Un viaje de noche

En un relato anterior había contado ya del inesperado lado exibicionista de mi mujer, y más aún, de cómo había disfrutado ser compartida. Hacía ya varios años que, durante nuestras sesiones de sexo, compartíamos algunas fantasías; esto la calentaba mucho, le gustaba que le fuese describiendo las situaciones con mucho detalle, su imaginación iba haciendo el resto. Una de las fantasías de las que hablábamos con cierta frecuencia era la de tener sexo en un bus, yendo de una ciudad a otra, viajando de noche, mientras los demás pasajeros duermen. Muchas veces habíamos conversado sobre eso, habíamos imaginado muchas veces cómo sería, pero nunca habíamos tenido oportunidad de llevarla a cabo. Luego de mucho tiempo ese día llegó.

Después de muchos años tenía un mes completo de vacaciones, así que planificamos muchas cosas con los críos, como ir de paseo al zoológico, visitar algún club, y cosas por el estilo. Pero decidimos reservar un fin de semana solo para nosotros, para realizar el viaje soñado. Dejamos a los chicos nuevamente con la abuela y tomamos un par de boletos para la ciudad vecina, un viaje de toda la noche para arribar a eso de las 6am. Nos pusimos ropa cómoda; yo llevaba unos pantalones holgados ligeros, frescos y cómodos para viajar, y una camisa de algodón; ella (ella!) llevaba un vestido largo de tela hindú, de esos que se abrochan con botones al frente desde el escote hasta abajo; dejó dos botones sin abrochar, permitiendo que sus hermosos pechos se mostraran provocativos a todas las miradas; debajo llevaba únicamente un brassiere de media copa, que levantaba ligeramente su busto y apenas tapaba los pezones, y para rematar la bendita no llevaba bragas. Era todo un manjar erótico.

Llegamos al terminal, y mientras esperamos nuestra salida pude observar que prácticamente todos los hombres volteaban a ver a mi mujer (mejor dicho, su escote). Ella se había dado cuenta perfectamente de todo y está por demás decir que la calentaba mucho. Llegó el momento de abordar, fue ahí donde me di cuenta de que nuestro bus era de esos que llevan azafatas; y la que viajaría con nosotros no estaba nada mal, no muy delgada, carita de ángel, un hermoso par de piernas que sobresalían por la minifalda negra del uniforme y dos hermosas tetas bien protegidas dentro de la blusa y el chaleco. Abordamos, mi mujer subió primero, yo luego sin dejar de mirar a nuestra hermosa azafata.

Mi mujer avanzaba por el pasillo del bus buscando nuestros asientos, provocando que los hombres voltearan para ver ese culo que se meneaba provocativo hacia la parte trasera del bus. Sí, había comprado los asientos de atrás para poder tener un poco de privacía y comodidad. Cuando el bus partió, ella suspiró profundamente, adivinando lo que vendría.

Para empezar, nos pusieron una película sosa, de esas que te provocan mucho sueño. Casi 30 minutos más tarde nos sirvieron una merienda ligera. Ya serían como las 23:00 cuando todas la luces, incluso la tele del bus, se aparagaron… era nuestra señal!

Esperamos unos minutos, muy ansiosos, ella se restregaba las tetas por encima del vestido, sabía bien que eso me excitaba mucho. Luego de unos 15 minutos de oscuridad decidí ir al baño, de paso que veía si alguien andaba despierto. Me tomé unos minutos para pasar lentamente por el pasillo, aprovechando para ver a todos los pasajeros. Casi todos dormían, solo algunos estaban conectados a su teléfono móvil.

Al regresar del baño, encontré a mi mujer con el vestido abierto hasta la cintura, se había sacado el brassiere y se estrujaba las tetas con pasión. Me senté a su lado y me dispuse a disfrutar del show. Era tremendamente erótico ver sus pechos escaparse momentáneamente por entre los bordes del vestido, iluminados por la tenue luz que entraba por la ventana tapada ligeramente por unas cortinillas. Mi miembro estaba creciendo poco a poco dentro de mi pantalón y era cada vez más evidente. Ella dejó de acariciar su teta izquierda y con esa mano empezó a acariciar mi entrepierna. Subía y bajaba a lo largo de mi miembro, provocando que endurezca más aún. Ya empezaba a doler y pedía a gritos dejar su prisión. Ella, como entendiéndolo, me desabrochó el cinturón, soltó el botón de mis pantalones, abrió el cierre y me dejó así, con el pantalón abierto. Me miraba y se estrujaba las tetas, mientras apretaba sus muslos.

