Amar Haciendo El Amor (III)

Aquí tenemos el final de una serie de relatos que comencé a publicar en febrero de este año. Aunque la segunda parte se publicó solo dos meses después de la primera, esta tercera parte ha demorado bastante. Aún así, espero que quienes hayan conocido las dos primeras partes y querían leer el desenlace sigan por aquí. Y para todos aquellos que no lo han leído y quieran saber de que va la historia, aquí les dejo el link para la primera y la segunda parte:

Amar Haciendo El Amor (I)
Amar Haciendo El Amor (II)

Amar haciendo el amor III

Froto mis ojos antes de acomodar mis brazos sobre el pupitre y mi cabeza sobre ellos. Me siento extrañamente cansado. He estado soñando con Víctor durante varios días, siempre en las mismas circunstancias. Siempre que sucede eso despierto muy cansado, como si realmente me hubiera pasado la noche entera teniendo sexo con Víctor.

-Te dije que estaría aquí -oigo decir a una voz conocida.

Volteo la mirada hacia la puerta de mi salón, y tal como lo sospeché al oír la voz se trata de mi amigo Miguel, acompañado de Samuel. Los dos entran al salón en el que me encuentro (en el cual solo hay además de mí unos cuantos compañeros más que decidieron quedarse en el salón después de que nos anunciaran que el profesor no se presentaría).

-¡Hola! ¿Cómo estás? -pregunta Miguel mientras se sienta de lado en la banca frente a mí y Samuel hace lo mismo en la que está al lado de la mía.

-Hola -le regreso el saludo, y luego, creyendo que no tiene sentido fingir añado-: Algo cansado, pero bien.

-¿Por qué cansado? -pregunta Samuel mientras se balancea sobre su banca.

-No he podido dormir bien -contesto.

-¿Tiene que ver con Víctor? -pregunta Miguel.

Volteo a ver a mi amigo totalmente confundido. ¿Por qué él piensa que tiene que ver algo con Víctor? No puede imaginarse lo que ha estado pasando cada noche en mis sueños, ¿o sí? Aquello es sencillamente impensable, inimaginable.

-¿Por qué tendría que ver con Víctor? -le pregunto mientras intento mantener una expresión neutral, aunque por dentro siento como el miedo me invade completamente.

-Porque no te has juntado con nosotros desde el día en que tú y Víctor se fueron a “platicar” -me contesta Samuel, con un leve énfasis en la voz que hace que me confunda aún más.

-Eso solo es coincidencia -les contesto mientras cierro los ojos por un momento para bostezar-. Solo es que he estado algo ocupado.

-¿Seguro? -inquiere Miguel.

Veo a mis dos amigos con atención. Sus expresiones me parecen extrañas. Estoy acostumbrado a verlos divertirse, a verlos reír con chistes o incluso a sus caras de excitación cuando cuentan sus aventuras. Nunca los había visto como en este momento: molestos, preocupados.

-Por supuesto que estoy seguro -respondo-. ¿Qué les sucede a ustedes?

Mis amigos se lanzan una mirada de complicidad antes de que Miguel me conteste.

-Israel, Víctor no tiene derecho a hacer lo que se le venga en gana -me dice Miguel con la rabia tiñendo su voz-. Si te hizo algo lo mejor es que nos lo digas ahora.

-¿Hacerme algo como qué? -pregunto yo. Aquello si me confunde totalmente. ¿Qué demonios piensan mis amigos que pudo haberme hecho Víctor?

-Israel, aunque no lo digamos ya la mayoría de nosotros sabemos que eres gay -comenta con mucho tiento Samuel.

-¿La mayoría de ustedes? -contesto mientras siento que los colores se me suben a la cara. Aquello no puede ser cierto. ¡Si eso es algo de lo que no estoy seguro siquiera yo!

-Bueno, no puedes esperar que por ejemplo Juan y Alfredo se den cuenta -contesta Miguel mientras pone los ojos en blanco-. Vamos, si ni siquiera se dan cuenta cuando le gustan a una chica. Uno tiene que ser el que se los ande diciendo.

-Dejémoslo en que Miguel y yo lo sabemos -agrega Samuel-. Creo que los demás si no lo saben por lo menos lo sospechan. Digo, tampoco se necesita ser un genio para darse cuenta que no te gustan las mujeres.

Bajo mi cabeza abochornado. ¡No es posible que los demás ya se hayan dado cuenta de aquello que a mí me ha tomado tanto tiempo aceptar!

-No tienes nada de que avergonzarte Israel -me dice Miguel mientras me toma del brazo-. Eres gay, ¿y qué? No por eso dejas de ser nuestro amigo.

Siento un terrible arrebato de agradecimiento hacia Miguel. A pesar de que no suelo charlar mucho cuando estoy con ellos, me doy cuenta que entre nosotros sí ha crecido un lazo que nos une.

-Sin embargo, el que seas gay no le da derecho a Víctor de hacer lo que se le venga en gana -añade mi amigo.

Aquello me vuelve a confundir. ¿De qué demonios está hablando Miguel? Volteo a verlo solo para ver su expresión de molestia y preocupación nuevamente. Miro a Samuel buscando alguna explicación, pero él solo me mira perspicazmente, como si estuviera esperando alguna reacción de mi parte.

-¿De qué hablan? ¿Qué creen que me hizo Víctor? -inquiero mientras miro uno al otro alternativamente.

-Víctor se las puede dar de muy machito -contesta Miguel-. Pero yo sé bien que ese wey se tira a cualquier cosa que se mueva y tenga un agujero para penetrarlo. Pero si cree que contigo puede hacerlo solo porque eres gay está muy equivocado.

-¡Santo cielo! ¿En qué están pensando? -grito debido a la sorpresa, al mismo tiempo que me pongo de pie. ¿Cómo es que Miguel sabe aquellas cosas sobre Víctor? Dudo que él se lo haya contado, ya que a mí me dijo que no quería decírselo a ningún otro de los chicos.

-¿Te ha hecho algo relacionado con eso Israel? -me pregunta Samuel mientras él y Miguel se ponen de pie también.

-Porque si es así ahorita voy y le parto toda su madre -expresa Miguel mientras golpea una de sus manos con la otra.

-No, no, no -niego-. De verdad Víctor y yo jamás… ¿Cómo se les ocurre?

-¿Entonces por qué quería estar solo contigo? -inquiere Samuel perspicazmente.

-Quería que habláramos -respondo-. Sobre la chava que le gusta. Creía que yo era el que mejor podía entender su situación.

Mis amigos parecen relajarse ante aquella respuesta.

-Bueno, entonces no es tan idiota como creíamos -comenta Samuel mientras asiente distraídamente.

-Sí, la verdad es que yo también te buscaría a ti si se tratara de hablar sobre enamoramientos -opina Miguel-. Sin embargo, eso no explica porque desde ese día has estado evadiendo reunirte con nosotros.

-Ya les dije que he estado ocupado -contesto con una sonrisa-. Pero intentaré dejar que mis deberes ya no me absorban tanto. No es bueno también que pase tanto tiempo solo y sin amigos.

-Eso espero wey -me dice Miguel mientras me da un ligero golpe en el hombro-. Bueno, de todas formas me alegra haber aclarado las cosas. Sobre todo teniendo en cuenta que mi impulso inicial había sido ir a golpear directamente a Víctor.

-Y si yo no le digo que mejor primero habláramos contigo sí lo hace -comenta Samuel para después reírse-. Bueno Israel, entonces te dejamos. Cuídate y nos andamos viendo.

Miguel se despide chocando su mano contra la mía, aunque Samuel me da un abrazo. Uno de esos abrazos raros donde más parece que chocas contra el otro que otra cosa, pero el gesto es lo que importa. Mis amigos se marchan, dejándome nuevamente solo. Una vez que se fueron me doy cuenta de algo tremendamente cómico y comienzo a carcajearme. Mis amigos estaban enfadados porque creían que Víctor había hecho algo que yo me moría porque hiciera, y que sin embargo no había hecho más que en mis sueños.

——❤——

El tiempo corre de una manera extraña para mí últimamente. Los días me parecen eternos, sobre todo debido al cansancio que me produce no dormir bien por las noches. Sin embargo, al pensarlo, me parece sorprendente que hayan pasado quince días desde que habíamos hablado Víctor y yo sobre su enamoramiento, pues esas dos semanas se me han pasado volando. Extrañamente mis días son más largos que mis semanas.

-Israel -oigo una voz frente a mí.

En ese momento me doy cuenta que Víctor se encuentra justo frente a mí. Iba distraído, pero al verlo de repente ahí sonriéndome, cuando voy saliendo del baño, no puedo evitar enfocar mi atención totalmente en él.

-Ah hola -le digo. Lo único que pienso es que ojalá no me esté poniendo rojo. Porque no me sorprendería después de apenas haber visto a Víctor los últimos quince días, a excepción de mis sueños, donde estaba en unas situaciones que… bueno, es mejor que Víctor no se entere de ello, creo.

-¿Dónde te has metido todos estos días? -pregunta de repente él mientras se borra su sonrisa y un gesto de preocupación aparece sobre su rostro.

¡Qué cosas! ¿Por qué me siento más nervioso ante la idea de que él se preocupa por mí? Aquello no puede ser bueno.

-He estado ocupado -le contesto, de la misma manera en que lo hice con Samuel y Miguel.

-Ah, vaya -dice él mientras frunce los labios-. Entonces, ¿no tiene nada que ver conmigo?

-¿Por qué tendría que ver contigo? -le pregunto confundido.

-Pensé que lo habrías notado y habrías decidido echarte a correr -dice él mientras comienza a mover un pie nerviosamente.

-¿Qué fue lo que noté? -inquiero mientras siento mi confusión crecer.

Él me mira un momento detenidamente, como si buscara algún indicio de que mi reacción es fingida. Sin embargo, no hay nada que fingir. ¿Qué demonios cree él que habría notado que me habría hecho evitarlo?

-¿Entonces no dedujiste quien es la persona que me gusta? -pregunta él.

-Pensé que no la conocíamos -le digo yo cada vez más confundido.

Víctor vuelve a quedárseme viéndome atentamente. Al final parece decidir que no finjo, porque su sonrisa vuelve a surgir espontáneamente, haciendo que mi corazón dé un brinco.

-Ah, olvídalo, estoy loco -dice él-. Oye, ¿crees que podamos charlar nuevamente un rato?

-Este… tengo pendiente una tarea de matemáticas -contesto, agarrándome a lo primero que se me ocurre-. No creo tener tiempo en la tarde.

-Oh, vaya… -dice él luciendo frustrado, aunque inmediatamente recupera su confianza-. Tengo una excelente idea. Yo también tengo tarea que hacer. ¿Por qué no vienes a mi casa o yo voy a la tuya después de clases y aprovechamos para hacer la tarea y charlar?

No encuentro una razón para negarme a aquello, así que antes de separarnos Víctor logra que le prometa que nos veremos a la salida para ir a mi casa a hacer la tarea. Una vez hecho eso, él entra al baño y yo me dirijo hacia mi siguiente clase. Mientras voy por el camino no dejo de darle vueltas en mi cabeza a lo que me ha dicho. ¿Por qué creía que yo me echaría a correr al saber quien le gusta a él?

Después de un rato, se me ocurre una explicación, y la verdad me aterroriza saberlo. Si es cierto lo que me dijeron Samuel y Miguel sobre que todos sospechaban que era gay, quizás Víctor ya sabía que a mí me gustaba él. Quizás por eso creyó que yo ya no querría nada con él. Aunque si él sabía que a mí me gustaba él y a él no le importaba, tal vez podríamos seguir siendo amigos.

——❤——

Me encuentro a la salida de la escuela con Víctor, y en cuanto nos juntamos comenzamos a caminar hacia mi casa. Durante el camino se me hace fácil olvidar cualquier cosa que me preocupe sobre si Víctor ya sabe que me gusta, ya que se porta muy bromista y me hace reír constantemente. Resulta que además de los chistes sobre sexo que suele contar cuando estamos en compañía de los demás también se sabe otros igual de divertidos pero sin esa clase de contenido. Es imposible seguir tenso cuando uno se divierte de aquella manera.

-¿No hay nadie? -pregunta él una vez que entramos a mi casa y nos recibe el silencio.

-No, mis padres trabajan y mis hermanas estudian por la tarde -le contesto yo.

-Tu casa es bastante agradable -comenta él mientras entramos a la sala.

-Gracias -le respondo yo con una sonrisa.

Dejamos nuestras mochilas sobre un sillón, sacamos los cuadernos que necesitamos y aunque yo propongo la mesa él dice que porque no mejor simplemente nos tumbamos sobre la alfombra. No encuentro ningún pero, si bien jamás lo he hecho. Me pongo con los problemas de matemáticas, aunque intento hacerlos despacio pues no quiero terminarlos rápidamente y que Víctor se de cuenta de que solo buscaba un pretexto cuando hablamos en la escuela.

Sin embargo, mi reticencia resulta innecesaria. Víctor resulta ser realmente malo en matemáticas, todo lo contrario de mí, por lo que paso mucho tiempo intentando explicarle como resolver los problemas que le dejaron de geometría analítica.

-No, así no se calcula eso -digo sin poder aguantarme la risa ante un intento de resolución de un problema por parte de Víctor bastante cómico.

-¿No? -pregunta él confundido. Incluso frunciendo el ceño me parece extremadamente lindo.

-Te lo explico de nuevo -le digo con calma mientras me acuesto justamente a su lado.

Hasta que no termino de explicarle el método que debe de seguir no me doy cuenta de lo cerca que me he colocado de él. Desde donde estoy puedo ver perfectamente su perfil mientras él se concentra en su cuaderno, donde nuevamente comienza a hacer cálculos. Siento como mi corazón comienza a acelerar mientras veo sus bellas facciones y siento el calor de su cuerpo a tan solo unos centímetros del mío. Nada me costaría acercar un poco más mi cuerpo al suyo, incluso podría hacerlo pasar por un movimiento casual y así podría estar junto a él como nunca antes he estado, a excepción de mis sueños.

-Por cierto, ¿qué ha pasado con la chava que te gusta? -pregunta él justo en ese momento.

Aquello hace que pierda el hilo de lo que estaba hablando, y que la cruel realidad se imponga frente a mí. ¿De qué me serviría acercarme a él si de todas formas él va a estar pensando en alguien más?

-Lo mismo que ha pasado y pasará -le digo yo-. Nada.

-¿No te has intentado acercar a ella? -pregunta él mientras voltea a verme.

Yo evito su mirada. No quiero hablar de ello, pero supongo que no tengo alternativa.

-Voy a renunciar -afirmo tajantemente-. Creo que desde el principio siempre supe que lo haría.

-¿Por qué? -inquiere él confundido.

-Porque es más importante para mí la felicidad de esa persona que el que esté conmigo -le contesto finalmente mirándolo a los ojos.

Esa es la simple verdad. Es mucho más importante para mí verlo a él feliz que el hecho de que esté conmigo, o peor aún, a arriesgarme a la posibilidad de que él me rechace y no quiera volver a saber de mí.

-Oye, cambiando de tema -dice él con la mirada clavada en su cuaderno. Es obvio que no le presta atención a los problemas, pues empieza a rayar una de las esquinas de su libreta con garabatos-. ¿Recuerdas que te hable que me había metido con chicos gay?

¡Madre mía! ¿Acaso Víctor estaba pensando en hacerme una propuesta? Pero si él sabe que yo soy gay, o cualquier cosa que sea por estar enamorado de un chico ¿por qué me había preguntado en femenino sobre la persona que me gusta?

-Sí -le contesto con algo de reticencia.

-¿Tú crees que dos hombres se pueden realmente amar? -inquiere él finalmente.

No le contesto de inmediato, lo cual hace que él hable más.

-Mucha gente suele condenar muy feo a los gays -cuenta-. He oído que muchos dicen que los gays solo buscan sexo, pero no creo que todos busquen solo eso, ¿o sí? Es decir, también entre los heterosexuales hay quienes solo buscan sexo, pero hay otros que buscan algo más. Incluso si uno es de los que en un principio solo busca sexo puede terminar enamorándose, ¿no? ¿Por qué debería ser sustancialmente diferente entre los gays?

No sé que contestarle. ¿Sospecha algo o solo es un tema casual? Quizás es una duda que tiene desde mucho tiempo atrás, pero solo conmigo ha encontrado alguien en quien confiar para sacar esos temas a colación y no recibir burlas e insultos.

-¿Tú qué piensas? -pregunta él nuevamente ante mi silencio.

-Es un chico -contesto sin mirarlo. Las palabras surgen de mis labios sin que las haya razonado.

-¿Es un chico? -repite él confundido.

Yo inhalo profundamente mientras mantengo la mirada en el muro que se encuentra frente a los dos. Si ya le confesé la primera parte no me cuesta nada explicarle.

-La persona de la que estoy enamorado es un chico -aclaro.

-¡Oh! -es lo único que le oigo decir.

Quiero voltear a verlo para saber su expresión, pero también tengo miedo. Tengo miedo de que esa revelación le lleve a concluir que el chico que me gusta es él, y que eso implique el fin de nuestra amistad.

-Entonces supongo que tú si crees que dos hombres se pueden amar -dice él casi murmurando.

Yo permanezco con la vista clavada en el muro de enfrente. Me siento incapacitado para mirarlo, el miedo no desaparece aunque su tono de voz no suena a que este molesto o decepcionado. Más bien parece esperanzado, si soy sincero. ¿Pero esperanzado en qué?

-Israel, si tú has decidido renunciar a ese chico, quizás… no sé… podrías… fijarte en mí -dice él. Comienza con una voz fuerte y segura, sin embargo, la última parte de su discurso es apenas un susurro. Eso hace que yo no pueda estar seguro de haber oído bien.

-¿Qué fue lo que dijiste? -inquiero volteándolo a ver finalmente, mientras mi corazón comienza a acelerarse.

-Me gustas mucho Israel -me dice él mientras su rostro se acerca lentamente al mío.

No puedo creer lo que estoy oyendo. Debo estar alucinando, puesto que aquello no es posible. Es sencillamente imposible que Víctor me esté diciendo que yo le gusto a él.

Sin embargo, de pronto sus labios me demuestran que no estoy teniendo alucinaciones auditivas, puesto que se estampan contra los míos y comienzan una suave danza acompasada. El sabor de sus labios es mejor de lo que había soñado. Sin separar nuestras labios nuestros cuerpos se mueven, hasta que quedo recostado boca arriba y él encima de mí, apenas recargando su peso lo suficiente para saber que está ahí pero sin volverlo incómodo.

Cuando nuestros labios se separan aún me parece difícil de creer. Su rostro se separa un poco del mío mientras me observa atentamente, al igual que lo hago yo. Intento convencerme que seguramente estoy soñando, pero no hay nada que me lo indique de esa manera. Estoy cien por ciento seguro que no puede tratarse de un sueño, aunque lo que esté sucediendo sea increíble.

-Estoy enamorado de ti Israel -dice él mientras me mira fijamente.

-Pero yo creí… -comienzo a decir, pero él me interrumpe.

-¿Qué se trataba de una chica? No. Siempre se ha tratado de ti Israel -dice él mientras deja que sus dedos acaricien mi pómulo y mi mejilla-. Sé que parece extraño, pero eres la primera persona por la que siento una atracción que no implica solo querer coger. Cuando te veo siento algo más, algo que me atraviesa el corazón y me hace desear tenerte a mi lado, poder abrazarte y protegerte.

Siento como mi corazón se infla al escuchar esas palabras, y es que oírlas mientras veo sus profundos ojos oscuros me hace darme cuenta que está siendo totalmente sincero. Jamás lo he visto ver a nadie con esa ternura y pasión en su mirada. Siento mis ojos aguarse mientras pienso en todo lo que ello implica para el presente y el futuro.

-Claro que si tú no sientes nada por mí… -dice él mientras empieza a incorporarse.

Pero antes de que pueda hacerlo lo detengo poniendo una de mis manos detrás de su nuca.

-Eres un tonto -le digo antes de levantar mi cabeza para poderlo besar.

Cuando termino de besarlo él parece confundido. Así que decido explicarle:

-Eres tú. El chico al que pensaba renunciar eres tú.

Al principio parece que él no me cree, pero lentamente su rostro da paso a una sonrisa como nunca he visto en su rostro. Es una sonrisa de éxtasis total.

-Supongo que eso significa que tú no tendrás razón para renunciar, y yo podré estar con la persona de la que me he enamorado -dice él mientras deja que su cuerpo se pose suavemente contra el mío.

Sus labios vuelven a pegarse a los míos, pero esta vez con más fuerza, más desesperación, como si el hecho de saber que es correspondido desde hace tiempo le diese un nuevo impulso. Mi boca se entreabre para poder atrapar su labio inferior, pero él usa ese instante para meter su lengua dentro de mí, la cual comienza a entrelazarse con la mía, reconociéndose por primera vez.

Nuestras lenguas no son lo único que se está reconociendo. De repente mis manos parecen poseídas de voluntad propia mientras recorren su rostro, acariciando cada una de sus facciones, sintiendo la textura de su piel, lo rasposo de su escasa barba que vuelve a salir.

En determinado momento él hace que nos demos la vuelta, esta vez quedando yo encima de él. En cuanto estamos así él empieza a meter sus manos por debajo de mi playera, acariciando mi espalda baja y mi cintura. Mi respiración se agita al pensar que estamos solos en mi casa por horas. Todo podría pasar.

No es solo emoción lo que recorre mi cuerpo, también siento miedo. Una cosa es soñar con algo y otra muy diferente hacerlo en la realidad.

-¿Qué pasa? -me pregunta él al ver la expresión de su rostro, aunque deja sus manos sobre mi cintura.

-Víctor, yo jamás lo he hecho -le contesto atropelladamente.

Él me mira con una sonrisa tierna.

-Bueno, para mí será la primera vez que lo haré con alguien de quien me he enamorado -contesta él-. Así que podemos decir que para ambos será la primera vez.

Suelta una ligera risa para después mover sus manos y atraerme más hacia él, hundiendo su rostro en mi hombro, inhalando con fuerza, lo cual me provoca escalofríos.

-Si no quieres no tenemos que hacerlo -me dice él sin dejar de abrazarme.

Pero quiero hacerlo. Tengo miedo, pero no puedo pensar en otra cosa que desee en el mundo más que estar con Víctor. Excepto quizás estar la vida entera a su lado. Sin embargo, eso es más bien cuestión de tiempo, mientras que tener relaciones sexuales con él sería algo en el presente.

Me equivoco. No sería tener relaciones sexuales con él. Estoy convencido que aquello implicará más que eso. Con él realmente se trataría de hacer el amor.

Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Alguien sin experiencia puede pensar en una manera de complacer a un hombre que ha tenido múltiples experiencias con otras personas? Las dudas me carcomen. Mi única referencia es el mundo de los sueños, y no parece una buena referencia desde una perspectiva racional.

Comienzo a acariciar el cabello de Víctor con una mano y con la otra su cuello. El contacto con su piel me produce chispas que parecen encender un fuego potente, y sé que él siente lo mismo cuando sus brazos se cierran con fuerza alrededor de mi tronco.

-Quiero hacerlo -le digo mientras mis labios chocan contra su cuello, comenzando a besar y succionar levemente.

No es momento para dudas. Hacer el amor no es un acto racional, es un acto intuitivo, emocional; y como tal he decidido que me dejaré guiar por mi instinto y mis emociones. Algo en mi interior me dice que no importa que Víctor haya tenido encuentros sexuales antes y yo no, puesto que independientemente de eso como él lo ha dicho aquella será la primera vez para ambos. La primera vez que haremos el amor.

Víctor vuelve a acariciarme debajo de mi playera, esta vez llegando más arriba, tocando mis costillas y deslizando sus dedos por sobre de ellas con suavidad. Mientras tanto yo beso su cuello y la línea de su mandíbula, subiendo lentamente hasta llegar a su oreja.

Después de un momento ambos nos incorporamos a medias, yo arrodillado, todavía sobre sus piernas en tanto él se sienta. Lentamente, casi con timidez, voy levantando la playera que él lleva ese día. Él levanta sus manos para permitirme quitársela por completo, dejando a la vista su torso. No es como esos de los anuncios donde siempre usan chicos con pectorales y abdominales increíbles, es simplemente un torso que se estrecha un poco en la cintura, cubierto por aquella piel morena que me vuelve loco, donde lo único que resalta son sus tetillas por ser más oscuras que el resto de su piel. Y sin embargo, a pesar de no ser un torso de comercial, me gusta más por el simple hecho de pertenecer al chico que se ganó mi corazón sin proponérselo.

Mis manos se escurren por aquella piel que tanto me gusta. Mis pulgares juegan con cada una de sus tetillas al mismo tiempo que él cierra los ojos. Una sonrisa beatífica aparece sobre sus labios. Sé que disfruta de eso. Así que me dejo llevar, y acercándome a él pegó mis labios sobre su pecho. Beso su tetilla primero con delicadeza, para luego comenzar a lengüetearla y finalmente morderla suavemente. Mientras estoy inclinado besando su pecho, siento como él comienza a jalar mi playera por mi espalda. Cuando llega lo suficientemente arriba me jalo hacia atrás mientras estiro mis brazos, permitiendo que él me la retire por completo.

Vuelvo a besar su cuello mientras él acaricia mi espalda y hunde su rostro en mi cabeza, entremezclando su cálido aliento entre mis cabellos. No sé que me gusta más, si el sabor de la piel de su pecho, la sensación que me da su aliento enredándose entre mis cabellos o sus manos que danzan sobre mi columna y mis costillas. Tal vez no se trate de que una de esas cosas me guste más que otras, quizás se trate de una única sensación: la sensación de compartir todo eso con el chico que amo.

Amor. Una palabra muy fuerte que sin embargo sé cierta mientras mis manos se deslizan por el abdomen de Víctor, mientras hundo mi rostro en su pecho inhalando su aroma y dejo que mi mejilla se deslice por él.

En poco tiempo ambos volvemos a estar recostados besándonos. Él sigue acariciando mi espalda, pero hay algo nuevo que antes no estaba, dos durezas a la altura de nuestra entrepierna que a pesar de la ropa que hay entre ellas no dejan de rozarse. Mis manos se mueven por sus costados desde sus hombros hasta sus piernas mientras no paro de mover mi cadera en círculos, mientras que él hace un movimiento más hacia arriba y hacia abajo.

-Israel -dice él con voz ahogada cuando nuestros labios se separan.

Sus manos se deslizan por debajo de mi pantalón y mi ropa interior para acariciarme el trasero. Me recorre un escalofrío, mezcla de placer y miedo. Sin embargo, me recuerdo que he decidido dejar el miedo atrás. Beso nuevamente su cuello mientras me las arreglo para meter una de mis manos entre nuestras caderas y poder acariciar su miembro sobre el pantalón. Dejo que mi mano envuelva aquel pedazo de carne y la tela que lo rodea, y comienzo un movimiento que va desde la base de su pene hasta la punta.

-Ya no aguanto -dice él mientras me empuja hacia arriba.

Ahora me toca ponerme en cuatro. Él se pone justamente encima de mí, restregándome su paquete contra mi culo. Comienza a besarme la espalda mientras sus dedos se afanan en desabrochar mi pantalón. No puedo evitar arquearme ante la sensación que me producen sus labios deslizándose por mi espalda. Cuando al fin desabrocha mi pantalón, mete sus manos por debajo hasta poder acariciar mi pene con una mano. Con la otra me doy cuenta que se está desabrochando su propio pantalón, puesto que roza ocasionalmente mi trasero.

Al final logra desabrochar su pantalón, y baja la prenda de ambos hasta las rodillas, para empezar a frotar su pene sobre mi culo con solo la tela de la ropa interior de por medio, mientras sus manos me toman por el pecho para acariciarme las tetillas y sus labios alcanzan mi oído para besar su lóbulo.

-¿Quieres que te lo meta? -susurra en mi oreja.

-Antes de eso quiero otra cosa -le respondo.

No sé bien como lo logro, pero consigo darme la vuelta debajo de él, de manera que quedo tendido de espaldas con su entrepierna sobre mi rostro. Él comprende de inmediato mi deseo de hacer un 69, puesto que deja caer su cuerpo sobre el mío, con su bulto pegado a mi rostro. Con mis labios yo recorro la forma de su miembro que resalta debajo de la ropa interior, mientras que él imita mi movimiento sobre mis genitales.

Subo mi mano rozando su abdomen hasta llegar al elástico de sus interiores, el cual jalo hacia abajo para dejar a su pene libre. Es una visión espléndida la que se presenta ante mí: su falo totalmente erecto, con aquellos testículos colgantes por debajo. Inmediatamente hago que mi lengua pase por todo su tronco, saboreándolo como si se tratara de un helado. Con diferencia el helado más tentador de mi vida, pues no solo me hace salivar, sino hasta me parece que mi propia verga cobra mayor dureza ante la idea de encontrarme finalmente frente a frente con el objeto de mis fantasías.

