La nenita

Al llegar a mi cintura, pegó un giro y regresó a mi ombligo. Le gustaba porque lo besaba con la misma pasión que mis labios, cerrando los ojos y emitiendo un gemido muy leve, casi de placer y dolor al mismo tiempo, intermitente… creciente. Siguió camino y bajó a mi pelvis, y allí le estaba esperando mi rabo, caliente, ardiendo.

Las nenas buenas toman toda su leche…

Después de varios meses de trabajo, se encontraba cansada, extenuada, sucia… pero satisfecha por lo que habían conseguido en las excavaciones. Verónica es una adicta a la arqueología, desde que era niña, y había conseguido salir de excursión gracias a que un conocido de sus padres necesitaba personal para realizar una serie de estudios. Tenía 18 años, estaba a punto de entrar a la Universidad (adivina qué facultad) y desde luego el paso del tiempo la había formado de una manera muy sensual.

Era de estatura media… como un metro setenta casi. Su pelo de un color castaño oscuro como la madera clásica, enmarañado, con un largo que sobrepasaba sus hombros unos pocos centímetros. No era ni atlética ni anoréxica, como muchas chicas de ahora, y desde luego no era víctima de la glotonería más común: su cuerpo era un perfecto ejemplo de formas bien compensadas. Sus pechos podrían caber perfectamente en las manos, sin tener que tensar demasiado los músculos, dejando la mano en un estado de catarsis sólo por sentir su piel… sus pezones. No eran enormes, eso está claro, pero la camiseta blanca y azul marino que llevaba puesta de regreso a su casa no era una talla muy grande… y 2 preciosos y firmes senos se marcaban en la tela como 2 exhalaciones de placer.

Se levantó a hablar con una compañera… y qué decir de su culito. Aaah… benditos días de calor los que hay en verano. Qué mejor momento para ver a las chicas con esos pantalones cortos, esos shorts, que son como la radiografía de un deseo. Los suyos eran blancos, de una tela muy cómoda (obviamente para no tener dificultades en el trabajo). Su cintura era holgada… por detrás. La fantasía de un voyeur experto, porque a sólo 1 centímetro de aquella cintura se encontraba la de sus braguitas… pero eso vendrá más adelante. Ahora cabe decir, a modo de descripción (aunque no le hagan justicia mis palabras carentes de contenido en este caso), que su culo es… es… ¿sabéis cuando tenéis un culo potente, en el que posáis las manos y os sentís llenos, satisfechos acariciando la redondez de esas nalgas? ¿Cuándo no podéis dejar las manos sólo en un sitio y tenéis que dibujar la forma de manzana que tiene ese precioso culo?. Ese es el que posee Verónica. Y desde luego el pantalón hacía lo que podía por contener semejante potencial.

Parte de la tela se colaba por la rajita de su culo, dibujando perfectamente el comienzo y el camino que llevaba a algo más. Por supuesto, por delante, el pantalón no hacía más que doblarse en sus ingles, trazando una pequeña flecha, redondeada en la punta, señalando su sexo, bordeándolo y marcando esos maravillosos labios mayores, la entrada a su placer que bien podría estar rodeada de carbones ardientes.

El resto es… “sólo” excitante: el ombligo desnudo entre el fin de la camiseta y el principio de su short, las piernas suaves y relucientes por el bronceado, con un suave color canela, sus ojos marrones muy oscuros… casi llegando a ser negros, profundos, medio ocultos detrás de unas gafas de pasta marrón por fuera y un color verde chillón por dentro, delgadas, muy modernas… Y esa cara de niña que no ha roto un plato, con unas miradas de lascivia pura, de deseo de comértela, de arrancarte la ropa de un golpe.

Eran las 23:00 de la noche. Todo el grupo de trabajo había estado bien lejos, y por supuesto habían parado a comer en un restaurante de carretera. Todos estaban a punto de rendirse al sueño… salvo Verónica. Algo estaba cruzando su mente, porque su cara de niña buena, de recién estrenada en la edad legal, había cambiado con esa sonrisa que se perfilaba sobre su labio superior finito y su labio inferior jugoso y carnoso.

El autobús, fletado para el grupo, la dejo en la puerta de su casa. La calle estaba desierta, todo el mundo estaba en sus casas, o durmiendo o haciendo labores. Abrió el portal pequeño, y encendió la luz de entrada. Hacía poco que conocía a Verónica, y ya en menos tiempo me había invitado a pasar algunos días en su casa para “conocernos mejor”, pasar “algún tiempo juntos” y poder tener… cierto acercamiento, aun estando estudiando en la misma ciudad (pero en casas diferentes, ya sabéis lo que es ser estudiante).

