Fabiana II

Él tomó la iniciativa, la tomó como una muñeca y la puso boca abajo, separó las redondas nalgas y fue penetrando suavemente. Quedaron de costado sobre la cama y comenzó a estimular el clítoris con una mano y los senos con la otra. La hembra vencida, comenzó muy lentamente a disfrutar los estímulos.

Gustavo y Fabiana, dejaron de verse unos meses, debido a que él tuvo que viajar por trabajo. Habían tenido un comienzo muy intenso: él fue su primer hombre y Fabiana sabía que podía hacer cualquier cosa que Gustavo le pidiera.

Durante los meses que no se vieron, Gustavo escribía cartas que encendían el espíritu de la joven, él conocía la pasión de Fabi por la literatura y sabía muy bien como mantener vivo su amor. Ella mantenía el secreto de su aventura, ni siquiera sus amigas más íntimas sospechaban lo sucedido; leía con avidez las cartas de su amor secreto. Sus palabras llegaban a sus fibras más íntimas, en las noches imaginaba que Gustavo estaba a su lado y le susurraba al oído todas las cosas que escribía en sus cartas. Se acostaba desnuda, acariciaba su cuerpo y sólo podía pensar en él y en los momentos que vivieron en el hotel.

Ella a su vez, respondía sus cartas con otras llenas de palabras de amor, ansiedad, deseo, lujuria: “Sólo puedo pensar en el momento de encontrarnos nuevamente, deseo tocarte, tocar tu sexo por el que fui inmensamente feliz. Sólo puedo pensar en tenerte dentro de mí, en que tomes mi cuerpo como tu esclava incondicional del amor. Te necesito mucho, por las noches me despierto sobresaltada, empapada en el deseo que me enloquece”.

Finalmente Gustavo volvió, durante los primeros días sólo se vieron de lejos y hablaron telefónicamente, él tenía que ordenar sus cosas y cumplir con su familia. Cuando pudieron encontrarse a solas (en la casa de Fabiana), se miraron por espacio de unos minutos que a ambos les parecieron una eternidad, pero necesitaban ese espacio para reconocerse y comprobar cómo se deseaban. Casi pudieron poseerse sin siquiera tocarse. Cuando reaccionaron, se abrazaron vigorosamente, se besaron apasionadamente, pero sus deseos incontenibles de tener sexo no iban a cristalizarse esa tarde. Llegó gente a la casa y debieron separarse hasta el otro día.

Al día siguiente, Gustavo la esperaba en la puerta del edificio, ella subió al coche, se hundió en sus brazos. Él arrancó a velocidad y sólo se detuvo cuando llegaron a un hotel en las afueras de la ciudad. Tomaron una habitación por todo el día, Fabiana pensaba en darle placer a su hombre y así se lo hizo saber: “Amor, quiero tocarte, quiero hacerte gozar”. Gustavo miró sorprendido a su mujer, pero no podía negarse, la invitó a bañarse juntos. Se desnudaron en silencio, pero sin dejar de mirarse y se metieron en la ducha. Suavemente ella comenzó a besar el pecho del hombre descendiendo hasta alcanzar su pene. La boca y las manos de la joven trabajaban con destreza, recordando las cartas del hombre que le había relatado sus sueños más eróticos.

No tardó mucho en llegar la erección y el semen brotó desbordando su boca, bañando sus pechos. Fabiana se incorporó y nuevamente se besaron. “Ahora es mi turno de hacerte gozar, no olvides que eres mi esclava. Tu cuerpo tierno es mío. Déjame secar tu piel, darte un masaje que te hará volar”.
Tomó una toalla muy blanca y acarició con ella el cuerpo de la chica, se inclinó, separó sus piernas y frotó el clítoris suavemente, pero fue suficiente para que las piernas dejaran de responder. Fabiana cayó tendida sobre la cama, Gustavo la preparó para el masaje: llevó sus brazos hacia atrás y los ató a la cabecera de la cama, separó sus piernas y también las ató. La respiración de Fabiana era cada vez más agitada, estaba completamente indefensa frente a aquel hombre que observaba el cuerpo de la hembra como un animal en celo.

Trajo del baño unos aceites afrodisíacos, el aroma inundó el ambiente, no dejaba de mirar el sexo húmedo de Fabiana y comenzó sus masajes. Estimuló los pezones hasta que estaban tan duros que dolían, se inclinó a morderlos mientras sus dedos aceitosos masturbaban el sexo y el ano. Entre suspiros y gemidos Fabiana rogaba que la penetrara de una vez, pero Gustavo realmente estaba disfrutando de aquella situación. Se montó sobre la muchacha de manera que la posición le permitía hacerse una paja con sus senos.

