Julia quiere ser actriz

Juan le entregó la cámara Bernardo, que se estaba masturbando,  y no tardé en notar por detrás como un miembro durísimo trataba de abrirse camino por mi coñito, notaba como sus testículos me golpeaban los muslos y las nalgas, su polla estaba ya totalmente dentro de mi, hasta que se produjo una explosión cálida, su semen, que me rebosó todo el coño.

Era la oportunidad de mi vida. Tenía 23 años, acababa de llegar a Barcelona, y deseaba más que nada en este mundo triunfar como modelo o actriz. Mi físico me ayudaba porque gozaba de unas medidas casi perfectas 85 – 60 – 90, había estudiado Arte, era una chica con estilo, guapa de cara, con mis labios carnosos y mis grandes ojos verdes y una abundante melena morena y rizada.

Uno de los primeros días en los que daba comienzo a mi nueva vida en la capital catalana vi un anuncio que me interesó muchísimo. El anuncio decía:

“Importante empresa nacional busca  actrices y modelos:   Chica joven, de 18 a 25 años, con aspiraciones a artista, para promocionarla como Modelo o  Actriz. Se requiere buena presencia. Casting exhaustivo. Interesados, llamar al… ”.

Y llamé. Y todo me pareció fantástico. Sin embargo, lo que si me llamo la atención era el sueldo: ofrecían un sueldo fijo de 1.200 € al mes, más el 50 % de la comisión sobre los trabajos a realizar.

Llegué a la empresa de actrices, situada en el centro de Barcelona. Me había citado con una señora llamada Patricia Biela, que fue quien me abrió la puerta. Le calculé que tendría entre 35 y 40 años. Era alta, fuerte, morena vestida en plan ejecutivo con una falda gris oscuro, seguramente de marca, blusa blanca cerrada y unos tacones bastante altos.

Casi enseguida empezamos la entrevista,  las dos solas en su despacho. Me hizo muchas  preguntas, de las cuales algunas me parecieron fuera de tono, pero soy bastante liberal en ese aspecto. Me preguntó si era virgen (¡virgen yo!), si me masturbaba, y no sé qué más cosas, pero todas por ese estilo. Supuse que era así como se las gastaban  los entrevistadores, porque claro, para ser actor, lo normal es que no tengas problemas para hablar de este tipo de cosas… quiero decir que es importante ser desinhibido, ¿no?,

El caso es que todo marchó muy bien. En un momento determinado, una vez acabado el interrogatorio, Patricia me llevó a una especie de salón de plenos, donde dos hombres nos esperaban. Nos presentaron. Se llamaban Juan y Bernardo. El primero era joven, de unos 30 años, y muy interesante para mi gusto…  el otro era un gordo con cara de salido y bastante repugnante.

“Bueno, Julia,  veamos que tal actriz eres” – me dijo Patricia –  “coge este libro, vete al centro de la sala y lee el primer párrafo”.

Me coloqué donde me había indicado y comencé a declamar. Me esmeré todo lo que pude leyendo con atención, me sentía observada… y no es que eso me moleste… lo que no soporto es que me juzguen. Pero en eso consiste mi trabajo a fin de cuentas. Una vez leído el primer párrafo me callé esperando nuevas órdenes y llegaron, ya lo creo que llegaron…

“Muy bien…” – dijo Bernardo, mesándose la papada – “ahora haz lo mismo, pero sin ropa. A ver si puedes mantener la compostura.”

Miré directamente a Patricia a la cara y me hizo un gesto como diciendo “venga, niña,  ¿a qué esperas?”. No entendía el por qué,  pero ansiaba demasiado ese puesto como para andarme con ñoñerías y total, soy actriz. Como era verano,  tan solo llevaba un vestido azul celeste y mi tanga.

