Un sueño hecho realidad

Parejas Liberales, Trío. Me llamo Alejandro, tengo 50 años y mi esposa Miranda 40, somos un matrimonio solo, es decir no tenemos hijos, mi esposa es Abogada y yo Ingeniero Civil, Miranda, así se llama que por cierto debo decir que es una espléndida mujer, tiene un hermoso cuerpo el cual cuida mucho con ejercicio y un rostro con un lindo color moreno cobrizo muy atractivo, cabello negro y a los hombros y por ende un bello cuerpo muy bien armonizado el cual trata de cuidar a base de mucho ejercicio en el GyM.

Esta historia comienza en septiembre de hace 3 años, en Colombia (precisamente el día de mi cumpleaños) y de regalo le he pedido a mi esposa una noche de pasión como obsequio.

Por ser ese día muy especial, mi esposa me invito a cenar, tomar unas copas y a bailar para celebrar mi cumpleaños, de tal forma que acudimos a un Restaurant-bar céntrico, escogimos una mesa alejada junto a un ventanal, ahí tomamos varias copas de vino y platicamos de nosotros de nuestra felicidad y lo bien que nos sentíamos uno al lado del otro.

Miranda me decía, -esto no es todo… en casa te tengo algo especial, te daré mi cuerpo y todo lo mejor de mí.

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Sala de juntas en llamas (II)

Quería darle más, mucho más placer. La deseaba tener a todo esplendor. Me deleité cargándola piernas en hombros y apoyándola a la mesa. Ella complacida aprobaba cada movimiento con repetidas afirmaciones en variados tonos. No podía dejar de besarla. Hasta que una petición formal me hizo cambiar la estrategia: “con la puntica”, me imploró casi susurrando . Sus deseos eran prioridad.

 

Ella ya estaba entre mis brazos. La apretaba contra mi cuerpo para sentir el suyo rozándome por completo. No dejábamos de besarnos. Nuestras lenguas parecían tener vida propia y saber exactamente lo que querían. Escuchaba su respiración entrecortada, mientras trataba de concentrarme en decirle frases al oído. “Siempre he querido tenerte así…cerquita” Ella sólo se limitaba a sonreír con satisfacción y yo recorría su cuerpo con mis manos. Le apretaba el trasero, acariciaba su cintura hasta a llegar a sus senos.

Decidí no quitarle el vestido de escote en V que tenía anudado al cuello. La besaba a través de la tela. Así podía sentir un roce de sus pezones que estaban completamente activos, esperando que mi boca decidiera marcar su territorio.

Deseaba tanto hacerla sentir mujer. Ella estaba emprendiendo el vuelo al mismo tiempo que acariciaba mi cabello y empujaba levemente mi cabeza hacia su ombligo, el cual besé con locura. Trataba de contener mi desesperación por continuar descendiendo hasta su bajo vientre.

Apoyé mis rodillas en el suelo y subí su pierna izquierda sobre mi hombro. El aroma comenzaba a seducirme. Sabía que ella iba a estar completamente lista para darme una cálida bienvenida. Me pedía, me suplicaba que la devorara con pasión y eso hice.

Sólo que primero jugué con sus ganas y me dediqué a recorrer con ligeros besos y suaves caricias la parte interna de sus muslos. Sentía los jalones de cabello que ella me daba como señal de que acabara con su sufrimiento. Me acerqué lentamente para rozar mi cara contra su fuente de lujuria, que esperaba con ansias ser saboreada con todo el amor merecido. Le correspondí.

Baje con mucha delicadeza el bikini, que no podía dejar de mencionar cuánto me excitó sentir la suavidad de la tela de su ropa interior, y admiré mi presa con apetito. Lucía tan sexy. Eso sumado a la desesperación mostrada por la presión que ella ejercía con sus manos mientras sus dedos estaban sumergidos entre mi cabello, hizo que acelerara mi paso por las vías de la felicidad femenina.

No escatimé. Besos, soplidos suaves, mordiscos leves y mucho movimiento. Mi lengua se convirtió en atleta al subir y bajar con acelerada velocidad. A la par iban sus gemidos, suspiros, gritos. Estaba en completo éxtasis de placer. El brebaje que brotaba de su interior era muestra de lo cuánto estaba disfrutando del momento.

