Un noche en su casa

La oscuridad y el silencio era absoluto, no era una situación que me extrañara ya la había disfrutado en otras ocasiones, pero en esta se estaba prolongando más de lo habitual. La venda negra que cubría mis ojos me impedía ver a mi alrededor. El cinturón de mi bata de seda ligaba mis muñecas e impedía la tentación de quitarme la venda.

Él me había traído, recorriendo su casa, había caminado por los pasillos de su casa, sintiendo en la planta de los pies la fría dureza del suelo y el cálido almohadillado de las alfombras, sintiendo como el resto del cinturón de la bata pasaba entre mis piernas y se incrustaba en mi sexo cuando tiraba de él para llevarme, sentía su opresión, como se humedecía mientras me proporcionaba el placer previo al que sabía que me esperaba.

Llegamos… realmente no sabía donde habíamos llegado, únicamente la desaparición de la presión en mi sexo me indicó que habíamos llegado, me paré, sentí como el cinturón de seda se deslizaba entre mis piernas, se salía de entre los labios de mi sexo. Las plantas de mis pies se asentaban sobre una cálida alfombra. Sentí sus manos, siempre suaves y firmes al mismo tiempo, en mis hombros, su presión me indicaban lo que él quería que hiciera. Me resistí, era parte del juego, la presión aumentó, aún sin palabras. Lentamente como en cámara lenta comencé a doblar las rodillas, sus manos pasaron bajo mis axilas para ayudarme en el descenso, sentí como su sexo, su dura polla, rozaba mi vientre, mi pecho, se tropezaba contra mi barbilla. Intenté, en mi ceguera, introducirla en mi boca, la perseguí sin lograrlo, sin lograr tomarla entre mis labios, sentirla en mi boca, sentir como golpea contra mi garganta.

Mis rodillas estaban sobre la alfombra, noté su pie entre mis rodillas, como las empujaba hasta separarlas, me sentía bien, cómoda sintiendo su fuerza sin dureza, su pie salió de entre mis rodillas, por un momento no supe donde se encontraba, hasta que noté como la parte libre del cinturón de seda comenzaba a atarse a mis tobillos, mientras sus manos acariciaban mis piernas desnudas. La posición no era muy cómoda, mis manos prácticamente tocaban los pies y la tentación de sentarme sobre las piernas se hacía cada vez más fuerte, lentamente comencé a sentarme sobre mis piernas, hasta notar un ligero azote en mis nalgas, mientras escuchaba su voz únicamente me decía una palabra, la primera palabra suya que había escuchado en las últimas horas.

¡No!

Su voz sonó cálida como siempre, pero estalló como un látigo en mi cerebro, él no me quería sentada, me quería con mis senos erguidos, mi vientre liso, mi barbilla alta, casi desafinaste, su voz, esa palabra, esa única palabra destruyó mi resistencia, incluso esa que únicamente buscaba continuar el juego, ese juego de sumisión, de dominación, de placer. Nuevamente elevé mis caderas hasta quedar con el pecho erguido, la barbilla alta. Sus labios se unieron a mis labios, mientras su mano sujetaba mi barbilla, intenté jugar con su lengua, pero sus labios rápidamente se separaron de los míos, y su voz, esta vez suave, resonó en mis oídos.

No te muevas, quédate así, sin juntar las rodillas… espérame. Y el silencio se unió a la oscuridad y me envolvió.

El tiempo pasaba, ¿cuánto tiempo?, minutos, tal vez una hora, la posición se estaba volviendo incómoda, pero no más incómoda que el latido que sentía en mi sexo, las contracciones se hacían cada vez más rápidas y la humedad empezaba a resbalar por la cara interna de mis muslos. Deseaba juntar mis rodillas, apretar mis muslos, inclinar mi cuerpo, llevar las manos a mi sexo…

Algo rozó mis labios, se introdujo en mi boca, su sexo, su deseado sexo entraba en mi boca, mi lengua lo esperaba ansiosa, mis labios lo apretaron, mi cabeza, mi cuerpo empezó a moverse automáticamente, quería darle placer, darle ese placer que el quería, que yo deseaba darle. Sus manos tomaron mi cabeza, detuvo mi movimiento, mientras su polla, su siempre dura polla, entraba rítmicamente en mi boca, cada vez más profundamente, más y más, hasta llegar a la garganta. Por un momento temí que me dieran arcadas, que me faltara la respiración, pero él me conoce, sabe como hacerlo, el aire siempre llegaba. Mi sexo palpita, cada vez más rápido, siento como la humedad me moja, chorrea por mis muslos, siento como mis manos se contraen de forma involuntaria, como los músculos de mi vientre están en tensión.

La siento en mi garganta, pero ahora no sale, siento como se derrama en mí, como por mi garganta fluye su líquido cálido, ¡no puedo respirar!, intento huir, retirar mi cabeza, pero él la sostiene con firmeza, poco a poco, la saca de mi boca, el aire regresa, tengo la boca llena de semen, de su semen, su polla sigue en mi boca, la acaricio con mi lengua, la saboreo entre mis labios. Noto como una mezcla de su semen y mi saliva se escapa por la comisura de mis labios. Su sexo sale, mi lengua intenta recuperar los líquidos que se escaparon de mi boca, me ayuda, siempre me ayuda, sus dedos recorren mi barbilla, chupo, lamo sus dedos, los chupo con deleite, me saben a él.

Silencio, nuevamente silencio, oscuridad, mi sexo late, late con más fuerza, quiero gritarle Jódeme, entra hasta el fondo, tómame, pero no digo nada espero, simplemente espero, espero que él lo desee, que se acerque, que me tome. La atadura de mis tobillos se afloja, se suelta, noto sus manos rozar mis piernas, sus manos pasar bajo mis axilas, manos que me ayudan a levantarme, mis piernas están flojas, casi no me sostienen, con mis manos logro acariciar su miembro, está casi flácido, acaricio sus huevos, noto como poco a poco toma esa dureza que tanto adoro, añoro, como su polla golpea mis nalgas, casi se introduce entre mis piernas. Noto sus manos rozando mis senos, esas manos siempre suaves y a la vez fuerte, firmes, esas manos que me indican sus deseos sin palabras.

El cinturón pasa entre mis piernas, se incrusta en mi sexo, comienzo a caminar, sin temor, él me guía, me acompaña. Se ha detenido, el cinturón cae nuevamente entre mis piernas, ha de estar empapado, por un momento noto mi sexo seco. Está tras de mí, siento como pone en mis muñecas algo, es suave, pero también rígido, parece una muñequera, quizá de cuero, forrada de algodón o de otro tejido suave, primero en una de las muñecas luego en la otra, oigo un clic metálico, siento como se suelta el cinturón, pero mis manos no se pueden separar, sigo atada ahora con esas muñequeras. Oigo otro clic, silencio, oscuridad, esa oscuridad amiga que precede al placer, ese silencio que hace que todo sea inesperado.

Mis brazos comienzan a subir, lentamente, sin precipitación, siento como mis músculos se ponen en tensión, como mi cintura se dobla hacia delante y mis rodilla se doblan levemente, los brazos suben un poco más, si no quiero quedar suspendida en el aire tengo que enderezar mis rodillas, incluso levantar mis talones para quedar casi de puntilla, la presión ha parado ya no me pide que suba más los brazos. Siento su rostro contra mi rostro, siento mis senos suspendidos, como sus manos los acarician, siento como mis pezones se ponen duros a contacto con sus manos, como juega con ellos, como oscilan entre sus manos. Sus labios rozan mi oreja, oigo su voz, es casi un susurro.

Mi amor, te voy a azotar, dime que quieres, ¡dímelo!Si, azótame, hazme lo que quieras, soy tuya, Castígame.

Va ha ser duro, ¿quieres seguir?Si, castígame, quiero que me castigues, domíname, domíname, hazme sentir que soy tuya, solo tuya.

Se ha separado de mí, la tensión de los músculos se hace cada vez más fuerte, comienzan a dolerme los brazos, las piernas… Plasss, plasss. Grito, no lo esperaba, mis nalgas me arden siento como miles de alfileres, recorriendo mis nalgas, cómo la sangre se agolpa en ellas. Plass, plass, plass, plass. El sudor comienza a correr por mi espalda, noto como mi cabello se humedece, como caen gotas por mi rostro, por mi pecho, siento arder mis nalgas cada vez que golpea mis nalgas con ¿el cinturón?, su cinturón de cuero ese que siempre usa, mis senos se balancean, mi cuerpo se pone en tensión. Plass, plass, plass… Ya no grito, me había propuesto contar los azotes, me había propuesto saber cuantas veces, pero he perdido la cuenta, simplemente lo siento, siento el sudor, siento el calor, siento las pulsaciones de mi sexo, siento, siento…

¡Por fin!, es mi premio, siento su sexo, entre mis piernas, como se abre paso, como su cuerpo se junta con mi cuerpo, como suavemente se introduce en mí, ¡se ha salido, se ha salido!, muevo mi culo, intento ir a su encuentro, ¡No!, hablo, casi grito:

¡No te vayas!, por favor, entra en mi, entra, jódeme, jódeme.

Pero él tiene otra idea, sabe que lo necesito dentro, que le deseo, que quiero sentirle en mi interior, hasta el fondo. Su mano acaricia mi culo, esta muy sensible después del castigo, su dedo se introduce en mi ano, va a entrar, se que va entrar, separa mis nalgas su polla sustituye a su dedo, se pone a la entrada poco a poco se va abriendo camino, cada vez más profundamente, más y más, ¡duele!, está muy seco, ¡duele!, gimoteo, él lo sabe, no digo nada, él lo sabe, se sale, ¡se va!, ¡se va!, ¡por favor, no te vayas, quédate, sigue por favor!, silencio, silencio y oscuridad, mis brazos me duelen… ¿qué he hecho mal?

Un líquido frío recorre mi espalda, se desliza entre mis nalgas, su mano lo extiende, es algún tipo de aceite, es suave, es reconfortante, sus dedos lo introduce en ano, cada vez se vuelve más y más suave, noto su sexo a la entrada, ahora entra sin dificultad, ya está, está dentro, todo dentro, comienza a moverse, cada vez más rápido, siento sus huevos golpear contra mi sexo, su brazo rodea mi cintura, su mano se posa en mi sexo, acaricia mi sexo, acaricia mi clítoris, suavemente, con esa fricción que me encanta, sigue, sigue, sigue, ¡ya viene!, ¡ya viene!, estallo, estallo de placer, mis piernas casi se doblan su brazo me sostiene, el sudor, el dolor, el placer, el aceite, todo se junta, sobre mi cuerpo, en mi cuerpo, le siento dentro de mí, siento como se derrama, le siento, me siento feliz.