Tengo un pecho pequeño y no necesito sostén y como hacía tanto calor, pues aquella mañana había decidido  prescindir de él. Me miraban esperando. Me quité los zapatos, deslicé de mis hombros las tiras del vestido y este cayó al suelo con un sordo susurro, dejando al descubierto mis bien formadas aunque pequeñas tetas, con esa aureola perfecta y con los pezones semi erectos por el frío del aire acondicionado.  Di un paso hacia atrás y me agaché para recogerlo. Lo coloqué en una silla, me volví al centro de la habitación y cogí el libro. Todo esto lo hice sin levantar la vista ni un solo instante, por miedo a encontrarme con la de alguno de ellos. Pero apenas había acabado de pronunciar la primera frase cuando Patricia me ordenó que parara y, con tono enfadado, me espetó:

“Perdona, Julia, pero creo que te han pedido que te quitaras la ropa y sigo viendo que llevas ese tanga. Deberías escuchar con más atención. Deberías estar desnuda y no lo estás. Si realmente te ves capacitada para este puesto te sugiero que hagas lo que se te pide”.

Eso me puso más nerviosa de que estaba, pero yo quería ese puesto, así que me bajé el tanga hasta las rodillas levantando el pie para que pudiera salir y cogiéndolo con la mano lo tiré a un lado. Traté de taparme un poco con el libro,  pero como tenía que leer y las letras eran demasiado pequeñas ( era una ajada edición del “Don Juan” de Moliere ), tuve que acercármelo más a la cara, mostrando mi monte de Venus perfectamente aseado y depilado. Les miré durante unos instantes, lo suficiente como para ver que los dos hombres tenían la mirada clavada en mi sexo, mientras que ella me miraba a la cara con una pequeña sonrisa sádica. Empecé a leer y para los nervios que tenía no lo hice mal…

“Muy bien, Julia… perfecto. Eres muy buena. Ahora siéntate en ese sillón que tienes detrás, por favor” – me ordenó Patricia.

Era un hermoso sofá  victoriano. Me senté aprovechando la posición para taparme con el libro.

“¿Estás cómoda?…” – yo asentí- , “Perfecto. Ahora a ver si tienes memoria. Esta es la prueba final, y no es fácil, pero estoy segura que la pasaras. Quiero que dejes el libro y recites el primer párrafo, es muy corto, así que esmérate, porque a cada olvido, te iré diciendo lo que tendrás que hacer a continuación, pero siempre deberás de empezar de nuevo y en posturas y situaciones distintas. Empieza”.

Y empecé. Gracias a mis estudios tenía bastante capacidad de memoria, pero lo cierto es que cuando me pongo nerviosa no doy pie con bola… y fallé.

“Empieza de nuevo… pero antes sube tus pies al borde del sillón y colócalos a cada extremo del mismo”.

Así lo hice, quedando totalmente expuesta a mis entrevistadores. Todo mi sexo abierto a ellos. Mi clítoris, así como más abajo podrían ver mi ano también entreabierto… me lo imaginé y me puse mala. Noté cómo me empezaba a excitar aquella situación, pero traté de no pensar en ello, pues si notaban que me estaba poniendo húmeda, quedaría fatal.

En esa postura tan humillante y, ansiosa por acabar,  empecé a recitar de nuevo, pero los nervios me volvieron a traicionar y vi como Juan, al cual se le veía un buen bulto entre los pantalones, sacaba de su bolsa una pequeña cámara de vídeo…

“Vamos a ver…¿tú quieres ser actriz, no es cierto? Pues esto no es más que una cámara, tranquila que la tendremos apagada, es para ver como actúas con presión”.

Y si solo era una truco…¿para qué me revelaba que estaba apagada!? En fin, que me coloqué una vez más pero esta vez noté como mi sexo estaba demasiado humedecido… tanto que de seguro estaría brillando a causa de los flujos y bajo el efecto de los focos…Empecé de nuevo mi recital. Fue Patricia quien cogió la cámara de las manos de Juan. Se acercó a mí. Ella sujetaba la cámara y la arrimaba entre mis piernas y al subir la cámara para sacar mi cara vi como el piloto rojo de grabación estaba encendido y por supuesto pare y me quejé.