Su mirada se tornada cada vez más lasciva, se estaba calentando mucho. De pronto empezó a esbozar una sonrisa cómplice, y ya no me miraba solo a mi, por ratos miraba hacia el asiento del otro lado del pasillo. Yo no había caído en la cuenta de que al lado nuestro estaba el asiento de la azafata, ella se quedaba ahí mientras los pasajeros dormían. Parece que había estado disfrutando del espectáculo. Cuando volteé a verla, estaba con los ojos entrecerrados, respiraba con dificultad, estaba recostada sobre su lado derecho y su mano izquierda se movía sospechosamente debajo de la delgada manta que la cubría.

Mi mujer se le quedó viendo, hasta que ella abrió ligeramente los ojos. Mi mujer, al ver esto, se inclinó sobre mi, metió su mano dentro de mi calzoncillo y sacó mi pene erguido, lo empezó a acariciar suavemente, apretándolo ligeramente de vez en cuando. Nuestra azafata abrió más los ojos para poder disfrutar mejor del show, retiró su manta y pude ver que se había abierto el chaleto y se estrujaba una teta con la mano derecha mientras se metía la otra mano entre las piernas. Mi mujer se inclinó aún más y engulló mi miembro poco a poco, hasta llegar a tocar mi vientre con su naríz. Aquí empezó a darme una soberbia mamada, mientras nuestra linda azafata se masturbaba viéndonos. Habremos estado en esta posición por casi diez minutos, cuando mi mujer paró e hizo algo inesperado, extendió la mano hacia la azafata, llamándola. Esta última entendió el mensaje, salió de su asiento y se acercó a nosotros. Mi mujer, con el vestido abierto a la mitad y sus pechos saliéndose del mismo, tomó la mano izquierda de la azafata y la puso sobre su teta derecha, y se empezó a estrujar ella misma con la mano de nuestra vecina de asiento. Era hermoso ver la delicada mano de esa jovencita tratando de abarcar el pecho de mi mujer, mientras su otra mano estrujaba su propio pecho.

Yo estaba al medio, testigo de este juego. Así que decidí tomar parte, empecé a acariciarle el culito a nuestra azafata, no era muy grande, pero estaba bien formado, era suave y firme a la vez. Mi mano izquierda subía y bajaba por sus nalgas, las apretaba eventualmente; mientras mi otra mano sostenía mi miembro erecto. Poco a poco mi mano empezó a deslizarse por debajo de su falda y sentí la suave piel de sus muslos; fui subiendo y sentí sus bragas, acaricié sus nalgas por encima de la prenda, metiendo lentamente mis dedos debajo de la suave tela, paseando delicadamente mis dedos a lo largo de la línea que separa sus glúteos.

Estuvimos por unos minutos en ese juego, yo pensé que tal vez mi mujer se animaría a darle un beso a la azafata, pero no; en lugar de eso, se separó, se inclinó sobre mí sin dejar de mirarla y se fue acercando poco a poco a mi tieso miembro. Cuando llegó lo lamió delicadamente por unos instantes, antes de engullirlo. Nuestra azafata contemplaba cómo mi mujer me daba una deliciosa mamada y empezó a desabotonar el chaleco y luego la blusa. Con mucho cuidado y mirando por si algún pasajero despertaba, se abrió la blusa y dejó ver sus hermosas tetas (no tan grandes como las de mi mujer) dentro de un delicado brassiere. Se acariciaba los pechos mientras mi mano ya no se limitaba a su culito, mis dedos estaban metidos dentro de sus bragas y se deslizaban de atrás a adelante, pasando por sus labios vaginales, sintiendo su creciente humedad. Fui metiéndole poco a poco un dedo y ví como su respiración se entrecortaba y temblaba, estaba cerca de tener un orgasmo; así que me tomé mi tiempo y no lo aceleré, quería que esto durase todo lo que pudiese durar.