Se ha salido, noto como mi ano rezuma de líquidos, aceite, semen, como resbalan por mis piernas. Noto como mis brazos descienden, mis piernas casi se doblan, oigo el clic metálico, mis manos siguen ligadas. Sus brazos me toman en alto, dejo reposar mi cabeza en su hombro, mientras siento como me transporta, como sus brazos me sostienen, como su pecho se une a mi cuerpo, escucho su respiración el latido de su corazón, siento como me deposita encima de una cama, como desliga mis manos, como me quita las muñequeras, sus labios me besan, me besan en la mejilla, en los labios, en mi pecho, su lengua recorre mi cuerpo, llega hasta mi vientre, acaricia mi sexo, mi clítoris, entre sus labios. Aún sigo en la oscuridad, con todos mis poros abiertos, siento una toalla húmeda, cálida, que pasa por mi cuerpo, me libera del sudor, acaricia mi rostro, mi pecho, mi vientre, mis piernas…

Siento su peso, sobre mí, su sexo en mi sexo, siento como me penetra, como le recibo cálidamente, ahora sin prisas, con placer, sus manos retiran la venda de mis ojos, la habitación esta en penumbra, veo su cara junto a mi cara, sus ojos profundos, su rostro, su amado rostro, sus labios esos labios que recorren mi cuerpo, mis manos lo abrazan, lo estrechan fuerte contra mí, mientras su sexo, esa dura polla, entra y sale de mí, una, otra, otra vez, con ese ritmo, continuo… crece, crece dentro de mí, parece como si no fuera a ser capaz de tenerle dentro, y llega, llega el placer, mi placer y su placer, me inunda, me llena, su cuerpo sobre mi cuerpo, no me pesa, estamos perfectamente acoplados, no me pesa, su peso me da protección, me da calor, me hace sentirme bien.

Me he girado sobre la cama, estoy sobre mi lado izquierdo, su cuerpo se encuentra pegado a mi espalda, siento su sexo contra mis nalgas, su mano pasa sobre mi cuerpo, reposa sobre mi vientre, el sopor me invade, cierro los ojos y el sueño, ese sueño reparador, empieza a llegar, su rítmico respirar me acompaña, su calor me da tranquilidad, poco a poco cada músculo de mi cuerpo se relaja, mis piernas están húmedas, da igual es él que se escapa de dentro de mí. Aún queda noche, tras los cristales de la ventana la luna parece sonreír.

Espero que os guste, quizá no es lo que esperabais.

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Aquel callejón escondido

Bueno, esto es un relato que escribí, espero les guste.

Aquel callejón escondido

Muy bien, ese era. Miré un collar dorado con pequeñas piedras blancas a través de la vitrina. Se veía aceptablemente caro, a pesar de no serlo en exceso. Combinaba perfectamente con la piel de María, y sabía que ella lo adoraría. Claro que en su opinión probablemente debía gastar mucho más, pero no estaba dispuesto a quedarme sin un centavo por ella.

Señalé el collar a través del vidrio, aparentando no estar tan interesado mientras el vendedor se acercaba nuevamente.

– ¿Sí, señor? ¿Ha encontrado algo de su agrado? -preguntó en tono formal.

– Sí, de hecho sí –acordamos que no compraría, cuando lo estaba tomando, un sonido en la puerta nos sobresaltó a ambos. Era el sonido del seguro de un arma. Lo reconocía perfectamente de los viajes de caza a los que solía llevarme mi padre de pequeño. La figura de varias personas atrajo nuestra atención, todas vestidas casualmente pero con máscaras cubriéndoles los rostros, distorsionándolos. Eran tres mujeres. Apreté la mandíbula al mirar sus manos. Las tres llevaban armas de fuego bien sostenidas.

– Bien, señores, si nos entregan todas las joyas y el dinero nos iremos más rápido de lo que creen -comentó una con la voz deformada por la máscara que le cubría la boca.

– Ustedes. Salgan de detrás del mostrador -ordenó una apuntando con el arma a los encargados de la tienda. Ella se dedicó a vigilar mientras las otras dos recogían el botín. La más pequeña se me acercó y me miró desde abajo con atención.

– Hola… -murmuró. Casi le gruñí-. Disculpa, precioso, pero ¿no te has dado cuenta de lo que sucede? -preguntó en tono meloso. Puse cara de asco a pesar de que me fue inevitable notar su cuerpo. Las pequeñas pero firmes curvas eran su marca característica-. Esto es un robo, cariño… -murmuró-. Así que dame cada maldito centavo que tengas, o de seguro te arrepentirás -concluyó.

Le mostré los dientes pero no me moví. Me apuntaba con el arma directamente al pecho, casi apoyando el cañón ahí. Pensé brevemente en quitársela de un manotazo. Era muy pequeña, estaba seguro que podría con ella si me lo proponía, pero ¿luego qué? No podía golpearla, era una mujer. ¿Y qué haría? La única opción era sostenerla. Pero entonces, sus amigas me apuntarían y “adiós, mundo cruel”.

– Bien… -musitó cuando levanté la barbilla en respuesta-. Si no quieres dármelo, tendré que tomarlo yo misma -agregó acercándose más y mirándome a los ojos. Esa era la única parte de su rostro que la máscara dejaba entrever. La chica tenía unos enormes ojos castaños que en cualquier otra situación hubiera considerado hermosos. Sentí su mano libre en mi pecho, tanteando si llevaba dinero. Sacó mi celular del bolsillo de la chaqueta y lo puso en la bolsa que descansaba sobre el aparador, esperando el botín. No dejé de observar sus ojos mientras su mano seguía bajando por mi cuerpo hasta los bolsillos de mi pantalón de vestir.

“Maldición” pensé cuando sus dedos se metieron en el del lado izquierdo, sin dejar ella de mirarme directamente. Pero no estaba molesto porque ahí estuviera el dinero que traía para comprar el estúpido collar. Estaba molesto por que deseaba que esta fuera una situación diferente. Deseaba sentir esos dedos pequeños y ágiles sobre mi cuerpo en un momento distinto, muy alejado de entorno que nos rodeaba.

Sentí su sonrisa a pesar de no verla, y luego se acercó peligrosamente a mí parándose en las puntas de sus pies mientras su mano seguía removiéndose en mi bolsillo, rozándome levemente por encima de la tela. Su perfume me llegó de repente, haciendo que la cabeza me diera vueltas. Jamás había sentido algo tan delicioso como ese aroma. Cerré los ojos y tragué audiblemente, en parte por la sensación, en parte por la frustración, y en parte por la ira que me causaba todo el asunto.

– ¡Hey! -casi gritó las más alta a su compañera, que alejó su mano quitándome el dinero sin problemas.

– Voy -murmuró antes de voltear de nuevo hacia mí. Yo parecía haber recuperado algo de mi cordura. Tomó airé y lo soltó en un suspiro prolongado mientras me miraba. Yo volvía a gruñirle con la mirada-. Qué pena… -musitó casi imperceptiblemente, y luego volvió a voltear hacia donde estaban sus compañeras, que la esperaban en la puerta, con casi todo el botín listo. Tomó la bolsa del aparador y antes de marcharse se detuvo un segundo. Me miró a mí, y luego al encargado con quien estaba hablando antes.

Le prestó atención un segundo y luego tendió su mano hacia él con la palma hacia arriba. El encargado bajó la vista y le entregó el collar que todavía guardaba en su puño. Abrí la boca cuando entendí que ese era mí collar.

– Ese… -musité, y luego apreté los puños y me quedé callado. Me miró con atención y curiosidad.

– ¿Sí? -preguntó con tono inocente. Me debatí en si debía responderle o no.

– Iba a comprar eso… -murmuré a través de los dientes apretados. Soltó una pequeña carcajada muda y levantó una ceja, incrédula por el comentario.

– Creo que ya no tienes con qué pagarlo, cariño -murmuró con tono burlón. Deseé decirle tantas cosas que me sorprendí a mí mismo. Yo no solía ser así. Ho solía dejarme llevar por impulsos, no importaba la situación, ella era una dama, o al menos, aunque no lo fuera, yo era un caballero.

– Lo recuperaré -prometí simplemente apretando los puños y los dientes. Cada músculo de mi cuerpo parecía reaccionar ante sus palabras, ante su presencia. Abrió la boca para responder, pero una de las otras mujeres la interrumpió tomándola del brazo para que se apresurara.

– Debemos irnos -ordenó en tono urgente. Ni siquiera la miré. Mis ojos estaban clavados en los de la pequeña. Que difícilmente me liberaron para encarar a su amiga y asentir con la cabeza una vez antes de marcharse. Cuando lo hicieron, la cabeza me dio vueltas. Aún podía sentir su fragancia en el aire.

Intenté pensar claro. Conocía la ciudad como la palma de mi mano. No había muchos lugares por los que pudieran escapar sin ser notadas. Un mapa de las calles aledañas se dibujó en mi cabeza y una luz se encendió en mi mente. Volteé hacia el dueño del lugar rápidamente. No tenía tiempo que perder.

– ¿Este lugar tiene una puerta trasera? -hizo un ademán con la mano hacia el cuarto de atrás, indicándome dónde estaba mientras seguía contestando las preguntas de la policía. Asentí con la cabeza y corrí por el lugar hasta llegar a la puerta. La abrí con un empujón, golpeándola con el hombro, no podía darme el lujo de buscar la llave. La madera cedió en el segundo golpe y salí a la pequeña calle de atrás del local mirando hacia los lados. No había rastro de las mujeres, pero sabía por dónde se habían ido. Estaba seguro. Casi podía olerlas.

Corrí hasta el final de la calle rápidamente y doblé la esquina para verlas alejándose corriendo también. Aumenté la velocidad y las alcancé fácilmente. Corrí unos metros detrás de ellas sin hacer ruido. La más pequeña volteó la cabeza y me miró por una milésima de segundo. Sus ojos se abrieron como platos justo antes de que tropezara con un bote de basura que estaba en la entrada de un callejón y cayera al piso de repente. Tuve que frenar para no pisarla, y agradecí al cielo que el arma que llevaba en la mano no se hubiera disparado con el impacto.

Comenzó a levantarse rápidamente, de seguro para seguir corriendo, pero la tomé del brazo con fuerza  y la obligué a quedarse en su lugar. Sólo forcejeó un segundo antes de que la moviera hasta hacerla chocar contra la pared, inmovilizándola con mis brazos y parte de mi cuerpo. No era difícil hacerlo, le llevaba más de una cabeza.

– ¡Suéltame! –casi gritó moviéndose de nuevo después de un segundo.

– ¡Ya quédate quieta! –solté mirándola a los ojos y apoyando mi cuerpo en el suyo para inmovilizarla totalmente. Hizo lo que le decía y se quedó mirándome a través de la máscara con los ojos bien abiertos. La escuché tragar audiblemente y luego se removió un poco y logré entender lo que le sucedía. Estaba aprisionándola contra la pared completamente, sin reparar en que mi cuerpo tenía otros planes. Podía sentir cada curva de su cuerpo presionada contra el mío. Sus torneadas piernas, su cadera, sus firmes pechos. Y de seguro ella podía sentir cada detalle en el mío. En cuanto fui capaz de recuperarme del impacto que me había causado notarla tan cerca, me alejé un poco bastante apenado y ella soltó el aire que tenía guardado en sus pulmones.

– ¿Me entregarás a la policía? –preguntó de repente, rompiendo el silencio. Abrí la boca, pero no salió nada de ella. Solo me quedé mudo, mirándola. Deseaba más que nada quitarle esa porquería de máscara que le cubría el rostro ¿qué rayos me sucedía?

– No lo sé –contesté sinceramente después de meditarlo durante casi un minuto.

– ¿Cómo que no lo sabes? ¿Qué clase de respuesta es esa?

– No lo sé –repetí mecánicamente. Ella dejó escapar un bufido que la tela de la máscara amortiguó. Solté una de sus manos sin pensarlo demasiado y llevé la mía lentamente hasta su cuello, donde terminaba el molesto pedazo de tela negra. La miré a los ojos mientras la quitaba de a poco pero sin perder el tiempo.

