Mi barco es mi tesoro

Está muy excitada y no puede detenerse. Beso sus dedos mientras se acaricia y le deja sitio a mi lengua mientras me aprieta contra ella. Un rato después, largo y delicioso, veo cómo se tensa, como un arco de tejo y percibo cómo alcanza el orgasmo.

Tres amigos han alquilado mi barco para hacer una semana larga de navegación, dando la vuelta a Menorca: Una pareja joven, parecen casi recién casados, y una mujer sola que me adjudican como pareja entre bromas hacia mi condición de casado solitario. Repartimos los dos camarotes de popa para la pareja y la “solitaria”. Yo estoy a proa, en  el camarote del capitán.

Durante la navegación he apreciado que el “recién casado” le ha tirado los tejos casi con descaro a la otra mujer. La suya, una preciosidad belicosa que parece hecha a fuerza de Pilates, ha demostrado algo de rebote.  Me espera una buena semanita. ¡Y es el primer día!

Hacemos el cuadrante de guardias para la noche. Les digo que yo dormitaré en cubierta y ellos irán saliendo, uno cada dos horas. Les parece bien. Al atardecer, desaparece el viento, se queda el mar como un espejo y pongo el motor.

La jovencita dice que se siente algo indispuesta. Broma del impresentable de su marido sobre si sería buena o mala pirata. Tercio en la conversación y le ofrezco el camarote de proa porque el suyo, como está cerca del motor, no es buen lugar para descansar. Lo acepta con una sonrisa y, aparte, me dice que se encuentra perfectamente, pero no le apetece quedarse en cubierta con los otros dos. Le devuelvo la sonrisa y le digo que lo entiendo y la despido hasta la cena. Transcurre la cena con las últimas luces del atardecer sin novedades reseñables.

Después de la tertulia empezamos las guardias. Monotonía. Como tenemos que ir a motor, la parejita está en mi camarote. Silencio, dentro y fuera, sólo roto por el ronroneo del motor. Charla amable con la otra mujer que me explica una historia de “conocimiento anterior” con el fantasma, en el trabajo, que me da la impresión de que no ha acabado definitivamente… Lo entiendo todo, aunque me extraña que se hayan decidido a hacer el viaje los tres. Cuando son las doce, sale el fantasma; dice que su “queridita” duerme como un bebé porque él le ha dado un besito antes de salir y ni se ha movido. El fantasma propone cambio de planes:

-Como hace muy buena mar y sólo hay que vigilar las luces de otros ocasionales navegantes, se ofrece para hacer él la guardia con la “amiga” y yo me puedo ir a dormir un rato.

Percibo el cruce cómplice de miradas, decido que ya son mayorcitos y con el deseo de buena guardia me despido. Habíamos quedado, durante la navegación nocturna, seguir el sistema de cama caliente, uno se coloca donde sale el otro, y utilizar todos el camarote de proa, por lo del ruido del motor. Entro al camarote y percibo ese olor dulce que exhala la piel de las mujeres. Me tiendo con sumo cuidado al lado de la jovencita con un poco de sentimiento de pena. Percibo su calor. Se mueve un poco y se me acerca. Tranquilo, no pasa nada. Se oye apagada la conversación de cubierta: Comentario de ella sobre el capitán y la jovencita en el camarote, risitas. Comentario del fantasma acerca de la capacidad de su “santa”:

-Y además él -o sea yo-, es “muy mayor para su gusto”. Y encima está casado. Ella no piensa como nosotros… -risita nerviosa de él y el ruido de moverse por unas cosquillas presagiadoras de paso a mayores-. Silencio en el camarote, aunque si oyesen mis pensamientos…

La jovencita se da la vuelta y, a la luz de la luna llena que entra por el portillo, nos miramos; le veo los ojos, está despierta: Tienen una sonrisa algo triste. Lo ha oído todo. Cambia la sonrisa y la convierte en más abierta mientras suspira.

-¿Y tú qué piensas? -me dice. -Pues que eres una mujer impresionante, que puedes hacer lo que te dé la gana y que hace falta algo más que un fantasma para “cansarte”, supongo. -Tú estás casado ¿No? -Sí, ¿Por qué? -¡Cómo que por qué! Tú aceptarías que yo te tirase los tejos. -¿Por qué no? Si te apetece y te gusto…-se ríe-. -Y ella ¿Qué pensaría? -Nunca permitiría que ella lo conociese. Como yo nunca indago en sus relaciones cuando por su trabajo sale durante varios días y convive con otros amigos. Para mí lo que cuenta es que luego volvemos a casa contentos de encontrar al otro.