Mi mujer, mientras tanto, seguía pegada a mi verga, mamando como una bendita. De vez en cuanto levantaba la mirada y gozaba viendo cómo le metía mano a esta linda jovencita. Luego de casi 15 minutos en este ejercicio, se detuvo, tomó de la mano a la azafata, hizo que se inclinada y ella misma hizo que su rostro bajara sobre mi pieza. La jovencita abrió su boca y siguó con la mamada que mi mujer había empezado. Lo hacía muy bien, muy suave, muy erótico, su lengua se movía por toda la superficie de mi glande mientras su boca lo tenía engullido, era como si lo acariciase con un pañuelo de seda… y era magnífico!

Mientras tanto, mi mujer se recostó de espaldas a la ventana del bus y terminó de abrirse el vestido. Empezó a estrujar sus tetas, sabe que me encanta verla hacer eso, y luego fue bajando para acariciar la parte interior de sus muslos y, poco a poco, llegar a su vulva para darle cariño. Se acariciaba los labios por fuera con la mano derecha mientras la izquierda seguía ocupada en sus tetas, mientras contemplaba a la azafata atenderme con maestría. Mi mano izquierda estaba ocupada acariciando las tetas de la azafata, tratando de liberarlas del brassiere, mientras mi mano derecha acariciaba las piernas de mi mujer, llegando hasta sus muslos, y encontrándome de vez en cuando con su mano en su vagina. Estaba chorreando como un caño, quién sabe cuántos orgasmos habría tenido ya.

Por varios minutos seguimos en esta posición hasta que se produjo un cambio. Mi mujer se incorporó ligeramente, sin perder del todo su posición, y acarició el rostro de la azafata, esta dejó de mamarme y se vieron a los ojos. De inmediato, la jovencita metió sus dos manos por debajo de su blusa y desabrochó su brassiere para liberar sus pechos. Al parecer el brassiere no llevaba tirantes, porque salió fácilmente por delante, dejando sus tetas al aire. Luego se inclinó nuevamente sobre mí, pero mi mujer no le permitió seguir conmigo, la tomó de la barbilla con dulzura, y la condujo por encima mío, hacia ella. Ahora la azafata estaba encima de mi mujer; se inclinó muy despacio y rozó sus pezones con los de ella. Era una maravilla ver esas cuatro tetas rozarse y excitarse mutuamente. Mi mujer luego la tomó del cabello y, con suavidad, dirigió su rostro a su pecho. La azafata abrió la boca, y como si se tratara de un dulce, empezó a lamer y saborear sus pezones. Esto me puso a mil. Trataba de encontrar un buen ángulo para seguir disfrutando el show, pero era difícil. Con las piernas de la azafata sobre las mías y su cuerpo semidesnudo prácticamente recostado sobre el cuerpo casi desnudo de mi mujer, no me quedaban muchas opciones. Ni siquiera podía pajearme cómodamente, así que decidí tratar de salir del asiento y contemplar desde arriba. Era una de las cosas más excitantes que había visto, la hermosa figura de la azafata se contorneaba sobre el cuerpo de mi mujer, comiéndole y apretándole las tetas, mientras mi mujer le acariciaba las caderas con las piernas, tratando de rodearla. El culito de la azafata estaba ligeramente levantado, y se veía muy provocativo. Así que me fui metiendo poco a poco, le fui levantando la faldita y cuando se la tenía ya sobre las caderas, le bajé las bragas. Cuando las llevé hasta sus rodillas, ella levantó alternadamente cada pierna para facilitarme el sacárselas. Acerqué mi rostro a su culito y el aroma de sus jugos inundó mi rostro. No pude esperar más y empecé a comerle la vulva desde atrás, mordizqueando suavemente sus labios, metiendo mi lengua en su rajita y lengüeteando desde la vagina hasta el ano. Estaba completamente lubricada.