Víctor mientras tanto ha conseguido levantar una de las perneras de mi bóxer, dejando con libertad mis bolas, las cuales se dedica a lengüetear con delicadeza. Llega incluso a meterse mis testículos en su boca, masajeándolos suavemente con su lengua.

Comienzo a comerme su verga mientras mis manos se deslizan por arriba de él, rodeando sus nalgas. Bajo también sus calzones por la parte de atrás, para poder acariciar aquel traserito con total libertad, sintiendo el contacto de su suave piel directamente bajo las yemas de mis dedos. Aprieto sus posaderas disfrutándolas, pues estrujarlas me da un extraño placer. Cada vez me acerco más al valle que se encuentra entre ellas, y cuando llego dejo que mis dedos se deslicen por el fondo hasta que uno de ellos topa con un pequeño botón que se contrae involuntariamente. Hago que mis dedos estimulen con cuidado los bordes de aquel agujero cerrado mientras ya su pene ocupa por completo mi boca.

Con cuidado voy presionando cada vez con mayor fuerza la entrada de su recto mientras con la boca succiono y saco su miembro. Me trago su falo casi por completo para después sacarlo hasta solo tener la punta dentro de mi boca, la cual me dedico a estimular con la lengua rodeándola e intentando meter la punta por el agujero de su uretra.

Finalmente consigo que uno de mis dedos entre en su interior. Voy poco a poco, pero puedo sentir como él se tensa y deja de besar mis testículos.

-¿Te molesta? -le pregunto tras sacar su pene de mi boca.

-Continúa -dice él con voz desfallecida. Sin embargo, entiendo que ese tono es resultado de que realmente le gusta lo que le estoy haciendo.

Chupo uno de mis dedos para hacer más fácil la tarea de penetrarlo, tras lo cual comienzo nuevamente a chuparle el pene y a penetrar su ano. Él no vuelve a la tarea de besarme los testículos, pero no me importa, pues lo que verdaderamente me gusta es sentir su cuerpo que se tensa, su respiración acelerada y su rostro restregándose contra una de mis piernas mientras suelta gemidos de satisfacción, lo cual es síntoma de que le está gustando lo que estoy haciendo.

Logro tragarme su miembro hasta que mi nariz se hunde en los vellos que decoran sus bolas y mi barbilla choca con su pubis. Por detrás, mi dedo ya logra entrar sin ningún problema por lo que cuando saco su pene de mi boca aprovecho para tomar más saliva entre mis dedos y ahora intentar introducirle dos. Oigo su gemido claro y potente cuando empiezo a penetrarlo nuevamente, pero él no me pide que pare, y yo no tengo intenciones de hacerlo.

-Basta -dice él de repente separándose de mí.

Aquello me saca de onda, pero la visión de su rostro frente al mío cuando se coloca justo encima de mí hace que me olvide rápidamente del asunto, especialmente cuando sus caderas se asientan sobre las mías.

-Sé que hace ratito quería penetrarte -dice él a pocos centímetros de mi rostro-, pero ahora creo que si esto va a hacer la primera vez de ambos quiero que sea la primera vez completa.

-¿De qué hablas? -le pregunto, aunque dentro de mí algo lo intuye y hace que mi pene gane más dureza si es posible.

-El ano es el único lugar del que sigo siendo virgen -contesta él mientras se desliza hacia abajo para poder desprendernos a ambos de lo único de ropa que nos queda.

Después de eso se dirige hacia su mochila, de dónde saca un condón que traía consigo. Me quedo tendido de espaldas mientras él me pone el condón con cuidado para después colocarse él mismo de tal manera que pueda sentarse sobre mi verga. Es la misma posición que tuve en mi sueño hace quince días, y la idea me encanta. Él toma mi falo con su mano orientándolo justo hacia su ano, y comienza a sentarse. Me recuerdo a mí mismo que aquello debe ser difícil, así que me contengo de levantar mis caderas y meterle así con fuerza mi miembro en su interior.

Él va clavándose mi herramienta poco a poco mientras intenta respirar profundamente. Cuando lleva la mitad dentro retira su mano y continua su camino hacia abajo. Finalmente logra que su culo se asiente directamente sobre mis caderas, y con ello suelta un gemido de satisfacción.

Es genial la sensación de su culito apretado, cuyas paredes presionan a mi pene por todas direcciones. Lo tomo de la cintura, sencillamente sintiendo el placer que me da la sensación de saber que estamos completamente unidos.

Víctor comienza a moverse, primero solamente su cadera en leves círculos, pero poco a poco empieza a alzar sus caderas para comenzar un movimiento de mete y saca que me transporta al paraíso. Lo ayudo de dos maneras, moviendo mi cadera hacia arriba y hacia abajo y cargando algo de su peso con mis manos en su cadera cada vez que él se levanta.

Las penetraciones parecen volverse cada vez más profundas. Sé que es físicamente imposible que mi pene llegue más adentro que lo que logramos inicialmente, pero así me lo parece. Quizás sea solo el efecto que resulta de que cuando Víctor levanta las caderas prácticamente solo queda mi glande dentro de su recto, o quizás sea la fuerza con la que comienzan a chocar mi cadera contra su trasero mientras la velocidad del movimiento aumenta. En cualquier caso aquello me hace desear tener a Víctor más cerca de mí, y lo logro pasándole mis brazos por la espalda y atrayéndolo hacia mí, hasta que su rostro queda justo frente al mío.

-Te amo Israel -murmura él antes de estamparme un beso.

En esa posición Víctor ya no puede saltar hacia arriba, pero el movimiento de nuestras caderas mantiene el mete y saca sin dificultades.

-Yo también te amo -le digo mientras entierro mi rostro sobre su hombro y lo abrazo con más fuerza.

Siento como mi placer comienza a incrementarse cuando oigo a Víctor gemir con fuerza y siento como su recto aprieta con fuerza mi pene, como no lo había hecho hasta el momento. Su recto se contrae de una manera que me lleva a un éxtasis completo. Siento mi orgasmo mientras aprieto el cuerpo de Víctor contra el mío y le empujo mi miembro lo más dentro posible, como si fuera posible a pesar del condón que mi semilla se depositara en su interior y de esa manera le estuviera regalando lo mejor de mí.

Dura solo un momento, pero se trata del instante más sublime del mundo. Cuando el orgasmo pasa mi abrazo pierde fuerza, pero no necesito de fuerza para sentir el cuerpo de Víctor sobre el mío, puesto que Víctor permanece en esa posición mientras su respiración se normaliza poco a poco.

-Jamás me había venido sin penetrar a alguien o sin la ayuda de una mano -comenta él mientras besa mi cuello.

-Eres fantástico -le digo yo mientras acaricio con sutileza su espalda.

Nos quedamos un buen rato ahí, sobre la alfombra, uno sobre el otro, disfrutando del contacto de nuestros cuerpos desnudos, aunque quizás no como hace un momento. Después de todo, aún faltan un par de horas para que llegue alguien más a mi casa. Horas que puedo disfrutar en compañía del único chico que me gusta en el planeta.

-Israel -dice él de pronto mientras coloca su rostro sobre el mío.

-¿Qué sucede? -inquiero yo.

-¿Somos novios? -me pregunta él con algo de pena.

-¿Quieres ser tú mi novio? -le regreso la pregunta sonriendo.

-Me encantaría -contesta él antes de besarme nuevamente con una mezcla de ternura y pasión.

Me emociona pensar que finalmente conseguí que mis sueños se hicieran realidad, y que ahora podré despertar cada mañana sabiendo que no fue un sueño, sino que en algún lugar alguien más se despierta igualmente pensando en mí, esperando el momento de verme. Estoy convencido que algún día podría despertarme al lado de ese rostro que tanto me gusta cada mañana, sabiendo que tendríamos la vida completa por delante para amarnos.

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Sueño

Llevo bastante tiempo desaparecido de esta página, aunque aquí estamos de regreso, conmemorando otro 15 de octubre (días más, días menos dependiendo de cuando se publique este relato). Es una fecha que no podía dejar pasar. Y me gustó bastante el resultado de este año, siento que me he superado a mí mismo a comparación de otros relatos. Juzguen ustedes.

Sueño

“Tú mismo lo has dicho, una vez en un sueño”.

Apenas puedo creer que tus ojos estén posados sobre los míos, y que la distancia entre ellos sea de apenas unos centímetros. Siento a mi corazón acelerarse mientras contemplo tus ojos oscuros que me fascinan, al igual que el resto de las facciones de tu rostro. Intento descifrar que pasa por tu cabeza, pero tus rasgos se mantienen impasibles, con aquella expresión de neutralidad que me hace imposible deducir que pasa por tu cabeza.

Levantó una de mis manos con cuidado, esperando que tú hagas algún movimiento como alejarte de mí o detener mi mano. No obstante, sigues contemplándome mientras mi mano sube y finalmente se asienta sobre tu mejilla. Tu piel es suave y cálida. Dejo que mis dedos se deslicen hasta tu barbilla, donde te has dejado algo de barba, y mientras mis dedos acarician tus piel tú cierras los ojos e inhalas profundamente. ¿Significa que te está gustando? Mis dedos juegan con lo poco de barba que tienes, sintiendo la textura de aquellos vellos que sobresalen de tu barbilla. Finalmente, decido sostener tu barbilla con mi mano, y con algo de reticencia, casi esperando que tú me empujes hacia atrás, acerco mis labios a los tuyos. Cuando mi boca entra en contacto con la tuya la sensación es mejor de lo que de antemano podría haber imaginado. Siempre pensé que se trataría de una sensación agradable, pero no en el extremo en que lo está siendo. Es como si una explosión se suscitara exactamente donde mis labios hacen contacto con los tuyos, provocando un fuego que se encarga de expandirse por mi cuerpo y calentarlo.

El beso continúa, lento y pausado, sin ninguna prisa, porque nuestros labios quieren reconocerse por completo. Siento tus manos vacilantes que se asientan primero en mi cintura, para después poco a poco ir rodeándola. Me atraes con ternura hacia ti, y de esa manera nuestros labios ya no son lo único que entra en contacto.

Pero ¿dónde demonios se fue tu camisa y mi playera? Me es imposible recordar en que momento nos las quitamos, pero no pienso demasiado en ello porque ahora las explosiones no solo suceden en mi boca, sino en todo punto en el que nuestros cuerpos hacen contacto. Suelto tu barbilla para poder tomar tu nuca, mientras mi otra mano aprovecha para deslizarse por tu espalda. Tus brazos parecen adquirir cada vez mayor fuerza, pues tu abrazo gana vigor. A pesar de la presión extra, aquello me hace extrañamente feliz. Es incomparable la sensación de que no existe ningún espacio entre tú y yo, como si fuéramos uno solo mientras nuestros labios siguen besándose y nuestros brazos enredándose detrás del otro. Al mismo tiempo me parece sentir el latido de tu corazón contra mi pecho, y casi me parece sincronizado con el mío: latiendo a todo lo que da.

Cuando nuestros labios finalmente se separan el resto de nuestros cuerpos permanece unido. Pegó mi nariz contra la tuya y no puedo evitar mirarte con una sonrisa que asombrosamente tú correspondes. Casi nunca te veo sonreír, y pierdo momentáneamente el aliento. Tú vuelves a pegar tu boca a la mía, esta vez siendo un poco más atrevido. Tu lengua obliga a mis labios a entreabrirse, dejando que se cuele tu cálido aliento dentro de mí, lo cual parece regresarme a la vida. Tu lengua roza ligeramente mis dientes, y antes de que pueda seguir avanzando la mía sale a su encuentro y se enreda con ella. Asimismo entrelazó mis dedos en los cabellos que nacen de tu nuca, buscando de alguna manera atraer tu rostro más cerca del mío. Mientras tanto tus manos danzan por mi espalda, logrando con ello que algo que solo estaba semiduro en mi entrepierna se levanté completamente, presionando contra una de tus piernas. Mi mano que se encontraba en tu espalda se desliza más abajo, hacia aquel trasero que me vuelve loco, pequeño y bien formado. Lo jaló para tener tu entrepierna más cerca de mí, y es entonces cuando noto que no soy el único que ya se encuentra erecto.

Nuestros labios se separan, pero yo no quiero separarme de ti. Dejo que mis labios recorran tu barbilla, que se deslicen a tu cuello para luego volver a subir por la línea de tu mandíbula, hasta llegar a tu oído. Muerdo tu lóbulo mientras te escucho gemir levemente, al mismo tiempo que tus manos me jalan con mayor fuerza hacia ti por mis omóplatos. Mi lengua recorre las líneas que forman tu oreja, siguen el espiral que se encuentra ahí hasta que la punta puede introducirse por el hueco que se forma, el cual es una de las entradas al interior de tu cuerpo. Tus gemidos aumentan de nivel.

Finalmente me decido por dejar aquello. Me separó de ti, apenas lo suficiente para poder meter mis manos entre tú y yo y poder tomar la hebilla de tu cinturón. Nunca había visto un diseño así, y después de unos segundos en los que trato infructuosamente de desabrocharlo tú mismo te encargas de hacerlo con una sonrisa. El pantalón me resulta más fácil, y mientras meto mi mano para palpar la dureza de tu miembro tú desabrochas el mío, lo cual resulta más sencillo debido a que yo no uso cinturón, y menos uno con un broche extraño. Después me imitas y dejas que tus manos recorran la forma de mi pene sobre mi ropa interior. Tu mano se desliza de izquierda a derecha debido a la posición de mi falo, tus dedos danzan desde la base de mi pene hasta su glande y luego en sentido inverso.

Vuelvo a pegar mi boca a tu cuello, mis labios se escurren sobre tu piel para llegar a tu clavícula, la cual es recorrida por la punta de mi lengua antes de bajar hasta tu pecho. Dejo que mi lengua baile sobre tu tetilla, estimulándola suavemente, para después encerrarla con mis labios y succionarla ligeramente.

Mientras mi boca va bajando mis labios no dejan de entretenerse con el resto de tu piel. Mis dedos recorren tus costillas con la suavidad de un pianista, quien parece hacer danzar sus dedos solo levemente sobre las teclas, pero también con la fuerza suficiente para arrancar de aquellas teclas música. Y me parece lograrlo cuando escucho tu respiración acelerada, cuando tu rostro se pega sobre mi cabeza mientras tus manos me sostienen y tu respiración se mezcla con mis cabellos.

Luego mi boca baja más. Llega a tu abdomen, el cual aunque para muchos no sea perfecto para mí lo es. En ese momento dejo no solo que mi boca se entretenga con aquella piel, también froto mis mejillas y barbilla contra ella. Mi lengua se entretiene especialmente con tu ombligo, pero aún más con la línea de vellos que nace justamente debajo. Al mismo tiempo hago que mis manos deslicen tu pantalón hasta tus tobillos, lo cual no me cuesta trabajo en la posición que he adquirido. Inhalo el aroma que despiden tus vellos, y me parece el más maravilloso olor que he aspirado. Es una mezcla de sudor ligero con un aroma muy tuyo, que sé que no podría encontrar en ningún otro lugar.

Finalmente mi labio inferior topa con tu ropa interior. Una parte de mí desearía simplemente que mis manos jalaran tu ropa interior hacia abajo con rapidez, pero otra parte quiere disfrutar de aquello el mayor tiempo posible. Y dado que sé que tarde o temprano desaparecerá ese trozo de tela que ahora está frente a mí, decido tomarme las cosas con calma. Dejo que mis labios se muevan sobre la tela de tu ropa interior, atrapando entre mis labios el falo que se esconde debajo, mientras mis manos se mueven recorriendo las líneas de tu cadera y mis dedos rozan tus nalgas. Siento tu cuerpo arquearse. Seguramente por dentro te recorren los mismos escalofríos que siento yo, esos que recorren mi cuerpo a partir de donde tu cuerpo y el mío hacen contacto.

-Gerardo -mi nombre se escapa entre tus labios mientras te acuclillas, de manera que quedas justo frente a mí.

Con delicadeza me empujas hacia el suelo, de tal manera que quedo recostado boca arriba. Tu mano toma mi pantalón, y con un movimiento fluido lo llevas hacia abajo con todo y mi bóxer mientras yo levanto mi cadera para ayudarte. Tomo el elástico de tu ropa interior y tú mueves las piernas para que yo pueda liberarte de ella mientras te pones en cuatro justo encima de mí, con el detalle que tu rostro queda exactamente sobre mi entrepierna y tus genitales sobre el mío. No puedo creer la belleza que guarda tu pene y tus testículos colgantes. Estiro mi mano como si temiera que la visión se desvaneciera, pero finalmente mi tacto me indica que están ahí. Mis dedos apenas rozan los vellos que rodean tus bolas, para después deslizarse a lo largo de tu tronco, hasta llegar a tu glande.

Miro hacia abajo, y me topo con tu sonrisa y una mirada que me dedicas. Aparentemente te gusta ver como quedo embobado ante cada parte de tu cuerpo. Es que ¿quién no quedaría embobado ante la maravilla de tu cuerpo? ¿Quién podría negar la belleza que hay en esa piel morena, la sensación placentera que produce el roce de tu piel, la sensación de plenitud que provoca tus ojos? Estoy seguro que nadie, aunque quizás ningún ser humano podría sentir todo eso con la intensidad con que lo siento yo.

Pierdo de vista tu rostro mientras tu cuerpo desciende hacia el mío. Veo nuevamente hacia arriba y contemplo tu miembro acercándose a mí. Sin apenas ser consciente de ello sacó mi lengua, y justo en el momento en que mi tu pene hace contacto con mi lengua, lo mismo sucede al hablar de mi falo con la tuya. Ambas lenguas recorren a lo largo las vergas frente a las que se encuentran, recorren esos troncos de placer, produciendo una corriente cíclica de gozo que es imposible saber donde comienza; puesto que parece recorrer por completo nuestros cuerpos conectados.

Cierro los ojos para dejarme llevar. Mis manos rodean tus piernas, masajeándolas mientras mi boca llega a tus testículos y comienza a chuparlos suavemente, para luego lengüetearlos. Tu por tu parte te dedicas a besar la base de mi pene, y dar ocasionales lengüetazos hacia arriba. Siento que podría venirme en cualquier momento, y sin embargo hay algo dentro de mí que lo impide, un mecanismo que me indica que no es momento de ello todavía.

Mis manos se mueven con destreza hasta llegar a tus dos nalgas. Aquel trasero que siempre me ha enloquecido, y apenas puedo creer que por fin pueda tocarlo. Mientras mis labios suben dando pequeños besos a lo largo de todo tu pene acaricio tus posaderas pequeñas pero perfectas. O al menos así lo son para mí. Mis dedos danzan sobre tu piel, acercándose lentamente al punto donde tus asentaderas se dividen. Llego a ese valle que se forma donde termina tu columna, y mis dedos comienzan a recorrerlo hasta que encuentran un pequeño botón, un agujero que en esos momentos se encuentra cerrado. Para entonces mis labios han llegado a tu glande, y dejo que mi lengua se mueva sobre este con cuidado y delicadeza, y sin embargo también con algo de fuerza, puesto que quiero sentir la superficie que estoy recorriendo. Mi lengua retoza en el lugar como si se tratara de un helado o una paleta. Y ciertamente el sabor es magnífico como con esos postres. No es un sabor dulce, y lo único con lo que puedo compararlo es con tu aroma personal.

Tu miembro comienza a rezumar líqudo preseminal, lo cual le agrega un interesante condimento a tu glande. Con mi lengua tomo cada una de las gotas que salen de tu uretra y las embarro por toda la superficie, para después poder disfrutar de todo ello en su conjunto. Mientras tanto, tú abres tu boca para abrigar a mi amiguito dentro de ella. Introduces lentamente mi pene en tu boca, estimulando con tus labios cada milímetro de piel que entra y con tu lengua acariciando el glande que cada vez se acerca más a tu garganta.

Por otro lado, mis dedos se entretienen en la entrada de tu agujero anal. Ese hoyo que en un principio se contrajo cuando lo rocé, pero que mientras mis dedos continúan estimulándolo parece relajarse. De esa manera puedo comenzar a meter uno de mis dedos en tu interior, primero apenas unos cuantos milímetros, pero mientras más muevo mi dedo y rozo las paredes de tu recto más se va introduciendo dentro de ti.

Y al mismo tiempo que mi dedo se va introduciendo en aquel agujero, así dejo que tu falo se introduzca en mi cavidad oral. Primero solo hago que mis labios rodeen la cabeza de tu verga, pero posteriormente permito que mis dientes se entreabran y tu pene comience a pasar. Dejo que mis dientes rocen tu miembro, sin llegar a morderlo, simplemente una ligera presión que te permitiría saber lo que hay alrededor. Mi lengua danza alrededor de tu pene mientras este se desliza dentro de mí, lentamente pero sin detenerse. De hecho no lo hago hasta que mi barbilla choca contra tu pubis y mi nariz se entierra en los vellos de tus testículos. Me parece increíble no sentir náuseas, pero quizás se deba a que estoy probando el manjar más delicioso de mi vida, y es imposible sentir ascos ante algo tan delicioso.

El sexo oral continua por un rato más, pero no mucho. Sin decir nada pongo mis manos sobre tu cintura y parece que tú sabes lo que quiero, puesto que liberas mi pene de tu boca y te incorporas, sentándote justamente sobre mi rostro, aunque recargándote sobre todo en tus piernas que quedan en mis costados. Dejas tu culo a mi disposición, e inmediatamente con ayuda de mis manos separo tus nalgas hasta que tu pequeño agujero queda en la vía libre de mi boca. Pegó mis labios a esa zona, y dejó que se muevan alrededor de ella mientras mi lengua comienza a puntear intentando introducirse. Al principio es un esfuerzo vano, pero mientras aumento la presión tu esfínter comienza a ceder y permite el paso de mi lengua a los primeros centímetros de tu recto. Si tu pene me pareció delicioso esto es aún mejor. Sigue estando ese saborcito particular tuyo, pero en esa zona está más concentrado. Quizás porque implica una parte mucho más profunda de ti, porque realmente estoy entrando dentro tuyo y no saboreando solo la piel externa.

Por último llega el momento más esperado. Te levantas de sobre mí para que pueda incorporarme, y luego te guío delicadamente hasta que ahora eres tú quien se encuentra tendido de espaldas. Estiro mi mano hasta alcanzar mi inseparable condonera, de la cual extraigo un condón que coloco con cuidado sobre mi miembro viril. Veo en tus ojos un atisbo de preocupación, así que mientras me colocó entre tus piernas inclinó mi rostro hasta poder besarte. Así, mis labios presionan contra los tuyos y mi lengua penetra lentamente tu cavidad oral al mismo tiempo que con mi mano guío mi falo para colocarlo justo en la entrada de tu recto. Comienzo a empujar mientras recargo mi cuerpo sobre el tuyo. Algo complicado, pero vale la pena por sentir la electricidad que recorren nuestras pieles ahí donde hacen contacto. No dejo de besarte, y mientras mi pene se va hundiendo en ti tú muerdes mi labio inferior, no con demasiada fuerza, solo la suficiente para sentir tus dientes presionando mi carne.

Como ya va la mitad de mi pene dentro de ti puedo sacar la mano, lo cual facilita la adopción de la postura en la que nos encontramos mientras mi pene se sigue introduciendo en tu interior. Tú pasas tus manos por detrás de mi espalda, atrayéndome hacia ti, mientras que yo te tomo por los brazos para facilitar la tarea de impulsarme dentro de ti. Suelto tus labios durante un instante, y tu hundes tu rostro en mi hombro mientras mi verga termina de insertarse en tu culo.

Sueltas un suspiro prolongado mientras yo dejo mi pene dentro de ti, sin moverlo, percibiendo como las paredes de tu recto presionan al intruso que ahora se encuentra entre ellas. Sentir el aire que exhalas mientras se desliza por mi piel me provoca escalofríos de satisfacción. Muerdo levemente uno de los lóbulos de tu oreja mientras tu aprietas con más fuerza tus brazos alrededor de mí, como si no quisieras dejarme ir. Se trata realmente de un momento único e inigualable.

-Somos uno solo -dices mientras los dedos de una de tus manos danzan justamente sobre mi columna vertebral.

En eso tienes razón. Comienzo a sacar mi pene, para después volver a introducirlo profundamente en ti. Sueltas un suspiro ahogado al recibir nuevamente mi miembro en tu interior, mientras tus uñas se deslizan por mi espalda, sin la fuerza suficiente para dejar marcas pero con la bastante para hacerme estremecer. Vuelvo a sacar mi pene, y así comienzo con un delicioso mete y saca en el que puedo sentir con claridad la unión que hay entre tú y yo, en el que puedo notar como mi placer es el tuyo y el tuyo el mío.

Nuestras respiraciones se aceleran mientras los límites entre tú y yo se vuelven difusos. Ya no sé dónde empiezas tú y dónde empiezo yo, ni siquiera el alrededor, puesto que lo único que existe en ese momento es el placer, el placer que produce mi cuerpo contra el tuyo, el placer producto de sentir tu cuerpo vibrar contra el mío, el de sentir las contracciones de tu esfínter cuando ambos eyaculamos al unísono. Me es imposible discernir quien es el que gime mientras mi pene se entierra profundamente en tu interior, aunque quizás se trate porque somos los dos al mismo tiempo.

El clímax comienza a desvanecerse lentamente, mientras siento como la inconsciencia empieza a apoderarse de mí. Pero antes de que lo consiga siento nuevamente como me aprietas con fuerza entre tus brazos, mientras murmuras la palabra “gracias”.

-Gracias a ti -te contesto en un susurro en tu oído-. Por regalarme este momento que creí imposible.

Mis párpados me pesan. Me voy quedando dormido con tu cuerpo debajo del mío, aunque una parte de mí sabe que llevo todo el rato dormido. Solo se ha tratado de un sueño, pero por mucho el mejor sueño de mi existencia.

-o-

Bueno, y ese fue el relato dedicado para Marco. Y como nota aparte, quiero agradecerles a aquellos que han comentado mis otros relatos, aunque los comentarios no han aparecido en la página de marqueze los he podido leer en las visualizaciones y sepan que me hace feliz que les guste lo que escribo. Si algún día se publican los comentarios para que todos puedan verlos pueden estar seguros que les agradeceré personalmente ;)

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Diversión en el hospital

Bueno, aquí estoy nuevamente con un relato que espero sea publicado alrededor del 12 de mayo, Día Internacional de la Enfermería. Espero que si lo lee algún enfermero le guste la historia, y si no al menos que seamos conscientes de la labor tan importante que realizan.

Diversión en el hospital

Sus miradas se cruzaron. Joaquín acababa de entrar en ese hospital cuando conoció a Miguel. El joven sintió que algo en su interior se removía al ver la figura robusta y musculosa que se adivinaba incluso debajo del traje blanco del otro hombre. A sus treinta y tres años Miguel era la imagen clara de la virilidad. Además de su cuerpo bien formado cubierto de vello el enfermero tenía un rostro atractivo de fuerte mandíbula, labios carnosos, pómulos prominentes y ojos oscuros que lo hacían bastante popular entre sus compañeras enfermeras. Había habido rumores de amoríos con algunas de ellas, pero nadie en el hospital lo sabía a ciencia cierta.

Joaquín, a sus 18 años, era lo opuesto a Miguel. El joven acababa de graduarse como técnico en enfermería. Su rostro era algo aniñado, de facciones delicadas y grandes ojos castaños que le daban un aire de bastante inocencia. Con su nariz recta, sus labios delicados y su cuerpo delgado muchas mujeres lo consideraban atractivo, además de que sus cabellos de color castaño le sumaban puntos. Joaquín había tenido la novia obligada durante sus estudios, si bien nunca había sentido ganas de hacer con ella algo que fuera más allá de los besos y abrazos que solía darle. De hecho, jamás había sentido nada tan intenso como lo que sintió cuando Miguel le dio la mano.

-Un placer conocerte -dijo el hombre mientras mostraba una hilera de perfectos dientes blancos.

Joaquín siguió a su nueva jefa mientras esta le explicaba las tareas que debería realizar como enfermero, aunque el joven no le prestaba realmente atención. Se sentía acalorado y febril desde el momento en que Miguel le había dado la mano.

-¿Queda todo claro Joaquín? -le preguntó su jefa al terminar el recorrido por la zona de trabajo.

-Sí, por supuesto -contestó el joven.

Fue una suerte para Joaquín que al día siguiente lo pusieran a trabajar acompañado de otra enfermera que se encargó de instruirlo de verdad en las tareas que tenía que desempeñar.

