Buscando calor en los sitios más oscuros

Sara estaba muy extraña aquella semana. Atribuí su cambio de ánimo a que las dos últimas semanas la había tenido un poco desatendida. No es que hubiera pasado de ella, sino que como ocurre algunas veces, parece que los astros se alineen para que a uno le salgan muchos compromisos o eventos. La suma de todos ellos totalizó en que no estuviera casi tiempo con ella, y que especialmente el fin de semana, la dejara un tanto sola.

Todo esto es hasta cierto punto justificable y comprensible, aunque me pongo en su lugar y comprendo que pueda estar molesta no por el hecho de no estar con ella, sino por la poca antelación con la que surgieron algunas cosas. También, la ausencia de vernos provocó problemas en la comunicación en la pareja que derivaron en que ella me propusiera hacer cosas juntas, y yo le dijera que no podía porque ya tenía planes.

 

 

En fin, como iba diciendo, aquella semana estaba muy extraña. No se la notaba molesta, pero todo y que ya había pasado mi “periodo de ausencia”, ella ya no me insistía en hacer cosas juntos o me preguntaba que qué tenía en mi agenda.

Extrañado supuse que quizás querría aprovechar para pasar un fin de semana tranquilo, enteramente para nosotros.

 

El sábado pasamos un día tranquilo en casa. Por la noche, me di cuenta que Sara llevaba mucho tiempo en el baño y le toqué la puerta.

–          ¿Estás bien?

–          Síiiiiiii. Pasa si quieres.

Entré, y me encontré a Sara vestida para salir de fiesta y terminándose para maquillar. Llevaba puesto un top blanco de tirantes con rayas rosas y una minifalda beis.  Su delgado y blanco cuerpo hacía de percha como si de una adolescente se tratara. A sus 30 años tenía un aspecto juvenil y cautivador.

–          ¿Dónde vas?

–          He quedado para tomar algo.

–          Ah… ¿No vas a pasar frío?

–          Luego me pondré una chaqueta.

 

Me extrañó que no me hubiera avisado con más antelación, pero lo achaqué a que no debería de estar del todo contenta aún. A la hora de despedirnos, me sorprendió dándome un beso bastante prolongado. Me acarició el paquete y me dijo:

–          Llegaré tarde… quizás sobre las tres. Te he dejado la botella de whisky que te regalaron en la mesa. Si quieres, tómate tú también alguna copa, y así cuando vuelva, estaremos iguales y a ver qué surge…

Me dedicó una sonrisa felina seguida por un beso profundo.

 

La puerta sonó al cerrarse t me quedé unos segundos boquiabierto en el recibidor. Sonreí y me fui a la cocina a prepararme una cena a base de pizza congelada.

 

Me aburría viendo la tele, y apenas eran las 0:00. “Creo que me tomaré una copita”, pensé.

Cogí una copa de balón y preparé la Coca Cola y el Whisky. “Mierda, ¡el hielo!. Bueno, ahora no voy a irme a la gasolinera, qué pereza”.

Me preparé un cubata intentando cuadrar las medidas lo mejor que pude.

Estaba muy fuerte.

“Bueno, aún quedan 3 horas hasta que llegue Sara”.

Me aburrí cambiando de canal en canal, y cuando me quise dar cuenta, ya me estaba tomando la segunda copa. Le envié un mensaje a Sara, pero no contestó.

 

 

Eran las 4:00 de la mañana y Sara no había contestado ninguno de mis 5 mensajes. Cansado y con signos de borrachera decidí irme a la cama. “¿Qué mejor sitio para esperarla?”, me dije a mí mismo.

 

 

De repente me desperté en la oscuridad. Debí de haberme quedado dormido. Oí un ruido, pero al intentar hablar me di cuenta que no podía. ¿Estaría inconsciente por el alcohol? Noté una presión en la cama. No estaba solo.

Volví a intentarlo, pero las palabras no salían de mi boca. Al tocármela encontré una tela. ¿Qué estaba pasando? Me puse nervioso, y al intentar incorporarme, una mano ejerció presión sobre mi pecho y me hizo caer de espaldas sobre la cama. Mantuvo la fuerza sobre mi pecho, y unas fuertes manos agarraron las mías inmovilizándome. Aquella persona era mucho más fuerte que yo.

