Todo en el campo sabe mejor

Asturias, una tierra de ensueño, fue el siguiente destino vacacional de Sara y Luis. Se armaron con ropa de invierno en previsión del frío y las lluvias y se dirigieron a su destino.

Luis encontró a través de Internet varios guías que ofrecían sus servicios de forma voluntaria. Buscando un poco más en foros, descubrió que muchas veces pedían una donación con “la voluntad”. Atraído por esa idea, contactó con el guía, de nombre “Manuel”.

Alojados en Oviedo, dedicaron el primer día a descubrir la ciudad y disfrutar de su gastronomía.

Llamaron a Manuel para concretar una visita a los lagos de Covadonga al día siguiente.

El hombre les recogió en su propio coche, y con la amabilidad asturiana, rechazó el ofrecimiento de la pareja de pagar como mínimo la gasolina. El hombre, de grandes manos, hablador, de unos 42 años, resultó ser encantador y muy amable. Les explicó, como si de una excursión contratara se tratara todos los pormenores de los sitios que visitaron.

Al día siguiente, Sara y Luis cogieron un autobús para desplazarse hasta Gijón. Una vez allí, Manuel les esperaba sonriente en la parada. Nos enseñó y explicó los sitios más emblemáticos de la ciudad, y tras comer juntos, nos preguntó si nos apetecería hacer la Senda del Oso. Nos explicó la belleza del paisaje y el largo paseo andando hasta llegar a ver a los osos. El plan nos encantó, y quedamos directamente al inicio de la senda.

Tal y como había prometido Manuel, el paisaje resultó ser espectacular. Los tonos verdes se confundían con el gris y marrón de los árboles y las hojas caídas en el suelo.

Según avanzaba la mañana, el día se fue abriendo y despertó un Sol que poco se dejaba ver por aquellas tierras en aquella época del año. Pronto, las precavidas vestimentas se hicieron incómodas, y el pequeño grupo empezó a pasar calor.

Sara había embutido su delgado cuerpo en un grueso chubasquero y pantalones de chándal. Pronto, se anudó la prenda de forma tosca a la cintura, así como guardó la sudadera en la mochila.

–          ¿Mejor así? – preguntó Manuel mirando de arriba abajo su top color rosa palo que dejaba a la luz del sol su blanca y tersa piel.

–          ¡Vaya! Espero no constiparme.

Al pasar por el grupo diseminado de casas de Las Agüeras, un hombre de unos cuarenta o más años exclamó:

–          ¡Guapa! ¡Mira que vas bien acompañada! – Sara se rio y le contestó de buen humor.

–          ¡Tengo que protegerme de los osos!

–          Los osos no te harán nada, pero cuidado con los de aquí, que no suelen ver chicas tan guapas.

El grupo siguió su camino por la Senda del Oso comentando aquel evento.

–          Pues sí que está salida la gente de aquí – dijo Sara.

–          Hombre, parte de razón tenía – contestó Manuel.

–          ¿Por qué lo dices?

–          Por lo de ver chicas guapas por aquí, je, je, je.

–          Igual al pasar por el siguiente pueblo me pongo la sudadera…

–          No mujer, que así nos alegras a tu novio y a mí.

Manuel se apartó del camino para orinar, y Sara le dijo a su novio:

–          Cariño, para mí que Manuel se está animando al verme así.

–          Ja, ja, ja – Rio Luis – Con todo lo que nos está enseñando de Asturias, y gratis, no está de más que le alegres un poco.

–          ¿Sí? ¡Ya se me ocurrirá algo! – le dijo guiñándole un ojo.

Un poco más adelante, en la desviación hacia Bermiego, Sara se paró y preguntó a Manuel:

–          ¿Qué es esto? – dijo inclinada hacia el suelo, formando 90 grados con su cuerpo. El hombre se acercó.

–          Parecen huellas de algún animal…

–          ¡No serán de un oso!

–          No, no, tranquila, ja, ja, ja.

–          ¡Qué miedo!

Sara notó cómo el hombre no la miraba a los ojos mientras hablaba. El top se colgaba en aquella postura formando un hueco en la parte superior. Seguramente el hombre estaría viendo su escote o algo más.

–          Esto de aquí es el Bosque de Toriezo. Si queréis, podemos ir un poco por esta senda de ciclistas. Hay que subir un poco. ¿Os apetece?

–          Claro –  respondió Luis. – Si vemos algún buen sitio podríamos pararnos a comer los bocatas.

