Desesperación I

Noelia tenía cuarenta años y llevaba casada con Martín Del Valle más de diez años. Martín Del Valle, de cincuenta y nueve años, era un importante empresario de Madrid con negocios petrolíferos repartidos por todo el mundo. Era una persona influyente, con amistades en los círculos más selectos de la sociedad. En su empresa trabajaban más de mil personas y se le consideraba un hombre honesto y bondadoso, muy amigo de sus amigos y muy enamorado de su mujer. Casi siempre se encontraba de viaje.

Vivían en una mansión en la zona más distinguida de la ciudad, una zona residencial de ricachones donde todo era ostentación.

Noelia era una mujer guapa y elegante. Alta, delgada, aunque de caderas algo pronunciadas, de piernas largas y vientre liso, aunque destacaban sus pechos, con forma de pera y base ancha, culo de nalgas abombadas y con un rostro muy hermoso. Llamaban su atención sus ojos marrones, sus labios gruesos y sensuales y su cabello de un tono dorado, de melena larga y ondulada. Siempre vestía con finura, como una niña pija y encaprichada, casi siempre a la última moda, bien maquillada, con las uñas de las manos y de los pies pintadas, casi siempre de un tono azulado.. No le costaba gastarse un dineral en un vestido de las mejores firmas. La cuenta corriente de su marido parecía inagotable. No habían tenido hijos, principalmente por un severo problema de Martín.

Sufría impotencia sexual, quizás debido al estrés, desde hacía ya más de siete años. No se le empinaba y el apetito sexual era nulo. Los mejores médicos no habían sido capaces de establecer un diagnóstico para resolver el problema. Se había gastado dinerales en las mejores clínicas del mundo sin resultados positivos. Como consecuencia de ello, las relaciones de pareja se habían reducido a la nada y la abstinencia se había convertido en una rutina. Y Noelia era una mujer joven, que a veces escenificaba fantasías sexuales en su mente. No podía remediarlo. Sintonizaba canales pornos en ausencia de su marido para masturbarse y apaciguar así sus deseos. Le amaba, pero tenía sus necesidades. Nadie sabía del problema de Martín, salvo sus dos mejores amigas, Rosa y Pilar, otras dos pijas que vivían en el mismo residencial y que la compadecían.  Sentía envidia de sus amigas cada vez que narraban las aventuras sexuales con sus maridos. A veces lo intentaba con Martín, pero siempre se imponía la desgana. Tenía escondido en la casa un consolador para sofocar sus ardientes sensaciones. Si no había contratado ya los servicios de un prostituto era por vergüenza y por el amor que sentía por su marido. No quería engañarle.

Pero su crepitante lujuria pudo con ella una tarde de verano. Visitaba unas páginas web en Internet de contenido pornográfico cuando se encontró con un lugar llamado Cielo, frecuentado por mujeres solteras, divorciadas y casadas aburridas que buscaban un poco de placer. Parecía ser un sitio de encuentro de mujeres desesperadas, quizás en situaciones muy similares a la suya. Daba la impresión de ser un sitio discreto, ubicado a las afueras de la ciudad. Necesitaba desahogarse. Su marido estaría de viaje hasta el día siguiente. Nadie se enteraría. Todo quedaría entre ella y su conciencia. Ni siquiera a Rosa y Pilar les revelaría el secreto. Decidida, se vistió para la ocasión. Se vistió con una túnica de manga corta a modo de vestido, con la base muy por encima de las rodillas, de una tela muy versátil, de punto, color plateada brillante, como de seda, con un profundo escote en forma de V que dejaba visible parte de sus enormes tetas, cortada bajo el pecho por una banda anudada a la espalda. Se colocó unos pendientes de aros, un collar de perlas y anillos en todos los dedos, con las uñas pintadas de azul marino. No se puso sostén ni medias, se calzó con unos zapatos de tacón aguja y bajo el vestido un tanga de satén, color blanco. Parecía una princesa. Iba demasiado atractiva para ir a sola a un tugurio como el Cielo.