Guardo unos momentos de silencio en los que noto que ella se está planteando si se decide a hacer algo o no.

-Yo creo que con cada persona tenemos un determinado compromiso -le digo-; la fidelidad para mí es no darle a otros lo que es de unos y no quitarle nada a nadie. A mis amigos les doy el aprecio, el cariño, la amistad, a cada uno según el grado que le toca. Tengo amigas que se sienten muy bien en mis brazos, porque saben que no les voy a intentar arrancar nada que no tenían para mí.

-Yo nunca había pensado así. Para mí, mi pareja era la única desde que se lo prometí. Y no es que no piense que hay alguna gente que vale la pena para disfrutar de un buen rato… Aunque la verdad es que desde hace un poco de tiempo me planteo bastantes dudas porque mi “amado esposo” -Aprecio un retintín despectivo en lo que va entre comillas-, parece la mariposa de las mil flores.

Me río y encojo los hombros en gesto de resignación.

-¿Tú crees que yo soy como él dice? -me pregunta-. -Yo creo que tú puedes ser como te dé la gana. Eres una mujer impresionante. -¿Y tú crees que podría jugar contigo siendo “tan mayor”? –

El retintín de su frasecita me joroba un poco, es como un reto, una provocación. Me río al responderle-.

– ¡Qué miedo me da esa pregunta! ¡Una hembra cazadora! -¿Piensas ahora en tu esposa? -No está aquí, y no pienso darte nada suyo… Pero tengo tanta ternura y cariño que tal vez haya algo para ti. -¡Vaya! ¡Qué sorpresa! -vuelve a sonreír, apoya su mano decidida sobre mi pecho, haciendo círculos con sus dedos, que van bajando-. -¿Estás segura? -le digo, tensando los músculos un poco por nervios y un poco para que aprecie mi estado de forma-. – ¿Te parece que no? -Después de lo que te he dicho no sé si te lo creerás, pero no estoy muy acostumbrado… -¿Te molesta? -Todo lo contrario, me encanta. -respondo en medio de un suspiro-. -Pues sí, parece que sí. -acaba de llegar a mi entrepierna, que roza con la punta de los dedos, y percibe una erección en toda regla-.

Yo me dejo hacer y aún no me creo lo que está pasando. Estoy pensando cuándo y cómo pasaré a la acción. En ese momento se quita la camiseta con un gesto decidido. ¡Qué pechos más hermosos! Me quedo quieto, pero adrede, calibrando el gesto de abrazarla.

Mete su mano por el pantalón y me agarra con firmeza. Acaricio su pecho con suavidad, me acerco y lo beso repetida y suavemente, chupo el pezoncito que se pone erecto, siento su mano que sigue con la caricia. Decido facilitarle la tarea y en un gesto me libero del pantalón y de la camiseta. Ella espera y mientras me mira extendido se quita despacio la braguita con un contoneo de las caderas que me excita aún más si cabe.

Está desnuda y sentada como la sirenita de Andersen. ¡Qué bella! El airecillo me acaricia antes de sentir de nuevo su mano y el resto de su cuerpo que se derrama sobre el mío. El barco colabora con un suave balanceo. Siento su peso, el tacto de sus pechos, el vello de su pubis en mi ingle, su cabello sobre mi cara antes de retirárselo con un gesto de cine que hace temblar sus tetitas.

Yo sé que con esta excitación no voy a aguantar un asalto demasiado largo por lo que decido dedicarle un beso general a su cuerpo. La tiendo boca arriba, extiende sus brazos y la recorro con mis labios y con mi lengua, sin prisas, con dedicación. Beso sus manos abiertas, voy besando sus antebrazos, soplo el interior de los codos y beso suavemente la piel de sus brazos que me llevan hacia la axila depilada, suavísima, mordisqueo los bíceps, los cosquilleo con la punta de la lengua.

Sé donde insistir para provocarle más placer. Noto su respuesta y la prolongo. Llego al pecho, ni grande ni pequeño, apetecible, muy apetecible. Me entretengo sin ninguna prisa disfrutándola. Alterno caricias, besos; soplo sus pezones para endurecerlos.