“¡Mamita! ¡Te crecieron las tetas, realmente estás hermosa! Me gusta tanto que podamos estar así, alcanzar esta intimidad, este grado de compenetración”. Así le hablaba mientras su cuerpo resbalaba sobre el torso de la chica.

Esta vez eyaculó sobre su cuerpo, utilizando su semen para completar el masaje. “Quiero impregnarte de mi esencia, llevarás mi olor toda la vida”. Quitó las ligaduras, liberó a su amante, quien se abrazó a su cuerpo con desesperación y se desmayó. La jovencita no resistió tanta excitación, él se asustó primero, pero de inmediato la hizo reaccionar. Se acostó a su lado, la acercó a su cuerpo y así descansaron un rato. Gustavo había cumplido 46 años y si bien era un hombre fuerte tampoco estaba preparado para lidiar con una hembrita tan joven y lujuriosa.

Dormitaron, luego se levantaron volvieron a la ducha, estaban exhaustos, ambos deseaban más sexo, pero de pronto tomaron conciencia de que apenas se habían dirigido la palabra. Permanecieron desnudos, se sentaron en una pequeña terraza privada y tomando un refresco hablaron sobre las cosas que habían sucedido mientras estuvieron separados.

-“¿Estuviste con alguien?” -(Lo miró sin entender la pregunta). ¿Qué quieres decir? -No tengas vergüenza de confesarlo, quiero saber si tuviste sexo con alguien. No te estoy pidiendo explicaciones, sólo quiero saber. -Me hiciste mucha falta, no sé si alguna vez podré estar con alguien más. Soñaba con tus caricias, me masturbaba pensando en tu pene dentro de mí.

Se hizo un largo silencio, Gustavo entendió la influencia que podía ejercer sobre aquella mujer que estaba totalmente entregada a él. Sintió miedo al principio, pero conforme la seguía mirando y veía como aquel cuerpo desnudo se dejaba mirar sin inhibiciones, lo fue ganando la idea de ser su hombre para siempre. Se sentía capaz de dejar todo, para hacerla feliz. El día terminaba y ya casi era hora de volver a la realidad. Se vistieron dejaron la habitación, subieron al auto y retornaron a casa.

Fabiana no durmió esa noche, dio vueltas toda la noche pensando en su hombre. Al otro día no se vieron, pero hablaron para planificar otro encuentro. Se encontraron en la casa de Fabiana, sus padres estaban trabajando, ella le dio una llave a Gustavo de manera que no lo escuchó llegar. Él conocía la casa así que fue directo a su habitación, la puerta del baño estaba abierta y la sorprendió semidesnuda tratando de depilarse.

Ella se sobresaltó, la avergonzaba la situación, intentó cubrirse, pero él no se lo permitió.

-“Ah no, nada de pudores conmigo chiquita. Yo soy tu hombre, tú eres mía. Déjame verte, déjame hacerlo por ti”.

Despacito Fabi se descubrió, permaneció sentada, separó las piernas, se echó hacia atrás y Gus comenzó a trabajar. Las mieles no cesaban de fluir de la vagina, la respiración del macho estimulaba su sexo. Cuando terminó el pubis estaba totalmente rasurado. Se fueron directo a la cama, ella se tendió, flexionó las piernas, él se arrodilló a sus pies y hundió la cabeza entre sus piernas, su lengua comenzó a trabajar a gustó y llegó el primer orgasmo. Penetró el ano con su dedo, mordió levemente el clítoris y los labios vaginales y llegó el segundo orgasmo.

Se incorporó, su pene estaba más erguido que nunca, comenzó a rozar el sexo de la mujer y sin mucho trámite la penetró duramente. Fabiana aún era muy estrecha de manera que lanzó un grito impresionante. Lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos y esto estimuló más al macho que continuó con arremetidas feroces. Esta vez su semen se derramó en el interior de la vagina, cuando se retiró el cuerpo de Fabiana se arrolló de costado. Estaba dolorida y asustada, siempre se habían cuidado de eyacular fuera de la vagina. Gustavo estaba muy excitado y no reparó demasiado en los sentimientos de su compañera.

-“Mi putita, ponte de espaldas que quiero entrarte por el culo. Ese culo que me enloquece y con el que sueño desde la primera vez que te cogí”.

