Clase de tango

Lautaro se colocó detrás de mí y comenzó a penetrarme lentamente. Vos lamías la vagina de Sofía y ella no disimulaba su placer, yo estaba penetrada por ambos y tocaba los pechos de ella. Todos suspirábamos con un ritmo interesante. La primera en acabar fue ella, como para no, con tu deliciosa lengua. Luego vino mi delicioso primer orgasmo y enseguida sentí tu leche derramarse dentro de mí.

Después de mucho tiempo retomé mi baile de tango. Esa tarde me sentía radiante, había hecho el amor con vos la noche anterior y habíamos desayunado juntos. Como siempre, cuando bailo tango, elegí unas medias de liga pero altas para que no se vean por debajo de la falda negra. Preparé mis zapatos y después de terapia, me presenté junto a  Antonio en  Palermo.

Para mi sorpresa las clases de tango avanzado pasaron a los días martes y los jueves solo van principiantes. Casi cuando me decidía a irme Lautaro, mi ex profesor de milonga, me propuso quedarme a ayudarlo con los que más flojos estaban. Ya estaba allí y me parecía divertido.

Lautaro es un gran bailarín y además tiene un buen cuerpo para sostener y acompañar. La primer melodía la bailamos, para calentar la pista, normal, casual. Frente a la mirada de todos los que intentaban seguirnos decidimos seguir con una segunda vuelta. Apenas sonaron los primeros sonidos divisé tus manos sobre la mesa, levanté la mirada y verdaderamente eras vos. Me acerqué a saludarte. Me temblaba el cuerpo de verte allí, me diste un beso húmedo en los labios y me dijiste baila para mí. Lautaro y yo bailamos dos o tres tangos más.

Descansamos un rato y retomamos casi al final de la clase. Me encantaba verte allí sentado, mirándome. La música estaba fuerte y sentía la firmeza de las manos de Lautaro que me tomaban por la cintura. Cada movimiento me acercaba más a su cuerpo, tanto que podía sentir su diafragma moverse. En algunas paradas me sujetaba desde más abajo, casi rozando mi cadera desde atrás. Vos cambiaste tu ubicación y quedaste justo frente a nosotros. Miraste a Lautaro y le dijiste que yo tenía razón respecto que el tango era un baile erótico. Él te contestó, si querés te muestro.

Estábamos solos los tres, nosotros empezamos a bailar y Lautaro ya no me tomaba solo con firmeza. Lentamente sentí sus manos que recorría con energía y pasión mi espalda. Me sostenía rígidamente con ambas manos en las paradas y me atraía con cierta autoridad hacia su cuerpo. Aflojó suavemente la gomita de mi cabello y me susurró a mi oído, así a tu amante le gustas más y a mi también. Sentí cómo su mano derecha se apoyaba suavemente sobre uno de mis pechos y la otra mano levantaba involuntariamente mi falda y deja ver el conjunto de mis medias y piel. Besó mi cuello en algunas oportunidades provocando que todo mi cuerpo se estremeciera. En una de las vueltas enredó sus manos en mi camisa y desabrochó dos botones de un solo intento. Buscó suavemente mis pechos dentro de mi camia y con algo de presión giró cada uno de mis pezones hasta sentir como mis manos se hundían de placer en su espalda. Vos seguías mirándonos y sonreíste ante cada intento de seducción de Lautaro.

Me quedé sola en la pista unos segundos mientras él tomaba un poco de agua y aproveché ese momento para dejarme llevar. Me acerqué a tu silla y dejé caer el resto de mi camisa. Llevaste tus manos hacia atrás y con mucha convicción dejaste mis pechos a la vista. Bajaste el cierre de mi falda, pasaste una mano entre mis piernas, amo ese movimiento, y con fuerza retiraste mi falda, dejándome en medias y algo de ropa interior. Mis pezones ya estaban duros, parados, necesitados de tu húmeda saliva. Lautaro, que ya estaba sin camisa, me tomó de la mano y dijo que te íbamos a mostrar lo erótico del tango.

Mis tetas calientes rozaban el pecho de Lautaro en cada parada, lo que ocasionaba que mis pezones endurecieran aún más y se erotizaran por la necesidad de manos. Lautaro no podía ocultar o disimular su citación. Su pene se clavaba en mi cuerpo en cada giro, creo que podía notar su humedad fácilmente. Se dio vuelta y te pregunto si querías ver más, vos dijiste, aquí estamos y si Marian quiere, yo quiero.