–          Ahora.- Dijo una profunda voz gutural.

Sentí la textura de algo parecido a una cuerda alrededor de mis muñecas, en mis brazos, en mis pies, en mis piernas.

–          A ver… – dijo aquel desconocido.

Apretó todos los correajes provocándome dolor.

–          Ya está.

 

Se encendió la luz del cuarto cegándome. Cuando mi visión se aclaró, lo primero que vi fue a mi novia, Sara, sonriente. Estaba tal y como la había visto antes de irse de casa.

No conseguí ni moverme, ni articular palabra.

Giré el cuello y en seguida descubrí quién era mi agresor. Por la tranquilidad de Sara, ella no estaba en peligro, así que me relajé un poco y dejé de forcejear.

 

–          Tu novia ha preferido que estés calladito y quietecito – dijo el desconocido.

El hombre era un joven negro, más alto que yo y especialmente corpulento. Él sonreía, y quizás fueran efectos del alcohol, pero en aquel momento mi mente no podía dejar de pensar “qué dientes tan blancos tiene”.

 

–          Michael, ¿te puedes creer que mi novio ha pasado de mí durante dos semanas? – dijo Sara mientras ambos hablaban sentados en la cama a mi lado.

–          ¡No!  – contestó el negro con una falsa sorpresa.

–          Mira, ¿no crees que debería ser delito no hacer caso a este cuerpo?

Sara se levantó y giró lentamente contoneando las caderas.

–          ¿Te gusta?

–          Me encanta nena.

–          ¿Y esto?

Mi novia agarró su top desde abajo y lo fue subiendo poco a poco. Se lo quitó, y me sorprendí a ver que no llevaba sujetador. Sus pequeños pechos, coronados por pequeños y puntiagudos pezones apuntaban directamente al chico de color.

–          ¡Qué tetitas tan ricas! ¿Cómo se llama tu novio?

–          Luis.

–          ¡Luis! Eres un cabrón. Mira que no gozarte a esta chica….

 

Sara se subió lentamente a la cama y empujó suavemente el pecho del chico. Éste se tumbó bocarriba y se acercó como una depredadora. Posó una mano sobre su rodilla y fue ascendiendo hasta la entrepierna.

–          ¿Qué es esto? ¿quieres mi coñito?

–          Sí. Le voy a sacar más jugo que el cornudo de tu novio. ¿Me oyes Luis? No se te ocurra cerrar los ojos. Me voy a follar a tu novia.

–          Sí, lo estoy deseando…

Luché en un pronto por intentar desatarme pero sólo conseguí hacerme daño. Me sentía humillado y muy cabreado.

Los amantes se besaban mientras yoles miraba impotentemente. Mi chica, encaramada sobre Michael, levantaba su pequeño culito poniéndolo en pompa y volviéndole loco.

Sus grandes manos oscuras surcaban la redonda y estrecha superficie de su culito como nubes de tormenta.

Ella lo besaba con pasión. Se echó hacia atrás, y él le acarició las tetitas como si fueran pequeños frutos que recolectar.

–          ¡Luis cabrón! Cómo me gusta tu novia…

Aquellas manos como palas treparon por las piernas de Sara arrastrando consigo su minifalda.  Ella sonrió, y se la desabrochó.

El negro se incorporó, y succionó con sus grandes labios los pechos de Sara. Estos desaparecían enteros en aquella bocota. Ella se dejaba hacer y le acariciaba la cabeza. En un momento dado me miró directamente, y cogiendo la nuca del chico, la hundió entre sus tetitas haciendo que él estallara en un festín de lamidas y besos.

Me sentía lleno de ira, pero hacía tiempo que había dejado de forcejear. Era inútil luchar contra mi borrachera y aquellas cuerdas.

 

Mi novia se restregó un poco contra el paquete de aquel hombre hasta que él se levantó.

–          Siéntate aquí. Mira…

El chico se bajó los pantalones y le enseñó su polla. Aquello no era un pene, sino el padre de todos ellos. Oscuro de arriba abajo era grueso y largo como casi dos manos extendidas de mi chica.