“Vamos a ver, Julia, me estoy empezando a cansar… no te preocupes por  la cinta porque te la entrego al final si no quedas contratada – me dijo Patricia – ; te toca una complicación más.

Les pidió a Juan y a Bernardo que se acercaran a mí mientras ella se dedicaba a grabarme y a ordenarme que abriera más las piernas. Ellos, sin necesidad de que les dijera nada Patricia, se colocaron de rodillas  frente a mi sexo. Yo notaba en mis muslos la respiración de ambos.
Patricia grababa.

“Prosigue con la declamación”.

Me esperaba cualquier cosa, pero empecé. Sin embargo  no había acabado la primera frase y ya tenía las manos de los dos hombres en mis muslos, a escasos centímetros de mi sexo abierto y brillando por el flujo de mi excitación. Me callaba unos segundos, expectante,  pero enseguida seguía como podía…  hasta que noté como un par de dedos separaban mis labios inferiores, abriendo así mi cueva vaginal. Me callé. Patricia apartó la vista el objetivo para mirarme directamente y yo continué. Mi puesto de trabajo como actriz estaba en juego y era algo que había deseado desde que era una cría.

De repente, entre los dos dedos, sentí uno más grueso, me imaginé que era el del gordo y noté cómo empezaba a restregar las paredes de mi vagina, metiéndolo cada vez más adentro, y cada vez más adentro, hasta que note el dedo entero dentro de mi… y  Juan acercó su cara a mi clítoris y comenzó a suspirar sobre él…. obligándome a soltar ciertos quejidos, pero aún con todo, logré continuar con mi trabajo. Con la misma mano del dedo que tenía dentro de mí noté que otro dedo intentaba abrirse paso por mi ano. A mí hasta ese momento jamás me habían sodomizado, por lo que me dio mucha impresión y pegué un pequeño grito… Bernardo, al ver mi reacción, no se lo pensó os veces y, sacando la mano de mi coño, me metió un dedo por el esfínter, sin más complicaciones ante la estrechez de mi culo. Me dolió muchísimo, grité y paré.

“Chica,  aquí acabas de arruinar tus proyectos de cara a ser actriz” – me dijo Patricia -,  te puedes vestir y marcharte. Muchas gracias.”

Me  puse a llorar… estaba en el medio de la sala desnuda, me sentía humillada, frágil…

“Haré lo que queráis,  pero dadme una última oportunidad, haré lo que me digáis”.

Se miraron durante unos segundos y entonces Patricia habló:

“Muy bien, de acuerdo. Prepárate entonces porque te vamos a dar tu última oportunidad. Chicos, desnudaros” , – yo permanecí llorosa en medio de la sala, viendo como de pronto ella se sentaba, se levantaba la falda, se bajaba y se quitaba las bragas…, – “ Quédate de rodillas ante mi y… así, muy bien, Julia, vas aprendiendo… ahora ven hacia mí, quiero ver y oír como recitas cuando tienes un trabajo que hacerme personalmente”.

¡Pretendía que le chupara el coño! Eso me hizo recordar la forma que tuve, hacía años, de sacar una matrícula de honor en la prueba de declamación de uno de los cursos de mi carrera, con uno de mis profesores…bueno, en realidad fue aquel profesor quien me sometió a sus deseos…justo como en aquellos momentos con aquella mujer.

Sumisa,  me fui de rodillas hacia ella. Tenía su coño peludo entreabierto… comencé a lamerle lentamente mientras Juan cogía la cámara y se ponía a grabarme. Él también estaba desnudo ya.  Tenía un cuerpo muy apetecible y un miembro fino pero muy largo y lo tenía en plena erección. Eso me excitó sobremanera. A mi derecha vi al gordo asqueroso con una barriga horrible, llena de pelos y un miembro que a duras penas alcancé a ver, pues casi  que  solo tenía testículos….