– No hagas eso… -susurró, pero no me detuve. Quería verla. Necesitaba verla. Cuando finalmente descubrí su rostro tuve que concentrarme en recordar cómo se respiraba. Me quedé como un idiota prácticamente babeando frente a ella, su tersa piel… y sus labios tenían la apariencia de ser increíblemente suaves, y no pude evitar imaginármelos cerrándose alrededor de la erección que ahora crecía en mis pantalones.

Primero me miró por unos segundos y luego volvió a enojarse.

– ¿Qué rayos es lo que quieres? –sacudí la cabeza por una milésima de segundo y volví a la realidad de repente. No podía recordar por qué la había perseguido. ¿Qué era lo que buscaba? Oh, sí. El collar.

– Quiero que me devuelvas mi collar, te dije que lo recuperaría –musité sin mucha seguridad, pero intentando aparentarla. Se quedó mirándome por un momento, en sus ojos estaba reflejada una rabia que no entendí muy bien.

– Pues ni lo sueñes, cariño, no creo que sea tu estilo –respondió con aire de superioridad. Fruncí el ceño cuando sentí el frío cañón del arma apoyarse en mi cuello al mismo tiempo que le quitaba el seguro. La mano que le había soltado para quitarle la máscara era la misma en la que llevaba el maldito revolver. “Soy un idiota” pensé. Tragué en seco y busqué sus ojos. La miré directamente por unos segundos intentando mantenerme concentrado. Era muy hermosa, la determinación en su mirada me volvía loco. Una mujer salvaje, lista, autosuficiente y tan atractiva…

– No creo que vayas a dispararme –contesté desafiante acercándome más a su cuerpo. No podía evitarlo. Quería sentirla de nuevo presionada contra mí. Tragó en seco y comenzó a bajar el arma, deslizándola sin despegarla de mí hasta que llegó a mi pecho. Solté la máscara y apoyé mi mano en su hombro. No tenía intenciones de quitarle el revólver. Quería que ella lo bajara por su cuenta. Subí mis dedos suavemente por su cuello, que ahora estaba descubierto casi totalmente. Sólo lo cubría un poco su cabello corto y negro, que caía sobre él apuntando en todas las direcciones.

Quité un mechón con los dedos, rozando su piel con delicadeza y cerró los ojos unos segundos antes de mirarme de nuevo.

– Pues yo no creo que lo que quieras sea ese estúpido collar –respondió desafiante, arqueando la espalda y pegando todavía más su cuerpo al mío. Gruñí sin poder evitarlo y subí mi mano hasta su mejilla, sintiendo su suave piel contra mis dedos. Se mordió el labio de la forma más sexy posible, y ya simplemente no pude resistirme. Estampé mi boca contra la suya con toda la urgencia que sentía en ese momento. Por un segundo su arma se clavó en mi pecho y temí que disparara, pero luego aflojó la presión y comenzó a devolverme el beso, deslizando el revólver hasta mi espalda para apretarme más contra ella.

Todavía sostenía su otro brazo contra la pared, por encima de su cabeza, y de alguna extraña forma me gustaba saber que tenía aunque fuera un poco de control sobre ella. Quería sentirla a mi merced, cumpliendo mis demandas, mis deseos.

Metí mi lengua en su boca reclamando espacio y la suya me respondió como si no le preocupara la situación en absoluto. Sabía de las mil maravillas, y eso solo hacía que deseara explorarla mucho más. Bajé mi mano desde su mejilla muy lentamente por el costado de su cuerpo, rozando el costado de su pecho hasta llegar a su cintura, todo sin separarme de sus labios. Apreté su cintura con la mano y luego a ella contra mi cuerpo. Mi mano abarcaba casi la mitad de su pequeña cinturita, y eso me volvía loco. Gimió contra mis labios y su pierna comenzó a doblarse ligeramente subiendo por el costado de la mía.

Mientras la seguía besando me rozó con ella de vez en cuando, subiendo y bajando una y otra vez, haciendo que la cabeza me diera vueltas. O quizás fuera la falta de oxígeno, francamente no me importaba demasiado. Sólo sabía que se sentía excelente.

El sonido de una sirena hizo que separáramos nuestros labios de repente y levantáramos la vista en dirección al sonido. Ambos jadeábamos con la respiración agitada, sus ojos reflejaban miedo a medida que el sonido estridente se acercaba.

No podía hacerlo. No podía entregarla. Sus grandes y expresivos ojos me miraban como un cachorro a medio morir, pero eso no fue lo que hizo que me decidiera. Tenía razones más egoístas, más instintivas y más profundas a la vez: no quería dejarla ir. Quería continuar besándola, saborear cada parte de su cuerpo y hacerla completamente mía.

Me alejé de ella de repente y tiré de su mano para arrastrarla al callejón antes de que fuera tarde. Al doblar la esquina pude ver el brillo de las luces de la patrulla por el rabillo del ojo. Solo había estado a unos segundos de que la atraparan.

Me miró en estado de shock por unos segundos. Aún la mantenía agarrada fuertemente del brazo, casi pegada a mi cuerpo. No podía soportar alejarme más de unos centímetros. Y luego reaccionó y frunció el ceño ligeramente. Parecía confundida.

– ¿Por qué hiciste eso? –susurró mirándome a los ojos.

– No lo sé –mentí.

– ¿Es la única respuesta que te sabes? Digo ¿es todo lo que sabes decir? –contestó con tono exasperado.- ¿De seguro un chico con tal apariencia de estar educado tiene una respuesta mejor –agregó luego. De verdad me irritaba que sonara tan confiada.

– ¡Bien! –la corté bruscamente y la empujé de nuevo en contra de la pared-. Lo hice por eso –contesté rápidamente antes de volver a besarla, ahora con incluso más urgencia que antes. Soltó un gemido cuando sintió mi cuerpo pegándose al suyo una vez más y otro cuando mis manos exploraron todo lo que estaba a su alcance, bajando desde su cintura hasta sus piernas, pasando por su cadera y luego subiendo a los costados de su pecho.

Estaba siendo bastante rudo, pero no parecía importarle demasiado. Todo lo que salía de su boca en los breves momentos en los que me separaba de ella, eran gemidos en voz baja y ronca. Bajé mis labios por su cuello saboreando su piel mientras mis manos se encargaban de bajar el cierre de su abrigo. Echó la cabeza hacia atrás al tiempo que jadeaba, y sus manos buscaron mi cuello. Escuché el sonido metálico del arma cayendo al piso, pero no le presté la menor atención.

Sus dedos se encargaron de aflojar lo suficiente el nudo de mi corbata como para que dejara de molestarme. Metí mis manos entre el abrigo y su cuerpo y noté que solo llevaba debajo una pequeña camiseta de tirantes, sin sostén.

Quité la molesta tela de la pequeña chaqueta que llevaba, y ella hizo lo mismo con la mía, encargándose luego de abrir los botones de mi camisa. Sentí sus manos contra mi piel cuando finalmente decidió arrancar los botones tirando de la tela en direcciones opuestas. Sonreí contra la piel de su cuello.

– Si así quieres jugar… -musité sin alejar mis labios. Me quité la corbata y la usé para atar sus manos juntas. Me miró por un segundo, pero cuando le ofrecí una pequeña sonrisa, todo lo que hizo fue sonreír en respuesta. Tiré con fuerza de su blusa, rompiendo los finos tirantes de la prenda y dejando sus pechos al descubierto. La tela se enredó en su estómago y dejó de estorbar tanto. Mi boca bajo directamente a uno de sus pechos mientras mis manos bajaban por sus torneadas piernas. Ella se encargó de desabrochar mi cinturón mientras yo hacía lo propio con sus jeans. Cuando tiró de la punta de la hebilla hasta quitarlo y lo dejó caer al piso, yo metí mis manos entre la tela y su suave piel y bajé sus pantalones de una sola vez, llevándome su ropa interior con ellos y dejándola expuesta hasta que me puse de pie en una centésima de segundo y me apreté contra su cuerpo de nuevo.

Sentí sus brazos pasando alrededor de mi cuello y sus manos atadas enredándose en el cabello de mi nuca, atrayendo mi boca a la suya de nuevo. Me apreté contra ella al tiempo que tomaba una de sus piernas con una mano y bajaba con la otra hasta encontrar su intimidad. Al sentir su humedad desbordando, no tuve reparo en meter dos de mis dedos con tanta prisa como fui capaz. Al escuchar el gemido que se escapó de su boca, comencé a moverlos dentro de su cuerpo.

Su lengua me invadió mientras ella daba un pequeño saltito para enredar sus piernas alrededor de mi cadera, ante la falta de espacio mantuve mis dedos en su interior, moviendolos en círculos para prepararla para mí.

Un auto pasó por la calle que de extendía a nuestro lado y de pronto tomé conciencia de que estábamos en público. A duras penas alejé mis labios de su piel lo suficiente para mirar alrededor por alguna forma de refugio. Un enorme contenedor serviría perfectamente para cubrirnos de la vista de la calle. No había mucha luz en el callejón, pero tampoco quería dar un espectáculo. Sin embargo, todo lo que hacía la idea de que nos descubrieran era excitarme aún más.

Quité mis dedos de su interior casi contra mi voluntad y puse ambas manos en su delicioso trasero al despegarla de la pared. Sus piernas me apretaron a mí y una sonrisa de suficiencia se asomó por su rostro cuando gruñí un gemido sin poder evitarlo. Esa sonrisa decía que podía hacerle todo lo que quisiera, y sin embargo ella seguiría teniendo el control.

Me concentré en caminar lentamente con ella a cuestas. No parecía importarle en absoluto lo que pasara a nuestro alrededor. Ni los autos en la calle, ni las ventanas del edificio al que la pared pertenecía, ni la policía agolpada en la joyería a solo una calle de allí.

Cuando estuve al reparo del contenedor de basura, dejé de contener los pocos instintos que aún no había liberado. La estampé contra el frío metal del enorme contenedor y se sobresaltó estremeciéndose por la diferencia de temperatura. Solo la solté para bajar mis manos al botón de mi pantalón de vestir, pero sus piernas continuaban enredadas alrededor de mi cadera. Deshice los botones en un segundo y luego bajé el cierre lo más rápido que pude. Ella sólo gemía y echaba hacia atrás la cabeza por la forma en que lamía sus pechos. Mordisqueé uno de sus pezones muy suavemente y todo su cuerpo se estremeció en respuesta.

– Dime tu nombre… -gruñí levantando la mirada y alejándome de su piel para encontrar sus ojos. Abrió los suyos con expresión confundida, casi como si no entendiera lo que le pedía. Se mordió el labio y sentí sus piernas tensarse a mi alrededor, pegándome más contra su intimidad. Aún llevaba mis boxers, y no pude evitar pensar que habérmelos puesto esta mañana había sido el mayor error de mi vida. Se restregó contra mí y tuve que cerrar los ojos para soltar un quejido de frustración.

– Dime tu nombre –pedí de nuevo. Esta vez sonó como una orden con todas las de la ley. Trazó un círculo con su cadera mientras me miraba con una sonrisa que parecía tan divertida como excitada. Tiré un puñetazo en contra del metal que sonó muy fuerte en todo el callejón, pero ella no se sobresaltó. Se inclinó hacia mí lentamente y rozó mi cuello con sus labios.

