Lección de amor y sexo

Nuevamente me abrazó y comenzó a decir una sarta de obscenidades, como: ¡rómpeme la argolla!, pijudo, que pedazo de pija me estoy comiendo, cosas por el estilo que nadie creería capaz de pronunciar por esa boca hecha para decir dulzuras. En estas circunstancias sonaban a mis oídos como la más dulce de las poesías, el mayor de los estímulos eróticos.

Era época de “vacas flacas”, nada ha cambiado demasiado, más bien todo sigue igual para los que tenemos que yugarla todos los días…  Relatar los aconteceres de esos momentos es un maravilloso “revival”, me retrotraen a degustar el sabor del placer vivido a pleno, caricia al sentimiento y al afecto generado, huellas talladas en la emoción que nos empuja en el desafío cotidiano. No estoy anclado en el pasado, no todo tiempo pasado fue mejor (como decía el poeta), estoy persuadido que el mejor tiempo es el que viviré mañana, pero hay experiencias y situaciones que se hacen incomparables, esta es una de las guardadas con más afecto.

Como necesitaba arrimar unos pesos más al sueldo que tenía por esos tiempos, no tuve mejor idea que poner un anuncio en los comercios de los alrededores ofreciéndome como profesor en matemáticas, biología y otras materias.  Para hacerla corta, consigno que una tarde al llegar de la oficina, acciono play, escucho los mensajes que guardaba el contestador; uno decía: “mensaje para el profesor: Soy la señora Leonor y tendría interés en sus servicios profesionales para mi hija, mi teléfono y dirección son…”.

Tomé una ducha y encaminé a la dirección indicada, acoramos con la señora tarea y estipendio por mis servicios, comenzando el día siguiente.   Llegué puntualmente, recibido por una hermosura, con todo el ímpetu y desparpajo de sus juveniles y briosos años, y qué bien desarrollada (pensé, sin que se notara demasiado).  Me presenté (con informalidad), queriendo adecuarme a su edad. Las cuatro décadas de experiencia me enseñaron a manejarme con soltura en el ambiente joven, suelo usar sus mismos códigos, comparto sus gustos musicales, no soy ningún sapo de otro pozo, a decir de la gente joven de mi conocimiento me han dicho en varias ocasiones que soy del mismo palo, una forma coloquial de confirmar que consideran como un par, tal vez sea esa la llave de la eterna juventud.

– Sí, mi madre, la señora que arregló con usted, no está en este momento, está atendiendo con mi padre la empresa familiar y no van a regresar hasta muy tarde, como de costumbre, pero aquí tengo el cheque que me ha dejado para usted según lo convenido, me acerca el sobre. -De acuerdo, mi nombre es Rolando, llamarme “Rolo”, como mis amigos. – ¿El tuyo? – Mercedes, los amigos me dicen “Mecha” y los más íntimos “Baby”, como de nenita ¿no? – Para nada, además le da un toque de dulzura a tu personalidad tan juvenil.  ¡Me gusta!, es muy lindo, tanto como vos.-“Profe” ¿quiere tomar un café mientras nos acomodamos?  -con total frescura y naturalidad. -De acuerdo, respondí con mal disimulado entusiasmo.

Acordamos en comenzar por una revisión general, evaluar donde necesita enfatizar más la ayuda y diseñar la estrategia de estudio. Trabajamos mucho y bien, tanto así que en el boletín del segundo trimestre mostró con claridad el resultado de las enseñanzas impartidas en estos dos meses de trabajo, tres días a la semana.   Tan contenta estaba doña Leo que como gratificación me dejó un sobre con un cheque adicional y una caja con una botella de whisky “JB”. Durante todo este tiempo fuimos haciéndonos amigotes, compinches, casi amigos.   Aunque nunca pasó la peregrina idea de avanzarla, hasta ahí tan solo una fantasía en las noches solitarias, buscando acercar la relación, cruzar la barrera de “profe-alumna”.

Esa tarde Baby estaba distinta, ataviada “de colegiala”, mini, ¡muy mini!, escocesa y camisa tipo “tela de cebolla”, tan delgada que la tetas se insinuaban y los pezones hieren la tela a punto de romperla, alrededor de la pica que empuja el tejido aprecio la sombra circular de la areola que da entorno a ese ariete agresivo,  todo esto exacerba la innata sensualidad disfrazada de inocencia, recuerdo la sensación entre las piernas, como un acto reflejo condicionado el miembro estaba tomando vida, reclamando participar, domar y someter la bestia era ímproba  tarea, disimular el efecto se hacía difícil.   Nunca, en estos dos meses, la vi de esta manera, perfumada, exultante y lujuriosamente sensual: El erotismo hecho mujer.

-¿Qué pasa “profe”?, ¿qué pasó?, se miró así misma, como si buscara lo que sabía, continuó: ¿Tengo algo mal? -mohín al mejor estilo Lolita, maximiza el inquietante efecto. -¡No!, al contrario tenés… tenés… todo tan lindo, y tan bien puesto. Muy lindo. ¡Sí, tanto! -No será para tanto. -repite el cliché del mohín jugando a la ingenua.

-¡Por favor, que sí!, Nunca te vi así, como hoy.  -¿Y cómo estoy?  -interrumpió.  -Estás igual, pero distinta. – Profe. y si hoy nos tomamos un relax?, con absoluta soltura asumía el control de la situación, -total, ya que tenemos… las materias bastante… adelantadas.  -exprofeso deja las frases inconclusas como forma de seducirme, dejar la pelota en mi campo para que deba jugar mi turno.   .-¿Podríamos abrirla  y…  probar el whisky que le regalaron?  Sea buenito, enfatiza el diminutivo.

– Pero con una condición, -exagera el gesto de sorpresa- que tus padres no se enteren, sino me matan. ¿De acuerdo?  – ¡De acuerdo!, ¡será un secreto entre nosotros!  Todo lo que hagamos sí, ¡será nuestro secreto!

Acercó dos vasos y unos cubos de hielo, vertí el licor, ella revolvió los cubos con el dedo índice, amorosamente, yo mojé el dedo en mi vaso y humedecí el borde del suyo.  Levantamos los vasos para un brindis, ¡”chin chin”!, y tomamos un sorbo.  Después de dos o tres sorbos, la conversación se hizo más animada e intimista, el tobogán del deseo por conocer intimidades de la vida del otro nos llevó por los intrincados senderos de cuestiones más personales, muy personales.

Confesó que se sentía sola, que de su círculo de amigas era la única que aún no había “debutado” en el sexo, que les mentía para no parecer un “sapo de otro pozo”.  Quiso saber de mi vida familiar y afectiva, cuando dije que estaba separado, que no tenía una pareja desde hacía tiempo, le brillaron los ojos, insinuante sonrisa comienza a dibujarse en su carita de ángel.

-Estás con tanta hambre como yo, ¿no?  -Y…, más o menos para decirlo de alguna forma -cierta incomodidad, haber sido tocado sin aviso.

Se arrimó y me dijo al oído como, un susurro: -Sabés que mis padres no vuelven hasta el lunes por la tarde, estábamos en la tarde del viernes, yo no estoy aquí sino en casa de mi amiga, esta me  “hace pata” diciendo que me quedé a dormir en su casa todo el fin de semana, ¿sabés?

Terminada la frase otra vez el gesto de fingida inocencia, repetirlo potencia el efecto seductor de sus dichos. -Profe, entre todas las cosas que me aprendí hay una materia que no puedo completar.  – ¿Cuál es?, pregunté, haciendo el tonto, dándole pie para la réplica y que saliera a la luz todas las insinuaciones para no quedar expuesto por si había evaluado mal sus dichos.

-Amor… Amor y sexo. Tengo toda la teoría, pero de práctica cero. Nada de nada, deletrea lentamente.- Seguramente, con lo bonita que eres, difícilmente te falten noviecitos.  – Es cierto, tengo varios moscardones revoloteando, pero… pero son tan pendejos, que no me entusiasman demasiado para mi inicio en el sexo, como todas la chicas amigas tengo la fantasía de hacerlo con una persona hecha y experimentada, ¡como tú!