Mi cara estaba pegada al sexo de mi futura jefa, olía a flujo y notaba hasta el calor, saqué la lengua, ya no había marcha atrás posible, empecé a lamerme la zona clitorial, me acerqué a su túnel y le introduje mi lengua, ella me presionó más la cabeza hacia su sexo para notar como entraba más y más mi adolorida lengua… pero yo sabía que aquello le gustaba y no quise parar aún a pesar el olor…

De repente, Juan le entregó la cámara Bernardo, que se estaba masturbando,  y no tardé en notar por detrás como un miembro durísimo trataba de abrirse camino por mi coñito, quizás deseoso de que le hicieran caso… notaba como sus testículos me golpeaban los muslos y las nalgas, su polla estaba ya totalmente dentro de mi… hasta que se produjo una explosión cálida, su semen, que me rebosó todo el coño… y sin embargo, a pesar de los gemidos, yo seguía con mi trabajo.

Noté cómo Juan salía de mí. Me dio pena, porque me hubiera gustado más, y en eso estaba pensando, cuando sentí dos manos en mi cintura y al gordo por detrás de mí… Ni que decir tiene que acabé firmando el contrato. Y jamás volví a ver a Juan ni a Bernardo, pero si a mi jefa,  quien me hizo partícipe de innumerables entrevistas, pero eso… eso ya es otra historia…

Autora: Aliena del Valle

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La obsesión de Bibiana

Mis dedos los sentía mojados, la humedad había traspasado la tela de los pantalones cortos. Apreté mis dedos contra mi vagina, y cerré las piernas, consiguiendo así un profundo orgasmo que nunca había esperado. Mi boca comenzó a succionar aquella verga con desesperación, mi mano empujaba la base del miembro contra sus huevos, Bernardo se unió a mi clímax estallando una vez más.

Siempre había tenido esa fijación. Deseaba vivir la experiencia de tener un miembro masculino dentro de mi boca, desde que de joven entré sin avisar a la casa de mi tía Maricarmen y la encontré dándole sexo oral a un hombre.

En esa ocasión recuerdo que si bien me confundí al encontrar a mi tía de rodillas y con ese líquido alrededor de sus labios, ella supo manejar muy bien la situación al tomarlo con calma y decirme que se trataba de un amigo y que lo que estaba haciendo era porque lo quería mucho. Claro que me impresionó muchísimo ver el pene de su “amigo” en completa erección, pues si bien sabía lo que era nunca había visto uno “en vivo y a todo color”. Esa imagen quedaría en mi mente durante muchos años, pero en ese entonces no le di importancia, así que yo no comenté el hecho, por razones obvias mi tía tampoco. Mucho tiempo después me enteraría de que aquel hombre era su casero y que ella estaba pagando así un mes de renta que debía, pero en fin.

Yo crecí con toda normalidad, me hice adolescente y después me volví una mujer, y nunca tuve problemas con ese suceso ocurrido tiempo atrás, hasta que ya a los 23 años me invitó mi novio al cine y en la película hubo una escena en la que se daba a entender que la chica le daba sexo oral al protagonista. Aunque no se veía nada en escena, la simple acción de ella al desaparecer hacia abajo y ver los gestos del muchacho fueron suficientes para encender la mecha de una bomba que estallaría posteriormente. Mi novio no le prestó atención a la escena porque era una película cómica, pero yo lo viví de una manera diferente.

Desde aquella noche que salí del cine no pude dejar de imaginar lo que podría haber pasado si de alguna manera mágica pudiera ver lo que los personajes hacían y no se veía en pantalla. Aunque no lo demostré ante mi novio, estuve excitada todo el tiempo después en que fuimos a cenar en compañía de nuestros amigos. Me supe controlar muy bien y disimular que no pasaba nada, pero como si hubiera sido un hechizo, comencé a verle forma fálica a todo objeto alargado que veía, incluso pude practicar la habilidad de mirar en fracciones de segundo los bultos de mis amigos, y obviamente de mi novio, pero mis principios me hicieron disimular lo que sentía.