– ¿Por qué quieres saberlo? –susurró en mi oído moviendo sus labios de modo que casi tocaran mi piel. Me apreté contra ella sin poder evitarlo. La mujer no tenía ni idea de lo mucho que eso me provocaba. Incluso más de lo que ya me provocaba ella en general. Sus labios fueron a la piel de mi cuello y sentí su suave y tibia lengua saboreándome desde el mentón hasta el hombro. Maldición…

– Dímelo, por favor… -rogué. Hasta aquí con pensar que tenía alguna clase de control. Sentí su sonrisa contra la parte de arriba de mi pecho y luego sus labios de nuevo en mi oído.

– Soy Val… -susurró muy despacio, arrastrando las palabras. Podía percibir la sonrisa en su tono de voz. Bajé mi mano entre nuestros cuerpos y tomé mi miembro para liberarlo rápidamente, bajando solo un poco el elástico de mi ropa interior y dirigiéndolo directamente a ella. Ya no podía soportar la presión de la tela sobre la dureza de mi miembro. Sentía la piel tirante y ansiosa, las venas palpitando volviéndome loco. Me acomodé en su entrada ayudándome con la mano y empujé con fuerza, penetrándola completamente casi en un movimiento corrido, haciendo que arqueara la espalda y cerrara los ojos con fuerza.

El gemido prolongado que soltó hizo que se me erizara la piel de puro orgullo. No era todos los días que uno tenía el placer de hacer gemir a una mujer como esa, mientras mordía la piel expuesta de su garganta y volvía a hundirme en su interior con un poco más de fuerza de la que era necesaria. Y es que nunca ninguna mujer me había hecho sentir como ella ahora. Estaba completamente embriagado por su forma de moverse, por su mirada, sus palabras, su actitud… su cuerpo.

Mordí de nuevo su pezón y me moví más rápidamente cuando gimió con fuerza y tiró del cabello de mi nuca con sus pequeños dedos. Enderezó su cabeza y buscó mi mirada con sus enormes y ojos, la mirada de complicidad en ellos me volvía loco, así que la miré mientras su cadera comenzaba a moverse en círculos sobre la mía al tiempo que yo continuaba entrando y saliendo cada vez más rápidamente. Apretó los labios para reprimir un gemido y luego jadeó sin poder contener la respiración por más de un par de segundos a la vez.

Iba a acercarme para besarla de nuevo, pero alejó su rostro un poco para evitarlo. Sonreí y la embestí con más fuerza para desconcentrarla al entender que lo que quería era hablar. Sus uñas se clavaron en mis hombros, donde sus manos descansaban, y casi atravesaron la tela de la camisa abierta que aún me cubría. Cerré los ojos por la sensación, pero sólo fue por un segundo antes de abrirlos de nuevo y volver a mirarla, empujando con más fuerza de nuevo. Soltó un pequeño grito sofocado y sonreí maliciosamente.

– Tú… -murmuró y luego se detuvo para soltar un gemido profundo.

– Lo… siento, no te… entiendo –dije entrecortadamente acercándome a su oído para hablar. Gimió de nuevo y me alejé para mirarla. Su cuerpo entero era una obra de arte. Su piel, su rostro, su cabello, sus labios sonrojados y entreabiertos, sus pechos moviéndose al compás de mis embestidas… bajé una de mis manos entre nosotros de nuevo y rocé su clítoris con fuerza haciendo que se estremeciera y sus ojos voltearan hasta quedar en blanco antes de cerrarse. Le tomó un momento recuperar la compostura.

– ¿Tú cómo… te llamas? –logró dejar salir a través de su pesada respiración. Sonreí sin poder evitarlo y me incliné hacia ella de nuevo, pegando mis labios al dulce y tierno lóbulo de su oreja. Me apreté con más fuerza a ella y la embestí con más urgencia, notando cómo se aceleraba su corazón contra mi pecho.

– Soy… Jason… -musité en su oído y luego atrapé con mis dientes el lóbulo. Sentí cómo se estrechaba a mi alrededor justo mientras le decía mi nombre. A penas terminé de pronunciarlo un gemido gutural salió de su pecho y quedó retumbando en el mío al no poder escapar por su boca cerrada. La arremetí contra el contenedor y su boca se abrió sin que pudiera evitarlo, soltando todo el aire que guardaba mientras gritaba sin contenerse. Había sido el gemido más sexy que había escuchado en mi vida entera, y no pude evitar correrme unos segundos después que ella.

Me moví un par de veces más, por instinto, y luego me presioné contra su cuerpo, apretándola contra el metal a sus espaldas y jadeando con la cabeza apoyada en su hombro. Enredó los dedos en mi cabello y besó la parte del costado de mi cabeza entre jadeos. Yo sólo apreté los ojos con fuerza hasta que ella dejó de palpitar a mi alrededor, haciendo que mis sentidos se atontaran.

Sentí que mis piernas cedían y me dejé caer de rodillas en el piso con ella aún sobre mi cuerpo, intentando recuperar el aire. Cuando lo logre, intenté hablar de forma que se entendiera qué rayos estaba diciendo.

– ¿Sigues con la idea de dispararme? –pregunté en tono burlón.

– Eso depende –contestó sonriendo, pero había algo en su voz que hizo que alejara mi rostro para mirarla con curiosidad-. ¿Sigues con la idea de pedirme de vuelta ese collar?

Le sonreí.

– Quizás te lo pida de nuevo en otra ocasión –contesté pensando en todas las formas en que podría intentar persuadirla, sin esperar jamás que me lo devolviera realmente.

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Sensaciones especiales

Seguí a David por las escaleras que conducían al sótano de su casa. Era un amplio salón de acceso exclusivo y reservado solo para sus íntimos, acogedor y confortable, ideal para desconectar del mundo. Allí habíamos celebrado largas veladas de invierno, al calor de la chimenea, con buen vino y mejor compañía. Lugar para las grandes confidencias y para dar rienda suelta a los deseos compartidos. Pocos secretos existían entre David y yo, que en aquel sótano habíamos escrito numerosas páginas de nuestras historias más inconfesables.

El siguiente capítulo iba a tener como protagonista a Lucía, una hermosa veinteañera, alumna de David en la facultad. Fueron los únicos datos que mi amigo me había proporcionado cuando me telefoneó para que acudiera aquella noche a su casa. “Esta noche  te prometo sensaciones especiales”, me había dicho, en ese tono misterioso que David solía utilizar cuando había “cita en el sótano”. No era la primera vez que me llamaba para follar con una de sus alumnas. A ambos nos gustaban los tríos, el sexo en grupo, en realidad cualquier forma de relación sexual que se saliera de la habitual en pareja. Y era evidente que a aquellas jovencitas les gustaba follar con maduros, tal vez para hacer realidad la tópica fantasía de tirarse al apuesto profesor, con amigo incluido en el lote.

“Te prometo sensaciones especiales”… La primera visión de Lucía me hizo comprender que a David no le iba a costar ningún esfuerzo cumplir su promesa. Cuando acabé de bajar las escaleras, me topé con la imagen de la joven muchacha atada y de rodillas, delante del inmenso espejo que David tenía en una de las paredes del sótano. En él se reflejaba la chica de espaldas, completamente desnuda salvo un tanga negro cuya cinta circundaba su cintura y se perdía en la hendidura de sus nalgas apoyadas sobre los talones, para descansar en ellos el peso de su cuerpo. Lucía era hermosa, sin dudas. Tenía la cabeza agachada, su barbilla apoyada sobre el pecho, los ojos vendados por un pañuelo negro, el pelo castaño y rizado. La visión de su cuerpo desnudo era excitante. Sus brazos alzados, las muñecas esposadas, los dedos de sus manos entrelazados, las piernas abiertas, los pechos, breves y redondos. Una cadena que pendía del techo, sujeta a la argolla de las esposas de cuero, mantenía elevados los brazos de Lucía y tenso su torso hasta dibujar sus costillas en la piel, pronunciando la redondez de su ombligo en el vientre plano y el sinuoso contorno de sus caderas.

En el silencio de la estancia, se podía escuchar con claridad la respiración agitada de la muchacha, que no había movido ni un solo músculo de su cuerpo al sentir nuestra presencia, hasta que David se colocó tras ella y, agarrándola del pelo, le obligó a subir la cabeza que cayó hacia atrás por el jalón, logrando que Lucía abriera la boca para dejar escapar un leve gemido.

– Ya estoy de vuelta, putita. Y he traído un viejo amigo que quiero presentarte. – David se agachó para hablarle suave a Lucía, muy cerca de su oído, sin soltarle el pelo enredado entre sus dedos. – Te dirigirás a él como “señor”, ¿me has entendido?

Lucía asintió con la cabeza. Pero David desaprobó el gesto con un nuevo tirón de los cabellos de la chica. – ¿Me has entendido? – le volvió a preguntar, con cierta dureza en la voz.

– Sí, profesor. – La voz de Lucía sonó apagada, apenas un hilo de voz fina y nerviosa.

– Saluda a mi amigo, Lucía, no seas maleducada.

– Buenas noches, señor.

Respondí a su saludo, tal vez con demasiada formalidad, lo que provocó que David riera a carcajadas.

– No hace falta que saludes a la putita. Ella no está aquí para que la saludemos, ¿verdad Lucía?

– Verdad, profesor.

Las preguntas de David a Lucía siempre venían acompañadas de un leve jalón de pelo que la forzaba a echar más para atrás la cabeza, a tensar la cadena con sus manos y a dejar caer más las nalgas sobre los talones, como temiendo que, en algún momento, pudiera perder el equilibrio. En esa postura, su espalda se enarcaba levemente y sus pechos se ofrecían hacia delante, turgentes e incitantes sus pezones endurecidos. Sin soltarle el pelo, David comenzó a sobar sus tetas con la otra mano, a pellizcar los rosados pezones, mientras le seguía hablando, casi susurrándole al oído:

– ¿Y para qué está aquí la putita?

– Para ser sometida, profesor.

– Para ser sometida, ¿por quién? – otra vez el pelo fuertemente jalado, la cabeza hacia atrás, el gemido entrecortado de Lucía, la mano de David estrujando uno de sus pechos – ¿Por quién vas a ser sometida, Lucía?

– Por Vd. y por el señor, profesor.

La respuesta de Lucía fue clara, rotunda, sin titubeos. Me pareció que el tono de su voz incluso denotaba cierta impaciencia, como si Lucía deseara que ocurriera inmediatamente lo que estaba proclamando. Yo era “el señor” que junto a mi viejo amigo íbamos a someter a aquella linda joven, que no parecía tener ningún tipo de miedo a estar allí, en aquel sótano, encadenada, desnuda y de rodillas, a merced de dos hombres, a uno de los cuales ni siquiera conocía. Desde luego que las sensaciones estaban siendo especiales. Sentía tal excitación que creí que la polla me iba a reventar dentro del pantalón. David se percató de mi más que evidente erección y, sonriendo burlonamente, volvió a dirigirse a Lucía:

– Creo que el señor está deseando someterte. Así que será cuestión de no hacerle esperar, ¿verdad putita?

– Cuando Vd. ordene, profesor.

David soltó los cabellos de Lucía, se incorporó y comenzó a desnudarse, indicándome con un gesto que yo también lo hiciera. Cuando los dos estuvimos completamente desnudos, nos colocamos a ambos lados de la chica, con la punta de nuestras pollas erectas en sus labios, para que las chupara. No hizo falta orden alguna para que Lucía comenzara a besarlas y a lamerlas, impregnando de saliva los rígidos troncos de carne que introducíamos en su boca por turnos para que la alumna sumisa de David los chupara magistralmente entre jadeos que se ahogaban cuando las vergas se clavaban en el interior de su boca.

