Follada por todos mis agujeros

Estás en el tren, volviendo a casa después de un aburrido viaje de trabajo, entreteniéndote mirando por la ventana y durmiendo a ratos, el viaje se te está haciendo eterno. Fuera hace mucho frío pero dentro del tren hace un calor insoportable, llevas varios botones de la camisa desabrochados, y piensas que si por ti fuera te quitarías toda la ropa. El vagón no está lleno ni mucho menos, pero la gente se ha ido distribuyendo uniformemente. Tú te has sentado en uno de esos asientos ideados para cuatro viajeros, con un asiento a tu lado y dos enfrente, pero todos están libres, de lo cual te alegras, vas más a gusto así. Pero de repente cambias de parecer, en una parada cuando queda apenas una hora de viaje me subo en el mismo vagón. Llevo una maleta grande y he venido corriendo porque llegaba tarde, así que tengo la respiración muy agitada y necesito ayuda con la maleta. Tú te percatas de eso y te levantas para ayudarme a meterla en el portaequipajes.  Después me siento en uno de los asientos que está frente al tuyo, en diagonal, dejo mi bolso de mano en el asiento de al lado y me quito el abrigo largo que llevo y la bufanda.

Me observas con disimulo, llevo unos zapatos negros de tacón alto, muy elegantes, y un vestido camisero corto y negro, ceñido a la cintura con un cinturón rojo. El pelo lo llevo suelto, aunque me he puesto un lazo también rojo a modo de diadema, que me da un toque inocente e infantil. Te fijas en mis medias con costura atrás y te imaginas qué ropa interior llevaré, no ves ninguna marca por lo que supones que llevo uno de esos tangas minúsculos.  Intentas pensar en otra cosa porque te parezco demasiado joven y yo noto que miras a todas partes menos a mí. Mientras tanto te observo, noto que el calor del vagón hace mella en ti y te has desabrochado varios botones. Me entran ganas de levantarme y desabrocharte los demás, me he fijado en ti desde el primer momento, eres bastante mayor que yo y eso me gusta y además he notado que me mirabas con deseo. Me imagino qué cara pondrás cuando follas y decido provocarte un poquito, la verdad es que estoy un poco excitada entre el calor y esas miradas lujuriosas. Me voy desabrochando botones poco a poco para que vayas viendo parte de mis tetas y no puedas evitar mirarme. No lo puedes evitar y me acabas mirando descaradamente a los pechos, que se agitan demasiado entre mi aún agitada respiración y el traqueteo del tren. Tú te quedas hipnotizado mirándolos y yo te miro a la cara mordiéndome el labio inferior, como dándote permiso para que disfrutes del espectáculo.  Mis grandes pezones se están poniendo duros y se marcan bajo la tela del vestido y sé que eso te calienta, seguro que estás fantaseando y preguntándote cómo serán, si serán rosados, si te dejaré probarlos.