Recuerdo que esa noche me estuve acariciando mis más secretos rincones de una manera en la que antes no lo había hecho, y en esa ocasión pensé mucho en cómo podría ser darle sexo oral a alguien y practiqué prolongadas y diferentes sensaciones con aquel cepillito de hule que usaba como cosquilleador, por lo que no me costó trabajo al día siguiente volver a la normalidad, y mostrarme con toda la serenidad necesaria en mi puesto de mercadotecnia en una gran trasnacional. Sin embargo, el pequeño copo de nieve había empezado a bajar la cuesta y conforme pasaron los días la obsesión fue aumentando. Constantemente tenía pensamientos acerca de estar con mi novio en una situación así, pero no me animé a decirle o proponerle nada. En primer lugar, tenía poco tiempo de salir con él, y no quería que pensara que era yo una cuatro letras, pero por otro lado no estaba muy convencida de que hacerlo con él sería una experiencia grata.

Empecé a tener un conflicto conmigo misma, pues por un lado me moría por darle una buena mamada al primer hombre que se bajara los pantalones, pero por el otro no podía hacer una cosa así porque mi posición social se tambalearía. Llegué a pensar en contratar los servicios de un profesional, es decir, un servicio de acompañamiento, pero descarté la idea al pensar que no era yo como aquellas mujeres cincuentonas que andan buscando muchachos, además de que no me inspiraba seguridad el pensar en hacérselo a un chico al que le pagan por meter el popotito en la papayita de esta, aquella y a lo mejor hasta el culito de aquél. Ante esta situación yo sufría al tener que sobrellevar juntas de departamento en compañía de los otros ejecutivos y tener que luchar en contra de mis pensamientos lujuriosos. Me imaginaba cómo sería chupársela al jefe, luego comparaba mi fantasía con otra que había tenido de cómo sería hacérselo a mi vecino, en fin.

Toda esta situación llegaría a su clímax en el paradisiaco puerto de Acapulco, donde asistí a una convención de mi empresa. Mi función, junto con la de mi compañero Bernardo, fue coordinar el evento, por lo que cualquiera que conozca de organizar convenciones sabrá que para dos personas era una responsabilidad del tamaño del mundo y una excesiva carga de trabajo. Sin embargo, yo tenía ya tiempo de conocer a Bernardo, pues sus papás son amigos de los míos y nos conocemos desde niños, hicimos la primera comunión en la misma iglesia, y aunque él estuvo mucho tiempo viviendo fuera del país, tengo mucho aprecio por él. Bernardo es un muchacho alto, corpulento, pero no gordo, y es muy tranquilo, es lo que se diría una gran oso de peluche. Mentiría si dijera que lo quiero como un hermano porque quiero mucho más a mis primos, pero Bernardo ocupa un lugar muy especial en mi corazón, y creo que lo reafirmó con lo que pasaría en esa convención.

Como les contaba, nos tocó organizar la convención, así que viajamos desde unos días antes a Acapulco a preparar todo, incluyendo coordinación con el hotel, el servicio de transportación, contratar edecanes, hacer gafetes, mantas, etcétera, así que nos mantuvimos ocupados todo el tiempo, y no nos daba tiempo de descansar. Con el húmedo calor que estaba haciendo, me parecía una tortura tener que estar ocupada y no poder disponer de tiempo para darme un chapuzón en las albercas, pero mi sentido de responsabilidad es muy alto y por eso estuve concentrada en dejar todo listo para la convención.

Bernardo se encargó de organizar los banquetes y los seminarios, además de que estuvo en contacto con proveedores locales, por lo que también estuvo vuelto loco durante los días anteriores a la inauguración. Finalmente, el primer día llegó, y aunque fue de menor actividad en preparación hubo bastante tensión al sentir que nuestros directivos estaban checando que todo estuviera en orden, además de que tuvimos nuestros primeros contratiempos, como que no encendía un proyector, que se retrasaba una plática, que no aparecía un gafete, o que cambiaban al expositor, etc.