Condujo con su Mercedes con los nervios a flor de piel. Se adentraba en una aventura arriesgada. Acudía a Cielo para ligar y echar un polvo con cualquier desconocido, todo por saciar sus ardientes deseos. Se trataba de un club a rebosar de gente. Llegó en torno a las once de la noche. Enseguida se percató del ambiente, del tipo de mujeres que rondaba por allí y la clase hombres que merodeaba en busca de una presa fácil. Había reservados en la penumbra con parejas morreándose. Grupos charlando, la pista de baile llena y un gran bullicio. Algo angustiada, se dirigió a un recodo de la barra y se sentó en un taburete. Cruzó las piernas y encendió un cigarrillo. Le sirvieron un whisky solo. Trató de serenarse bebiéndoselo de dos tragos y pidió una segunda copa. No se atrevía a mirar hacia ningún sitio. Sólo llevaba un cuarto de hora y los nervios le palpitaban bajo la piel. Sintió que alguien se sentaba a su lado. Era un hombre. Pidió un coñac. Levantó la vista hacia él y se miraron a los ojos. Tenía más o menos su edad, pero de aspecto terco, más o menos de su altura, repeinado hacia atrás y con una barriga fofa. Destacaba un abultado bigote. Llevaba la camisa muy abierta dejando a la vista sus peludos pectorales, cubiertos por un abundante vello oscuro. Poseía varios collares de oro y vestía unos pantalones finos muy catetos, como de mil rayas, muy anticuados.

– Hola, guapa, ¿estás sola? – le preguntó con una voz ronca
– Sí – sonrió nerviosa.
– Invita a la señorita a una copa – le ordenó al camarero.
– Gracias – le correspondió ella. No le gustaba aquel tipo, resultaba asqueroso, pero su ninfomanía le impedía rechazarle.

Volvió el taburete hacia ella y con gran descaro la devoró con la mirada, centrando su vista en el escote y en los muslos de sus piernas.

– ¿Cómo te llamas?
– Noelia.
– Yo, Pedro, encantado -. Se inclinó hacia ella y se saludaron con un beso en las mejillas. Apestaba a tabaco y alcohol. Pedro no podía ni creerse que estuviera ligando con una tía tan guapa -. ¿Estás casada?
– Sí.
– ¿Has venido sola?
– Sí.

Pedro extendió el brazo y la acarició bajo la barbilla con las ásperas yemas de sus dedos. Ella sonrió bajando la vista.

– ¿Es la primera vez que vienes?
– Sí.
– Estás nerviosa.
– Un poco…
– Quieres echar un polvo -. Noelia le miró a los ojos y tragó saliva. Pedro volvió a extender el brazo y deslizó los dedos por su hombro -. ¿Por qué no vamos a un sitio más tranquilo? -. Seria, Noelia respiró hondo. Vio que Pedro se levantaba y apuraba la copa -. Acompáñame, preciosa.

Recogió su bolso de encima de la barra y le siguió entre el gentío. El placer se mezclaba con el remordimiento y el temor a lo que pudiera suceder con aquel tipejo. No era el ideal de hombre que había imaginado, pero en momentos tan tensos se conformaba con cualquier cosa. Los reservados en la zona oscura estaban atiborrados de gente. Las parejas se besuqueaban y se manoseaban por todas partes. Se adentraron en un pasillo donde existían numerosos habitáculos cubiertos por cortinas. Se oían gemidos y jadeos por todos lados. Aquello parecía un matadero, una zona de tortura. En uno de los habitáculos pudo ver dos mujeres mamándosela a un viejo. En otro una mujer desnuda bailaba para un grupo de hombres que se masturbaba. Recorrieron todo el pasillo y Pedro se volvió hacia ella.

– Está todo ocupado, joder. Vamos al lavabo.
– ¿Al lavabo?
– Vamos…

Empujaron la puerta y entraron en un sucio servicio que parecía un zulo. Había preservativos por el suelo y trozos de papel. Sólo vio una taza, un pequeño lavabo con un espejo redondo y un orinal para hombres. La mujer de Martín Del Valle en un lugar tan patético como aquél, pensó arrepentida, con un desconocido de la talla de Pedro. Sin saber qué hacer, se sentó en la taza y cruzó las piernas. Pedro se puso a desabrocharse la camisa delante de ella y a exhibir sus pectorales de denso vello y su barriga blandengue.

– ¿No quieres desnudarte? – le preguntó al quitarse la camisa y colgarla en el pomo de la puerta.
– No, quiero irme a casa – afirmó a modo de súplica.
– No tengas prisas, mujer, aquí todas vienen a lo mismo. ¿Dónde está tu marido?
– De viaje.

Pedro se desabrochó el pantalón y lo dejó caer. Noelia se quedó atónita al verle el slip y el tremendo bulto de la parte delantera. Se notaba el relieve del pene echado a un lado y gran cantidad de vello sobresaliendo por la tira superior. Caminó hacia ella. La barriga y el bulto le botaban con los pasos. Tenía su rostro a escasos centímetros del paquete. Le pulso la palma de la mano derecha en la frente y tiró de su cabeza hacia atrás para obligarla a mirarle. Noelia le miró a los ojos asustada y tragó saliva. Le acarició con sus ásperas yemas bajo la barbilla.

– Vas a portarte bien conmigo, ¿verdad? -. Las caricias se extendieron a la cara y el cabello -. Eres muy guapa.
– Quiero irme – suplicó sin dejar de mirarle.
– Chssss.