El profesor alentaba a su pupila cuando mamaba mi polla, “vamos, vamos, putita, que el señor vea lo bien que sabes chuparla” y la forzaba a tragarla por completo cuando era la suya la que tenía entre aquellos labios carnosos y humedecidos que sabían perfectamente cómo tenían que cerrarse sobre el capullo para firmes deslizarse, hacia dentro y hacia fuera, por toda la enhiesta longitud de nuestros carajos.

David ordenó a Lucía que se pusiera en pié y ella obedeció al instante, con cierta dificultad, posiblemente al tener las rodillas entumecidas por la forzada posición en la que había permanecido durante todo ese tiempo más el que ya llevara antes de que bajáramos al sótano. Se percibía el temblor en sus piernas, el cual alivió con ligeros y rápidos movimientos de flexión y estiramiento de sus rodillas. Al incorporarse, pudo bajar sus brazos, quedando sus muñecas esposadas a la altura del vientre. David me indicó que me pusiera a su lado, tras de ella, pudiendo contemplar lo que hasta entonces solo había podido ver reflejado en el espejo: la hermosura de su espalda desnuda y la redondez de sus nalgas ya completamente al descubierto. El profesor cogió la cinta del tanga de Lucía y la tensó y destensó para frotar con ella el coño de la joven, que se estremeció por el roce de la tela en la raja de su sexo, hasta que en uno de los tirones la cinta cedió, rompiéndose y dejando a la chica absolutamente desnuda.

– Un culo perfecto – sentenció David, acariciándolo y estrujando sus nalgas sin reparo. – Un culo perfecto para ser azotado, ¿verdad putita? ¿Quieres que te azotemos?

Lucía no respondió, lo que provocó que David asiera sus cabellos y jalara fuertemente de ellos, para obligarla a contestar.

– Cuando pregunto, quiero respuestas inmediatas. A ver si te voy a tener que suspender, alumna. Creo que eres una niña mala y mereces ser castigada, ¿verdad?

– Sí, profesor. – La voz de Lucía volvió a sonar tímidamente y esta vez con una inquietud que apenas pudo disimular.

La nalgada sonó hueca, como un chasquido de la palma de la mano contra la piel blanca que enrojeció al instante, el contorno de los dedos señalados. Otra más y otra más. Y a cada manotazo, el suave gemido de Lucía y la suave convulsión de su cuerpo. David palmeaba cada vez con más fuerza el culo de su alumna y la obligaba a contar los azotes. Uno… Dos… Diez… Un descanso. Y mi turno. “Todo tuyo”, me dijo con esa sonrisa burlona que se gastaba cuando estaba disfrutando verdaderamente. Uno… Dos… Diez… Sentía la piel caliente del culo de Lucía quemándome la palma de la mano. Como había visto hacer al maestro, mi mano cada vez golpeaba con mayor intensidad las nalgas enrojecidas, provocando el quejido de Lucía que trataba de endurecer la carne para amortiguar la fuerza del azote. Otro descanso. Y vuelta a empezar, a doble mano, la nalga izquierda para David, la derecha para mí, palmada tras palmada, nuestras manos libres en los pechos de la muchacha, pinzando con los dedos sus pezones para darle el doble castigo del pellizco en sus tetas y del azote en su culo.

Ya Lucía trataba de zafarse, zarandeándose y contorsionando su cuerpo, jadeando con esfuerzo, suplicando que cesáramos en nuestros palmetazos contra su piel dolorida, mostrando incluso un atisbo de rebeldía que nos hizo enardecer. “Se nos rebela la putita. Creo que vamos a tener que follárnosla para que sepa quiénes mandamos aquí”, dijo David, como anunciando lo que iba a suceder a partir de ese instante.

El profesor se colocó tras Lucía y puso su mano izquierda bajo su barbilla, obligándola a levantar su cabeza. Me pidió que liberara sus muñecas de las esposas de cuero y procedí a ello. En cuanto que la chica tuvo las manos libres, David agarró con su brazo derecho el mismo brazo de Lucía, ordenándole que abriera sus piernas. Agarrada por el brazo y por el cuello, Lucía obedeció, apoyando su cabeza contra el hombro de su profesor y enarcando su espalda para que la polla del hombre pudiera penetrar su coño ofrecido. David la embistió con fuerza, sin soltarla, sometiéndola a un brutal escorzo que hizo que Lucía buscara los muslos de su dueño para agarrarse a ellos mientras era clavada y desclavada por la dura verga que le provocaba oleadas de placer en el cuerpo sometido. Su vientre, curvado hacia delante, quedó expuesto para que mi lengua y mis manos lo recorrieran, para subir hasta sus pechos ofrecidos y continuar hasta su boca abierta, que gemía ya sin contemplaciones. Mientras David seguía empalándola y mordía su oreja, en la que le susurraba sucios improperios –eres la sumisa más putita que me he follado en la vida, te voy a partir el coño a pollazos- yo sellaba sus gemidos con mis labios y le provocaba nuevos quejidos al estrujar sus tetas y retorcer maliciosamente sus pezones hinchados por el deseo. Y mi mano también descendía hasta el capuchón de su clítoris y acariciaba su vulva empapada, frotando su sexo hasta sentir el roce de la polla de David que entraba y salía frenéticamente del coño de Lucía, provocándole espasmos de placer a la alumna sumisa.

El bramido de David anticipó su inmediata corrida sobre la espalda y el culo de la joven que apretó sus nalgas contra los huevos del profesor para, en un sensual y oscilante movimiento, frotar la verga aún endurecida y sentir las últimas sacudidas de esperma en la estrecha grieta divisoria de sus redondos glúteos.

Fue el propio David quien, sin soltar el brazo de Lucía, la hizo andar a empujones hasta la mesa situada en el ala izquierda del sótano, colocando a la chica en uno de sus extremos y obligándola a doblar su cintura hasta que su tronco quedara apoyado sobre la tabla. Lucía se dejó hacer y trató de acomodarse, doblando su cabeza para que el lado izquierdo de su rostro descansara en la mesa, mientras David tiraba hacia detrás de sus brazos y entrelazaba las manos de su alumna a la altura de sus lumbares. Reclinándose hacia ella, le habló suavemente al oído:

– ¿Te gustaría que te follara tu señor, putita? ¿Eh? ¿Te gustaría que te follara ahora mismo?

– Sí, profesor.

– Suplícaselo.

Yo contemplaba sus nalgas, aún enrojecidas por los azotes, húmedas y brillantes por los regueros de leche vertidos por David. Aquella posición era realmente excitante y ansiaba poder penetrar a aquella hermosa chica que, dócilmente, se sometía a todo lo que su profesor le ordenaba. Como se demoraba en la respuesta, le pegué un seco manotazo en su nalga derecha que le hizo soltar un pequeño grito a manera de lamento y me decidí a ordenarle:

– Te ha dicho tu profesor que me supliques, putita. ¿Es que quieres que volvamos a castigarte?

David me miró, sonriéndome con complicidad y aprobación, mientras apretaba con su mano izquierda la parte posterior del cuello de Lucía para aplastar su rostro contra la mesa. La voz de la mujer sonó apagada:

– Fólleme, señor. Me gustaría que me follara ahora mismo.

Agarré mi polla para orientarla y dirigirla al centro de su raja y la penetré lentamente, como queriendo hacerle sentir toda la extensión del carajo endurecido en el interior de su coño que palpitaba de deseo. Agarré sus manos como si fueran las riendas de una yegua a punto de desbocarse, lo que permitió que David usara las suyas para jalar de su pelo y obligarla a levantar su tronco de la mesa cuando él quisiera, para magrear sus tetas o apretarlas contra la tabla de madera, mientras yo aumentaba el ritmo de la embestida y estiraba los brazos de Lucía para contorsionar su cuerpo nuevamente estremecido por el placer.

– Vamos, vamos, fóllala con más fuerza – me alentaba David, mientras tapaba la boca de Lucía para impedir que se escucharan sus gemidos. Sí se oían perfectamente mis jadeos y los rítmicos golpes de mi pubis contra las nalgas de la muchacha, cada vez más continuos y crecientes, mientras la polla entraba y salía, entraba y salía, duramente, ardorosamente, perforando el coño licuado de Lucía que aulló de placer en el momento que David liberó sus labios permitiéndole gozar de un orgasmo que sacudió todo su cuerpo, en el justo momento en que yo también me corría sobre su espalda, sus nalgas y sus muslos, con intensas sacudidas que hicieron brotar calientes chorros de esperma que se estrellaban contra la piel de la chica cuyas piernas temblorosas parecía que estuvieran a punto de doblarse por el placer y el cansancio.

Sensaciones especiales. Sin dudas, las había sentido y gozado en aquel cuerpo joven y hermoso de la alumna de David. Cómo el viejo profesor la había seducido y convencido para que fuera nuestra sumisa aquella noche, formaba parte de los secretos inconfesables de mi amigo. Aunque tal vez, alguna noche, en alguna velada de invierno al calor de la chimenea, me desvelaría el inicio de una historia que acabó con Lucía durmiendo entre los dos, abrasando con el ardor de su cuerpo joven y desnudo la piel también desnuda de nuestros cuerpos curtidos.

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A las cartas

Estaba dispuesto a disfrutarla sin prisas, por lo que cuando sentía estar a punto disminuía mi ritmo de nuevo. No sé cuánto tiempo estaría, lo que sé es que la situación de poseerla totalmente y en esa postura me hacía contenerme para que no acabara. Ya cuando no pude más me puse frenético en mis movimiento, le indiqué que ahora se moviese y ambos empezamos ya con fuertes gemidos.

Marie era una mujer de constitución algo atlética: vientre plano, muslos bien contorneados y pechos no muy grandes pero firmes. La conocí por motivos laborales y tras varios encuentros empezamos nuestros encuentros sexuales. Hoy no quiero cansar explicando cómo llegamos a una relación de dominación – sumisión y tan sólo os contaré como fue la primera vez que decidimos actuar con esos roles.

Ahora Marie estaba totalmente entregada. Tendida, tanto sus muñecas como sus tobillos estaban rodeados por suaves cuerdas sedosas y no “podía” liberarse. Excitada como nunca antes, estaba a la vez exhausta, pues se enfrentaba a su tercero y por hoy último según había salido en las cartas. Además ya estaba deseosa pues al final, vendría su “regalo”.

Su cuerpo en tensión la hacía mucho más atractiva todavía y sus ojos vidriosos pedían que no se acabara la “tortura”. Me pedía a susurros un descanso y yo le respondía que podía hacerlo pero que se quedaría sin nada más por hoy, entonces es cuando me rogaba que empezáramos de nuevo, aunque todavía temblaba pues apenas hacía diez minutos que habíamos finalizado el anterior.

Sin pensarlo más, seguí con el “castigo”, nuestros labios se juntaron de nuevo mientras me disponía a acariciar su clítoris, su boca ya no oponía resistencia, totalmente húmeda me la dejaba totalmente a mi merced y de nuevo empezaban sus quejidos. El artilugio masajeador recorría amplia y lentamente su sexo, introduciéndolo parcialmente entre sus labios.

Enseguida empezaron los primeros gemidos, acompañados de esa mirada suplicante para que se acabara pronto pero también para que nunca finalizara. Esa incertidumbre en su mente le provocaba un placer como nunca antes se había atrevido a tener.

Con mi mano desocupada la acariciaba también sin prisas, disfrutando de sus muslos, de sus nalgas, de su cintura, de sus pechos, de todo su cuerpo, esparciendo su humedad por toda su piel. Me entretenía con la enorme dureza de sus pezones y no dejaba de mirarla. Con mis ojos no dejaba de preguntarle ¿sigo? y con la suya me respondía “no pares”.