Sin embargo, al final del día hubo una pequeña recompensa, pues como cierre de ese día hubo un pequeño coctel con el que tuvimos la oportunidad de -al fin- tener un momento para relajarnos. Creo que fue la primera ocasión en la que pude platicar con más calma con Bernardo y preguntarle cómo estaba su familia -él tiene 2 años de casado-. Fue entonces cuando después de tres tequilas tuve la suficiente calma para ver a mi alrededor. Ahí estábamos, junto a la alberca, brindando con los asistentes, y podía ver a mi alrededor algunos cuerpos semi desnudos de los turistas que se bañaban en la fresca agua de las piscinas. Como si hubiera cambiado de canal al televisor, mi mente comenzó a insistir en mi obsesión, y comencé a imaginar cosas al ver a esos muchachos. Bernardo se dio cuenta de que mi mente estaba en otro lugar, por lo que hizo un comentario un tanto sesgado.

– ¿Hace calor verdad?… Estoy seguro de que te gustaría meterte a nadar… -dijo.  -No, -le respondí – todavía tenemos que hacer los diplomas de mañana y los gafetes que hacen falta. Ya son las ocho y si no lo hacemos en este momento tendremos que hacerlo a media noche, y eso es muy mala idea.

Así pues, apenas terminamos nuestra bebida y nos dirigimos a una habitación que habíamos acondicionado como oficina y bodega, ahí teníamos cajas de promocionales, libretas, la computadora, impresora, y todo lo necesario para trabajar. Nos pusimos de inmediato a trabajar en los preparativos del día siguiente, hasta que después de media hora de actividad, mi voz rompería el silencio:

-Oye Bernardo… ¿si te pido un favor me lo harías? -Sí, claro, Bibiana, dime – me respondió inmediatamente. -Mira, es algo muy especial, y no quisiera que tengas una mala impresión de mí por lo que te voy a pedir. -¿Qué es?… dime, con confianza -preguntó él. -Si te digo que me gustaría mamarte la verga… ¿me dejarías?

Yo misma me ruboricé por lo que acababa de decir, pude decir “pene” o “miembro”, pero no quise dejar lugar a confusiones. Al mismo tiempo, me di cuenta de su sorpresa al escuchar mi pregunta, al ver cómo se abrían sus ojos y hacía cara de interrogación.

– ¿Qué?… -dijo, y trababa de comprender mi pregunta. -No quiero que pienses que quiero tener relaciones sexuales contigo o de que me gustas como pareja, simplemente deseo experimentar el sexo oral, pero no siento a alguien con tanta confianza para hacerlo. -¿Pero cómo crees? -me respondió, y por unos segundos pensé que había sido un error proponerle esto a mi amigo – tú con tan buena educación que tienes, con tan buenos principios, realmente no podría hacerte eso. -¿A qué te refieres con “hacerme eso”?… No me “harías nada”, yo te estoy pidiendo que me dejes hacértelo a ti. Y no tienes por qué sentir que me harías un daño, pues no me estarías quitando nada.

-No sé… -Mira, si es por Angie -su esposa- no te preocupes, jamás saldría de mi boca nada de esto. Además sería solo en esta ocasión y ya. De verdad me siento obsesionada con esto y ya no puedo aguantar más. -Pero… ¿y por qué no lo has hecho con tu novio? -preguntó él, como si fuera algo obvio. -No sé, no me sentiría bien de pedírselo. Por eso te lo pido a ti. Quiero que lo tomes como un regalo de agradecimiento por nuestra amistad… ¿me dejarías?

En ese momento me di cuenta de que él ya estaba excitado, y con un movimiento discreto de su mano acomodó su miembro, que se notaba ya en proceso de erección. Yo por mi parte, estaba húmeda, y no me había quitado la mano de mi zona púbica, desde que había comenzado a hablar, sin embargo, no se había notado tanto porque tenía las piernas cruzadas, y la tela de los pantalones cortos y holgados disimulaba un poco. Sin embargo, precisamente el que yo estuviera con las piernas desnudas y mis sandalias, hicieron que Bernardo echara un recorrido visual por mis piernas, y creo que eso facilitó las cosas.