Me levanté y me coloqué detrás de ella, mi mujer me vio y adivinó lo que iba a hacer. Tomó la cabeza de la azafata y la fue guiando hacia su entrepierna. La jovencita, obediente, fue lamiendo todo el camino desde sus pechos hasta su pubis. Cuando llegó empezó a comerla como si en ello le fuera la vida. Mi mujer se volvía a estrujar las tetas, su punto más sensible, y me miró sonriendo. Yo no esperé más y fui llevando mi glande hasta la entrada de la vagina de la azafata, empecé a empujar suavemente hasta que entró toda. Ella suspiró suavemente. Empecé a bombear con calma para no venirme súbitamente. Los tres estábamos gozando como locos!

No sé cuanto tiempo pasó, pero no importaba. El placer crecía a cada segundo. Estuve a punto de venirme no sé cuántas veces, pero me controlé (nunca creí que podría!). Esta vez fue la azafata la que tomó la iniciativa; dejó de comerse la vulva de mi mujer y se levantó; le extendió una mano y la ayudó a incorporarse, cosa que hizo con dificultad; luego me abrazó, me dio un beso con esos labios llenos de jugos de mi mujer e hizo que me sentara. Luego fue guiando a mi mujer para que se sentara sobre mí, dándome la espalda, tomó mi pene y lo fue guiando a la vagina de mi mujer. Esta al sentir la cabeza en su entrada, se dejó caer y se penetró profundamente. Mi mujer empezó a subir y bajar lentamente, para no hacer mucho ruido y no despertar a algún curioso. Poco a poco fuimos acomodándonos en el asiento hasta que yo estuve con la espalda pegada a la ventana, con mi mujer aún clavada en mi verga, subiendo y bajando lentamente. Nuestra azafata le comía las tetas y metía su mano entre las piernas de mi mujer y le acariciaba el clítoris, de vez en cuando me acariciaba las bolas, también. De pronto, se agachó y metió su cabeza ahí abajo y émpezó a lamerle la vulva a medida que subía y bajada, dedicaba también algunas lamidas a mis testículos y a mi verga. Era fantástico, no sé cómo no me vine en ese momento. Mi mujer empezó a tener orgasmo tras orgasmo, los espasmos se sucedían muy seguidos y tenía que agarrarse fuerte de los asientos para no desvanecerse. Cuando terminó se dejó caer de espaldas sobre mi. Pero ni la azafata ni yo habíamos terminado aún.

Mi mujer se levantó como pudo, cambió de lugar conmigo, pusimos a la azafata en medio de los asientos y yo me quedé del lado de afuera. Ellas estaban cara a cara, semi desnudas, yo detrás de la azafata, rozando mi pene erecto y húmedo contra sus nalgas. Nuestra azafata empezó a empujar su culito poco a poco hacia mi, para sentirme mejor. Poco a poco sus nalgas iban permitiendo que mi pene se fuera metiendo lentamente, hasta que rocé su ano. Un suspiro profundo me hizo notar que le gustaba la sensación. Empecé a empujar suavemente para irla dilatando, fue cediendo poco a poco y primero la cabeza fue entrando muy lentamente. Luego empezó el tronco a penetrar ese ajustado agujerito, ella lo estaba disfrutando tanto como yo. Mi mujer había terminado muy cansada, pero no lo suficiente como para dejar a nuestra acompañante sin atención; empezó a acariciar y a besarle los pezones, muy suavemente, como le gusta que le hagan. Mientras tanto yo bombeaba cada vez con más energía, procuraba hacerlo fuerte pero sin ruido, pero aún así el asiento se movía de un lado a otro. Ya estaba dándole cada vez más fuerte, la excitación de todo lo que había pasado me la tenía muy dura y necesitaba terminar, así que aceleré el ritmo. Mi mujer le estrujaba fuerte las tetas, la azafata estaba que se aguantaba los gemidos como podía, su respiración estaba a mil, y sus piernas temblaban levantadas por encima de los muslos de mi mujer.


Luego de casi diez minutos de darle y darle a ese culito, ella empezó a tener espasmos fuertes, estaba teniendo un orgasmo tras otro; eso me excitó tanto que empecé a llenarle el culo de semen. Bombeaba y botaba semen, no paraba de empujárselo con fuerza, hasta que no pude más y quedé exhausto, aún clavado por detrás.