–          Vaya pollón… – dijo Sara.

–          Todo para ti preciosa.

Ella lo acarició con delicadeza y lo sopesó y miró por varios ángulos estudiándolo.

–          Ahora cabrón, vas a ver cómo tu novia me come la polla. Una auténtica polla de negro, no como el palillo de los oídos que tenéis vosotros.

Sara me miró al tiempo que daba pequeñas chupaditas con la punta de la lengua.

Con cuidado, se metió apenas la punta de aquel falo en la boca. Ayudándose con una mano con la que agarraba el pene, empezó su succión esmerándose lo mejor que pudo.

–          ¿Te gusta?

–          Me encanta…

–          Con lo cachondo que me has puesto bailando en la discoteca, no veas las ganas que tengo de follarte.

–          ¿Lo harás con cuidado? Me vas a partir en dos con esa polla…

 

Michael sonrió y dejó caer de espaldas con cuidado a Sara sobre la cama.

–          Con cuidad….

Antes de que ella terminara la frase, él había puesto su cabeza entre sus piernas. Desde mi posición apenas podía ver  cómo lo hacía, pero por los gemidos de mi chica… lo debía de estar haciendo muy bien.

Por el movimiento que veía de su codo, me imaginé que no solo le estaba comiendo el coño, sino también metiéndole algún dedo.

 

Vi como el chico se ponía en pie, báculo en mano. Dejó caer su trozo de carne sobre mi chica y ella gimió de la excitación. En aquellos momentos la ira y la frustración habían dejado paso a la excitación pura. Estaba muy cachondo, pero no podía hacer nada. Si pudiera hablar, habría pedido que me dejaran participar, o pajearme.

 

No lo vi desde mi posición, pero por el movimiento de cadera del chico, intuí que su polla estaba dentro. Se movía lentamente, y estaba seguro que no le estaba metiendo toda su manguera.

El chico aceleró el ritmo. A mi lado, las tetitas de mi chica saltaban como grava en el camino.

–          Ohh, sí, qué gusto….

–          Qué coñito más rico nena… Tu novio está palote viendo cómo te follo.

Pararon un momento, y noté la mirada de Sara sobre mí.

–          Es verdad… ¡Será cabrón! Venga Michael, fóllame.

El joven continuó su mete-saca. Sus músculos brillaban con el sudor y se contraían con el movimiento.

Michael se tumbó de lado. Tenía ambas caras mirándome mientras veía cómo aquella polla de otra época entraba y salía del coñito de mi novia. Él le besaba el cuello y los pechos con furia animal.

 

Cambiaron de postura, y a cuatro patas, mi novia apoyó adrede una de sus manos sobre mi paquete. Mientras aquel negro la penetraba como si estuviera montando un oleoducto, ella me rozaba por encima del pijama. La excitación fue tan grande, que antes de que pudiera pararlo, noté un calambre en el pene. La sacudida me recorrió todo el cuerpo, y empecé a correrme.

–          Para Michael, ¡mira!

–          ¡Serás cabrón! ¡Te has corrido!

Una mancha húmeda se marcaba en mi pijama.

–          Te voy a enseñar yo a correrte…

El chico cogió en volandas a Sara y la colocó pegada a mí.

Agarró su pene con una mano, y empezó a masturbarse a la velocidad del rayo frente a la cara de mi chica.

Ella lo lamía de vez en cuando hasta que él emitió un gemido de oso.

Un gran chorro blanco salió disparado y cruzó la cara de mi novia. Me asusté, y giré la cara hacia otro lado porque estaba muy cerca. Otro chorro se derramó sobre sus tetas, y algunas gotitas me salpicaron.

Cuando aquella bestia oscura terminó se fue al baño.

 

 

No sé cuándo pasó, pero me había quedado dormido. Al despertar noté que ya era de día. Se oía el agua de la ducha correr. Mareado por la resaca me dispuse a levantarme, pero me di cuenta que seguía atado y amordazado. Estaba a merced de mi novia.

¿Cuándo duraría su venganza?

 

 

 

 

 

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