-Ahora me doy cuenta que mi servicio social fue realmente una vasca -comentó Joaquín mientras se dedicaba a llenar una de las jeringas con el medicamento que tenía que aplicar al paciente de la cama 268.

-Así pasa a veces -le contestó su compañera, quien se dedicaba a leer la hoja de indicaciones médicas-. Aún así es bueno ver que sabes bien lo que haces.

El tiempo en el hospital transcurrió rápidamente en el hospital. Joaquín llevaba seis meses disfrutando su trabajo a lo grande. Era un enfermero dedicado que caía bien a sus pacientes y a los familiares de estos. Los únicos momentos de duda para el joven era cuando se cruzaba con Miguel por los pasillos y en la jefatura de enfermería. Sus turnos no siempre coincidían afortunadamente, pero cuando lo hacían Joaquín no podía evitar inquietarse y andar un tanto distraído todo el día. Miguel siempre le sonreía cada vez que se lo encontraba, y si bien el hombre hacía eso con casi todas las personas, aquello no impedía que el corazón de Joaquín se acelerase. El joven intentaba no pensar demasiado en eso. No es que tuviera prejuicios contra la homosexualidad (a lo largo de su carrera se había llevado bien con varios compañeros que eran gays declarados) pero su nula experiencia sexual lo hacían sentirse tremendamente inseguro en la nueva situación. No sabía qué le pasaba y tenía miedo de averiguarlo.

——♥——

Joaquín se encontraba sentado en la jefatura de enfermería intentando pensar qué podía hacer. Se había quedado a hacer guardia en el turno nocturno, y si bien no habían muchos compañeros tampoco había mucho trabajo. La principal razón de aquello era que Johana (su pareja aquella noche) había insistido en atender a la mayoría de los pacientes que les habían asignado ella sola. Joaquín ya había terminado con aquellos cuatro que Johana le había dejado a su cargo. Algunas de sus compañeras se habían reunido en las escaleras para poder charlar sin importunar a los pacientes, pero Joaquín no tenía ganas de unírseles. Sabía que Miguel se había quedado también aquella noche haciendo guardia, pero curiosamente no se lo había topado hasta el momento.

Totalmente aburrido, el joven enfermero decidió ir a dar una vuelta a los pacientes que supuestamente debía atender junto con Johana. Grande fue su sorpresa cuando uno de los familiares de sus pacientes se le acercó y le dijo que la enfermera aún no pasaba con el medicamento nocturno para su padre. El joven se puso a revisar a sus pacientes y se dio cuenta que la mitad de ellos aún no habían sido visitados por su compañera. Era como si se hubiera desvanecido a medio camino sin dejar rastro. Y por lo que le platicaban los familiares de los pacientes ya llevaba un buen rato desaparecida.

Joaquín pensó que solo había un lugar donde podía estar su compañera: el baño de enfermería ubicado al final del pasillo. De lo contrario, tendría que haber pasado frente a la jefatura de enfermería y Joaquín la habría visto.

La idea inicial del joven era sencillamente tocar la puerta y verificar si el baño estaba ocupado, pero como la puerta estaba emparejada y de dentro sonaban extraños sonidos a Joaquín se le hizo sencillo empujar con cuidado para poder asomarse dentro. El enfermero jamás se habría imaginado una escena como la que se encontró al trasponer el umbral. Lo primero que le resaltó fue un par de piernas extendidas hacia él, sin lugar a dudas unas piernas femeninas bien torneadas; pero eso no fue lo que atrapó la atención de Joaquín. Lo que de verdad llamó su atención fue el gran y peludo trasero que se movía rítmicamente hacia delante y hacia atrás justo por donde nacían aquellas piernas. Aquel trasero se encontraba debajo de una espalda ancha cubierta por la indumentaria de un enfermero, y sobre unas poderosas piernas totalmente cubiertas de vello.

Joaquín se quedó totalmente embobado observando el movimiento de vaivén de ese hermoso culo. No sabía porqué no podía quitarle la vista de encima. Es más, sentía el impulso, cada vez más poderoso, de acercarse a aquel trasero y probar si el tacto era tan genial como la visión.

-¡Joaquín! -gritó una voz femenina muy alarmada.

El joven dejó de contemplar solamente aquel trasero para ver el cuadro completo. Sobre el lavabo se encontraba recostada Johana en una postura parecida a la de las mujeres que van a dar a luz, con la falda arriba y la blusa dejando su pecho al descubierto, donde unas fuertes manos se encontraban apoyadas, unas manos que estaban conectadas a la fuerte espalda que podía ver Joaquín. El dueño de la espalda volteó a medias el rostro para ver el motivo de alarma de Johana sin detener el movimiento de vaivén de su trasero. Fue así que Joaquín se dio cuenta que aquel precioso trasero que había llamado su atención pertenecía a Miguel.

El hombre que estaba cogiendo a la mujer sonrió de una manera torcida al ver a su compañero y le preguntó:

-¿Qué? ¿Quieres probar?

El joven enfermero enrojeció violentamente y solo acertó a salir de ahí mientras cerraba la puerta. Volvió a la jefatura y no se movió de ahí en toda la noche.

——♥——

Joaquín se encontraba haciendo su ronda habitual cuando se cruzó con Johana. Su compañera le dedicó una mirada asesina que el joven desafió con firmeza. Estaba seguro que Johana lo miraba de esa forma por el regaño que habían recibido después de quedarse juntos en la guardia nocturna y no haber atendido a todos sus pacientes. Sin embargo, Joaquín no era el que había dejado a los pacientes que Johana había decidido dejarle para después encerrarse en el baño a coger con Miguel.

El joven enfermero sintió como se aceleraba su pulso y decidió dejar de pensar en eso. No le gustaba hacerlo porque cada vez que lo hacía se le venía a la cabeza la imagen del grandioso trasero de Miguel en el movimiento de vaivén que había contemplado. Joaquín no quería pensar excesivamente en eso porque se terminaba excitando. Inclusive la noche siguiente al incidente había tenido un sueño húmedo protagonizado por las nalgas de Miguel.

-¿Te anoto para mañana en la noche Joaquín? -le preguntó su superior cuando pasó por la jefatura.

-Solo si me aseguras que no me tocará trabajar con Johana -contestó el joven.

-Para tu buen fortuna no -le contestó la rolliza mujer-. Es tan orgullosa que me ha amenazado que nunca más volverá a quedarse de guardia. Pero cambiará de opinión cuando necesité dinero, ya verás.

——♥——

Cuando Joaquín llegó al hospital para cumplir su guardia nocturna se arrepintió de haberse comprometido a ello.

-Trabajarás con Miguel -le indicó la supervisora.

Joaquín volteó nerviosamente a ver a su compañero, quien se limitó a dedicarle un asentimiento con la cabeza.

Ambos enfermeros se pusieron a trabajar. Miguel propuso que se repartieran los pacientes asignados en lugar de visitar a todos los dos juntos. Joaquín no pensaba que aquello fuera una buena idea después de lo acontecido con Johana, pero tampoco quería estar excesivamente cerca de Miguel, así que aceptó de buen grado.

Después de atender a sus pacientes ambos se encontraron en la jefatura de enfermería para tomarse un café. O sus compañeros seguían con sus enfermos o se habían ya congregado como cada noche en las escaleras para charlar, por lo que los dos se encontraban a solas, Joaquín sentado sobre una silla y Miguel de pie recargado contra un mostrador.

El ambiente era demasiado tenso. Joaquín notó que Miguel no parecía poseer su buen humor habitual.

-¿Sucede algo? -le preguntó mientras observaba el semblante sombrío de su compañero.

-Solo que no me caes muy bien desde que me arruinaste la diversión de las noches de guardia -contestó el hombre ufanamente.

Joaquín miró confundido a su compañero. Era demasiado inocente para entender a primeras de que le hablaba Miguel.

-¡Johana! ¡Estoy hablando de Johana wey! -explicó Miguel al ver la expresión del otro-. La pinche puta se ofendió después de que te la ofrecí. Me dijo que no volvería a tocarla después de eso. Como si no fuera bien puta la culera. Si no hubiera sido yo segurito ella misma se te habría ofrecido una noche que yo no hubiera estado para complacerla.

Joaquín no supo que decir ante aquellas declaraciones. Lo único que atinó a salir de sus labios fue:

-¿Llevan mucho tiempo con eso?

-Desde hace un año cada vez que nos quedamos en guardia nocturna -contestó Miguel-. Si te digo que es bien puta, le encanta que le de en todos lados, al menos una vez por semana. Me la he cogido en el baño, en el comedor, en el elevador, aquí en la jefatura, en las oficinas de los médicos, en el séptico, en cuartos sin pacientes… Una vez incluso me la cogí en una cama vacía mientras que del otro lado de la cortina estaban un paciente y su familiar dormido.

El joven enfermero no dijo nada ni hizo ademán de interrumpir. Tenía la mirada perdida, pues en su mente solo podía visualizar el fabuloso trasero de Miguel moviéndose adelante y hacia atrás en todos esos lugares que su compañero enlistaba.

-¡Y ahora la muy puta se quiere hacer la muy digna! -continuó Miguel molesto-. La pendeja cree que no me he enterado que cuando yo no vengo se mete con el doctor Tijerina. ¿Te imaginas lo desesperada que debe estar esa vieja para meterse con el vejestorio ese?

-No, pues sí -comentó Joaquín. El doctor Tijerina además de viejo no era apuesto, y sin duda no tenía el culo que tenía Miguel.

-Ahora no sé con quien me voy a quitar las ganas -dijo Miguel-. El resto de nuestras compañeras son muy mojigatas o están bien pinches feas. Me temo que voy a tener que conformarme con la Manuela.

Mientras el enfermero hablaba había empezado a tocarse el pene sobre el pantalón blanco que tenía. Los roces y los recuerdos de Johana le habían hecho ganar una dureza que resaltaba con total claridad sobre el pantalón. Joaquín, sentado justamente frente a él, tenía una visión perfecta del espectáculo. El joven no dijo nada, simplemente se quedó con la boca abierta mirando como aquella mando grande y velluda acariciaba el miembro de su compañero, que incluso bajo la ropa se adivinaba grande y grueso. Joaquín solo sentía como todo su cuerpo se calentaba, con especial énfasis en su entrepierna mientras el movimiento de aquella manaza proseguía y se hacía más descarado, de manera que el pene resaltaba con toda claridad sobre el pantalón.

-¿Te gusta?

Joaquín tardó un momento en procesar aquellas palabras, y aún entonces no estaba seguro de haberlas oído. Tuvo que alzar la vista hacia el rostro de Miguel para darse cuenta que este había notado cómo miraba sus genitales. El joven enfermero sintió como los colores e le subían al rotro. No sabía qué decir sobre lo que estaba sucediendo. Simplemente agachó la mirada mientras internamente rogaba a la tierra que se lo tragase.

-Eh, no tienes porqué avergonzarte si te gustan los hombres -comentó Miguel.

-¡Yo no soy gay! -repuso inmediatamente Joaquín.

-Bueno, es una lástima. Yo que creía haber encontrado con quien divertirme en las noches de guardia -expresó Miguel.

Aquello hizo que Joaquín alzara nuevamente la vista para ver a su compañero, quien lo miraba fijamente con una sonrisa torcida y seguía masajeando su entrepierna.

-¿Acaso eres bisexual o qué? -se le salió a Joaquín.

-No, pero cuando se trata de calentura soy de los que creen en el dicho “hoyo aunque sea de pollo, rendija aunque sea de la lagartija y agujero aunque sea de caballero” -contestó el otro-. Después de todo, ¿cuál es la diferencia a que te la chupe una mujer o un hombre?

-Pero yo no soy gay -repitió el joven que sin embargo no despegaba la mirada de la entrepierna de Miguel.

-¿Estás seguro? -inquirió el mayor mientras caminaba hacia él-. ¿Alguna vez has probado alguna verga?

-No -contestó nerviosamente el joven.

-Pues quizás deberías probarla antes de cualquier cosa -opinó Miguel como quien no quiere la cosa mientras liberaba a su amiguito del interior de su ropa.

Joaquín volvió a quedarse con la boca abierta cuando aquel miembro quedó ante él. El pito de Miguel era grueso y debía medir no menos de dieciocho centímetros. Lucía inusualmente grande a pesar de estar cubierto por una buena capa de vellos en su base.

-Anda, pruébalo -le dijo Miguel mientras lo tomaba de la cabeza.

Joaquín solo atinó a negar ligeramente con la cabeza. No encontraba palabras ni mayor fuerza para negarse, ya que aunque no lo quisiera aceptar se moría por meterse aquel trozo de carne a la boca.

-Vamos, solo pruébala un momento -lo animó Miguel-. Si no te gusta ahí muere.

El enfermero mayor jaló con más fuerza la cabeza de Joaquín, venciendo la poca resistencia que presentaba el joven enfermero. Joaquín dejó que el monstruo que le colgaba entre las piernas a su compañero se introdujera en su interior. El pene de Miguel no entró completamente en aquella cavidad oral, pero sí lo suficiente como para que Joaquín sintiera su boca llena. No era un lleno desagradable, si no más bien todo lo contrario. El joven enfermero disfrutaba del sabor a macho (no hay otra manera de describirlo) que tenía la verga de Miguel, así como de la textura que era capaz de sentir con su lengua, la cual se enroscaba y deslizaba por el tronco y glande de aquel intruso.

-¡No te pases wey! -exclamó Miguel entre jadeos-. ¿Seguro que es tu primera vez? ¡Oh! ¡Lo haces mejor que una vieja!

Miguel tomó la cabeza de su compañero por ambos lados y comenzó a mover las caderas, dejando que su pene medio saliera y volviera a entrar en la boca de Joaquín. El joven enfermero sentía algo de náuseas cada vez que la polla de Miguel se introducía en su boca más de la cuenta, pero las aguantaba con gusto ya que en su mente solo podía imaginarse el trasero de Miguel moviéndose hacia adelante y hacia atrás mientras le follaba la boca.

Joaquín llevó sus manos por las piernas del otro para que su tacto corroborara la imagen mental que tenía. Incluso con el pantalón de por medio el joven enfermero podía sentir claramente aquellos glúteos grandes y macizos. El enfermero mayor le dejó agarrarle el trasero porque pensó que Joaquín quería tragarse su polla más adentro, y actúo en consonancia con eso. Miguel jamás había visto que su poderosa herramienta fuera engullida por completo por nadie, dejando sus labios deslizarse hasta la base de este. Estaba maravillado viendo como su verga se perdía totalmente en la boca de su compañero. Joaquín por su parte estaba disfrutando a lo grande todo aquello, ya que aunque tenía algo de náuseas cuando el glande de Miguel le rozaba la campanilla, había descubierto que el aroma entre los vellos púbicos del enfermero mayor le encantaba; y estaba dispuesto a sufrir un poco con tal de poder aspirar el embriagante aroma cada vez que hundía su nariz en el pubis de Miguel.

Los movimientos se hicieron más apresurados, y sin que Joaquín fuera muy consciente de lo que sucedía un líquido comenzó a llenar su boca mientras Miguel le clavaba el pito hasta el fondo de la garganta. Sintió como más de ese líquido se depositaba directamente en su garganta para emprender el viaje a su estómago sin que pudiera regurgitarlo. Claro que aunque hubiera podido tampoco lo habría hecho. Para él de repente aquel líquido tenía el sabor más exquisito que había probado en su vida, así que no dejó salir la verga de Miguel de su boca hasta dejarla literalmente seca.

-Yo sabía que te iba a encantar la verga al igual que la lechita -comentó Miguel mientras sacaba su miembro de la boca de Joaquín. Su pene se seguía viendo genial a pesar de ir perdiendo dureza-. ¿Vas a querer venirte tú o no?

El joven enfermero volteó la mirada hacia abajo. Su polla quizás no fuera tan grande como la de Miguel, pero resaltaba perfectamente sobre el pantalón de lo dura que estaba.

-Pero quisiera ver tu trasero -dijo Joaquín antes de siquiera haberlo pensado.

Aquello provocó la confusión en el hombre mayor. Jamás le habían pedido algo como aquello.

-Oye, ¿qué te pasa? Yo no soy gay.

-Por favor, solo quiero verlo -rogó Joaquín mientras se sobaba su pene sobre el pantalón-. Solo eso.

A Miguel aquello le parecía una petición extrañísima, pero no podía verle nada de malo si lo único que Joaquín quería era ver.

-Pero aquí no -dijo mientras se subía el cierre del pantalón tras haberse acomodado la verga.

Miguel encabezó la marcha hacia el baño de enfermería seguido de cerca por el joven enfermero. Joaquín no podía quitar la vista a aquel enorme trasero sabiendo que pronto lo vería directamente.

Uno de los familiares de sus pacientes los interceptó a medio camino para pedirles que checaran al enfermo, cosa que hicieron rápidamente para poder continuar hacia el baño.

Una vez dentro del baño y cuando Joaquín hubo cerrado la puerta con seguro (no quería que nadie llegara como él lo había hecho la quincena pasada) Miguel se comenzó a desabrochar el pantalón.

-Esto es lo más raro que alguna vez me han pedido -expresó el enfermero mayor.

Joaquín no dijo nada mientras él también se desabrochaba el pantalón para poder dejar libre a su amiguito, el cual medía catorce centímetros, era blanco y tenía forma de lanza con la base mucho más ancha que la cabeza. Tenía vellos, sí, pero ni por asomo tantos como Miguel. Incluso el enfermero mayor tenía más vellos en las nalgas que Joaquín en su zona púbica.

-¿Y se puede saber qué tiene mi trasero para que te quieras venir viéndolo? -preguntó Miguel mientras se daba la vuelta y se bajaba los bóxer claros que llevaba, dejando a la vista su grandioso trasero.

-Solo es que me fascina -se sinceró Joaquín.

-Quizás no seas tan puto entonces -comentó Miguel para después soltar una carcajada.

Joaquín no sabía a qué se refería su compañero, pero tampoco intentó averiguarlo. Se sentó sobre el retrete para tener una mejor vista del culo de su compañero mientras comenzaba a masturbarse. Dejó que sus delicados dedos recorrieran la longitud de su pene para después descapuchar el glande con cuidado y rozarlo cuidadosamente con las yemas de los dedos. Miguel observaba a través del espejo la forma embelesada en que su trasero era contemplado, y debía admitir para sí que la situación resultaba excitante.

El joven sentado sobre el retrete acercó su rostro al trasero que se encontraba frente a él sin dejar de masajear su falo. Quería observar todos los detalles de aquel culo que lo volvía loco, desde como lo vellos se entremezclaban cubriéndolo, hasta el lunar que se ocultaba entre esos mismos vellos en la nalga izquierda.

Ninguno de los dos supo como fue, pero de repente la nariz de Joaquín se deslizaba por aquel mar de pelos. El joven enfermero había sido seducido por el aroma que despedía la piel de su compañero tal como Ulises por el canto de las sirenas. Miguel había querido en primera instancia separarse de él, pero las caricias de Joaquín en sus nalgas se sentían excesivamente bien.

Joaquín deslizaba su nariz entre la alfombra de vellos inhalando profundamente. Notó que el aroma de su compañero se concentraba en la raja entre sus dos glúteos y sin pensarlo dejó de masturbarse para tomar a Miguel de las piernas y hundir su rostro entre esas dos excelentes nalgas. Miguel dio un respingo cuando la nariz de su compañero le rozó el ano, pero las manos de Joaquín mostraron una fuerza insospechada que lo retuvieron en el lugar hasta que se dio cuenta que era una de las mejores cosas que había experimentado en su vida. Una vez habiéndose percatado de eso él mismo se inclinó hacia delante para pemitirle a su compañero un acceso más sencillo a su pequeño agujero.

El joven enfermero se deleitaba profundamente olfateando los aromas de su compañero mayor, pero pronto eso no bastó. Instintivamente dejó que su lengua saliera y se deslizara por los bordes que señalaban la entrada al interior de Miguel, los cuales se contraían de manera involuntaria. Pero eso no importaba, a pesar de eso Joaquín luchaba porque su lengua entrara en aquel pequeño agujero mientras su compañero solo se dedicaba a gemir.

-No mames wey, ya hiciste que se me parara otra vez -dijo Miguel.

Joaquín dejó el beso negro que estaba dando para poder cerciorarse de lo que le decían. Su compañero se volteó y el joven pudo ver que efectivamente la polla de Miguel se encontraba nuevamente parada, si era posible con mayor dureza que antes. Joaquín hizo el ademán de volver a tragar aquel pedazo de carne, pero Miguel lo detuvo con una mano.

-Creo que es hora de que me prestes tú tu culito -dijo el mayor con una sonrisa torcida.

Joaquín sintió que se le hacía un nudo en la garganta al imaginarse aquel monstruo en su interior. A pesar de no tener experiencia en relaciones gay, su conocimiento del cuerpo humano lo llevó a la conclusión que aquello podría no ser placentero. Si los enemas y supositorios podían llegar a ser molestos, ¿qué debía esperar de un miembro de unos veinte centímetros de largo y unos cinco de ancho? Joaquín creía que solo podía ser dolor.

-¿Por qué pones esa cara? -preguntó Miguel-. Si te gustó chuparla segurito te encanta que te den por el culo.

-Yo no lo creo -contestó el otro asustado.

-Solo probemos igual que ahorita -le dijo Miguel-. Si no te gusta ahí muere.

Parecía que esa era una frase mágica para Joaquín. Si bien no estaba seguro de aquello se puso de pie mientras se bajaba el pantalón para después darse la vuelta mostrándole el trasero a su compañero. Miguel debía reconocer que aquel era un buen culo. No era grande, apenas resaltaba ligeramente, pero su pálido color y la firmeza de su piel lo hacían bastante apetecible.

-Qué bien que en el bolsillo traigo lubricante -comentó Joaquín mientras se agachaba a sacar un botecito del bolsillo de su pantalón.

Puso una cantidad abundante de lubricante en su mano para después embarrarla en la raja de Joaquín. El joven debía admitir que al menos aquello, sentir las manos fuertes y grandes de Miguel sobre su culo, era bastante placentero.

Miguel tuvo mucho cuidado preparando el culito virgen de su compañero. Tenía experiencia en relaciones anales, y lo menos que quería en ese momento era que Joaquín se arrepintiera. Esperaba poder seguírselo chingando durante un tiempo, a menos hasta que apareciera otra vieja buena que fuera tan puta como Johana. Metió con cuidado un dedo, llenando el interior de Joaquín también de lubricante. Mientras lo metía el joven enfermero sintió que tocaba el cielo, y fue aún mejor cuando entró el segundo dedo igualmente con cuidado. Los dedos de Miguel eran gruesos al igual que su miembro, y le producían esa sensación de lleno tan satisfactoria.

-Creo que ya estás listo -comentó Miguel mientras sacaba un condón de un bolsillo.

Se lo puso sobre su poderosa verga, echó más lubricante encima, agarró a Joaquín de la cintura y colocó su glande a la entrada del interior de Joaquín. Joaquín esperaba sentir dolor, pero después de lo bien que había sentido los dedos de su compañero estaba listo para soportarlo si de todas formas le producía aquella sensación de lleno. Para lo que no estaba preparado era para que el pene de Miguel se hundiera lentamente en su interior provocándole solo oleadas de placer. Parecía que la combinación de lubricante y dilatación previa había servido de maravilla. Además, no era Miguel el que forzaba la entrada de su pito dentro de Joaquín. Miguel simplemente se limitó a colocar su pene de tal manera que el recto del joven enfermero fue tragándoselo lentamente. Para él también fue sumamente grato sentir como los músculos del recto de su compañero se iban cerrando alrededor de su pene.

Fue una eternidad, y al mismo tiempo fue un segundo lo que tardó Joaquín en tener el culo lleno del pene de su compañero.

-Ya lo tienes todo adentro -dijo Miguel con satisfacción cuando las nalgas del joven se asentaron en sus caderas.

El enfermero mayor disfrutaba de la vista que tenía ante sí, así que no aceleró el proceso de mete y saca. Dejó que Joaquín se acostumbrara totalmente a tener su pene dentro antes de comenzar con eso.

Joaquín solo podía pensar en tener la polla del enfermero mayor más adentro. Eran tan placentero que quería sentir más, así que él mismo empezó a impulsarse adelante y atrás para lograr aumentar sus sensaciones. Miguel soltó una ligera risita antes de empezar a ayudarlo con aquello. Las caderas de ambos se movían al tiempo, separándose y luego volviéndose a juntar profundamente, cada vez más rápido.

-¡Ven para acá! -dijo Miguel mientras abrazaba por la cintura a Joaquín, jalándolo para sentarlo sobre él después de haberse sentado sobre el inodoro.

El joven enfermero empezó a saltar con fuerza ayudado por las fuertes manos de Miguel. La boca del enfermero mayor se deslizaba por su espalda aumentando todavía más el placer, como si fuera posible un mayor placer que tener el pene enorme de Miguel lijándole el recto y sus manos rodeando su cintura. Además desde donde estaba sentado podía ver a través del espejo del baño la forma tremendamente erótica que adoptaba su cuerpo al estar saltando sobre la verga de Miguel. No pudo aguantar la tentación de masturbarse a sí mismo con fuerza.

Y justo cuando Joaquín sentía que su clímax se acercaba, sintió como Miguel lo jalaba con fuerza para meterle su pene lo más posible dentro de las entrañas. Sintió las convulsiones que indicaban el orgasmo de Miguel, y poco después él mismo experimentó una sensación así. Sus chorros fueron tan potentes que los primeros los vio volar frente a él antes de ir a parar al suelo y a su mano.

-Es la primera vez que me hacen acabar dos veces seguidas de esta manera -le susurró Miguel al otro mientras le besaba el cuello-. Definitivamente me va a encantar disfrutar de ti cada noche de guardia.

Joaquín bajó su mano por sus testículos para después llegar a los de su compañero. Le gustaba esa promesa. Quería ordeñar aquellos huevos lo más seguidamente posible y gozar siempre como lo había hecho ese día.

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Amar Haciendo El Amor (I)

Bueno, antes de iniciar quiero aclarar que este es uno de los primeros relatos que escribí. Había estado guardado durante bastante tiempo esperando salir, y decidí que este mes del amor y la amistad era el momento perfecto para que ustedes lo conocieran. Es un relato extenso porque no es solo sexo, pero creo que vale la pena leerlo :)

Amar haciendo el amor I

¡Qué lindo! Nuevamente tengo que aguantar a todos mis amigos hablar de sexo. ¿Puedo llamarlos realmente mis amigos de este modo? Me siento mal. Aparentemente soy el único en el grupo que sigue siendo virgen.

Y ahí va nuevamente Juan. Ya me sé su discurso: hay que saber cómo conquistar a una mujer. No se necesita de una gran ciencia, unas cuantas palabras bonitas, uno que otro beso, y la vieja te deja meterle lo que quieras las veces que quieras. Y ni se quejan, porque eso es lo que más les gusta. Me pregunto si realmente sabrá de qué está hablando o solo lo dice por decir. Yo he oído cosas muy diferentes sobre una mujer. Según yo, para una mujer no es muy placentera la simple penetración. Pero bueno, ¿qué puede saber un simple mortal como yo que no tiene ninguna experiencia en el sexo? Y la verdad es que no estoy muy apresurado por tenerla, o al menos no como la cuentan mis amigos.

—¡Hola chicos! —saluda una voz harto conocida para mí.

¡Oh demonios! ¿Por qué el corazón empieza a palpitarme de esta manera? Afortunadamente ahora estoy recostado en el suelo bocabajo, no como en aquella ocasión en que me empezaron a temblar las piernas y… Pero ¿y si estoy rojo? Ojalá no se me suban los colores a la cara. Debo intentar mantener la expresión más neutral posible, algunos de mis amigos ya empezaron a notar mis reacciones. Afortunadamente, creo que la mayoría son algo lentos para captar lo que eso significa y creen que solo me comporto de esa manera por los temas que se tratan. Como yo nunca participo activamente… A lo mejor piensan que soy un mojigato. Claro que si prestaran más atención se darían cuenta que no me pongo así cuando hablan de sexo, sino cuando él está presente.

—¿Qué hay Víctor? —lo saluda un chavo con los cuales estoy.

—Nada en especial —contesta él, con ese tono de voz que me hace sentir en las nubes. ¿Es que acaso todo en él que me parece perfecto?—. Y ustedes, ¿qué haciendo?

—Hablando un poco sobre chicas —le contesta Juan, con una sonrisa pícara que dice claramente que la plática no es exactamente sobre chicas, sino sobre lo que se hace con ellas.

—¡Interesante! —exclama Víctor mientras toma asiento justo enfrente de mí. ¿Por qué en ese sitio? Ahora estoy seguro que me estoy poniendo rojo—. ¿Alguno se ha tirado a alguna recientemente?