Quería darle más, mucho más placer. La deseaba tener a todo esplendor. Me deleité cargándola piernas en hombros y apoyandola a la mesa. Ella complacida aprobaba cada movimiento con repetidas afirmaciones en variados tonos. No podía dejar de besarla. Hasta que una petición formal me hizo cambiar la estrategia: “con la puntica”, me imploró casi susurrando . Sus deseos eran prioridad.

Comencé la coreografía improvisada, dominada por el ritmo de sus exigencias y multiplicadas por un “asííííí” que empezó a invadir mi cabeza. Me llenó de satisfacción. Ella estaba tocando el cielo, acariciando las nubes, haciendo eco de su sentir en aquel espacio que siempre será nuestro. La sala de juntas donde sus quejidos se fijaron a las paredes para siempre. No podíamos parar.

El debate entre el gusto y la desesperación había comenzado. Pedía más y yo la complacía. Mi cuerpo se cargaba de una cristalina energía para continuar navegando hasta que apareciera el cortante grito sonoro, para ir activando lentamente la versión relajada de ese cuerpo de realeza erguido sobre mí.

El convencido anuncio de la llegada estaba naciendo. Mi extrema alegría se manifestaba con la coreografía de toda mi boca, ensayada hace ya unos minutos. Aumentaba la tensión de sus muslos. Las patadas no se hicieron esperar. Una serie de chispas de corriente se apilaban en su cadera haciendo tambalear todo su cuerpo. Ella grita “¡qué delicia!”. Frase que marcó con sello de confesión aquel encuentro.

Acto seguido, cada músculo se vence. Cae como marioneta sobre mis brazos y me dice al oído “me leíste el pensamiento”. La aprieto con más fuerza y un poco desconcertado. Mi cuerpo acurrucar su placer y empiezo a negociar con besos las futuras caricias de los minutos posteriores. Ella capta el mensaje y se desliza con premura hasta en suelo. Creo que llegó mi hora de volar.

 

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La experiencia más erótica de mi vida

Hacía algunas semanas que iba a aquellas clases de teatro. Tenía muchas ganas de volver. Me sentía tan libre durante aquellos momentos… tan conectado con mi cuerpo, con mis emociones y con los demás, tan vivo… además allí hay chicas guapísimas. Cuando llegué, la clase acababa de comenzar: unas 20 personas sentados el uno frente al otro en la penumbra mirándose, simplemente, con amor, escuchando la cálida, pausada voz de Alba, la monitora.

Me enchufé a una chica guapísima francesa, una rubia de ojos verdes en cuyos ojos me derretí. La invité a entrar a través de los míos, que se habían convertido en espejos que la reflejaban a ella, pequeñita en mis pupilas. Era impresionante verme en las suyas y, daba un poco de vértigo. Cuando acabó el ejercicio, nos fundimos en un abrazo.

Así fue pasando la mañana, entre risas, miradas cómplices y huidizas, abrazos y sonrisas. Entre bastidores. Recreando el juego de la vida a través de nuestros propios personajes. El último ejercicio me tocó con Silvia. Estaba radiante. Los cabellos cobrizos le caían desordenadamente por los hombros. Sus ojos brillaban, y la poca luz que se filtraba a través de las persianas relucía en su piel ligeramente sudada por el ejercicio. Sus pezones se transparentaban a través de la camiseta amarilla con un ligero escote. No llevaba sujetador.

Me miró. Le sonreí. La sensual voz de Alba comenzó a explicarnos el siguiente ejercicio: debíamos, simplemente, cerrar los ojos mientras el otro nos daba besos por todo el cuerpo, donde quisiera. Sonaría una música durante algunos minutos y, cuando acabase, sería el turno de quien permaneció pasivo, del que solo se dedicó antes a disfrutar del momento y sentir en su piel y su alma el contacto de labios juguetones que descubrían por vez primera su textura y sabor.