Otra vez, para alejar toda sombra de duda, enfatiza el final de la frase.

-Estoy segura que mi juventud y virginidad merecen tener buena inicio, con alguien que tenga algo más que calentura.

Ahí no más, adhiriendo los dichos a la acción se abrió la blusa mostrando el par de hermosas tetas, al vivo, sin soutien.  El instinto conservador, el temor de asustarla accionó de freno para no abalanzarme y engullirlas de un mordisco.

Concluyó de sacarse totalmente la blusa, yo sostuve la prenda y la acerqué a mi nariz para llenarme con el aroma de su ser mientras regodeaba la vista con dos masas perfectas de carne, ofrendadas al dios que se iba a hacer dueño de sus carnes. Adelantó el busto, desafiante, para integrarse a mi humanidad, ofreció una, en la boca, incendiada de deseo.  Se las acaricié manifestando la intensidad de mi lujuria. Chupé a más no poder, robándole profundos y sufridos suspiros.  Me separé un poco para poder observar la cascada de trigueños cabellos caía sobre las dos cúpulas de carne trémula.  Dos frutas maduras incitan a la rapiña de mis manos y a la codicia de mi sexo.

Deslicé la mini escocesa, levanta los píes para dejar salir del todo, ahora voy por la tanguita rosa, totalmente “sacado” me zambullí entre la “felpa” que oculta en su espesura enrulada la dulce entrada donde anida el recóndito objeto del deseo: Virginal cofre.

-¡Vamos al dormitorio de los viejos!, vamos a estar mucho más cómodos, dijo en golpe escénico, rompe la morosidad de la acción, había quedado prendado de los elixires aromáticos que su deliciosa intimidad me regalaba a modo de prólogo de la entrega virginal. -me lleva de la mano al lecho.

Se recuesta, esperaba, apoyada sobre un brazo, los pechos semiocultos por los cabellos; asomaban por entre las sábanas. La escena parecía la de un pintor renacentista, la plenitud de su juventud realzaba la dulce entrega.

Hacía real las fantasías de sus afiebradas noches de trabajo manual a destajo: “fatal femme”.  Lo que le faltaba de experiencia le sobraba de intuición y sensualidad.  Descorrí el telón de sábanas que ocultaba el resto de mujer, emergió la virgen de porcelana tendida en su ansiedad, en el secreto temor de su primera vez, espera la llegada del amor, que abran su flor al goce.  Tenerla al alcance de mis manos, desnuda en plenitud, leves curvas de mujer, deseo recostar mi cabeza en el vallecito quieto que pintan al separarse las colinas de sus pechos; el vientre era una ofrenda de los más dulces aromas, follaje de enrulado vello trigueño ocultaba en la nívea blancura de su vientre la humedad del sexo anhelante.

Me lancé encima de ella, la recorrí con garras, yemas, mucosas y  dientes, suave, arañando su epidermis como de animal herido de deseo, buscando la cueva donde descansar mi masculinidad, introducir la cánula ardiente y dejarla fluir, llenar el interior de paredes enrojecidas con nutritiva leche caliente.  Luchó…, y se rindió. Comprendí que me deseaba, por eso la “lucha” fue tan breve… El paraíso para nosotros dos en ese instante era la alcoba!  Sin una queja, mansamente estoica y silenciosa estaba presta para la entrega, para realizarse como mujer: Entregarse en alma y vida.

Durante la recorrida de exploración levantaba en mi lengua todo el aroma que emanaba de su piel, se estremecía y emitía uno que otro quejido, mezcla de pasión e incontrolada calentura.

El tajo lo tenía cerrado, pero al contacto con mis dedos se manifiesta húmedo, anhela de tenerme dentro.  Su cuerpo se tensa y afloja al mismo tiempo. Metí un dedo, después de recorrer la superficie de los labios, exacerbando sus deseos de mí, de tenerme dentro de ella.  Elevé un poco sus piernas para poder meter mi cabeza entre ellas y darnos un beso “boca a boca”.   Modificamos la posición, mientras lamía su conchita, ella tenía la verga entre sus manos, otro movimiento y se produjo el mágico número, un 69 inesperado.  Al sentirse chupada intuyó la réplica, acercó la boca a la pija, me dio un beso ¡tan caliente!, que metí la lengua lo más dentro que pude.

Escuché el llanto de ella, saqué la boca de su “boca” – ¡Seguí!, ¡seguí por favor!, no te detengas, seguí un poco más, ¡ahhh! -decía, casi gritando.   No lo sabía, estaba acabando, su primer orgasmo robado por un hombre.   Tan profundo, que no sabía manejar las nuevas sensaciones que agitan todo su cuerpo: inicia el camino hacia la mujer.  Se estremeció, juntó las piernas, mi cabeza entre ellas, quedó suspendida en el tiempo, quieta, luego otro estremecimiento, hasta que los ojos se colmaron de lágrimas.   La sonrisa de felicidad respondía a la pregunta no formulada.  Me incorporé y la besé:
-¡Bienvenida al sexo! No contestó, me miró desde la profundidad de su ser, acaba de ser estremecida por las delicias bucales, transportada al séptimo cielo del placer.

– Esta deliciosa sensación es tu primer orgasmo, disfruta y relájate que después vamos a la segunda lección, alentándola a expresarse con naturalidad.  Toma la pija en tus manos, acaríciala, suave, con delicadeza, pajea, lento, bésala como antes, despacio, siente en tu boca y en tus manos cada latido, como se hincha, como crece y se desarrolla, sentí vibrar al macho que tenés en tus manos. – ¡Así, así!, continúa chupando, obediente sigue las instrucciones, déjala bien húmeda, para que pueda entrar en ti.

Apoyé en la entrada de la “cosita”, empujé con cuidado, no pasaba nada…, elevé sus piernas y bajé al “pesebre” besé dejando abundante saliva en la argolla virgen.  Retomé el intento, me arrodillé, en acto de adoración, apoyándole el glande, empujando, suave, al tiempo que le separaba los labios y comenzaba a moverme, despacio, avanzando casi nada en ese lugar tan resbaladizo, pero fue suficiente para que ella comenzara a jadear y quejarse por el dulce martirio de la entrega.

Con dulzura y comprensión alentaba mis intentos por introducir la espada de carne, abrir la herida en su virginidad de una buena vez.  Jadeaba más fuerte, los músculos de su vagina se constreñían y apretaban en torno al miembro que pugna por adentrarse en ella.  ¡Ya era tiempo!, la besé, casi con violencia, metiendo la lengua dentro de su boca, el más intenso dado vez alguna; así, entretenida en la caricia bucal, levanté un poco mi cuerpo, estocada a fondo, me mandé dentro de ella, abriéndome paso a través del himen, el camino expedito al fondo de sus entrañas.

En ese momento se separó de la cárcel de mis labios y dio el grito decisivo, anunció su rendición incondicional.  Palpita su corazón como para salírsele del pecho, me identifico totalmente, me refriego contra su dermis hasta ser una sola humanidad: Es mía, su desfloración lleva mi sello personal.

Breve pausa, sosteniendo la penetración, quieto, para permitirle que se acostumbe a la  nueva situación.  El ritmo de la cogida lo marca mi  pija, entrando y saliendo una y otra vez de su concha, ya de  una mujer, se sentía más caliente y húmeda, tal vez también sangre del virgo.  Advertí que el dolorcito de la penetración era soportado y disfrutado, me  abrazó intensamente, placer agradecido.

Me abrazó fuertemente, sentía sus maltratados músculos vaginales aprisionándome, fue como un acto reflejo y se quedó totalmente placida y quietita para lanzar un profundo suspiro y denotar que por primera vez llegaba al orgasmo vaginal.  Quedé quieto, dejando que lo disfrutara, la esperé, y seguí metiendo y moviéndome dentro de ella, y otra vez más, un nuevo orgasmo.   Las embestidas siguientes lograron dos nuevos triunfos, acaba de recibirse de multiorgásmica.

