Anécdota de Acapulco

Se fue directamente a mi verga y la empezó a chupar, primero poniendo su lengua en la punta de mi verga, y poco a poco la fue metiendo hasta tenerla toda adentro, Paco aprovechó y se la metió desde atrás, los tres tomamos un ritmo sincronizado, él se la sacaba de la vagina y yo se la metía en la boca, y viceversa.

La siguiente anécdota me sucedió cuando vivía en la Cd. de Acapulco, México, escribí un artículo para ser publicado en una revista erótica de relatos, en el cual platicaba de mis aventuras con mis primas, publicaron también mi dirección de correo, a los 20 días de que se publicó recibí carta de Francisco, en la cual me enviaba su número telefónico para que me pusiera en contacto con él, ya que estaba interesado en que saliéramos a conocernos junto con su esposa, haciendo la aclaración de que él era 100% hetero y que lo único que le interesaba era que platicáramos de nuestras experiencias sexuales, ya que a su esposa le había excitado mi historia.

Lo llamé y quedamos de encontrarnos en el hall de un cine en la parte céntrica de esta ciudad, llegué a las 7:00 PM., hora acordada para nuestro encuentro, había varias personas en la sala, algunas parejas estaban en la dulcería, otras personas se paseaban solas, al parecer yo era el único hombre solo que paseaba por ahí, lo que para ellos sería fácil identificarme, después de unos minutos reparé en una mujer que estaba sentada en uno de los sillones frente a la dulcería, me pareció atractiva, estaba analizando y dando el visto bueno cuando llegó su pareja, ella debió de hacerle alguna seña de aprobación a su pareja con respecto a mí ya que él se dirigió de inmediato hacia donde yo estaba y saludándome me dijo que era Francisco.

Lo saludé y fuimos al encuentro con su esposa, a la que llamaré Bety por razones obvias, nos presentamos y mientras eso sucedía Francisco se encaminó a la taquilla a comprar los boletos, mientras ella y yo comentábamos de cuál sería la película que íbamos a ver, Paco regresó y nos dirigimos a la sala en la cual se encontraban solo 6 ó 7 parejas, el cine era antiguo o sea que la sala era demasiado grande y se veía totalmente vacía, nos fuimos hacia la parte trasera, donde no había nadie, mientras empezaba la película estuvimos platicando de nuestras profesiones y donde trabajábamos, él decidió dejarnos mientras iba a la dulcería por unos refrescos, yo seguí platicando con Bety, y observando detenidamente su anatomía, su estatura como de 1.60, el color de su piel apiñonada, pelo corto hasta los hombros de color negro, sus piernas bien formadas sin medias, (en esta ciudad no se usan por el calor), y de cara agradable.

Bajo el vestido se podían apreciar un par de tetas bien formadas y levantadas. Al poco tiempo llegó Paco y continuamos la plática de pronto la luz se apagó y comenzó la película, ella quedó en medio de los dos, Paco me dijo que tocara a Bety y a ella le dijo que me sacara la verga, yo dudé un poco, pero me puse a acariciar sus piernas, al poco tiempo le estaba acariciando las tetas y ya tenía una de mis manos acariciándole el clítoris, y ella con sus piernas abiertas me masturbaba, mientras Paco, observaba como gozaba su esposa, y le acariciaba de vez en vez las piernas o las tetas, cuando yo dejaba de hacerlo, él a su vez se masturbaba, era excitante lo que estaba pasando era mi primera experiencia de este tipo y yo estaba bien caliente.

Así nos pasamos casi toda la película, ella se vino 2 veces mientras le chupaba la conchita, y la acariciábamos las tetas entre Paco y yo, cuando me vine ella limpió mi verga con un pañuelo que le pasó Paco, así salimos del cine. Como yo no había llevado mi coche, ellos se ofrecieron a darme un aventón a mi casa y quedamos de que nos pondríamos en contacto para volver a salir, pasó una semana y me volvió a llamar Paco, me platicó que su esposa quería ir de nuevo al cine, y me hablaba para invitarme, nos encontramos cerca de su casa y nos dirigimos al cine de nuestro primer encuentro.

