Como entré en el club de altos vuelos

Mi historia comienza en un aeropuerto. Iba a pasar las vacaciones en Barcelona para la boda de una amigo. Estaba jugando con mi movil cuando escuché pasos de tacones, giré la cabeza y me encontré con una chica con una larga melena morena de una altura 1.80, vestida con un traje con chaqueta y falda negra y un top blanco que dejaba ver su gran escote que dejaba ver sus pechos, tras pasar por delante mía se sentó al principio de la sala y la perdí de vista.

a la hora de embarcar me tocó el asiento 21C, era de estos asientos de 3 plazas, a mi lado iba una chavala joven de unos 24 años la cual iba con un muchacho de su misma edad que se sentó dos filas más adelante. El avión estaba apunto de despegar y en el asiento 21A no se había sentado nadie por lo que íbamos a ir bien holgados en nuestros asientos. La chica de mi lado me preguntó si me podía cambiar con su marido que iban de luna de miel juntos y les habían puesto en asientos separados por lo que después del despegue me cambie con el muchacho, con la sorpresa que junto al muchacho se había sentado la chica morena.

– Que bonito el amor, no? recién casados.- me dijo ella.
– Si que lo es. Le respondí
– Me llamo Amanda.
– Yo Simon.
– Encantada
– Encantado.

Empezamos a hablar de lo típico para conocernos mejor. Durante el vuelo las azafatas no dejaron a la tripulación desangelada nos sirvieron comida y bebida, Amanda y yo cogimos confianza. Tras un par de horas y varias copas, me estuve fijando en una de las azafatas una que tenía un señor pechamen curioso, Amanda que vio como me fijaba cuando ella traía las bebidas me dijo

– Son operadas
– ¿ las que?
– Los pechos de esa azafata.que no dejas de mirar,

Me dejó cortado por lo que me disculpe y me dispuse a dormir. Me costó un poco más de lo esperado al no poder dejar de pensar en las tetas de la azafata, pero lo conseguí. al rato me desperté. Amanda estaba recostada sobre mi hombro al moverme ella se despertó, le pedí disculpas pero ella me dijo que no pasa nada. haciendo una visual estaba todo el mundo dormido.

Empezamos a hablar de la gente dormía a nuestro alrededor, y eso me dió una perspectiva genial de su escote. Intentaba evitar mirar, pero era imposible no fijarse en esas tetas teniéndolas tan cerca. Me pareció que se dio cuenta alguna vez, pero disimulé todo lo que pude. De repente, sin esperármelo, me soltó:
– Por si te lo estás preguntando, son naturales.
– Eh, lo siento… Yo… – Tartamudeé.
– Tranquilo Simon. – Dijo suavemente al tiempo que posaba su mano suavemente sobre mi entrepierna, y sus labios sobre mi oreja derecha. – No te preocupes.

Me quedé sin habla, pero ella se encargó de seguir.
– ¿Quieres comprobarlo?
Y tras decir esto usó la mano que tenía libre para coger mi mano derecha y ponerla sobre su pecho izquierdo. Yo hice lo mismo con la otra y su otro pecho, y empecé a masajear. No me lo podía creer. Esas tetas de las cuales me había fojado anntes de subir al avión, las estaba tocando yo.

En seguida todo pasó a mayores. Deslizó la mano que tenía en mi entrepierna por debajo de mi pantalón para agarrarme el pene con dulzura. Yo aproveché su atrevimiento e hice lo mismo con mis manos en sus pechos. Pude notar entonces sus pezones con ambas manos, y mi pene comenzó a endurecerse con más rapidez.

En cuestión de segundos me la había sacado del pantalón y me pajeaba delicadamente mientras pasaba su lengua por mi oreja. Miré a mi alrededor al acordarme de que estaba en un avión lleno de gente, pero todo el mundo parecía dormir.Amanda se dio cuenta de mi preocupación por lo que sacó la manta de viaje del avion y la puso encima de mis piernas, tapando mi miembro, pero no dejaba de pajearme. Giré mi cabeza pues deseaba besar ese precioso rostro, y nuestros labios entraron en contacto. Mi lengua se mezclaba con la suya el mismo ritmo con que su mano bajaba y subía la envergadura de mi pene.