Baby, se quejó mansamente por detener los movimientos, deseaba que continuara empujando dentro de suyo, con más fuerza y velocidad.  – Ahora es tu turno, te toca a vos  ¡Disfrútame!, dijo como un ruego, y siguió  -Déjame tu lechita dentro del nido, no hay por que preocuparse, “en estos días no soy fértil”, no hay peligro, ¡hacelo ya!.

Nuevamente me abrazó y comenzó a decir una sarta de obscenidades, como: ¡rómpeme la argolla!, pijudo, que pedazo de pija me estoy comiendo, cosas por el estilo que nadie creería capaz de pronunciar por esa boca hecha para decir dulzuras.    En estas circunstancias sonaban a mis oídos como la más dulce de las poesías, el mayor de los estímulos eróticos, me transportaban a un estado de calentura indescriptible y por demás inaguantable; vaya si tuvo efecto.

Los sones celestiales, la invitación a desbordar mi deseo en la roja herida abierta en su virginidad maltrecha, aceleraron la calentura.

Cómo resistirme al encomio y a la invitación para satisfacer mi ego.  Con toda mi alma quiero dejarme caer como un volcán, saciar mi sed de hombre en esa fuente de sabor salado que guarda la esencia del amor hecho mujer.  Retomé la concentración, dispuesto a culminar el acto, entrándola hasta el fondo y sacándola hasta la puertita, volver a entrar con toda la violencia en ella.  Levanté sus piernas, hacer más íntima la aproximación, las cruzó en mi espalda.  Así, anudados, aceleré “el metisaca”.

-Te amo, te amooo, siempre soñé con me cogieras así!, decía  jadeando. – Mamita ya estoy llegando, ya me viene…, me viene…, y te voy a dar la leche, te doy tu leche, prepárate, decía con perentoria urgencia. -Dame bebé, dame de una vez, me estoy volviendo loca, no importa que duela un poco. Daaaaale…!,jadea casi hasta  el ahogo. -¡Tomá…, tomá…! ¡Ahí va!  Te la largo, te largo todo, bien adentro ¡mi amoooor!

Salió un grueso chorro de semen, con fuerza inusitada, parecía que me salía de lo más profundo de mis entrañas, estrellarse en el fondo de su vagina, otro chorro, igualmente de intenso que el primero y otros dos un poco más calmos y normales.  En medio de la eyaculación le escuché decir: – Bebé, me vas a matar, me duele, me duele, pero ¡gozo tanto! Estoy acabando ¡otra vez!, me volvés loca! Qué rico, qué placer, dejádmela adentro para siempre: Es mía, ¡toda mía!

Quedé no sé cuánto tiempo adentro, tardó bastante en bajarse, sólo un poco.   Seguía erecta pero con menos rigidez, ambos queríamos eternizar este momento de pasión y amor.  Permanecimos en reposo hasta que me salí de ella. Tomados de la mano, de espaldas en el lecho, mirando al techo, el pensamiento en “blanco” sin noción del tiempo.  En silencio.  Me ardían las venas y la sangre caliente fluía buscando la calma: El reposo del guerrero.  El corazón latía con alegría, a pesar del extenuante esfuerzo por la epopeya épica de vencer la ciudadela de la doncella y hacerla mía: Era mía, toda mía.

Retomó el don del habla, dijo: – ¡Te amo!  Siempre soñé que resultara así, es mucho, pero fue mucho más lindo de lo que fantaseaba en mis noches de fiebre y soledad.  Siento, que luego de hacerme mujer, gracias a ti, estoy en el mejor de los mundos, con vos y por vos.  Gracias mi amor, me besó dulce.

Reincorporándome a medias, la contemplé y besé su sexo, me apasionó ver como se le salía un hilito de sangre, mezclada con un licuado de sus jugos y mi semen.   Se la limpié con el toallón, no era mucho pero se incorporó para ver la muestra del acto más de cerca; sonrió agradecida, otro beso diciendo: Papííííííííto! Es tu firma, ¡qué autógrafo me regalaste!, muy mimosa continuó – Si está fue  tu firma,  ¿podrías escribirme un libro?, total, aún tienes la lapicera cargada.  Estoy muy feliz, un poquito dolorida, pero me gusta sentirme así, hasta el dolorcito disfruto, cada latido que da la “chuchita” lo estoy disfrutando.  Después ¿podemos hacer más?

No podía quedar mucho tiempo quieta, volvió a incorporarse, y fue a la pija que mantenía agarrada en su mano derecha, casi en erección, acercó la boca, corrió el prepucio haciendo que asomara la cabeza y como brotaban de la uretra remanentes gotitas de leche, se precipitó sobre ella, diciendo:

– ¡Qué delicia, es mía, mía! Y lamió con emocionada fruición, paladeando esa “miel”, jugueteó con la lengüita, relamiéndose los labios por si hubiere quedado algo en ellos.

Fue una noche de entrega mutua, que nos marcó, que dejó huellas imborrables en nuestros cuerpos y en nuestras almas, dejando la impronta en nuestras neuronas, el gusto de los besos que nos dimos, el arrullo de los quejidos de ella y mi agitación por gozarte, el dolor de ser mujer y el alivio de mi deseo hecho semen, la satisfacción de la comunión de nuestros cuerpos y almas, conjunción que, que nada ni nadie podrá jamás arrebatarnos, quedó para la eternidad: Para nuestra eternidad.

Cada vez que la rememoro, es como un rehilar de recuerdos que van tomando diferentes matices, que enriquecen el recuerdo de esa noche tan especial.  Después de esta primera lección, vino la segunda, queda prometida.

El profesor seguirá atendiendo a todas las lectoras que necesiten aprender o perfeccionarse en el arte del amor y el sexo, que las atenderé personalmente, amplitud de horario y tiempo disponible, espero su comunicación, dirigirse a la dirección de e-mail que figura al pie del relato.

Autor: Arthur

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La colegiala se la aguantó toda

Mamó como nunca me mamaron, calidad y cantidad de movimientos bucales increíbles.  La acabada llegó urgente y perentoria, ni siquiera pude ponerla sobre aviso, sus ojos fijos en los míos y el rostro encendido eran datos fehacientes que disfruta su labor.   Siguió chupando hasta asegurarse que no me quedaba más leche calentita.  Retiró mi carne de la boca, se relamió el resto, había tragado todo.

 

La vida se va jalonando con recuerdos y vivencias, gratas y de las otras. De las otras, mejor olvidarse, de las gratas, algunas más caras a nuestros afectos van quedando como gota de miel sobre tantas otras cosas que nos amarga.  Algunos aún hoy se muestran vívidos, con grato sabor, recordándonos que fuimos protagonistas y quedan por siempre incorporados a la rica historia personal que, como forma de gratificarme voy a tratar de recrear para los amables lectores de este prestigioso sitio en la web. Sea pues este testimonio personal, un reconocido agradecimiento para alguien que hoy transita por otro andarivel de la vida.

Mi hijo y sus compañeros se reunieron para organizar el tradicional viaje de fin de curso a Bariloche.  No tuvieron mejor idea que venirse a casa.  estar toda una tarde, varones y muchachas, hasta bien entrada la madrugada delineando proyectos e intercambiando opiniones acerca del futuro viaje que los despega a una importante etapa de sus vidas, para muchos una despedida.

Llegada la hora de marcharse, ayudé en la devolución a sus hogares de las niñas, en realidad es una forma de decir, casi todas rondan los dieciocho años y algunas de belleza contundente capaces de hacer perder la cabeza al más pintado. Yo me ocupé de tres, a cuál más apetecible, ni pensar en eso, traté de comportarme como una persona de otro planeta, luchaba fuertemente por no verlas como el fruto prohibido, de no hacer caso de la serpiente haciéndome ver donde no debía.