Después de un buen rato de calentón visual, aparece el revisor pidiendo los billetes. Tú te pones a buscar el tuyo en tus bolsillos y yo cojo el bolso para buscar el mío. Con lo sobresaltada que estoy se me cae y todo su contenido queda esparcido por el suelo, entre tu asiento y el mío. Voy rápidamente a recogerlo y tú no puedes evitar fijarte en mis tetas al inclinarme, viendo parte del pezón derecho. Son más grandes de lo que parece, te da la sensación de que es la aureola más grande y rosada que has visto nunca. Tú sorpresa crece cuando al ayudarme a recoger las cosas, entre libros, cartera, y demás, ves un vibrador, que con el movimiento del tren acaba debajo de tu asiento. Le damos los billetes al revisor que no se percata de nada, solo me echa varias miradas claras al canalillo y me llama señorita cuando sé que está pensando en lo zorra que soy enseñando todo eso, se marcha sin más. Tú coges el vibrador de debajo de tu asiento, te quedas mirándolo, te parece enorme y por tu mente pasan miles de ideas. Me lo devuelves, – esto debe de ser tuyo, cielo. Yo me sonrojo y lo guardo otra vez, creo que están todas las cartas sobre la mesa y me fijo en que ha sido el detonante para que tengas una erección de infarto. Se  marca un pene duro y grande bajo tus pantalones oscuros. A mí me excita tanto que automáticamente noto como se moja aún más mi coñito. Decido abrir las piernas y dejarte ver lo que hay. Ves que llevo un liguero con las medias y puedes ver parte del tanga, que no tapa apenas mi coño totalmente depilado. Saco una piruleta y me pongo a chuparlo como si de tu pene duro se tratara. Tú te excitas muchísimo, parece que tus pantalones van a explotar de un momento a otro. Permanecemos en esa situación un rato, hasta que quedan unos 10 minutos de viaje. Entonces me levanto para ir al baño y te susurro al oído mientras que mi pecho derecho roza tu hombro, prácticamente se apoya en él – Voy a traerte un regalo, espérame. – Esperaré a ver qué es, eres una buena zorra.  Mientras que esperas a que vuelva escribes en un papel  la dirección de tu casa y una hora: Las 22:30. Cuando vuelvo del baño de meto en el bolsillo mi tanga lleno de mis flujos, que me he quitado expresamente para ti. Excitadísimos llegamos a nuestro destino. Me arreglo y me pongo el abrigo de nuevo y me ayudas con la maleta. Me entregas la tarjeta y me dices al oído: – No faltes a la cita, pequeña zorra. Disimuladamente para que nadie se percata, mientras que esperamos a que el tren frene del todo me agarras una nalga, hundes la mano entre mis piernas y me tocas el coñito, mojándotela muchísimo. Me observas mientras que bajo del tren, lo formal que parezco con ese abrigo, y ves como un chico se abalanza hacia a mí y me saluda efusivamente, deduces que es mi novio y aún te pones más cachondo imaginando que soy una verdadera zorrita y que me voy a dejar hacer de todo, sabiendo que mientras que lo saludo no llevo ropa interior, ya que está en tu bolsillo.

No ibas desencaminado…A las 22:30 estaba en tu casa. Me recibiste con el torso desnudo y unos pantalones negros, elegantes. Yo llegué con el mismo abrigo, pasé a tu casa y cerraste la puerta. Me empujaste contra la puerta, una vez cerrada y me cogiste de las muñecas con una de tus fuertes manos, mientras que me explicabas que esa noche iba a hacer todo lo que tú ordenases, y que sabía que iba a disfrutar porque a las putas como yo nos gusta la marcha. Yo asentí y mi cara de deseo fue evidente, tenía ganas de hombre de verdad. Con la otra me desabrochaste el abrigo y quedaste fascinado al ver que debajo tan solo llevaba un conjunto de ropa interior muy atrevida, el liguero y las medias. Eso sumado a los zapatos rojos de tacón que me había puesto había que pareciera una auténtica puta. Sacaste mis tetas del sostén sin quitármelo y te centraste en ellas. Las recorriste con tu lengua, chupaste, manoseaste…mientras me decías –Vaya tetas tiene la zorrita, son enormes, ¿sabes? Tu cuerpo está hecho para follar.-Pues entonces fóllame, ya sabes lo que me gusta. – Te pone cachonda que me vuelva loco con este par de ubres, ¿verdad? – Sí, puedes hacer lo que quieras con ellas, lo que quieras. –Están duritas, los melones de la zorra son duros…y tus pezones son como biberones… !Además grita de placer mientras que amaso estos pedazo de balones!