Poco después dejó de besarme, bajó la cabeza, y con sonrisa picarona y sin dejar de mirarme a los ojos, metió la cabeza bajo la manta. En seguida noté el contacto de su lengua húmeda con mi polla, y tras jugar un poco con ella, la cubrió con sus labios. Mi mano derecha, se dirigió entonces a su entrepierna, por debajo del vestido, y empecé a masajearle su coñito por debajo de la ropa interior. De vez en cuando la sacaba para masajear un poco su culito firme, y luego volvía a su entrepierna, mientras ella se dedicaba por completo a chupármela y acariciar mis huevos con una mano. También de vez en cuando echaba miradas a mi alrededor para asegurarme de que nadie nos veía, sobre todo el hombre que dormía al lado de Amanda, en la ventanilla. Cada vez que le tocaba el culo me entraban unas ganas enormes de azotarlo, pero eso implicaría mucho ruido. Amanda también usaba su lengua para lamer mis testículos, y se los metía uno y otro en la boca.

Tras un tiempo de mamada aérea noté como llegaba a mi clímax. Apreté su culo con fuerza como señal de aviso, y pareció entenderlo pero no dejó de chupar. Siguió chupando con esa boquita, al tiempo que usaba su mano izquierda para pajearme al mismo ritmo, y la derecha para masajear mis huevos. Como no podía gritar ni gemir, me desahogué apretándole el culo con una mano y agarrándola fuertemente del pelo con la otra. Entonces solté toda mi corrida dentro de la boca de Amanda. Una vez lo había echado todo, me relajé, y ella siguió succionando unos 15 o 20 segundos más. Luego me metió el pene otra vez en el pantalón, sacó la cabeza de debajo de la sábana y me susurró: “esto no acaba aquí”.

Me cogió de la mano y me llevó hasta el baño del avión. Una vez dentro cerró la taza y me sentó encima. Me bajó el pantalón, y viendo mi polla flácida le dije:
– No sé si podré hacerlo otra vez.
– Haré lo que pueda. – Contestó con una sonrisa de oreja a oreja.

Puso ambas manos en su espalda y empezó a bajarse la cremallera del vestido poco a poco. Empezó hacerme un baile de lo mas sensual mi aparato ya parecía estar recobrándose.

Cuando se cansó del bailoteo se arrodilló en frente del lavabo y, sin usar las manos, puso su cara sobre mis huevos y la restregó por ellos y por mi pene. Al ver eso me pareció bastante guarrada, pero me gustaba. Agarró entonces mi polla con una mano y pajeó al tiempo que se la metía y sacaba de la boca. Poco después mi polla ya estaba dura otra vez, y eso se notó en el brillo de los ojos de Amanda. Aprovechó su dureza para sacarla de la boca y abofetearse la cara varias veces. Después hizo lo mismo pero con su lengua. Y finalmente, golpeó fuertemente sus dos tetas con mi polla. Todo ello sin dejar de mirarme a los ojos.

Se levantó. Se bajó las braguitas despacio y me las puso en la cara, de forma que estaban enganchadas en mi cabeza. Entonces se sentó encima de mí poco a poco mientras mi pene iba entrando dentro de ella. Pude ver el placer en su rostro mientras esto ocurría. Una vez estuvo completamente dentro de su cuerpo, comenzó a mover la cintura y follarme a su gusto. Por momentos subía y bajaba cabalgándome, o simplemente se dejaba caer completamente y movía la cadera en círculos con mi pene aún en su interior. Yo yacía encima de ese retrete mientras me dejaba hacer y me limitaba a hundir mi cara entre sus fantásticas tetas, y usar mis manos para coger a Amanda del culo. En un último instante utilicé una de mis manos para agarrarle del pelo y tirar hacia abajo con delicadeza. Y me moví yo rápidamente de abajo a arriba penetrándola mientras ella se queda prácticamente inmóvil. Me agarró con fuerza de los hombros mientras hacía esto, hasta que no tuve más fuerzas y me volví a sentar.

