre, nuestros ritmos eran tan sincronizados que llegué a pensar que por fin había descubierto a mi alma gemela.   

Después de una hora, repasando con todo tipo de caricias nuestros cuerpos, incluso hubo tiempo para que algún que otro dedito se colara en el ano la una de la otra, quedamos rendidas, muy gozosas, completamente relajadas y satisfechas a plenitud.

-Loli, no te podré olvidar. Te quiero. -Yo tampoco a ti, por favor no me dejes. Te necesito. -Sabes que no estaría bien que nos vieran juntas por el barrio, las inspectoras debemos ser neutrales y no tener amigas íntimas entre el gremio de las profesoras. Pero nos veremos, te llamaré y quedaremos. Además quiero invitarte a mi casa a cenar. ¿Qué te parece?

-Juani, eres la mujer que me ha hecho más feliz, no sé si podré estar sin ti un solo día. Te necesito y te amo, ahora lo sé, eres mi alma gemela. -Loli, no te puedo prometer otra cosa, pero te llamaré y quedaremos. Soy una mujer casada aunque mi matrimonio es un fracaso porque yo descubrí que me gustan las mujeres y mi marido me da asco, pero tengo que seguir con él porque tenemos un hijo.

-Tenemos que hacer algo para estar juntas, por favor piensa en algo. -Estaremos en contacto querida y por favor, cariño, sé discreta y deja a tus alumnos en paz, no mezcles el trabajo con el amor. ¿No conoces ese dicho masculino que dice: “Donde tienes la olla, no metas la polla”.  Pues eso, guapa. Dame un besito tierno, te quiero.

Nos vestimos cariñosamente y nos despedimos, aunque nos costó mucho. Yo no dejaba de pensar en Juani, me pasaba los días añorando esa tarde tan feliz que pasamos y deseando volver a tenerla.

Cualquier comentario lésbico o de mujeres será bien recibido.

Autora: doloresxxx

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