Confesión y penitencia

De pronto, la mano se apartó, y mi coño empezó a temblar, vacío y palpitante. Una polla dura y enorme ocupó el lugar de la mano, embistiendo con fuerza una y otra vez, hasta que llenó mi coño completamente. Mientras las manos tironeaban de mis maltratadas tetas, alternando con pellizcos y azotes en mis enrojecidas cachas.

No necesito una excusa para contarte mis andanzas en el pueblo. Con esta manía de las fotos, pensé en hacer algunas desde lo alto de la torre de la iglesia. Mis hijas me dijeron que no habría problema, pero de todas formas, pensé que tenía que pedir permiso al cura, así que entré en la iglesia, estaba vacía, pero él estaba en una garita de esas de confesarse. Hace tanto que no las uso. Me acerqué, y antes de que me diera tiempo a decir nada, me preguntó de qué me acusaba.

¡Vaya con el cura! Que cotillo. Me quedé cortada un momento, pero luego pensé en las ganas que tenía de contarle a alguien nuestra historia. Y recordé que los curas, si se lo cuentas allí no se lo pueden decir a nadie. Así que me arrodillé y le solté de golpe: ¡De lujuria, padre!  Eso pareció interesarle. Creo que hasta pegó un salto. No podía verle la cara, estaba muy oscuro. Se puso más tieso y acercó la oreja.  ¿De lujuria, hija?  Me preguntó.

Yo empecé a contarle mis andanzas. Diciéndole cuanto me gusta follar contigo por los rincones. Y como voy a trabajar sin bragas esperando que me toques el coño y me metas los dedos dentro, como una perra en celo. Que le he puesto los cuernos a mi marido en mi propia cama, como chillo y me retuerzo cuando me comes el coño. Que me la has metido por el culo, y también he disfrutado como loca. Él parecía escandalizarse, pero yo creo que se estaba poniendo cachondo.  ¿También has disfrutado con eso? ¡Claro!

Disfruté cuando mi culo se abrió para él. Fue como si me desvirgara. Como si nos desvirgáramos mutuamente. Porque para él también fue la primera vez. Disfruté oyéndole decir una y otra vez que le avisara si me hacía daño. Y sintiendo sus manos por mi cuerpo agarrándome con cuidado. Y cuando se corrió dentro de mi culo después de pedirme permiso… De repente me interrumpió, silenciosamente, abrió la rejilla y, sacando la mano, empezó a sobarme las tetas. Empecé a jadear, conteniéndome. Intentando mantener la compostura. Pero la verdad, es que yo también estaba cachonda de recordar todo lo que habíamos hecho.

Él continuaba tocando y manoseando por encima de mi camiseta. Empezó a tirar de ella hacia arriba, hasta que consiguió meter la mano dentro, haciendo que se contrajeran mis pezones. Me preguntaba detalles. Y yo se los daba cada vez más satisfecha. Y más orgullosa. Cada vez que callaba, él me pellizcaba un pezón y yo gemía. Entonces, volvía a pellizcármelo con más fuerza para que continuara. Continuaba hablando, como si no estuviera manoseándome. Hablaba de los pecados y de la penitencia. Me amenazaba con el infierno, como si hubiera peor infierno que no estar contigo. Así que seguí contándole como te follo de pie, sentado y tirados por el suelo encima de un cartón como indigentes. Y como disfruto cuando te corres para mí. O dentro de mí. O cuando te la meneas delante de mi cara.

Pero… ¿hay algo que no hayas hecho? ¡Sí!. Le dije.  No le he follado por el culo. Tengo ganas de meterle algo por allí. Y ver como su polla crece y crece, antes de meneársela y comérmela hasta que reviente. El tío pesado seguía diciendo: ¡Serás castigada te castigará!  ¡Me sonríe cada vez que él me toca!  Le contesté, y eso parece que le puso de mala leche. Así que cuando llegó el momento de la penitencia me dijo que no iba a ser algo habitual, que yo merecía otra cosa y me dijo que volviera a la iglesia y que me arrodillara delante del altar, pero desnuda.