Salimos otro par de veces y sucedía lo mismo siempre, él comentaba que su esposa quería tomar un poco más de confianza para poder ir a otro lugar, donde pudiéramos estar a gusto sin ser observados por algunos mirones que iban al cine a observar parejas mientras se masturbaba, cosa que pudimos observar en varias ocasiones.

Pasaron algunos días y me llamó Bety para decirme que querían verme, me dijo que nos veríamos en cierta calle y como referencia me dio el nombre de un hotel que yo veía de pasada al trasladarme de mi trabajo a la casa, y el cual sabía que no era turístico, ellos llegaron 20 minutos tarde lo que me hacía pensar que se habían arrepentido, como nunca habían llegado retardados yo estaba a punto de retirarme cuando vi llegar su auto, me bajé de mi auto y me acerqué a ellos, me dijo Paco que los disculpara que él había llegado tarde de trabajar y que ese era el motivo de su retraso, me dijeron que dejara mi auto ahí estacionado y que me subiera al suyo, les pregunté donde iríamos y me contestó Bety que no sabían donde iríamos, pero que ya lo decidiríamos.

Me subí al auto y Paco se dirigió al hotel que me habían dado como referencia, los dos voltearon a verme y yo únicamente sonreí, nos metimos al estacionamiento del cuarto y se bajó a pagar la habitación al tipo que cerró las cortinas, después nos bajamos Bety y yo, subimos los tres al cuarto abrazando a Bety, de la cintura y acariciando sus nalgas, las cuales olvidaba decir que las tenía bastante apetecibles, llegamos al cuarto y como no iba yo preparado para ese tipo de encuentro llamé a recepción y pedí que me llevaran una caja de condones, cuando llegó el tipo se quedó paralizado ya que no se había dado cuenta de que yo iba en el auto, y al vernos a Bety y a mí en el cuarto, Paco estaba en el baño, se llevó un gran desconcierto al ver a una persona diferente a la que le pagó, volteaba para todos lados para encontrar a la persona que le había pagado.

Bety se le quedó viendo y se rió, mientras él más desconcertado me daba las gracias después de entregarme el paquete de condones, y se marchaba, tuve que hacerle notar que aún no le pagaba, regresó y le di una generosa propina que aún lo desconcertó más, cerró la puerta y apareció Paco que nos encontró riéndonos de lo que había pasado, después de platicarle procedimos a desnudar a Bety, ella iba preciosa con un vestido corto como siempre acostumbraba a llevar, una tanga pequeña la cual hacía resaltar sus grandes nalgas, y un brassier que hacía juego con la tanga, las dos prendas de color blanco casi transparente, la recostamos sobre la cama y mientras yo me desvestía ella me observa, cuando terminé Paco me hizo una seña para comenzar.

Emprendí besando sus tetas encima del brassier, ella empezó a temblar, bajé mi mano y la metí bajo sus bragas y sentí un gran bulto, era su vagina con una gran mata de pelos, estaba completamente mojada, estaba muy excitada y me pedía que le mordiera los pezones, mientras su esposo nos observaba.

Paco le dijo a Bety que me la chupara, ella lo volteó a ver sin saber si realmente eso era lo que le estaba pidiendo, él le confirmó y se fue directamente a mi verga y la empezó a chupar, primero poniendo su lengua en la punta de mi verga, y poco a poco la fue metiendo hasta tenerla toda adentro, Paco aprovechó y se la metió desde atrás.

Bety volteó a ver qué pasaba, los tres tomamos un ritmo sincronizado, él se la sacaba de la vagina y yo se la metía en la boca, y viceversa, de reojo pude ver como Paco volteaba al techo, me desconcertó esto ya que a él le gustaba observar cómo me cachondeaba a su esposa, pero al voltear me di cuenta que había espejos en el techo y no perdía detalles de lo que estaba sucediendo.

Bety se vino en un orgasmo casi interminable, pidió descansar un poco, estuvimos recostados no más de 3 minutos cuando iniciamos el ataque, ahora ella estaba boca arriba y yo se la estaba metiendo de frente con sus piernas recargadas en mis hombros, él estaba frente a mí a la altura de la cabeza de Bety, ella tenía su verga en la boca y él le tocaba las tetas.