Todas con el desenfado propio de la adolescencia y el “sex a peal” de quien quiere beber el mundo de un sorbo.  La vestimenta de fin de primavera, top ajustado y mini, muy mini, mostrando más allá de lo prudente, no contribuía demasiado en calmar mi ánimo ya de por sí soliviantado por haber compartido buena parte de la tarde con ellas, menos mal que los muchos no están como este veterano con intención de pegarles una revolcada para guardar en la memoria corporal.

Estábamos por llegar a la casa de Claudia, la última en cuestión.  Rubiecita, todo picardía y sensualidad adolescente con sus deliciosos 18 años, toda ella emanaba un halo de tentación y pecado. Me pidió detener el auto, en una zona cubierta por un espeso manto de sombras.  Me miró, sin otra prevención se colgó de mi cuello, la cara en sus manos y me zampó un besó, tan dulce como sorpresivo, pero con tanta pasión que necesitaría revolver un buen rato en mi memoria para poder compararlo. Poco se esforzó para meter la lengua en mi boca. Me besó con intensidad, todos los condimentos de febril pasión se estaban expresando, liberando los efectos del cóctel de hormonas en ebullición.

Nos separamos, agitados, trastornados, me dejó el sexo excitado, como nunca.   Posó una mano sobre él y se asombró de lo rápida reacción.

– Papi, ¡qué bien!, ¡cómo te pusiste! – Nena, yo no soy de  madera.- Sí, y yo te puse al palo ¿no?

Por suerte a esa hora de la madrugada nadie nos vio.   Con tal de irme, acepté pasé a buscarla al día siguiente, después de la salida del colegio, menos más que eligió un lugar discreto.

Dudé en ir a buscarla, pero tenía miedo que esta pendeja me acosara y se me viniera a casa, esa había sido una especie de velada amenaza, esto me estaba complicando la existencia, pero como contrapartida me gustaba a morir.  Este era una de esas situaciones en que se debe optar entre el placer y la honestidad, pero bien sabido es que el pecado siempre triunfa sobre la virtud, este caso fue otra derrota de la virtud, sin más problemas de conciencia la cabeza de abajo decidió el curso de los acontecimientos.   En cinco minutos estuve para buscarla.  Subió y salí como una exhalación puse distancia del lugar, ya tenía pensado el sitio poco transitado para pegarle una buena “apretada”.   Esta vez los dos estábamos con la pasión a flor de piel para dar rienda suelta a la calentura que nos consumía.

– ¡Qué bueno, otra vez estás al palo!

Sin tiempo para nada, la muchacha derribó todas mis prevenciones y precauciones, abrió  la bragueta y metió mano y la liberó del encierro forzado, con la soltura de quien está tocando lo que le pertenece,  masaje, acaricia, seguridad y experiencia hablan de que no es una improvisada a la hora de excitar a un hombre.  Sabe cómo y dónde aplicar la experiencia acumulada, controla y maneja a su antojo mis reacciones.
 
– ¡Qué gorda y caliente!, ¡ahhhh! -le hizo efecto el contacto, por un momento llegué a pensar que nada la conmovía.

Fue lo último que le escuché, la metía en la boca.  Hacía los honores y comenzó la deliciosa mamada.  La situación era tórrida, yo no podía concentrarme demasiado, mirar para todos lados, inquieto de que pudieran vernos mientras ella hacía su faena.   La adrenalina por el peligro, era un nuevo ingrediente, que eleva el morbo de la relación  bucal con esta preciosura.

Mamó como nunca me mamaron, calidad y cantidad de movimientos bucales increíbles.  La acabada llegó urgente y perentoria, ni siquiera pude ponerla sobre aviso, sus ojos fijos en los míos y el rostro encendido eran datos fehacientes que disfruta su labor.   Siguió chupando hasta asegurarse que no me quedaba más leche calentita.  Retiró mi carne de la boca, se relamió el resto, había tragado todo.  Otro detalle para mencionar fue que para no mancharme el pantalón, había puesto un pañuelo a modo de babero.  Sin dudad era experta en “oratoria”.

– ¡Tocame acá!

Llevó mi mano a su entrepierna, con un par de dedos en ella comprobé lo mojada que la tenía.  Se abrazó a mí, apretó mi mano contra su fuego interior, gemía, estaba acabando con mi mano en su chocha.   Al serenarse, corrió la tanga y limpió y recogió todo el flujo en el pañuelo, me lo regaló como trofeo.

Por ahora me basta, pero quedamos con ganas de más ¿no?  Asentí.   Acordamos que el viernes nos “diéramos con todo”.No podía conciliar el sueño, andaba al palo, quería sacarla de mi mente, otra vez el conflicto de pasión y obligación moral:  pudo la pasión.

Llegó el momento, la llevé al hotel.  La desnudé casi a mordiscos, le dejé la piel toda besuqueada, y lamida.  Los pechos firmes, cúpulas de azúcar coronadas de frutilla, goloso quise comerlas.  Recorrí la planicie del vientre dejando mi saliva en el hoyo del ombligo, rodé por el matorral de pendejos hasta saciar la sed en el oasis de su sexo.  A esta altura ya nos habíamos colocado en la clásica postura del sesenta y nueve.

No perdió el tiempo, trabajaba a destajo con el miembro, poniéndolo en condiciones de dar guerra.  La lamida de los labios vaginales, terminaron por ponerla en condiciones de pedir que la carme masculina fuera a calmar el hambre de fémina.     La calentura aceleró los tiempos, pidió urgente tenerme en ella.  Abrí de piernas y le apoyé la verga en la entrada, empujé en ella, se resistió retrocediendo un poco diciendo que sentía dolor. No entraba fácil.  Repetía, que a pesar de las ganas le costaba, por no tener mucha experiencia o por tan gorda, era visto que toda su experiencia había no había pasado demasiado de la exposición oral, ahora estaba rindiendo sexo tradicional en examen práctico.. 

-Teneme paciencia, muero de ganas, andá despacio.

Colaboró con voluntad y dedicado esmero en la cogida, hasta que fue entrando, resbalando por el estrecho pasadizo.  Se sentía estrecho y disfrutaba en él, por momentos apuraba la penetración, urgente, ir y venir de la pija en su conchita.  No paró de gemir y respirar con dificultad, entrecortado en toda la extensión del polvo. 
 
La fui trabajando ahora ponía en práctica toda la experiencia, era el momento de lucir las medallas ganadas en buena ley, la estaba haciendo caminar por las nubes, el estado de excitación hacía estragos en ella, balbucea algo inteligible, sonidos sin sentido, hasta que pude interpretar que pretendía avisar que estaba cercana al momento de gloria.   El pene respondió al pedido, noté que se hinchaba más todavía, se movía más a prisa dentro de la cueva.
 
El final estaba cada vez más cercano, trataba de mantener la concentración para no terminarle dentro, la premura del calentón no dejó tiempo de comprar preservativos y ni siquiera sabía si se cuidaba, de todos modos yo debía cuidarla.  Mi placer subía por el ascensor y el de Claudia por la escalera.  

Ella se mueve aferrada a mi cuerpo, arquea su cintura para aproximarse en  cada embestida, estamos llegando al borde del precipicio, la orden cerebral era un par de pasos más y era el salto al vacío, ella urgía más intensidad en las acciones, yo pretendía detenerme al mismo borde y ella continúa caminando por el borde de la cornisa.  Nuevamente el conflicto de mi responsabilidad y la pasión, ella exige urge acción, como puedo le hago saber el riesgo, imposible congeniara riesgo y pasión, me sujeta para imponer su criterio de goce, ella corre los límites más allá de la prudencia, pide que siga, que nada importa más que su felicidad, nada ni nadie la separa de mi.

-¡Sólo un poco más! es la exigencia suprema, justo el espacio que la separa del glorioso orgasmo que avanza dentro de sus entrañas. Un tsumani, un maremoto fueron sus palabra para contarme el placer de ser mujer y poder gozar esa experiencia inédita. Se convulsiona, ondas de calor la recorren, oleadas de placer la trastornan. Retenido y exigido salté al vacío, nada más importaba que dejar fluir el volcán que ella había fogoneado, el magma lácteo produjo una nueva onda de calor que apuró un nuevo y más prolongado orgasmo.
 