Lautaro me arrodilló decididamente y bajó el cierre de su pantalón.  No dudé en buscar su excitada pija y colocarla caliente dentro de mi boca. Todavía recuerdo tu mirada satisfecha al verme como chupaba el pene de Lautaro frente a vos. Lamí su cabeza suavemente hasta que la misma excitación hizo que él me dijera reiteradamente, más fuerte, más fuerte, por favor no pares. Busqué sus huevos y los lamí deliciosamente hasta que sentí tus manos detrás de mi que me levantaban cuidadosamente para dejarme de pie pero inclinada sobre la pija de Lautaro. Te arrodillaste a su lado y tomaste mi cuello dirigiendo mi lengua a tu adorable verga. Recuerdo el calor característico que tiene tu pene cuando recién comienzo a  chuparlo. Las primeras gotas de semen salían de tu pija y se mezclaban con mi saliva, con mi hambre de vos.

Te la lamí, te la chupé, te la besé, la disfruté mientras Lautaro se tocaba intensamente. Me levanté sorpresivamente y comencé a bailar sola para ustedes. Retiré mis medias con sensualidad, mi ropa interior y comencé exhibirme para que disfrutaran de lo que estaba por venir. Me recosté sobre la crujiente madera del piso y abrí todo lo que pude mis piernas. Cerré los ojos y les expliqué que ahora me tocaba a mí. Les indiqué que quería sentir sus lenguas sobre mi cuerpo, que quería sentir sus intimidades desparramadas sobre mi cuerpo.

Te acercaste a mis pechos y comenzaste a jugar con cada uno de mis pezones. Primero suave y circularmente, pero luego se produjo lo más interesante el placer y el dolor al unísono. Recuerdo tus dientes sobre la punta de mis pechos girando y presionando hacia ambos lados. Recuerdo el calor de tu saliva recorriendo cada centímetro de mis pechos. Tu lengua masajeaba cada célula de mi piel. Te susurré al oído que Lautaro debía chuparme la vagina pero que vos debías decirle como.

Abriste un poco más mis piernas y le dijiste que nunca volvería a ver algo igual, que debía probar lo delicioso de mi intimidad. Siempre me decís lo mismo y yo me derrito. Sentí tus dedos rodeando mis ojos para no dejarme ver, al mismo tiempo, que sentí su aliento cerca de mi entre pierna. Comenzó a besarme tiernamente la ingle derecha y dejó caer delicadas gotas de su saliva sobre mi clítoris que me hicieron estremecer. Sentí como su lengua se deslizaba lentamente por los pliegues de mi vagina. Suave, y caliente fue su recorrido. Cada lamida sabía más caliente. Cada lamida dejaba más rastros de saliva dentro de mí.

Sentí tus dedos masajeándome los ojos, la sien, las pestañas, y un masaje más puntual con toda la boca de Lautaro sobre mi conchita. Sus dedos acompañaban el movimiento circular que su lengua dibujaba dentro de mí. Sentí como un dedo estaba dentro mío tocando quien sabe qué y provocándome suspiros de placer. Su lengua giraba vigorosamente en mi clítoris y sus dedos, ya eran tres dentro de mí. Recuerdo que vos decías en varias oportunidades, no dejes de chupársela me encanta verla disfrutar. Seguía sin poder mirar, pero dos nuevas sensaciones aparecieron en mí, tu pija rozó mis labios para quedarse dentro de mi boca, y más saliva caliente brotada de mi interior provocándome un extenso orgasmo.

Destapaste mis ojos por un ruido que escuchamos en la sala. Era Sofía, la novia de Lautaro, que no tenía buena cara. Nos miró bastante sorprendida y le preguntó a Lautaro que pasaba. El le explicó que siempre había tenido fantasías con esa situación y que se sintió atraído por mí, y estando Martín de acuerdo empezó el juego. Trató de sentarla a su lado y desprenderle la blusa. Nosotros comenzamos a besarnos ajenos a su problemática. Te acosté en el piso y me senté gloriosamente arriba tuyo. ¡Que placer tu pija dentro mío!