El tipo se inclinó y bruscamente le abrió el escote hacia los lados dejando libres sus dos hermosas tetas, que se balancearon débilmente. Pedro se fijó en sus pezones empitonados y en la aureola que los rodeaba, una aureola que abarcaba gran parte de la base. Se las tocó muy suavemente, sólo palpándolas con los dedos, zarandeándole muy despacio los pezones, cada una con una mano. Aquel tacto le produjo un serio escalofrío en la vagina, un ardor. Aquello no estaba bien, su marido no se lo merecía, pero necesitaba un desahogo, incluso aquel cerdo estaba poniéndola cachonda. Llevaba mucho tiempo sin probar el sexo. Nadie tenía por qué enterarse, sería una experiencia. Retiró las manos de sus pechos para bajarse el slip. Lo hizo muy despacio, descubriendo lo que se escondía tras la tela. Era una polla regordeta, no muy larga pero muy ancha, con venas pronunciadas en todo su tronco, con un glande muy abultado. Los huevos eran gordos de piel muy abrupta, salpicada de largos pelillos. La tenía erecta hacia arriba.

– ¿No piensas tocármela? -. Noelia alzó su brazo derecho y la rodeó con su manita delicada de uñas azules. Estaba dura. Deslizó muy despacio la mano hacia la base y volvió a subir hasta el glande -. ¿Te gusta?
Sí – contestó comenzando a sacudirla algo más deprisa. Notaba el grosor de las venas y la carnosidad del glande. Llevaba mucho tiempo sin probar algo así y empezaba a notar la humedad en su vagina.

– Mírame…

Levantó la mirada hacia él sin dejar de meneársela. Él introdujo los dedos de sus dos manos por su cabello sedoso y dorado, masajeándole la cabeza con las yemas. Allí se encontraba, masturbando a un desconocido en los servicios de un bar de mala muerte, exhibiendo sus dos tetas que se movían como flanes al son del brazo. La agitaba cada vez con más ritmo. Sus huevos se mecían al compás.

– ¿Por qué no te la metes en la boca?

Llegaba el momento de probarla. Acercó los labios y sacó la lengua sin soltarla para lamer el glande en círculos. Tenía un sabor amargo y seco. A la vez se la meneaba, aunque más despacio. Acercó más la boca para babosearla más con la lengua entera y los labios. Se la mamaba como si estuviera chupando un helado. Pedro resollaba observando la forma en cómo se la ensalivaba. Parecía disfrutar, no paraba de saborearla, de pasar repetidamente su lengua alrededor del glande. Vio que subía la mano izquierda y empezaba a sobarle los huevos con pequeños estrujamientos. La muy guarra se está animando, pensó él. A veces apartaba la boca para sacudirla y levantaba la mirada hacia él, con babas unidas a la punta, pero enseguida acercaba su boca para volver a succionar. Estaba gozando como una loca mamando de aquella porra. Las gotas de su saliva resbalaban por el tronco o goteaban al suelo desde la comisura de los labios.
Lo estás haciendo muy bien…
Se la pegó a la barriga con la mano y bajó con los labios hasta sus huevos. Comenzó a lamérselos a mordiscones, bañándolos en saliva por todos lados, metiéndose uno de los testículos dentro de la boca y saboreándolo como un caramelo. Pedro observaba su cabeza bajo su porra lamiendo como una descosida. Cuando apartó la cabeza para sacudírsela de nuevo, numerosas gotas de saliva caían al suelo desde los huevos. Pedro ya respiraba acelerado. Ella le miraba meneando la verga a escasos centímetros de su cara. Volvió a subir la mano izquierda para achucharle los huevos. No quería desperdiciar ningún momento. Notó su chocho lleno de flujos vaginales mojándole la braga. Vio que fruncía el entrecejo y que despedía su asqueroso aliento sobre ella. Apretó más la polla y le dio más fuerte. Pronto escupió gelatinosos pegotes de semen amarillento sobre su rostro. Uno le cayó en la frente y resbaló por su sien. Otro le cayó en los dientes superiores, goteando al labio inferior y la barbilla, para gotear después sobre sus tetas. Y numerosos salpicones le mancharon la mejilla. Cesó los movimientos del brazo y retiró la mano de la verga. Se pasó el dorso por el labio para limpiarse algunos restos y degustó algunas gotas esparcidas por su lengua.

– ¿Qué buena mamada? ¿Te ha gustado mi verga? -. Ella sonrió como una tonta -. Venga, dímelo.
– Sí.
– Levántate.