–          Sí, que todo en el campo sabe mejor – dijo entre risas Sara.

Ascendieron por la senda, y en un momento dado Manuel se puso en la retaguardia. En el ascenso podía ver cómo las fuertes piernas de Sara se estiraban, y su culito se marcaba en aquel pantalón ajustado a través del cual se podía identificar la marca de la braguita.

De repente, Sara patinó sobre la tierra, pero antes de que se cayera, Manuel la paró apoyando sus manos en el culo.

–          Perdona, era para que no te cayeras.

–          Gracias. Y ya que estabas me has tocado el culo, ¿no?

–          Je, je, je. Pues menos mal que no te has caído de cara.

–          Bueno, seguro que habría caído en buenas manos – dijo con una mirada seductora.

–          Ya me gustaría a mí – susurró Manuel sin que nadie le oyera.

El camino se ensanchó un poco, y ya no era necesario que fueran en fila india.

–          Manuel, muchas gracias por todo lo que estás haciendo por nosotros. Así da gusto viajar.

–          De nada. Es un placer estar con vosotros.

–          Seguro que eso habría dicho el campesino aquel…

–          Ya lo creo. Es un placer verte…

–          ¡Anda ya! Pero si voy la mar de normalita.

–          Ufff, si no estuviera Luis, creo que te habría dicho más cosas que el campesino de antes.

–          Ja, ja, ja. Mira, se ha animado a subir la montaña. Desde ahí no nos oye. Tengo curiosidad. ¿Qué me habrías dicho?

–          Ehhhh. Mira Sara, no me gustaría que te enfadaras o causara algún problema con lo bien que nos lo estamos pasando.

–          Eso cuéntaselo a alguna pijina. Te prometo que no me enfado. Cuéntame – dijo sonriente.

–          Está bien…. Tienes un culo que parece un pastelito. Redondito y pequeñito con pinta de estar riquísimo.

–          Ja, ja, ja, ja. Gracias. ¿Ves? ¡No pasa nada!

–          Tú procura no caerte, que igual no te paro con las manos.

–          Joder Manuel, me estás poniendo cachonda con lo que dices. Ja, ja, ja.

El hombre le respondió propiciándole un lento y suave azotito en el culo. Ella se rio y él le contestó agarrándose el pantalón:

–          Mira yo cómo estoy – dijo apretándose el pantalón y remarcando el bulto que asomaba por su entrepierna.

Siguieron el camino y se pararon en un pequeño claro en el que había piedras en las que sentarse.

–          Cariño, ¿le has preguntado a Manuel cuál es la voluntad normal por todo el tour que nos ha hecho?

–          No… eh… Manuel…

–          Nada chicos, no os preocupéis.

–          Qué sí hombre. Faltaría más.

Sara se fue un momento “al baño”. Tardaba en volver, y los dos chicos empezaron a preocuparse. No contestaba a las llamadas ni a viva voz ni al móvil.

–          Luis, tú quédate aquí, que conozco los senderos. Así si vuelve, no se irá a buscarnos. No creo que tarde más de una hora.

Manuel empezó su búsqueda, y a no muchos pasos se encontró con la chica.

–          Hola, dijo divertida.

–          Sara, estábamos preocupados, ¿estás bien?

–          Sí, te estaba esperando…

–          ¿Qué?

De repente la chica salió corriendo. Él la persiguió, y girando un árbol la atrapó cogiéndola de la cinturita de avispa.

–          ¿A dónde vas? – ella se reía sin parar.

–          Aquí… – dijo rozándole el paquete.

Manuel sonrió de forma desmesurada y se lanzó a besar a Sara. Sus tiernos y carnosos labios se abrieron para dar cobertura a su lengua. Ambos las removían como dos trozos de tela agitados por el viento. Acarició su cintura y abdomen hasta llegar a su culo.

–          Vaya culo tienes. He soñado con él desde que te conocí.

Lo apretó con una mano y se puso detrás de ella. Le acarició el vientre plano sin dejar de besarle el cuello. Pegó su cintura a aquel trasero de escándalo y apretó su paquete notando la dureza de las nalgas.

Ascendió hasta sus pechos agarrando uno en cada mano. Ella, pícara, saco pecho y echó el culito hacia atrás. Al tacto eran duros y cabían perfectamente cada uno en una mano. Aquellos senos pueriles provocaron que el hombre se mordiera el labio de gusto.