Yo hacía rato que me había tumbado en la cama, encendiendo la tele para mirar cualquier cosa que echasen mientras esperaba en la cama a Verónica. Me había llamado sobre las 6 de la tarde, diciéndome que vendría tarde… pero ella solía acudir sobre las 9 como muy tarde, y me preocupé. Aun así no pude contener el cierto sopor que me producía esa cantidad de telebasura… y perdí el conocimiento de todo.

Vero entró en casa, procurando hacer el mínimo ruido posible. Escuchaba la televisión de su cuarto encendida (era la que compartíamos, cuál si no). Al parecer, su compañera de piso no estaba en casa o hacía tiempo que se había dormido. “Ummm… no me importaría que me escuchase un poco”, se dijo a sí misma. Siempre tuvo una cierta vena exhibicionista, pero eso lo comentaremos en otro momento. No encendió ninguna luz; la luz de la calle y la de la luna le eran suficientes. También tenía una vena de gata… pero eso también lo comentaremos en otro momento.

Camino de la habitación, se quitó los zapatos y los calcetines, que dejó de cualquier manera en el salón, casi la zona más inmediata después de la puerta de la calle. Tropezó con un par de sillas, pero nada serio. Sus pasos eran calmados. Se apoyaba sobre los dedos antes de posar toda la planta del pie en el frío suelo de parqué. No quería que nadie se diese cuenta de su presencia, yo aun menos.

Verónica se apoyó en el marco de la puerta de su cuarto. Las luces de la televisión iluminaban el habitáculo, de dimensiones parecidas a las de un cuarto de matrimonio (al repartirse las habitaciones, Vero se había llevado la mejor parte, sin duda), y chocaban con cada pliegue, con cada esquina o cada zona extraña, proyectando una sombra cambiante coordinada con las imágenes. Así, se quedó unos instantes mirándome. Estaba boca abajo, con los brazos metidos debajo de la almohada y la cabeza apoyada en ésta. Yo creo que por culpa del televisor, la temperatura en aquel momento era un poquito elevada de más, y supongo que involuntariamente habría movido los pies de tal manera que la sábana que usaba me había quedado a media cintura.

Ella abrió unos milímetros la boca, una boca que siempre tiene esa expresión de niña haciendo “pucheritos”, de “morritos”, ¿sabéis de qué hablo?. Imaginarlo en un plano corto: el labio superior un poco más fino que su sucesor en la parte inferior, que es ligeramente más grueso, carnoso… y sus labios despegándose, humedecidos por su saliva, relucientes, que se abren unos milímetros, dejando entrever una delgada línea blanca que la forman sus dientes… y si estuvierais a su lado oiríais cómo un golpe de aire caliente… rezumando sexualidad en cada milímetro cúbico, sale de su boca.

Se pasa la lengua para humedecerse más… Apoya su mano izquierda sobre el marco, por encima de su cabeza. Su costado se apoya también. Su mano derecha… su dedo índice se mete en su boca, se lo humedece ligeramente, y sin despegar su mirada de la cama, absolutamente absorta en su pensamiento, no se da cuenta de que lo empieza a mover bajando por su labio inferior… su mentón… su cuello… muy despacio. Su pecho… su pezón derecho, describiendo toda la redondez de aquél magnífico pecho, pequeño, pero firme… su costado… hasta llegar a su muslo, en donde perdió el ritmo, y creo que algo más. Porque adelantó su pié, se retiró del marco y avanzó hacia la cama. Tenía una idea.

En el trayecto, se quitó de prisa su short. Se agarró a la cintura de éste, la bordeó por completo hasta llegar al botón que la cerraba, y más tarde a la cremallera, bajándola lentamente para no despertarme. Para sacarlo del todo, inclinó su torso hacia el suelo, y puso su culito en pompa. Aaaah, qué delicia de postura, sabréis los que la hayáis visto, ¿verdad? Cuando el culito se queda en pompa, y la cintura de cualquier pantalón describe esa forma redondeada, acariciándola como si fuesen tus manos, describiéndola sin palabras.

Al suelo. La camiseta que llevaba no tardó mucho en seguirle. Así desnuda, se subió a la cama hincando una rodilla al tiempo, y avanzando de rodillas, moviendo un poco la cama. “A éste no le voy a despertar de una manera normal”, pensó. Se movió sobre mis piernas, encima de las sábanas, notando que los pliegues de éstas le acariciaban por encima de las braguitas, y cómo le hacían cosquillitas sobre su clítoris. Cogió el borde de la sábana y lo bajó un poco, justo para que mi culo desnudo saliese al aire.