Cuando mis tetas están enrojecidas, decides azotarlas, y eso hace que grite literalmente, sabes como ponerme a 100. Me pides que me quede quieta y vas a buscar algo a tu habitación. Vuelves con un collar que me colocas en el cuello, con una cadena. Te vuelves a encaminar hacia la habitación portando la cadena y lógicamente yo te sigo con los pezones durísimos y deseando que vuelvas a chuparme. Cuando llego me sorprendo gratamente, has colocado unas esposas en el cabecero de tu cama y yo me dejo atar encantada. Tú te sientas a horcajadas encima de mí, debajo de mis tetas, reposando tu miembro en ellas. –Qué te parece mi rabo, ¿zorrita? –Bien, me encanta. (te acercas a mi cara) – Sólo eso?? – No, es fantástico, y está durísimo. –¿Sólo eso? (cada vez que me haces esa pregunta me das en las mejillas con él) – No, es uno de los mejores penes que he visto, quiero sentir esas venas en todos mis agujeros. – ¿Sólo eso? – Quiero que me llenes, que te corras en mí, quiero sentir cada centímetro de carne. Quiero que me partas en dos con él, quiero notarlo en mi garganta, en mi coño, en mi culito…lo quiero todo para mí. – Muy bien, puta. Me lo metes en la boca, de repente, sin preámbulos lo noto en mi campanilla, te has puesto excitadísimo y está enorme. Como puedo lo chupo, al estar atada tú llevas el ritmo, me coges del pelo y me guías. Me estás follando por la boca. Noto tu carne caliente y dura, cálida, muy apetecible. Estoy excitadísima, mientras que me follas la garganta me agarras el pelo con una mano y con la otra me tocas las tetas, sobre las que casi estás sentado. Tus huevos hacen de tope contra mi barbilla y tu ritmo va subiendo.  Te entretienes un rato en mis tetas sin dejarme tocar tu pene y luego vuelves a la carga. Haces que te lama los testículos, me voy metiendo un huevo en la boca y otro, aleatoriamente, tú quieres que tenga toda la masa en la boca, todo el escroto. Es casi imposible porque tienes unos huevos potentes, me preguntas: – Quieres que te lo meta todo en la boquita esa tan rica? – Sí, síiii, mételos.  – Lo quieres de verdad? (en este caso dejas tus huevos colgando sobre mi cara) – Sííiiii, por favor. – Muy bien, putita. Y los metes poco a poco, casi me ahogo y me da la tos, pero al final lo consigues. Yo muevo la boca y la lengua dentro de lo que puedo y tú estás en el séptimo cielo, tu cara te delata.- Mira como disfrutas comiéndome el culo. Eres una guarra de primera.  Cuando te cansas te sientas encima de mi cara, yo lamo con ansia la parte de detrás de tu escroto, tu perineo, tu ano. Y a ti parece gustarte porque estás un buen rato así. Cuando vuelvo a notar tu masa de carne palpitar lo vuelves a dejar, parece que aún no quieres correrte. Entonces te levantas y de acercas a mi coño. Lo miras y me dices que me lo vas a comer hasta que me duela de tanto placer. Eres un experto en la materia y pierdo la cuenta de las veces que  me he corrido. Las sabanas están chorreando y mis piernas tiemblan sin cesar.

No dejas de hablarme a intervalos, de decirme lo puta que soy y hablando de lo que me gusta que me jodas con la lengua.

Con la boca llena de mis flujos, de hecho chorrean por tu barbilla, vuelves a mis tetas, y metes la polla entre ellas. Sujetándolas haces una cubana monumental. Cuando no puedes más te corres en ellas. Mientras que te ruego que me inundes con tu leche. Tu corrida es inmensa, tanto tiempo retrasándola hace que salga tu semen caliente a borbotones. Al sentirlo gimo de placer, sabes hacer que este constantemente como una perra en celo.

Me dejas pringada con tu leche y bajas a mi vagina de nuevo, mi clítoris está a punto de estallar. Esta vez además de lamerme, chuparme y penetrarme con tu lengua con maestría, comienzas a meterme dedos, poco a poco. Hasta que tienes toda tu mano dentro de mí, un puño que mueves y que me hace gritar de placer y de dolor al principio y de puro placer salvaje más tarde. Te pido que por favor no pares mientras que el sonido de esa fuerte mano moviéndose en mi interior inunda la habitación. Me corro de tal forma que mis flujos resbalan por tu brazo. El olor a sexo debe inundar ya todo el edificio. Tras varias corridas yo siento que estoy al borde de mis fuerzas, creo que de seguir así podría alcanzar el nirvana sin esfuerzo. Tras un rato quiero sentir tu piel contra la mía y tu peso encima de mí y te ruego que me penetres. Lo haces fuerte, duro, cambiando de ritmo a tu antojo y de mil maneras. Pellizcando mis tetas, dándome azotes, y gritándome cosas sin parar. Me tienes loca de placer, cada vez noto tu polla más dentro, tus embestidas son de campeonato, me da la impresión de que tus huevos van a acabar también dentro de mí, que el tope va a ceder. Después del puño mi coño se ha expandido de tal forma que no noto ningún tipo de malestar ni de fricción negativa en mis entrañas. Disfruto al máximo de tus embestidas y tu también gimes entre palabras  y pollazos. Por fin me besas, metes tu lengua hasta mi garganta, compartimos sabores, tu boca sabe a coño, a mi coño, y el sabor de tu polla impregna incluso mi paladar. Es delicioso, tu lengua prácticamente penetra mi boca. Se te ocurre algo para aumentar el placer. Después del puño nos vemos capaz de todo. Vas a por mi bolso, tirado en el recibidor, y compruebas que allí sigue el vibrador. Decides introducírmelo en mi coño de zorra a la par que tu polla. Nunca lo había hecho y grito como nunca. A ti te excita sentir otra polla en mi interior, es de gelatina y realista, y me penetras hasta la extenuación. Definitivamente no sé cuantas veces me corro, estoy casi en un estado permanente de éxtasis, y siendo sinceros también agotada. Sales de dentro de mí, te vuelves a acercar a mi cara y te corres en mi cara y boca. De nuevo unos chorros descomunales salen de ti, es impresionante. Observas como me lo trago y lo saboreo y como se queda en mi cara a lo que no llego con mi larga lengua.