Los tres nos abrazamos y esperamos a que mi pene se pusiera flácido para sacarlo despacio. Las dos se levantaron con cuidado, cogieron su ropa y se fueron juntas al baño que estaba atrás. Entraron con dificultad pero entraron. Yo me quedé limpiándome como pude con papel sanitario y unas toallitas húmedas.

Cuando regresaron, se sentaron cada una en su sitio como si nada hubiera pasado. Mi mujer me miraba satisfecha, más sobre todo cuando me mostró un papel en el que había anotado el teléfono y el correo electrónico de nuestra nueva cómplice. Parece que esto tendrá segunda parte, qué dicen ustedes?

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Una madre de altos vuelos

Diego sentía las manos de su madre amasar su verga y bolas. Las manos de Graciela se alineaba arriba y abajo del eje grueso de su hijo, tirando y ordeñando del pene de tal modo que no tardó en ponerse ya muy parado. Los labios de Graciela se reclinaban contra las bolas de su bebé, entonces ella comenzó a alternar entre sus bolas y su pene.

Los Wilson estaba viajando a Australia para las vacaciones anuales de la familia. Graciela y su marido, Juan, eran padres orgullosos de tres hijos adolescentes. Había allí un hijo llamado Diego, de 18 años, y sus hijas gemelas, Karina y Juliana de 16 años. La familia estaría pasando las doce horas próximas en un avión y como Juan era un hombre muy rico, él voló siempre en primera clase con su familia. Alcanzado todos sus asientos, Graciela dio vuelta hacia su marido y con una sonrisa cariñosa le dijo:

– Juan, porqué no le haces compañía a las muchachas en esta fila y yo me siento mejor en la parte posterior con Diego. Usted sabe que el vuelo lo pone nervioso.- -Buena idea.- Dijo Juan.

A los 39 años, Graciela era una mujer llamativa, con el pelo del marrón largo hasta el hombro y las piernas delgadas. Su hijo, tal como siempre hacía cuando hacían un vuelo de tantas horas, dormitaba en su regazo.

La azafata en su recorrido se acercó sonriente al ver la escena, Graciela le comenta que su hijo, Diego, siente cada vez que vuela cierto temor, por lo que es normal que se acurruque entre sus brazos…tal comentario hace que la azafata le responda:

– Es aceptable, yo tengo un muchacho de su edad que siente lo mismo cuando vuela. Como usted, señalándolo a él, aparte no hay ningún lugar más seguro que los brazos de su madre.-

Graciela y la azafata comparten una sonrisa significativa. Ambas entienden el deber sagrado de una madre a su hijo. Ambas entienden el enlace del secreto que solamente una madre y un hijo pueden compartir.

– El capitán me llama voy a dar vuelta por la cabina, ¿puedo yo conseguirle una manta?- Dijo la azafata. – Por favor y gracias.- Graciela respondió.

En algunos minutos las luces se apagaron, casi obscureciendo la cabina de primera clase. La fila de Graciela y de Diego ahora era una esquina privada oscura, detrás de un mar de todo los asientos vacíos. La azafata volvió con una manta y un montón de almohadillas. Ella las colocó en el asiento vacío de la fila. Graciela levanta sus piernas en el asiento y se reclina entre las piernas de su hijo. Ella podría sentir su erección con sus pantalones débiles, podría sentir el palpitar, pulsando contra su estómago. Ella sabía la sensación de sus pechos suaves aplanados contra el pecho de su hijo.

Ella le pregunta a la azafata si puede verficar como está  el resto de la familia, la misma le responde, voy a por ello.

Graciela esperó cerca de diez minutos antes de que llegara su informante. La azafata se esforzó para ver en la oscuridad, la fila de Graciela y de Diego, era como una ensenada secreta oscura, oculta del resto del mundo. Ella sonrió cuando descubrió a la madre y el hijo junto, como amantes en su propia cucheta privada. Mira al marido de Graciela y después se mueve hacia el bunker de Graciela. Y dijo:

– Su marido está dormido, sus hijas también. ¿Usted está bien?- Graciela sonrió y la azafata se fue para adelante.