-Pues… está bien… si tú quieres… -respondió finalmente Bernardo – ¿ahorita?… -Síp… -le contesté No pude evitar sonreír de gusto al escuchar su aprobación.

Entonces, sujeté mi cabello hacia atrás, haciéndome un chongo, con el fin de que mi cabello no estorbara para lo que iba a comenzar a hacer.

-¿Qué quieres que haga?… -me dijo él amablemente. Pude notar su sinceridad, ya que no quiso aprovecharse de la situación, pienso que otro hubiera tomado otra actitud. Yo, por mi parte, simplemente le indiqué que se pusiera de pie, pues yo tenía la firme intención de hacerlo todo. Bernardo puso sus manos en la cintura, tal vez sin saber dónde más ponerlas.

Entonces comencé a hacer mi sueño realidad. Siempre había luchado por no dejarme opacar por alguien del sexo opuesto, y esa noche, por primera vez en la vida, me puse de rodillas ante un hombre. El sonido que hizo su cierre al abrirse fue música para mí, y lentamente fui introduciendo mis dedos para liberar de su prisión a aquella parte tan íntima de mi querido amigo. Al sentir las yemas de mis dedos la textura de su miembro, comencé a temblar de emoción, y noté que él comenzó a tratar de tener control de la forma en la que reaccionaba. Una vez que pude sacar de la bragueta a su maravillosa verga la admiré durante unos segundos mientras lo tenía aprisionado con mi mano derecha. Nunca me había imaginado que Bernardo podía tener una cosa tan grande y gruesa, a pesar de que ocasionalmente ya le había echado algún vistazo. Estaba rosada, con una pequeña gota transparente en la punta, completamente en erección, y podía sentir sus palpitaciones en mi mano.

-Es bellísima- le dije, al mirarlo a los ojos, él solamente me sonrió sin decir palabra, tal vez para no verse vulgar. -No sabes cuánto he querido vivir este momento, Bernardo -le dije mientras mi mano se movía instintivamente para masturbarlo, y mi mano izquierda tomaba su lugar para sostener sus testículos con toda la suavidad necesaria. -Gracias-dije, mientras lo introducía hasta el fondo de mi garganta. Quise llenar todas las noches en que soñé cómo sería sentir unos vellos púbicos en mi nariz y barbilla, en que soñé sentir unos testículos en mis labios, y que quise saber cómo palpitaría una tremenda carne entre mi paladar y mi lengua.

Fuimos tomando confianza. Mis movimientos comenzaron a ser automáticos, como si hubiera aprendido a hacerlo hacía tiempo. Comencé a meterla y sacarla de mi boca rítmicamente, como suponía que lo hacían las profesionales, aunque en realidad nunca he visto cómo lo hace una… más que mi tía Maricarmen. La saqué de mi boca completamente mojada por mi saliva y su secreción. Entonces mi lengua salió disparada como si fuera una serpiente con vida propia, y comenzó a jugar con sus pliegues, y a esconderse abajo del suculento glande. Bernardo comenzó a dar muestras de un intenso placer al gemir repetidamente, lo que hizo que me llevara la mano izquierda hacia mi monte de venus, que a esas alturas ya se encontraba con una alta temperatura.

Mi boca atacó de nuevo al indefenso chafalón de Bernardo, y lo aprisionó de nuevo entre las suaves caricias que le proporcionaba la parte interna de mis cachetes así como mi impaciente lengua. Bernardo apretaba sus glúteos para tratar de contener sus reacciones instantáneas provocadas por el placer que le estaba dando su amiguita, y yo, generosa, miraba hacia arriba para comprobar si lo estaba haciendo bien. Saqué varias veces su miembro para darle ligeras mordidas, aunque en realidad hubiera querido comerme esa pieza enorme. Bernardo comenzó a acariciar mi cabeza, y a enredar sus dedos en mis cabellos. Me di cuenta de que no se contendría más.