Estamos cansados y me sueltas para que pueda ir al baño, con la condición de que no me limpie ni las tetas llenas de esperma, ni la cara. Cuando vuelvo comemos algo. Has preparado un menú especial, fresas que tomas directamente de mi coño, plátanos que me obligas a chupar antes de comer, etc. Después de semejante menú volvemos a excitarnos, especialmente cuando me ves tomar fresas mojándolas en los chorretones de tu semen que tengo por todas partes. Vuelves a atarme a la cama y me follas. Primero me obligas a sentarme en tu cara y me lames todo, te centras en mi ano, que acabas penetrando con la lengua y luego con los dedos. Me metes el vibrador por detrás y me follas por el coño, con ansia. Te encanta sentir el pollón de goma. La separación entre ambos es muy fina y te pones super cachondo pensándolo. Te das cuenta de que grito más cuando me la metes despacio y profundo. Estás así muchísimo tiempo, te resistes a parar hasta que no te lo pida. Después de mucho rato te acabas corriendo en mi interior, esta vez evidentemente muchísimo menos, ya habían sido muchas aventuras por hoy. Estabas a gusto, dejaste tu pene dentro de mí un rato, mientras que descansabas sobre mis pechos. Poco después te quedaste dormido, con tu pene en mí, sin sacar el consolador de mi culito, atada y llena de leche ya fría. Pensé en despertarte pero me gustó estar así un ratito. Aunque al final me dormí y pasamos horas y horas dormidos, estábamos agotados.

Cuando me desperté estaba destrozada, y tú me follabas. Te habías despertado y al ver la situación y estar completamente recuperado, decidiste follarme de nuevo. – Hombre, si por fin te has despertado, zorra durmiente. Me regañas por ser tan zorra de no avisar y dormir así y me sueltas de la cama. Me coges en brazos, me agarro a tu cintura con mis piernas y mis tetas están a la altura de tu cuello. Nos dirigimos a la bañera. Nos metemos allí y me ordenas que me ponga a cuatro patas. Empiezas a orinarme encima, sabes que me gusta, y luego me obligas a chupártela. Una vez vuelves a estar excitado me la metes por el culo, sin avisar y sin ningún cuidado. Noto que me has partido en dos y me encanta. Estamos así por largo rato hasta que eyaculas en mis entrañas. Después te vas y me dejas que me duche a fondo, por fin me he quitado el semen reseco de ayer. Cuando vuelvo a la habitación estás perfectamente vestido y arreglado, con el tanga del tren y el del día anterior en la mano. Me dices que te los vas a quedar y que ya me puedo ir. Me pongo el sujetador y las medias, me tapo con el abrigo y me voy de tu casa con todo dolorido pero con una sonrisa de oreja a oreja.

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Un día cualquiera

La mujer le ató a los agarra manos y le ordenó ponerse entre los dos asiento, de forma que la palanca de cambios le quedase entre las piernas, al lado de su tiesa verga. Sin más dilación, empezó a moverse y a bajar lentamente hasta rozar con su húmedo coño la polla del sorprendido y muy caliente Adrián.

Mi historia comienza un día cualquiera, en la que Adrián, mataba el tiempo delante del ordenador. Recientemente había descubierto una página nueva, donde podía bajarse videos eróticos y poner anuncios de contactos.

Desde muy joven, siempre había tenido la fantasía de ser desvirgado por una mujer madura que le iniciase y enseñase todo lo relativo al sexo; al igual que la mayoría de los hombres, a sus 28 años, seguía sin cumplir su fantasía. Tras acabar de masturbarse y manchar otra toalla, últimamente iba a toalla por visita a la página, decidió poner más anuncios a cuarentonas con fotos. Así pasó una tarde más.