Pero no iba a acabar ahí mi actividad física, ya que se levantó, se puso de cara al espejo del lavabo, y sacó el culo hacia fuera en señal de que quería ser follada así. Me levanté yo también, me puse detrás de ella, y cogiéndole fuertemente de la cintura comencé a embestirla por detrás. Le daba embestidas sin parar, y al estar de cara al espejo podía ver las caras que ponía. No tardé en darme cuenta de que estaba a punto de tener un orgasmo, así que aumenté la velocidad de mis embestidas. Separé la mano izquierda de su cintura para tirar de su cabello rubio, y tras cinco embestidas más se desplomó sobre la pila temblando por el orgasmo que acababa de tener. Yo seguía con mi polla dentro, y entonces no pude evitar darle una palmada en una nalga. Se estremeció y gracias al reflejo del espejo vi cómo se mordió los labios y esbozó una ligera sonrisa. Sin embargo el azote había sonado, así que se reincorporó y giro la cara hacia mí para susurrar un débil “sssh” en señal de silencio.
– Lo siento, no lo he podido evitar. – Me excusé yo.
– Ahora no o nos pillarán, fuera del avión azótame cuanto quieras.

La verdad es que esa última frase me excito bastante. Pero bueno, la cosa no acababa aquí, yo aún tenía que correrme. Decidí intentar algo. Apoyé la punta de mi pene en su ano y apreté un poco hacia ella intentando abrir paso, pero en seguida me la cogió con la mano mientras negaba con la cabeza.
– Por ahí no. No me des por el culo, nos acabamos de conocer.
– Pues antes te has tragado mi semen.
– No lo suelo hacer, pero me has caído bien. – Dijo quiñándome un ojo y relamiéndose al recordar la rica corrida que había saboreado momentos atrás.

Volví a metérsela por el coño y seguí follándomela como antes. La empuje contra el cristal de modo que un perfil de su cara quedaba aplastado contra él, y seguí penetrándola de ese modo. Unos minutos después noté que me faltaba poco para acabar.
– Creo que me voy a correr.
– Córrete en mis tetas si quieres, que sé que lo estás deseando.

En cuanto a la eyaculación soy bastante especial. Me encanta ver una cara preciosa maquillada por mi corrida, y Amanda era guapísima. También me gusta mucho ver cómo disfrutan tragando hasta la última gota, pero eso Amanda ya lo había hecho antes. La verdad es que unas tetas así no se veían siempre así que decidí aceptar y rociarlas con mi semen. Me quedé de pie y ella se arrodilló delante de mí. Dio un par de lametones a mi pene y lo pajeó con la mano derecha. Con el brazo izquierdo se sujetaba las tetas acercándolas a mi miembro a punto de explotar. Emití un gemido y empecé a eyacular sobre sus senos. Uno a uno fueron cayendo chorros en sus pechos. En total cuatro. Un primero llegó a su teta derecha. El segundo cruzó ambos senos. El tercero, ya con menos fuerza, cayó en el pecho izquierdo. Y el cuarto igual que el anterior. Luego solo cayeron algunas gotitas más sobre su el escote entre ambas maravillas. Amanda pasó un dedo por uno de los chorros y se lo llevó a la boca, lamiendo sensualmente su dedo empapado en semen. Esa imagen de Amanda, completamente desnuda en el suelo del baño del avión, con sus preciosas tetas pintadas por mi semen no se me borrará nunca de la memoria.

Me limpié un poco con papel higiénico mientras Amanda hacía lo mismo. Me vestí y dándole un último morreo me fui a mi asiento dejando Amanda lamiendose las tetas. A simple vista parecía que todo el mundo dormía aún, y pude volver a mi asiento sin levantar sospecha. A los 10 minutos salió también ella, y se sentó a mi lado. Totalmente relajados los dos, aunque cansado, estabamos totalmente dispuesto a dormir de nuevo.

