L. II

Tomé su cabeza con mis manos, agarré su pelo, y comencé a follármela por su boca, primero despacio, y luego cada vez más rápidamente mientras mi excitación aumentaba. L. se sentía follada, puta, me corrí en su boca, L. tuvo también un orgasmo intenso mientras sentía como mi polla se metía en su boca y mi leche la inundaba. L. se encargó de limpiarme con su boca de zorra.

Hoy nos hemos encontrado en casa de L. Ella me esperaba como le había ordenado: de espaldas a la puerta, vestida con ropa de trabajo, sentada en una silla, en medio del salón. Había dejado la puerta entreabierta, y así me colé en su casa. La vi allí sentada, con el pelo recogido, y me acerqué a ella por detrás. Saqué de mi bolsillo un antifaz y se lo coloqué. L. no lo esperaba, y noté cómo se puso tensa. Pero los dos sabíamos que su casa ahora era mía, que todo lo suyo era mío, y que lo podía usar como me viniese en gana.

“Levántate”, le ordené. Se puso en pie y la llevé del brazo hasta la mesa del salón, tumbándola hacia delante. Le quité la falda y comprobé que llevaba las bragas que le había dicho. “Bien zorra, a ver cómo estás hoy”, dije, apartando su braga y tocando su coño y su culo, que ya estaban mojados. Saqué unas bolas chinas de mi bolsillo y se las introduje lentamente por su coño. Hoy le había dado permiso para expresar su placer, así que L. comenzó a gemir lentamente mientras mis dedos iban metiendo las bolas poco a poco.

“Levántate de nuevo”. Se irguió, y le di la vuelta, dejándola de cara a mi. Le puse en su cuello el collar de perra que llevaba preparado. Y acaricié sus pechos por encima de la blusa. Una prenda suave, elegante, muy agradable al tacto, y que le sentaba muy bien. De pronto tiré con fuerza de la blusa y la abrí de golpe, con violencia, haciendo saltar los botones. L. se sobresaltó y pude ver como sus pechos temblaban ligeramente dentro del sujetador. Le quité la blusa y la tomé por el brazo con fuerza.

“A ver ¿dónde está la cocina?”. “A la derecha, amo”, me dijo. “¿Lo has preparado todo como te dije, puta?”. “Si, amo”. “Bien, vamos a verlo”.

La arrastré hasta la cocina. Allí L. había preparado unos platos con algunas cosas para picar, y un bol grande con agua. Estaba todo perfectamente alineado, como le había pedido. Tomé un plato de crema y otro con queso y los puse en el suelo. También puse a su lado el bol con agua. “Agáchate zorra, de rodillas”, le ordené. L. se arrodilló justo al lado de los platos y le expliqué donde estaba cada uno.
“Y ahora zorra, come como la perra que eres, sólo con la boca, y sin quitarte la venda, zorra” L. se agachó hacia delante, y despacio fue comprobando con su boca la disposición de los platos. Metió su cara en la crema y comenzó a sorber. Al agacharse hacia delante, su culo quedaba completamente a mi vista, las bragas metidas entre sus nalgas, y veía una humedad brillante entre sus muslos.

L. intentó luego beber agua, pero al meter su cabeza, volcó el bol por el suelo. “Mira que eres tonta, zorra ¿es qué tendré que enseñarte todo?”.Y sin que lo esperase azoté sus nalgas con la palma de mi mano, varias veces. Sus nalgas se enrojecieron, pero L. no se quejaba, sólo gemía cada vez más fuerte, al ritmo de mis golpes. “Bueno, ya que has tirado todo al suelo, tendré que acabar de darte tu comida.” “Acércate zorra”.

L. se acercó a donde estaba sentado, gateando, y se puso delante de mi, de rodillas. “Dame tus manos”. La tome de sus manos y la coloqué exactamente en medio de mis piernas. “Bien, quiero que me abras el pantalón, y que te comas mi polla, zorra. Ya sabes cómo me gusta que lo hagas, ¿está claro?” “Si, amo, está claro”

L. abrió mi pantalón a tientas, me lo bajó junto a mis calzoncillos, y me agarró la polla con mucho cuidado. Sabía que si hacía algo incorrecto la azotaría, y como además llevaba el antifaz, debía poner un cuidado especial. Abrió su boca, y lentamente pasó su lengua por mi polla, muy poco a poco, humedeciéndola, saboreándola, intentando darme el máximo placer. Y luego comenzó a tragársela, lenta y profundamente, hasta donde la fue posible, y la dejó allí, en su boca, quieta, sin moverse, esperándome.