—Miguel dice que se tiró a la Chabela, pero ninguno le creemos —contestó Saúl.

—¡Oh, con una chingadera! Pues no me crean entonces —exclamó molesto Miguel.

—¡Es demasiado mojigata! —exclama a modo de reclamo Alfredo—. ¡Lo es casi tanto como nuestro amigo Israel!

Hay una carcajada general por parte del grupo. Yo sonrío de manera un poco forzada, mientras clavo la mirada en sus manos. ¡Santo cielo! Desearía tomar una de ellas y sentir su textura, apretarla fuertemente…

La carcajada continúa, y en aquel momento me percató que él no se está riendo como los demás. Alzó la mirada a su rostro, y me doy cuenta que él parece estar viendo a la lejanía, aparentemente indiferente a las risas que existen a nuestro alrededor. Tiene los labios apretados, como si hubiera algo que le molestara.

Deseo que aquellos ojos me miren, y casi al momento mi deseo se cumple. Él baja la mirada, y sus ojos se cruzan con los míos. Yo retiró lo más rápido que puedo la mirada, pero su intenso mirar ha quedado ya grabado en mi mente. Aquellos ojos oscuros y rasgados sencillamente me fascinan. No podría concebir nada mejor que eso.

—¿Y tú qué? —le cuestiona Miguel—. ¿A cuántas te has tirado en el último mes?

—¿Sinceramente? A ninguna —contesta él.

No puedo evitar voltear a verlo mientras abro la boca. Y la verdad es que no soy el único que hace eso. Su tono de voz suena tan tranquilo que realmente parece que está diciendo la verdad.

—¡No mames wey! —le dicen—. ¿Tú sin tirarte a alguna? Eso sí que es todo un notición. Si desde que cumpliste los catorce no has dejado de tirarte vieja tras vieja.

—Bueno, es que cuando uno llega a los diecisiete… —comienza a decir usando un tono que aparenta ser muy maduro.

Todo mundo vuelve a reír, incluyéndolo a él en esta ocasión. Yo no puedo evitar sonreír al ver su risa. Verlo así me hace sentir… Bueno, no estoy seguro de poder nombrar el sentimiento, pero es algo que nace del corazón y lo hace sentir a uno absolutamente bien. Desearía poder verlo sonreír todos los días de mi vida.

Mientras estoy embobado de aquella manera él vuelve a mirarme. Mi mismo letargo me impide apartar la mirada rápidamente, y durante un instante me parece que me mira con una mayor intensidad de la habitual. No obstante, en menos de un segundo estoy nuevamente con la mirada clavada en el suelo.

—¿No será que finalmente te has clavado con una? —pregunta pícaramente Samuel.

—Puede ser —contesta él aparentemente de forma indiferente, pero después cambia su expresión por una sonrisa deslumbrante.

¡Maldición! Si en estos momentos no estoy más rojo que un jitomate será todo un logro.

—¡Oh, entonces es cierto! —exclama sorprendido Saúl—. ¡No mames wey! ¿Quién diría que alguna vez veríamos al gran Víctor enamorado?

Todos comienzan a hacer ruiditos para burlarse de Víctor, y hay algunos
que se ponen a tararear la marcha nupcial. Víctor parece ligeramente azorado, pero supongo que yo lo estoy más, porque por alguna extraña razón no para de mirarme mientras yo lo veo de reojo. ¿Es por qué yo soy el único que no le hace burla?

—¿Y quién es la afortunada? ¿Eh? —le pregunta Miguel.

Yo volteo a verlo, pero como sigue viéndome fijamente, opto por solo prestar atención con mi oído. Sin embargo, mi oído no me da mucha información.

—¡Vamos wey! —exclama Alfredo—. Dinos quién es.

—Lo siento, pero es un secreto —contesta Víctor, aparentemente sonriendo.

¿Por qué mi corazón que hasta hace un momento estaba palpitando como loco parece haberse desvanecido de repente?

—A ver, déjanos adivinar. ¿Mirna?

—No.

—¿Miriam?

—No

—¿Alicia?

—Tampoco.

—¿Adriana?

—Menos

—¿La Lupe?

A cada nombre es como si mi corazón recibiera una puñalada, aunque ciertamente las negativas de Víctor parecen suavizar la herida. No obstante, soy consciente de que aunque mis amigos no den con el nombre eso no significará que la chica que conquistó el corazón de Víctor no existe.

—No —contesta Víctor mientras finalmente retira la vista de mí—. Y la siguiente seguramente será no. Nunca lo adivinarán.

—¿Entonces no la conocemos? —pregunta Miguel.

Víctor parece quedarse pensativo un momento.

—No —dice finalmente, aunque de forma un tanto dubitativa—. No la conocen.

—¿Y cuando nos la piensas presentar? —inquiere Juan.

La expresión de Víctor cambia. De repente me doy cuenta que las puñaladas de mi corazón no eran nada comparadas con aquello. Era como si de repente me lo hubieran roto por completo. La expresión de Víctor demostraba tal angustia, que me sentí tentado a levantarme y a abrazarlo para darle alguna clase de consuelo. Obviamente reprimí ese impulso. No quería ni imaginarme como tomaría él ese gesto, ni lo que dirían los demás.

—La verdad es que dudo alguna vez poder presentárselas —confiesa finalmente Víctor mientras clava la mirada en el suelo.

—¡No mames wey! —le dice Miguel—. Si no hay chava que se te resista. Tú sabes cómo conquistarlas a la primera.

—Ésta es diferente —comenta él—. No es parecida a ninguna otra chica con la que haya estado.

—¡Todas son iguales! —exclama totalmente convencido Juan.

Él lo mira sonriendo, mientras yo lo observo a él. Su expresión me parece de anhelo. Es como si deseara que lo que dice Juan fuera verdad. Pero yo no puedo evitar preguntarme: si fuera como las demás, ¿realmente se fijaría en ella? ¿Acaso no fue eso lo que le atrajo de esa chica?

La plática no se prolonga mucho. Varios de los chicos tienen cosas que hacer, y yo por lo menos quiero irme a mi casa. Necesito pensar, y tal vez llorar. Supongo que desde el principio debí de haber sabido que su corazón sería atrapado por alguna chica. Un hombre no puede permanecer por siempre huyendo de las redes del amor.

—¡Oye Israel! ¿Tienes algo qué hacer? —me pregunta una vez que me he puesto de pie y varios de los demás chicos ya se han ido.

¡Demonios! ¿Por qué tienen que fallarme las piernas de este modo? Afortunadamente (o tal vez no tanto) él me sostiene para no caer.

—Órale Israel —me dice Miguel—. Ya no tomes tanto.

Él y Alfredo se ríen de aquello. Ya somos los únicos cuatro que quedamos en aquel lugar.

—Solo creo que se me durmió la pierna —contesto mientras me pongo en pie.

—¿Te molesta si te acompaño? —me pregunta Víctor—. Tengo ganas de hablar contigo.

—No, supongo que no —respondo sin atreverme a mirarlo a los ojos.

Nos despedimos de Miguel y Alfredo, y nos alejamos caminando juntos. ¡Juntos! ¡No puedo creerlo! Su brazo está a unos centímetros del mío, y varias fantasías en las que mi mano y la suya van unidas cruzan por mi cabeza. ¡Esto no puede estar pasando!

—¿Por qué niegas así con la cabeza? —me pregunta al parecer divertido.

—No, no es nada —le contesto azorado.

—¿Estás seguro? —me pregunta mientras siento su mirada clavada en mi perfil.

No puedo evitarlo. Ansío con todo mi corazón observar aquellos ojos oscuros. Necesito perderme aunque sea un momento en ellos. Así que volteo a verlo directamente. Como lo sospeché. Me pierdo totalmente en aquellos ojos. Soy consciente que debo contestarle algo, pero no recuerdo cuál fue su pregunta.

De repente un objeto surge en mi camino.

—¡AY! —grito mientras me pongo un mano sobre la frente intentando calmar el dolor.

—¿Te encuentras bien? —me pregunta Víctor, al parecer entre preocupado y divertido.

Yo no le respondo. El dolor es bastante fuerte. Maldito letrero de velocidad máxima. Deberían haberlo colocado más arriba. ¿Qué no saben que las personas altas necesitamos más espacio para caminar?

—A ver, déjame ver —me dice mientras toma mi mano para quitármela de la frente.

Con su contacto es como si una descarga eléctrica recorriera mi piel. Pierdo el aliento al ver su rostro que se acerca a mi frente. Él la examina atenta y cuidadosamente, mientras yo miro sus ojos y aquellos labios de ensueño que tiene. Nuevas fantasías cruzan mi mente. El momento parece extenderse eternamente, mientras él deja de examinar solo mi frente para ver mi rostro por completo. La descarga eléctrica que parece provenir de él sigue fluyendo por mi mano, ya que no la ha soltado.

—Esto es difícil —dice con el amago de una sonrisa en los labios.

—¿Qué? —le pregunto mirándolo fijamente a los ojos por primera vez.

—Es difícil saber si el golpe te causó algún daño —me contesta mientras su mirada parece penetrar a lo más profundo de mi ser—. Tu frente está roja, pero de hecho toda tu cara está roja.

Diavoli! ¿Cómo es posible? No aguanto seguir con la mirada frente a frente, así que la bajo. Claro, es obvio que esté totalmente rojo teniéndolo a él tan cerca de mí, con su mano sobre la mía.

¿Su mano sobre la mía? Me parece difícil de creer, pero así es. Él no ha soltado mi mano desde que me la quitó de la frente. Se me ocurre pensar que tal vez un beso estaría bien en el lugar del golpe.

—Otra vez estás negando con la cabeza —me dice él sonriendo.

—Solo pienso en tonterías —le respondo.

—¿Se puede saber en cuáles? —me pregunta.

—NO —le grito apenas ha terminado su pregunta. No le puedo contar todas las fantasías que pasan por mi cabeza al tenerlo tan cerca.

Su mano suelta a la mía. Creo que el grito lo asustó.

—¡Está bien! —me contesta mientras se soba la oreja con su mano—. Pero no tienes porque gritarme.

—Lo siento —me disculpo realmente apenado—. Pero es que…

No continuo con la frase. Obviamente no puedo explicarle nada.

El silencio se apodera de nosotros. No me parece bueno. Intento dirigir la conversación hacia algún lado.

—¿Sobre qué querías hablar? —inquiero.

—¿Quieres un helado? —me pregunta de repente.

—¿Quieres hablar de helados? —le pregunto confundido.

—No seas tonto —me dice mientras pone aquella sonrisa que me derrite más de lo que el sol puede derretir un helado—. Digo que vayamos por un helado para platicar mientras nos lo comemos.

—Bueno —le digo.

Caminamos hacia una heladería cercana, mientras las fantasías regresan a mi cabeza. No puedo dejar que esto continúe así. O mejor dicho: no debería. ¡Qué demonios! La fantasía es tan bella que será mejor dejarme llevar. Así que por un momento me dejo llevar, y puedo sentir su mano contra la mía. Tardo un momento en percatarme que no es una fantasía, y solo lo logro porque él está mirando alternativamente mi rostro y nuestras manos.

—Lo siento —le digo rápidamente mientras alejó mi mano de la suya. Apuesto que ahora estoy más rojo que después del golpe.

—No hay problema —me dice.

Su tono de voz me llama la atención. Parece abochornado. Volteó a verlo, y me parece ver que él también está rojo. Además, está apretando los labios, justo como cuando todos los demás se burlaban de mí. ¿Qué demonios significará ese gesto?

Llegamos a la heladería casi inmediatamente. Se me antoja un banana split, pero creo que sería malo pedir algo así cuando él es quien paga, así que me conformo con un cono sencillo.

—¿Estás seguro? —me pregunta—. ¿No quieres otra cosa? ¿Un tres marías, una copa imperial o un banana split?

¿Por qué tiene que hacerme esto? ¡Por supuesto que se me antoja un banana split! Pero no quiero aprovecharme. No soy esa clase de chico. El día que yo pague si lo pediré, pero hoy no.

—Así está bien —le respondo intentando poner mi mejor cara.

¡Demonios! No contaba con que él sonreiría al ver mi mejor cara. Nuestras miradas cruzadas mientras las sonrisas adornan nuestros rostros me hacen sentir extrañamente conectado con él. Claro que yo quisiera otro tipo de conexión.

Viene en estos momentos a mi memoria un sueño. No, no es un sueño, sino “El Sueño”, aquel que me hizo comprender que yo no quería lo que querían mis demás amigos. Aquel sueño fue el responsable del descubrimiento de mis preferencias sexuales.

——❤——

Fue exactamente hace un año. Acababa de conocer a Víctor. Desde el primer momento me había impresionado, aunque al principio no sabía de qué manera. Solo sabía que había algo en ese chico que no existía en los demás chicos con los que me juntaba. Creí que tal vez fuera su experiencia. Mis amigos habían tenido uno que otro escarceo sexual, pero Víctor llegó contando cada una de sus experiencias sexuales. Parecían infinitas. Incluso los demás se quedaron sorprendidos. Él era el absoluto ganador de cualquier competición que hubieran hecho. Sus números superaban con creces a la sumatoria de los de todos los demás. Él compartió su experiencia, y mis amigos pronto se hicieron unos conquistadores de primera. Probablemente a mí me hubiera pasado lo mismo si no hubiera sido por aquel sueño.

Llegué a casa pensando en Víctor, y me acosté pensando en él. Nos había contado la que él consideraba su mejor conquista con lujo de detalles. Había terminado excitado, aunque no sabía el porqué. Además, mis amigos habían estado igual, así que no le di mucha importancia a mis sentimientos. Pensé que era lo normal en un chico de mi edad, y que probablemente con las enseñanzas de Víctor podría alcanzar a mis amigos y no quedarme rezagado en el tema sexual como hasta ese momento me encontraba.

Me quedé dormido, y soñé con Víctor. Podía ver claramente cómo había llevado a cabo aquella conquista de la que nos había hablado. Pero ¡oh sorpresa! No se estaba ligado a ninguna chica, sino a mí. Yo era quien en mi sueño Víctor quería llevarse a la cama.

—¿No te han dicho que eres extremadamente bello? —dijo él mientras dejaba que sus dedos danzaran por mis pómulos y mejillas.

Me sentía extrañamente confundido. Quería que mi sueño cambiara de dirección, pero no lo lograba. Mientras él me acariciaba suavemente y yo notaba su pecho fuerte bajo las palmas de mis manos me di cuenta que estaba conociendo un nivel de excitación que jamás había experimentado, ni siquiera oyendo los relatos de mis amigos. Víctor solo necesitó estrecharme contra él, cruzar sus brazos tras mi espalda y besarme con pasión en los labios para provocarme una erección como nunca. Podía sentir la dureza de los penes de ambos que chocaban en el contacto de nuestras entrepiernas.

Estábamos en un parque cercano a su casa, tal como Víctor nos había platicado que había sido con su mejor conquista. Cuando me dijo que lo acompañara a su casa no pude negarme. No había nadie, pero aún así lo primero que hicimos fue dirigirnos hacia su habitación y encerrarnos en ella. En cuanto él hubo cerrado la puerta se lanzó una vez más a besarme, a profanar con su lengua mi boca que jamás había probado algo como aquello.

—Relájate chiquito —susurró él mientras su boca se movía hacia mi oído.

Con habilidad sus manos fueron desnudándome poco a poco. Yo no tuve que hacer nada, ya que él incluso se encargó de desvestirse a sí mismo. Desabrochó su camisa y pude sentir su pecho firme ahora directamente bajo mis manos mientras su boca se deslizaba por mi cuello, produciéndome sensaciones desconocidas hasta el momento. Víctor me tenía completamente bajo su merced gracias a sus manos que recorrían mi cintura mientras las mías se deslizaban por su pecho y abdomen definidos. Pero aparentemente a él no le bastó con aquello, porque tomó una de ellas mientras bajaba a besarme el pecho y morder mis tetillas para que tomara su pene erecto y lo acariciara. Sopesar con mis manos aquel pedazo de carne, con aquella dureza me hacía querer tenerlo cerca de mí.

Y lo tuve. Después de entretenerse un rato con mis tetillas Víctor se incorporó e hizo que me sentara sobre su cama, acercando su entrepierna a mi rostro, con aquel mástil apuntando directamente a mi boca. Dejé que su glande recorriera mis labios para que después los entreabriera. Yo abrí mi mandíbula para permitir el paso de aquel intruso cuidándome de no dañarlo con los dientes. Mi lengua jugó con él mientras iba pasando, primero acariciando su cabeza y después todo su tronco. Impulsivamente mis manos se alzaron para tomarlo de sus piernas, para sentir su textura y su firmeza. Mientras más se perdía su pene en mi boca más subían mis piernas, llegando a acariciar sus glúteos. Cuando él intentaba separarse de mí mis manos se aferraban a su trasero para obligarlo a dejar su polla en mi interior.

—Golosito —dijo él con satisfacción.

Estuvimos un buen rato así, hasta que él hizo que me separara de su pene con algo de fuerza y me recostó en la cama. Hizo que abriera las piernas y se acomodó entre ellas, acercando su boca a mi ano.
Ahí fue cuando noté que algo no iba exactamente como él lo había contado en su relato. Él había dicho que a la chica le había besado la vulva, aunque evidentemente conmigo no podía hacer aquello porque yo no tenía vulva que pudiera chupar. Y mientras su lengua lamía con suavidad mi pequeño agujero trasero recordé que nos había contado que había hecho con la chica a continuación. Mi respiración se aceleró ante la idea. Había oído hablar del sexo anal (Miguel nos había contado que su primera pareja le había pedido que la penetrara así para no perder su “virginidad”), pero no me había puesto a pensar que aquello podría hacerse entre dos hombres.

—¿Estás listo? —me preguntó él. Ya se había incorporado y tenía su pene enfundado apuntando al pequeño agujero que le daría acceso a mi interior.

—Con cuidado, por favor —fue lo que le dije.

—Solo relájate —me dijo él mientras empezaba a aplicar presión.
Fue molesto pero también delicioso. Su pene empezó a abrirse paso en mi interior con delicadeza y tiento, provocando algo parecido al ardor pero también bastante placer. El momento se extendió por un buen rato hasta que sus caderas chocaron contra mis nalgas.

—Se siente bien, ¿eh? —dijo él.

—Sí, creo que sí —le contesté mientras cruzaba mis piernas detrás de él, atrayéndolo lo más posible hacia mí.

Él comenzó a mover su cadera, sacando su pene y volviendo a introducirlo hasta llegar al fondo de mí. Mis gemidos empezaron a escaparse de mi boca sin poderlo evitar. El masaje de su pene contra las paredes de mi recto me produjo escalofríos de placer puro. Él se inclinó hacia mí, recostándose sobre mí hasta que su rostro estuvo contra el mío sin dejar de penetrarme con ritmo. Crucé mis brazos por detrás de él y él comenzó a acelerar el mete y saca. Intensificando mi placer y también el suyo, supongo, porque empezó a jadear con fuerza y sentí como si convulsionara ligeramente justo cuando sentí llegar al clímax. Podía prácticamente sentir su pene en mi interior, vaciando dentro de mí aquel fluido engendrador de vida.

—Te amo —me dijo él para después besarme.

Mientras mis labios correspondían su beso me di cuenta que aquello no tenía nada que ver con el relato que había oído en la tarde. Sí, había habido cambios por el hecho de que yo no tenía ni senos ni vulva que él pudiera usar, pero mi sueño los había seguido cambiando aquellos elementos por mis tetillas y mi trasero. Sin embargo, durante la tarde Víctor no había mencionado nada sobre haberle dicho a la chica que la amaba después de tirársela.

Y mientras mi cerebro procesaba aquellas palabras, mientras su pene seguía aún en mi interior, su cuerpo sobre el mío y mis brazos reconocían su espalda me di cuenta que en mi corazón había algo más que la sensación de placer proveniente del sexo. Porque no era aquella sensación de la que hablaban mis amigos, era algo más, algo que solo había conocido a través de las canciones y la literatura. Había algo en mi corazón que se despertaba como si se tratara de una flor acariciada por el viento. Cuando nuestros labios se separaron me di cuenta que solo cuatro palabras podían salir de mi boca:

—Yo también te amo.

Lo abracé con fuerza, sintiendo como si ambos fuéramos uno solo. Estábamos tan unidos, tan compenetrados, que quería que ese momento fuera eterno.

Cuando me desperté me di cuenta que mi calzón estaba totalmente mojado. Había tenido anteriormente sueños húmedos, lo sabía por los restos de semen que solían quedar en mi ropa interior, pero nunca con anterioridad había logrado recordar el sueño. Pero ahora aquel sueño estaba marcado a fuego en mi memoria, único y esplendoroso. Fue entonces que comprendí que no buscaría el sexo con mujeres, porque no me interesaba. Ni siquiera con hombres. Yo quería estar con Víctor, y no solo para sexo. Quería que sus labios me dijeran con sinceridad que me amaba.

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Engaño Confesado II

Y aquí va la continuación del relato que publiqué el año pasado ;) Engaño confesado I

Engaño confesado II

Sentí como mis ojos se humedecían ante el último pensamiento. Era solamente la verdad, Diego podía tener una mejor verga, podía tener un mejor cuerpo e incluso quizás era mucho mejor durante el sexo que Gerardo; pero eso jamás lograría llenar el espacio que Gerardo ocupaba en mi corazón. Gerardo me hacía sentir mejor solamente teniéndome contra su pecho, estrechándome entre sus brazos. No necesitaba estarme cogiendo para hacerme sentir bien.

Gerardo movió su cabeza, pude verlo de reojo, pero yo no hice mayor movimiento.

-¿Qué tienes? -preguntó preocupado.

¡Maldita fuera! Creí que desde ese ángulo no alcanzaría a ver mis lágrimas. Aunque quizás las que lo habían alertado eran las que se habían derramado sobre su pecho.

-Nada -contesté en un tono de voz que hizo de mi mentira algo muy evidente.

-No me digas que… ¡Demonios! ¿Te lastimé? Discúlpame. No debí de haberme dejado llevar por el momento. Debí de al menos haberme molestado a ir a buscar el lubricante.

¿Él creía que mis lágrimas se debían a que me había lastimado al penetrarme? ¿El chico más cuidadoso con el que había tenido sexo alguna vez se preocupaba de esa manera por mí? Aquello solo hizo que mis lágrimas se volvieran un caudal.

-Calla tonto -le dije mientras de mi pecho surgían sollozos-. Solo estás diciendo tonterías.

-¿Entonces por qué lloras? -me preguntó él mientras acariciaba suavemente mi cabello.

-Porque estoy perdiendo lo mejor que he tenido en mi vida -contesté entre mis sollozos.

Ya no me importaba retener las lágrimas. Dejé que estas se deslizaran por mi rostro hasta caer en su pecho. Él no dijo nada durante un buen rato.

-No entiendo -confesó finalmente-. Eres tú quien quiere cortarme. Yo jamás te pediría que me dejaras, especialmente si te sientes así.

Lo estreché más fuerte entre mis brazos, aunque no pude hacer que mis lágrimas se detuvieran. ¿Cómo explicarle lo que estaba sucediendo? ¿Cómo podía decirle que la razón de que lo estuviera cortando era yo y no él? Sonaría a cliché más usado que vagón del metro.

-Gerardo -me dijo él. Era realmente curioso que nos llamáramos de la misma manera, especialmente en situaciones como aquella-. Necesito una explicación.

Tomó mi barbilla con una de sus manos, obligándome a voltear a verlo.

-¿Por qué quieres cortarme si crees que soy lo mejor que has tenido en la vida? -inquirió él.

Negué levemente con la cabeza sin atrever a mirarlo a los ojos.

-¿No crees que me merezco saber al menos la razón por la cual me estás cortando? -me preguntó él.

Se merecía más que eso. Pero no tenía nada más para darle.

-Tú te mereces algo mejor que yo -le contesté.

-¿Cómo va a haber algo mejor que tú? -cuestionó él con un nudo en la garganta-. En toda mi vida jamás he encontrado a alguien que sea mejor que tú.

Comencé a negar inmediatamente con la cabeza ante aquellas palabras. Por supuesto que debía de haber encontrado a alguien mejor que yo.

-Gerardo, no tienes porque subestimarte -me dijo él.

-¡Yo no me estoy subestimando! -exclamé molesto-. Cuando digo que te mereces a alguien mejor que yo me refiero a que te mereces a alguien que no te ponga el cuerno a la menor oportunidad.

Finalmente lo vi directamente, solo para ver una expresión de sorpresa y dolor que cruzaba su rostro. No aguanté eso. Me separé de él y me senté en un espacio libre del sofá mientras hundía mi rostro entre mis manos. Había estado a punto de decirle que le había puesto el cuerno con su propio hermano, pero aquello no podía confesárselo. Jamás.

Él se quedó en su lugar quieto durante un buen rato, pero después sentí como se movía y se sentaba a mi lado.

-¿Acaso lo quieres más a él? -preguntó.

Aquella pregunta hizo que mis lágrimas se pararan de golpe. No me esperaba una pregunta como esa.

-Por supuesto que no -contesté mientras volteaba a verlo sintiéndome confundido.

-Entonces… ¿acaso es mejor que yo a la hora del sexo? -inquirió él, aparentemente también confundido.

-No, no. Tú lo superas por mucho -contesté yo. Porque aunque había sido placentero con Diego también había habido dolor y cierto sentimiento de sometimiento. Con Gerardo solo sentía placer y me sentía más bien amado.

-¿Entonces por qué estás haciendo esto? -me preguntó él.

-Ya te lo dije -le respondí mientras desviaba la mirada-. No te mereces a alguien que te haga algo como eso.

-No sé como lo veas tú, pero para mí no es tan malo -respondió él-. Entiendo que quizás tenías curiosidad por sentir que era estar con alguien más, pero no me provoca conflicto especialmente porque si estoy entendiendo bien, aquello se trató solo de sexo. Me preocuparía si tuvieras una relación más emocional con él, pero incluso si me dijeras que él es mejor que yo a la hora del sexo me sentiría conforme sabiendo que soy yo a quien tú amas.

No podía creer lo que estaba oyendo, pero no podía ver en sus ojos rastro de que estuviera mintiendo o algo así. Y por otro lado, ¿por qué me costaba tanto trabajo creer aquello? ¿No yo mismo le había dicho algo similar a Diego el día en que había tenido sexo con él? ¿No había sido un discurso bastante parecido lo que había hecho que Diego se animara a seducirme?

-Respóndeme esto con sinceridad Gerardo. ¿Soy yo el hombre al que más amas? -me preguntó él mientras tomaba nuevamente mi barbilla.

-Sí, por supuesto que sí. El único -le contesté yo mientras veía sus bellos ojos castaños.

-Pues mientras así sea no voy a permitir que me dejes -me prometió él con una esplendorosa sonrisa-. Solo hay dos formas en que puedes dejarme. Una, que dejes de amarme. La otra forma es si encuentras a alguien a quien ames más que a mí, ¿entendido? Incluso si encuentras alguien que sea mejor que yo en la cama no me puedes dejar mientras me ames más a mí que a él, ¿okey?

No sabía qué pensar de aquello. Era un acuerdo bastante extraño, ¿no? ¿Significaba aquello que me daba permiso de coger con cuanto hombre quisiera? Sin embargo, yo sabía que el único hombre con el que quería estar, tanto emocional como sexualmente, era él.

Mis ojos volvieron a humedecerse, pero esta vez era diferente. Lo abracé con fuerza y me hundí en su pecho mientras sentía una felicidad desbordante dentro de mí. Sentí su olor, aquel olor que quedaba justamente después de tener sexo, aquel olor suyo que me volvía loco. Sería mío, no tendría que despedirme de él jamás. Porque estaba convencido que nunca encontraría un chico más al que amar que a él.

Lo oí reírse mientras me estrechaba contra sí y me acariciaba la espalda. Creí que era una caricia un tanto inocente hasta que me di cuenta que su pene estaba recuperando dureza poco a poco.

-¿Se puede saber en qué estás pensando? -le pregunté mientras lo miraba fijamente con una sonrisa pícara.

-Bueno, me has tenido más de un mes con abstinencia -me dijo él-. Creo que aguantaría bastante bien un segundo round. Aunque si tú no quieres lo entenderé.

Por toda respuesta le planté un beso apasionado. Mi lengua entró en aquella boca que ahora sentía como mía mientras mis brazos se deleitaban con el cuerpo del hombre que tanto amaba. Era increíble la nueva percepción que me daba el haber renunciado a él y tenerlo nuevamente entre mis brazos sabiendo que no tendría porque hacerlo.

Él dejó que su boca se deslizara por mi barbilla y de ahí a mi cuello, mordiéndome suavemente mientras yo dejaba que una de mis manos recorriera una de sus piernas hasta llegar a su ingle. Justo a un lado ya se encontraba su amiguito totalmente despierto.