Una vez en tierra bajamos juntos y recogimos las maletas al salir vi un aseo y me acerqué a ella para decirle:
– Antes me has dicho que fuera del avión te podía azotar todo lo que quisiera.
Sin mediar palabra alguna me cogió de la mano y entramos al baño del aeropuerto. Cerró con pestillo y se acercó a la pila. Apoyó los brazos en ella y se inclinó levantando el culo. Se levantó el vestido dejando ver su culo con las braguitas blancas. Disfruté de lo lindo dándole unas cuantas palmadas en el culo, mientras ella solo me miraba y en alguna ocasión se le escapaba algún gemidito. No le daba fuerte, aprovechando más para agarrarle el culo con fuerza. Después de cuatro palmaditas le di una con ganas, más fuerte. Esa sonó bastante, incluso Amanda dio un pequeño saltito. Luego su culo parecía más rojo que antes. Se bajó el vestido de nuevo y cogió su maleta. Vino a mí hasta pegar sus senos sobre mi pecho y me dijo: “Si no tuviera prisa te follaba otra vez aquí mismo.”

Y de ese modo Amanda la chica morena del avión, se despidió de mí, saliendo por la puerta del baño y desapareciendo para siempre… yo salí del aeropuerto y me encontré a mi amigo Xavi que me saludó con un gran abrazo después me dijo que venía a recogernos su novia. Al momento llegó el coche de Xavi y me presentó a su novia.

– Amanda este es Simon.
– Simon esta es Amanda, mi prometida.

Si os ha gustado sigo la historia.

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Mamada en el avión

Estamos en un vuelo internacional, no sé si alguna vez has cogido uno. El avión es grandísimo. Cada fila tiene 10 asientos. Ventana-tres asientos-pasillo-cuatro asientos-pasillo-tres asientos-ventana. Has montado en un avión así de grande??

Bueno, pues este avión nuestro no va muy lleno, estamos sentados en uno de los laterales y el tercer asiento está vacío.

Normalmente estos aviones hacen el trayecto por la noche, de forma que casi no hay luz en la cabina. Estamos tranquilamente hablando, conociéndonos. Por los comentarios que te hago, te demuestro que me has gustado en cuanto te he visto…. por la forma cómo actúas, se puede decir que me correspondes, a que sí??

Entonces ponen la primera película, no nos interesa mucho así que seguimos a lo nuestro. cada vez estamos subiendo la conversación de tono. Pasa la cena y, de postre, pedimos una copa. Con el alcohol cada vez nos sentimos más atraídos el uno por el otro. Pasan las azafatas recogiendo las bandejas y pido otra ronda para los dos, al principio protestas, hasta que te digo al oído: quiero que te quites la vergüenza por completo….

Nos echamos la segunda copita, lo estamos haciendo más tranquilamente, de repente, me dices que empiezas a notar fresquito, que te vas a poner algo más de ropa. Mi respuesta es que mejor cojas la manta y la compartimos. Esto te lo he dicho en un susurro junto al oído y he acabado mordiéndote el lóbulo. Eso es lo que haces, te pones la manta y yo quito el brazo del asiento que separa nuestros cuerpos. Al estar así juntos, mi mano derecha la directa a tu muslo mientras mi mano izquierda sigue por fuera de la manta. La utilizo para mojarme los labios de vez en cuando con la copa. Ya se me está formando el bulto en mi entrepierna, entre la oscuridad y la manta, tú no lo puedes percibir hasta que no llegas a él con la mano.

No sabemos muy bien qué están haciendo los viajeros de los asientos de delante y de atrás, no tienen movimiento, así que es lógico pensar que estén durmiendo o viendo la película o en sus asuntos. Los viajeros de la fila de 4 se ven borrosos por la poca luz…. parece que están dormidos.

Acaricio tu muslo bien, te doy un buen magreo utilizando toda la palma de mi mano y me paso a la otra pierna… hago el mismo proceso y aprovecho para separarte bien las piernas. Te digo al oído, así me gusta, que te abras para mi. Tu respuesta me vuelve loco: quiero que disfrutes de mi como mejor quieras.

ummm…. suelto un gemido…. te pido, por favor, que liberes mi polla, que está tan dura que me duele……… me respondes que con mucho gusto… diriges tus manos a mi bulto y sueltas un sonido gutural de felicidad…. qué dura!!! me dices al oído….