Ella me anima acariciando mi cabeza con energía, con deseo, apretándola contra ella. Bajo un poco más y caigo, sí caigo, en su ombligo, mordisqueo su cintura, la lengua recorre las ingles y la piel finísima del interior de sus muslos, regreso hacia la tripita y noto el temblor de su vientre. Toma mi cabeza entre sus manos y la lleva hasta su sexo.

Sé lo que quiere y se lo dedico con toda la maestría que tengo. Hurgo con mi lengua hasta lo más profundo de su ser y me regala un jugo dulce y viscoso que me bebo con deleite. Oigo su gemido y me preocupa que nos oigan desde fuera. Paro un instante y escucho… Silencio. Ella me apremia con una vocecita que suplica: -Sigue -vuelvo al ataque y noto que en el segundo de espera ella ha comenzado a acariciarse el clítoris-.

Está muy excitada y no puede detenerse. Beso sus dedos mientras se acaricia y le deja sitio a mi lengua mientras me aprieta contra ella. Un rato después, largo y delicioso, veo cómo se tensa, como un arco de tejo y percibo cómo alcanza el orgasmo. Un orgasmo lento, pero fuerte, convulsivo, extenso, que la recorre desde el cabello hasta los pies, haciendo temblar sus pechos, tensando su vientre y cerrando sus muslos con mi cabeza en medio. Aún con el estertor del placer me estira de la cabeza y me coloca sobre ella.

-No tengo preservativo, no tenía previsto…-le digo-. -No me hace falta, toma mi miembro más que a punto y lo mete con premura y con decisión dentro de ella, mientras me aprieta por los glúteos con las manos y con las piernas-.

Estiro mis brazos y comienzo una serie de embestidas largas y decididas quiero notar su tope y consigo moverla a mi compás. Su calor me envuelve, ¡Está tan mojada! Tengo miedo de salirme en alguna de las embestidas, pero ella me retiene con sus piernas.

Mi respiración le dice que estoy a punto de estallar y ahora es ella la que se agita acoplada. Estallo en un placer largo, abundante, y me recibe como con ansia. Noto que está disfrutando. Un suspiro unísono nos dice que hemos acabado. Giro sin soltarla y la coloco sobre mí. ¡Qué cuerpo tan hermoso! Acaricio su cintura bajando la curva de sus caderas hasta los muslos.

Me río y me pregunta por qué. Le digo que las aventuras en los matrimonios mayores parecen casi lógicas, por aquello de probar la novedad, pero en las parejitas recientes… Me dice que es sólo eso, su pareja actual, pero que ya se lo estaba pensando antes de embarcar y ha decidido dejarlo, aunque esperará a volver a casa para hablarlo con serenidad.

-Yo pensaba que estabais casados como os llamáis “maridito” y “mujercita” -No.

Suspiro, pensando en el número del fantasma plantado como un cebollino por una mujer que no se merece. Ella se apoya en un codo y me dice con sonrisa pícara: -Organízalo bien y tendremos más momentos como éste. Además él estará encantado de tener oportunidades para poder cazar en otro coto. No es mal tipo… Pero no es el mío.

Le alcanzo unas toallitas y se recompone en un momento. Mientras yo me limpio un poco dedicándole una sonrisa a mi instrumento ya en reposo, ella se ha puesto la camiseta y las bragas metidas más de lo debido, como un tanga, y se ha tendido boca abajo suspirando profundamente.
¡Qué culo más bonito!

Fuera, el ronroneo del motor y el silencio.

¡Qué semana me espera! Y es el primer día.

Autor: Flecha Negra

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Apuesta en el póquer

Empezó un lento mete y saca que Susana acompañaba con pequeños gemidos, que alguna vez se convertían en gritos, yo pensé que la iba a romper de lo fuerte que la estaba dando, según pasaba el tiempo iba aumentado el ritmo y la fuerza de sus envites. Llegó un momento en el que a la vez que la enculaba le daba fuertes azotes en el culo, que mi mujer parecía recibir con placer.