La cogió por la axila para ayudarla a levantarse y se lanzó a sus labios para besarla, probando restos de su propio semen. Ella le correspondió uniendo su lengua. Sus tetas se aplastaron contra el vello denso de aquellos pectorales fofos y notó la blandura de su barriga. Ella le rodeó abrazándole y deslizó sus manitas por su espalda hasta llegar al culo. Le manoseó sus nalgas encogidas y peludas. Él también le tocó el culo por encima de la tela. El beso se demoraba, unas espumillas de saliva se formaban en las comisuras de sus labios. Ella estaba muy cachonda, se notaba en la forma de tocarle el trasero y la espalda. Pedro se apartó de ella y se acercó al orinal para mear. Mientras lo hacía volvió la cabeza para mirarla. Aguardaba de pie junto a la taza, con las tetas al aire y el rostro manchado de semen. La muy pija estaba muy buena. Debía de estar muy desesperada para irse con él. Tampoco Noelia podía creerse en aquel sitio con un cerdo de cuerpo deforme como aquél, pero la lujuria se había apoderado de su mente y era incapaz de arrepentirse. Vio que se volvía hacia ella. De la porra le caían gotas de orín.

– Quiero follarte.

La obligó a darse la vuelta, contra la pared, la sujetó por la nuca y la forzó a inclinarse sobre la cisterna. Sus tetas quedaron colgando hacia la taza. Se aferró a los cantos de la cisterna. Tras ella, Pedro le subió la tela de la túnica hasta el lazo de la espalda, a la altura de la cintura. Se regodeó con su ancho culo de nalgas carnosas y sonrosadas. Las manoseó con las palmas muy abiertas. Vio la tira del tanga en el fondo de la raja. Bajaba las manos por sus muslos y ascendía hasta su cintura. Muy lentamente, le fue bajando el tanga hasta las rodillas. Vio su enorme coño en la entrepierna, con una raja bien diferenciada, profunda y abierta. Vio que de entre los labios le brotaba un líquido viscoso y transparente. La muy perra se estaba corriendo. En el fondo de la raja se apreciaba su ano, un agujero rosado de carne tierna y arrugada.  Se agarró la polla y acercó el glande a las profundidades de la raja. Pegó la punta en el ano y empezó a hundirla despacio. Ella le miró por encima del hombro con el ceño fruncido y la boca muy abierta. Se la iba a meter por el culo. Notó cómo le introducía el glande y poco a poco todo el grosor de la polla. Desprendió un jadeo profundo de dolor. Pedro empujó aún más hasta hundir la verga entera dentro de su culo. Los huevos se pegaron al chocho. Tenía el agujero tremendamente dilatado. Y se puso a follarla analmente con diligencia, extrayendo media verga y hundiéndola hasta el tope. Enseguida ella se puso a gemir y a soltar alaridos. La dilatación le producía pequeños calambres en las caderas. Apoyó la frente en la cisterna y llevó sus brazos hacia atrás para abrirse el culo, para apaciguar la dilatación que le producía el grosor de la verga. Aferrado a sus nalgas, Pedro la embestía con energía. Sentir su porra presionada le producía unas dosis de placer embriagadoras. Ella gritaba de placer en cada penetración. La estuvo follando analmente cerca de dos minutos, hasta que retiró la verga de golpe. Noelia cerró los ojos para respirar más tranquila y retiró sus brazos de las nalgas para volver a erguir la cabeza. Le miró por encima del hombro. Sudaba a borbotones por todos lados.

– Necesitas más, ¿verdad, guarra? Te voy a romper el coño.

Pedro se fijó en su ano dilatado y enrojecido. Acercó la polla al chocho y se la clavó secamente hasta el fondo. Ella gimió como una perra. Enseguida se puso a follarla con velocidad, embistiéndola salvajemente, enrojeciéndole las nalgas por el choque de las caderas. Ella gemía sin parar. Todo su cuerpo se movía con las embestidas. Pedro le sacudía con fuerza y de manera veloz, hasta que frenó en seco con la polla dentro. Noelia notó cómo le vertía una gran cantidad de leche en su interior. El hijo de puta se había corrido dentro. Aguardó inmóvil bastante segundos, hasta que decidió retirarse. Se agachó para recoger el slip. En ese momento, Noelia se incorporó volviéndose hacia él. Notaba cómo le brotaba leche entre los labios vaginales, pero no quería pararse. Se puso el slip y los pantalones y ella se subió las bragas. Se bajó la falda del vestido y se la alisó mientras él se ponía la camisa. Cuando se cerraba el escote, Pedro abrió la puerta y abandonó el habitáculo sin ni siquiera despedirse. La había follado, que era su único objetivo. Se sintió como una vulgar prostituta, pero era mejor así, todo discreto, al fin y al cabo, ella estaba allí para lo mismo. Abandonó aquel tugurio a toda prisa entre nuevas insinuaciones de otros tipos. Quería irse a casa. En cierto modo, estaba arrepentida.