Le costó reponerse, las emociones las superaron, abrazados durante un tiempo, recuperamos el deseo de otro polvo.  Lo hicimos, dolió menos que el anterior, lo disfrutó con igual intensidad, gritó el orgasmo, sostuve la penetración alargando su placer y el mío hasta el último momento.   Previo al desenlace no quise terminarle dentro, contra sus deseos, la retiré y busqué su boca.   Me permitió entrar en su dulce boquita, chupó con fruición sus propios jugos conjugados con los míos.   El borbotón de leche se derramó dentro de ella y la degustó todita.

Intenté, sin éxito, convencerla de olvidar lo sucedido. -Ya está, te sacaste el gusto de tener sexo con un tipo mayor, ahora hagamos de modo que esto no sucedió. Cumplida la fantasía y todos en paz.   Estaba visto que no compartíamos el mismo criterio, la pendeja tenía otros planes de momento, me hizo saber que era tarea imposible, pretendía seguir con estas experiencias. 

Seguimos teniendo sexo una vez a  la semana, hasta el viaje a Bariloche, luego muy de vez en cuando. Ahora tiene un machito que la tenía bien nutrida de lácteo.  Por suerte para todos, esta deliciosa aventura tuvo un final feliz, nos hicimos amigos, ¡qué bueno!

Joven mujer si la experiencia de Claudia te pareció interesante, puedo explicarte los detalles omitidos por razones de espacio y transmitirte la personales en forma privada y confidencial.   Te estaré esperando en la dirección que figura al pie.

Autor: Arthur
 
arturk1986@yahoo.com.ar

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Primita, el sexo pendiente

La penetración es profunda, intensa, la vorágine de pasión contenida nos acelera, ella se incrusta en mí, estoy en el umbral de la acabada, sin tiempo para más, me salgo y manguera en mano riego su vientre con abundante savia blanca. No fue tan prolongado como suelo hacerlo, pero lo suficiente para que ambos coronemos el acto con los “vivas” de un orgasmo que por poquito no es a dúo.

Pertenezco a una familia bastante numerosa y diseminada por el país, por razones de cercanía solo nos vemos y tenemos contacto con mayor frecuencia una parte de ésta. Dentro de este último grupo está la prima Helena. Desde pequeños nuestras familias han tenido contacto frecuente y estrecho. Fue precisamente con ella que establecí un vínculo donde primó sobre todo el afecto y el compañerismo, el mismo que perdura hasta el inicio de este relato.

Siempre nos gustamos, pero no pasó de ahí la cosa, no por falta de oportunidades, sino tal vez porque una relación de sentimientos o carnal no sería tolerada en una familia tan conservadora como la nuestra. El devenir de la vida nos llevó a formar familia cada uno por su lado. Ella fue la primera en casarse, yo al tiempo, ella separada después de siete años de matrimonio y dos hijas como resultado, yo sigo soportando con estoicismo a la misma mujer. Nos seguimos viendo con regularidad, y en varias ocasiones nos confiamos intimidades a modo de consejo o en busca de esa contención que no podíamos encontrar con otro interlocutor, esos encuentros eran como nuestro lugar en el mundo, ese refugio a los momentos de crisis.

En cierta ocasión me pidió un presupuesto por un trabajo para el taller de calzado donde trabaja Lo aceptaron y de ahí en más su patrón fue mi cliente. Al tiempo empezaron los dramas con los pagos, y comenté con Helena que su patrón me demoraba los pagos, lo justificó con tanto ardor que en cierto momento dijo: “debemos aceptar lo que nos dan…”, ofuscado le dije:

– ¡Un día te va a pedir que le chupes la pija y… vas a aceptar! No bien terminé la frase me arrepentí y disculpé, con el mismo fervor de la ofensa, ella aceptó, pero aún así no se borró el estado de contrariedad que trasuntaba su grácil y bello rostro, que ahora no irradiaba la luz de un momento antes. Seguimos tomando el café, pero había una frialdad como no había notado nunca, para congraciarme con ella ofrecí acercarla a la casa.

Durante el trayecto se disculpó por mostrar su enojo, el dardo lanzado dio en el centro mismo de su conflicto interior, las lágrimas asomaban en los preciosos ojos grises. Estacioné, la tomé de las manos, dolía ser el causante de ese incipiente llanto, no sabía por dónde comenzar para reparar el llanto, hablé más con el corazón que con la razón. – ¿Qué puedo hacer para remediarlo? Me miró a los ojos, entendió y comprendió mi sincera disculpa, posó su mano sobre la mía, la apretó y dijo:

– ¡Sácame de acá!, pueden vernos y crear un nuevo problema, no quiero complicarte, ¡vamos, llévame a otro lado!

De momento solo quería ser cortés, sin otra intención que brindarle un lugar donde pudiera dar rienda suelta al deseo de poder confiarse con su amigo del alma no tuve mejor idea que dirigirme a un hotel para parejas. A pocas cuadras había uno, entrada discreta, sugiero que entremos a tomar algo, se deja llevar, confiada y obnubilada por el pesar, no hizo resistencia ni condicionamiento a mi actitud tan inconsulta.

Los tragos ayudan a la confidencia, se disculpa diciendo que acerté, que por circunstancias económicas se vio exigida a aceptar los avances del patrón, para conservar el trabajo, ahora se sentía arrepentida, humillada y sin saber cómo salirse de la situación, que no había querido confiarme de esta apresurada decisión para no involucrarme. Lloró un poco, se dejó cobijar entre mis brazos, la calidez y el afecto fueron el bálsamo para el dolor íntimo. Por primera vez se había derribado la barrera del vínculo familiar, ahora éramos dos personas que se contenían, solo un hombre conteniendo a una mujer entregada a su custodia y protección.

Ambiente calmo, luz suave y música tenue sedan a Helena, busca consuelo y refugio. De bruces, brazos a los costados, se ofrece al masaje reparador, la piel tersa y cremosa, murmullos de agradecimiento, proporciono lo mejor de mi repertorio de caricias, para hacerlo mejor le quito la camisa, suelto el broche del corpiño, las manos suben y bajan por la espalda, conociendo cada poro, entrando en cada hueco. Ronronea como gata en celo, nuevos murmullos de regocijo placentero llenan de intimidad el cuarto apenas iluminado.

La complacencia y el dejarme hacer, van haciendo estragos en mí, el deseo de poseerla se hace carne turgente, todo mi ser es invadido por el deseo incontrolable de hacerla mía, no cabe en mi seso ni en mi sexo otro objetivo que no sea estar en ella cuanto antes.

Mi boca tomó contacto con el dorso de Helena, gustosa recibió los besos en el cuello, la estremecen toda, mis manos se pierden bajo su cuerpo hasta contener uno en cada mano. Se deja tomar por las cúpulas, cuando la pinza del pulgar e índice frotan los “timbres” gime complacida. No hay preguntas, es como si ese instante mágico hubiera sido esperado desde siempre, sin sorpresas, con naturalidad, dejamos que el instinto fuera el conductor de la locomotora descontrolada de la pasión.

Sin apresurar los tiempos, seguí buscando sus lugares ocultos, entrando en cada resquicio, demorando el contacto digital, hacerle saber como en la ceguera del deseo oculto voy reconociendo a tientas el mapa erótico de una mujer que busca contención, pasión y desenfreno. Solo gime, se agita en cada caricia, vibra con cada beso, estremece con cada lamida.

Arrecian besos y caricias sobre los pezones, quiere más, el momento decisivo se aproxima, es tiempo de recuperar el tiempo perdido, aprobar la asignatura pendiente. Vuela el jeans, sacar la tanga es la excusa para meter la mano entre las piernas y entrar en la íntima humedad. El deseo reprimido emerge en el húmedo contacto vaginal, los dedos encuentran el secreto botón del placer, acariciarlo y tenerlo entre los dedos es como encender el precursor de una bomba atómica. Gimotea anticipando un orgasmo muy sentido, estremecida, voy regulando la intensidad y duración, demoro y alargo hasta la exasperación. El ansiado desahogo la invade toda, tan esperado como la lluvia en el desierto, es el bálsamo que calma los ardores de un deseo contenido por años, la fantasía hecha carne.