Me desabrochas los pantalones y me sacas la polla, está rozando con la manta y tus manos están jugando muy bien con ella. te digo de tumbarte como si estuvieras durmiendo en mi regazo, así podrás acariciar y oler mi sexo a tu antojo…. lo haces… yo estoy echado hacia atrás en el asiento con tu cabeza a la altura de mi sexo y tus manos en él… notas el olor….su dureza… su tacto …. sus venas….. me la estás poniendo durísima.

al principio juegas con ella tranquilamente, poco a poco te va pudiendo las ganas y vas subiendo en intensidad (sabes de sobra como me lo harías, así que no entro en más detalles) Al poco tiempo, debido a la excitación y tus manos expertas estoy a punto de correrme así que te digo que pares, que voy a ponerlo todo perdido…. tu única respuesta es un pequeño gemido y te metes mi polla en tu boca y empiezas a absorber maravillosamente…. ojalá tardara en correrme mucho más tiempo pero me estás dando tanto placer y la situación me está excitando tanto que no puedo hacer otra cosa que vaciarme en tu boca…

AGAAAAGGGGGHHHHHHH!!!!!!!!! me quedo flojo pero tú no sueltas tu presa… parece que te gusta mi sabor y que quieres paladearme hasta la última gota….. agagagagagagggggggggggguuuuuuuffffffffffffffff. cuando al fin te sientes saciada de polla, te incorporas… me das un beso en la boca y me dices… me encanta tu sabor…. ya no bebo más para seguir saboreándote hasta que me des más….. porque ahora me tienes que devolver el favor…..

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Tabu

Besarte es asomarme a la eternidad. Deja que te recorra con las manos, que aprenda los caminos de tu cuerpo. Deja que me duela el corazón de tanto quererte. Permíteme que explore tus hendiduras más secretas, que te haga florecer los pechos, que te encienda. Quiero lamerte. Adorarte. Poseerte. Que me enseñes el color de los misterios y la textura del infinito. Abre los muslos. Entraré en ti con desesperación y ternura.

Apoyo la mano en tu rodilla por debajo de las mantas, hija. Te estremeces. Es una corriente eléctrica. El nacimiento del relámpago. La descarga del rayo divino. Mi mano, tu rodilla y la sacudida de los mundos. No se escucha, de tan constante, el zumbido de los reactores. Llevamos tres horas volando y vamos contra el sol. No se ve el mar. Nubes. Nubes. Nubes desde que salimos de Ciudad de México camino a Madrid. Tú preferiste ventanilla. Tu madre optó por pasillo. Ocupé asiento entre las dos. El despegue, normal. La cena. Se apagan las luces y empieza la película. Tu madre echa atrás el respaldo del asiento, se cubre con la manta y cierra los ojos. No le gustan los filmes de acción y ha tomado una pastilla para dormir. Tú y yo, hija, nos colocamos los auriculares y nos tapamos con sendas mantas.

Es entonces cuando no puedo reprimirme más y apoyo la mano en tu rodilla por debajo de las mantas. No te toco la carne, sino la tela de los jeans que atinan a trasmitir a mi palma algo de tu calor. Te estremeces y, con tu mano, tomas la mía en ambiguo gesto que puede interpretarse como caricia o como delicado rechazo. Pero te estremeces. Sigo oprimiéndote la rodilla, tu mano sobre la mía. Te miro. Me miras. Cruce incierto de miradas en la penumbra, en tanto, en las doscientas y pico pantallas de los respaldos de los asientos, doscientos y pico Jean-Claude Van Damme salvan doscientas veces y pico al mundo de los peligros que lo acechan.

Es un momento mágico. El paso del Rubicón. El punto de no retorno. Hija, llevo meses reuniendo valor para decidirme. Desde que te miré con ojos de hombre y, en lugar de ver una niña a la que comprar muñecas, descubrí lo que eres desde tiempo atrás: una jovencita absolutamente apetitosa. Dieciocho años, los mismos ojos verdes de la abuela Clara, los jugosos labios de tu madre cuando adolescente, mi propia nariz pequeña y recta, el pelo rojo no sé de quién –nunca hubo, en la familia de tu madre o en la mía, nadie pelirrojo- y unas deliciosas pecas salpicándote las mejillas y las aletas de la nariz. Estatura media –uno sesenta y cinco-, pechos como manzanas, breve la cintura y anchas las caderas. No eres una mujer-guitarra. Tampoco una top model. Estás en el término medio. Como a mí me gustan. ¿Las piernas? Muslos llenos y tobillos finos. Una delicia.