Me desnudé como me lo había indicado. Y estuve así, desnuda, sintiendo cómo aumentaba mi humedad y resbalaba por mis muslos, a pesar del frío que hacía. Pensando en ti. Preguntándome si te gustaría verme allí, arrodillada en pelotas en una iglesia, temblando de frío, con las tetas de punta. Durante una eternidad no sé porqué, me acordé de la última vez que estuvimos en uno de nuestros escondites. De que también hacía mucho frío. Y de que te enfadaste. De que quería pedirte que me besaras y no me salían las palabras. Y de cómo a pesar de los problemas luego seguimos igual o mejor. De pronto, cuando empezaban a dolerme las rodillas, alguien se acercó y empezó a sobar mi culo.

Empecé a temblar. Unas manos elevaron mis caderas, obligándome a apoyarme sobre los pies, mientras permanecía inclinada, de forma que mi coño estaba abierto y accesible. Imagino que brillaría sonrosado bajo las cachas, entre mis piernas abiertas. Empecé a recibir azotes que estallaban en una extraña mezcla de dolor y placer. Que poco original. Yo esperaba algo mejor de un cura. Pero me gustaba recordar cuanto te gusta que me peguen y las ganas que tengo que lo hagas tú. Así que empecé a mover el culo, gimiendo bajo los azotes. Como tantas veces he soñado hacerlo para ti.

Bien, había sido azotada y estaba excitada, con el culo rojo, igual que las tetas. Unas manos acariciaron mis nalgas enrojecidas provocándome un gemido. Después sentí como me manoseaban el coño, tirando de mis labios mojados y retorciéndoselos, yendo adelante y atrás. Abriendo mi raja y volviéndola a dejar. Yo perdía el control de mi cuerpo y balanceaba las caderas, sin querer, buscando el contacto, igual que cuando me tocas tú. Unos dedos hurgaron dentro de mi coño, donde se movieron con fuerza. Sentí un vacío y la necesidad de juntar las piernas, apretar esa mano y liberar mis ansias de correrme, pero la mano que me controlaba se endureció, sin permitírmelo.

Ahora otra mano tocaba mis tetas con fuerza, casi me dolía, pero estaba demasiado cachonda para ello. De pronto, la mano se apartó, y mi coño empezó a temblar, vacío y palpitante. Una polla dura y enorme ocupó el lugar de la mano, embistiendo con fuerza una y otra vez, hasta que llenó mi coño completamente. Mientras las manos tironeaban de mis maltratadas tetas, alternando con pellizcos y azotes en mis enrojecidas cachas.  ¿Así te folla él, zorra? Me preguntaba con voz muy ronca, mientras empujaba más y más, aplastando sus huevos contra mi coño.  ¡No! Él me follaría mejor. Sobre todo si estuviera aquí y nos viera. Le respondí mientras seguía moviendo el culo.

Mi respiración era una serie de gemidos, acompasados a los empujones una y otra vez; cada vez más profundos; cada vez más firmes; cada vez más largos y más rápidos. Junté las piernas, apretándolas, deseando correrme, sintiendo con más fuerza la carne en mi interior. Me paralicé un instante, justo antes de reventar sobre la polla que tenía dentro. Mi coño palpitó y mis caderas se balancearon tirando de ella arriba y abajo. Él sintió la explosión en su verga estrujada por mi coño que temblaba en un violento orgasmo. Lo sintió y se dejó llevar, explotando en mi interior, vaciándose completamente.  Ahora, vete y no peques más me dijo y no vuelvas la cabeza o te pesará.

Me incorporé y sin volverme, empecé a vestirme. Aunque la corrida resbalaba por mis piernas. Con las prisas, allí se quedaron mis bragas, aún húmedas. Pues parece que ir al pueblo puede ser hasta divertido. ¿Te gustaría?

Autor: Pecadora

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