Última cita

Sus gemidos se transformaron en sollozos y lágrimas de dolor corrieron por sus mejillas, su mano rozaba mis testículos mientras masturbaba su coño, ella llevaba encadenando orgasmos uno detrás de otro y cada cual era más largo del anterior. Me suplicó que me corriera en su culo porque mientras sintiera aquella polla metida en su trasero no pararía de excitarse.

Fue nuestro último encuentro pero yo todavía no lo sabía. Quizás ella si lo tenia previsto y por eso hizo que aquellas horas fueran tan inolvidables. Quedamos una mañana pocos días antes de navidad en la Plaza Lesseps para ir a la Casita Blanca y encerrarnos un buen rato en una de sus habitaciones.

Para quien no viva en Barcelona explicaré que se trata de un histórico establecimiento donde alquilan habitaciones a parejas que quieren compartir unas horas de intimidad, sin necesidad de buscar complicadas sistemaciones en casa de alguna amistad cómplice o de correr el riesgo de encontrarse en sus propias casas con todos los riesgos que esto comporta para unos amantes clandestinos.

Tampoco se trata de un hotel donde al llegar en pleno día te van a preguntar con disimulada malicia ¿No llevan equipaje los señores? o al dejarlo pocas horas después: ¿Ya se marchan? En la Casita Blanca saben perfectamente cual es el motivo de tu estancia y rodean tu visita de la máxima discreción.

Entras directamente en el parking con tu coche que en seguida procuran ocultar con unas cortinas y cuando te acompañan a tu habitación, no te vas a cruzar con ningún otro cliente. Lo mismo pasará al marcharte, para la cual cosa tendrás que avisar de tu salida con un timbre que hay en todas las habitaciones para que vengan a recogerte y acompañarte de vuelta a tu vehículo.

Aquel encuentro era un regalo de Navidad que nos hacíamos recíprocamente. En los tres meses anteriores nos habíamos citado siempre a la hora de comer cuando cada uno de nosotros dejaba su trabajo durante un par de horas o al terminar la jornada para tomar un aperitivo en algún bar. El sexo siempre había tenido lugar al mediodía en mi despacho que quedaba deshabitado durante aquellas dos horas. Entre los desplazamientos de ella y las precauciones para no apurar demasiado con el tiempo y evitar ser sorprendidos in fraganti por algún compañero demasiado puntual, nuestros encuentros se limitaban a una hora en la cual intentábamos conseguir el máximo de placer para ambos sin que la prisa nos condicionara demasiado ni que las obvias limitaciones de hacerlo en una oficina fuera un impedimento para conseguir unos orgasmos más que satisfactorios.

Al decir la verdad el lugar tenía su morbo y, haciendo de necesidad virtud, habíamos conseguido que ninguno de nuestros encuentros mereciera ser olvidado. Cuando, normalmente después de media hora de preliminares, se llegaba a la penetración, era una mesa del despacho la que nos servía de apoyo para que ella se tumbara de espalda y yo, de pie, me metiera entre sus muslos abiertos que les aguantaba levantados.  Otras veces la misma mesa le servía para agacharse de pie y ofrecerme otra perspectiva para que yo pudiera separar sus nalgas y buscar con mi verga su sexo húmedo. Cuando la poseía de esta manera podía contemplar detenidamente su magnifico culo y el agujero entre las nalgas separadas era una gran tentación que se me ofrecía, pero la fugacidad de aquellos encuentros no era la adecuada para una sesión de sexo anal que necesita una buena dosis de lubricación y un lento y dulce trabajo de dilatación manual para que no sea demasiado dolorosa e igual de placentera para los dos.

Entonces de vez en cuando me limitaba a meter mi dedo corazón en su culo mientras mi sexo penetraba su vagina y podía sentir mi verga dura al otro lado de sus entrañas ya que las dos cavidades están muy juntas la una a la otra y las separa una pared muy fina (los que hayan tenido la fortuna de penetrar una mujer en una de sus cavidades mientras otro hombre la penetra en la otra entenderán a que me refiero).