Fabi no se movía de manera que él tomó la iniciativa, la tomó como una muñeca y la puso boca abajo, separó las redondas nalgas y fue penetrando suavemente. Esta vez la muchacha gritó con más fuerza, pero él giró los cuerpos, quedaron de costado sobre la cama y comenzó a estimular el clítoris con una mano y los senos con la otra. La hembra vencida, comenzó muy lentamente a disfrutar los estímulos. Cuando el macho se calmó, se separó del cuerpo de la mujer y se fue a su casa dejándola agotada y sola.

Esa había sido una tarde de placer animal, no hubo lugar para los sentimientos. Ambos gozaron como animales, aún en el dolor.

Autora: Amandaz

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Mirando desde la ducha

Tenía un deseo animal, carnal, la idea de ser poseída por aquel vecino mirón hizo que mi sexo comenzase a rezumar sus propios jugos, mezclados con el agua que chorreaba entre mis piernas separadas, la sensación contraria del ardiente calor de mi interior, con el agua que ahora me parecía casi helada en comparación me hizo temblar de un extraño placer.

Llegué a casa sobre las 8, con la mente aún nublada de las horas pasadas en el trabajo, entre tantas cifras y números, una termina pensando que se va a transformar en una máquina como el propio ordenador, pero ya daba igual estaba en casa y hasta mañana, el resto de la noche era mía. Agotada, necesitaba relajar mi cuerpo, disfrutar de mí y de mí tiempo. Tras dar un par de vueltas por la casa, cerveza recién sacada de la nevera en mano, decidí que lo mejor sería deshacerme en un largo y cálido baño. Retiré la sombra de ojos y el rímel, clavé mi propia mirada verdosa en el espejo. Si no fuese casi por obligación del trabajo, me gustaría poder disfrutar de mi cara y rostro limpio y sin pintar…

Llevé un par de toallas y alguna vela aromática al baño, y tras dejar las cosas preparadas cuidadosamente, me desnudé para darme una ducha caliente, podía notar los nudos de mi espalda cada vez que me agachaba a colocar las cosas, estaba tensa y necesitaba relajar mis músculos. Salí una última vez para tirar la lata vacía de cerveza a la basura y regresé al cuarto de baño, cerré la puerta y miré agradecida el ambiente que acababa de crear en este pequeño santuario. Las velas desplegaban su perfume por toda la estancia, cerré los ojos y fui oliendo una a una sus fragancias para después sentir como se mezclaban entre ellas. El cuarto de baño donde estaba la bañera tiene una ventana que conduce a un patio interior. Recuerdo como en verano me quedaba horas dentro del agua sin volver a poner agua caliente, solo con la luz del sol entrando por el cristal. Lástima que ahora sea invierno, pensé.

Vivo en una cuarta planta y encima de mi piso no tengo a nadie, pero si frente a él, y sinceramente al estar en el último piso, nunca me había preocupado de que con ese sol que me gustaba sentir en la bañera, entrasen otras cosas… Hasta hoy.

Me adentré en el cuarto de baño, abrí el grifo y lo dejé correr. Mientras comencé a desnudarme, dejando los vaqueros tirados en el suelo para no pisar con los pies descalzos los fríos baldosines, acompañada del ronroneo del agua al caer dentro de la bañera, aproveché en cuanto se llenó un poco para poner un poco de aceite, no quería burbujas, pero si un poco de aroma. Tenía la ventana entreabierta, lo noté en cuanto el vapor comenzó a moverse hacia ella. Cuando me acerqué para cerrarla, me pareció ver de refilón una especie de sombra quieta en la ventana que tenía frente a mí. Por un instante me extrañé y miré más fijamente para saber de que se trataba.

Una luz cálida, como de una lámpara de lectura o de sobremesa, dejaba salir un poco de claridad a través de un visillo por cortina de color beige y detrás lo que sin duda era la forma de un cuerpo. Me quedé pensativa. Por un momento quise pensar que era casualidad. Era casualidad que mi vecino estuviera detrás de la cortina mientras yo me metía en la bañera, lo más posible es que únicamente esté leyendo en la sala, junto a la lámpara, aprovechando la tranquilidad de la noche… Pero no se muy bien porqué, un par de pensamientos tan traviesos como morbosos se pasaron por mi mente… Y decidí dejar la ventana tal y como estaba, entreabierta y ver si era casualidad o si mi vecino era un mirón como los de las películas.