Recuerdo aquella noche como si fuera ahora mismo, nunca olvidaré aquella situación que quedo atrapada en mi mente. Susana y yo nos casamos hace 5 años y llevamos una vida normal, nos gustaba mucho salir a cenar y bailar. Aunque últimamente nuestros gustos están cambiando y preferimos sitios más tranquilos. En el aspecto sexual éramos una pareja normal, aunque desde aquella noche todo ha cambiado. Susana siempre ha soñado con ir a grandes fiestas y banquetes, vestida con magníficos trajes de noche. No siempre tenemos la ocasión de hacerlo, pero en el verano pasado decidimos darnos un pequeño lujo y hacer un crucero por el Mediterráneo.
El barco era impresionante, a todo lujo y Susana estaba encantada porque al bajar a cenar todo el mundo iba de gala. En las mesas, que eran de 6 personas, nos tocaba cenar siempre con las mismas caras, un matrimonio aburrido que nunca decía nada interesante y una pareja muy divertida con la cual empezamos a hacer amistad. Ellos eran de Madrid y cada noche después de cenar se iban al casino a jugarse unas pesetillas. Esas “pesetillas” podían llegar a ser 100 ó 200 mil, algo totalmente lejos de nuestras posibilidades. Nosotros nos gastábamos lo mínimo posible y mirábamos alucinados como jugaban en la ruleta algo que para nosotros parecía una millonada. Esa misma noche nos contaron que habían recibido una suculenta herencia y que tenían un presupuesto de varios millones para las vacaciones, siendo su objetivo gastarse una buena cantidad de dinero, sin importarles perder o ganar.

Nuestra amistad con ellos se fue haciendo cada vez mayor hasta que una noche nos ofrecieron su dinero para jugar, en total querían que nos gastáramos 300.000 pta en lo que quisiéramos y allí empezó todo. La primera noche ganamos a la ruleta y casi duplicamos la cantidad, pero en las sucesivas noches fuimos perdiendo dinero hasta que llego la última noche en el barco. En el casino ya nos conocían y nos dijeron que esa noche se celebraba una partida especial de póquer, donde solo asistían los jugadores y sus parejas, si así lo deseaban, para evitar mirones. Yo siempre había soñado con jugar una partida de este tipo, como en las películas, estilo Paul Newman, y acepté. Total, solo nos quedaban 100.000 pesetas y había que pasárselo bien.

Éramos 5 jugadores, todos de una posición económica muy buena, o al menos eso pensaban los demás de mí, dado que yo solo disponía de aquella cantidad. Empezó la partida y empecé a ganar, doble la cantidad en una hora, pero a partir de ese momento empecé a perder. Susana, estaba detrás de mí y se había quedado sola, el resto de las mujeres de los jugadores se habían marchado excepto una. Una rubia preciosa, a la cual no había tenido tiempo de admirar dado lo negra que se estaba poniendo la partida. Llegó un momento en que me quedé sin dinero pero tenía una buena jugada, un full. Si perdía no tenía fondos para pagar pero sin duda perdí el juicio y decidí continuar. Comenté que no tenía dinero allí mismo pero que al día siguiente lo haría efectivo, el resto de los jugadores aceptaron y evidentemente perdí la friolera de 750.000 pesetas.

Supongo que el resto de jugadores se dieron cuenta de que algo ocurría porque la partida se paró, y me preguntaron que entendían que no había problema con su dinero. No sabía qué decir, me quedé callado y entendieron lo que ocurría. En ese momento la rubia salió y entro acompañada de un par de matones que se pusieron en la puerta. Los cuatro jugadores su reunieron en un lado de la mesa y empezaron a hablar entre ellos. Susana y yo nos quedamos juntos, de pie y callados.

Uno de los jugadores, José, el más viejo, se dirigió a nosotros y nos dijo que o bien conseguíamos dinero en un plazo de 2 horas o en caso contrario tendríamos que pagar de otra forma. Les intenté explicar que yo no era rico y que no podía disponer de esa cantidad hasta que volviéramos a casa y vendiera alguna posesión, la situación era muy delicada. José, se acercó a nosotros y mirando a Susana, dijo:

– En ese caso tendremos que utilizar los servicios de tu mujer.

Me quedé mudo sin saber que decir y miré a Susana, ella se puso detrás de mí y dijo que en ningún caso, que ella se marchaba de allí, e intentó irse, pero los matones se lo impidieron. Ella me miraba sin decir y nada y yo no acertaba a articular palabra. José se acercó a mi mujer y dijo:

– Susana, enséñanos lo que hemos ganado esta noche.

En ese momento reaccioné, me puse entre José y Susana y gritando le dije a José que jamás lo permitiría. José simplemente sacó una pistola de su chaqueta y me dijo:

– Como prefieras, podemos hacerlo por las buenas o por las malas. Pero aquí nadie se ríe de nosotros. – Pero José -dije yo-, espera unos días y lo solucionamos. – No, ahora, tiene que ser ahora. Desnúdate – le dijo a Susana.