Seguíamos viéndonos aproximadamente cada 15 días, nos íbamos al hotel o al cine y hacíamos gozar a Bety entre los dos. Ahora que me regresé a vivir a la ciudad de México, perdí el contacto con esta pareja, pero cuando vuelva a Acapulco iré a visitarlos a su casa.

Autor: mauriciovrmx

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Hasta que apareció ella

Raúl alcanzó de nuevo su clímax descargando su néctar en la boca de ella, como tanto había soñado. Bety, complaciente, lo disfrutó hasta el clímax porque sabía la ilusión que a él le hacía. A los pocos minutos, Gustavo alcanzó también su momento, menos abundante por la intensa actividad de la noche, pero igual de satisfactorio.

Todas las parejas tienen su historia, pero a menudo una misma historia parece escoger a miles de parejas para renacer una y otra vez. Tal fue la conclusión a la que llegué después de “escuchar” a diversos amigos cibernautas contándome lo que parecía era un mismo relato:

“Tras un intenso noviazgo, pleno de excitantes aventuras sexuales que incluían banquetes en el auto, en un motel o incluso en la casa de alguno de los dos, vino el matrimonio y todo se acabó. Aquellos deliciosos arrumacos en la sala de la casa de ella; aquellos escapes al “limbo”, cuando nadie sabía dónde estaban; aquellos “después de la fiesta y antes de llegar a casa”… Todo, todo aquello se esfumó. Ahora, las cada vez menos frecuentes entregas amorosas parecieran haber perdido la chispa de la pasión…”

¿Porqué ocurre esto? ¿Es la ausencia de lo prohibido la razón del desinterés sexual post-matrimonial? Pareciera que sí, a decir de la historia de Bety y Gustavo, cuya valiosa experiencia relato, permiso previo, para todas aquellas ciberparejas que se hayan identificado con el inicio de este texto y, quién sabe, a lo mejor siguen sus pasos…

Después de dos hermosos años de excitantes aventuras premaritales, Bety y Gustavo decidieron unir sus vidas en “santo matrimonio”. Todo pintaba para una felicidad absoluta, pero algo pasó. Transcurridas las primeras semanas enmarcadas en el disfrute pleno, y aunque el cariño no mermaba, ambos fueron percibiendo un declive en la intensidad de sus relaciones, y como consecuencia de ello, un decremento en la frecuencia de las mismas.

Eventualmente lo hacían, y desde luego, lo gozaban, pero no era como en aquellos tiempos. Faltaba algo. Ambos lo sabían, pero no se atrevían a platicarlo entre sí. Por falta de comunicación, excesiva prudencia o temor a la reacción del cónyuge, ambos permanecieron en ese estado de insatisfacción plena por ¡tres largos años!, hasta que apareció ella, la red. Para Bety, Internet se había convertido en una herramienta que le ayudaba a resolver problemas en su trabajo. ¿Le ayudaría con su problema marital?.

Rápidamente se interesó en los sitios para adultos. En su búsqueda, se tropezó con los molestos y abundantes sitios “gratuitos” que piden los datos de la tarjeta de crédito “para verificar la edad”, lo cual le resultaba frustrante.

Afortunadamente se encontró con esta página ese maravilloso oasis en el ciberespacio. Pudo entonces asomarse a la intimidad de los “esposos en acción” y desarrollar su imaginación con la sección de relatos. Fue entonces que el “Eureka” llegó. Tras leer algunos relatos sobre parejas liberales, comprendió que en la práctica del intercambio de parejas había un peculiar atractivo. Antes de leer relatos sobre el tema, asumía repulsiva la idea de compartir a su marido, pero tras conocer diferentes historias, no pudo evitar reconocer que había algo de mágico en aquella posibilidad. ¿Pero como decírselo a él? ¿Como invitar a su cónyuge a participar en semejante práctica? Sabía, por sus andanzas prematrimoniales, que Gustavo no era el tipo de compañero conservador, pero de eso a proponerle un intercambio, había una buena distancia.