Te miré como un hombre mira a una mujer y, en ese instante, crucé la frontera. Religión y usos sociales colocan una venda en los ojos de los padres. Te incitan a ver, en una hija, solo una hija. Una nena en su cuna. Un angelito. Una película de Walt Disney. La pastorcilla que, en la función del colegio, se arrodilla para que inmortalices ese momento histórico con la cámara. Si te sacudes esos condicionamientos y traspones el umbral, todo cambia. Entonces se aprecia que la nena tiene los accidentes orográficos precisos para hacer la felicidad de un hombre. La ves joven, alegre, adorable. Resucita lo que, en su madre, te enamoró. Apetece. La verga se te pone dura cuando piensas en ella. La tienes al alcance. Revolotea a tu alrededor. Te miré como un hombre y comenzó el tormento.

Si a uno le gusta una mujer, se lo dice y aquí paz y allá gloria. Ella puede contestar sí o no, pero eso entra en las reglas del juego. Con una hija es distinto. Decírselo es jugar a la ruleta rusa. No te lo he dicho. Sólo he apoyado mi mano en tu rodilla y te has estremecido. Te palpo el muslo por debajo de la manta y por sobre el pantalón. Tienes la carne dura, condenada. Mármol tibio enfundado en tela. Sueltas mi mano y respiras hondo. Suspiras. Casi gimes. Sigo explorándote. Aproximas tu pierna a la mía. Te aprietas contra ella.

Llego al nacimiento de tu muslo, donde la tela de los jeans se agazapa en pliegues antes de cambiar de dirección. Adivino tu vientre debajo del tejido. Busco y hallo el camino franco. Te desabrochaste al comenzar el vuelo, por estar cómoda, el botón de la cinturilla y te bajaste un poco la cremallera de los jeans. Te rozo la piel justo bajo el ombligo, por el resquicio que deja el pantalón entreabierto. Mis cuarenta y cuatro años se convierten en trece. Doy un paseo por el cielo antes de volver a la realidad. Deslizo los dedos hasta topar con la goma de tus braguitas. Ahueco la mano e introduzco primero los dedos índice y corazón, luego los demás, por debajo de la goma. Busco tu centro. El pubis. Ese vello que toco debe ser, siendo tú pelirroja, un brochazo de fuego. La rajita. La acaricio. Paso un dedo por sobre la hendidura. Está mojada. Mucho. Separas los muslos bajo la manta. Busco el botoncillo del gusto. Lo froto. Te estiras en el asiento. Insisto en la caricia. Arqueas la espalda. Casi te elevas del asiento.

Se mueve el avión. Se encienden los letreros de “fasten your belt”. Como si se incendiara Roma. Ni caso. Seguimos en lo nuestro. Pasa una azafata. Las mantas le impiden comprobar si nos abrochamos o no los cinturones de seguridad. Me buscas la entrepierna. Me bajo la cremallera de la bragueta con la mano libre, en tanto sigo con tu clítoris. Es esa una palabra absurda. Suena a nombre de filósofo griego, no a placer. Lo froto con la palma. Agarras mi miembro. Lo aprietas. Lo extraes con habilidad del slip y acaricias su cabeza. Me siento a punto de estallar. Jean-Claude Van Damme continúa atizando patadas a quien se le ponga por delante. Lloriquea un niño dos o tres filas atrás.

Proseguimos masturbándonos mutuamente con lentitud. Sin prisas. A veces nos quedamos quietos, mi mano en tu sexo, la tuya en el mío. Atados. Conectados. Disfrutando una mutua transfusión de gusto. Volamos a diez mil metros de altura. Parece mentira. Me creía mucho más alto. En otro mundo. En otra galaxia. A millones de años luz del planeta Tierra.