Susana, estaba petrificada y vi como sus ojos empezaban a estar brillantes, de la rabia, de la impotencia. Me miró, pidiendo mi consentimiento y se lo di, afirmé con la cabeza. En ese momento cambiaron nuestras vidas. Susana, empezó a desabrocharse el vestido, primero deslizó un hombre y luego el otro, fue bajándolo lentamente hasta que llegó a la cintura. Su sujetador de encaje quedó a la vista de todos que lanzaron un suspiro e hicieron algunos comentarios sobre los pechos de mi mujer.

José le hizo un gesto con su mano para que siguiera, Susana dejó caer el vestido al suelo y quedó expuesta ante ellos, con su sujetador y sus braguitas de encaje, sus piernas estaban adornadas por unas medias preciosas negras y unos zapatos de tacón. Sus brazos y sus manos intentaban ocultar a la vista de aquellos desconocidos aquellas partes de su cuerpo que sólo yo había visto antes.

José se quedó mirándola y le dijo a Susana que se diera la vuelta, ella giró sobre sí misma para que aquellos hombres pudieran ver su cuerpo por completo, quedó de espaldas a ellos y clavó su mirada en mis ojos. Yo no pude hacer otra cosa que bajar mi mirada al suelo, habíamos llegado a aquella situación por mi culpa, por mi pasión por el juego, aquel dichoso casino. En ese momento José se acercó a Susana por detrás y le desabrochó el sujetador, Susana lo retenía con sus brazos, pero José se dirigió a ella y le dijo:

– Susana, gírate hacia nosotros y deja caer tus brazos queremos contemplar esos hermosos pechos que tienes.

Susana, se giró y muy lentamente dejó caer sus brazos, el sujetador cayó al suelo y sus hermosos pechos aparecieron erguidos ante ellos. Volvieron a hacer comentarios, José se acercó y con sus dos manos los acarició, los palpó, parecía que los estuviera midiendo. Luego acercó su boca y Susana lo rechazó con un grito:

– No, no, por favor.

José se dirigió a mí:

– Convence a la putita de tu mujer para que disfrutemos sin más interrupciones de nuestro preciado trofeo, la hemos ganado y queremos disfrutar de ella.

Susana, volvió a taparse los pechos con sus brazos y se dirigió hacia donde yo estaba, se abrazó a mí llorando. Intenté calmarla y decirle que había que hacer lo que ellos querían pues de otra forma podíamos tener problemas, que se relajara e intentara disfrutar de la situación, porque de todas formas había que hacerlo. Susana se acercó a José y éste acercó su boca a los pechos de ella. Susana esta vez se dejó, dejó que José apoyara su boca en su pecho y dejó que su lengua recorriera su pezón en círculos, luego José lo succionó y cuando separó su boca pude ver como el pezón de mi mujer estaba completamente erecto.

José entonces acercó su boca al otro e hizo la misma operación, una vez probados y saboreados los dos levantó los brazos de Susana y puso sus manos detrás de la nuca, de forma que sus pechos se elevaban aún más, acto seguido se agachó ante ella y su cabeza quedó a la altura del coñito de mi mujer, que todavía estaba cubierto por sus braguitas. Puso un dedo a cada lado de las braguitas y tiró de ellas hacia abajo lentamente. Susana me miró como pidiendo mi aprobación y tuve que asentir con la cabeza. José dejó sus braguitas a mitad de los muslos de mi mujer y expuso su recortadito coñito a la vista de todos los presentes.

Los matones salieron de la sala ante una indicación de José y sólo quedamos los cuatro jugadores, incluido José, la rubia, Susana completamente expuesta delante de ellos con las bragas todavía en sus muslos y yo, en una situación que jamás olvidaré y a la cual llegamos por mi culpa. No sabía cuáles eran las intenciones del grupo de jugadores pero me temía lo peor, y lo peor era que mi mujer iba a ser poseída por todos ellos, sin ninguna duda, lo que no entendía era la especia de ceremonia que estaban celebrando, porque ya podían haber empezado a manosearla y poseerla a su antojo.

Susana, estaba quieta y noté como tenía toda la piel de gallina, estaba temblando ante ellos. José se acercó a Susana y acogiéndola de la mano la acercó a la mesa, puso sus manos encima de la mesa y dobló el cuerpo de Susana. Esta era la postura ideal para que Susana fuera poseída desde atrás. Entonces José me indicó que me sentara al otro lado de la mesa y que agarrara fuerte las manos de Susana a la misma, para que estuviera quieta.