Recuerdo que tuve varios orgasmos hasta que Lautaro se me acercó y muy bajito nos pidió ayuda con Sofía. Vos pediste que me ocupara del tema. Le pedía Sofía que se relajara un poco, que para mi tampoco era tan fácil, pero que estaba bueno hacer algo diferente. Me senté a su lado y comencé a sacarle la blusa. Desabroché cada botón mirándote a los ojos y dejé escapar uno de sus pechos para que te calentaras tanto como me gusta mí.

Sofía temblaba un poco y me sujetó una de mis manos para que no siguiera. Sin embargo, coloqué su mano sobre uno de mis pechos y le pedí que cerrara los ojos y pensara en sentir la dureza de mi pezón. Coloqué saliva en mis dos de la otra mano y de los pasé suavemente por los labios, reaccionó algo molesta pero calmé su ira presionando fuertemente su mano sobre mi teta. Presioné tanto como pude hasta sentirme caliente de ir por más. Te paraste muy caliente, con tu pija bien dura y parada y como si supieras de mi necesidad le separaste las piernas lentamente diciendo, dejala hacer. Mis manos también temblaban un poco, pero mi calentura, mi fuego era más intenso.

Coloqué una mano por debajo de su falda hasta encontrar una diminuta bikini, de esas que uso yo, que corrí hacia un costado. Seguí hundiendo más mis dedos, hasta llegar a sus labios húmedos y necesitados de manoseo.

Coloqué mi dedo índice en la entrada de su vagina y le dije suavemente: Si querés sentir más vas a tener que acercarte. Y así fue, suavemente se acercó a mi dedo y sentía la humedad de las paredes de su intimidad abrazando mi dedo. La sensación la desinhibió un poco, tomó tu pene y comenzó a chuparlo con bastante esmero, situación que me molestó en principio. Pero vos silenciosamente me insinuaste que no hay como mi boca y mis besos, ¿mentiroso?

Lautaro se acercó a nosotros y comenzó a besarme el cuello y luego la espalda. Sentí como Sofía tenía su primer orgasmo mientras se tocaba el clítoris y mis dedos la penetraban. Sus jugos corrieron por mi mano que se retiro de su vagina para acariciar y besar tus testículos. Que cerca estaban nuestras bocas…nuestras lenguas….lograba sentir la respiración de Sofía.

Dejaste su boca para acostarte en el suelo y pedirme que me sentara sobre tu pene, que relajara mi culito para él. Mi tensión volvió a aparecer, pero ella, algo zarpada, se agachó y dejó saliva sobre mi culito, colocó sus dedos, y dijo: ahora me toca a mí. Me acarició suavemente dejando entrar y salir uno de sus dedos suavemente. Mientras Lautaro me acariciaba y besaba los pechos.

Mi culito estaba listo, relajado, para recibirlo. Me senté lentamente mientras Sofía volvía sobre mis pezones y cruzaba su lengua con Lautaro. Me senté mirándote de frente y ella se colocó entre los dos, dejándote toda su concha a tu disposición. ¡Que celos!

Lautaro se colocó detrás de mí y comenzó a penetrarme lentamente. Vos lamías la vagina de Sofía y ella no disimulaba su placer, yo estaba penetrada por ambos y tocaba los pechos de ella. Todos suspirábamos con un ritmo interesante. La primera en acabar fue ella, como para no, con tu deliciosa lengua. Luego vino mi delicioso primer orgasmo y enseguida sentí tu leche derramarse dentro de mí.

Lautaro tardó unos segundos más en gemir exponiendo su acabada sensacional. Seguí moviéndome con ambos más relajados dentro de mí hasta que llegó mi segundo y tercer orgasmo. Que placer.

Lautaro levantó a Sofía y comenzaron a vestirse lentamente. Nosotros todavía algo unidos seguimos con nuestra cadena de besos y mimos. Solo hablamos para decir que ambos necesitábamos un buen baño. Llegamos en pocos minutos a Laprida y Arenales. Enjabonaste mi cuerpo con mucha dulzura y nos recostamos juntos. No recuerdo cuanto dormimos, pero me despertaron tus besos suaves y tiernos. Recuerdo que volvimos a hacer el amor.

Hasta ahora no volvimos a hablar de ese encuentro. Cuando hablamos me dijiste que…

Autora: Marian

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