Solo pudo pronunciar un ¡Ahhhh! profundo, como venido desde muy adentro, y luego el dejarse llevar por mi mano, conducirse en una seguidilla de estertores y contracciones hasta quedarse laxa, mansita y con una sonrisa dibujada en su rostro. Solo me mira y sonríe, sin capacidad de habla. Quedé a su vera, velando el relax, dejándola que goce el éxtasis del placer en silenciosa contemplación, que era mi forma de decirle gracias por haberme dejado llevarla al paraíso.

Cuando regresó de su viaje celestial giró, se colocó frente a mí, nos besamos profundo y prolongado, Helena urge una reparación para mí, necesita devolverme una parte de la gloria que transitó.

De espaldas, piernas abiertas me guía entre los labios vaginales, los pies enlazados a mi espalda ayudan a la penetración profunda, intensa y sentida, la vorágine de pasión contenida nos acelera, ella primero, se incrusta en mí, estoy en el umbral de la acabada, sin tiempo para más, me salgo y manguera en mano riego su vientre con abundante savia blanca y caliente. No fue tan prolongado como suelo hacerlo, pero lo suficiente para que ambos coronemos el acto con los “vivas” de un orgasmo que por poquito no es a dúo.

Me hubiera gustado hacerlo eterno, pero en la urgencia de la calentura no daba para prolongarlo demasiado, aún así fue tan intensamente vivido que cuando salí de ella tenía las piernas temblando, era la emoción de haber poseído algo que era mío, tener ese cuerpo que me pertenecía más que a nadie.

Me volvió a sonreír, no necesitamos expresarnos para comprender que pasaba dentro de nosotros. Agradece la delicadeza de no terminarle adentro, hubiera gustado de sentirla, está protegida, pero las urgencias afectivas y la emoción no dieron tiempo para enterarnos. – El próximo lo quiero en vivo y directo, adentro quiero sentirte. Fue complacida, previa mamada, se la mandé adentro de la conchita, gozó el contacto directo con el semen. Nos abrazamos, como amantes reprimidos y contenidos por años, es el momento del desquite, recuperar el tiempo de amor perdido. Nos debemos muchos más momentos de amor y sexo.

Luego de este primer encuentro hubo varios más y de contenido más hot, pero por ahora, amigas lectoras espero que lo hayan disfrutado e interpretado tal como fue mi intención al relatarles una parte de mi vida que pocos conocen, pero que tuve mucho placer en compartir con ustedes, es una forma de poder sacar esos momentos que nos acarician el alma y queremos revivir, pero no es fácil contarlo. A través de esta ventana que Marqueze pone a nuestro alcance tenemos una forma de hacerlo.

Si entre las lectoras se encuentra alguna que haya tenido experiencias como la mía, me gustaría saber de ellas y compartir las propias, de momento agradezco haberme dejado entrar en su atención y reitero que las espero en la dirección de correo que figura al pie.

Un beso.

Autor: Arthur

arthurk1986 (arroba) yahoo.com.ar

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Cuñada culeadora

Conocía como complacer a un macho calentón, manejaba los labios vaginales a voluntad, sentía como producía con ellos un efecto que semejaba a la boca cuando succiona, movía la pelvis y caderas con tal armonía que necesité de mi poder de concentración para demorar mi orgasmo. No soy para nada precoz, pero ante semejante máquina de coger no era fácil demorarse y gozarla a pleno.

Tener relaciones con la cuñada es un clásico en cualquier conversación, quien no ha pensado o acariciado la intención de tener un “asunto” de cama con la cuñada, quien esté libre de culpa es por que no tiene cuñada.

Yo no soy la excepción, tengo una cuñadita que está para llevarse todos los premios, por belleza, gracia, sex-appeal y porque sí nada más. Desde que la conocí me llenó los ojos de ella, más de una noche teniendo sexo con mi mujer cerraba los ojos y me imaginaba haciendo el amor con Perla, tal es el nombre de la joya familiar, que por cierto hace honor a su nombre.

Desde que mi novia me presentó a Perla, doce años mayor que mi esposa, no tuve un momento de calma, cada vez que asistía en la obligada visita de novios no hacía otra cosa que buscarla, estar atento a sus movimientos, era un karma en mi vida, ocupa y preocupa mis sentidos. En sus treinta y tantos exhibía contundente belleza que me dejó loquito, rápido supo leer la pasión que despertó en mis jóvenes veintiún años, más aún parecía solazarse y disfrutar el efecto seductor que ejercía en mí, los catorce años que me llevaba los había utilizado muy bien, sabía como ponerme cada día más loco.

Diría que no le alcanzaba con jugarla de seductora, sino que con el tiempo fue agregando roces y jueguitos intencionados, como si buscara acercarse con cualquier excusa, disfrutaba tenerme cerca, a juzgar por la forma como apretaba mi brazo cuando nos saludábamos parecía querer algo más, pero tal vez por mi inexperiencia y su temor a producir un problema familiar las cosas no llegaron a mayores. La paz familiar prevalecía sobre el deseo que nos quemaba.

Ella ejercía cierta tutela sobre mi futura esposa, por afecto y por diferencia de edad. Fue madrina de casamiento, en la fiesta, con la excusa de unas copas de más, no economicé elogios para los atributos que se prometían en el generoso escote. Dejé en claro mi admiración, halagada asintió con graciosa aceptación, se mostró más complaciente y afectuosa que en la habitualidad de la relación familiar, hasta me pareció que me estaba dando pie para algo más, pero deseché esa peregrina idea pensando que era todo fruto del momento de excitación por la fiesta, el alcohol y el entorno que modifica la percepción de la realidad.

La fiesta siguió, como se acostumbra, hasta el desayuno, es decir que había mucho tiempo aún para seguir con el viejo truco del alcohol como excusa, no pierdo oportunidad para insinuarme diciendo que me quita el sueño, con más tragos más valor y en un aparte con Perla me arrimé para confiarle que me “enganché” con Luisa, la desposada, para estar cerca de ella. Fue en un momento que la invité a bailar, justamente un tema lento, un almibarado bolero, acusó el golpe, dudó, perdió el control dela situación, la dejé descolocada y sin reacción.

Todo eso o tal vez algo que desconozco motivó que me dijera bien pegada a mi oído: – Al condenado a matrimonio, siempre se le permite una última voluntad. Dime lo que quieras o calla para siempre.

– ¿Si eres Perla, cómo será…? -simulé vergüenza y pudor, corté la frase con poca convicción, por acicatearla. – ¿La ostra? Ibas a decir… ¡La mejor!, ¡Sin duda, la mejor! – Aprieta y suspira, para eludir cualquier duda. – Te creo, aunque… – ¡Para!, con la calentura, después de la fiesta tenés donde esmerarte. –apretó la pierna justo contra el miembro y dijo: -este postre tiene dueño hoy, ya veremos al regreso…

Volvimos a vernos al regreso del “mielerío”, nos invitó a su quinta, un trofeo de guerra después del divorcio, para un fin de semana largo.

En la primera ocasión a solas le recordé la promesa pendiente, atracción mutua, miradas que podían derretir el hierro de la verja. Durante la estancia no faltaron los roces osados, en la primera ocasión que la tuve sentada frente a mí comenzó el derroche de lujuria, separó bien las piernas para que pudiera apreciar la trasparencia de la tanga, en cada cruce de piernas no faltaba la pimienta de exhibir cada vez más lento y más explícito el juego de precalentamiento.

En este juego de alto contenido erótico Perla gozaba ver como hacía para disimular el efecto de su exhibición. La noche pasó calenturienta, no hubo forma de poder tener un momento a solas, me tuve que conformar con el desahogo habitual, para colmo Luisa es una mujer de poco fuego, lo hace como a desgano y por cumplir con el precepto del débito conyugal.