Me difumino en la sensación. Pierdo la identidad. Soy un átomo, una gota de agua más en la catarata del placer. ¡Me apetece tanto besarte! Acercar mis labios a los tuyos, acariciar tus comisuras con la punta de la lengua, entrar en tu boca, explorar cada intersticio entre tus dientes, gustar tu saliva, saborearla, frutal y jugosa, mezclarla con la mía, conocer cada recoveco de tu boca, cada escondido rincón, contornear tu lengua con mi lengua, cosquillearla, enlazarla, mordisquearla incluso. Me reprimo. No puedo besarte en público.

Jean-Claude Van Damme quedó sin enemigos. Una nueva película. Meg Ryan protagoniza una comedia tonta. No. No puedo besarte delante de todos como un hombre besa a una mujer. He de acariciarte por debajo de la manta. Me pego a ti y, con la mano que me queda libre, te tiento los pechos. Ni respiras. Se diría que estás dormida. No lo estás. Me aprietas la verga. Lucho, a ciegas, con los botones de tu blusa. No sé por qué las mujeres os abrocháis al revés. Desorienta. Te toco la piel por un huequecillo de la blusa. Gloria pura. Cálida. Suave. Adorable. Viva.

De golpe, en lo más hondo del subconsciente, la serpiente asoma en el paraíso. ¿Qué hacemos tú y yo a diez mil metros de altura, sobre el mar, en medio de ningún sitio, sobándonos debajo de una manta y escondiéndonos de tu madre que nos conoce de sobra y de doscientos más que no nos conocen de nada? Eres mi hija. Te acaricio el clítoris y te amaso los pechos. Soy tu padre. Me agarras la verga. Tabú. Prohibido el paso. Fumar mata. ¡Madre, dónde me he metido! Pero no se ha de reparar en las serpientes. Borra eso. Olvídalo. Sigue en lo tuyo.

Me masturbas con lentitud. Con maestría. Sabes tú mucho, niña. Demasiado. Sigue. Sigue así. Apartas, con tu otra mano, la mía de tu entrepierna. Te abotonas la blusa. También los jeans. Te pones en pie.

-Papá, déjame que pase.

Es difícil moverse en una butaca de clase “turista”. Introduzco mi miembro-y me cuesta hacerlo-en el pantalón y me subo la cremallera. Me arrodillo en mi propio asiento para dejarte paso. Te detienes justo delante de mí, tu trasero contra mi bragueta. Comienzas a moverte. Te frotas con el bulto de mi sexo.

Miro a un lado y otro. Sin novedad. Tu madre duerme como un atún. Meg Ryan nos sonríe. Siguen apagadas las luces de la cabina. Te agarro por las caderas y, vestidos como estamos, me froto en tus nalgas: Una versión light de Emmanuelle. ¡Qué duro tienes el culo, hija! Sabes moverte. En eso no te pareces a tu madre. Y eso que te meneas con tiento, procurando no agitar demasiado el respaldo del asiento de delante. Apúntate un once. Como un crío. Voy a correrme como un crío. Pringándolo todo. Estallando. No puedo más. Lo sabes y aceleras el movimiento de rotación. Volteo general de campanas. El salto Ángel. Las cataratas de Iguazú. Ya. Ya. Ya. Vuelves a tu asiento.

-Esta noche en mi cama, papá- me dices al oído-.Durmamos ahora un rato.

No sé quién está besando a Meg Ryan. The end. Rueda la rueda. “En unos minutos vamos a tomar tierra en el Aeropuerto de Barajas”. Recojo los bultos de mano. Control de pasaportes. El equipaje se facturó a Valencia. Se ha de pasar a “Nacional”. Hay tiempo. Un par de horas entre vuelo y vuelo. Pasillos. Escaleras mecánicas. Por aquella puerta. El vuelo a Valencia lleva retraso. Bienvenidos al aeropuerto de Manises. Pasamos la aduana. Un taxi. La Estación del Norte. No hemos de esperar demasiado. Sale un tren de aquí a veinte minutos. Castellón. Otro taxi. Por fin en casa. Deshacer el equipaje. No hay nada para cenar. Encargamos unas pizzas. Tres duchas, tres, para tres cansados viajeros. Cenamos. Tu madre se retira. Tú también, hija. Hago tiempo viendo tele. Me asomo al dormitorio y compruebo que tu madre está ronque. Llegó el momento. Me dirijo a tu habitación.