Yo cerré los ojos. Ella empezó. Sus labios rozaron mi cuello y besaron mis pies con devoción, todos y cada uno de mis deditos fueron besados por sus dulces labios. También me recorrió con su boca mis brazos, la punta de los dedos de las manos y, finalmente, succionó con sus labios mi cuello durante unos pocos segundos y me rozó la comisura de los labios con los suyos. Abrí los ojos, la vi, sonreímos, y sabía que me tocaba a mí. Que podría disfrutar de su piel tersa y caliente en mis labios, que su sabor llenaría mi boca, que mi lengua podría, sutilmente, acariciar el lóbulo de sus orejas pequeñitas. Mi primer beso fue en el dedo gordo de su pie derecho, muy dulce, casi rozándolo. Ella suspiró, no se lo esperaba. Tenía un sabor salado. Mi segundo beso fue en el otro dedo gordo, esta vez lo chupé un poco, pero muy sutilmente. Fui subiendo por sus piernas, besé sus rodillas desnudas por delante y por detrás, concienzudamente. Notaba como su respiración se agitaba. Sabía que había ciertos límites tácitos que no debía traspasar, pero sabía jugar y llegar hasta ese límite sin traspasarlo. Mis labios se posaron en la parte de su pecho que quedaba descubierta, arrastrándose lentamente por su piel tenue y caliente que temblaba. Me incorporé, la vi tan indefensa, allí, recibiendo mis besos, con aquel calor, aquella música sensual que rezaba porque no dejase de sonar. Esperé varios segundos. Ella se retorcía, anticipando el siguiente beso. Poco a poco, mis labios se acercaron a su cuello palpitante, que tembló todavía más al recibir primero mi aliento y luego la bienvenida intrusión de mi lengua pícara que, mojada, recorrió en círculos aquella piel desnuda que tanto lo deseaba. Mis labios aprisionaron su piel para luego soltarla. El que debía ser mi último beso fue un roce casi imperceptible de mis labios con los suyos. Ella no pudo evitar gemir. Cuando por fin abrió los ojos, los dos sabíamos que nos íbamos a devorar como animales en pocos minutos en el almacén; después de la clase todo el mundo se iba y nadie nos buscaría allí.

Cuando todo el mundo se hubo ido me cogió de la mano y, discretamente, subimos las escaleras de metal fijándonos en que nadie se hubiera dado cuenta de nuestra ausencia. Cerramos la puerta de un portazo. Mientras nos quitábamos la ropa, nos empezamos a chupar como animales salvajes, yo la cogí por la nuca y y restregué su lengua por mi pezón, moviendo su cabeza de un lado a otro y sintiendo su lengua pequeñita y calientita deleitándose con mi piel sudada, tragándose casi mi pecho, poseída por la excitación. Nuestras bocas se unieron y nuestras lenguas se buscaron casi con desesperación. Me excitaba crear más saliva en mi boca para que ella se la tragase, para que mi fluido entrase en ella, en su boca ,algo que no tardaría en pasar. Le miré a los ojos. Ella miró mi polla con deseo, se moría de ganas de comérmela. Le penetre la boca con mi polla. De golpe. Y empecé a follármela a saco, mi pelvis se movía adelante y atrás a toda velocidad. Ella cerraba los ojos y segregaba más saliva mientras iba gimiendo de excitación, parecía que nos hubiéramos vuelto locos. No quería correrme todavía, y tenía ganas de fundirme con ella. Se dio la vuelta y me ofreció su culo. Me puse un condón y la penetré poco a poco, disfrutando como su calor me envolvía. Comenzamos a follar. Yo ya no sabía dónde estaba, ni quién era ella casi, sólo había calor, deseo y amor. Mi polla la llenaba. No sé cuánto tiempo estuvimos así pero para mi fue un solo instante eterno de dicha. Me fui. Me derrame, me fundí en ella. Cuando acabamos, la miré a los ojos, le enseñé el condón con todo mi semen y dije que quería que se lo tragase. Asintió. Embadurné mi glande con mis jugos y se la ofrecí. Ella, con devoción, como una gatita hambrienta, me la lamió enterita hasta que no quedó ni la más mínima gota de semen, luego me enseño su lengua blanquita, me miró a los ojos y se lo tragó mientras sonreía. Nos besamos y salimos a la calle cogidos de las manos. Hacía un día precioso y soleado, aunque algo frío. Nos miramos y nos fuimos a tomar un café. Aquello era el principio de algo, aunque no sabíamos bien de que. En ese momento, no nos importaba. Sólo sentíamos que habíamos compartido un momento mágico juntos, y que seguramente habrían más. Sonreímos.

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