Me levanté temprano, preparé café, esperando… Llegó, me encontró mirando por la ventana, apoyó su cuerpo contra mi espalda, dos tetas, el perfume dice que es ella, sin voltear extiendo la mano hacia atrás, busco su entrepierna, bajo la bata, llego fácil a la entrepierna, no hay bombacha, acaricié el suave vello, juego en la espesura, llego a la cueva, me empapo en la espesa humedad, caliente. Suspira, gime, vuelve a suspirar profundo, intenso, como quien se desprende de una pesada carga.

– ¡Ah, ah! ¡Siente que tiene ostra Perla!  mientras me da un beso bien húmedo en el cuello.- ¡Vamos fuera! ¡Nos puede ver! – sin dar tiempo al arrepentimiento, ¡cómo si lo fuera a intentar!

Nos metimos en un galponcito, trancamos la puerta, desnudo total, exhibe orgullosa las tetas, carne firme, vigorosos pezones. Tomo algo de distancia para una visión integral, mejor perspectiva como la del artista que estudia su modelo, admiración sería el término preciso para decir la impresión que producía esa tremenda mujer, tantas veces imaginada y ahora toda desnuda ante mí, ofreciéndome todos sus encantos para mi placer.

Tanta hermosura y lujuria toda para mí, era más de lo que podía ambicionar, tomada de la cintura la senté sobre una rústica mesa de campo, que al colocar tamaña belleza se engalanaba, la fina porcelana cincelada por la pródiga naturaleza se ofrecía como agua para sofocar el fogoso deseo que me consume. Los labios afiebrados por la pasión buscaron la abertura húmeda. Lamer, mamar sin solución de continuidad, saciar la calentura atroz que nos invade por igual, mientras escudriño la profundidad de la cueva ella prorrumpe en una retahíla de palabrotas obscenas y soeces que son las únicas capaces de expresar su estado calenturiento. Las manos son tenazas que me conminan a quedarme dentro de ella hasta el fin del mundo.

Mientras mis labios y lengua le prodigaban maravillosas sensaciones en el clítoris, pretender acallar los gemidos, en realidad más parecidos a los aullidos de una loba, era como querer tapar el sol con un dedo. El orgasmo alcanzaba su cúspide cuando el dedo mayor de mi mano hizo su entrada triunfal en el “chiquitín”. La profusión de jugos fue tal que parecía que el volcán Krakatoa había entrado en erupción.

Las piernas y sus manos eran la gloriosa cárcel que me tenía secuestrado en su goce supremo. Sentirla como se debatía en las contracciones de un orgasmo jamás presenciado, era una maravilla verla y sentirla, era el fruto de esfuerzo ganado con el sudor de mi boca.

Los labios conservan el brillo del jugo, prolijo vello púbico realza la jugosa ostra, los dedos de Perla abren y exponer el interior rosado, la sonrisa vertical que pide atenciones nuevamente, no fue suficiente quería más, una máquina de gozar, insaciable, pero esta vez tenía otro destino. Entre sus piernas, accioné nuevamente el botón, la perla clitoriana, liberó la desmesurada lascivia, profuso, intenso y fogoso orgasmo, con el pulgar juego en la conchita y el dúo de índice y mayor en el ano.

Despatarrada sobre la mesa, las piernas colgando, inermes, abiertas, el vello brillante de humedad. Volví entre sus piernas, las elevo hasta colocarlas sobre mis hombros, me aproximo a la ostra, con el miembro enhiesto y duro como el acero, apunto, amenazo a la abertura con él. Recaliente apoyé la cabeza entre los labios y en un solo envión entró la mitad, el resto lo hizo ella traccionando con los talones en mi espalda. Se sentía ajustado, profundo, intenso movimiento de mete y saca, volvía a excitarse con renovado entusiasmo. Goza y devuelve placer apretando los músculos vaginales en torno del miembro que pistonea con afiebrado deseo.

Era más que obvio que conocía como complacer a un macho calentón, manejaba los labios vaginales a voluntad, sentía como producía con ellos un efecto que semejaba a la boca cuando succiona, produciendo en el nacimiento del glande un efecto tan placentero jamás sentido, movía la pelvis y caderas con tal armonía y sincronismo que necesité de todo mi poder de concentración para demorar mi orgasmo. No soy para nada precoz, todo lo contrario, pero ante semejante máquina de coger no era fácil demorarse y gozarla a pleno.

Ahora soy yo el que le dice le dice todas las procacidades para acrecentar el grado de excitación, contestó con su propio vocabulario, fue el espacio necesario para dejarme disfrutar un poco más de la penetración por demás gozosa. Una estocada a fondo y sostenida le hizo perder la compostura y apurar el proceso, estaba llegando el momento triunfal, forzada respiración, como pez fuera del agua, el corazón latiendo a mil y las contracciones musculares eran síntomas inequívocos de que el orgasmo está llamando a su puerta.

– ¡Dale, cabrón! ¡Dame tu leche, dame tu leche! ¡Da…me…! -Paró de vociferar para poder respirar. – ¡Por favor, ven conmigo, estoy llegando! ¡Quiero juntos, vamos dámela!

No fue solo la súplica de Perla sino que ya no podía aguantar más, apuré los últimos movimientos coitales para ponerme a ritmo y consonancia con su excitación y llegar juntos a la cima del mundo. Me moví, nos movimos, un final a toda orquesta, me lancé dentro de ella como para atravesarla, profundicé los enviones cuanto pude, fueron menos sacudidas que las deseadas por mí. En medio de un descomunal orgasmo de Perla volqué toda mi calentura, nos confundimos en un solo grito, un solo estertor postrero que selló nuestra comunión de almas.

El sonido a dúo de gozo fue el arrullo de la emisión de semen, brotó incontenible, con fuerza y cantidad imposible de mensurar. Quedamos enchufados, soldados, sin poder ni querer salirme de ella, permanecer así eternamente. Al levantarme contemplé como el riego espermático se escurría por el muslo de una mujer agradecida.

Antes de concluir el fin de semana hubo otras escaramuzas a la apurada. Lo mejor vino en los encuentros de sexo que se sucedieron, pero no por habituales dejaron de tener la espontaneidad y fogosidad de esta primera vez, con el tiempo fuimos incorporando nuevos incentivos a nuestro juego de sexo.

Esto será para otro relato.

Autor: Arthur

arthurk1986 (arroba) yahoo.com.ar

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Sexo pendiente, la prima Helena

De espaldas, piernas abiertas me guía entre los labios vaginales, los pies enlazados a mi espalda ayudan a la penetración profunda, intensa y sentida, la vorágine de pasión contenida nos acelera, ella primero, se incrusta en mí, estoy en el umbral de la acabada, sin tiempo para más, me salgo y manguera en mano riego su vientre con abundante savia blanca y caliente.

Pertenezco a una familia bastante numerosa y diseminada por el país, por razones de cercanía solo nos vemos y tenemos contacto con mayor frecuencia una parte de ésta. Dentro de este último grupo está la prima Helena. Desde pequeños nuestras familias han tenido contacto frecuente y estrecho.

Fue precisamente con ella que establecí un vínculo donde primó sobre todo el afecto y el compañerismo, el mismo que perdura hasta el inicio de este relato.

Siempre nos gustamos, pero no pasó de ahí la cosa, no por falta de oportunidades, sino tal vez porque una relación de sentimientos o carnal no sería tolerada en una familia tan conservadora como la nuestra. El devenir de la vida nos llevó a formar familia cada uno por su lado. Ella fue la primera en casarse, yo al tiempo, ella separada después de siete años de matrimonio y dos hijas como resultado, yo sigo soportando con estoicismo a la misma mujer. Nos seguimos viendo con regularidad, y en varias ocasiones nos confiamos intimidades a modo de consejo o en busca de esa contención que no podíamos encontrar con otro interlocutor, esos encuentros eran como nuestro lugar en el mundo, ese refugio a los momentos de crisis.