Graciela desplaza las manos debajo de la camisa de su hijo a través de su pecho muscular. Rasguñó ligeramente sus pezones con sus uñas y escuchó su respiración pesada. Diego estaba nervioso y excitado pues él se encontró debajo de las mantas bajo el control de una belleza que era su mamá. Él podría sentirla desprendiendo de su camisa, exponiendo su pecho pelado. Graciela entonces se movió separando los botones de su blusa hasta que su pecho cubierto por el corpiño fue expuesto. Esto ocurría debajo de la manta, por supuesto, en un pequeño espacio oscuro, un ámbito privado para una madre y su hijo.

Graciela resbaló encima del pecho de su hijo, tirando de la manta sobre sus cabezas mientras que ella acerca los labios a su oído.

– Desbrocha mi corpiño.- Ella susurró.

Diego obedeció sin hablar y sintió los pechos de su madre sobre su pecho. Graciela tira su corpiño sobre el piso, desplazando las piernas sobre su hijo montándose a horcajadas. Con una pierna ahora un cada lado de él, ella podría sentir su sexo que se reclinaba contra ella. Le masajeó con sus manos sobre sus pantalones encontrando su blanco sustancioso. Diego mordió su labio mientras que él sentía las manos delicadas de su madre amasar su verga y bolas. Las manos de Graciela se alineaba arriba y abajo del eje grueso de su hijo, tirando y ordeñando del pene de tal modo que no tardó en ponerse ya muy parado.

Los labios de Graciela se reclinaban contra las bolas de su bebé, entonces ella comenzó a alternar entre sus bolas y su pene. Diego no podía creer su suerte, mientras que sentía los labios de su propia madre deslizarse arriba y abajo de su miembro hinchado, alguien le rozaba con una mano su pie. Él tiró de la manta para abajo descubriendo su cabeza y vio a la azafata que lo saludó con una sonrisa.

– ¿Cómo está usted? – Ella murmura.- Bien – exclamó un poco asustado por la situación.

La azafata ve la cabeza de la madre que se meneaba claramente hacia arriba y hacia abajo debajo de la manta y sabía todo sobre el especial amor entre la madre y el hijo, por tener uno de la misma edad que Diego.

– ¡Voy a acabar! – Diego murmuró.

Graciela trabajó con sus labios más rápidos y más apretado y la azafata le colocó a Diego un pedazo de plástico duro en su boca.

– Muerda esto amor, así. – Uuuummm madre sigue, sigueeee que ya acaboo. – Sí diego dale a tu madre toda la leche que está ansiosa. – Ahhh – exclamó mordiendo el plástico mientras veía que la azafata gozaba con lo que pasa bajo la manta.

Habiendo gozado del show que les dieron madre e hijo se retira para atender el resto de los pasajeros. La madre y el hijo gozaron solamente en una hora de su vuelo. Diego tenía la clase de verga que podría ir toda la noche y en cuanto a Graciela, ella sentía los labios mojados de su gatito temblar.

– Ábrelos, bebe. – le dice su madre llevándole su mano a los labios súper mojados.- Madre, que placer me estás dando – exclamó Diego. Tanto madre e hijo comenzaron besarse como jóvenes amantes.

Ella se monta desesperadamente arriba de su hijo y con su mano lleva el mástil más hermoso que tuvo en su vida hacia el lugar más secreto de una madre.

– Goza hijo que tu madre te va a dar todo de ella – dijo entre gemidos. – Si mami, es hermoso, es como tocar el cielo con las manos… – Dale Diego, llega conmigo, que estoy por acabar…acelerando los movimientos, que para ese entonces ya eran evidentes… – Si madre ya me voy, estoy acabando yaaaa…- Aay bebe que placer me estás dando, seguii, seguí, por favor. – Diego sentía su pene contra la matriz de su madre.

Aceleran sus cuerpo y se ponen a acabar simultáneamente, intercambiándose besos que nada eran de una madre y un hijo.

– Fue maravilloso hijo. – Si mami, fue lo más lindo de mi vida. – dijo Diego.

Luego de la excitante aventura se arreglan las ropas y caen en las manos de morfeo con una leve sonrisa en sus rostros. Al rato paso la azafata y ve a los dos en un sueño profundo, notando en él que estaba agradecido tener una madre de alto vuelo.

Este relato me lo relató un amigo (Diego) que no se animaba a publicarlo.

Autor: Loquisex

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