Ya a sus gemidos le acompañaban temblores de excitación, solo entonces separé mis labios de su boca para susurrarle al oído. A mis preguntas, ya sabía sus respuestas, pero quería hacerle ver que era mía, que su disfrute me pertenecía y disfrutar de eso:

-¿Quieres que siga? – Te ruego amo que no pares – ¿Puedo seguir poseyéndote hasta que me plazca? – Claro ¿no ves que mis ataduras me obligan a ser suya? Aahhh…

No podía dejar de gritar de placer.

-Si quieres puedo desatarte, – No, por favor se lo ruego – Recuerdas lo que significa este tercer orgasmo que todavía puedes parar ¿no? – Claro, que debo ser su sierva durante tres semanas – Y ¿estás dispuesta? – A eso y mucho más amo.

Jamás la había obligado a que me llamase amo y las cuerdas atadas a unas anillas solo rodeaban suavemente sus muñecas y tobillos, pudiéndose desatar cuando quisiera. Era ella la que asía fuertemente las cuerdas sin poder “desatarse”, la que permanecía “atada” voluntariamente, como no queriendo romper la magia de su voluntaria sumisión.

-Seguro que ya estás deseando tener tu tercer orgasmo. – Creo que ya no podré aguantar más, ahh, ummm, por favor ¿puedo? – Sabes que todavía no tienes mi permiso, que si lo haces te tendrás que marchar y no tendrás lo que más deseas, – Sí, sí, aguantaré amo, pero no sé cuanto más podré, ¿no nota que mis muslos están impregnados de placer? – Me gusta poseerte, por eso aguantarás – Siiiiiiii, por favor mordisquee mi pezón.

Esa era la señal establecida, un suave mordisqueo en uno de sus pezones indicaba que ya podría relajarse y dejar su cuerpo convulsionarse hasta el orgasmo final. Mis manos se dirigieron otra vez a sus pechos y a acariciar uno de sus pezones, con un ligero pellizco le hacía indicar que el momento estaba cerca, mi boca se acercó y lo mordió lascivamente.

-Ahhhhhhhhhh… ohhhhhhhh… gracias amo…ahhhhhhhhhhh… ummmmmmmmm…

Sus enormes quejidos los acompañó con convulsiones descontroladas mientras sus ojos no se apartaban de los míos en señal de enorme agradecimiento. Era justo en ese momento, cuando más me apetecía pegarme a ella, como parando con mi cuerpo sus movimientos, notando que era mía. Su docilidad y abandono en ese momento me llenaban enormemente de placer.

Estaba tan aturdida y extasiada que cerró los ojos como para descansar un rato, la dejé recuperarse. Ahora yo seguía disfrutando de su total abandono, mis dos manos no paraban de tocarla, de palpar cada centímetro de su piel, mi erección era enorme y fue cuando al rozarla con sus pliegues húmedos reaccionó.

-Ahora toca mi premio.

Efectivamente, según nuestro juego había que elegir dos cartas de sendos montones. En uno de ellos estaban las cartas del 3, 4 y 5 y en el otro el “as” y el 2. Ella debía coger una de cada mazo, la primera indicaba los orgasmos que tenía que regalarme, los que tenía que soportar al ritmo y de la forma que yo quisiera y la segunda que llamábamos premios, las veces que iba a penetrarla. Para esta ocasión habían salido el 3 y el as que indicaba que tras su tercer orgasmo vendría por hoy su único premio.

Así que aunque cansada, se dispuso a tomar posición. Se dio media vuelta hasta ponerse tendida boca abajo, todos sus movimientos eran lentos y muy sensuales, extendió los brazos para lograr un buen apoyo y obedientemente elevó sus nalgas todo lo que pudo separando a la vez sus muslos. No necesitaba más órdenes que las que les dí al principio de la sesión, solo le dije que quería una posición muy sumisa. Para excitarme más me murmuró:

-Por favor amo, esta esclava está deseando ser poseída, ser penetrada, si mi amo lo estima, creo que me lo he merecido

Esa postura, el olor a sexo que había en el ambiente y sobre todo esa predisposición de entrega total hicieron que aumentará más la rigidez. Pero quería disfrutarla sin prisas ni brusquedades.

-Me demuestras con eso que eres mía, que puedo poseerte durante las próximas tres semanas y que estarás a mi completa disposición en cuanto te llame. – Si mi señor, sé que soy su sierva y estaré a su merced cuando lo requiera – renunciarás a llevar ropa alguna ante mi presencia – le mostraré mi total desnudez en señal de sumisión delante de mi señor. – Ahora voy a poseerte y de momento quiero que no te muevas. – Estaré como una estatua hasta que mi amo lo requiera.

Me puse ya directamente detrás de ella y empezaron mis roces con el falo mientras la agarraba fuertemente por las caderas. Recorrí sin prisas toda su raja antes de la penetración. Inicié esta lentamente, sintiendo cada milímetro que entraba. Debido a la lubricación extrema que ambos teníamos, la introducción fue total inmediatamente y empecé entonces con vaivenes a distintos ritmos. Cuando casi volvía a estar fuera, Marie ejercía un movimiento reflejo para evitar que se saliese del todo y entonces es cuando aproveché para darle unos palmetazos en sus nalgas y para sacar partido a la situación.

-Creo haberte advertido que no te movieses. – Lo siento amo, lo siento señor, es que no quería que se saliese. – Eso lo decido yo. – Si amo, si amo, lo siento de verdad, pero por favor no pare. – ¿Quieres tu premio, quieres que explote dentro de ti? – Sí amo, se lo ruego. – Entonces me tendrás que regalar una semana más de tu servidumbre. – Si amo, todo lo que quiera, pero poséame hasta el final.

Todo esto no hacía más que aumentar mi excitación, pero estaba dispuesto a disfrutarla sin prisas, por lo que cuando sentía estar a punto, disminuía mi ritmo de nuevo. No sé cuánto tiempo estaría, quizás unos veinte minutos, lo que sé es que la situación de poseerla totalmente y en esa postura me hacía contenerme para que no acabara. Ya cuando no pude más me puse frenético en mis movimiento, le indiqué que ahora se moviese y ambos empezamos ya con fuertes gemidos. También en esos instantes le propiné unos buenos palmetazos en sus nalgas.

-No aguanto más, ahhhhhhh. – Gracias amo, gracias… más, más, ummm – arrrrrgg, ahhhhhhhhhhhh…

Un largo rato estuvimos jadeando, mientras me vaciaba dentro de Marie. Extasiados ambos permanecimos tendidos y abrazos, ella con su cabeza en mi pecho. Creo que hasta ambos nos quedamos dormidos.

Ya algo recuperados, no dimos una ducha y la invité a unos baños árabes para relajarnos totalmente, después nos fuimos a cenar a un indio mientras hablamos de nosotros. En la sobremesa le recordé su compromiso.

-Creo que me debe cuatro semanas. – Eso para mí no es ningún problema, más bien tengo otro. – ¿A que te refieres? – Pues a que querría cuatro más y cuatro meses y… – ¿Dispuesta a esta entrega, a esta sumisión? – Por supuesto. – Bueno todo se andará.

Ya de nuevo en la cama, ambos desnudos, me disponía a dormir cuando poniéndose a gatas se dirigió si miramiento a mi sexo, sus labios los situó a escasos milímetros, casi rozándolo. Entonces, susurrando me preguntó incluso con descaro:

-¿Puedo lamerla? ¿Disfrutarla con mi boca?…

Describir como a Marie le gusta lamer y su sumisión durante las cuatro semanas siguientes, lo veréis pronto, si este relato os ha gustado.

Autor: cadoan41

cadoan41@hotmail.com

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La escalera

Su pene recorrió todo su sexo, resbaló dócilmente entre sus mojados labios, llegando en varias ocasiones a tocar su botón más íntimo. Se ruborizó al notarse tan húmeda, al exhibirse tan empapada delante de un hombre. Jugó de esta forma tan exasperante hasta que encontró su abierta entrada, lentamente fue introduciendo en ella su punta. Se quedó quieto unos instantes. Luego reanudó su lenta aventura provocando un largo y prolongado gemido.

La empresa había puesto a su disposición un chalet adosado con varias plantas y garaje. Tenía un amplio salón y lo que más la gustó fue que desde su habitación se podía acceder al trastero por una escalera. Era un trastero en forma abuhardillada. Estaba vacío y sólo lo usaba para tender a secar la ropa húmeda. En el techo tenía un tragaluz enorme y su sueño romántico era hacer el amor viendo por él las estrellas…

La escalera se bajaba tirando de un gancho. Era de madera y caía con una leve inclinación, casi verticalmente. Allí era donde su amante la ató desde el primer día, el día que se conocieron y que le propuso un juego un tanto especial… Para no hacerle daño, forró los peldaños con toallas. Allí le ató las manos por encima de su cabeza, de forma que sus brazos quedaron estirados. Para ese juego, le quitó los pantalones y la dejó sólo con una amplia camiseta y la ropa interior. Luego soltó los corchetes del sujetador y sus senos se precipitaron sobre el escalón golpeándose con suavidad. En esa postura, hizo reposar sus grandes tetas entre dos peldaños.

Atada con los brazos hacia arriba, pudo sentir cómo sus manos la recorrían entera. Primero sus contornos, luego sus partes femeninas… siempre por encima de la ropa. Las caricias eran súper excitantes. La agradó sentir cómo le sobaba los pechos por encima de la tela, cómo bajaban las manos hasta las nalgas y se recreaban en sus glúteos… Aunque estaba a su espalda, perfectamente se daba cuenta que las manos, al tocarla por encima de las bragas, iban descubriendo sus nalgas… Sus ojos se clavarían en ellas mientras sus dedos recorrían y exploraban ese nuevo territorio.
Su mirada descubriría esos pequeños hoyitos en su piel… esa celulitis que poco a poco iba creciendo en sus muslos…

Atada, medio desnuda, sin poder moverse, disfrutaba mientras las manos se introducían bajo la camiseta y subían por la espalda hasta volver a apoderarse de los pechos y jugar con los pezones… La estremecía esa extraña sensación de no responder a las caricias que recibía… Le encantaba sentir como, sin levantarle la camiseta, le sacaba las tetas de las copas del sujetador, como se los masajeaba, se los estrujaba con fuerza o acariciaba con dulzura haciendo levantar los pezones… Luego, cuando menos lo esperaba volvía a metérselos y volvía a sentir las manos perdidas por todo su cuerpo… Pronto vino la venda en sus ojos… El podría contemplar todo su cuerpo y ella no… Podría verla desnuda, mirarla obscenamente y ella no sabría nada de sus gestos, de sus miradas…

Primero le levantó la camiseta y liberó completamente sus pechos… Quedaron así desnudos… caídos ante sus ojos… La tuvo así unos momentos, inmóvil, sin tocarla… Sabía que estaba frente a ella mirándola fijamente, observando cada detalle de la forma de sus senos… Los tenía grandes y ya un poco caídos por el tamaño y la edad… a pesar de eso, sentía cómo los hombres la miraban deseosos por la calle… El saber que la miraba… hizo que sus pezones se levantaran aún más… Esa turbación la hizo sentirse completamente desnuda… La dejó así hasta que la tela fue cayendo suavemente hasta volver a cubrir sus pechos… Luego vinieron los juegos…