Así lo hice, no podía mirar a Susana a los ojos, estaba delante de mi pero no podía mirarla. José se puso detrás de ella y Susana dio un respingo cuando él tocó con sus manos su precioso coño, estuvo jugando dentro de él unos minutos con una mano mientras que con la otra se dedicaba a acariciar los pechos de mi mujer. Aquello era una humillación salvaje, pero no me atrevía a hacer nada. Susana empezó a respirar más fuerte, la miré a la cara y estaba muy tensa, con los ojos cerrados, supongo que intentando poner su mente en otra parte. José entonces se apartó de mi mujer y después de decir:

– Ya está lubricada.

Sacó su polla y se la clavó a mi mujer, Susana entonces bajó la cabeza y cuando José empezó con el mete y saca, el cabello de mi mujer empezó a moverse al compás de sus empujones y sus pechos bailaban arriba y abajo. José tenía sus manos aferradas a los pechos de mi mujer como si en ello le fuera la vida. Fue muy rápido duró solo unos pocos minutos, pero Susana ya había lanzado algún pequeño gemido cuando José incrementó el ritmo salvajemente y sin duda se corrió dentro de ella, no tuvo ni el reparo de hacerlo fuera. Cuando José sacó su miembro de mi mujer, Susana me dijo en voz baja:

– Estarás contento cabrón.

Y a continuación dijo en voz alta para que la oyeran todos:

– Vamos, ¿quién es el siguiente? Estoy muy caliente y quiero correrme yo también.

Ante aquellas palabras los tres que faltaban solo sonrieron, parecería que ya tenían el turno establecido porque el siguiente se levantó de la silla, era un chico joven, fuerte y cuando se desnudó pude apreciar su considerable miembro que ya estaba erecto. El chico se acercó a mi mujer y se agachó detrás de ella, al principio pensé que estaba comiéndole el coño desde atrás, pero luego me di cuenta que estaba trabajándole su orificio trasero. Susana estaba gimiendo y repetía sin parar:

– No por ahí, no, nunca lo he hecho por ahí.

Y era verdad, nunca habíamos probado el sexo anal, su culito estaba completamente virgen. Aquello pareció enardecer al chico que se incorporó y empezó a penetrarla por detrás, tardé bastante, o al menos a mí me lo pareció entre los gritos de mi mujer que intentaba soltarse de mis manos, pero yo la agarraba fuerte y le decía que fuera fuerte que iba a ser sólo un momento. Llegó un momento en el que Susana calló y ese momento supongo que coincidió con la penetración completa del chico. A continuación empezó un lento mete y saca que Susana acompañaba con pequeños gemidos, que alguna vez se convertían en gritos.

El chico estuvo bastante tiempo dándole a Susana y yo pensé que la iba a romper de lo fuerte que la estaba dando, según pasaba el tiempo iba aumentado el ritmo y la fuerza de sus envites. Llegó un momento en el que a la vez que la enculaba le daba fuertes azotes en el culo, que mi mujer parecía recibir con placer. En ese momento la miré a la cara y ella me devolvió la mirada, su mirada había cambiado, ahora estaba sonriendo, una sonrisa que yo conocía y que me decía que estaba disfrutando de aquello. Después de unos minutos de fuertes embestidas y azotes, el chico gritó que se corría y empezó a reducir el ritmo hasta que finalmente paró. Entonces sacó la polla del culo de mi mujer y dirigiéndose a ella le dijo:

– Date la vuelta y límpiame la polla con tu lengua, tengo que irme.

Susana se puso de rodillas delante de él y le hizo una impresionante mamada que después de unos minutos acabó una nueva corrida de él, esto lo supe porque el esperma que no pudo tragar mi mujer la brotaba por los labios. Pero ella cuando acabó con él simplemente lo recogió con un dedo y se lo tragó, mirándome a los ojos. El chico se vistió y se fue, eso sí, no sin antes darle a mi mujer un par de azotes en el culo y decirle algo al oído, que mi mujer nunca me ha contado.

Yo estaba abatido, esperaba que todo aquello acabara cuanto antes, pero dada la tranquilidad con la que José y aquellos hombres se tomaban la cosa parecía que iba para largo.
Autor: Tomasbrentano

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