Tomé su cabeza con mis manos, agarré su pelo, y comencé a follármela por su boca, primero despacio, y luego cada vez más rápidamente mientras mi excitación aumentaba. L. se sentía follada, puta, zorra, y lo manifestaba intentando gemir, intentando agarrarse a mí, acercarse a mí, pegarse a mí.

Tremendamente excitado, me corrí en su boca, en su garganta, y en ese momento L. tuvo también un orgasmo intenso, mientras sentía como mi polla se metía en su boca y mi leche la inundaba. L. se encargó luego de limpiarme bien con su boca de zorra, de pasar muy despacio su lengua por mi polla, hasta dejarme completamente satisfecho.

“Bien zorra, al menos haces algo bien de vez en cuando.” “Vamos a tu cuarto, a ver qué encontramos”

El dormitorio de L. era amplio y cómodo. Tenía una cama grande, y delante una ventana que daba a la calle. La dejé en el centro de la estancia, y le dije que se quitase el antifaz, y que se desnudase. L. así lo hizo, dejándose puesto el collar y sus zapatos de tacón.

“Bien zorra, vamos a ver qué tienes entre tus cosas”. Y me acerqué al armario, abriéndolo de par en par. A L. le gustaba vestir bien y su ropa estaba perfectamente ordenada. Rebusqué un poco hasta hallar lo que buscaba: un par de cinturones finos. Me dirigí a la cómoda, donde supuse que estaba su ropa interior. Me entretuve en revolver un poco, tirando alguna por el suelo, hasta encontrar unos sujetadores muy finos, un par, que también cogí. Por último, fui a la mesa de noche, al lado de su cama, donde sabía que L. guardaba algunos consoladores.

“Bien zorra, ven aquí, túmbate en la cama”. L. se tumbó en su cama, boca arriba. Le acomodé unas almohadas, para que su cabeza y su cuerpo estuviesen ligeramente levantados. “Abre las piernas”. L. me obedeció, y yo metí mis dedos en su coño y estiré el cordel de las bolas, despacio. Fueron saliendo poco a poco, completamente mojadas. A L. se le escapaba algún gemido mientras lo hacía. “Cállate zorra”. “Si, amo”. Y seguí sacando las bolas despacio, tocando de vez en cuando el clítoris de L., que hacía esfuerzos por no gemir.

Me acerqué a donde estaba la ropa interior que L. se había quitado y cogí sus bragas, que olían a su coño de zorra. “Abre la boca”. Le metí sus bragas en la boca, para que pudiese saborear sus propios jugos. Y le acerqué uno de los consoladores.

Me alejé de la cama y coloqué una silla en el pie de la cama, frente a ella. Además, abrí las cortinas de la ventana, y volví a la silla y me senté, de espaldas a la ventana. De esta manera, se podía ver a L. perfectamente desde la calle.

“Bien zorra, ahora quiero que me demuestres lo puta que eres. Quiero que abras bien tus piernas, para que te vea quien quiera. Y que te masturbes con ese consolador. Que lo uses en tu coño, y que también te vayas metiendo algún dedo en el culo de vez en cuando. Pero muy despacio, puta, muy poco a poco. Enséñale a tu amo y a todo el que quiera verte lo puta que eres.”

L. comenzó a hacer lo que le había pedido. Me miraba fijamente, sus piernas bien abiertas, su coño brillante y mojado, su olor inundando el dormitorio. Respiraba agitadamente, y emitía una especie de gemidos, atenuados por sus bragas que hacían de mordaza. A veces quería ir más rápido, pero yo le ordenaba que fuese despacio de nuevo.

L. se tensaba, abría su coño, se metía el consolador, tocaba su culo, y me miraba, casi suplicante, deseando que la dejase continuar como quería, que la follase.

Cuando noté que estaba llegando al límite, que su orgasmo se acercaba, intenso, le ordené que parase. “No te toques, zorra”

L. me obedeció, respirando con mucha rapidez y mirándome con un extraordinario deseo. Me levanté y pasé mi mano por su coño, muy, muy despacio… Pude notar su humedad, su calor, sus ganas de correrse. Y de pronto comencé a azotar su coño con uno de sus cinturones que llevaba en la otra mano. Una vez, y otra vez. Este gesto desencadenó todo el placer que L. tenía acumulado, y llegó a un orgasmo largo, intenso. A pesar de la mordaza se oían sus gemidos de zorra.