Un suave pañuelo de seda fue subiendo por sus piernas… por dentro de sus muslos… Le sacó de nuevo los pechos y los acarició con él mientras mimaba sus pezones y mordisqueaba el lóbulo de su oreja haciéndola estremecer… Un plumero con sus miles de hilos rozando sus pechos le puso la carne de gallina… Cuando se internó entre sus piernas rozando el sexo, aún oculto tras sus braguitas, miles de cosquillas hicieron temblar sus carnes… Creyó no poder resistirlo… La fue tocando con diferentes objetos por todo su cuerpo hasta que por fin, las manos le bajaron muy despacio las bragas hasta detenerse debajo de las rodillas… Fue sintiendo la presión del elástico de las braguitas casi centímetro a centímetro sobre su piel… Fue sintiendo centímetro a centímetro su desnudez… Hasta que se detuvo del todo… Con su sexo, expuesto y por fin despojado de su cobijo, se sintió doblegada a sus caprichos… Recogió su camiseta desnudando toda su espalda. Por el sonido de sus pasos supo que se alejaba… Podía ver tranquilamente su culo, disfrutar de su imagen…

¿Qué pensaría al verla así?…

El plumero con sus mil hilillos volvió a bajar desde su espalda, deteniéndose unos instantes en sus nalgas, hasta llegar finalmente a sus pies… De nuevo un excitante escalofrío la recorrió… Los dedos apretaron suavemente uno de sus erectos pezones… Ahora la contemplaría por delante… El mango del plumero se internó entre sus piernas… De atrás hacia delante recorrió su vagina separando sus labios… No la tocó más… Escuchó el ruido de un encendedor… Una fuerte calada y el humo estrellándose en sus pechos… Seguramente sus ojos estarían recorriéndola entera… Sus miradas juzgarían sus formidables pechos… examinarían con detalle su cuerpo… Estudiarían sus secretas vergüenzas de mujer… Ahora si presumiría de haberla visto absolutamente desnuda… podría describirla delante de cualquier hombre… La incomodó un poco su silencio… Era indudable que la estaba mirando… seguramente sus ojos estuvieran clavados en su sexo…

De repente, la aspereza del cepillo redondo de púas recorrió su cuerpo… Bajó rodando por su espalda… se movió atrevido sobre sus nalgas para bajar y subir mil veces por sus piernas… Se internó audaz en el interior de sus muslos… Sus púas metálicas se clavaron ligeramente en la base de sus senos… Sus tenues arañazos la sobrecogieron… Sobre todo cuando peinaron el vello de su pubis… Luego fue el frío metal del abre cartas el que tensó aún más sus sensibles pezones… La esponjilla del maquillaje acarició el rostro… Todos los objetos que caían en sus manos servían para deslizarse sobre su piel causándole mil sensaciones placenteras… haciéndola desear que la desnudara del todo, que no le estorbara nada mientras jugaba con su cuerpo… Aguardaba impaciente que le quitara las ataduras y así poder liberarse de la escasa ropa que tenía encima… Le hubiera gustado estar completamente desnuda para él… que no encontrara ningún obstáculo a sus caricias…

Disfrutó hasta el último segundo cuando su varonil pecho, ya desnudo se apoyó en sus desnudas nalgas y subió restregándose por su trasero hasta sentir la punta de su verga dura rozarla… ¿Cuándo se había desnudado? De repente volvió a subirle las bragas… Estaba muy húmeda y deseaba ardientemente que al menos con sus dedos le tocase su sexo… Se quedó unos segundos pensando qué nuevo juego la esperaba mientras sus manos le recogían aún más la camiseta y le sacaban los pechos… Se imaginó qué aspecto tendría así, atada en una escalera, con la camiseta recogida en torno al cuello y los pechos asomando entre los peldaños… Se sintió un poco ridícula… Notó su lengua lamer con suavidad uno de sus pezones… Luego sus labios se apoderaron de él y comenzaron a succionar con fuerza… Sin utilizar las manos, su boca recorrió sus senos excitándola aún más…

Sus pezones estaban erguidos, tiesos, duros como guisantes… casi hasta le dolían de la excitación… Sin que sus labios descansaran ni un segundo, las manos se metieron entre los peldaños y tiraron de su cuerpo… Sintió el calor de su polla al lado del ombligo y gimió de gusto… Una de sus manos se apoderó de sus glúteos y la acercó todo lo que pudo… Los peldaños la aprisionaban impidiendo su avance… Con la otra mano, dirigía su pene haciendo extraños dibujos sobre su estómago… Sentía el sofoco de su sexo y cada vez deseaba más y más que ese pene se perdiese dentro de ella… Lentamente, rozándola mientras la rodeaba, volvió a colocarse a su espalda… Sus manos fueron retirando un lateral de las braguitas hasta descubrir completamente su coño… El elástico de las bragas le apretaba y la molestaba… iba a decírselo y a pedirle que se las quitara, que se las arrancara si era necesario, cuando sintió un leve roce que la hizo callar…

Sin ayudarse con las manos, su pene recorrió todo su sexo… resbaló dócilmente entre sus mojados labios, llegando en varias ocasiones a tocar su botón más íntimo… Se ruborizó al notarse tan húmeda… al exhibirse tan empapada delante de un hombre… Jugó de esta forma tan exasperante hasta que encontró su abierta entrada… Lentamente fue introduciendo en ella su punta… Se quedó quieto unos instantes… Luego reanudó su lenta aventura provocando un largo y prolongado gemido… Despacio, muy despacio, fue introduciéndose en ella haciéndola sentir hasta la mínima rugosidad… Con la misma lentitud fue retirándose… Así una y otra vez…

Entregada, dejó caer su cabeza mientras suspiraba al compás de sus rítmicos movimientos… Dueño ya de su coñito, empezó a meter y a sacar su polla sin concederle un segundo de respiro… El follarla con la ropa puesta, sin desnudarla del todo, era parte del juego… Casi sin darse cuenta fue bajando y arqueando su cuerpo todo lo que las ataduras la permitían… Buscaba que la penetrase más y más… ansiaba que se la incrustase profundamente… que le llegara hasta lo más íntimo de su persona… Se sentía transportada y rendida por el placer… se estaba entregando completamente a ese miembro que no podía ver… Perezosamente su pene se fue hinchando más y más dentro de ella y la fuerza de los empujones fue creciendo al mismo tiempo… Con cada arremetida, sus gemidos aumentaban de intensidad hasta convertirse en jadeos… sin tocarla para nada con las manos estaba próxima a alcanzar su primer orgasmo… y lejos de avergonzarse de sus suspiros se sentía repleta…

Su cuerpo sólo reaccionaba al placer… su sexo se entregaba como nunca… su única preocupación era que no parara… que nunca se acabara… Y parecía no tener fin… el pene entraba en ella sin parar dándola más y más placer… empujando su cuerpo a veces con dulzura y otras con tanta fuerza que hacía que sus pechos se disparasen y al caer golpeasen suavemente contra el peldaño… Por un instante pensó en ese pene que la estaba perforando sin encontrar ninguna resistencia… le hubiese gustado tocarle… contemplarle… Se lo habría besado de arriba abajo… le hubiese dejado que se apoderase de su boca a la mínima insinuación… hubiese sido una delicia sentirle entre sus pechos y gozar con el calor de su semen derramándose por sus tetas… No pudo aguantar más… el orgasmo se apoderó de ella de forma brutal… Esa polla la dominaba por completo… la hacía gemir escandalosamente sin mostrar ninguna vergüenza… El clímax de su sexo la hacía temblar… y él no paraba de metérsela una y otra vez… Sus espasmos hicieron que se le saliera…

Apenas pudo relajarse unos segundos… Volvió a sentir su miembro cerca de las nalgas… Su mano volvió a separar las bragas… Escuchó el típico sonido del rasgar de la tela… No le importó, es más ojalá se las hubiera arrancado… La presión de las bragas en su cadera cedió un poco… Se movió un poquito y sin buscarlo, hizo que el pene rozase su segundo agujero… El calor era delicioso… Fue accidental… pero pensó que si él lo quería, también por ahí sería suya… Sus jadeos insinuaron que si lo deseaba podía tomarla… No necesitaba ofrecérselo… Un leve empujón fue suficiente… Un tenue quejido su respuesta… Se sorprendió de la facilidad con la que entró en ella… No fue mucho… supuso que la mitad… Con ella dentro, sin moverse, le abrió las nalgas con las manos y esperó unos segundos a que su esfínter se acomodase a su presencia… Luego volvió a empujar… Ahora si fue un poco más doloroso, pero no le importó…

Se retiró despacio para inmediatamente volver a embestirla… Esta vez la notó toda dentro… Sintió como le traspasaba el recto por entero y el placer la hizo gritar… Y siguió gritando con cada viaje… Gritaba como una loca incontrolada mientras su amante la daba por el culo… No podía dominarse… No lo entendía… Le había conocido esa misma tarde… Ni tan siquiera le había visto desnudo y se estaba entregando como nunca lo había hecho con ningún hombre… Le estaba permitiendo cosas que no le permitiría ni a su pareja… Incomprensiblemente había perdido el control y por primera vez en su vida gozaba sin dominar sus sensaciones… Cuando la sacó instintivamente intentó acercar su cuerpo ofreciéndole sus dos agujeros… Que escogiera, toda ella le pertenecía… Podía tomarla como quisiera… Esta vez fue su coñito quien recibió ese saludo tan especial… De nuevo volvió a gemir y casi al instante un nuevo orgasmo, más fuerte que el anterior, se apoderó de ella dejándola sin fuerzas…

Sus empujones cada vez eran más y más violentos… distinguía perfectamente cómo los testículos se detenían en su entrada… Además según le iba dando, sus tetas se iban dando golpes y él parecía disfrutar con ello. Para penetrarla con más fuerza, le agarraba las nalgas y tiraba de ella hacia atrás… Las ligaduras le molestaban, pero no se quejaba… no podía… su boca estaba ocupada gimiendo y era incapaz de articular otro sonido que no fuera el del placer… Luego fueron sus tetas las que cayeron prisioneras de unos dedos salvajes que las estrujaban con fuerza… Su cuerpo se tensó y con un rabioso empujón se introdujo por completo en ella… Fueron cuatro o cinco sacudidas… como cuatro o cinco latigazos… y cada uno iba seguido de un fluido caliente que salía disparado contra sus paredes más intimas… No pudo evitar jadear mientras la regaba el interior de su coño… mientas recibía gustosa su semen…

Cuando se vació por completo dentro de ella, siguió dándole pequeños empujones… Sus movimientos continuaron hasta que el pene, ya flácido no pudo continuar… Aún así, permaneció unos instantes en su interior acariciándole los pechos y besando su cuello… Luego dulcemente se retiró de ella… Mientras fue al baño, ella se recostó como pudo en las escaleras buscando algo de reposo… se sentía extenuada… Todo el cuerpo le temblaba… Era como si aún le notase dentro… Al juntar un poco los muslos sintió resbalar su semen entre las piernas…

Autor: notenemosnick

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Una nueva tarde

Me dio otra fuerte palmada en el culo y me desató, me di la vuelta en la cama esperando a ver que pasaba. Pero él me hizo levantar y me condujo por la habitación, yo continuaba con los ojos vendados y no sabía donde íbamos, al notar un borde frío contra mis rodillas supe que estaba en la bañera, me ordenó tumbarme en ella, ya sabía lo que me esperaba, mi Amo me lo había hecho alguna vez.