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La discoteca más loca de Brasil

“¡Tío, esto es una verdadera cueva de perdición!” Pablo no se equivocaba. Tras franquear la estrecha puerta, controlada por una amable transexual de nombre Joanna, un universo paralelo de oscuridad se abría ante nosotros.

Un largo pasillo, flanqueado a derecha e izquierda por algo parecido a columnas de piedra, como en el tren de la bruja de cualquier feria de pueblo, nos introducía en el paraíso del pecado. De fondo, música tecno a todo volumen.

Hacía ya un tiempo que oíamos maravillas de los domingos en Aloca, posiblemente la discoteca más underground de São Paulo, Brasil. Decían que en ese lugar todo podía suceder y todo estaba permitido.

Aunque oficialmente era un club de ambiente homosexual, como lo atestiguaba la bandera del arco iris en la entrada, sus fiestas del domingo por la noche eran famosas por reunir a lo más decadente de ambas aceras, gente ávida de nuevas experiencias… O gente para quien ya pocas experiencias podían suponer algo fuera de lo normal.

Así que aquel domingo a medianoche, después de un fin de semana flojito por lo que a fiesta y ligues se refiere, los tres mosqueteros, como nos hacíamos llamar, nos dispusimos a dejarnos abrir la mente… y bueno, lo que hiciera falta.

Los tres mosqueteros éramos, por supuesto, tres: Pablo, el más lanzado, capaz incluso de conseguir que una puta le prestara dinero para el taxi después de haber pasado la noche en casa de ella… de gorra. Santi, el más tímido, eterno buscador del amor de su vida, pero sin negarse a una aventura de vez en cuando, siempre que incluyera grandes dosis de alcohol y perversión. Y yo… Bueno, yo soy yo, por sus pecados lo conoceréis. Los tres trabajábamos en comercio internacional y vivíamos en São Paulo por aquel entonces.

Ahora que ya nos habéis situado, podemos volver al pasillo de Aloca. Aunque todavía era pronto para los estándares del lugar (nos habían dicho que lo mejor empezaba a partir de las tres de la madrugada), aquello ya era un hervidero de gente variopinta.

A la izquierda, en la barra, se amontonaban los chicos jóvenes pidiendo una copa tras otra. Algunos, incluso empezaban a meterle mano al de al lado mientras intentaban ligar con alguno de los espléndidos camareros.

A la derecha, una zona chill-out con algunos sofás donde se sentaban grupos de chicas que habían venido con su amigo gay. Pero aquellas chicas más bien parecían el típico tío que lleva a su sobrino pequeño al parque de atracciones, cuando lo que quiere es subirse a la mayor montaña rusa.

Nos fuimos directamente a la barra a pedir los primeros cubatas de la noche, aunque antes de entrar ya nos habíamos tomado unas cuantas cervezas Brahma, que son como agua pero sirven para preparar el cuerpo para cosas más fuertes.

Ya con nuestros cubalibres en la mano, nos dirigimos al fondo del pasillo, donde entre cadenas y demás parafernalia de tipo medieval se encontraba la puerta del infierno.

El infierno era la sala principal de Aloca. Desde la puerta, que estaba elevada algunos metros sobre la pista, se podía observar el gran espacio cuadrado con dos escenarios.

En uno, que ocupaba la esquina más alejada de la puerta, el primer DJ de la noche estaba haciendo bailar a unas pocas decenas de personas. El otro, que ocupaba toda la pared a la derecha de la puerta, de momento estaba ocupado por dos travestis que mostraban sus encantos a todo aquél que quisiera observarlos.

Mientras los tres bajábamos por las escaleras, calculé mentalmente la proporción chicos-chicas: Alrededor de 85 a 15 por ciento. Pero el 80 por ciento de los chicos parecían gays puros, así que nuestras posibilidades con el sector femenino aumentaban sensiblemente.

Ya abajo, el ritmo y el espíritu de lo prohibido estaban empezando a apoderarse de nosotros. Por eso casi ni me extrañó cuando una mano me manoseó el culo. Rápidamente me giré, esperando encontrarme a un chico con el que reírme un rato, pero se trataba de una chica, bajita, delgada y con una cara de perversa que me estremeció.

Sin pensarlo dos veces la agarré por detrás y la atraje hacia mí para darle un morreo de varios segundos, al que ella respondió sin ni siquiera mediar palabra. Luego me señaló a sus amigas, que ya estaban subiendo las escaleras y nos miraban, riendo. Me dio a entender que estaba con ellas; yo le susurré al oído “nos vemos luego” y la dejé ir, no sin antes devolverle el manoseo en su culo, por supuesto.