Adrián tenía todo el sexo que quería con su pareja actual, una chica de grandes atributos a la par que su apetito sexual, sin embargo el morbo y la tentación de buscar lo prohibido y novedoso, le atormentaba día si y día no.

Cierto día en un pub, tomando algo con su compañera y tras recorrer con la vista todo cuerpo femenino, se fijó en una mujer de pelo rubio y pechos turgentes que tomaba algo en una mesa. Su corta minifalda y su amplio escote, hacían muy difícil el apartar la vista de su golosa figura. Varias veces le cazó su compañera girando la cabeza, pero Adrián no podía dejar de mirar; tenía el miembro duro como un tronco y el calzoncillo empapado y de buena gana hubiese saltado sobre la madura mujer y la hubiese poseído. Coincidió que mientras su pareja estaba en el servicio, la mujer rubia se levantó y pasando al lado de la mesa, dejó caer un papel en el regazo de Adrián, para salir a continuación. Éste lo guardó apresuradamente, ya que en ese momento volvía su pareja.

Al llegar a casa, estaba como un flan por leer lo que ponía la nota. Su novia le preguntó varias veces que le sucedía mientras se le incitaba, tocándole el paquete. La excitación del pub, la bebida más todo lo que había pasado hizo el resto. Adrián le levantó la camiseta y le comenzó a comer los pezones y morderlos suavemente, hasta ponerlos a duros, luego fue bajando poco a poco, mientras ella se desnudaba, recorriendo con su lengua las partes que iban quedando desnudas. Al llegar al clítoris, empezó a chupar y saborear su sexo hasta notar que se mojaba, entonces le introdujo los dedos índice y corazón, a la par pasaba su lengua una y otra vez por sus labios menores para acabar cogiendo con sus dientes, el clítoris y apretarlo muy levemente.

Tras muchos gemidos y contorsiones, ella se corrió. Ahora le tocaba a él, tras introducirse su polla empezó a follársela con los labios apretados y los dientes abrazando el glande. Adrián se dejó hacer, más en su cabeza era la rubia del pub la que se la estaba mamando y no su compañera. No tardó en correrse en las tetas de ella. Tras los típicos besos y abrazos se durmieron. Se levantó en mitad de la noche, sudoroso y excitado, había soñado con la mujer misteriosa y ardía en deseos de leer la nota. Se levantó y en silencio se fue hasta el salón a leerla. La nota decía: “te he reconocido adonis69, todavía espero eso que me ibas a hacer por todo el cuerpo”.

Adrián se quedó helado, aquel nombre era su nick en los contactos y por lo que ponía la nota, aquella mujer era uno de ellos. Como loco, encendió el ordenador en busca de fotos de las mujeres a las que había mandado mensajes, pero tenía tantos que no la encontró. Tras escuchar a su novia preguntando donde andaba, se acostó.

Pasó la semana y el viernes se la ingenió para volver al pub donde le habían reconocido, aprovechando que su mujer no quiso salir. Al entrar en el pub no vio a la mujer sentada en ninguna parte, hasta que la descubrió en la barra, mirándole fijamente. Adrián se dirigió hacia ella, nervioso y excitado a la vez, y le dijo:

– ¡Hola!, me llamo Adrián y creo que me conoces. – Sshhhhh, nada de nombres. Ven conmigo.

Ella se levantó y salió del pub en dirección a su coche. Él la siguió como un perro faldero sin voluntad propia. Ya en el coche, ella le comentó que le había reconocido por los contactos que le había mandado, ya que llevaba la misma camisa hortera que en la foto del perfil. Le dijo que estaba separada y que quería ese montón de besos y orgasmos que le había prometido en su mensaje. Adrián no sabía ni que hacer ni que decir, más ella se encargó de todo.

Paró el coche en una zona despoblada y reclinando el asiento hacia atrás, se levantó la falda, dejando a la vista su hermoso sexo, totalmente depilado mientras le decía ¡Cómemelo!

Sin pensárselo ni un momento, Adrián se sumergió en esa golosa vulva y empezó a chupar y dar lametazos. Ella no hacía más que gemir, mientras clavaba sus largas uñas en la cabeza de Adrián, hundiéndola en su sexo. No supo el tiempo que estuvo comiéndole el coño, lo que si sabía era que ella se había corrido un par de veces gracias a su lengua y dedos.