Tras mucho meditar, decidió inducirlo a semejante fantasía de la misma manera en la que ella había sido seducida: a través de la lectura de las experiencias que otros cibernautas compartían. Como parte del juego sexual, lo invitó a que leyeran juntos los relatos. Para Gustavo, aquella invitación resultó muy estimulante, su inteligencia y disposición ayudaron mucho, y pronto la gentil pareja encontró en aquellas lecturas un delicioso aperitivo sexual, así como una nueva forma de comunicación íntima.

Bety reconoció su éxito cuando empezó a notar cómo, en medio de aquellas lecturas que se acompañaban de mutuas caricias, su compañero hacía evidente su mayor grado de excitación cuando el relato tocaba temas como la infidelidad consentida o el intercambio de parejas. Fue entonces que comenzaron a contactar otras parejas liberales “sólo para jugar”, y pronto establecieron correspondencia continua con diversos ciberamigos.

Con las semanas, la fantasía del intercambio fue madurando tras intimar enormemente con una pareja, Norma y Raúl, que parecía tener gran afinidad con ellos: novatos en el asunto; profesionistas ambos; ni Adonis y Venus, ni Cuasimodo y Medusa (“normalitos”, pues); alrededor de los 30; clase media; “buenas gentes”; etc., etc. Durante su carteo electrónico, los dos matrimonios habían establecido comunicación pareja con pareja y, en su momento, ellos con ellas individualmente, alcanzando un alto nivel de intimidad que los animó más temprano que tarde a encontrarse en un bar de la Zona Rosa.

Ese primer encuentro pareció la reunión de viejos amigos íntimos. El beso en la boca con que ellos saludaron a ellas pareció el banderazo de salida para la frenética “inmoralidad” en la que estaban a punto de sumergirse. Sentados a la mesa, las parejas parecían ser Bety y Raúl, y Norma y Gustavo, pues de los flirteos iniciales habían pasado con rapidez a palabras al oído, a tomarse de la mano y hasta acariciarse aún discretamente en las piernas o la espalda. La cara del mesero que les atendía reflejaba extrañeza; no entendía bien a bien lo ahí pasaba.

Pasaron los minutos y con ellos creció la recíproca atracción entre las “nuevas” parejas. Después de una excitante plática y una que otra copa, Gustavo y Norma comenzaron a besarse reemplazando por fin la discreción por el descaro. Las miradas de Bety y Raúl se cruzaron estupefactas, pero tras algunos segundos de desconcierto, una sonrisa se les dibujó en el rostro: el intercambio se había formalizado.

Con ansiedad difícil de ocultar, pidieron la cuenta y las dos parejas se marcharon del lugar anhelantes del futuro inmediato. Bety y Gustavo invitaron a sus amigos a su casa, a la cual se desplazarían en los dos autos, Bety con Raúl y Norma con Gustavo.

La temperatura reinante en aquellos dos vehículos no fue propicia para la paciencia. Aún sin encender los motores y con desvergüenza notoria, Norma y Gustavo se enfrascaron en fenomenal manoseo observable desde el auto en el que sus cónyuges estaban, quienes comprendieron entonces que eran los “decentes” del cuarteto. Sólo se abrazaron y observaron con excitación la frenética escaramuza de sus osados consortes que rápidamente empañaron los cristales del auto.

La “indecencia” no se ausentó una vez que los vehículos se pusieron en marcha. Los indiscretos arrumacos de ambas parejas sorprendían, escandalizaban o divertían a conductores y transeúntes que coincidían con ellos. El colmo pareció llegar cuando Bety y Raúl, aparejados con sus cónyuges por un alto en el semáforo, observaron cómo la cabeza de Norma se meneaba verticalmente en el regazo de Gustavo.

-¡Qué desesperados!-,bromeó Bety…

No pudiendo evitar un ligero ataque de celos, el cual se suprimió rápidamente por la inquietud de los dedos de su circunstancial compañero que, golosos, hurgaban debajo de su falda. Ella entonces, acarició tiernamente y con tela de por medio entre las piernas de su amigo. Para fortuna de la “liga de la decencia y las buenas costumbres”, aquellas dos parejas finalmente llegaron a su destino. El rostro de los cuatro reflejaba excitación y felicidad, pero su aspecto evidenciaba que aquel trayecto había estado libre de pudor. Las manchas de humedad en el pantalón de Gustavo y la blusa de Norma, los pringosos dedos de Raúl y la íntima prenda de Bety, olvidada en el auto, confirmaban esta realidad.

