Haciéndolo con la novia de mi mejor amigo

La historia comienza cuando mi amigo Santiago tuvo que irse a trabajar a Epona, un picadero que está cerca de la zona, a principio de verano. Su novia Silvia, al igual que yo, se había quedado sola en la ciudad, todas nuestras amistades se había ido de vacaciones. Ella y yo quedabamos todos los días, ya fuera para ir a lavar mi coche o ir a que se comprar unos zapatos, a alquilar una película en el videoclub o simplemente para pasar el rato . Tengo que reconocer que Silvia estaba muy buena (estatura de 1.69, rubia, cabello lacio, de ojos claros, con grandes pechos y piernas y culo firme, era azafata de congreso por lo que cuidaba mucho su forma física y lo que comía.) Le encantaba vestir de forma provocativa con minifaldas y escotes muy pronunciados.

Una de esas tardes me fui con Silvia a CyA a que se comprar un vestido, mientras ella se metía en los probadores yo estaba fuera esperando jugando con el móvil. Se probó como 4 vestidos, ella corría la cortina se probaba el vestido y luego abría la cortina para enseñarme el resultado. En una de estas la cortina se quedó algo abierta. Ella me llamó para que le buscara un vestido como el último que se había probado pero en amarillo. Cuando lo traje y se lo dí me dí cuenta de la cortina y no pude evitar mirar.
Silvia estaba en ropa interior con unas bragas blancas y un sujetador blanco, aunque la había visto varias veces en bikini en ropa interior estaba más espectacular y por el reflejo del espejo podía observar sin ser visto. Cuando llevaba un rato ella terminó de ponerse el vestido me dijo.
– Me veo guapa. dijo ella luciendo su vestido amarillo ceñido a sui cuerpo y un gran escote como era propio de ella, entré en el probador con ella y me puse detrás de ella poniendo mi mano encima de su barriga.
– Te ves muy hermosa.- mi polla esta erecta por lo que toda mi sangre estaba abajo en vez de arriba en la cabeza, debido a eso olvidé que era la novia de Santiago y que estábamos en un lugar público. Acerqué mi cuerpo al suyo pegando mi polla a su culo mientras que le susurraba al oído. Si no fueras quien eres y no estuviéramos en donde estábamos te hacía ahora mismo el amor. Todo era un juego con la única intención de ponerla colorada, cosa que conseguí.
Me separé de ella y salí del probador, ella se quedó algo noqueada luego con voz seria dijo que se cambiaba cerrando la cortina.

Pasamos por caja donde se llevó dos vestidos de los cuatro que se había probado, uno de ellos el amarillo. Fuimos a su casa como tantas tardes para dejar su compra.
Ya en su casa me puse cómodo en el sofá escuchando una voz desde la cocina.
– ¿Quieres un café? – dijo ella
– Claro, con leche.- respondí.
Al rato vino al salón y se sentó a mi lado en el sofá donde estuvimos hablando. De pronto sentí una mano acariciando mi pierna, yo seguía tomando café.
– ¿Quieres más?. preguntó.
– Sí, por favor. Luego de servirme más siguió acariciándome sin prejuicio, cada vez más cerca de mi pene. Yo me sentía muy nervioso por la situación, pero no me disgustaba. Ella hablaba de cualquier tema, yo le seguía el juego. Entre palabras sentí que su mano ya estaba sobre mi pene, por supuesto estaba erecto. Sin ningún problema desabrochó mi pantalón y metió su mano dentro. Pude sentir su suavidad sobre mi parte más sensible, aunque la situación seguía siendo extraña y algo incómoda yo me dejaba hacer. Una de sus manos sostenía la taza de café, mientras que la otra me acariciaba sin apuro, cosa que me causaba mucho gusto.
– Hace calor. dijo ella.
– Sí, mucho, mucho. Respondí yo
Su mano comenzó a masturbarme, primero lento pero luego más rápido, yo sabía que no iba a detenerse hasta hacerme ver las estrellas. Ella recorría la longitud de mi pene sólo
para darme más y más placer. Por culpa de la mesa no podía apreciar el espectáculo al que estaba siendo sometido, pero por el gusto que sentía lo imaginaba claramente. Gracias
a las caricias el orgasmo estaba próximo a llegar. Un intenso hormigueo se apoderó de mi cuerpo y me petrifiqué como nunca antes, el placer era demasiado para obviarlo. Mi semen comenzó a salir impetuosamente, volcándose sobre su mano y mi pantalón quise gritar de placer.
– Ssssshhh.- escuché de su boca, algo leve, pero allí estaba.