Tras echar los dos asientos hacia atrás y desnudos completamente, la mujer le ató a los agarra manos y le ordenó ponerse entre los dos asientos, de forma que la palanca de cambios le quedase entre las piernas, al lado de su tiesa verga.

Sin más dilación, empezó a moverse y a bajar lentamente hasta rozar con su húmedo coño la polla del sorprendido y muy caliente Adrián, el cual, tras rozarle unas cuantas veces no pudo evitar correrse, para vergüenza suya. Ella no pareció sorprenderse y poniendo su encharcado coño en la boca de Adrián, comenzó a limpiarle la polla de los restos de semen de la corrida, para acabar chupándosela.

Todo esto provocó que el miembro de Adrián volviese a crecer y endurecerse, pero no por mucho tiempo, ya que entre las succiones y los pequeños mordiscos de ella, se volvió a correr sin remedio. Ahora no vas a poder joderme, con eso tan blandengue, le gritó ella.

Tendré que buscarme algo duro y sin pensárselo dos veces se puso en cuclillas y comenzó a introducirse la palanca de cambios muy lentamente, ante los atónitos ojos de Adrián.

Este no se lo creía, la mujer se sus fantasías se estaba follando así misma con el cambio de marchas mientras se magreaba y auto mordía los pezones. Así estuvo hasta que estalló en un intenso orgasmo; rápidamente se sacó del coño la palanca y se lo puso en la boca.

Este lo chupó y se tragó todo el flujo que pudo, más de repente la muy guarra empezó a orinarse en la boca y rostro de Adrián, el pobre intentó no tragar, pero acabó bebiéndoselo todo.

Lo más extraño es que esto le excitó mucho. Al terminar le desató y le dijo que no había cumplido lo prometido y que para joderse ella misma no le necesitaba para nada. Acto seguido se vistió y arrancó el coche sin esperar a que el atónito y humillado Adrián se pusiera la ropa, llevándole de nuevo al pub. Al bajarse del coche, Adrián le escuchó decir:

Si quieres volver a intentar satisfacerme, tendrás que convencer a tu mujer para que participe, y se marchó.

Espero os haya gustado y si veo que así es, otro día os cuento como Adrián inició a su esposa en el lesbianismo.

Besos.

Autor: loden69

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El vecino

Fernando nota el ligero temblor de ella cuando termina de atar la venda. Por eso, antes de irse, se atreve a levantarle la falda para meter la mano a su sexo. El sexo de ella está muy húmedo, la mano de él se desliza dentro, al tiempo se coloca detrás, una mano en el sexo, la otra en los pechos, la boca besa el cuello. Así están un rato, hasta que las caricias en el sexo provocan el orgasmo de ella.

Luisa baja siempre en ascensor, vive en un cuarto piso, sola. A veces se encuentra con Fernando, el vecino del sexto. Otro soltero. Se saludan amablemente, como buenos vecinos. Sólo se ven en el ascensor, por la mañana, camino al trabajo.

Él es muy observador, y varias veces ha notado en las muñecas de Luisa, bajo sus pulseras, unas marcas conocidas. Un vistazo a sus tobillos le confirma lo que piensa. Sabe que ella vive sola, nunca se la nota, en la casa es una vecina más, y si le preguntaran a cualquier morador del edificio, hasta asegurarían que es una señorita ejemplar, algo callada, eso si. Por eso llega a la conclusión obvia.

Aquella mañana, al encontrarse en el ascensor, después del formal saludo, y cuando no se espera de ellos nada más, Fernando dice: “si lo deseas puedo ser el que te ate, sólo tienes que decírmelo, cuando desees”. Luisa se queda perpleja, no sabe que decir, su primer pensamiento es negar, preguntar “no se que me dices”, pero le ha cogido tan de repente, que no articula nada hasta que la puerta se cierra en el portal, después de que él se bajara.

En el coche, camino al trabajo, en todo el día, y los posteriores, Luisa dará vueltas al ofrecimiento. Es cierto que le gusta ser atada, y que las parejas que ha tenido no han querido realizar esa práctica sexual. Por eso, suele atarse a si misma, imaginando que es atada por una persona amorosa, y las ligaduras son la antesala de gozos sin fin. Por eso, duda continuamente, por un lado Fernando parece un buen hombre, y además es resultón, pero no deja de ser un desconocido, vecino eso si, pero desconocido. Por otra parte, ser atada…

“Si quieres venir esta noche a mi casa, te esperaré a las nueve”, es capaz de decir Luisa al cabo de varias semanas. “Allí iré”, contestará Fernando antes de bajarse del ascensor.