Manuel notó cómo ella le acariciaba el bulto del pantalón, y excitado, le agarró el top desde abajo y tiró hacia arriba. Le quitó el sujetador, casi arrancándoselo, dejando todas las prendas desparramadas por el suelo. Los pequeños y blancos pechos saltaron al desprenderse de su prisión y miraron al cielo con pezoncitos rosados.

–          Qué bruto – dijo ella sin dejar de sonreír.

El hombre hundió su cabeza en el pecho izquierdo como si se tratara de un lactante y lo succionó introduciéndose buena parte del mismo dentro de la boca.

Con varios tirones y ayuda de la chica, Manuel le bajó el pantalón, y se lo quitó a través de las deportivas. Se mojó la mano de un lengüetazo y la deslizó dentro de las juveniles braguitas de Hello Kitty.

Su mano rozó contra el pelo rasurado y encontró la húmeda hendidura de la chica.

–          Estás caliente ¿eh?

–          Y tú también… – le contestó palpándole la erección.

Manuel aleteó como un pajarito con su mano sobre los labios inferiores y clítoris de la joven.

–          ¡Qué ganas de comerte el coñito!

–          Pues a qué esperas – dijo bajándose las braguitas.

Sara se recostó en el tronco de un árbol y el hombre se acercó en cuclillas.

Puso su cabeza entre sus piernas y en seguida localizó el clítoris con su lengua. Lamió y sorbió los jugos mientras Sara gemía y le acariciaba el pelo.

–          Mmmm, sí Manuel, cómo me gusta…

Le lamía el clítoris mientras que le introducía dos dedos en el coño como si fuera una máquina automatizada.

–          ¿Quieres que te la chupe? – le preguntó con voz entrecortada por la excitación.

–          Sí, lo estoy deseando – respondió él levantándose como un resorte.

Intercambiaron puestos, y pronto Sara tuvo el pollón de Manuel listo. Sin circuncidar, grueso y de un tamaño considerable parecía una boa en la delicada mano de la chica.

–          Qué buena pinta tiene…

–          Pues pruébala a ver si te gusta. Seguro que la estás deseando tanto como yo.

Sara se introdujo el prepucio en la boca, y ayudó con su mano para favorecer el movimiento.

–          Joder Sara, qué bien la chupas.

Ella le miró y sonrió como pudo al tener la boca llena de carne. La chica hacía su felación articulando cabeza, lengua y mano en una sintonía perfecta de placer. Sus labios carnosos estaban haciendo las delicias de Manuel.

–          Qué bien lo haces Sara… se nota que te gusta chupar pollas. ¿Te habías imaginado ya comerte mi polla? – dijo con su acento asturiano.

Ella respondió con un sonido ininteligible y siguió chupando. Él le acariciaba el pelo sin necesidad de guiarle la cabeza, ya que eso lo hacía ella solita.

–          Ohhh, cómo me gusta Sa… – el hombre se interrumpió de pronto. – Creo que viene alguien – dijo en voz baja.

Ambos se pararon a escuchar. Se oían voces de un grupo que no debía de estar muy lejos.

–          Vamos a tumbarnos, que con estos arbustos no nos verán.

Agruparon la ropa, y se tumbaron en el suelo.

Contuvieron la respiración cuando las voces pasaron bastante cerca. No vieron a nadie, ni nadie les vio por lo que escucharon de la conversación del grupo de jóvenes.

–          ¡Qué haces! – susurró con exasperación Sara. El chico, tumbado de lado, había empezado a acariciarle los labios inferiores. – ¡Nos van a pillar!

–          Shhhh – Le dijo él mientras que las voces del grupo se iban alejando lentamente. – Joder Sara, qué coñito más rico tienes.

Manuel guio con sus dedos la punta de su pene hasta la entrada de la vagina de la chica. Empujando un poco con las caderas, el pene entró con facilidad.

–          Estás bien mojadita, ¿eh? Eso es que estás bien cachonda.

Sintiendo la humedad ardiente de aquel conducto, aceleró el ritmo iniciando un mete-saca bastante profundo. Ella reprimía sus gemidos, los cuales no destacaban frente a las voces ya distantes del grupo que se alejaba.

Los ruidos de la pareja se liberaron cuando dejaron de oír al grupo.

Con sus grandes manos, Manuel ayudó a Sara a incorporarse y sacudirse la suciedad de la tierra.

–          ¡Hop! – dijo al alzar a la liviana chica sobre él y encaramársela encima de pies.

–          Parece que he encontrado a uno de los osos… – dijo divertida mientras colocaba aquel ancho pene en su coño.