Cuando volví a girarme, mis amigos estaban todavía con la boca abierta. “Vale, empiezas ganando tú, uno a cero” dijo Pablo, mientras Santi reía. Eso sí que era un buen comienzo, la noche prometía.

 

Ive been cheated by you since I don’t know when

So I made up my mind, it must come to an end…

 

¿Eran las cantantes rubias de Abba las que salían al escenario? Bueno, rubias sí lo eran, cantantes es más discutible, y su sexo… Eso era lo más difícil de adivinar. Pero el rojo de su ropa interior combinaba bien con el gran sofá-corazón que había aparecido como por arte de magia detrás de ellas.

La entrada de los astros de los años setenta surtió un efecto inmediato: chicos y chicas se apresuraron a terminar sus copas y bajar a la pista para corear Mamma mia, Waterloo y tantos otros éxitos.

Mientras Pablo y Santi se quedaban en una esquina para seguir adaptándose a la locura del lugar, yo preferí sumarme al gentío y acercarme lo más posible a las imitadoras de Abba. Allí el alcohol ya había empezado a surtir su efecto y todos bailaban con todos, lo que por otro lado es corriente en las discotecas brasileñas.

Mientras apartaba de mí alguna mano sudorosa, me fijé en una chica que acababa de subirse al podio: Tenía la mirada perdida y llevaba un vestido gris semitransparente que ondeaba con sus movimientos sencillos pero contundentes. Era alta, morena y representaba aquella mezcla de razas tan típica en Brasil: Ojos indios, cara redondeada, figura alta y esbelta… Una pequeña belleza.

Nuestras miradas se cruzaron, y vi en ella aquella chispa de diablilla que me dice que una chica quiere guerra. Entre la multitud, conseguí acercarme a ella y subirme al podio a su lado. Ella, por supuesto, lo advirtió y siguió mis movimientos con una media sonrisa.

Me puse a bailar con ella, le agarré las manos para seguir los complejos ritmos que empezaban a mezclar la furia de los setenta con lo oscuro del tecno industrial. Mano con mano, brazo con brazo, pecho con pecho… la cosa empezaba a calentarse cuando le pregunté su nombre: “Kleci”. Nunca lo olvidaré.

Le dije que por qué no bajábamos del podio y nos tomábamos algo juntos, a lo que ella accedió. Me cogió de la mano y me arrastró entre la multitud hacia cerca de la barra. Allí me preguntó: “¿Tú no eres brasileño, verdad?” “No, soy de Barcelona…” Ella acababa de llegar de Alemania, donde había estado estudiando y viviendo con su hermana en Berlín. Según ella, la mejor etapa de su vida. “Me gustas, me recuerdas a la gente que conocí en Europa”, yo le correspondí con un “me gustas, eres lista, directa y… no puedo dejar de mirarte”. Tras esto, le di un beso en la boca, que fue gustosamente correspondido.

Aquel beso fue como si le hubiéramos dado al interruptor de la pasión. Volvimos a besarnos, una y otra vez, abrazados al lado de la barra. Le pasé las manos por debajo del vestido, acariciándole el culo y ella empezó a acariciarme por encima del pantalón. “Joder, qué chica más lanzada”, pensé, pero todavía no había visto nada.

Pasamos un par de minutos metiéndonos mano, como quien no quiere la cosa, en medio de la multitud. De pronto, ella me susurró: “Conoces el piso de arriba?” Yo le respondí que todavía no había tenido tiempo de verlo, mientras le seguía pasando la mano entre la entrepierna y notaba como cada vez estaba más caliente y húmeda. Ella dijo: “Tiene un cuarto oscuro, ¿quieres ir a verlo?” A lo que yo sólo pude responder: “¡Por supuesto!”.

Para llegar al piso de arriba había que salir de la pista, cruzar la barra principal de ambiente mazmorril y subir por unas estrechas escaleras de caracol. Nadie hubiera dicho que alguien, además que los camareros, podía pasar por ahí. Pero Kleci sabía muy bien lo que estaba haciendo. Me llevaba agarrado de la mano, yo la seguía mientras le manoseaba el culo de vez en cuando.

Ya arriba, el mundo había vuelto a cambiar. Aquí el ambiente era todavía más claramente gay: Dos transexuales tremendamente maquilladas servían copas en la pequeña barra, mientras aquí y allá parejitas de hombres se dedicaban a lo suyo. Muchos iban vestidos de mujeres, de putas, policías, bomberos o cualquier otra fantasía.

Kleci me dirigió a una esquina cerca de la barra. Una cortina de color negro disimulaba una abertura ancha como para una persona de lado, tras la cual se abría el espacio más prohibido del Aloca: El cuarto oscuro.