El comenzó a bombearme, por lo que simplemente me quedé quieta, siendo totalmente sumisa a sus acometidas, que cada vez se volvieron más salvajes. Estaba mi boca completamente a su servicio, al servicio de sus deseos, y así lo entendió él. Recibí entonces una abundante descarga de semen que en un solo instante llenó mi boca, mientras aún me bombeaba, y yo recibí sin queja alguna.

-Ahhhh… perdóname… -dijo Bernardo – no quise ser brusco…  -No te preocupes -le contesté, con su semen escurriendo por las comisuras de mis labios, mientras masturbaba su deliciosa verga, que poco a poco iba dejando de estar dura, pero aún escupía esperma, ahora sobre mi rostro. -Ahhhh… Bibiana… -decía él, mientras su mano derecha auxiliaba a mis dedos en la delicada labor de las caricias.

Después de eso no mediamos palabra, yo continué masturbándolo, sin darle oportunidad de relajarse a su miembro. Así, poco a poco fue recuperando una hermosa erección hasta erguirse nuevamente ante mi vista. No desperdicié la oportunidad y comencé a lamer su escroto, mientras me daba el lujo de oler el aroma que producía la región del pie que se dirige hacia su ano, al que di un descarado beso. En esos momentos mi boca comenzó a escucharse más ruidosa, debido a la gran cantidad de esperma y saliva entre la que prácticamente nadaba su preciosa reata.

La saqué de repente y comencé a golpearla contra mis labios, lo que excitó a Bernardo en suma.

-¿Te gusta así? -le dije en el tono más cachondo que pude. -Ahhh sí, preciosa… síguele…

Con decisión volví al ataque, esta vez dejando que su miembro se introdujera profundamente y con mis dientes presionaba levemente, tal vez la combinación de dolor y placer provocó que Bernardo casi se volviera loco. Lo escuché expresarse obscenamente, de una manera en la que jamás lo había escuchado, pero en esos momentos me causó mayor excitación. Mi mano izquierda se movía insistentemente sobre mi triángulo de intimidad y mis dedos los sentía mojados, pues la humedad había traspasado ya la tela de los pantalones cortos. Entonces, apreté mis dedos contra mi vagina, y cerré las piernas, consiguiendo así un profundo orgasmo que nunca había esperado.

Mi boca comenzó a succionar aquella verga con desesperación, y mi mano derecha empujaba la base del miembro contra sus huevos, aumentando su longitud. Bernardo se unió a mi clímax estallando una vez más, aunque en esta ocasión su eyaculación fue externa, por lo que la mitad de mi rostro quedó bañado de esa deliciosa sustancia que a lengüetazos comencé a comer. Cabe decir que el esperma escurrió por mi cuello hasta ensuciar la tela de mi camiseta, cayendo sobre mis pechos, justo sobre mis pezones erguidos, que se notaban claramente por la inevitable humedad de mi sudor. El clima tropical y la calentura del momento no eran para menos. Parecía yo de concurso de camisetas mojadas.

Me quedé así, de rodillas, todavía unos diez minutos más, masturbando a Bernardo, dándole besos y lengüetazos a su maravilloso miembro. En esos momentos sentía una enorme gratitud por el amigo que me había dado la oportunidad de hacer realidad un sueño, una obsesión que me había atormentado por mucho tiempo. Un peso se quitó de encima de mí desde ese momento.

Su esposa nunca ha sabido de lo que ocurrió en esa convención. Tampoco mi novio. Creo que nunca nadie se imaginaría lo que ocurrió entre estos dos jóvenes responsables en aquella oficina. Debo hacer hincapié en que pudimos todavía tener listo lo del día siguiente. Faltaban otros dos días de convención. Dos días de trabajo. Y dos días que no desperdiciaríamos.

Autora: Susy

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