-Por cierto, te tenía una sorpresa -me dijo sin separar sus manos de mi cuello.

-¿En serio? ¿Cuál? -pregunté yo mientras tomaba su pene con mi mano, deleitándome con su tacto, disfrutando la sensación de recorrer totalmente su prepucio.

Mi novio me separó ligeramente de mí y se levantó, dejándome a mí sentado con las manos vacías.

-Si esta es la sorpresa no me gusta demasiado -le dije yo mientras lo veía de pie. Sin embargo, cuando acabé de decir eso me di cuenta que no era del todo cierto. Era una bonita imagen verlo de pie frente a mí totalmente desnudo y erecto. Aunque necesitaba un buen bronceado en las piernas aquello no hacía que se reduciera mi deseo por él.

-Esta no es la sorpresa -me dijo mientras me tomaba de la mano para jalarme.

Me dejé arrastrar por él, aunque no estaba seguro de si era su mano la que me atraía o en realidad se trataba de la atracción que me producía todo su cuerpo la que me llevó a seguirlo por su casa hasta llegar a su habitación.

No solo la sala había sido remodelada, si no que también lo había sido su habitación. Las paredes habían cambiado su tono de verde por un amarillo, lo cual me recordó sin poderlo evitar que yo le había comentado hacía tiempo que me gustaría tener mi cuarto pintado de amarillo. También había colgado una foto enmarcada de los dos. Recordaba esa foto. Habíamos cumplido un mes y habíamos ido a visitar Teotihuacán. Al fondo de la foto se veía la pirámide del Sol.

Sin embargo, lo que más me atrajo la atención fue que la cama individual que de antaño ocupaba el espacio había sido remplazada por una tamaño matrimonial. Me pregunté si aquello significaba que Gerardo quería más espacio a la hora de dormir o tenía otras implicaciones, especialmente sumándole lo de la pintura en la pared.

-¡Vaya, te conseguiste un espacio más amplio! -comenté mientras me sentaba en la cama.

-Pensé que nos merecíamos un poco más de movimiento -dijo él con una gran sonrisa.

Esperaba que él se dirigiera inmediatamente hacia mí, pero en lugar de eso fue hacia un cajón del escritorio para sacar una cajita envuelta en papel de regalo.

-Toma -me dijo él mientras se sentaba a mi lado-. He de decirte que originalmente este regalo iba a ser para celebrar cuando cumpliéramos seis meses de novios, pero bueno. Supongo que tampoco está tan mal como para celebrar los siete meses.

Miré la cajita con interés mientras intentaba desamarrar el moño que traía. ¿Qué había planeado regalarme mi novio para celebrar nuestros seis meses juntos, ahora siete?

Cuando abrí la caja me sentí ligeramente decepcionado. Solo se trataba de una botella de lubricante. Él normalmente se encargaba de tener uno siempre a mano. ¿Por qué tendría que regalármelo? ¿Era su manera de decirme que me tocaría a mí mismo prepararme?

-Lubricante -comenté en tono ambiguo.

¿Mi novio esperaba una especie de show? ¿La idea era que yo me pusiera el lubricante mientras él me veía? Sí, quizás fuera excitante; aunque debía de confesar que en lo personal prefería que él mismo me embarrara el lubricante. Pero bueno, sería egoísta de mi parte esperar que él hiciera todo siempre, ¿no?

-Pareces decepcionado -dijo él mientras me abrazaba y me jalaba para quedar los dos recostados en la cama.

-No es que sea algo que no hayamos probado antes, ¿verdad? -le dije. Ni siquiera se había conseguido un lubricante con sabor o de esos que producen otras sensaciones.

-Te equivocas. Definitivamente es algo que no hemos probado antes -me contradijo-. Solo que aún no te digo la mejor parte.

Mi imaginación no podía trabajar alguna posibilidad. ¿Acaso Gerardo pensaba en una nueva posición? ¡Mejor me hubiera regalado un kamasutra!

-¿No se te ocurre nada? -preguntó él.

-No -contesté.

Él me tomó de mi mano para dirigirla hacia su cuerpo.

-El lubricante es solo para que lo coloques aquí -dijo finalmente él mientras restregaba mi mano contra su trasero.

Aquello me sorprendió totalmente. Es decir, yo me consideraba inter, pero desde que Gerardo y yo andábamos solo la había hecho de pasivo. Pensaba que mi novio era activo, y la verdad me hacía sentir tan bien que nunca me había cuestionado que las cosas pudieran ser de otra manera.

-No me vas a decir que eres de los que solamente les gusta ser penetrados, ¿verdad? -cuestionó él, seguramente ante mi expresión de sorpresa.

-No, para nada -le respondí-. Sin embargo, después de seis meses había creído que tú eras solo de los que les gustaba penetrar.

Aquello originó una carcajada por parte de Gerardo. Yo me le quedé viendo de manera inquisitiva.

-De hecho, eso solo ha sucedido contigo -me confesó-. Antes de conocerte solo la hacía de pasivo. Pero aquel primer día contigo… no estoy seguro de como fue, solo supe que de repente tuve deseos de penetrarte, de hacerte mío, y tú pareciste disfrutarlo tanto.

-No solo “parecí” -le aclaré yo mientras dejaba que uno de mis dedos danzara sobre su pecho.

-Okey -aceptó él con una sonrisa-. Y tú lo disfrutaste tanto. Yo también, por supuesto. Y como fue pasando nuestra relación parecía algo natural, ¿no? Sin embargo, de repente no podía evitar preguntarme qué se sentiría que las cosas fueran al revés, quizás de vez en cuando, quizás una vez tú, otra vez yo. Y no sé, se me ocurrió la idea de que intentarlo sería una buena idea de celebrar nuestros seis meses, pero pasó lo de mi mamá y pues ya no se pudo.

-Bueno, tampoco es que sea tan mala idea a los siete meses, ¿no? -le dije yo intentando no pensar en lo que había sucedido el día que habíamos cumplido los seis meses-. Además, creo que también es un buen regalo después del mes de abstinencia.

-Eso espero, o de lo contrario nos encerraremos tú y yo en este cuarto durante toda la semana para compensar ese mes -dijo él en tono bromista, aunque no estaba seguro que se tratara solo de una broma.

Mis labios sellaron los suyos apasionadamente. Nuestros cuerpos se acercaron, mis manos rodearon su cuerpo y empecé a masajear su trasero. Debía aceptar que el trasero de mi novio era bueno, carnosito y resaltaba, quizás no mucho pero si algo. Físicamente era una de las cosas en que superaba a Diego, ya que Diego realmente no se podía decir que tuviera trasero. Dejé que mis manos estrujaran aquellas masas de carne y que mis dedos se perdieran por la raja que tenían en medio hasta dar con su pequeño agujerito. Nunca había estado cerca de aquel punto, a excepción de una ocasión en que haciendo un 69 me había estirado para hacer algo de rimming. Sin embargo, en aquella ocasión no había pasado de aquello, y ahora sabía que sí lo haría.

Hice que mi novio se tumbara bocabajo y me subí sobre él. Dejé que mi polla erecta se colocara justo detrás de sus glúteos mientras mi boca se deslizaba por su cuello. El juego apenas iba iniciando. Mis labios se deslizaron por cada centímetro de su cuello, dejé que el aroma de su nuca me embriagara, mordí suavemente uno de los lóbulos de sus orejas, me atreví incluso a dejar que me lengua se moviera por la línea donde terminaba su cabello…

Mientras tanto también mis manos no podían quedarse quietas. Recorrieron el contorno de los hombros de mi novio, de sus fuertes brazos, por sus antebrazos; entrelacé una de mis manos con una de las suyas mientras la otra delineaba la zona de piel que quedaba libre de su espalda. Podía sentir como Gerardo se estremecía debajo de mí y sus ligeros suspiros de satisfacción.

Mi boca se fue moviendo hacia abajo, mi lengua se deslizó lentamente por su columna vertebral mientras mis manos la acompañaban en los dos lados de su espalda. No me detuve ante nada, ni siquiera cuando la textura de mis manos cambió por algo más suave y mi lengua se hundió entre los dos montículos que se encontraban detrás de su anatomía. Solo me paré cuando mi lengua dio con aquel hoyo que marcaba la entrada (o salida, dependiendo de como se viera) del interior de su cuerpo. Lengüeteé con placer aquella zona, aquel agujero apretadito que parecía imposible de abrirse, mientras mis manos se deleitaban con sus dos nalgas.

Su ano se había contraído ante el primer contacto de mi lengua, pero poco a poco se iba relajando. Dejé que mi lengua siguiera bajando mientras ahora mis dedos dejaban sus glúteos para dirigirse hacia el hoyito que me volvía loco. Mi lengua se deslizó por su perineo hasta llegar a sus testículos.

-Ponte bocarriba -le pedí mientras me separaba ligeramente de él y tomaba la botella de lubricante.

A mi novio pareció sacarle de onda mi petición, pero no dijo nada. Con una mano hice que levantara las piernas, y con la otra llena de lubricante me dediqué a untárselo alrededor del ano.

-Copión -dijo él con una ligera risa cuando vio que dirigía mi rostro hacia sus genitales.

-Solo un poco -le contesté antes de que mi boca se apoderara de su pene.

Y así, comencé a hacerle sexo oral a mi novio mientras mis dedos se dedicaban a estimular y preparar su ano. Disfruté del sabor de su pene (el cual tenía un ligero sabor a semen debido a la eyaculación anterior y al líquido preeyaculatorio) al mismo tiempo que de la sensación que me daba su ano abriéndose lentamente para albergar uno de mis dedos. Intenté ser lo más cuidadoso que pude, intentando forzar lo menos posible su esfínter.

Su pene se introdujo totalmente en mi boca al igual que mi dedo en su interior. Sentía prácticamente las palpitaciones de su pene al igual que las de su recto mientras dejaba que mi lengua recorriera las superficies de su miembro y mi dedo las de su interior.

-Oh Gerardo -exclamó él con placer.

Introduje un segundo dedo en su interior mientras dejé que mis labios y lengua se deleitaran con toda la superficie de su pene y sus testículos. Usé más lubricante para un tercer dedo, mientras que él sostenía sus piernas con ayuda de sus manos.

-En esto no te copiaré -le dije mientras me ponía de pie-. Mantén tus piernas así.

Sabía ya donde estaban los condones. Tomé uno, lo abrí con mis dedos y lo coloqué sobre mi pene mientras mi novio me miraba con algo de expectación.

Al regresar acomodé sus piernas sobre mis hombros y después coloqué más lubricante sobre mi pene enfundado. Coloqué mi glande en la entrada de su recto y comencé a ejercer presión. No necesité mucha, y así comencé a penetrarlo lentamente mientras no me perdía detalle de la expresión de su rostro. Me detuve cuando torció el gesto y vi que sus puños se cerraban agarrando la colcha de la cama.

-No te detengas -me pidió él a media voz. Fue cuando me di cuenta que su expresión no era de dolor, ni mucho menos. Era de puro placer.

Asi que continué introduciendo mi pene dentro de él hasta que mis caderas chocaron contra su trasero. Era increíble lo bien que se estaba ahí dentro. La presión de las paredes de su recto contra mi pene resultaba sumamente placentera.

Comencé a bombear, primero suavemente, después rápidamente, luego reduje un poco la velocidad y volvía aumentar. Nunca había hecho un juego como aquel, pero es que me di cuenta que dependiendo de la velocidad eran diferentes sensaciones, pero sin embargo todas muy placenteras. Además, seguramente eso nos daría más tiempo para disfrutar que si solo acelerara hasta venirme dentro de él.

Mi novio también lo disfrutaba, bastaba ver la expresión de su rostro para saberlo. Tomé su pene entre mis manos mientras él me acariciaba el pecho. Masturbarlo me producía una sensación bastante curiosa. Me imaginé que su pene era una extensión del mío propio, como si realmente fuéramos uno solo y entonces su pene fuera otra parte de mí.

-¡Oh Gerardo! -volvió a exclamar él mientras sus piernas se deslizaban para entrelazarse detrás de mí.

-Te amo -le dije yo mientras me inclinaba hacia él.

Nuestros labios se encontraron, se movieron unos contra otros y después sus dientes se aferraron con fuerza a mi labio inferior por vez primera y aquello hizo que mi excitación subiera como la espuma. Me di cuenta que ahora realmente éramos uno solo, ambos nos pertenecíamos mutuamente sin duda alguna. Lo penetré con mayor fuerza, y poco después sentí como las paredes de su recto comenzaban a apretarme mientras sus brazos me atraían con fuerza hacia él, como si quisiéramos fundirnos más allá de lo que ya estábamos. Aquello me hizo llegar al clímax de una manera que nunca antes había llegado. Era un placer puro, absoluto. Todo rastro de pensamiento desapareció de mí, al igual que mi alrededor. Lo único que importaba era el cuerpo que se encontraba justo debajo del mío.

Fue solo un instante, pero fue el mejor instante de mi vida. El placer fue remitiendo mientras nuestros labios seguían jugando y mi lengua se abría paso en su cavidad oral.

-Fue maravilloso -dijo él cuando nuestros labios finalmente se separaron.

Fue cuando noté la humedad en el abdomen. Por supuesto, aquello había sido el origen de las contracciones que había sentido sobre mi pene. No me molestó en absoluto, y no hice ningún ademán de separarme de él ni él de apartarme. Permanecimos bastante rato así, abrazados, con un beso ocasional mientras disfrutaba de su aroma. Solo hasta que mi pene salió de su interior por sí solo fue que nos movimos para quedar ambos recostados en la cama, frente a frente. Tomé el condón y lo arrojé hacia donde sabía que se encontraba el bote de basura de su habitación, si bien parte de su contenido ya se había regado. Pero a ninguno de los dos nos importó que nuestros fluidos corporales resbalaran por nuestra piel y se embarraran cada vez que nos repegábamos el uno contra el otro, mientras mis piernas se cruzaban con las suyas y cosas así.

-¿Y bien? ¿Valió la pena o nos vamos a quedar encerrados aquí durante una semana? -le pregunté pícaramente mientras nuestros pies jugaban entre sí.

-Valió tanto la pena que estoy pensando en quedarnos encerrados en el cuarto no para compensar, si no para seguir gozando -contestó él muy sonriente-. Podría volverme adicto a tenerte dentro de mí.

-Espero que eso no signifique que no piensas volver a penetrarme -dije yo-. Digo, estuvo bastante bien, pero creo que sería mejor si variáramos la acción de vez en cuando. Porque también me encanta a mí tenerte dentro de mí.

-Mejor variaremos seguido -dijo él antes de estampar su boca contra la mía.

Aquello me sonaba estupendo.

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Engaño confesado I

Continuación de mis relatos Engaño y El Hombre De Mi Vida

Engaño Confesado I

-¿Quieres hacer algo especial mañana?

Mi novio Gerardo y yo íbamos caminando por la calle en que vivíamos. Casi habíamos llegado, y como siempre él me acompañaría hasta la puerta de mi casa.

-No lo sé -le contesté mientras me encogía de hombros.

-Mañana cumplimos siete meses -me recordó él con algo de pena en la voz.

Me sorprendí con aquello. No podía creer que ya fuera casi un mes que me había metido con Diego.

-Sé que no estuve contigo hace un mes -comentó él con una nota de arrepentimiento-, pero me gustaría compensarlo este mes.

Se me hizo un nudo en la garganta al comprender que mi novio se echaba la culpa de mi actitud del último mes. Había estado evitando todas las invitaciones que me había hecho para ir a su casa con excusas cada vez más inverosímiles, había hecho lo posible para reunirnos siempre en lugares donde hubiera más gente; y cuando nos encontrábamos solos, como cuando estábamos en el porche de mi casa, rechazaba los contactos que fueran más allá de besos y abrazos. Y aquello no era porque no quisiera estar con él. Era el hombre de mi vida, y por lo tanto me moría porque me hiciera sentir todo aquello que me había hecho sentir durante los primeros seis meses de nuestra relación. Sin embargo, cuando él empezaba a acariciarme recordaba si poderlo evitar las caricias de Diego y me sentía indigno de cualquier cosa que me diera Gerardo, mi novio y tocayo.

-¿Vendrás a mi casa mañana? -me preguntó él mientras nos acercábamos a mi casa-. Quiero estar solo contigo.

Me dio un apretón significativo en la mano.

-¿Y tus hermanos? -le pregunté.

La verdad solo tenía interés en uno de sus hermanos. Me daba igual si Marcos se encontraba presente en la casa o no. Mi problema era Diego, el estúpido y sensual Diego que no había visto desde hacía un mes cuando me había convencido de ponerle el cuerno a su hermano mayor con él.

-Estarán fuera -contestó él-. Marcos irá a visitar a una tía y no volverá hasta pasado mañana. Y Diego se fue desde hoy con unos amigos de campamento y volverá hasta el lunes.

Bien, Diego no estaría en casa. Quizás podría…

Llegamos a la puerta de mi casa y me paré justo frente a Gerardo. Él me miraba con inmensa ternura, pero también con algo parecido al temor.

-¿Vendrás? -inquirió él mientras me acariciaba el rostro.

-Sí, creo que sí -le contesté mientras desviaba la mirada.

-Te amo -me dijo con voz temblorosa.

Aquello me sorprendió, y al voltear a verlo vi todo el miedo reflejado en sus ojos. Se me estrujo el corazón al entender que tenía miedo de perderme. Seguramente había tomado mi conducta del último mes como indicios de que pensaba dejarlo.

-Y yo a ti -le contesté mientras daba un paso hacia él para abrazarlo. Era la primera vez en un mes que yo tomaba la iniciativa para cualquier clase de contacto físico.

Pero mientras lo abrazaba me di cuenta que él no se merecía aquello. No se merecía un chico que sentía una fuerte atracción física por su hermano menor, no se merecía un chavo que le había puesto el cuerno con ese mismo hermano y que ahora no podía entregársele a él. En otras palabras, él se merecía algo mejor que yo

——☹——

La mañana del día siguiente se me hizo muy larga. Me levanté muy temprano, quizás por la ansiedad que experimentaba al saber lo que tendría que hacer en un rato. Me bañé y me vestí con lo primero que encontré, para después ponerme a pasear por las diferentes habitaciones de mi casa. Intenté leer un libro, escuchar música, ver una película… pero no podía concentrarme en nada. Una parte de mí ansiaba ir directamente donde mi novio para hablar con él, aunque sabía que habíamos quedado de vernos cuando su mamá se retirara. Además, no creía que fuera buena idea cortarlo con su madre y quizás Marcos presentes en casa.

Así que tuve que esperar hasta que diera la hora que ambos habíamos acordado. El tiempo parecía irse increíblemente lento. Cuando finalmente llegó el mediodía, ya no tenía ganas de salir. Pero debía hacerlo. Debía salir, cruzar la calle y decirle a Gerardo que ya no podía ser su novio.

Llegué a su casa extrañamente inquieto. Inhalé profundamente antes de tocar el timbre, pero antes de que pudiera hacerlo la puerta se abrió hacia dentro.

-Hola -me recibió mi novio con una sonrisa que me pareció de alivio.
Quizás él había dudado que realmente me presentara después de un mes de no pararme en su casa, cuando antes me la pasaba el mayor tiempo posible ahí con él. Tal vez por eso había estado tan cerca de la puerta de entrada esperando por mí.

-¿Estamos solos? -le pregunté después de darle un rápido beso a modo de saludo y entrar en su casa.

-Sí -me contestó él con emoción.

Caminé pausadamente hasta el centro de la sala. Habían movido los muebles desde mi última visita. Ahora el sillón grande estaba justamente frente a la televisión, además de que habían pintado las paredes con un suave color melocotón.

-Me gusta la nueva decoración -comenté.

-Me alegro -expresó él.

Me di la vuelta, y me di cuenta que él no me había seguido por la habitación como había creído en un principio. Me miraba desde la entrada, con la puerta cerrada a sus espaldas y el deseo marcado sobre su rostro.

No había contado con aquello. Creí que tendría tiempo para sincerarme, que realizaríamos alguna actividad cualquiera para entretenernos. Pero no podía tener relaciones con él si después debía terminarlo.

-Gerardo… -le dije yo mientras él caminaba hacia mí.

-Tengo una nueva cama -anunció él mientras tomaba mis manos entre las suyas-. Podemos ir a probarla.

Dirigió su rostro hacia el mío. Supe que iba a besarme, pero yo incliné la cabeza hacia abajo con el fin de evitarlo.

-¿Qué es lo que sucede? -preguntó él con cualquier rastro de emoción desvanecido.

Lo mejor sería hacer aquello limpia y rápidamente.

-No puedo hacerlo Gerardo -le dije luchando para contener el llanto, especialmente al darme cuenta que nos hallábamos en el mismo lugar y la misma posición que cuando se me había declarado por primera vez hacía siete meses-. No es justo para ti.

-Entonces estaba en lo cierto al pensar que querías cortarme.

Levanté la mirada para poder verlo. Él había cerrado los ojos y tenía una respiración más o menos regular, aunque silenciosas lágrimas resbalaban por sus mejillas.

-De verdad lo siento Gerardo -le dije mientras colocaba una mano sobre su mejilla.

-Estará bien mientras no salgas con discursos estúpidos de “soy yo, no tú” -expresó él sin abrir los ojos.

Tuve que morderme la lengua para no decir nada, porque en nuestro caso sí aplicaba esa frase aunque él no podía saberlo. Él no podía saber que él no había hecho nada, que había sido yo el idiota que se había metido con su hermano por pura calentura. Quizás lo mejor fuera que él continuara así, sin saber nada.

-Creo que sería mejor que me vaya -indiqué mientras me soltaba de su mano.

-Espera -me dijo él mientras volvía a tomar mi mano.

Lo miré una vez más fijamente. Sus ojos estaban llenos de tristeza, pero sus labios se curvaban como si quisiera sonreír.

-¿Puedo pedirte una última cosa? -me preguntó.

¿Cómo negarle algo cuando le estaba rompiendo el corazón? Se merecía que le diera aunque fuera un último motivo para sonreír.

-Lo que quieras -le contesté.

-Regálame este último día para estar juntos -me pidió él-. Dame de nuevo un momento como el que vivimos hace siete meses y te prometo que a partir de mañana será como si nunca nos hubiéramos dirigido la palabra.

Se me hizo un nudo en la garganta. Podía ver claramente cuanto deseaba estar una última vez conmigo, del mismo modo que yo me moría por estar entre sus brazos. No obstante, no sabía si eso me facilitaría las cosas cuando tuviera que alejarme de él.

Sin embargo, ya había dicho que le daría cualquier cosa que él quisiera, así que él no me iba a dejar ir sin más. Tomó mi barbilla con una mano y luego me plantó un beso lento y pausado, tal como lo había hecho por primera vez varios meses atrás.

Quizás sería mejor aprovechar el momento y preocuparme después por los corazones rotos. Subí mis manos, y mientras mi mano derecha se enredaba en los cabellos que nacían en su nuca para atraer su rostro más cerca del mío, la izquierda se deslizó por las curvas de su rostro, por aquellas facciones que había llegado a adorar y que identificaban al que yo reconocía como el chico más guapo del planeta.

Él me estrujo con fuerza por la cintura, sin dejar de ser delicado, repegando su cuerpo por completo al mío. Prácticamente podía sentir su deseo destilándose por cada uno de los poros de su piel, y había una increíble erección repegándose contra mi entrepierna. Aquello era la prueba última de que realmente Gerardo estaba lleno de ganas por estar conmigo.

Su lengua se introdujo suavemente en mi boca, permitido por la abertura de mis labios que dejaban colarse su dulce aliento dentro de mí. Acarició con suavidad ambos labios, se deslizó por mis dientes y luego buscó a la mía para enredarse en una danza acompasada pero lenta.

Sus manos comenzaron a acariciar mi espalda baja, una de ellas introduciéndose tímidamente debajo de mi playera. Si Gerardo pretendía encenderme iba por buen camino. Cuando llevábamos apenas dos meses él había descubierto que cualquier caricia en mi espalda me prendía en cuestión de segundos.

Y así fue. Sus manos moviéndose suavemente por mi espalda y ascendiendo por mi columna vertebral hicieron que mi respiración se acelerara, mi pulso se disparara y que me sintiera extrañamente acalorado en todo el cuerpo. El calor era especialmente fuerte en mi entrepierna, y era algo molesto porque mi pene no podía levantarse completamente por la forma en que estaba repegado contra Gerardo.

Gemí levemente mientras echaba la cabeza hacia atrás, movimiento que él aprovechó para poner su boca contra mi cuello, dejando que su lengua se deslizara sobre él, dejando una sensación placentera, como si un río cálido surcara mi piel. Sus labios presionaron suavemente por donde se encontraba mi yugular, mientras que mis manos bajaron acariciando el contorno de sus hombros y espalda. Por otro lado, sus manos comenzaron a levantar mi playera, una sin separarse de mi espalda y la otra acariciándome el costado.

Gerardo separó su boca de mi cuello, y separándose un poco de mí prendió sus labios de una de mis tetillas mientras mi pene quedaba libre para levantarse, o al menos tan libre como podía estarlo debajo de mi ropa.

Su lengua se movía en círculos alrededor de mi tetilla, y también de un lado a otro mientras yo acariciaba su cabello con mis manos y hundía el rostro en él. Pude percibir el dulce olor de su champú mientras con sus dientes él aplicaba una suave presión a mi pezón.

Mis manos se deslizaron por sus espalda hasta casi llegar a su trasero. Tomé el borde de la playera que llevaba puesta aquel día y comencé a jalarla. Él se dejó hacer, e incluso se separó un poco de mí para que la playera pudiera salir por completo dejando a la vista su hermoso torso plano. Me acerqué nuevamente a él, aunque sin repegarme totalmente a él para que pudiera disfrutar de lo que veía mientras acariciaba sus brazos. Me gustaba la forma en que su color se iba oscureciendo gradualmente desde el hombro hasta el codo, si bien no eran muchos tonos de diferencia.

Después de eso fue mi turno de dejarme hacer. Él tomó mi playera y con cuidado me la sacó por la cabeza. Él me miró con ternura mientras dejaba que sus dedos acariciaran mi pecho, sobre todo en la zona del esternón. Deslizó sus manos por mi abdomen, y mientras volvía a repegarse contra mí dejó que sus manos siguieran corriendo por los costados de mis genitales hasta llegar a mis piernas y rodearlas.

-Te deseo más que nada en el mundo -dijo él mientras nuestras narices estaban pegadas.

Yo solo pude devolverle una melancólica sonrisa al darme cuenta de la expresión de sus ojos. Estaba decidido a que aquella fuera el mejor día de nuestras vidas, pero no más allá de eso.

Ahora fui yo quien acercó mi boca a la suya mientras mis manos recorrían sus brazos, los cuales quizás no tuvieran músculos que resaltaran pero eran firmes al tacto. Dejé que mi lengua delineara con suavidad su labio inferior, para luego hacerlo con la línea que separaba sus labios. Después hice que mi lengua penetrara en su boca para poder tocar sus incisivos, y la estiré lo más posible para intentar tocar su paladar.

Mi lengua se retiró de su interior para poder dirigirse hacia su cuello mientras con suavidad empujaba a mi novio (o quizás debería decir ex) hacia el sillón. Lo hice sentarse mientras con pasión besaba su cuello, dejando un rastro de saliva mientras me dirigía hacia su pecho. Besé con cuidado cada una de sus tetillas, aunque no pude evitar el deseo de succionar suavemente cada una de ellas.

Me encantaba el sabor de la piel de Gerardo en cada centímetro que recorría. Era un sabor que no tenía comparación y que disfrutaba mientras mi boca se movía por su suave abdomen. Llegué a su ombligo, y mientras mis manos se afanaban por desabrochar su pantalón él comenzó a acariciar con una de las suyas mi espalda, de tal manera que cuando finalmente conseguí que el botón saliera del ojal y la bragueta abajo yo estaba más que prendidísimo.

Mi boca se deslizó por la fina línea de vellos que salían desde su ombligo hasta su pubis, haciéndose cada vez más espeso. Llegué al extremo superior de sus bóxer color negro y dejé que mi boca se moviera por encima de ellos masajeando suavemente su instrumento.

Luego de un rato aquello no nos bastó. Él levantó ligeramente sus caderas y con mi ayuda hizo que el pantalón y su ropa interior terminaran en el suelo, dejando a la vista aquellas piernas blancas pero sobre todo aquel lindo pene que se encontraba más duro que un mástil. Me iba a poner a chupárselo de inmediato, pero Gerardo me detuvo antes para poder acabar de desnudarme de tal manera que ambos estuviéramos en igualdad de condiciones.