Otras veces era ella que me cabalgaba sentado en un sillón de la oficina haciéndose cargo de todo el trabajo para que mi sexo duro y erguido se moviera dentro del suyo. Si piensan utilizar los sillones de sus oficinas para esto (además de sentarse en ellos para trabajar) y tienen poder de decisión al momento de las compras, les aconsejo evitar los modelos con apoyabrazos. Ustedes sabrán como mejor argumentar su decisión sin tener que confesar el motivo real.

También el hecho de tener que hacerlo semidesnudos tenía su encanto. La mayoría de las veces cuando yo acababa eyaculando dentro de su coño o en su garganta, tenía todavía los pantalones bajados a los tobillos. Ella procuraba llevar falda y medias los días que nos íbamos a ver. Lo hacía por practicidad, pero también para alimentar mi fetichismo, ya que se había dado cuenta de cuanto me gustaba una falda levantada y meterme entre unos muslos enfundados en seda negra; que sus pies llevaran unos zapatos de tacón y que sus braguitas quedaran colgando de uno de sus tobillos mientras mi gruesa y dura polla se movía dulce o frenéticamente dentro de ella.

Casi siempre llevaba una blusa con botones que puntualmente acababa abierta dejando ver el sujetador negro de encaje suficientemente fino para que pudiera pellizcar o mordisquear sus duros pezones.

Cuando el encuentro no había sido programado y ella llevaba su ropa habitual era cuando acababa agachada en la mesa; los pantalones a los tobillos, las braguitas bajadas a medio muslo o solo lo suficiente para dejar al descubierto los labios húmedos y abiertos de su sexo.

Pero no eran pocas las veces en que terminábamos completamente desnudos; ella rodeándome con sus brazos y sus piernas y yo bombeando mi verga dentro de su coño suave. Eran los días de máxima excitación, cuando todo lo accesorio era superfluo y se buscaba el máximo contacto de nuestras pieles que en aquellas ocasiones alcanzaban unas temperaturas parecidas a las de un enfermo con fiebre.

Eran encuentros fugaces pero nunca rutinarios. Siempre había alguna novedad; algo nuevo que se improvisaba sobre la marcha aprovechando cualquier oportunidad. Como aquella vez que, al no haber empezado todavía, tuve que contestar a una llamada telefónica y a ella se le ocurrió meterse debajo de mi mesa, abrirme la bragueta, sacar mi polla y empezar a chupármela mientras yo intentaba concentrarme en la conversación sin que mi interlocutor se diera cuenta de que algo raro pasaba al otro lado de la línea. Enfrente de mi mesa había un espejo de cuerpo entero y podía verle de espaldas, arrodillada entre mis piernas abiertas con la falda levantada hasta la cintura enseñándome su redondo trasero que el tanga color carne dejaba verme casi por completo. Podía ver su cabeza moverse rítmicamente arriba y abajo y, si con la mirada bajaba a mi entrepierna, me encontraba con sus ojos que me miraban fijamente, pendientes de todas mis reacciones a su mamada y con sus labios que sonreían con malicia hasta donde se lo permitía mi gruesa polla metida en su boca.

Para nuestro regalo de Navidad, ambos procuramos cuidar hasta el envoltorio y yo me presenté a la cita vestido con mi mejor traje azul marino, camisa blanca y una corbata de seda roja. Ella llevaba un traje chaqueta negro con una blusa de un color rojo muy vivo convenientemente desabrochada para dejar ver el surco que se formaba entre sus pechos. Los labios pintados de un rojo brillante como las uñas de sus manos.

Para que no pareciera todo muy programado cada uno de nosotros llevó una pequeña sorpresa; así al quedarnos a solas en la habitación, ella sacó de su bolso un frasco de lubricante, con lo cual imaginé que por fin iba a disfrutar con el agujerito de su culo mientras yo extraje de mi maletín unos cuantos metros de cuerda con la cual pensaba cumplir con su fantasía de poder poseer a un hombre atado a una cama.