Luisa se ha preparado durante el día, se ha vestido como le gustaría ser amorosamente atada, es decir, su conjunto de tanga y sujetador sin tirantes, minifalda negra, medias, tacones rojos y top rojo. A última hora, decide que no, que así parecerá una prostituta, así que se vestirá de normal, como para una salida, conjunto interior blanco, falda y suéter crema, zapato negro bajo. Eso si, se ha probado medio armario. Ha preparado algo para cenar, pues la hora de la cita parece a propósito para ello, y además será mejor romper el hielo con un rato de amena charla delante de la comida.

La hora de la cita llega. Fernando es puntual, trae unas flores, él también desea hacer de esta primera cita un encuentro placentero para ambos. También trae una botella de vino, para la cena que supone. Está elegante con sus vaqueros, la camisa negra y la chaqueta.

La cena trascurre positivamente para los dos, descubren gustos comunes, y otros que no tanto, ambos tienen buena conversación, son educados, corteses, y además han ido intimando. El ambiente es propenso. Sólo han evitado hablar de lo que ha provocado la cita. Es después del postre, con la copita, cuando se desatan las lenguas.

“Tú marcarás los límites” dice Fernando, entrando al tema, “me ofrezco sólo a atarte, si así lo quieres, o algo más, tú decides”. “¿Cuanta experiencia tienes en esto?” pregunta Luisa para tantear el terreno, pues no se trata de dejarse en manos de un inexperto. “Bastante, tuve una compañera que me inició en este mundo, pero te advierto que del sado masoquismo sólo me atrae esta práctica. Me desagradan las prácticas de dominación, golpes y demás que someten a una persona a una humillación, aunque sea por propia decisión. Tampoco me dice nada la parafernalia de ese mundo: cueros, látigos, etc.”

“A mi me pasa lo mismo” comenta Luisa, “me gusta ser atada por la sensación física de desamparo, la duda de qué me va a pasar, el gozo secreto, el sabor de lo desconocido, y a lo que no puedes hacer frente, el abandono a la voluntad de otro, pero sabiendo que te quiere hacer gozar. La pena es que no he encontrado a nadie así”

“¿Y por eso de atas tú misma? ¿Cómo te desenvuelves?” pregunta él.”Si, pero atarse una misma es un fastidio, por un lado porque es complicado atarte, por otro porque no hay esa sensación de estar a merced de otra persona. Suelo usar cuerdas y algunas esposas”

El alcohol va haciendo sus efectos, ambos están más cómodos que al principio.

“Qué has decidido” pregunta Fernando tras un trago. “Aún no lo se del todo, quizá podemos empezar esta noche por que me dejes atada antes de irte, así comprobaré tus habilidades y mi respuesta, otro día ya veremos” “Me parece bien”

Luisa se levanta, desaparece un momento en la cocina y vuelve con una caja llena de cuerdas y un par de esposas.

“Quédate de pie” y tomando una cuerda le ata las manos a la espalda, “siempre me gusta atar las manos así.” Después con otra cuerda sujeta los codos, otra más larga para construir una especie de sujetador: la cuerda pasa por debajo del pecho, luego por arriba, la siguiente vuelta lleva la cuerda desde un hombro hasta la vuelta inferior y al otro hombro. Luisa se deja hacer. Ya tiene los brazos firmemente unidos al cuerpo. Otra cuerda une firmemente los tobillos de ella, y otra más ligará las rodillas. Para terminar, Fernando descubre una mordaza de bola, y se la aplica a Luisa, por último venda sus ojos.

Luisa se ha ido excitando, no lo demuestra, pero está contenta. Está atada, por alguien y a su merced, ya sabe que han acordado que hoy sólo la dejará atada, pero le entran ganas de algo más.

Fernando lo sabe, nota el ligero temblor de ella cuando termina de atar la venda. Por eso, antes de irse, se atreve a levantarle la falda para meter la mano a su sexo. Luisa se remueve, no es lo que habían acordado, pero…

El sexo de ella está muy húmedo, la mano de él se desliza dentro, al tiempo se coloca detrás, una mano en el sexo, la otra en los pechos, la boca besa el cuello. Así están un rato, hasta que las caricias en el sexo provocan el orgasmo de Luisa. Al retorcerse de gusto, Fernando la lleva suavemente al sillón, para acostarla.