A L. en ese momento ya no le importaba nada más. Sólo mantenía sus piernas abiertas, esperando recibir otro latigazo más, y otro más, y otro más. Porque con cada latigazo L. sentía una oleada inmensa de placer, un placer incontenible que salía a borbotones por su coño.

(Continuará…)

Autor: Amobcn

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L. (I)

Saqué mi polla y comencé a follarla por el coño. A través de la cortina podía ver la gente de la calle, y alguien que se paraba a mirar, aquella chica que, con cara desencajada de placer, estaba allí desnuda, mostrando sus pechos pegados a la ventana. Pero L. no veía nada, estaba con los ojos cerrados, disfrutando de mi polla, de la polla de su amo, que la estaba follando, cada vez más rápido.

Conocí a L. casi sin quererlo. Era una mañana gris y espesa, y entré al chat unos minutos. Vi su foto, claramente falsa, y piqué sobre su nombre, con indiferencia, casi mecánicamente. L. contestó enseguida, y comenzamos una breve charla. En unas pocas frases tuve la sensación de estar hablando con alguien que conocía desde hacía mucho tiempo, con quien me entendía perfectamente. Iba de frente y, como comprobé más tarde, era absolutamente sincera. No hubo punto intermedio, y enseguida pusimos las cartas sobre la mesa. L. buscaba lo que yo estaba dispuesto a dar, y ella me ofrecía lo que estaba buscando. Así que decidí probarla.

L. es lo que se diría una triunfadora, o al menos está en ese camino. Y por eso todos los que tiene alrededor la respetan y la temen. Todos menos yo. Y por eso elegí su cueva de triunfadora, su despacho, para probarla, para saber hasta donde era capaz de llegar. Me contó que iba vestida de manera elegante, con blusa y falda ajustada. Que le gustaba vestir bien, sentirse deseada. En la distancia no podía explotar por mi mismo el deseo, por lo que decidí que serían otros ojos los que lo hiciesen por mí esa vez.

Hice que se quitara las bragas y el sujetador, que abriese sus piernas y que se tocase para mí, hasta que su excitación aumentase. Quería que estuviese húmeda, que casi se puede oler su humedad, y que sus pezones estuviesen duros y excitados. L. me obedeció, como siempre a partir de este momento, y comenzó a tocarse, tanto que humedeció su falda. Imaginaba cómo sería su coño, y quería que mis dedos fuesen los suyos, esos los que estaban sintiendo su calor y su humedad, esos que la acariciaban.

Cuando estaba a punto de llegar al orgasmo hice que parara. Le ordené que llamase a alguien de su despacho, cualquier hombre al azar, de esos que la temían y respetaban, y que lo hiciese venir a su mesa. Tenía que estar con la blusa abierta, para que ese desconocido pudiese ver sus pechos al acercarse. Tendría que comportarse como una puta para mí, haciendo que él se acercarse a su lado, que pudiese ver, que pudiese oler. Y L. lo hizo, sin rechistar, sin pensárselo dos veces. Lo hizo y me lo contó. Lo hizo y le gustó. Más de lo que seguramente pensaba. Una puerta en ella se abrió, y yo entré por allí. Porque, como luego L. me confesó: “se folla con la cabeza y no con la polla”.

Nos citamos en un hotel céntrico, en una 5ª planta, en una habitación que daba a la calle. Era un edificio modernista de esos que abundan en Barcelona, que los turistas van mirando y fotografiando continuamente. L. llegó puntual, y yo ya estaba esperando dentro, sentado en una cómoda butaca, en penumbra. Le dije que se quedase en el centro de la habitación y que se fuese desnudando para mí, poco a poco. Primero su blusa, luego su falda. Llevaba puesto un erótico conjunto de bragas y sujetador que se había comprado especialmente para mí.

Le ordené que recogiese su pelo, de manera que su cuello quedase completamente libre, y que se quitase su collar, anillos y pendientes, pero que dejase sus tacones. “Toma”, le dije, y le tiré el collar de perra que había comprado para la ocasión. Era de cuero negro, con tachuelas brillantes, ancho. Al ponérselo resaltaba aún más su cuello esbelto y elegante, y el contraste con su piel.