Una media hora después yo ya estaba completamente desnudo, tumbado en la cama, los brazos y las piernas abiertas, las muñecas y los tobillos atados a los barrotes. Ella, todavía con la ropa interior puesta, acariciaba mi cuerpo, chupaba y mordía mis pezones, disfrutaba viéndome cada vez más excitado, incapaz de moverme, sin poderla ni siquiera tocar; mi espalda arqueándose encima de la cama, mi polla tiesa y dura, el capullo hinchado de un color rojo oscuro.

De vez en cuando se separaba de mí, se ponía de rodillas a mi lado, metía una mano en sus braguitas y yo incorporándome con mucho esfuerzo podía mirar como la movía debajo del tejido entre sus piernas y solo podía imaginar lo que estaban haciendo sus dedos allí debajo. Finalmente se quitó las braguitas y poniéndose a gatas encima mío, las rodillas a los dos lados de mi cabeza, me dejó a la vista justo encima de mi cara, su sexo con los labios rosados, húmedos y abiertos que sobresalían entre los ricitos de su vello negro. Podía sentir una de sus manos agarrando fuerte mi polla y meneándola lentamente mientras la otra acariciaba mis testículos hinchados, pero todo el campo de mi visión estaba ocupado por sus nalgas y sus muslos y su coño húmedo entre ellos. Intentaba incorporarme para alcanzar a lamérselo, pero solo conseguía besarle los muslos, hasta que no fue ella misma abriendo más las piernas a ponerlo al alcance de mi lengua.

Por fin pude sentir en mi boca el sabor acre de sus jugos que llevaba unos minutos oliendo. Mi lengua se movió frenética en sus labios y jugueteó con su clítoris. La oí gemir y jadear mientras mamaba mi verga y sus caderas empezaron a moverse restregando su coño en mi cara. Era como una boca que buscaba la mía y entonces le metí dentro la lengua hasta donde pude. Los gemidos ahogados que salían de su boca llena de mi carne se hicieron más agudos, su sexo empezó a pulsar y a contraerse y sus labios se sellaron a los míos empujando mi cabeza hacia la cama. Mi nariz entre sus nalgas no podía inspirar y al intentar hacerlo con la boca esta se me llenaba con los jugos que chorreaban de su vagina. Empecé a tragarlos para poder dejar entrar también un poco de aire entre un sorbo y otro. Me faltaba el aire, sentía como me ahogaba, la sangre pulsaba en mis sienes y la vista se me ofuscaba. Al mismo tiempo sentía el orgasmo pasar lentamente desde mi columna hasta mis huevos como una corriente, luego subir por mi verga como una descarga que explotó en su garganta.

Mi corrida me salvó de morirme ahogado. Como no pude avisarle el chorro de semen la cogió por sorpresa y también estuvo a punto de ahogarse con mi esperma por lo cual se sacó mi polla de la boca y las siguientes descargas estallaron en su cara. Pude darme cuenta de ello cuando giró su cabeza hacia mí para sonreírme maliciosa. Su cara y hasta su pelo estaban llenos de gotas de esperma.

Sin dejar de sonreírme pero sin pronunciar una sola palabra, desató mis piernas y mis brazos, luego se puso a gatas sobre la cama apoyada en las rodillas y los codos, mirándome por encima del hombro. Me invitaba a cumplir con mi deseo ahora que ella ya había satisfecho el suyo. No me costó mucho trabajo lubricar su agujero ya que los jugos y el sudor llenaban el surco entre sus nalgas. Igualmente puse lubricantes en mis dedos para penetrárselo y dilatarlo dulcemente. Ella acompañaba mi trabajo con unos gemidos de satisfacción mientras se masturbaba con una mano.
En unos minutos no solo su culito estaba listo para ser sodomizado; también mi miembro había recuperado la rigidez adecuada.