En cierta ocasión me pidió un presupuesto por un trabajo para el taller de calzado donde trabaja Lo aceptaron y de ahí en más su patrón fue mi cliente. Al tiempo empezaron los dramas con los pagos, y comenté con Helena que su patrón me demoraba los pagos, lo justificó con tanto ardor que en cierto momento dijo: “debemos aceptar lo que nos dan…”, ofuscado le dije:

– ¡Un día te va a pedir que le chupes la pija y… vas a aceptar!

No bien terminé la frase me arrepentí y disculpé, con el mismo fervor de la ofensa, ella aceptó, pero aún así no se borró el estado de contrariedad que trasuntaba su grácil y bello rostro, que ahora no irradiaba la luz de un momento antes. Seguimos tomando el café, pero había una frialdad como no había notado nunca, para congraciarme con ella ofrecí acercarla a la casa.

Durante el trayecto se disculpó por mostrar su enojo, el dardo lanzado dio en el centro mismo de su conflicto interior, las lágrimas asomaban en los preciosos ojos grises. Estacioné, la tomé de las manos, dolía ser el causante de ese incipiente llanto, no sabía por dónde comenzar para reparar el llanto, hablé más con el corazón que con la razón. – ¿Qué puedo hacer para remediarlo? Me miró a los ojos, entendió y comprendió mi sincera disculpa, posó su mano sobre la mía, la apretó y dijo:

– ¡Sácame de acá!, pueden vernos y crear un nuevo problema, no quiero complicarte, ¡vamos, llévame a otro lado!

De momento solo quería ser cortés, sin otra intención que brindarle un lugar donde pudiera dar rienda suelta al deseo de poder confiarse con su amigo del alma no tuve mejor idea que dirigirme a un hotel para parejas. A pocas cuadras había uno, entrada discreta, sugiero que entremos a tomar algo, se deja llevar, confiada y obnubilada por el pesar, no hizo resistencia ni condicionamiento a mi actitud tan inconsulta.

Los tragos ayudan a la confidencia, se disculpa diciendo que acerté, que por circunstancias económicas se vio exigida a aceptar los avances del patrón, para conservar el trabajo, ahora se sentía arrepentida, humillada y sin saber cómo salirse de la situación, que no había querido confiarme de esta apresurada decisión para no involucrarme. Lloró un poco, se dejó cobijar entre mis brazos, la calidez y el afecto fueron el bálsamo para el dolor íntimo. Por primera vez se había derribado la barrera del vínculo familiar, ahora éramos dos personas que se contenían, solo un hombre conteniendo a una mujer entregada a su custodia y protección.

Ambiente calmo, luz suave y música tenue sedan a Helena, busca consuelo y refugio. De bruces, brazos a los costados, se ofrece al masaje reparador, la piel tersa y cremosa, murmullos de agradecimiento, proporciono lo mejor de mi repertorio de caricias, para hacerlo mejor le quito la camisa, suelto el broche del corpiño, las manos suben y bajan por la espalda, conociendo cada poro, entrando en cada hueco. Ronronea como gata en celo, nuevos murmullos de regocijo placentero llenan de intimidad el cuarto apenas iluminado. La complacencia y el dejarme hacer, van haciendo estragos en mí, el deseo de poseerla se hace carne turgente, todo mi ser es invadido por el deseo incontrolable de hacerla mía, no cabe en mi seso ni en mi sexo otro objetivo que no sea estar en ella cuanto antes.

Mi boca tomó contacto con el dorso de Helena, gustosa recibió los besos en el cuello, la estremecen toda, mis manos se pierden bajo su cuerpo hasta contener uno en cada mano. Se deja tomar por las cúpulas, cuando la pinza del pulgar e índice frotan los “timbres” gime complacida. No hay preguntas, es como si ese instante mágico hubiera sido esperado desde siempre, sin sorpresas, con naturalidad, dejamos que el instinto fuera el conductor de la locomotora descontrolada de la pasión.

Sin apresurar los tiempos, seguí buscando sus lugares ocultos, entrando en cada resquicio, demorando el contacto digital, hacerle saber como en la ceguera del deseo oculto voy reconociendo a tientas el mapa erótico de una mujer que busca contención, pasión y desenfreno. Solo gime, se agita en cada caricia, vibra con cada beso, estremece con cada lamida.

Arrecian besos y caricias sobre los pezones, quiere más, el momento decisivo se aproxima, es tiempo de recuperar el tiempo perdido, aprobar la asignatura pendiente. Vuela el jeans, sacar la tanga es la excusa para meter la mano entre las piernas y entrar en la íntima humedad. El deseo reprimido emerge en el húmedo contacto vaginal, los dedos encuentran el secreto botón del placer, acariciarlo y tenerlo entre los dedos es como encender el precursor de una bomba atómica. Gimotea anticipando un orgasmo muy sentido, estremecida, voy regulando la intensidad y duración, demoro y alargo hasta la exasperación. El ansiado desahogo la invade toda, tan esperado como la lluvia en el desierto, es el bálsamo que calma los ardores de un deseo contenido por años, la fantasía hecha carne.

Solo pudo pronunciar un ¡Ahhhh! profundo, como venido desde muy adentro, y luego el dejarse llevar por mi mano, conducirse en una seguidilla de estertores y contracciones hasta quedarse laxa, mansita y con una sonrisa dibujada en su rostro. Solo me mira y sonríe, sin capacidad de habla. Quedé a su vera, velando el relax, dejándola que goce el éxtasis del placer en silenciosa contemplación, que era mi forma de decirle gracias por haberme dejado llevarla al paraíso.

Cuando regresó de su viaje celestial giró, se colocó frente a mí, nos besamos profundo y prolongado, Helena urge una reparación para mí, necesita devolverme una parte de la gloria que transitó.

De espaldas, piernas abiertas me guía entre los labios vaginales, los pies enlazados a mi espalda ayudan a la penetración profunda, intensa y sentida, la vorágine de pasión contenida nos acelera, ella primero, se incrusta en mí, estoy en el umbral de la acabada, sin tiempo para más, me salgo y manguera en mano riego su vientre con abundante savia blanca y caliente. No fue tan prolongado como suelo hacerlo, pero lo suficiente para que ambos coronemos el acto con los “vivas” de un orgasmo que por poquito no es a dúo. Me hubiera gustado hacerlo eterno, pero en la urgencia de la calentura no daba para prolongarlo demasiado, aún así fue tan intensamente vivido que cuando salí de ella tenía las piernas temblando, era la emoción de haber poseído algo que era mío, tener ese cuerpo que me pertenecía más que a nadie.

Me volvió a sonreír, no necesitamos expresarnos para comprender que pasaba dentro de nosotros. Agradece la delicadeza de no terminarle adentro, hubiera gustado de sentirla, está protegida, pero las urgencias afectivas y la emoción no dieron tiempo para enterarnos.

– El próximo lo quiero en vivo y directo, adentro quiero sentirte. Fue complacida, previa mamada, se la mandé adentro de la conchita, gozó el contacto directo con el semen. Nos abrazamos, como amantes reprimidos y contenidos por años, es el momento del desquite, recuperar el tiempo de amor perdido. Nos debemos muchos más momentos de amor y sexo.

Luego de este primer encuentro hubo varios más y de contenido más hot, pero por ahora, amigas lectoras espero que lo hayan disfrutado e interpretado tal como fue mi intención al relatarles una parte de mi vida que pocos conocen, pero que tuve mucho placer en compartir con ustedes, es una forma de poder sacar esos momentos que nos acarician el alma y queremos revivir, pero no es fácil contarlo. A través de esta ventana que Marqueze pone a nuestro alcance tenemos una forma de hacerlo.

Si entre las lectoras se encuentra alguna que haya tenido experiencias como la mía, me gustaría saber de ellas y compartir las propias, de momento agradezco haberme dejado entrar en su atención y reitero que las espero en la dirección de correo que figura al pie.

Un beso.

Autor: Arthur

arthurk1986@yahoo.com.ar

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