“Te dejo un cuchillo encima de la mesa, si no te desatas llámame, me llevaré tus llaves y te las devolveré mañana”.

Luisa siente el beso de Fernando antes de que la puerta se cierre.

Luisa está quieta y es porque no puede moverse. Está en ropa interior, exponiendo su desnudez, apenas tapada por un diminuto tanga y un minúsculo sujetador. Tiene los tobillos amarrados a las patas de la mesa del comedor, lo que le deja las piernas abiertas completamente. El cuerpo tendido sobre la tabla. Los brazos por encima de la cabeza tienen las muñecas atadas, y la cuerda pasa por debajo de la mesa. La cintura también está unida a la mesa. No puede hablar porque una mordaza oculta unos labios besables.

Así la contempla Fernando, el vecino del sexto, en la segunda cita que tienen. Fue a la semana siguiente de su primera cita. Luisa pudo desatarse cortando la cuerda, tras una noche de placer de ella. Pero no quiso darle otra cita hasta hoy. En el ascensor, al verse por la mañana, sólo dijo: “ven esta noche”. Y él fue.

“Deseo que me ates de varias formas durante la noche, tú decides cómo y dónde, sólo deseo sentirme expuesta”. Es el deseo de Luisa. Fernando entiende también que no desea contacto sexual, por eso se limitará a construir sus “estatuas vivas”, como él dice de las mujeres que ata, como ella, siguiendo sus deseos, pero también las sensaciones de él.

La primera postura es en la mesa, casi desnuda y amordazada. La tendrá así un buen rato, las piernas abiertas, la espalda desnuda en contacto con la fría tabla, las manos por encima de la cabeza. Luisa cierra los ojos y siente. Siente el airecillo por el interior de los muslos. Siente la saliva que se le cae. Siente los senos que se separan. Siente un cosquilleo en el estómago. Siente calor en su sexo, pero frío en la barriga. Cierra los ojos.

Fernando, después de una hora, decide el cambio. Del guardarropa de Luisa se ha traído un top negro, una minifalda blanca y unos tacones. Al desatarla le pide que se quite la ropa interior que lleva y se ponga lo que le trae. Ella lo hace. Él le venda los ojos. Tras un rato de maniobra la postura queda establecida.

Luisa está de pie, apoyada en sus tacones. Los pies están separados y atados a una barra. Las muñecas están atadas por encima de la cabeza, a un gancho en el techo. Otra cuerda hace como de sostén, señalando los senos de ella por debajo del top. Una cuarta cuerda remarca la cintura de la mujer y, al pasar por entre sus piernas, hace que la falda roce el sexo. La postura así hecha, tiene a Luisa casi de puntillas, con el peso descansando sobre los tacones y las punteras, el cuerpo estirado.

Ella se siente, con los ojos vendados como los tiene, extremadamente sensual, sabe que él la mira, siente que sus senos, marcados por la cuerda y el top y, sobre todo, los pezones duros, se marcan bien a las claras, y señalan la excitación que la domina. El sexo está húmedo y con el roce de la falda, obligada por la cuerda, su botón le dice que podría sentir un orgasmo apenas si se moviera un poco. Sin querer, un suspiro sale de su boca. Fernando lo escucha. Para la próxima postura la llevará al culmen.

Al cabo del tiempo, Fernando juzga que Luisa debe estar dolorida por la postura, así que la suelta del techo, desata los pies de la barra y se la lleva, ojos vendados, a una silla, la sienta. Las manos, atadas por detrás, la obligan a apoyar toda la espalda al mueble y como el respaldo es ancho, los hombros se estiran y los senos se destacan. Los tobillos se los ata a las patas de la silla y las rodillas son también sujetas al mismo sitio.

Luisa queda, pues, con las piernas abiertas sin poder cerrarlas, las manos a la espalda, ésta tensa. Ojos vendados. Gentilmente, él le alza el top hasta descubrir sus senos, y la falda hasta exponer el sexo al aire.

Sólo cinco minutos y un par de suspiros de ella, bastan para que él bese sus labios, y con la boca la recorra hacia abajo, parándose en los senos enhiestos, que se vuelven más duros aún, y con la meta final en un gran orgasmo por su parte.

Él se retira a su casa, volverá dentro de unas horas, para que ella le complazca a él.

Autora: Ana

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