Franqueada la entrada, nos recibió un ambiente dantesco en el mejor sentido de la expresión. Por la oscuridad, sólo se distinguían bultos aquí y allá, en las posiciones más variopintas. También se oían gemidos. Kleci y yo avanzamos poco a poco a lo largo del angosto pasaje que penetraba varios metros en la oscuridad.

Aquella situación me estaba poniendo a mil, y parecía que a mi chica también, puesto que hacía un buen rato que su entrepierna casi chorreaba de lo húmeda que estaba. Por supuesto, yo le iba pasando la mano por encima de las bragas y de vez en cuando me llevaba los dedos a mi boca, y luego a la suya. De vez en cuando también nos dábamos un beso furtivo.

Cuando llegamos al extremo del pasillo, Kleci se giró y me dijo a la oreja: “Você quer me comer”? (¿Quieres follarme?)… La respuesta os la podéis imaginar. Por suerte, llevaba un condón en la cartera para emergencias.

Nos acomodamos –es un decir, claro- entre la pared y una pareja de gays bastante ruidosa. Ella con la espalda contra la pared, yo de pie en frente. Entonces se agachó, me desabrochó el pantalón con manos expertas, me sacó la polla y empezó a chupármela a toda prisa.

Aún con lo extraño del lugar, no me costó que se me pusiera durísima, Me puse el condón, le aparté las bragas y le metí un poco los dedos en el coño, me los chupé… sabía riquísimo, estaba mojadísima… Volví a metérselos hasta que me dijo “Mete seu pau e foda-me, seu filho da puta!”, que no necesita traducción. Pensaba obedecer, pero primero le quité las bragas, le di unas chupadas en el coño mientras me agachaba, y me guardé las bragas en el bolsillo.

Luego volví a incorporarme y le metí la polla. Primero suavemente y luego más fuerte. Kleci empezó a gemir como una posesa mientras se agarraba a mí con todas sus fuerzas y arqueaba su cuerpo. ¡Y qué cuerpo! No podía dejar de tocar y lamer sus tetas, grandes y redondas, con las medidas justas.

Sus gemidos atrajeron la atención de otras personas alrededor, podía sentir sus miradas aunque no les viera la cara. Era una situación sumamente peculiar pero excitante: Me estaba follando a una ninfómana que estaba buenísima mientras varios gays nos miraban con lujuria. Varios gays y alguna chica también, como pude comprobar más tarde.

El polvo fue increíble. La fui penetrando cada vez más fuerte, a la vez que le ponía los dedos en la boca y ella iba gritando cada vez más. Luego le metí un dedo en el culo y Kleci soltó un verdadero aullido que hasta mis amigos, abajo en la pista, debieron oír.

Pero ahí no se acabó la cosa. Todavía estaba recuperándose, pero se acercó y me susurró al oído: “Agora você vai gozar na mina boca, vai” (ahora te vas a correr en mi boca). Se arrodilló otra vez, me quitó el condón y empezó a chupármela con frenesí. Aquella chica era una auténtica bomba dando y recibiendo placer.

No tardé ni un minuto en correrme con todas mis fuerzas en su boca. Ella siguió chupando hasta que salió la última gota. Luego se levantó y me dio un beso en la boca, con lengua. Pude notar su sabor a polla y a mi semen. Yo estaba en la gloria, cualquier cosa me hubiera parecido bien en aquél momento.

Nos quedamos un rato abrazados, mientras la acción seguía a nuestro alrededor. Varios chicos soltaban gritos contenidos mientras se podían intuir parejas en varias posturas. Mientras, yo seguía fascinado acariciando el culo de Kleci por debajo del vestido (y sus bragas en mi bolsillo, por supuesto).

Al cabo de un rato, me sentí con fuerzas para recobrar la iniciativa. Dije: “¿Vamos a tomar algo abajo?” Ella asintió, le di la mano y deshicimos parte del camino. Pero Kleci estaba muy interesada en las parejas de chicos manoseándose y follando. De vez en cuando podía intuir como les pasaba la mano por el culo, una pierna o lo que enganchara por el camino. Los chicos que nos cruzamos no parecieron muy interesados, hasta que volvimos a oír un gemido agudo inconfundible: ¡Había otra chica en la sala!

Nos acercamos hacia la fuente de los sonidos. Efectivamente, un chico y una chica se estaban enrollando, ya bastante cerca de la cortina. La tenue luz que llegaba de fuera permitía intuir un cuerpo de chico medianamente alto y musculoso, y una chica muy delgada, pero nada más. Estaban colocados como nosotros habíamos follado antes, con ella de espaldas a la pared.