Una vez que ambos estuvimos desnudos nos recostamos como pudimos en el sillón en posición de 69. Yo me hubiera conformado con solo tener su pene al alcance de mi boca, pero creo que él tampoco quería quedarse atrás. Yo tomé su pito entre mis manos y los empecé a acariciar mientras él introducía el mío directamente a su boca. Yo dejé que mi lengua se deslizara por sus testículos mientras la suya se movía con maestría alrededor de mi verga. Aspiré el seductor aroma que mantenían sus vellos púbicos mientras él se tragaba completamente mi pene, con lo que pude sentir mi glande rozar su campanilla.

Dejé que mi lengua abandonara sus bolas para que recorriera el camino hacia su glande, lamiendo su tronco como si se tratara de un caramelo. No fui todo el camino hacia abajo (o hacia arriba, dependiendo de la perspectiva que se utilizara), si no que a veces me regresaba antes de acercarme más a la punta.

Mientras yo hacía aquello él seguía con mi polla totalmente dentro de sí, e hizo que sus manos se deslizaran alrededor de mis caderas para llegar a mis posaderas, donde sus dedos compenzaron a aplicar ligeras presiones en forma de masaje.

Finalmente llegué a la cabeza de su pene, permitiendo que mi lengua recorriera aquella rosada cabeza. Lamí todo su alrededor para después concentrarme exclusivamente en la punta, lugar donde lengüeteé antes de introducir la punta de mi lengua por su uretra. Era una sensación curiosa la que provocaba aquello, placentera en grado sumo si le sumabas el sabor del líquido preeyaculatorio que destilaba de aquel lugar.

Al mismo tiempo, Gerardo comenzó a sacar y meter mi pene de su boca mientras sus dedos se acercaban a mi ano sin dejar de masajear mi trasero suavemente.

Cuando su boca se hundió por tercera vez en mi pubis se me ocurrió una excitante idea. Coloqué mis labios alrededor de la corona de su glande, y cuando él hizo hacia atrás su cabeza para sacar mi verga yo hice lo propio para introducir su pene en mi boca, retirándome cuando él volvía a tragarse mi polla.

Un sonido resonó en el pecho de mi novio cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, quizás una risa ligera o algo parecido. Estaba haciéndole sexo oral exactamente a la misma velocidad que él me lo hacía, solo que intercalando los movimientos de dentro y fuera. La única diferencia es que mientras mis manos acariciaban sus piernas las suyas acariciaban mi culo.

Sus dedos comenzaron a jugar directamente con mi ano. Después de todo el tiempo que habíamos pasado juntos yo había aprendido a relajarme cuando empezaba a utilizar los dedos para introducirlos en mi interior llevándome cerca del clímax. Y así lo hizo en aquel momento, metiendo su dedo índica por mi abertura anal suave y lentamente, produciéndome cero dolor como la primera vez que lo hizo.

Ninguno de los dos dejó de chupar el pito del otro mientras su dedo tocaba las paredes de mi recto y su mano libre seguía masajeando mis nalgas. Un segundo dedo se abrió paso dentro de mí, haciéndome sentir lleno y con un montón de escalofríos que nacían de mi pene y mi recto y me recorrían por completo el cuerpo.

Dentro y fuera, dentro y fuera. Tanto mi pene, mi boca y mi recto estaban disfrutando con aquel juego, aunque también el resto de mi cuerpo con los roces y caricias que resultaban de nuestra posición.

Nos separamos durante un momento después de un rato. Al mirarnos a los ojos comprendimos que ninguno de los dos estaba pensando en el futuro, si no solo en el presente y las ganas que sentíamos en aquel momento. Él se sentó sobre el sillón y yo me senté sobre sus piernas, quedando ambos frente a frente. Nuestros penes quedaron uno frente a otro y yo los tomé para masturbarlos juntos mientras juntaba nuestras frentes. Visualmente no sabía si era más excitante su mirada llena de deseo dedicada hacia mí o nuestros dos penes frotándose entre sí. El mío era ligeramente más grande y grueso en el tronco que el de mi novio, pero aquél me fascinaba por ser más pálido y por su forma de champiñón marcada.

-¿Estás pensando lo mismo que yo? -me preguntó él mientras atrapaba mi labio inferior entre los suyos.

Fue un beso rápido, pero que me gustó como todos los besos que me daba Gerardo. Además, el hecho de que nuestro precum se estuviera revolviendo mientras frotaba nuestros glandes le agregaba un elemento más erótico al asunto.

Gerardo no esperó a que le respondiera, si no que me tomó de la cintura fuertemente con una mano para que no fuera a caer hacia atrás mientras nos inclinábamos para que él pudiera tomar su pantalón, de donde sacó su condonera para luego tomar el condón que llevaba dentro.

-¿En esta pose? -le pregunté mientras él volvía a recargar su espalda contra el respaldo, entendiendo a qué se estaba refiriendo.

-Por supuesto -contestó él mientras dejaba que su cadera se deslizara un poco por el sillón, de manera que yo me pudiera sentar más fácilmente sobre él.

La verdad es que la idea me gustó en sobremanera. Toda pose en que él y yo quedáramos frente a frente me encantaba. Asentí con una sonrisa, tras lo cual él abrió el condón para después colocárselo de manera rápida pero no por eso sin cuidado.

En aquel momento me percaté que aquella sería la primera vez que no usaríamos lubricante extra para la penetración. No obstante, estaba tan caliente que no me importó. Estaba seguro que después de haber tenido sus dos dedos dentro de mí no habría problema, especialmente si lo hacía lentamente. Así que levanté mis caderas y mientras me agarraba del respaldo rodeando la cabeza de mi novio con mis brazos puse mi hoyito de tal manera que hizo contacto con la punta de su pito.

Pasé una de mis manos hacia atrás para sostener la base de la verga de Gerardo para después dejar caer mis caderas ligeramente. Durante un momento no pasó nada, pero cuando la presión creció mi esfínter anal se abrió dando paso a la cabeza de aquel pene.

Había casi olvidado lo mucho que me gustaba la polla de Gerardo dentro de mí. Quizás para los fanáticos de los penes grandes eran insignificante con sus casi 14 centímetros, pero para mí era perfecta, porque siempre que me penetraba era como si se acoplara perfectamente a mi recto. Me estimulaba en los lugares precisos para provocarme en cada ocasión dosis inigualables de placer.

Y aquella ocasión no fue la excepción, si no más bien la mejor de todas. Tal vez mi retaguardia había echado de menos al intruso que se había ausentado por más de un mes, pero el caso es que cuando finalmente mis nalgas se asentaron en las caderas de Gerardo una sensación parecido al éxtasis me invadió.

-¿Qué sucede? -me preguntó él al ver la expresión de mi rostro.

-Espera, porque creo que si empezamos con el mete y saca me vengo -le dije.

-Pequeño -dijo él con una risita mientras me atraía hacia él usando sus brazos.

Los escalofríos recorrieron cada pedazo de mi cuerpo mientras intentaba respirar profundamente. No quería eyacular, al menos no todavía. Lo cierto es que las manos de Gerardo acariciándome la espada no ayudaban mucho.

Comencé a moverme con cuidado después de un momento, dispuesto a detenerme si otra vez sentía que estaba a punto de venirme. Afortunadamente pareció que todavía podía aguantar otro rato, así que empecé a mover mis caderas con más confianza, a veces con movimientos circulares y otras arriba y abajo para que el pene de mi novio saliera y volviera a entrar a mi recto.

-¡Oh sí! -exclamó él mientras echaba la cabeza hacia atrás.

-¡Gerardo! -exclamé yo mientras pasaba mis brazos por su cuello y comenzaba a saltar más rápido ayudado por sus manos que se movieron hacia mi cintura.

Cada vez estábamos más cerca, y ambos podías sentirlo. Mi respiración se aceleró al igual que la suya, él empezó a gemir con fuerza mientras yo sentía un calor demasiado agradable que se extendía por mi cuerpo.

Acabamos viniéndonos al mismo tiempo, y lo supe porque él me penetró profundamente y me sostuvo con fuerza para que dejara de saltar mientras mis chorros de leche salían con tanta fuerza que llegaron a manchar la barbilla de Gerardo.

El momento fue sumamente especial mientras nuestros cuerpos convulsionaban en el instante del orgasmo, sintiendo las contracciones de los músculos del otro. Y también fue placentero sentir como el clímax se desvanecía lentamente, dejando una especie de dulce y relajante sensación que se veía aderezada con la imagen del cuerpo de Gerardo escurriendo parte de mi semen por su barbilla y pecho.

-¡Fue genial! -expresó él mientras se acostaba en el sillón jalándome con él, aunque eso hizo que su polla saliera de mi interior-. Gracias.

Quedé recostado sobre su pecho, aspirando el aroma que desprendía su piel. Quizás Diego tuviera un mejor cuerpo y una mejor verga que Gerardo, pero sabía que jamás lograría darme la sensación de plenitud y bienestar que en esos momentos experimentaba con Gerardo.

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Bueno, no sé bien cuando saldrá esta historia para que todos puedan leerla, pero me gustaría pensar que va a ser el 15 de octubre, porque ese día se cumplirán dos años de que vi por primera vez al chico que inspiró esta historia ;D Pienso que quizás el relato quedó algo meloso, pero bueno, a mí me gustó y espero que a ustedes también

Algo más

Era divertido ver como Paco conducía la subasta de besos que realizábamos para reunir fondos para nuestra graduación. Yo lo observaba desde el registro civil en compañía de Lula, y ambos no podíamos dejar de reír. Mucha gente se estaba acercando, así que parecía que aquello sería un éxito.

En aquellos momentos se encontraba una chica muy linda sobre la plataforma que habían colocado con propósito de la ocasión. Sin embargo, en una escuela donde la mayoría de los estudiantes eran mujeres no parecía haber muchos compradores para los besos de una muchacha.

-Vamos chicos, anímense -dijo Paco por el micrófono-. ¿Van a dejar pasar esta belleza? A ver tú, el de la camisa azul.

Volteé a ver hacia donde estaba señalando Paco, e inmediatamente sentí que los colores se me subían al rostro. Mi corazón empezó a acelerarse y mi respiración se volvió errática.

-¿Es Marco? -me preguntó Lula mientras Paco se dirigía hacia él.

Por supuesto que era él. No había otro chico en el planeta que consiguiera ponerme en aquel estado. Aunque mis amigas coincidían en que no estaba feo (a gran diferencia de otros chavos en los que me había fijado en el pasado), no acababan de entender la fascinación que yo sentía por aquel chico de piel morena, ojos oscuros, espaldas anchas y trasero pequeño pero definido. Yo tampoco lo entendía del todo, pero eso no evitaba que mi cuerpo tuviera reacciones extremas.

-Ya te reíste amigo -le dijo Paco mientras se paraba junto a él-. ¿A poco no te gustaría probar un beso de esos hermosos labios?

-Me temo que no es mi tipo -contestó Marco con una risita cuando Paco le puso el micrófono frente a él.

Por supuesto que una chica no era su tipo. Sin embargo, no sabía cuál era su tipo, ya que si bien lo había conocido en un lugar de encuentro nunca lo había visto meterse con nadie. Aparentemente ninguno de los chicos que asistíamos a aquel lugar llenábamos sus expectativas. A mí ya me había rechazado en dos ocasiones, la primera después de haberme prendido y emocionado.

-¿Cómo no va a ser tu tipo? -inquirió Paco de forma retórica.

-No me van las chicas -contestó Marco alzando los hombros.

Muchos de los presentes se miraron sorprendidos. La verdad era que Marco no era de aquellos chicos a los que se les nota lo gay a primera vista, ya que tenía una imagen muy masculina. Aun así, Paco supo conducir la situación.

-¡Ah! Pues mira, si ése es el caso podemos conseguir a alguien más -dijo Paco mientras volteba.

Mi corazón se estrujo al presentir que Paco me estaba buscando a mí. Era el único chico gay presente que conocía. Pero ¿a quién se le ocurriría ofrecerme en subasta al chico que me volvía loco? Si bien Paco no lo sabía, aquello no dejaba de ser irónico.

-Pues mira, tenemos aquí a nuestro juez del registro civil -dijo Paco mientras me señalaba y yo sentía que mi rostro brillaba como un semáforo señalando el alto-. Ahí como lo ves dicen que besa bastante bien, aunque no lo teníamos en el inventario porque no es la clase de mercancía que se les pueda vender a las chicas.

Marco hizo una mueca con la boca al reparar en mí. Aparentemente no se dio cuenta que Paco le puso el micrófono en la boca, ya que habló prácticamente en un susurro que no se hubiera oído sin la amplificación.

-Puedo tenerlo gratis cuando quiera.

Aquello originó una cascada de risas, exclamaciones de sorpresa y burlas mientras todo mundo se enfocaba en mí. Yo solo quería que la Tierra me tragara en ese momento, aunque de reojo me pareció ver que Marco se arrepentía de que aquello hubiera sido escuchado por todo el mundo.

——♉——

Una semana había transcurrido desde el asunto de la subasta de besos. Sabía que me estaba comportando de una manera paranoica al evitar los lugares concurridos, porque la verdad la mayoría de la gente no me prestaba atención, pero es que había unas cuantas personas que aún me veían y reían, y otro par de chicos que cada vez que me veían sonreían como si me insinuaran algo más. Pero yo no quería nada con ninguno de ellos. Ahora solo había un chico con el que quería estar, un chico que lamentablemente no parecía sentir lo mismo por mí.

-¡Maldita sea! -exclamé para mí mismo mientras caminaba hacia el baño.

¿Qué tenía Marco que no tuvieran otros chicos? ¿Por qué se había convertido en el único chico que ansiaba acariciar y estrechar entre mis brazos, cuya piel deseaba saborear en cada centímetro cuadrado y cuyo respiro moría por sentir sobre mi piel mientras susurraba mi nombre con pasión? La verdad, aquello iba más allá de desear un momento juntos. Lo que de verdad quería era conocerlo, y de ser posible convertirme en aquella persona especial que compartiera con él toda su vida.

Las lágrimas acudieron sin demora a mis ojos. Pero más que lágrimas de tristeza se trataba de lágrimas de rabia. Estaba furioso conmigo mismo por haberme fijado de esa manera en un chico que no mostraba el más mínimo interés por mí.

Las lágrimas me nublaban la vista mientras me dirigía hacia el baño, así que no vi a la persona que venía en dirección contraria hasta que choqué contra ella.

-Lo siento -alcancé a murmurar mientras retrocedía un paso.

-¿Te encuentras bien? -me preguntó aquella persona en tono neutro con una voz indudablemente varonil.

Un escalofrío recorrió mi columna vertebral, ocasionado por algo relacionado con esa voz. Me sequé las lágrimas con una mano para poder enfocar a la persona que tenía frente a mí. En cuanto lo hube logrado mi corazón dio un vuelco. Ahí frente a mí se encontraba la imagen de mis sueños, aquel chico de piel morena coprotagonista de todas mis fantasías.

Aquel pensamiento solo hizo que mi enojo se intensificara, especialmente porque él ni siquiera me veía directamente, si no que tenía la vista fija en algún lugar cercano a mi hombro derecho.

-¡Tú! -exclamé dejando que mi enojo saliera por completo-. ¿Cómo se te ocurrió decir algo como eso?

-¿Acaso no es cierto? -cuestionó él.

Quise desmentirlo, gritarle que jamás me metería con alguien como él, pero eso hubiera sido la más grande mentira que habría dicho en mi vida. La verdad es que hasta me creía capaz de pagar yo con tal de estar con él. Pero en ese momento me conformé con contestarle:

-¡Ése no es el punto!

-Entonces, ¿cuál es? -me preguntó él mientras me volteaba a ver directamente.

-¡Qué me hiciste pasar por la mayor vergüenza de mi vida! -le exclamé antes de razonarlo con detenimiento-. ¿No te parece suficiente lo estúpido que parezco muriéndome por ti mientras tú me ignoras porque no sientes nada por mí?

-Te equivocas -dijo él mientras clavaba su mirada en el suelo.

Aquello me desconcertó por completo, con lo cual mi enojo desapareció repentinamente.

-¿A qué te refieres? -le pregunté.

-Te equivocas si crees que esa es la razón por la que finjo ignorarte -me contestó él.

Me le quedé viendo con mirada inquisitiva. ¿Realmente había utilizado la palabra “finjo”?

Él inhaló profundamente antes de continuar hablando.

-Me gustas demasiado Gerardo, desde la primera vez que te vi -dijo él-. Temo que si te presto demasiada atención o me meto contigo acabaré por enamorarme de ti, y no es algo que quiera hacer. Prefiero no enamorarme para evitar desilusiones futuras cuando me pongan el cuerno o me digan “yo solo quería sexo”.

No podía creer lo que estaba escuchando. ¿Marco tenía miedo de enamorarse de mí? ¿Aquel chico que me traía loco realmente sentía algo por mí? Aquello debía ser una broma, porque sonaba totalmente surrealista.

Y tristemente tuve la punzada de que aquello era precisamente una broma, lo cual hizo que las lágrimas acudieran nuevamente a mis ojos.

-¿No te cansas de lastimarme? -le cuestioné.

-¿De qué estás hablando? -me preguntó él mientras me volvía a mirar el rostro.

No hice ningún intento por enjugarme las lágrimas, porque de todas formas surgirían más.

-¿Enamorarte de mí? ¡Por favor! -le dije-. Soy yo quien se muere por conocerte, quien cada vez que te ve pierde la respiración y se le desboca el corazón. Soy yo quien no duerme en las noches por pensar en ti, a quien ya no le interesa ningún otro chavo que no seas tú ni en lo sexual ni en lo sentimental. Soy yo quien daría todo por verte sonreír, por perderme en tus ojos, por simplemente rozar tu mano…

Lo último lo dije chillando prácticamente. No podía evitar los sollozos que surgían de mi garganta, ni que mi cuerpo temblara sin control mientras las lágrimas corrían por mis mejillas.

-Gerardo… -dijo él a media voz.

-Soy yo quien siente todo eso -continué yo-. ¿Y tú me quieres hacer creer que tienes miedo de enamorarte de mí? Entonces tal vez te gustaría explicarme cómo le hago para olvidarme de ti, porque ni tu actitud indiferente ni tu rechazo han evitado que yo sienta todo esto. Hablas de enamorarte de mí, pero me temo que no tienes la menor idea de lo que eso significa.

-¿Crees que no sé lo que significa? -cuestionó él con la voz alterada por primera vez desde que lo había conocido-. ¿Crees que yo no me siento nervioso cada vez que te veo? ¿Que no me muero por voltear a verte y perderme en tu mirada? ¿Que no sueño con estar contigo una noche y más que eso?

-Nunca has hecho nada que me dé esa impresión -le contesté mientras me secaba las mejillas.

-¿Quieres que haga algo que te lo demuestre? -cuestionó él mientras me tomaba de los brazos.

Y antes de que pudiera responder algo él me besó. Sus labios chocaron contra los míos con algo de brusquedad, porque él parecía algo desesperado, como si se hubiera estado conteniendo por mucho tiempo de hacer eso. Sin embargo, no pude reflexionar mucho sobre eso, porque estaba experimentando una sensación que nunca antes había sentido. Sus labios se acoplaban con naturalidad a los míos, produciendo una explosión de placer que recorría mi cuerpo entero y hacía que cada una de mis células deseara estar en contacto con el cuerpo de Marco. Mis brazos se alzaron para cruzarse por detrás de su espalda y atraerlo hacia mí mientras mi cuerpo se repegaba contra el suyo encajando de forma perfecta, como si hubiéramos sido hechos el uno para el otro.

Sus labios tardaron un rato en despegarse de los míos, pero cuando finalmente lo hicieron tomó mi rostro entre sus manos y con lágrimas en los ojos pero también con una esplendorosa sonrisa me dijo:

-Me gustas tontito, me gustas como nunca me ha gustado alguna otra persona.

Y le creí. Le creí mientras sus labios se posaban ahora con más dulzura sobre los míos, dándome un beso más tierno al principio, mientras mi aliento se mezclaba con el suyo y mi lengua se encontraba tímidamente con la suya. Le creí mientras él me jalaba suavemente hacia el baño para después meternos a un cubículo y quedar arrejuntados en el espacio que quedaba entre el inodoro y la puerta.

Sus manos se metieron por debajo de mi playera, provocando escalofríos en cada pedazo de piel que tocaban. Yo me las arreglé para meter mis manos entre nosotros y comenzar a desabrochar su camisa. No éramos nosotros quienes hacían todo aquello, era el deseo contenido por mucho tiempo en nuestros corazones, el deseo de poseer y entregarte a una persona especial.

Mis labios recorrieron el trecho que había entre su boca y su barbilla, la cual él levantó para darme más fácil acceso. Era una sensación curiosa la que originaba su barba que volvía a crecer después de una rasurada. Mi boca se deslizó por la línea de su mandíbula lentamente para finalmente llegar a su oreja al mismo tiempo que terminaba de desabrochar el último de los botones de su camisa. Mi lengua comenzó a recorrer las líneas de su oído apoderándose de cada rincón mientras mis manos recorrían aquel fabuloso abdomen con el que siempre había soñado.

Marco no se quedó atrás. Mientras yo besaba su oreja y él me seguía acariciando por debajo de la playera se acomodó de tal manera que sus labios tenían contacto con mi cuello. Lo besaba, lo recorría suavemente con la lengua, me mordía ligeramente y en un momento hizo un movimiento de succión que estaba seguro que me dejaría marca.

-Ay -me quejé sin poderlo evitar mientras soltaba su oído.

-¿Qué sucede? -me preguntó él con una pícara sonrisa mientras ponía su rostro frente al mío.

-Sé más cuidadoso, por favor -le pedí mientras sentía que me perdía en su mirada.

-Lo intentaré -contestó él mientras sus manos se deslizaban hacia arriba arrastrando la playera en el camino.

Levanté mis brazos para que él pudiera sacar la playera por completo, dejando a la vista mi cuerpo delgado. Si bien no tenía muchos músculos que se marcaran estaba orgulloso de mi abdomen plano y mi cintura definida. Marco parecía maravillado ante la escena.

Yo también tenía ganas de descubrir que tenía debajo de la ropa. Su camisa colgaba de manera que no dejaba ver mucho, así que la tomé de los bordes para jalarla hacia atrás y podérsela quitar.

Me gustó lo que vi. Pectorales definidos y cintura que se estrechaba, aunque no tan delgada como la mía. Y todo en aquel impactante tono moreno que tanto me gustaba. Toqué tímidamente su pecho con mis manos. Aún me costaba creer que todo eso estuviera frente a mí.

-¿En qué piensas? -me preguntó él mientras acariciaba mi mejilla.

-Todo esto me parece un sueño -le contesté.

-En todo caso un sueño hecho realidad -me contestó él.

Sin despegar su mano de mi mejilla me volvió a besar. Esta vez nuestras lenguas fueron más atrevidas, casi como si quisieran conocer la cavidad oral del otro por completo. Además, la sensación de mi piel contra la suya era sumamente placentera, y cada roce de nuestros brazos, pechos y abdómenes producía una descarga eléctrica que parecía conducirse directamente a nuestras entrepiernas, originando que algo en la zona reaccionara y comenzara a ganar dureza.

-Llevo soñando con esto tanto tiempo -le susurré mientras mis labios recorrían su cuello hasta llegar a su clavícula.

Él presionó mis brazos entre sus dedos mientras soltaba un ligero gemido. Evidentemente le gustaba. Hice que mis manos recorrieran aquel vientre a lo largo y ancho, entreteniéndose con los pocos vellos que corrían debajo de su ombligo, justamente hasta toparme con su pantalón. Tomé su cinturón para desabrocharlo, pero él me detuvo tomándome de las manos.

-Espera, quiero hacer algo antes de eso -me dijo con una sonrisa bastante coqueta.

No pude hacer más que dejarlo hacer mientras él me hacía dar vuelta y se repegaba contra mi espalda mientras me abrazaba por la cintura. Él inhaló y exhaló con fuerza justamente contra mi nuca produciéndome una sensación placentera con su aliento que se mezclaba entre mis cabellos. Además, debía confesar que me excitaba grandemente sentir aquel rico bulto pegándose contra mi trasero. Nunca un pene me había prendido de aquella manera sin siquiera salir de su pantalón.

-Me gusta tu espalda -me dijo Marco tras separarse un poco, aunque guardando el contacto con mi trasero.

Sus dedos recorrieron mi columna vertebral con suavidad, y yo no pude evitar retorcerme un poco mientras un suspiro de satisfacción surgía de entre mis labios. Aquella siempre había sido mi zona erógena por excelencia. Él soltó una ligera risita mientras sus manos recorrían mi espalda. El placer era sencillamente increíble, y no sabía bien si quería huir de eso o continuar sintiéndolo. Era demasiado placentero, y no estaba seguro de poder manejarlo. ¿Podría haber algo que me gustara más que eso?

Quizás su lengua deslizándose por mi espalda sería la respuesta a esa pregunta. Solté un fuerte gemido mientras me repegaba contra el muro intentando escapar de aquello, pero él me siguió, aparentemente indispuesto a separar su boca de mi piel. Yo empecé a gemir sin pudor y con fuerza mientras su boca recorría suavemente mi espalda hacia abajo, y fue una suerte que no hubiera nadie más en el baño. O quizás la fortuna había sido que quien quiera que estuviera presente había decidido hacerse de la vista gorda.

Él recorrió de regreso el camino desde mi espalda baja hasta mi cuello, tras lo cual volvió a repegarse contra mí y colocó su boca cerca de mi oído.

-¿Quién diría que tienes una espalda tan sensible? -dijo él mientras que con su simple aliento me provocaba escalofríos.

De hecho, él era la segunda persona que lo descubría, y la primera no lo había logrado tan rápidamente.

-Date la vuelta por favor -me pidió él mientras me tomaba de la mano.

Yo me di la vuelta mientras él se sentaba sobre el retrete. Al verlo ahí con el torso desnudo pensé que nunca en la vida había visto nada tan sexy como eso.

Él puso sus manos sobre la abertura de mi pantalón, y mientras que con una mano desabrochaba el botón, con la otra bajó la cremallera con un movimiento fluido.

-Me pregunto si serás tan sensible en esta zona como lo eres en la espalda -dijo Marco mientras acariciaba mi pene, el cual ya se encontraba totalmente duro, por arriba del bóxer.

-Un poco menos -le contesté yo mientras me perdía en sus ojos oscuros.

Él tomó el borde de mi pantalón y bóxer para bajarlos al mismo tiempo, dejando libre y apuntando hacia arriba a mi pene erecto. Él lo agarró con una de sus manos y jaló el prepucio completamente hacia atrás mientras lo contemplaba con fascinación. Mi pene no será muy grande, pero ya me habían dicho que tenía buena forma y grosor. A mí en lo personal me gustaba, y aparentemente a Marco también.

Él sostuvo mi tronco con su mano derecha mientras acercaba lentamente su boca a mi glande. Sacó su lengua de tal manera que aquello fue lo primero en hacer contacto con mi pene. Empezó con suaves lamidas en toda la superficie del glande, deleitándose con aquello. Movió su lengua alrededor del orificio de mi uretra, para después intentar meterla por ahí. Nunca me habían hecho algo como eso, y mi pene intentó dar una ligera sacudida por el gusto.

Después de eso él formó una O con sus labios mientras bajaba la mano hacia la base de mi polla e introducía ésta en su boca. Mi pequeño amigo sintió en cada centímetro de su superficie sus dulces labios mientras se perdía dentro de aquella cavidad oral húmeda y cálida. Además, resultó que su lengua se movía tan bien adentro como lo hacía afuera, por lo que la sensación era realmente magnífica. Tanto, que cerré mis ojos para poder concentrarme más en ella y eché la cabeza involuntariamente hacia atrás al mismo tiempo que mis manos buscaban la pared a mi espaldas para tener un punto de apoyo.

Mi polla terminó de entrar completamente en su boca. Quizás fuera que lo había hecho lentamente o que Marco tenía práctica con aquello, pero en ningún momento me dio la impresión de que tuviera arcadas o algo así. Yo no lo obligaba a nada y aún así tenía su nariz pegada a mi pubis, mientras su lengua se enrollaba con maestría alrededor de mi tronco encerrado en su boca.

Sentí su cabeza retirarse mientras la punta de su lengua presionaba la línea inferior de mi pene. Se movió hasta solo tener la cabeza dentro de su boca. Yo abrí los ojos y volteé a verlo. Se veía tremendamente erótico así, con mi glande dentro y su tierna mirada clavada en mis ojos. Y el tacto de su lengua moviéndose nuevamente en la superficie de mi glande era también igual de placentero.