“¿Qué sería lo propio, sentarse a la sala a platicar, o de plano seguir con lo que había comenzado en los autos?” se preguntaba Bety mientras ingresaban a su casa. En esos pensamientos estaba cuando, sin más ni más, su esposo y su amiga se “desaparecieron” sin decir palabra. Después de unos instantes, y tras escuchar “ruidos extraños” provenientes de la recámara de los anfitriones, ella y su compañero confirmaron de nuevo su rezago en materia de “impudicia” con relación a sus parejas. De nuevo sus rostros se iluminaron con una sonrisa, sus miradas se cruzaron y terminaron fundiéndose en febril abrazo.

En el cuarto, Norma y Gustavo llevaban a cabo todas aquellas locuras que por sus mails se habían prometido realizar. Habían fraguado algo así como un guión de triple equis, en el que se sucedían una a una todas aquellas posiciones que soñaban hacer, incluso aquellas, para muchos poco atractivas, que parecen diseñadas para cirqueros. Pero esa era su fantasía, eso era lo que los ilusionaba. Las complexiones robusta de él y menuda de ella, les ayudaron a realizar gran parte de aquellas metas, quizá un tanto frívolas por su excesiva planeación, pero para ellos plenas de satisfacción y placer.

Bety y Raúl se comportaron menos pragmáticos. Más allá de guiones o detalles de posiciones, sus correos se habían impregnado de ternura, erotismo y “mórbida” poesía, y en esas condiciones realizaban su entrega.

Para excitar a su compañero aún más, ella se recostó en el sofá y levantó levemente su falda, dejando al descubierto parte de lo que sabía su principal atractivo. Con satisfacción observó en su compañero un nivel de deseo como hacía mucho no notaba en su marido. Se encendió al máximo cuando Raúl se hincó ante ella y, tras levantar totalmente su falda, se dio a la tarea de recorrer aquel trasero con labios y lengua. Ella recordó entonces las deliciosas sensaciones que una boca amable y sensible puede regalar.

Ilusionada, abrió sus piernas con la esperanza de dirigir aquella boca a sus partes más sensibles. Lo logró. Cuando la gentil lengua se paseó consecuente entre los dos montículos acercándose inevitablemente a su orificio menor, supo que bien había valido la pena aquella riesgosa aventura. Su nivel de gozo creció aún más cuando al tiempo que el húmedo músculo de su temporal amante le picoteaba febril, como queriendo ingresarla, dos prestos dedos incursionaban amables en su orificio mayor, haciéndola alcanzar los máximos límites de gozo posibles. ¡El Edén debería parecerse mucho a aquello!

Raúl no aguantó más. Los gemidos de placer que su esposa y su amigo emitían, sumados a los eróticos gimoteos con los que su compañera en turno evidenciaba su orgasmo, lo excitaron demasiado. Con ansia desmedida desabrochó nerviosamente su pantalón para liberar su viril carnosidad y dirigirla afanoso hacia el excitante portal que instantes antes había albergado a sus dedos. Sujetó entre sus manos la cadera de su compañera, quien amable y agradecida la había levantado, y penetró en aquella complacida y condescendiente mujer.

Para Bety, aquellos momentos fueron conmovedores. Había olvidado lo que eran los orgasmos apoteósicos, plenos de placer, aquellos que en su momento había tenido con su marido pero habían pasado a la historia. Sin embargo, ese día Raúl se los había recordado. Ahora disfrutaba feliz del golpeteo de su compañero sobre su trasero, de la deliciosa fricción que aquella bendita carne ejercía sobre su entrada y de las educadas manos que inteligentes y complacientes se desplazaban sobre sus senos. ¿Qué más podía pedir?