No sé cuantos segundos habría durado, pero sentí que habían pasados horas enteras. Cuando terminé ella acarició un poco más mi pene y se restregó por mi pantalón, limpiándose un poco la mano. Luego se levantó para llevar las tazas al fregadero, haciendo como si nada. Yo no pude
resistir más su silencio. Me levanté y me acerqué a ella por detrás, apretándole mi cuerpo a su cuerpo mientras le besaba el cuello. Silvia se dio vuelta y me atacó con sus carnosos labios. Mientras nos besábamos traté de quitarle la camiseta que llevaba, para poder ver de una vez sus senos. Ella me ayudó a quitársela y me mostró orgullosa su busto, como para no estarlo.
– ¿Te gustan mis tetas?. Yo no dije nada, sólo me tiré de cabeza hacia ellas. Pasé mi lengua por uno de sus pezones, sobresaliente, duro y rosadito.
– Por supuesto que te gustan. No parés.
Mis manos rodearon su cintura y Silvia abrió sus piernas para que yo estuviese más cómodo. Cuando me acerqué mi pene irremediablemente la tocó no muy discretamente.
– Parece que tenemos un invitado. dijo ella,
– déjame darle la bienvenida, quiero saludarlo.

Con su mano tomó mi pene y comenzó a acariciarlo. Sin decir nada se pegó a mí, pasó su lengua por mis labios y dijo
– Esto te va a encantar.
Comenzó a besar mi pecho y así se fue agachando hasta mi cintura. De un solo saque
bajó mi pantalón junto con mi calzoncillo. Mi pene quedó enfrente de ella, ansioso por sus labios. Silvia corrió con sus dedos la piel que cubre el glande y luego lo besó con ternura.
Sin perder tiempo pasó su lengua por debajo de mi pene y recorrió todo el palo de principio a fin. Luego lo envolvió con sus labios y lo hizo desaparecer en su boca, llenándome de placer.
Silvia lo metía con fuerza casi hasta el fondo de su garganta, lo más que podía. Ningún rincón de mi extensión quedaba libre de sus encantos, yo comencé a moverme como penetrando su boca. Cuando sentí que no podía aguantar más le dije, ella se detuvo.
– Todavía no.
En ese momento estaba demasiado excitado para pensar cualquier consecuencia con Santiago, de venir las afrontaría luego. Silvia fue rápido y no me dejó pensar que pensaría su novio si se enterara, agitando su cola y pechos de un lado para el otro. Apenas entró en la habitación se quitó la poca ropa que aún llevaba puesta.
– Desnudate. me ordenó.
Yo no la hice esperar y me quité toda la ropa, para estar más cómodo. Ella se acostó en la cama con las piernas abiertas y su vagina expectante, mirándome fijamente.
– Ven, te quiero dentro mío. Yo me acerqué algo desesperado y ansioso por lo que iba a suceder. Me puse sobre ella y apunté mi pene a su entrada, bien afeitada y totalmente
roja. Aún no podía creer lo que estaba pasando, debía ser un sueño, era mejor aprovecharlo mientras estuviese dormido.

Ella no quería esperar, se acercó más a mí y me empujó hacia su gruta.
– ¡Ay!. Dijo.
– ¿Te duele?.
– No, me gusta.
Las ganas que teníamos eran mayúsculas. Comencé a entrar y salir de ella rápidamente, una y otra vez. Silvia gemía por lo bajo y me decía que siga. Mis manos acariciaban sus piernas, sus pechos, su cara, su pelo, sus labios, todo lo que estuviese a mi alcance. Sentí que sangraba de tanto tocarla. Ella buscaba en todo momento mis labios para besarlos y morderlos, pero yo me apartaba y besaba su cuello de la mejor manera que podía hacerlo. Podía escuchar claramente el sonido que producían nuestros líquidos cuando nos movíamos, era increíblemente excitante. En cierto momento la miré a los ojos y me sorprendí. Por su expresión parecía que iba a llorar, pero todo lo contrario por suerte. Su cuerpo tembló y sus uñas se clavaron en mí espalda como buscando contención. De la nada Silvia empezó a gemir cada vez más fuerte, más fuerte, hasta que súbitamente echó un grito de victoria y se quedó tranquila. Yo seguí moviéndome, ya que mi corrida era inminente y quería terminar con lujos.
– Espera, no te corras dentro, afuera por favor.
Hice caso. Justo en el último momento me salí de su interior y derramé mi semen en su estómago.
– Así, lléname de lechita, bañarme de tu semen. me decía.
Parecía gustarle la sensación que dejaba mi pegajoso líquido. Muy cansado me recosté a su lado y tomé un respiro.
Ella de sus ropas sacó un paquete de cigarrillos, prendió uno y me convidó, pero yo le dije que no ya que no acostumbro a fumar. Sólo me quedé mirándola sin decir palabra alguna.
– Cómo necesitaba eso, que bien que se sintió.Confesó.
– ¿No temes que Santiago se entere y lo que puede pasar?
– No, la verdad es que lo del probador me ha puesto muy cachonda.
– ¿En serio?.
– Sí.

Tras ese polvo repetimos varias veces cuando nos apetecía, Santiago nunca se enteró, y me daba las gracias por cuidar de su novia en su ausencia.

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