Estás tendida en la cama vistiendo una cinta azul celeste que sujeta tu pelo. Solo eso. Las zonas del cuerpo que expones al sol son un cielo espolvoreado de pecas. El resto es nieve resplandeciente. Una chica pecosa con un bikini blanco, solo que no hay bikini alguno. Da fe de ello la llamarada ardiente del vello púbico. Te das la vuelta y quedas cara abajo. Te exhibes para mí, nalgas de leche. Nalgas armónicas de nieve caliente. Te llenaré de amor, hija. Tejeré para ti un vestido de besos. Hazme sitio. Quiero gustar tus jugos más secretos. De perdidos al río. Lo más duro está hecho. Rompimos el tabú. Dimos el paso. Estamos malditos. Es el precio de nuestra felicidad. Deja que acaricie cada peca de tu espalda. Si hay millones, mejor: te haré millones de caricias. Abracémonos fuerte. Ni siquiera sabemos qué pueda ocurrirnos mañana. Vivamos el presente como si nuestro abrazo fuera lo único que nos cose al mundo.

No me equivocaba. Soñaba que tu boca sabía a algodón dulce y a miel de romero. Sabe así, pero también a amaneceres de primavera y a tierra mojada. Besarte es asomarme a la eternidad. Deja que te recorra con las manos, que aprenda los caminos de tu cuerpo. Deja que me duela el corazón de tanto quererte. Permíteme que explore tus hendiduras más secretas, que te haga florecer los pechos, que te encienda. Quiero lamerte. Adorarte. Poseerte. Que me enseñes el color de los misterios y la textura del infinito. ¿Sabes? He cerrado los ojos para que no se me escape por la mirada lo que ahora siento. Deseo retenerlo para mí por los siglos de los siglos.

Abre los muslos. Entraré en ti con desesperación y ternura. Con hambre de mujer. Resolveré en caricia el deseo escondido y borboteante de tantos meses. El ansia de poseerte. De hacerte mía. Acertaré en tu centro mi lanzazo de amor, mi niña pelirroja… Algo ocurre. Un zumbido. Irritante. Impertinente. Total. Abro los ojos y has desaparecido. No estás y no es tu cuarto. Es la radio despertador. Tu madre se despereza en la cama de al lado. Me incorporo. Me asomo a la ventana. México DF. El Paseo de la Reforma. Todo fue en sueño. Seguimos en el hotel Sevilla Palace. Despierto a tu madre, todavía aturdido y la verga tiesa y palpitante. Telefoneo a tu habitación. Es nuestro último día en América. Hoy mismo volvemos a España.

Desayunamos en la cafetería del hotel y casi no me atrevo a mirarte a la cara, hija. ¡Ha sido tan vívida y real nuestra noche, esa noche que ni sospechas! Son las últimas horas de nuestras vacaciones, princesa pelirroja. Te digo no sé qué y me miras con tus ojazos verdes que hacen perder el sentido. Una última vuelta por el Zócalo. Comemos unos sándwiches. Recogemos las maletas y vamos, a media tarde, al aeropuerto de Ciudad de México. Billetes. Facturación de equipajes. Control de policía. Al fin abordamos el avión.

Tú prefieres ventanilla. Tu madre, pasillo. Me coloco entre las dos. El despegue, normal. La cena. Se apagan las luces y empieza la película. Tu madre echa hacia atrás el respaldo del asiento, se cubre con la manta y cierra los ojos. Tú y yo, hija, nos colocamos los auriculares y nos tapamos con sendas mantas. Es entonces cuando no puedo reprimirme más y apoyo la mano en tu rodilla. Te estremeces. Cuando el final busca su principio y se vuelve a vivir lo vivido. Cuando los sueños se hacen realidad.

Mi mano, tu rodilla y la sacudida de los mundos.

Autora: trazada30

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