Algo sobresaltada, por mis propias ideas, salí del baño y volví a la cocina, saqué otra cerveza fría y espumosa y mientras le daba un largo trago pensé sobre lo que creí haber visto… Apuré la cerveza tan rápido como mis primeras inhibiciones desaparecían. Sonreí divertida y marché de nuevo hasta el cuarto de baño, volví a cerrar la puerta y continué todo donde lo había dejado.

Me metí en la bañera, comprobando lo calentita y agradable que estaba el agua. Agarré el mango de la ducha y comencé a regar mi cuerpo con un agua tan caliente que de la impresión inicial, se me estaban poniendo los vellos de punta. Notar como con la misma velocidad con la que el agua se evaporaba sobre mi piel, se marchaban mis molestias musculares, mis problemas… y mis inhibiciones, era algo excitante. El agua se deslizaba por cada centímetro de mi piel, mi pelo, mis pechos… De vez en cuando no podía evitar deslizar la mirada con los ojos entornados de malicia hacia la ventana, imaginándome el poder saber si mi vecino seguía ahí, disfrutando del espectáculo.

Me moví dentro de la bañera, para alcanzar un bote de gel… Y allí estaba. Su figura se dibujaba a través del visillo. Él solamente podía apreciar a través de mi ventana mi cara y mis hombros… Pero parecía que le era suficiente, pues no se movía ni un centímetro de su posición. Mientras me enjabonaba comencé a fantasear… Fantasear con bailar envuelta en jabón para él dentro de la bañera, con la idea de que un repentino golpe de viento abriese de par en par mi ventana, incluso… Con la posibilidad de masturbarme en mi dormitorio para que me viera… Fue algo que me vino a la mente de forma completamente repentina, como una idea más, pero extrañamente esta se quedó más tiempo grabada en mi mente… Y a cada movimiento que hacía con mis manos, deslizándolas por mis ahora resbaladizos senos, cubiertos de espuma, mi vientre, brillante mientras el agua corría por el… Mmmmm…

La idea me fascinó. Me encantó imaginar a mi vecino en su sala, sudando por la fabulosa visión que yo le ofrecía… Masturbándose mientras su vecina incauta y sedienta de placer, se lo daba a solas y sin ninguna prisa en su dormitorio, pero sobre todo, incapaz de dejar mi vena más divertida, me fascinó imaginar la cara que pondría cada vez que me cruzara con él en las escaleras. A medida que mi cabeza fantaseaba, mis manos, como si no tuviese ningún control sobre ellas, se habían deslizado hacia debajo de forma instintiva, ante el constante reclamo de mi sexo palpitante que se adelantaba a los futuros acontecimientos.

Con mis dedos jugando alrededor de mis labios carnosos e hinchados, mi respiración se agitaba, haciéndome tomar más aire, llenando mis pulmones de un aire denso que parecía nublar mi vista, como una droga. Cuando por fin la yema de uno de mis dedos rozó mi clítoris por un instante, mientras continuaba su avance para abrir mi hambrienta gruta, mi mente se disparó. Tenía un deseo animal, carnal, la idea de ser poseída por aquel vecino mirón hizo que mi sexo comenzase a rezumar sus propios jugos, mezclados con el agua que chorreaba entre mis piernas separadas, la sensación contraria del ardiente calor de mi interior, con el agua que ahora me parecía casi helada en comparación me hizo temblar de un extraño placer.

Me imaginé por un momento follando con él, nada de amor, nada de sentimientos externos al goce y placer, lo imaginé de forma brusca y rápida, como me latía el corazón ahora, imitando las contracciones que sentía en lo más profundo de mí, ahora que el más valiente y explorador de mis dedos, jugaba por dentro de mí. Lo imaginé diciéndome que podría hacerle todo lo que una mujer sin nada más que instintos le haría a un hombre, lo pensé diciéndome que me deseaba por encima de ninguna otra cosa, que deseaba poseerme, y que me poseía, mi boca, mi rajita completamente abierta, mi trasero…  Me poseía por completo y yo era lo único que deseaba.

Imaginaba su miembro duro y reluciente por la excitación, y mis labios lamiéndola de arriba a abajo, lo imaginé dentro de mí, empujándome con sus caderas de una forma bestial, alocada. Lo imaginé chupando mis tetas, lamiendo mis pezones, con ligeros mordiscos según se endurecían presa del gozo, tirando de ellos, asfixiando su verga entre mis tetas, lo imaginé recorriendo cada centímetro de mi cuerpo con sus labios y con sus manos, con su lengua, con sus dedos… Ya era demasiado, y mi clítoris hinchado y tembloroso me pedía mucha atención. Toda mi atención. Ya no era dueña de mis ideas, solo sabía que estaba demasiado caliente como para escoger ninguna otra opción, así que en una fracción de segundo, lo decidí. Decidí masturbarme para él.