Una nueva tarde,  una nueva sesión, ¿qué me esperaba esta vez?, como siempre no tenía demasiada información de lo que pasaría. Para la ocasión llevaba un vestido playero, de esos que se abrochan por delante y braguitas. Llegamos a la puerta de los apartamentos donde habíamos quedado con el otro Amo, mi Amo llamó al telefonillo y se abrió la puerta, sin ninguna pregunta, ninguna voz. Fuimos directamente al ascensor y subimos hasta la sexta planta y salimos, un largo pasillo con puertas a ambos lados se abría ante nosotros, no se veía nadie en el.

Mi Amo sacó el antifaz y me lo hizo poner, a partir de ese momento estaba en sus manos, me guió por el pasillo hasta que supuse estariamos delante de una puerta. Entonces sentí las manos de mi Amo deslizarse por debajo del vestido y sin ningun miramiento me bajó las bragas, me hizo levantar las piernas y me las quitó del todo.  Pero no había acabado aquí, sentí como, desde detrás, me descordaba los botones del vestido. Intenté protestar, pero él me indicó que ya conocía las normas y que desde el momento en que habíamos salido del ascensor le pertenecía completamente. Asi que calle y me dejé hacer.

Inmediatamente el vestido quedó completamente desabrochado, pero además, me lo quitó completamente dejándome completamente desnuda en aquel pasillo, a la vista de cualquiera que pudiera pasar en aquel momento. Estaba muerta de vergüenza y más cuando ató mis manos a mi espalda,  solo entonces llamó a la puerta. Parecía que la puerta no se abría nunca, hasta que escuché como lo hacía, mi Amo me empujó suavemente hacia dentro, di un par de pasos y unos dedos se aferraron a mis pezones, tirando de ellos, para acabar de hacerme entrar.

La puerta se cerró detrás de mí y una duda me invadió, ¿había entrado mi Amo?, no lo escuchaba y no tenía la certeza de si estaba con él o me había dejado sola. Evidentemente no podia quitarme el antifaz y cuando le pregunté si estaba conmigo, me respondio la voz de mi nuevo Amo diciendome que aquí solo hablaba él, que había sido entregada para una sesión con él y que bajo ningún concepto debía quitarme el antifaz hasta que él me lo indicara. Mientras hablaba había metido una mano entre mis piernas hurgando en mi mojado coño,  me lo apretaba, metía un par de dedos, haciendo que me agitara con fuerza, a todo esto yo continuaba sin saber si mi Amo estaba conmigo  o no, pero la verdad es que esto le daba un morbo increíble a la situación y yo sabía que él habría elegido perfectamente y no corría ningún peligro.

El Amo dejó de masturbarme, de golpe cuando notó que mi excitación empezaba a ser alta y me ordenó que me diera la vuelta para verme bien. Empecé a hacerlo poco a poco y él me iba parando para verme bien y entonces me hacía continuar.  Cuando estuve completamente de espaldas a él me hizo detener nuevamente para ver con detalle mi culo, me lo apretó fuertemente, separando mis nalgas, como inspeccionando el agujerito con el que en un momento iba a jugar. De repente, me dio una fuerte palmada en el culo mientras me decía que lo tenía muy blanco y que eso lo iba a arreglar él.

Me desató las manos de la espalda para atármelas nuevamente por delante, cogió la cuerda y me llevó por la habitación, yo tenía los ojos vendados  y eso me hacía caminar como un pato, con una indicación suya me hizo arrodillar e inclinarme hacia delante, sentí el frío de una mesa en mi pecho sobre la que me había hecho reclinar, nuevamente desató mis manos para también volver a atarlas a cada extremo de la mesa.

Se colocó detrás de mi y empezó a acariciarme el culo, sus manos se paseaban delicadas por mis nalgas casi sin tocarlas, cuando de golpe llegó el primer golpe, duro, seco, para volver a acariciar la zona golpeada, hasta que un nuevo golpe cayó sobre mi otra nalga, acariciándola de nuevo, entonces se levantó y escuché que buscaba algo, lo siguiente que noté fue un azote sobre mi culo y luego otro y otro, debía utilizar un látigo o algo similar porque los azotes eran agudos y finos, evidentemente no era una pala.

Estuvo un rato así, que a mi se me hizo interminable hasta que paró, entonces me desató y me hizo incorporar, sin atarme me llevó hasta la cama donde me hizo tumbar boca arriba, atándome a las patas de la cama en forma de X. Yo seguí con los ojos vendados, por lo que no sabía lo que estaba haciendo él y ni siquiera si realmente estábamos solos  o no,  aunque eso ya no me importaba. Después de escucharle buscar algo, sentí que se acercaba a mi, separó los labios de mi empapado coño y me puso un líquido que frotó con fuerza contra mis sensibilizados labios, inmediatamente sentí un calor inmenso en ellos, realmente la sensación era de calor intenso.

Volvió a separar mis ardientes labios y algún tipo de aparato empezó a entrar en mi, tenía una punta fina y redondeada, pero enseguida se dilataba cogiendo un tamaño considerable, entre lo mojada que estaba y el lubricante no le costó nada metérmelo todo dentro, y entonces aquello se empezó a agradandar dentro de mi, lo hacía él mediante una bomba, aquello se inflaba y inflaba, cuando me sentía completamente llena, empezó a estirar del mismo, notaba como mis labios se dilataban para dejarlo salir produciéndome un dolor agudo, al dilatarse mis labios dejaba completamente expuesto mi ultrasensibilizado clítoris,  entre el placer de la situación y el extraño lubricante caliente que me había aplicado directamente en el lo notaba muy inflamado y como digo muy sensible, así que cuando mientras sacaba el consolador inflable me aplicó directamente sobre el clítoris un potentísimo vibrador creí morirme de gusto,  me retorcía sobre la cama mientras él sacaba y metía el hinchable a la vez que aplicaba sin piedad el vibrador, poco a poco sentí que me llegaba el primer orgasmo, me venía con una fuerza increíble, él lo notó también y justo en ese momento paro el vibrador y desinfló el hinchable, dejándome a las puertas del orgasmo.

-Nadie te ha dado permiso para correrte y dudo que hoy lo hagas, me dijo mientras sacaba el hinchable de mí.

Me mantuvo atada a la cama mientras lo escuchaba nuevamente trastear, un momento después me desató haciéndome poner de cuatro patas sobre la cama, nuevamente sentí la suave cuerda rodear mis tobillos para atarlos a las patas de la cama y mis manos al cabecero.  De esta manera era mi culo el que quedaba ahora a su disposición, pero su mano fue directa a mi empapado coño, noté como intentaba meter algo dentro de el, algo grande, como una bola, del tamaño de una pelota de tenis, pero estaba tan mojada y dilatada del hinchable anterior que entró toda dentro de mí sin demasiados problemas, entonces acarició con sus manos suavemente mis nalgas, como había hecho antes, y como anteriormente también, una fuerte palmada, esta vez de sus manos cayó sobre ellas, las palmadas se alternaban con las caricias y además la bola empezó a vibrar con suavidad dentro de mí, pero a cada palmada la intensidad de la bola se incrementaba, esperaba cada palmada para incrementar el placer que sentía en mi coño y el calor en mi culo, hasta que tuve nuevamente el orgasmo a las puertas y él nuevamente paró de golpe, sacándome la pelota del coño que hizo un ruido como si fuera un tapón,  notaba como me palpitaba el coño, tenía contracciones y estaba a punto de correrme cuando sentí algo muy frío contra mi coño, me estaba frotando un cubito de hielo para cortar de golpe el orgasmo, esta vez casi se le escapa, pero estaba claro que no me correría.

Me mantuvo en esa posición hasta que notó que ya me había calmado y solo entonces volvió a la carga, me hizo levantar la cara y una puso una mordaza de cuero en mi boca, que ató a mi nuca,  separó mis nalgas y aplicó el lubricante a mi ano, metiendo a continuación un dedo en el, de inmediato la sensación de calor, casi de quemada me llenó el ano, él metía y sacaba su dedo dilatándome poco a poco, después de un par de veces fueron dos sus dedos y fue repitiendo la operación, despacio, con calma, hasta que fueron cuatro los dedos que metía con facilidad en mi culo.

Cuando consiguió meter los cuatro empezó a meterlos y sacarlos poco a poco, pero sin dejar que salieran completamente, a la vez que los giraba, como si fueran a rosca, cada vez que los sacaba, las siguiente vez entraba un poco más en mi, dilatándome el esfínter como nadie lo había hecho.  Después de cuatro o cinco veces, noté como su pulgar también quería entrar en mi, ahora no hacía un mete-saca, solo apretaba contra mi culo, haciendo rotar su mano, el dolor era intenso, pero no podía gritar ni hablar, para eso había sido la mordaza.

Notaba mi ano cada vez más dilatado, él iba lubricando sus dedos mientras entraban cada vez más en mi, notaba el lubricante, mezclado con mis propios líquidos resbalar por mis muslos mientras él seguía con su propósito, estaba segura de que intentaba meterme el puño en el culo y también estaba segura de que no lo conseguiría, pero tampoco tenía manera de evitarlo, el dolor ya era intenso cuando dejó de empujar, sacó la mano de mi culo y lo sentí, además de dolorido, completamente abierto.

-Esta vez no lo hemos conseguido, pero ya sabes que te espera la próxima vez, dijo.

Me dio otra fuerte palmada en el culo y me desató, me di la vuelta en la cama esperando a ver que pasaba. Pero él me hizo levantar y me condujo por la habitación, yo continuaba con los ojos vendados y no sabía donde íbamos, pero al notar un borde frío contra mis rodillas y hacerme meter dentro, supe que estaba en la bañera, me ordenó tumbarme en ella, ya sabía lo que me esperaba, mi Amo me lo había hecho alguna vez, pero nunca un extraño, al momento sentí su chorro caliente sobre mi coño, intenso, con fuerza, el chorro subió por mi vientre y pechos, se entretuvo un momento en ellos mientras me ordenaba abrir la boca y sacar la lengua.

Su chorro se paseó por mi cara, mi lengua, mi boca, sentía su sabor salado hasta que el chorro dejó de tener fuerza, sentí sus últimas gotas sobre mi pecho y me ordenó que se la limpiara bien, me puse de rodillas en la bañera y empecé a lamerla con ganas, sentía su saborcito salado mientras se iba poniendo dura, notaba como crecía y yo seguía chupando, el Amo me cogía la cabeza haciéndome llevar el ritmo, pensé que, incumpliendo los límites, se iba a correr en mi boca, pero en el último momento me la sacó y noté su semen caer sobre mis pechos y muslos, era una corrida intensa, larga.

-Se que tu límite es no correrse en tu boca, pero voy a pedirte que me la limpies bien, si quieres lo haces y si no no pasa nada. Me dijo.

No dije una palabra y me metí nuevamente su polla en la boca, tenía el sabor de su semen y todavía salía algo de ella, pero la chupé con ganas, dejándola bien limpia. Entonces él me dijo que ahora se iba, nunca iba a ver su cara, cuando escuchara que la puerta se cerraba podía quitarme el antifaz y ducharme, me dio un beso en la boca y se fue. Quedé sola en la bañera, pensando en lo que había pasado y disfrutando el momento, me duché y salí, desnuda a la habitación.

Allí, en un sofá estaba mi Amo, iba a preguntarle si había estado o no, pero sabía que no me lo diría, ademas, ¿tenía importancia?

Autor: R.Y.O.

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