“Ahora, abre la ventana, zorra”. L. se dirigió a la ventana, sin rechistar, y la abrió de par en par. “La cortina también”, le ordené. Ella descorrió la cortina, y el sol de la ciudad entró y acarició su cuerpo.
“Bien, acércate a la ventana, que se te vea de la calle”. L. se acercó, casi hasta rozar el cristal, y mostró su cuerpo al exterior. Observó como circulaba un río de gente. Cualquiera que pasase por la calle podría verla allí, de pie, casi desnuda. Pero para eso había que levantar la cabeza y fijarse un poco. Había que observar atentamente. Comprobó también que cada cierto tiempo algún turista hacía una foto del edificio. Y L. se excitó pensando que su imagen, semioculta y discreta, iba a estar viajando por cualquier lugar del mundo, que más adelante, cualquiera, en cualquier lugar, vería aquella mujer desnuda en la ventana, aquella puta obediente a las órdenes de su amo.

“Ahora, zorra, quítate las bragas y el sujetador”. L. me miró, un poco desconcertada, pero hizo lo que le ordenaba. Ahora sí, su cuerpo se mostraba totalmente desnudo. “Bien, vas a hacer lo siguiente: quiero que te inclines un poco, de manera que tu cara y tus pechos rocen el cristal. Abre tus piernas y haz tu culo para atrás, de manera que te vea bien, zorra. Eso es. Ahora tócate, muy despacio, quiero que estés mojada, mientras miras hacia la calle, a ver si alguien ve tu cara de puta.” “Y no quiero oírte gemir, zorra”

L. me obedeció, y comenzó a tocarse muy despacio. Podía ver su cuerpo estirado, abierto, sus pechos y su boca abierta por el placer, pegada al cristal. Movía su mano un poco más rápido cada vez y comenzó a respirar aceleradamente. Hacía esfuerzos por no gemir, y su olor a hembra, a puta, fue invadiendo la habitación. Me levanté y cerré las cortinas detrás de ella, dejando su culo detrás de la tela. De esta manera, desde la calle se podía ver su cuerpo, su cara y sus tetas. Pero no se me podía ver a mí, que estaba ahora detrás de ella. “Para”, le dije.

Toqué su coño húmedo, muy húmedo, con mis dedos, y llevé un poco de sus jugos hasta su culo. Estaba realmente excitada. Tomé un pequeño consolador anal que llevaba en mi mano y lo introduje en su culo, hasta casi el final. L. gritó un poco, porque no estaba preparada para esto. “Calla, zorra”, y le di un fuerte azote en sus nalgas por haberme desobedecido. “Si, amo”, contestó ella. “Qué calles, te he dicho”, y volví a azotarla con fuerza. L. aguantó los golpes en silencio. “Así me gusta, zorra”.

L. estaba como yo quería, excitada, humillada, expuesta. Era mi puta, mi zorra. Y me excitaba. Saqué mi polla y comencé a follarla por el coño, muy despacio. Empujaba su cuerpo, que se pegaba contra el cristal. A través de la cortina podía ver la gente de la calle, y alguien que se paraba a mirar, aquella chica que, con cara desencajada de placer, estaba allí desnuda, mostrando sus pechos pegados a la ventana. Pero L. no veía nada, estaba con los ojos cerrados, disfrutando de mi polla, de la polla de su amo, que la estaba follando, cada vez más rápido.

L. sólo quería que la siguiese follando, mostrarle al mundo lo puta que era y lo que la hacía disfrutar su amo. Y quería que su amo se corriese en ella, completamente, para complacerlo hasta el final. Yo la follaba cada vez más rápido, y comencé a azotar su culo, a follarla con fuerza, mientras me vaciaba completamente en el coño de mi puta, de mi zorra, de mi esclava. Mientras lo hacía, L. tuvo un orgasmo intenso, y no pudo reprimir sus gemidos, sus gritos. Ya no le importaba nada, sólo quería disfrutar, sólo quería sentir mi polla, y sentirse mi zorra, mi hembra.

Nos derrumbamos y caímos al suelo exhaustos, agotados por el placer. Empujé a L., y la aparté de mi lado. La dejé allí un rato, tumbada en el suelo, desnuda, recuperando el ritmo de su respiración.
Yo me levanté, me vestí y me fui. Sabiendo que L. siempre sería mía.

(Continuará…)

Autor: Amobcn

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