Me enjuagué a toda prisa, me sequé con la toalla, peiné mi pelo rubio, pero lo dejé mojado y me fui corriendo para mi cuarto. Tenía la persiana abierta, pero la cortina echada, así que sin demasiado disimulo, la corrí por completo, como sino supiera que él estaba ahí mirándome. Me senté en el borde de la cama, tomé unos de los taburetes que tenía en mi habitación para alcanzar a los altillos de los armarios, y sentándome sobre la cama, apoyé mis pies en ellos. Solo por un instante llegó a mí ser una imagen de claridad. Me veía a mi misma haciendo lo que estaba haciendo… Y me gustó, y me excitó terriblemente. Allí estaba yo, completamente desnuda y con mis piernas especialmente abiertas para que mi vecino pudiera contemplar todo mi cuerpo y mi sexo…  Mi coño húmedo.

Mi coño húmedo… Mmm, trataba de pensar como estaría él describiéndome, con ese lenguaje sucio del pervertido mirón, que en esta ocasión, era ideal para este morboso juego. Comencé a tocar mis pechos, rodeaba mis pezones con mis dedos, los pellizcaba y después abría la mano para rodear mis senos por completo y acariciarlos a placer. Estaban duros, erectos, quizás por la idea de que eran sus dedos los que lo hacían, quizás por la idea de que estaba mirándome… Pero lo importante es que sensaciones de cierto dolor, pero sobre todo de tremendo placer estaban ahogando mi cuerpo.

Tomé uno de ellos con mi mano y mientras lo acariciaba de forma delicada, repentinamente cambié el ritmo y me lo llevé hasta mi boca… Deslicé mi lengua húmeda por mi pezón, lo mordí, mis pezones para este momento ya estaban duros como piedras, estaban mojados por mi saliva, y mis dientes sobre ellos eran como millones de descargas eléctricas que recorrían mi cuerpo en apenas segundos. Mi respiración comenzó a acelerarse más, mientras sentía como me subía el color rojo, rojo de sangre, rojo de pasión, por toda mi piel.

No pude hacer más esfuerzos y me rendí a todos mis impulsos. Mientras que con una mano tocaba mis pechos, me llevé la otra hasta los pegajosos labios de mi sexo. Comencé a frotar mi clítoris con dos dedos, juntos y completamente tensos, lubricados en parte por mi propia saliva, y el resto de el rocío de excitación que poblaba esa sonrosada zona, aprovechando esa fluidez de movimientos para imaginar que era su lengua la que por él se deslizaba… Más y más deprisa, en apenas un par de minutos me vi. Hablando para nadie, en mi habitación vacía, o quizás para él, desde el otro edificio, pero lo que empezaron siendo gritos en mi mente que me espoleaban a continuar, pronto se entremezclaron con gemidos, para ser verdaderas órdenes que yo misma me daba, quizás él desearía decirme lo mismo…

Y hacerme lo mismo.

Mi espalda se arqueaba, mi cabeza se echaba hacia atrás, todo mi cuerpo ahora funcionaba bajo la necesidad de mi sexo, mis gemidos se hacían más intensos, mis labios, enrojecidos y abiertos al encontrarse completamente hinchados, se lubricaban más y más, mis dedos se deslizaban divinamente por ellos de forma descontrolada, no era capaz de sostener las caricias sobre mi excitadísimo clítoris, y eso era como tener un amante juguetón que quería verme suplicar y retorcerme de placer en lugar de hacerme acabar antes de disfrutar lo suficiente de este juego.

Levanté la cabeza con mis mejillas completamente encendidas y mis ojos vidriosos, y desplacé mi mirada hacia la ventana de mi vecino. El también era presa del deseo… Era presa de mí. Había corrido el visillo y estaba desnudo, frente a mí, podía ver perfectamente el movimiento de su brazo derecho, sonreí de forma lasciva mientras no detenía ni uno de mis movimientos para él. El me correspondió casi de forma sorprendente, retirándose un poco de la ventana y dejándome ver ese tieso miembro que estaba acariciándose machaconamente de arriba abajo. No podía ver con demasiada claridad, pero me la imaginé enorme, con una cabeza brillante y muy roja… Como me puso verlo así, tan excitado, con la cara desencajada, mirándome como un obseso, acompañando su paja con la mía.