Sus labios volvieron a recorrer el camino hacia mi pubis y yo volví a cerrar los ojos embriagado por la sensación. Pero eso no era todo. Sentí también como una de sus manos se deslizaba por mi pierna, después por mi nalga hasta rozar con sus dedos mi orificio anal. Acarició mi pequeño agujero con uno de sus dedos mediante movimientos circulares, primero muy ligeros pero con un aumento de presión gradual, lo cual llevó finalmente a que mis músculos se distendieran y su dedo pudiera comenzar a entrar en mi interior. Era algo molesto sin lubricación aparte, pero mi nivel de excitación estaba tan alto que no me importó sentir como su dedo se hundía lentamente en mí.

Mientras aquello acontecía su boca volvió a separarse de la base de mi pene, esta vez para que éste saliera por completo de su interior. Pero no fue desagradable porque se puso a lamer mi tronco hacia abajo, dirigiéndose hacia mis testículos. Su lengua recorrió suavemente cada una de mis bolas, lo cual se lo agradecí porque tenía una gran sensibilidad en la zona. No ansiaba que ocurriera lo que había sucedido con la espalda.

Con cuidado se metió cada uno de mis testículos a su boca, saboreándolos y dejando mis vellos púbicos impregnados de saliva. Aparentemente tenía la boca hecha agua de manera literal. Primero fue el derecho y luego el izquierdo, para luego intentarlo con los dos al mismo tiempo.

Pero aquello no fue lo único que involucró pares en ese momento. Gemí con fuerza mientras un segundo dedo se abría paso en mi interior acompañando al primero. Creo que si en ese momento no se hubiera puesto a acariciarme con la mano que tenía libre una de mis piernas aquello habría perdido el componente placentero. Pero su mano acariciando mi pierna con firmeza y su boca masajeando suavemente mis testículos bastaron para mantener excitado.

Él giró lentamente sus dedos dentro de mí, primero para un lado y luego para el otro. Quizás haya sido solo la impresión, pero en ese momento hubiera jurado que también se clavaron más dentro de mí mientras él separaba su boca de mis genitales.

Nuestras miradas se cruzaron mientras yo gemía levemente a causa de las cosquillas placenteras que sentía en mi recto, causadas por el movimiento de sus dedos.

-Tengo ganas de penetrarte -me dijo.

-Sería un placer -le contesté mientras un escalofrío recorría mi médula, siendo especialmente fuerte al final de ésta.

Él torció el gesto mientras sacaba con cuidado sus dedos de mi interior.

-No traigo condones -comentó él en tono frustrado-. No tenía ni idea de que algo así sucedería.

Preocupado por la protección. Aquel chico cada vez me gustaba más. Me había topado con otros hombres que con la calentura del momento se olvidaban del condón o hacían caso omiso de él a propósito.

-Bueno, estamos de suerte porque yo no salgo sin esto -dije mientras sacaba mi condonera.

Su rostro se iluminó mientras se ponía de pie, originando que mi corazón diera un vuelco. Realmente Marco podía emocionarme con cualquier pequeña cosa que hiciera, ya fuera una sonrisa, una mirada, una caricia o simplemente parándose frente a mí con aquel cuerpo que me fascinaba.

Él empezó a desatarse el cinturón para que después yo le ayudara a bajarse el pantalón. Llevaba una trusa que resultaba tremendamente sexy al dejar ver sus piernas macizas y resaltar su pene totalmente erecto.

Sonreí con esa imagen, él hizo lo mismo y después me besó con sus dulces labios, que permitían el acceso de mi lengua para enredarse con la suya. Nuestros cuerpos quedaron pegados, nuestros penes rozándose con solo la tela de su ropa interior de por medio, la cual desapareció tras un ligero movimiento que él realizó con su mano. Su pene se introdujo en el hueco que quedaba entre mis piernas, rozándome el perineo. Yo recorrí su espalda con mis manos hasta llegar a aquel traserito que me volvía loco. Mis dedos se deleitaron recorriendo su superficie, y aquello se volvió el paraíso cuando él empezó a realizar movimientos hacia enfrente y hacia atrás con su cadera. No solo era su pene frotándose entre mis piernas y mi perineo, también era la sensación en mi polla cuando su abdomen la presionaba contra mí además de su boca recorriendo la mía.

-Podría estar así por siempre -me dijo él mientras nos dejábamos de besar, pero sin perder el contacto con el resto del cuerpo.

-¿Y qué pasó con la idea de penetrarme? -le pregunté mientras pegaba mi nariz a la suya-. Digo, no es que me queje, porque la verdad esto se siente de maravilla.

Él solo me sonrió antes de separarse de mí para hacerme dar la vuelta. Le pasé el condón y él se lo colocó con cuidado. Yo puse mis manos contra el muro para tener donde apoyarme y él guió con cuidado su pene hacia mi pequeño agujero. Sentí como su glande rozaba mi orificio anal y sentí que mi cuerpo temblaba, aunque no sabía si de emoción, miedo o placer. Marco empezó a aplicar presión, hasta que su amiguito comenzó a entrar en mi recto.

Mentiría si dijera que aquello fue totalmente placentero. Sí, había placer, pero iba acompañado de molestias y algo de dolor mientras cada centímetro de su polla se perdía dentro de mí. Sin embargo, ni él se detuvo ni yo hice nada por detenerlo hasta que sentí que sus caderas chocaban con mi trasero. Tenía su pene totalmente dentro de mí, y aunque sentía una ligero de ardor también tenía cierta sensación de plenitud que nunca había experimentado.

Temí que fuera a empezar rápidamente con el mete y saca, pero Marco no hizo intento de salir de mi interior. En lugar de eso me abrazó por la cintura y recargó todo su cuerpo en mi espalda, pegando su boca en mi cuello.

-Nunca había sentido algo como esto -dijo mientras su aliento me acariciaba el cuello.

Creía saber a qué se refería. El sexo era placentero por sí mismo, yo lo había descubierto con otros hombres, pero ahí había algo más, un saborcito que jamás había experimentado. Como las especias que agregas a un platillo; el platillo era el mismo, pero había algo más que realzaba el sabor y lo volvía algo soberbio.

Sin retirarse de mi espalda él comenzó a sacar lentamente su pene de mi interior. Sentí que salía casi por completo antes de volverse a introducir hasta el fondo. Primero lo hizo lentamente, pero cada vez que lo hacía aumentaba la velocidad. Me sentí transportado al cielo, y me hubiera encantado que su pene pudiera clavarse más dentro de mí.
Una de sus manos se movió dirigiéndose hacia mi entrepierna para tomar mi pene, el cual se encontraba totalmente erecto. Aquello no sucedía muy a menudo cuando la hacía de pasivo. Podía mantenerlo semierecto, pero rara vez tan duro como lo tenía en ese momento.

Marco comenzó a masturbarme al mismo ritmo que me penetraba. Mi respiración se aceleró como nunca lo había hecho, y me hubiera gustado en ese momento permanecer así por siempre. No obstante, un calorcito empezó a expandirse por todo mi cuerpo, y aunque intenté contenerme no podía luchar contra el placer que me producía su cuerpo unido al mío de manera tan íntima, por lo que acabé eyaculando con fuerza sobre su mano. Él siguió frotando mi pene hasta que la última gota de semen hubo salido.

Inhalé profundamente esperando sentir el descenso de mi placer mientras Marco me seguía penetrando. Después de todo, aquello era lo que le sucedía a cualquier hombre, ¿no? Sin embargo, aquello no ocurrió. Si bien no era tan poderoso como en el clímax, el placer se encontraba todavía presente mientras él me seguía penetrando.

Marco hizo unos cuantos movimientos más, hasta que enterró su pene lo más hondo que pudo en mi culito y me abrazaba con fuerza. Pude sentir con claridad las pequeñas convulsiones que indicaban que se estaba viniendo dentro de mí.

Su respiración comenzó a normalizarse, aunque él no hizo ningún movimiento para salir de mí ni yo quería que lo hiciera. Se estaba muy a gusto con sus brazos rodeándome y su pene y mi culo conectados.

-¿Ahora me crees que quería estar contigo? -me preguntó él quedamente al oído.

-Sí -le respondió mientras le acariciaba los brazos-. Espero que ésta haya sido la primera de muchas.

-De toda una vida -afirmó él mientras sentía su barbilla sobre mi hombro.

En esa posición era difícil voltearlo a ver directamente, pero hice lo posible para intentarlo hasta que su mirada se topó con la mía. Sus ojos brillaban de una manera especial al mirarme, y estaba seguro que mi mirada era muy parecida.

Sonaba bien aquello de toda una vida. Y quizás aquel día aún quedara tiempo para la segunda de todas las veces que lo haríamos.

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Despedida

Era un día como cualquier otro. Regresaba a mi casa después de un arduo día en la escuela. Sin embargo, cuando entré en mi casa me encontré con alguien que no debía estar.

-¿Qué tal? ¿Cómo has estado?

Se trataba de Javier, un viejo amigo de la infancia. Lo saludé animadamente y luego me puse a ver televisión. Mi amigo había ido a platicar con mi madre, por lo que pude escuchar, la razón era que próximamente él y su familia se mudarían. Me puse a pensar en lo ridículo de la situación, él y yo vivíamos muy cerca y solo nos habíamos dejado de hablar al entrar a bachilleratos diferentes. Y ahora realmente no iba a haber forma de hablarnos.

Ese día se quedó a comer, aunque la verdad no hablamos mucho. Él se fue cuando ya anochecía y me empecé a preocupar. Después de todo, había sido mi mejor amigo en la primaria y secundaria, y pronto no lo volvería a ver.

-Bueno, nos vemos -se despidió él al irse.

-Ojalá -le respondí algo triste.

-Verás que sí -me dijo él sonriendo.

El fin de semana volvió a ir a mi casa. Ya era tarde y mis padres habían salido y no regresarían hasta el día siguiente. Él me preguntó si se podía quedar un rato conmigo, y yo le respondí que no tenía ningún inconveniente. Nos pusimos a ver televisión y platicar. Fue una charla banal, hasta que él me preguntó si tenía algo con que jugar. Inmediatamente le respondí que solo una baraja de mi padre (tengo otros juguetes, pero esos no se los prestó a todo el mundo). Nos pusimos a jugar con ella, ganando el tres juegos y yo dos.

-¿Qué te parece si apostamos? -me preguntó él.

-¿Qué clase de apuesta? -le pregunté con curiosidad.

-Pues el que gane le pide al otro lo que quiera -me dijo.

En ese momento vi que se pasó la mano por el bulto, pero no le hice mucho caso. He aprendido que para muchos hombres es más un movimiento involuntario que una verdadera insinuación.

-Vale -le contesté, sin siquiera estar seguro de que pediría en caso de que ganara.

Nos pusimos a jugar nuevamente, y me di cuenta que él realmente había estado jugando. En pocas manos acabó conmigo.

-Bueno, ¿y qué es lo que quieres? -le pregunté.

-Ponte de pie -me dijo.

Yo lo obedecí, sin saber muy bien lo que quería. Quizás pude haberlo intuido, pero nunca me hubiera imaginado eso de Javier ni en mis sueños más locos. Él se levantó y se pasó detrás de mí, donde no podía verlo. De repente sentí como se recargaba en mí y restregaba su pene sobre mi trasero. Yo me sentía confundido, pero no podía negar lo excitante que era la situación, sentir su duro pedazo de carne sobre mi culo. Me excité rápidamente, especialmente al sentir que él lo estaba disfrutando. Así estuvimos un rato hasta que él eyaculó, lo cual me di cuenta gracias a sus gemidos y a la detención de sus movimientos.

Cuando hubo terminado se volvió a sentar y después de unos segundos lo imité. No sabía qué pensar, mi mejor amigo había hecho conmigo algo que jamás hubiera pensado, pero me había encantado.

-Perdóname -me dijo algo apenado sin mirarme a la cara-, pero estaba muy caliente y como no hay ninguna chava por aquí… Quizás hubiera sido mejor cogerme otra cosa.

¿Realmente estaba arrepentido? Me parecía ridículo, pero decidí seguirle el jueguito.

-Sí, tal vez -le dije fingiendo molestia.

Él me volteó a ver y yo traté que mi cara expresara enfado. Lo debí de hacer muy bien, porque su expresión de pedir perdón se intensificó.

-Quiero la revancha -le dije en tono un poco desafiante.

-¿Qué? -preguntó él sorprendido.

-No voy a dejar mi honor así -le contesté-. Si gano a mí me toca cogerte como lo hiciste tú.

¡Qué honor ni qué nada! Lo único que quería era gozar con él.

-Va -me respondió-. Pero si pierdes te toca masturbarme directo.

Iniciamos el siguiente juego mientras sopesaba mis posibilidades. Si ganaba podría restregarle mi verga sobre su culito con la ropa puesta, pero si perdía podría agarrarle el pito directamente. No me costó ningún trabajo decidirme. El problema fue que Javier parecía preferir que le restregara alguien más el pene en el trasero a que se lo agarraran, ya que estaba jugando terriblemente mal. Sin embargo, no le fue suficiente, porque aún así yo perdí.

Él se puso muy nervioso, y yo fingí sentirme frustrado y enojado, aunque por dentro me moría de la emoción y la excitación. Le dije que se sentara en el sillón. Yo me senté a su lado y me puse a desabrocharle el pantalón. Tardé un poco en sacar su pene, el cual estaba flácido y embarrado de su semen. Empecé a masturbarle lenta y cuidadosamente, disfrutando de cómo aquello se iba poniendo poco a poco duro. No era muy grande, pero tampoco despreciable. Realmente lo gocé. Me imaginaba teniéndolo en mi boca y dentro de mi culito, pero sabía que tenía que ir lento y con cuidado.

-¡Ah! ¡Uh! Lo haces muy bien -me dijo Javier-. ¡Ah! Apuesto que disfrutas mucho tus pajas.

-Sí -le contesté intentando sonar indiferente, lo cual era bastante difícil-. Aunque prefiero hacerlo acompañado.

-Creo que es una pérdida -opinó él-. Apuesto que ninguna chava puede hacerte sentir lo que haces con tus manos.

-¿Y quién dijo que lo hago con chavas? -inquirí yo.

Él me volteó a ver muy sorprendido. Yo lo miré directamente a los ojos sin dejar de masturbarlo. Yo sabía que eso me abriría la puerta o me la cerraría totalmente.

-¿Has tenido sexo con otros hombres? -me preguntó con sorpresa total.

-Sí -le contesté naturalmente-, ¿tú no?

-No -me contestó con voz temblorosa.

-Pues deberías intentarlo -le dije-. Es de lo mejor.

Nos quedamos callados unos momentos, pero yo sabía que ya había traspasado el umbral. Podía ahora masturbarlo sin ningún recato, y era fabuloso sentir cómo su pene se movía en mi mano. Ya no tenía que fingir nada. Ahora podía dejar que mi rostro mostrara el deseo que sentía.

-Creo que debería intentarlo ahora -dijo finalmente él.

Acercó su mano temblorosa hacia mi bragueta, y empezó a acariciar mi pene sobre el pantalón. Mi pito ya llevaba un buen rato bien duro, pujando por salir mientras él me lo sobaba. Estuvimos un rato así hasta que yo me puse de pie y me quité el pantalón. Él me miró con detenimiento por un momento. Me senté sobre sus piernas y comencé a frotar mi pene contra el suyo. Abandoné toda reserva y le di un beso que me correspondió magníficamente. Era increíble lo bien que se sentía el hecho de que nuestros penes estuvieran frotándose mientras jugábamos con nuestras lenguas.

Un momento después sentí su pene dentro de mí. Ambos estábamos ya completamente desnudos. Me puse de a perrito en el suelo y él me penetró después de haberse colocado un preservativo. Era genial sentir como su pene entraba y salía de mi ano.

-No te detengas -le dije entre gemidos.

-No lo haré mi amor -me dijo mientras recargaba todo su cuerpo sobre el mío.

Yo volteé lo más que pude la cabeza y nos volvimos a besar. Lo que me había dicho me había hecho sentir tan deseado, que decidí que le daría a Javier la mejor noche de su vida.

Cuando sacó su pene de mi interior yo me volteé, le quité el condón y arrodillado empecé a chupar su pene. Tenía el sabor más exquisito que había probado en mi vida. Decidí que no dejaría ni un cachito sin probarlo. Pasé mi lengua por todo su glande, luego por su falo y finalmente sus testículos. No tenían mucho vello y era maravilloso sentir la suavidad de su piel con mi lengua. Mientras tanto, mis manos se entretenían acariciando sus nalgas. Javier tenía un excelente culo que recorrí con cada uno de mis dedos.

Poco después le di la vuelta y él recargó sus manos en el respaldo del sillón, por lo que quedó medio empinado con el trasero al aire. Comencé a besarle las nalgas mientras se las seguía acariciando. No obstante, la tentación fue muy fuerte y no pude evitar empezar a saborearlas con mi lengua. Tenían un sabor difícil de definir, el cual me encantó. Javier solo gemía y yo notaba las contracciones involuntarias de su ano. Le di un beso negro y empecé a meterle toda la saliva que podía en su hermoso agujerito. Fue tanta que lo podía follar con la lengua sin ningún problema. Le quité la boca de su culo y comencé a meterle el dedo medio de mi mano derecha. Costaba algo de trabajo, pero la recompensa era ver la cara de placer que ponía mi amigo, el cual no paraba de gemir. Sospechaba que nunca una chica había tenido el valor de llegar a su punto G. Tomé su verga con mi mano izquierda y empecé a masturbarlo sin dejar de meterle el dedo.

-Nunca imaginé que se sentiría tan bien -me confesó entre gemidos.

-Sí, y eso que todavía no pruebas lo mejor -le contesté sonriendo.

Le saqué el dedo de su culo, saqué un condón para ponermelo y puse la cabeza de mi pene a la entrada de éste.

-No estoy seguro -me dijo, aunque su voz transmitió el mayor deseo posible.

-No te preocupes -le dije mientras lo seguía masturbando-. Te va a acabar gustando.

Fui introduciendo mi pene poco a poco. Era maravilloso sentir mi pene dentro de ese pequeño agujero en el cual no había entrado nadie con anterioridad. Javier, por su parte, parecía dividido entre el placer que le provocaba mi mano y el dolor que le producía mi pene. No podía dejar de gemir pero unas lágrimas resbalaban por sus mejillas.

Cuando todo mi pene estuvo totalmente dentro inicié un mete y saca muy lento. Mantuve esa velocidad hasta que noté que Javier ya no tenía dolor y ahora todo era placer para él. Empecé a aumentar la velocidad mientras él no paraba de gemir. Cuando alcancé la velocidad máxima él se vino en mi mano. Sentí las contracciones de su recto apretar fuertemente mi pene, aunque yo no estaba aún listo para venirme.

Tomé todo su semen y se lo unté en su pecho y abdomen. Medio volteé su cara después de eso y comencé a besarlo. Jugamos con nuestras lenguas mientras yo seguía cogiéndolo.

Después le saqué mi pene de su culo y lo senté en el sillón. Me arrodillé sobre el sillón para que mi verga quedara a la altura de su pecho, me quité el preservativo y comencé a masturbarme. Él miraba mi pene extasiado, esperando los chorros que salieran de él.

-Inténtalo tú -le dije mientras soltaba mi pene.

Tomó mi pene con una mano temblorosa y comenzó a masturbarme. Lo hacía bien, aunque quizás podría mejorar algo. Sin embargo, lo dejé continuar hasta que me vine. Mis chorros de leche salieron y cayeron en su cara y pecho. Bajé la mirada para verlo y vi como limpiaba con su lengua el semen que había cerca de su boca.

Me senté sobre sus piernas y lo volví a besar. Nuestras lenguas jugaron un rato enredándose una con otra. Cuando terminamos de besarnos él me dijo:

-Fue lo mejor que me ha pasado en la vida.

-Bueno, considéralo tu despedida -le dije mientras acariciaba su pecho.

Él me sonrió. Yo sabía que esa era la primera y última vez que tendríamos sexo, y eso me entristeció un poco porque había sido genial. No obstante, decidí llevar en mi mente por siempre el recuerdo del día en que me había cogido a mi mejor amigo.

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Vida Nueva – Historias que deben ser contadas.

Hola, mi nombre es Luis,  y este es el tercer relato que escribo.

Les voy a ser sincero, desde un principio no sabía si escribir o no este relato. La razón es muy simple, fue algo que no debí hacer, pues estaba jugando con fuego sin darme cuenta. A veces, cuando deja de ser solo sexo, y se incluye el amor, las cosas cambian, se transforman, se crea un lazo de complicidad y fidelidad. Esa fidelidad que me impedía contar este relato y guardarlo muy dentro de mi corazón, con cerrojo y santo y seña. Este relato es un recuerdo, quizás uno de los mejores, pues marca el inicio de un sentimiento, un sentimiento que no he podido descifrar. No sabía si compartirlo o no, solo el cómplice de ese recuerdo, me impulso a escribirlo, pues como me dijo al oído ‘Historias así, deberían ser contadas’. Gracias de ante mano por leer estas memorias, por leer estas cuartillas del corazón.

Mis padres llegaron ese día a las 6 pm, el electricista ya se había ido y yo, estaba en mi cuarto, sumido en éxtasis, entre mis manos tenía el calzoncillo blanco de Damián, aún con ese olor que me hacía alucinar, era el mejor regalo que me había dado un hombre, su ropa interior, con su hombría, su sudor, su esencia. Lo guardaría como un recuerdo de aquella tarde calurosa, de aquella vez que me di cuenta, que podía tener en mis manos, en mi cama, en mis adentros a cualquier hombre que me propusiera. La carne es débil, como profesan muchos, y solo hay que hacerla erizar para que se doblegue ante ti. Fui a bañarme, pues esa noche, todavía tenía ganas de ir a la reunión que me habían invitado los muchachos del colegio. Me ardía un poco el trasero, pues la cogida que había tenido, había sido un poco ruda. Como si fuera poco, era la primera vez que me penetraban. Así que aguanté el pequeño ardor con orgullo.

Mi padre subió a apurarme, que ya eran las 7 pm y que me esperaba abajo para llevarme a la reunión. Me alisté, me puse un jean negro ajustado, unas zapatillas grises, una franela gris igual y me coloqué un sweater ligero azul que me quedaba muy bien. En realidad, pensé que estaba vestido excelente para la ocasión. Me monté en el auto de papá y nos fuimos. Al rato paramos frente a una casa de dos pisos, bien bonita por cierto, se escuchaba un poco de música. Mi padre me dejó allí y se fue. Le mandé un mensaje de texto a Jorge, el dueño de la casa, avisándole que estaba afuera.

– ¡Luis! Pasa, me alegro que hayas venido.- Dijo Jorge mientras abría la puerta de su casa y nos dimos un apretón de manos.

– Gracias Jorge.

Jorge es el dueño de la casa donde se realizaba la reunión. Es un muchacho grueso, pues practica natación, así que se pueden imaginar la espalda, brazos, piernas y trasero que tiene. Le gusta comer bastante, por lo que no es ‘flaquito’ sino más bien es grueso, sin llegar a ser gordo. Más bien tenía todo en su sitio y era bastante macizo. Es de piel morena clara, con el cabello negro liso, lo lleva siempre de lado, parece un ‘niño bueno’, ese día llevaba un jean claro y una franela negra. Se veía guapísimo, además su sonrisa es cautivante, te hace sentir como si todo estuviera bien. Mas sin embargo, tiene una actitud de rebelde y descuidado que no se lo quita nadie y siempre, aunque no lo quiera, es el centro de atención.

Entré a la casa, y nos dirigimos a uno de los jardines donde estaban todos los demás, saludé y me ofrecieron un vaso de coctel. La noche siguió avanzando entre risas, cantos, chistes y demás tonterías de chicos. Había varias parejas muy melosas y el resto éramos solteros. Jorge era muy gracioso pero si caer en lo ridículo. Tenía una chica a cada lado muy melosas, estaban como ‘compitiendo’ para ver a cuál de las dos escogía. Pero él no se encontraba como muy agradado por esto, es más, podría decir que estaba como incomodo.

– Jorge ¿Me puedes decir dónde queda un baño?- Le dije acercándome.

– Oh claro, por supuesto. Ven, yo te llevo.- Me dijo y se levantó dejando a las dos chicas allí sentadas.

Entramos a su casa, era muy acogedora. Todo parecía estar, donde debía estar. Me presentó a sus padres, me parecieron bastante agradables. Subimos las escaleras y entramos en su habitación. Me gustaba mucho, se parecía mucho a él. Un estilo como Rock y rebelde. Así fui y pasé hasta el baño de su habitación mientras él se tumbó en su cama.

– Gracias por sacarme de esas dos, Luis.- Me dijo mientras seguía en su cama.

– Jaja de nada Jorge, se te notaba lo incomodo.- Dije asomando un poco la cabeza.

– Es que son como un chicle, a veces no me dejan ni respirar.

– Jajaja ya lo he notado.- Dije mientras salí del baño.- Por cierto, me gusta mucho tu habitación.- Y me senté en su cama.

– Me alegra que te guste, tengo casi todo lo que me gusta aquí, sobre todos mis CDs de música y mi guitarra.- Dijo mientras tomaba una guitarra azul que estaba en el piso.

– Vaya que bien, toca algo.

– ¿En serio? Bueno, déjame acordarme de una.

Jorge empezó a cantar una canción lenta, mientras yo recorría con la vista su habitación, en realidad me gustaba, tenía muchas cosas referentes a la música. La canción que cantaba Jorge era sobre un chico que se enamora de su amiga, yo lo miré mientras él seguía inspirado cantando y tocando su guitarra con los ojos cerrados. Me fijé en sus labios, en su rostro, en lo guapo que se veía mientras tocaba su guitarra. Jorge abrió los ojos y me miró mientras cantó el último verso de la canción.

– Ojala te fijaras en alguien como yo, porque esto que siento dentro pesa menos si lo llevan…dos.- Me miraba fijamente y yo no le aparté la mirada. Nos quedamos en silencio como 10 segundos, pero a mí me parecieron décadas.- No sé qué me pasa contigo Luis. Te espero abajo.- Y salió del cuarto.

Me quedé sentado en su cama. Sin saber qué hacer, luego de un rato decidí bajar y seguir compartiendo con los muchachos. Allí estaban todos, seguían riendo y haciendo payasadas. Yo me senté riendo un poco por lo que ellos hacían, pero mi mente estaba anclada en lo que acababa de pasar con Jorge. Él no me dirigió el habla ni la vista en las siguientes horas de la noche, yo estaba medio molesto, no era mi culpa lo que acababa de pasar en su habitación. No entendía por qué tenía que pagar las consecuencias yo. Eran las 12 am y ya quería irme, estaba molesto por lo sucedido. A varios de los que estaban en la reunión los empezaron a buscar. Yo tomé mi teléfono y  me dirigí a un  lugar apartado, estaba marcando el número de mi padre cuando alguien me quitó el teléfono de las manos.

– No me digas que ya te vas.- Dijo Jorge casi en susurro.

– S…Si, iba a llamar para que me vinieran a buscar.

– No te vayas por favor ¿No quieres ir mañana a una competencia que tengo de natación? Es fuera de la ciudad, pero también van mis padres, ellos nos llevarán.- Me dijo.

– Si quieres voy, me dices la hora y mañana estoy aquí para irnos.

– No, no entiendes. Es muy temprano y sé que si te vas no vendrás mañana temprano. Por favor quédate. Yo te prestaré ropa para mañana.- Dijo y agarró mi mano y me dio el teléfono. Lo pensé un rato, mientras él me veía a los ojos.

– Está bien, llamaré a mis padres y les avisaré. Por cierto ¿Quiénes más se quedan?

– Perfecto ¿Quiénes más? Nadie más. Solo tú.- Dijo esto último sonriendo, me abrazó y se alejó a despedir a varios muchachos que ya se iban.

Llamé a mis padres y me dijeron que no había problema. Seguí a Jorge y despedimos a los últimos que quedaban.

– Vaya, estuvo muy divertido el día de hoy.- Dijo Jorge.

– Si, todo estuvo muy bueno. Gracias por invitarme hoy y por invitarme a lo de mañana.

– Tranquilo Luis.- Y puso una mano en mi hombro, mientras entrabamos en su casa.

Jorge ya había hablado con sus padres que yo me quedaría. Fuimos a la nevera tomamos unos aperitivos y unas bebidas, y luego subimos a su habitación. Nos pusimos cómodos mientras veíamos películas y nos daba sueño.

– Discúlpame por cómo me comporté hace rato Luis.- Dijo Jorge mirándome.

– Tranquilo Jorge, no sé qué te ha pasado, pero no te preocupes.