Tras varios minutos de gozo, finalmente ocurrió. Raúl retiró apresurado su ariete y descargó la consecuencia pringosa de su orgasmo sobre el trasero de Bety, como él tanto había fantaseado. Tras limpiar y acicalarse un poco se acomodaron a descansar abrazados en aquella sala, mudo testigo de su impudicia, para esperar a sus cónyuges que, por el silencio reinante, seguramente habrían terminado también… por el momento.

Tras algunos minutos de espera infructuosa, Bety y Raúl decidieron acudir a la recámara donde se encontraban sus compañeros, topándose con un enternecedor cuadro: ambos tórtolos yacían desnudos, abrazados y completamente dormidos, mientras la tele encendida mostraba aún las obscenas escenas de una estimulante película que para el efecto habían puesto sus compañeros. Por tratarse de los más “fogosos” del cuarteto, sus sorprendidos cónyuges no pudieron contener una risa entre burlona y divertida. La película porno les invitó a sentarse en aquella cama y, abrazados, se dieron a la tarea de observar aquellas imágenes.

No pasó mucho tiempo antes de que la excitación hiciera presa de ellos nuevamente. Aún sin perder detalle del filme, las manos de ambos acudieron al mutuo regalo de placer: ella, envolviendo entre sus manos la engrosada carnosidad de su compañero, y sometiéndola a exquisito vaivén; él, incursionando febrilmente entre las piernas de ella, dando lugar a un recurrente roce. Sus bocas se encontraron de nuevo. Ambas lenguas parecían querer trocarse de lugar y se frotaron juguetonas.

A los pocos minutos, la TV había perdido la atención de aquellos amantes, y ahora eran ellos las estrellas de la indecencia. Con una extraña combinación de agitación y ternura simultáneos, Raúl sujetó a Bety por la cabeza y la dirigió a su entrepierna, implorándole atención oral. Complacida por la ansiedad de él, Bety se subió a la cama para desde ahí dar albergue dentro de su boca a la excitada parte de su compañero, procurando frotarle suavemente con labios y lengua, al tiempo que su mano masajeaba con delicadeza la parte que quedaba afuera. Con cierto remordimiento, recordó en ese momento que hacía muchos meses que no atendía a su marido de esa manera. Se prometió a sí misma hacerlo en la próxima oportunidad.

Pronto, aquella emotiva actividad despertó a Gustavo, quien aún adormilado observó con sorpresa la afanosa atención que su cónyuge regalaba a su amigo. Sólo la invitante posición canina de su esposa pudo evitar la aparición de los celos, quienes cedieron su lugar para dar paso a una rápida erección. Con el ansia natural del caso, Gustavo se colocó detrás de su esposa para penetrarla, particularmente motivado por el hecho de saber que esa sería la primera vez que su querida esposa estaría con dos hombres.

Para Bety, aquella situación fue inédita. Apenas meses atrás su mente había sido incapaz de imaginar semejante acto de “indecencia”, pero ahora su cuerpo se regodeaba feliz en las fronteras del deleite, sabiéndose objeto de placer por partida doble, ¡mientras Norma seguía dormida!

Finalmente aquello terminó en lo que tenía que terminar. Raúl alcanzó de nuevo su clímax descargando su néctar en la boca de ella, como tanto había soñado. Bety, complaciente, lo disfrutó hasta el clímax porque sabía la ilusión que a él le hacía. A los pocos minutos, Gustavo alcanzó también su momento, menos abundante por la intensa actividad de la noche, pero igual de satisfactorio.

Aquel “King Size” se convirtió por horas en un hermoso monumento a la “inmoralidad”, soportando y exhibiendo ufano aquellos cuatro cuerpos que desnudos, inertes, complacidos y exhaustos, escandalizaron a la señora del aseo que, temprano como siempre, acudió al día siguiente para realizar las labores de apoyo doméstico en ayuda de Bety.

Más temprano que tarde, tras aquella aventura, los cuatro participantes entendieron que la doble sensación de “engañar” a la pareja y “sufrir su engaño” simultáneamente, representaba una de las experiencias más excitantes para cualquier persona sexualmente libre, y que difícilmente podrían renunciar a esa práctica en el futuro.

Autora: Mónica

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