Otra vez, Kleci tomó la iniciativa: “Nos quedamos un rato aquí?” me dijo. Y yo le respondí que encantado, que podíamos acercarnos un poco más. Avancé y me situé a la izquierda de la chica, también de espaldas a la pared. Kleci entendió la estrategia en seguida, me siguió y quedó abrazada a mí, de cara a la pared y a la derecha del chico.

Con aquellos dos follando de pie junto a nosotros, no tardamos en ponernos cachondos otra vez. Yo le masajeaba el coño a Kleci, que volvía a estar mojadísima, y empecé a meterle los dedos. Mientras tanto, ella empezó a acariciar la polla del chico de al lado, acompañando sus entradas y salidas del coño de su chica.

Viendo que la veda estaba abierta, yo no me quedé quieto. Mientras le metía los dedos a Kleci con la mano derecha, con la izquierda empecé a explorar la chica delgada misteriosa que tenía al lado. Podía sentir sus gemidos muy cerca, así que en seguida encontré su cuello y empecé a acariciarlo.

De allí bajé un poco: Llevaba una camiseta ajustada, le acaricié un rato la espalda hasta que me acerqué más y empecé a sobarle las tetas, primero por encima y luego por debajo de la camiseta. Ella se dejaba hacer, mientras seguía gimiendo al ritmo de las embestidas “acompañadas” de la mano de Kleci, que intuyo que no sólo acariciaba la polla vecina.

El momento era genial, Kleci tenía su mano izquierda en mi polla y la derecha en la polla del colega, con escapadas al coño de mi vecina. Y con la boca nos íbamos enrollando a cada momento. Mientras tanto, yo tenía mi mano derecha en el coño mojadísimo de Kleci, y la derecha en las tetas de mi vecina misteriosa.

Entonces, y una vez más, Kleci volvió a cambiar la situación para hacerla más placentera, si eso era posible. Me apartó la mano de su coño, se arrodilló y comenzó a chuparme la polla con avidez. Yo la agarré por los pelos para acompañar su mete-saca, pero ella sabía exactamente qué estaba haciendo, y nuestro vecino también. Se giró un poco más hacia nosotros, y se fijó en cómo mi chica me estaba chupando.

Sin ningún disimulo, el chico sacó la polla del coño de nuestra vecina, y se la enseñó a Kleci, que estaba esperando exactamente eso. Se quitó mi polla de su boca y tragó la del otro chico sin mediar palabra. Yo aproveché el momento para meterle los dedos a mi vecina, que soltó un gemido y se me acercó ligeramente. Empecé a besarle el cuello hasta que nos fundimos en un beso intenso con lengua de lo más lascivo.

Mientras tanto, Kleci nos iba chupando alternativamente al vecino y a mí, guiada por mi mano agarrando sus pelos, que la llevaba y traía entre polla y polla.

Al cabo de un rato, mi vecina buscó la polla de su amante con la mano y se la volvió a meter en el coño. Había decidido que quería follárselo a él y que ya estaba bien de interferencias. Yo quité mis dedos de su coño, pero me quedé sobándole el culo y las tetas a partes iguales. Y dándole algún morreo de vez en cuando.

Como no teníamos otro condón, Kleci tuvo que conformarse con seguir chupándomela, pero no pareció importarle demasiado. Ocupada ya de pleno sólo con mi polla, volvió a hacer un trabajo magistral y consiguió que me corriera al cabo de poquísimos minutos, una corrida bestial que acabó sobre todo en su boca, pero también en su cara, que tuvo que limpiarse con un pañuelo.

Agotados, sudados, nos quedamos abrazados un rato más mientras oíamos y sentíamos a la otra pareja a nuestro lado. Pero ya no nos quedaba energía, o por lo menos a mí. Cogí de la mano a Kleci y la saqué fuera del cuarto oscuro. La luz roja de Aloca nos cegó un rato, pero pronto nos acostumbramos y bajamos la escalera de caracol hasta el mundo “real” de la sala principal. Allí nos recibió el último número del show de las Abba Drag Queens.

 

There’s no soul out there…

No one to hear my prayer…

 

Allí estaban mis amigos, Santi y Pablo. Tenía muchas ganas de contarles la experiencia y saber cómo les había ido a ellos, pero Kleci me interrumpió: “Yo tengo que irme ahora”. “¿Ya?”. De pronto le había entrado la prisa. “¿Volveré a verte?” “Es posible”, dijo. Tomó mi teléfono móvil y anotó un número.

 

Gimme gimme gimme a man after midnight

Won’t somebody help me chase the shadows away!

 

Nunca volví a verla.

Encantado de recibir sus comentarios y propuestas.

Por: Doctor de la Noche

DoctordelaNoche @gmail.com

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