– Ni yo mismo sé qué está pasando Luis.- Dijo Jorge y allí acabó la conversación. Yo tenía como miedo y no sabía por qué. Sentía algo en el pecho que quería salir, pero que yo no lo dejaba. Entré a bañarme, Jorge me dio una toalla y un bóxer para que me cambiara y me dijo que ambos dormiríamos en la misma cama. Duré un rato allí bañándome hasta que al salir solo con el bóxer puesto me doy cuenta que Jorge ya se había quedado dormido, su torso estaba descubierto, y estaba arropado son la sabana. Me recosté en la cama mientras mi mente seguía trabajando. Jorge estaba durmiendo de lado, podía ver toda su espalda. Escuchaba su leve ronquido, que me garantizaba que estaba dormido. Jorge me gustaba, pero de una manera extraña. Tenía mi misma edad, y no sé si era el término correcto, pero me estaba ‘enamorando’ de aquel muchacho.

Me acerque un poco más a su cuerpo y posé mi mano en su cadera suavemente. Estaba calentito. Poco a poco retiré la sábana que cubría sus piernas. Llevaba un calzoncillo gris. Yo estaba muerto de miedo y ansiedad. Me acerqué un poco más a su cuerpo y olí su cuello, mi mano recorrió desde su cadera hasta su abdomen hasta que poco a poco baje hasta su entrepierna donde se alojaba el calor. En ese momento Jorge se movió y yo retiré mi mano, atento por si despertaba. Jorge quedó boca arriba, podía ver todo su cuerpo desnudo, solo con un calzoncillo puesto. Me volvía acercar cuidadosamente y posé mi mano en su entre pierna, y recorriendo aquellos muslos por dentro cuidadosamente. Quería besarlo completamente. Poco a poco fui metiendo mis dedos dentro de aquel calzoncillo apretado y sentí su pubis depilado y su miembro un poco caliente. Jorge había dejado los leves ronquidos pero yo estaba absorto tocando aquel pedazo de carne que tenía entre mis dedos. Acerqué mi boca a uno de sus pezones y lo metí a mi boca, lo chupaba suavemente, dándole pequeños besitos. Yo estaba a mil.

Me llevé una sorpresa cuando una de sus manos me agarro de la cintura. Yo subí la vista y allí estaba, viéndome a los ojos Jorge. Me separé de su pezón, pero sin soltar su pene flácido de mi mano.

– Tarde o temprano iba a suceder.- Susurró Jorge.

– Mejor temprano ¿No crees?

– Me gustas mucho. Eres el primer hombre Luis.

– Haré que te guste mucho Jorge.

Acerqué mi rostro a su cara y nos besamos. Fue un beso tierno, muy largo. En mis manos empezó a crecer aquel trozo de carne. Sabía que ya estaba listo. Baje de nuevo a su pezón, mientras lo masturbaba con mi mano. Le daba peños mordiscos. Besé todo su abdomen y bajé poco a poco su calzoncillo. Su pene saltó y yo inmediatamente lo tomé con mis labios y se lo empecé a chupar. Empezó a gemir lentamente y decidí chupar sus huevos. Jorge abrió un poco sus piernas y empecé a recorrer el camino de sus huevos a su hoyito virgen. Subía y bajaba por ese camino. Chupaba su pene y luego metía sus huevos en mi boca de nuevo. Tenían un sabor exquisito. Estaba todo depilado. Montó su pie izquierdo en mi hombro mientras yo le chupaba el pene y al quedar su hoyito más libre, con uno de mis dedos le daba masajes en su agujero. Jorge gemía levemente para no hacer tanto ruido por sus padres. Yo estaba a mil, deseaba que Jorge disfrutara su primera vez con un hombre. Bajé completamente y me concentré en su hoyo. Mi lengua danzaba por todo ese lugar. El se masturbaba.

– Dios Luis. Ah, ah, ah, es lo me…mejor que me han hecho en mucho tiempo.- Dijo susurrando.

Le estaba dando el mejor beso negro que podía tener. Le daba pequeños mordiscos en los pliegues de su ano y él reía. Sentía las contracciones de su agujero al sentir tanto placer. Jorge me levantó y me acostó bocarriba. Me chupaba los pezones mientras sus manos acariciaban mi cuerpo. Bajó por mi abdomen y me quitó el calzoncillo. Empezó a chupar mi pene, aunque se notaba que era su primera vez, se esmeraba en hacerlo bien. Su lengua jugaba con mi glande, yo estaba en el cielo. Tenía las piernas abiertas y él estaba recostado en una de ellas mientras me chupaba el pene, yo sentía su cuerpo sudado y su pene en mi pierna. Me lamía los huevos riquísimo, se metía uno, luego el otro y por último los dos. Tenía una de sus manos en mi pecho, y me arañaba. Subía y bajaba mi cadera, me lo estaba cogiendo por la boca.

Jorge se levantó y se sentó en mi pecho, de espalda, dejándome ver su espalda y su trasero reposando en mi pecho. Bajó su cara y siguió chupando mi pene. Ahora entendía lo que quería, le había encantado el beso negro. Por eso quería hacer un 69, pero él arriba de mí. Tomé su trasero con mis dos manos, y me dispuse a devorar aquel hoyito. Ambos estábamos disfrutando ese momento. Jorge se detuvo.

– Espero que no me duela tanto.- Dijo él.

– ¿Estás seguro de lo que quieres hacer?

– Más que nunca.

Se levantó  y poco a poco se fue sentando en mi pene. Yo puse mis manos en sus muslos y lo ayudaba a bajar. Jorge tenía cara de dolor pero aún así siguió bajando hasta meterse por completo mi pene. Él puso sus dos manos en mi pecho, sabía que le estaba doliendo. Yo acariciaba sus piernas mientras esperaba que se acostumbrara.

– ¿Listo?- Pregunté.

– Ya.

Empecé un mete-saca suavemente, con cuidado. Al principio Jorge tenía cara de dolor pero poco a poco fue acostumbrándose, hasta que él mismo empezó a cabalgarme. Subía y bajaba, lo estaba disfrutando. Nuestros cuerpos estaban sudados. Con una mano quité el sudor que tenía en su rostro. Yo lo masturbaba. Jorge me estampó un beso. Yo lo agarré por la cintura y lo ayudaba a subir y bajar. Así duramos un rato, mientras yo lo masturbaba al ritmo que yo tenía. Ya me iba a correr así que lo masturbé más rápido. Jorge y yo gemimos casi al mismo tiempo. Mi semen inundó todo su agujero mientras que su semen baño todo mi pecho y abdomen. Jorge me abrazó, exhausto.

– Me encantó Luis.- Dijo Jorge, que tenía su cabeza recostada en mi pecho.

-A mi también Jorge, gracias.- Dije mientras acariciaba su cabello.

– Tú me encantas Luis, no sé si entiendes lo que digo ¿Esto significó algo para ti?

– Significó mucho, pero no sé si estoy listo para una ‘relación’ Jorge.

– Sería discreta Luis, nadie se enteraría. Esto no fue solo sexo, fue amor.

– Te entiendo Jorge, pero ahora estoy confundido y no sé si esté preparado para una ‘relación.-Dije.

– Está bien Luis. Esperaré por ti, pero no prometo que sea una larga espera.

Esa noche Jorge y yo nos quedamos dormidos separados. Yo estaba confundido y no podía decirle ‘Si’ o ‘No’, teniendo historias inconclusas como la de Roberto. Al día siguiente fuimos a su competencia, la cual por cierto ganó, y cuando lo hizo, se acercó a mí dándome un abrazo amistoso y me susurró al oído ‘Este triunfo es tuyo’. Mi corazón saltó, tenía ganas de salir. Han pasado un par de días luego de esa competencia, no sabía si escribir o no éste relato y fue Jorge el que me impulsó. Él está junto a mí, corrigiendo y acompañándome en cada palabra. Las últimas palabras de nuestra conversación aquella noche, fueron las más difíciles de escribir, pues fue revivir ese momento. Le he contado todo, lo de Roberto y lo que pasó con el electricista. Él solo alega que ‘Lo pasado, pisado’ y eso es lo que me gusta de Jorge. Aún hoy no somos nada, solo amigos, no hemos tenido otro encuentro sexual, quedamos que cuando estuviéramos preparados para una relación, esa sería nuestra ‘celebración’. ¿Que qué siento por él? Mucho, ya le he puesto un nombre, pero no sé si esté preparado. Somos los mejores amigos y me siento bien. Sé que Jorge se merece alguien que lo quiera sin limitaciones, pero él ahora me quiere a mí. Jorge me convenció de escribir este relato con estas palabras:

‘Las mejores historias de amor empezaron, cuando comenzaron a ser contadas, así que escribe y conviértenos en protagonistas.’

¿Cómo no darle un beso luego de esas palabras? Nos vemos en los comentarios.

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Vida Nueva – El electricista.

Hola mi nombre es Luis,  y este es el comienzo de un nuevo relato.

Les invito a leer mi anterior relato para que se unan a la historia.

Luego de la experiencia con Roberto, el papá de mi nuevo amigo que vivía al lado, había quedado muy satisfecho, esa misma semana empecé las clases en el nuevo instituto a cursar mi último año. Los profesores no salían de lo normal, unos estrictos, otros despreocupados, en fin, profesores al fin. Ciertamente examinaba a cada uno de mis profesores (hombres), el único que puso a volar un poco mi morbo fue el de educación física. Alto, grueso y peludo, la combinación que hacía poner mi mente de cabeza. Digo ‘poco’ solo porque ya tenía un oso al lado de mi casa, que estaba dispuesto a estar conmigo sin dar muchos rodeos, el profesor por su parte, se veía muy ‘macho’ y aunque siempre he pensado que  ‘El ser macho no limita tus gustos sexuales’ es más, me atrevería a decir que los expande, el desgaste de coquetear e insinuarme de alguna manera para verificar que fuera gay me aburría, y en cierto modo, si salía mal, podía estar en juego mi reputación en el colegio, pues mis preferencias sexuales nada más la sabía Roberto, el oso que me quería, me lo demostraba y por si fuera poco, como mencioné en el relato anterior, me dijo que yo podía andar con quien quisiera, pues yo era joven y tenía que experimentar en mi vida. Mis compañeros eran bastante agradables, eran un grupo bien unido y me recibieron de buena manera, tanto que ese fin de semana me invitaron a la casa de uno de ellos ya que se reunirían y celebrarían por el inicio del año escolar. Yo acepte la invitación, así los conocería mejor y había uno que otro que me gustaba, ciertamente era la oportunidad de explorar el terreno.

La semana pasó, el viernes me terminaron de dar la dirección donde se haría la reunión y quedé en ir. Al llegar a mi casa llamé a Roberto para ver que hacía, me dijo que estaba libre y que su hijo no estaba, así que fui a su casa. Me dio almuerzo que había preparado y luego nos pusimos a ver tele y a hablar, le comenté de la reunión a la cual me habían invitado y se mostró alegre por mí, ya que me estaba adaptando bastante rápido al cambio de ciudad. El día siguió normal, luego en la noche fui a mi casa y dormí.

El sábado sentí que alguien tocaba la puerta de mi cuarto, aún medio dormido me levanté y abrí, era mi padre.

– ¿Aún durmiendo? – Me provocó decirle ‘¿Esperas de un muchacho se levante a las 7:30 am un sábado?’ pero no le respondí nada.- Bueno, ya no lo harás más, recuerda que el electricista viene a instalar las lámparas nuevas y a arreglar el problema que tenemos con los tomacorrientes viene hoy y no avisó a qué hora, así que debes estar pendiente. Tú mamá y yo saldremos a visitar a unos amigos del trabajo, llegaremos como a eso de las 6 de la tarde, luego te llevaremos a la reunión que nos dijiste.

– Perfecto…

– Cuídate, el dinero para que le pagues al electricista está en mi cuarto. Se lo das al terminar el trabajo. Pides comida a domicilio al mediodía y le das al electricista. Cualquier cosa me llamas, Dios te bendiga.

Mis padres se fueron y me quedé un rato tumbado en la cama, bajé y tomé algo de comer del refrigerador. Hice las asignaciones que me habían dejado del colegio y me puse a cargar una película en internet, que quería ver desde hace algún tiempo. Se hicieron las 11 del día y el timbre de la casa sonó, bajé y abrí la puerta de la casa. Tuve que contener mi asombro al ver al electricista, yo me había imaginado que era un señor mayor, pero no, allí frente a mí estaba un muchacho de 26 años, con barba de 4 días, de cabello rapado, facciones cuadradas, más o menos de 1,65 metros, con una braga de trabajador de blue jean un poco ajustada por donde se podían ver los vellos del pecho bien recortados.

– Buenos días, mucho gusto, mi nombre es Damián, soy el electricista ¿Me estabas esperando, cierto?

– E…e…sí, sí, mucho gusto, soy Luis, pasa adelante.- Le di la mano y pude notar que estaba cubierta te una capa de vellos abundante.

Damián entró con una caja de herramientas, le ofrecí agua, le mostré la casa y también las cosas que debía arreglar. Damián era bastante guapo, tenía ese aspecto rudo, era un poco bajo pero musculado, tenía una espalda ancha y unos brazos a juego. Pero lo que más me tenía loco era su trasero, era redondo y se veía bien firme. Tenía una voz áspera, muy seductora a decir verdad. Le dije que yo estaba a la orden, que si quería le podía ayudar en lo que tenía que hacer, me dijo que con gusto aceptaba mi propuesta, para así terminar más rápido. Estuvimos hablando mientras buscaba las herramientas y nos dirigimos a la cajetilla donde se encuentran los principales circuitos de la casa, están resguardados en una especie de ‘casita’ hecha de bloques , con un techo y puertitas para resguardarlos, Damián se agachó ya que estaban muy abajo allí fue donde se puso en cuatro para poder ver mejor los circuitos y pude admirar todo su trasero, deseaba pasar mis dedos por aquella braga que mantenía prisionero a aquél jugoso trasero, Damián estuvo trabajando un rato allí luego fuimos adentro de la casa a arreglar unos tomacorrientes. Ya se habían hecho la 1 de la tarde, el calor estaba insoportable, ya que los aires acondicionados no prendían porque Damián había quitado la electricidad de toda la casa para poder trabajar sin preocupaciones, yo estaba sudando, pero me deleitaba con el cuerpo de Damián, estaba bañadito en una capa de sudor y en una oportunidad, al ver que una gota recorría su frente, pasé mi mano suavemente por su rostro quitando aquella gota de sudor.

– Gracias.- Dijo Damián, sonriendo.- Sudo demasiado, es un problema desde que estoy en la adolescencia.

– Tranquilo, yo también sudo mucho, sobre todo la parte baja de la espalda jaja.- Dije volteándome y subiéndome un poco la franela mostrándole la parte baja de mi espalda adornada con dos huequitos, que se ven muy sexis.

– Vaya que sí.- Dijo Damián pasando uno de sus dedos por esa parte de mi cuerpo y bajando un poquito más hasta la parte donde empezaba la rayita de mi trasero. En ese momento, supe que era cuestión de tiempo para que sucediera lo que deseaba.

– Si quieres te quitas esa braga, digo, si tienes mucho calor, yo no tengo problema.

– ¡Gracias Luis! El calor me está cocinando jaja.- Mientras dijo esto, se bajo el cierre frontal de la braga dejándome ver todo aquél pecho bien formado cubierto por una capa de vellos recortados y adornado con dos pezones rosaditos hermosos. Lastimosamente se la dejo hasta las caderas. Pero podía ver toda su espalda bien trabajada. Realmente estaba hecho un Dios. Siguió trabajando mientras yo le pasaba las herramientas y le ayudaba a hacer una que otra cosa. Llamé y pedí la comida a domicilio, ya eran como las 2, Damián me dijo que fuésemos montando las lámparas mientras llegaba la comida, le busqué la escalera y él se montó a hacer su trabajo. Él estaba de espalda a mí, me lo comía con la vista desde abajo, deseaba aquél trasero, no aguante más y estando todavía Damián montado en la escalera, tomé su braga que estaba por su cintura.

– Quítate esto ¿No tienes calor? Si quieres te busco algo más cómodo.- Dije mientras bajaba poco a poco su braga.

– Vale.- Dijo sonriendo. Le quité la braga y quedó en unos calzoncillos blancos ajustados y en sus botas de trabajo. Sus piernas estaban totalmente depiladas, eran bastante gruesas y fuertes, estaba que ardía. Damián siguió trabajando así en calzoncillos, mientras yo estaba perdido en aquél calzoncillo blanco que estaba transparentado por el sudor que se acumulaba en la parte de sus huevos y en toda la raya de su trasero. Quería mordérselo. Damián se inclinaba y hacía que su trasero quedara muy cerca de mi rostro. Se iba a bajar de la escalera y puse una mano en su trasero, colocando mi dedo índice en su raja, mientras con la otra le quitaba la herramienta que tenía en la mano y se termino de bajar.

– ¿Listo?-Pregunté sonriendo como si lo que estuviera haciendo era lo más normal del mundo.

– Creo que aún falta una cosa.- Dijo acercándose a mí, me tomó por las caderas y me besó. Yo puse una mano en su espalda sudada y otra en su trasero cubierto por ese calzoncillo. Su lengua exploraba cada rincón de mi boca. Me pegó de la pared. Iba en serio. En ese momento sonó el timbre de la casa y me detuve, imaginé que había llegado la comida que había pedido hace rato. Nos detuvimos mientras él se quedó en la sala y yo fui a atender al señor que tría la comida, le pagué y llevé la comida a la cocina.

– ¿Tienes hambre?- Le pregunté.

– Pero de otra cosa.- Y me volvió a besar frenéticamente.

– Y…Ya va, ya va. Vente.- Dije mientras lo tomé de uno de sus brazos y subimos la escaleras hasta llegar a mi cuarto, allí el me quitó la franela y mi pantalón para luego tumbarme en la cama poniendo todo su peso sobre mí.

Me besaba de una forma violenta. Me mordía los labios y eso me excitaba aún más. Yo  metía mis manos por debajo de su calzoncillo y jugaba con sus nalgas. Besaba riquísimo, mientras él me acariciaba el cabello. Quería devorármelo todo. Damián bajó por mi pecho, mordiendo mis pezones, chupándolos de una manera alucínate. Siguió bajando por mi abdomen el cual besaba y llegó hasta mi bóxer, bajándolo poco a poco besando mi pubis depilado, mi pene saltó y chocó en su rostro, él lo tomó con sus dos manos y lo lamió desde mis huevos hasta el glande, un corrientazo recorrió mi cuerpo y gemí. Metió todo mi trozo en su boca mientras que con una de sus manos también me pajeaba, esa combinación me puso a gemir y 5 minutos después estaba que explotaba, él vio mi rostro y paró, quería que yo siguiera disfrutando. Damián se volteó y se puso en cuatro yo me levanté y pasé mi lengua por encima de su calzoncillo, por toda aquella superficie que cubría su raza, enfocándome encima de su hoyito y sus huevos, el olor que desprendía era asombroso, una mezcla de sudor y virilidad, estaba por comerme aquél culazo. Bajé poco a poco su calzoncillo y separé sus nalgas, quedó a la vista una raja limpiecita que terminaba en un exquisito agujero cerradito, olí toda aquella parte, para luego pasear mi lengua y mi boca por aquél rico trasero. Le daba pequeños mordiscos en su agujero y Damián gemía de una manera que hacía que yo me excitara más. Con la punta de uno de mis dedos empecé a darle masajes en su hoyo en forma de círculos, hasta que le metí la punta de mi dedo y poco a poco se lo metí entero. Damián sonreía. Luego le metí otro dedo, ya eran dos, empecé un mete-saca suave.

– Métemelo por favor.- Dijo Damián entre gemidos.

Tomé mi pene, apoyé el glande en su entrada y poco a poco fue entrando mi carne en él. Lo ensarté completamente y lo abracé por la espalda. Quedamos así por un rato, luego empecé un mete-saca lento, poco a poco fui aumentando la velocidad hasta que iba a un ritmo bastante rápido. Damián gemía y sin poder hacer más, me corrí dentro de él. Lo abracé nuevamente y le di un beso en el cuello. Damián se sacó mi pene de su agujero y yo lo acosté en la cama. Empecé a darle besos por todo su pecho, jugué un poco con sus pezones, a los cuales le daba pequeños mordiscos. Le subí uno de sus brazos y lamí aquella axila que desprendía un olor a macho alucinante, seguí bajando por su costado, tomé sus caderas y fui bajando por su pubis, sentía sus vellos recortados haciéndome cosquillas. Agarré su tronco, lo olí y me metí su glande en mi boca, sabía riquísimo, subía y bajaba. Su pene era muy grande y venoso, no me cabía completamente en la boca. Chupé aquél pedazo de carne como si se me fuera la vida en ello. Damián solo gemía y gemía. Tomó mi cabeza y me hizo subir hasta su rostro para fundirnos en otro beso. Era bastante rudo, y eso me gustaba. Me tomó de la cadera y me hizo sentarme poco a poco en su tranco, era la primera vez que me iban a penetrar, acostumbraba a desempeñar el papel de activo, pero bueno, como dicen por ahí ‘Siempre hay una primera vez’. Fue sentándome poco a poco en su tronco, yo sentía como si me estuviera reventando por dentro. En un solo movimiento, Damián hizo que me sentara completamente, sentía los vellos de su pubis haciéndome cosquillas en los huevos.

– Por favor, con cuidado.- Dije.

– Tranquilo, te gustará.

Empezó un mete-saca lento, a mi me ardía cada vez que lo hacía, pero luego de un rato, empecé a disfrutarlo. Metí uno de mis dedos en la boca de Damián y éste me lo chupaba. Damián empezó a moverse cada vez más rápido. Yo gemía sin pudor, sentía dolor y pasión todo junto. Yo lo cabalgué, demostrándole que yo también tenía control de la situación. Luego lo que sentí fui mi agujero lleno de una sustancia. Damián exhaló exhausto y yo sonreí placentero aún sentado en su pene. Damián cogió de su bolso un cigarro, lo encendió y me masturbó, me veía fijamente a los ojos, mientras yo gemía de placer mientras le pellizcaba los pezones paraditos. Al rato acabé en todo su pecho, y me acosté a su lado, el me abrazó.

– Espero que esto no salga de aquí, así como tampoco espero que te hagas ilusiones, pues tengo novia.- Me dijo mirándome fijamente.

– Tranquilo Damián, me lo imaginé y también espero que no cuentes nada.

– Tengo problemas con mi novia, y desde hace rato no cogía. No creas que soy marica.- Dijo un poco apenado, desviando la mirada.

– No digas nada Damián.- Dije mientras le acariciaba su rostro.- Gracias por escogerme a mí.

– ¿Cómo no escogerte? Si te mueves riquísimo.- Sonrió él.

Ese día quedamos tumbados un rato más en la cama, sudados. Damián encendió otro cigarro, mientras hablamos de mis preferencias sexuales, del fútbol, de sus novias y muchos otros temas. Damián era guapo, pero sinceramente solo lo había hecho conmigo porque tenía mucho tiempo sin coger. Él me dijo que había sido la primera vez que cogía con un hombre, pero yo estaba seguro que no era así, pues darme su trasero de una vez no es algo de un hetero. Sabía que ambos lo habíamos disfrutado. Fui a buscarle el dinero del trabajo que había hecho y luego volví al cuarto.

– Toma Damián, aquí está todo el pago.

– No hay mejor pago que lo que acabamos de hacer.- Dijo mientras se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla.- Quédatelos.

– No Damián, tú los necesitas más que yo.- Dije mientras metí el dinero en su bolso.

– Está bien, pero toma, te daré esto, espero que siempre recuerdes lo que acabamos de hacer.- Dijo mientras me dio el calzoncillo blanco que yo mismo le había quitado hace unas cuantas horas.- Aún puedes sentir mi esencia en el.

– G…gracias, siempre lo recordaré. Pero, esto no es un ‘Hasta nunca’ ¿o sí?

– Espero que no.

Tomé el calzoncillo y lo olí mientras lo veía irse. Era uno de los mejores regalos que me habían dado hasta ese momento.

Nos leemos en los comentarios.

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Mi compañero de promocion

Me llamo Antonio, y despues de 17 años de haber terminado la secundaria , gracias al facebook, me reencontré con varios amigos de la promo.

Entre ellos, uno que siempre me gustó, yo lo recordaba alto, cabello castaño oscuro y fornido. Empezamos a conversar, retomamos la amistad por el chat. Me contó que estaba casado y que ya tenia dos hijos. Despues de unas semanas de estar hablando lo invité a mi casa un viernes para reecontrarnos. Le dije que habia invitado a otros de la promo. Bueno llego el viernes, el apareció en mi casa, wow cuando lo vi, casi me caigo, estaba mas fuerte, y su madurez lo hacia ver mas guapo. Me dio un fuerte abrazo de emocion, yo estaba como helado derretido en sus brazos, lo hice pasar, le servi algo fuerte de tomar. Le dije que era el primero que llegaba, que los demas estaban por llegar. Empezamos a conversar de nuestras vidas, y ahi le confesé que era gay, y el me dijo que no tenia problema alguno con eso. Seguimos tomando, obvio le ponia mas alcohol a su bebida, queria embriagarlo y poder tener algo con el. Hice como que llamaba a gente y me cancelaban. Le dije que no podia venir nadie mas, y me dijo que mejor asi habia mas trago para los dos, y nos empezamos a reir. Ya como a la media noche, el estaba entrado en tragos, y pasamos a hablar de sexo. El me preguntaba con mucha curiosidad sobre mis experiencias, a medida que le contaba, mis aventuras, lo bueno que era dando mamadas, empezo a sobarse el miembro sobre el panatalon, lo que me dejo perplejo. El se dio cuenta que lo miraba, y me dijo, te gusta no? y yo respondi que me encantaba. Dicho esto se puso de pie frente a mi, y me dijo que esperas entonces para empezar quiero ver si eres tan bueno como dices. No lo podia creer, pase mi mano sobre su bragueta, se sentia una verga dura, vaya sorpresa cuando le baje la bragueta y se desplego tremendo mastil. Era una hermosa verga, blanca, venosa, gruesa de cabeza rosada, empece a lamerle las bolas enormes, y senti como se estremecia. Segui con mi trabajo, y empece lentamente a subir mi lengua por su mastil, hasta que llegue a la cabeza, le di unos lenuetazos rapidos lo que lo volvia loco. Me dijo, ya mamamela me vuelves loco, eso hice, tome aire , abri bien la garganta y de una me trague toda su verga hasta que mis labios chocaron con sus bolas, escuche su voz varonil que emitia un gemido de placer. Me tomó del cabello y empezo a mecerme, o se la estaba mamando, el gemia, su verga tenia sabor a macho, era deliciosa. Yo me atragantaba con su verga, mmm jugueteaba con mi lengua lamiendo su verga, tragandomela toda, lamiendo sus bolas. Seguia con la mamada, veia su cara de placer, en un momento me dijo que me detuviera que no queria venirse asi. Me alzo en sus fornidos brazos y me llevo hasta mi cama, me arranco la ropa, y me puso en 4, pude sentir su dedo entrando en mi ano lubricandolo. Me dijo , quiero comerte el culo, ser tu macho. Yo le deca , si papi quiero ser tu puta, clavame tu mastil. Seguia con el dedo en mi ano, ya eran 3 dedos, se puso rapido un condon. Senti la punta de su cabeza en la entrada de mi ano ansioso por ser clavado por esta verga de macho. Y sin decir nada mas, me la clavó toda, yo gemi de dolor y placer, era muy gruesa, y el sin piedad empezo con sus embestidas, yo gemia como perra, pidiendole mas verga,el me decia, querias verga, ahora aguanta zorra, y se movia mas rapido, con sus manos separaba mis nalgas para que entrara todo su mastil, sentia sus bolas chocar con mis nalgas, era delicioso. Sacaba su verga y me la metia toda de un golpe, me hacia gemir, me estaba follando como a una perra, y yo estaba feliz. Que delicioso y fuerte follaba este hombre, era increible, era todo un macho. Me puso boca arriba y me clavo nuevamente sue verga, senti como se movia mas y mas rapido, era genial. Veia su cara de placer, sus embestidas eran mas y mas rapidas, sus gemidos se aceleraban,entonces saco su verga , se saco el condon, y me metio su verga en la boca, me lleno la boca de su leche caliente, rica, abunadante, sin pensarlo me la trague toda, todita hasta la ultima gota, y me vine de placer, fue extraordinario. Nos quedamos tirados en la cama, y despertamos juntos. El se duchó, me abrazo y me pidio que esto quedar entre nosotros, y se lo prometi.
Me dio un beso de despedida, y me prometio que volveria por mas, y asi fue, me converti en su amante por meses, hasta que por trabajo tuvo que viajar y ya no lo he vuelto a ver, espero no vuelvan a pasar 17 años mas para gozar de nuevo de sue gloriosa verga.

Espero les haya gustado mi relato.

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