Sin demasiado esfuerzo mi capullo consiguió pasar por el estrecho orificio de su culo para encontrarse al otro lado con las paredes blandas y elásticas de sus entrañas calientes que le acogieron dentro de ellas. El resto de mi polla se metió dentro lentamente hasta que mi abdomen se apoyó en sus nalgas. La respuesta de ella a tamaña intromisión fue un largo y débil gemido de dolor. Podía ver su cara de perfil en la cama, apoyada sobre una mejilla. Los parpados apretados por el dolor, la boca totalmente abierta como en un grito silencioso.

Al notar mi indecisión por el miedo que tenía a hacerle daño empezó a incitarme a seguir, pero esta vez no fue con palabras dulces apenas oíbles como cuando la follaba en mi despacho. Empezó a insultarme con una serie de términos que nunca le había oído pronunciar. Lo menos duro que me dijo fue, maldito cabrón, y tampoco mi madre se salvó de los insultos, mientras me urgía a que la enculara, que le abriera el culo, a que se lo partiera o se lo rompiera. No necesitaba ninguna invitación para hacerlo, pero sus palabras me sacaron de dudas y empecé a embestir su culo con furia. La agarré por los hombros para atraerla hacia mí mientras le metía mi verga hasta el fondo y así aumentar la fuerza de mis embestidas.

La agarré incluso del pelo mientras apoyaba las plantas de mis pies en la cama para ponerme encima de su culo y enterrar mi espada de carne en el profundo de sus entrañas. Sus gemidos se transformaron en sollozos y lágrimas de dolor corrieron por sus mejillas, pero podía notar su mano que rozaba mis testículos mientras masturbaba su coño y acabó confesándome entre sollozos y mientras yo no paraba de enterrar mi estaca entre sus nalgas abiertas que llevaba unos cuantos minutos encadenando orgasmos uno detrás de otro y cada cual era más largo del anterior. Me suplicó que me corriera en su culo porque mientras sintiera aquella polla metida en su trasero no pararía de excitarse.

Otra vez sentí la corriente de mi orgasmo subir desde mis testículos hasta mi capullo, esta vez mucho más lentamente. Por unos segundos el placer se quedó suspendido dentro a mi capullo como si quisiera hacerle explotar, luego se rompió en muchas pequeñas descargas de placer, a cada una de las cuales un chorro de mi semen se corría dentro de su culo. Las primeras cortas y rápidas y poco a poco más débiles y espaciadas, hasta que me vacié de todo mi esperma dentro de ella.

Cuando la última gota de semen salió de mi polla, ella seguía con su último orgasmo y yo, entre el deseo de complacerle y hacerle gozar y la excitación que me producía verla y sentirla volverse loca de placer, seguí moviéndola en su culo por unos interminables minutos hasta que ella no terminara definitivamente de disfrutar.

Una media hora después volvíamos a estar vestidos sentados en el borde de la cama a la espera del conserje que nos volviera a acompañar hasta mi coche. Se hablaba de los preparativos para las fiestas y de cuanto nos iban a costar. Luego en la calle nos dimos un beso fugaz y nos felicitamos las navidades con la promesa de volver a vernos después de las fiestas. Pero fue la última vez que le vi.

Este relato es real. El lugar y los personajes también (uno de los dos soy yo). He añadido algunos detalles inventados para que se acercara más a la fantasía con la cual me he masturbado muchas veces desde entonces mezclando la realidad con el sueño.

El final de la historia, lamentablemente, es fiel a lo que pasó.

Me gustaría recibir algún comentario para saber antes de todo si os ha gustado. Si os habéis excitado con ello y si pensáis que vale la pena que vuelva a escribir sobre mis experiencias pasadas.

Si os he aburrido no os preocupéis. Lamentablemente no tengo muchos más recuerdos como este para contar.

Autor: Armand

Me gusta / No me gusta