Cuando ni siquiera frotándome con varios dedos de una de las manos me era suficiente, bajé la otra que aún masajeaba mis pechos para que colaborase en mis más primarias necesidades. Metí dos de mis dedos dentro de mí, comencé a moverlos como si fuera su… Polla. Si era su polla en mi coño… quería que estuviese ahí dentro, moviéndose a la velocidad endiablada con la que giraba yo mi muñeca para hacer bailar mis dedos. Comencé a retorcerme, a jadear porque los gemidos eran demasiado altos y me ahogaban, dejándome sin aire para respirar, a morder mis labios, a recorrerlos con mi lengua, lentamente y mirándole fijamente a él, mí pervertido, para excitarlo aún más…

Le hacía gestos con mi lengua, con mis ojos, mientras mantenía mis piernas lo más separadas que podía, con mis muslos tensos y duros como piedras por la tensión que estaba acumulándose en mí, anunciándome que pronto tendría un orgasmo, un orgasmo que se avecinaba tremendo por las sensaciones que tenía hasta ahora.

Comencé a darme prisa, a mover mis dedos más rápido, era increíble como se deslizaban, de mi sexo fluían hilos brillantes y transparentes de mi lujuria en esencia pura, pequeñas contracciones se convertían en grandes oleadas de placer, cada vez que rozaba en mi interior ese pequeño lugar que era la cúspide de todos mis gozos, y más de verlo a él tocándose ese pedazo de carne, nervuda y tensa, caliente y palpitante, un enorme falo que ahora por encima de todo desearía que mi cueva inundada se comiese, de ver como ese maldito obseso no paraba de pajearse y mirarme con ojos casi salidos de sus órbitas, pues ya no dudaba que lo estaba haciendo para él. Sólo para él.

Empecé a jadear con más fuerza, mi orgasmo se acercaba, notaba algo dentro de mí que me iba a llevar al séptimo cielo. Un río de gozo que nubló mis ojos y comenzó a marearme, invadió mi cuerpo, empezando por mis muslos mientras mis dedos hacían las últimas penetraciones, ascendiendo hasta mi coño donde se me clavaban centenares de agujas haciéndome apretar y apretar, hasta llegar a mis pechos, poniéndome la piel de gallina, y finalmente llegar a mi boca, con los labios secos de no poder cerrarla desde hacía rato, y dejar escapar mis últimos y profundos gemidos, casi gritos mientras mi orgasmo daba sus últimos coletazos. Mi cuerpo cayó rendido hacia atrás, en la cama.

Necesitaba recuperarme, necesitaba controlar mi respiración, estaba mareada, me sentía como sobre un barco, en esa cama todo se movía a mi alrededor sin ningún control. Cuando pude me incorporé, y mi primera y turbia mirada fue hacia la ventana.

Mi vecino aún seguía, seguía moviendo su mano, sus movimientos eran muy rápidos, debía estar a punto de llegar a su orgasmo… Estaba apunto de correrse… Mis pensamientos eran más palabras entre susurros, como queriendo que le llegasen hasta sus oídos. Yo mientras estaba sentada en mi cama, mirándolo, ahora era yo la mirona, la pervertida que iba a contemplar como descargaba ese chorro de esperma caliente, era yo la que iba a imaginar que ese chorro descargaba en mi interior aún palpitante… En mi cuerpo aún ardiente… En mi boca aún sedienta.

Pero todavía no había acabado el show, la diversión y la malicia volvieron a mí y pensé que quizás debía darle un empujoncito… Me llevé de nuevo una de mis manos hasta mi rajita, aún extremadamente sensible y completamente cubierta por mis zumos de pasión, mirando fijamente a mi vecino, deslicé uno de mis dedos de arriba abajo, muy lentamente, le enseñé ese brillante dedo a mi vecino y lo acerqué hasta mi boca, dejando asomar mi lengua hasta casi tocarlo, él ya no podía verlo tan claramente…

Pasé mi lengua por su alrededor, como si estuviese saboreando los restos de mi fuerte orgasmo, entonces fue cuando pude ver la corrida de mi vecino, que no pensó ni en las cortinas ni en la pared ni en nada… Excepto en mí, mientras él apretaba su miembro para aumentar las contracciones a cada una de las cuales eyaculaba, solo podía pensar en mí… Me levanté de la cama, bajé la persiana y me fui de nuevo al cuarto de baño a tomar una ducha, pero esta vez de agua fría.

Autor: Alex81

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