–          Ruaurrrrr – gruñó él mientras la besaba el cuello.

Acomodado el pene en su hangar, él la sujetó de las nalgas hundiéndole los dedos mientras la levantaba y bajaba. Ella gemía mientras cabalgaba agarrándose a la espalda de él.

–          Cómo me gusta follarte… mmmm…. – rugió Manuel.

El hombre perdió un poco el ritmo cuando ella tomó el control. Impulsaba sus tersas piernas haciendo que su culo saltara literalmente sobre aquel miembro viril que tenía como apoyo. Ella gemía sin restricciones, como si no hubiera nadie más en el mundo.

–          Así, cabálgame preciosa.

Los pechitos subían y bajaban al ritmo del trote.

Manuel se tumbó con cuidado en el suelo, y ella no dejó apenas se posara y ya estaba otra vez saltando sobre su polla.

–          Veo que la has encontrado.

La voz apenas audible hizo que, concentrados en su lujuria, Manuel y Sara tardaran en darse cuenta.

–          Luis… – dijo Manuel.

–          No, no, no hace falta que digas nada. ¡Vosotros seguir!

Cuando Manuel vio que el chico se sacaba la polla, se rio, y se dejó caer sobre el suelo. Sara ya estaba otra vez hundiéndose su polla a buen ritmo.

Desde su posición, vio como aquel cornudo se acercaba polla en mano, y ella, sonriente, se la metía en la boca. La chica tenía muy buena coordinación, ya que no interrumpía su actividad por mucho que tuviera algo en la boca.

Tranquilo por la situación, Manuel dijo:

–          Levántate Sara, que quiero follarte viendo bien tu culito.

Ella obedeció y apoyándose un árbol, puso el culo un poco en pompa provocándole.

–          ¡Joder que culo! – dijo manoseándolo antes de caer sobre ella.

Su peso hizo que ella se apoyara fuertemente en el árbol mientras él se la metía con la precisión de una fábrica de coches. Al rato, él se la sacó, y jugó a meterla y sacarla entera lentamente. Aquello la volvió loca. Se abstrajo  a un mundo de placer intenso en el que no pudo percatarse ni de cómo Manuel le apretaba las tetas, ni de cómo su novio se masturbaba viendo la escena.

Abrazándola por la cintura, Manuel inició un mete-saca desenfrenado. Ella gemía sin dejar pausa entre vocales, y él fruncía el ceño por el esfuerzo.

–          Ufff, no voy a aguantar mucho más….

Él se apartó y ella se puso en cuclillas. Agarrando aquel envenado pene, lo masturbó a toda velocidad apoyando la punta sobre sus labios y lengua. Manuel gemía in crescendo hasta que acabó su canción un gruñido gutural acompañado por un potente chorro que acertó dentro del cielo del paladar, y volvió a bajar para derramarse sobre el origen. Otro más se vertió sobre la inquieta lengua y los gruesos labios de la criatura. Los goterones cayeron al suelo sin que nadie se percatara.

Sorprendida, Sara se notó manejada y sentada en el suelo. Su novio no tardó ni un segundo en abalanzarse encima.

–          Ahora me toca a mí, que no puedo más.

El chico colocó su polla en aquel agujero que conocía también, y la metió entera de un empellón.

–          Joder cariño, ¡estás empapada!

Ella le atrajo por el cuello hasta que la cubrió entera con su cuerpo.

–          Sí, fóllame cariño – entre dientes, decía ella.

–          Me corro, me corroooooo.

El chico se incorporó como una exhalación y sin que le diera tiempo a acercarse del todo, se corrió apenas salpicándola. Cuando hizo contacto, ella se la metió en la boca y tragó todo el semen que manaba de aquel falo exhausto.

–          ¡Vestíos, corred! – exclamó Manuel.

Pronto, escucharon el rumor de un grupo de excursionistas que se acercaba.

Se vistieron por los pelos, y esta vez el grupo pasó justo al lado de ellos. Con la cortesía del campo se saludaron.

–          ¡Joder! – exclamó un chico del grupo, que se limpiaba la zapatilla en unas malas hierbas.

Cuando se fueron, todos estallaron en carcajadas al percatarse que lo que colgaba en donde el chico se había limpiado el calzado, no eran sino gotitas diseminadas y pegajosas de un sospechoso color blancuzco.

El trío continuó su excursión por la senda del oso sin percances, aunque aquella no sería la última situación morbosa en Asturias…

Me gusta / No me gusta