Finalmente se ubicó sobre mi culo, apoyando sus braguitas sobre él, un poco mojadas. Posó sus manos sobre mi espalda. Estaban calientes… bueno, desde luego no me daba cuenta porque aun no me desperté… y de manera ascendente fue subiendo desde la unión de mi espalda con mi culito, hasta el cuello, despacio, resbalando un poco sobre mi sudor. Después inclinó su torso desnudo de nuevo, acercándose hacia mi oído, sacando la lengua entre aquellos labios, la posó en mi oreja y la pasó por todo alrededor, al tiempo que me susurraba:

– Llegó la nenita. Quiero que cumplas tus amenazas.

Entonces me desperté suavemente, medio sorprendido porque había perdido completamente la noción del tiempo. Mi polla despertó suavemente. Me giré sobre mi cintura y la vi, con aquella sonrisa de niña pícara y maliciosa, y aquellas gafitas que la hacían como una niña aun descubriéndolo todo, pero a la vez con fuego, con deseo, con lujuria en su mirada, comiéndome con la vista.

– Nenitammm… mmmm. – Pues sí. A tus órdenes. He venido para que me hagas lo que quieras.

Vero se bajó y se acostó a mi lado, y mirándome tiernamente, me dijo con voz muy, muy suavecita.

– Bueno… ¿y por dónde empezamos? ¿Me vas a enseñar? – Te voy a enseñar a gozar como nunca, y quiero que no dudes en sacar todos los juguitos que llevas tanto tiempo guardando… Vamos a ver qué tan nenita eres.

Saqué la mano de debajo de la almohada, y la posé sobre aquellos pómulos tan ricos que tenía su cara, comenzando a darnos besos suaves que fueron subiendo de tono. Primero los labios, unos sobre otros, casi rozándose; luego las bocas, abriéndose… las lenguas rozándose, luego chocando… mojándose la una a la otra, retorciéndose dentro de nuestras bocas. Eran besos dulces y apasionados, y yo aun estaba algo dormido… pero notaba el sabor dulce de su saliva, y caricias en mis costados. La verdad es que no me esperaba que me despertase de tal manera, pero sabía que era mi nenita pequeña y que ella era una caja llena de sorpresas.

“Joder, me estoy poniendo cachonda desde que le vi en la cama”, pensaba ella. Lo cierto es que parecía que tenía un fuego acumulado. “Y estoy dispuesta para apagarlo contigo”, caviló. Se paró a acariciarme la nuca y el cuello, con la delicadeza de aquellos dedos de niña recién entrada en la madurez, y seguía besándome, no paraba de besarme. Le ponía caliente, la excitaba muchísimo, y más lo que me hacía de vez en cuando: mordiéndome los labios, succionándolos hasta que casi me dolían; pasando su lengua como acariciándolos… fusionándonos en cientos de besos… Y empezó a bajar.

La veía mirarme con la misma mirada tierna de niña buena, sonriendo y sabiendo perfectamente a dónde se dirigía, y con esa lascivia que me ponía a 1000. Hacía círculos sobre mi cuello con su lengua, dejándome un reguero de placer por donde pasaba. Sus manos volvían sobre mi espalda, y apretaba sus pechos desnudos sobre ella, rozándome sólo con la punta misma de los pezones. Mis nervios se encendían como interruptores, mandando descargas de placer sobre mi polla, que estaba más que alerta, caliente… tomando su máxima posición. Ponía toda su pasión en lo que hacía, y al mismo tiempo se notaba su duda de casi inexperta, de primeriza… Y por supuesto yo me seguía dejando hacer. La camiseta que tenía ya me molestaba, así que empecé a sacármela, pero sus manos me lo impidieron rápidamente, las apartaron con unos golpecitos, y fue ella misma la que la sacó.

– Date la vuelta.

No hizo falta que lo dijera 2 veces, porque me agité en la cama, ya desnudo por completo, para ponerme como mi nenita quería. Posó sus manos calientes sobre mi pecho, y posó su boca sobre mi pezón derecho, lamiéndolo, acariciándolo suavemente con el dorso de su mano, tan despacio que podía incluso sentir el vello de mi cuerpo vibrar por esas caricias. Los metía en su boca y jugaba con ellos. La temperatura estaba cada vez más alta, y no era precisamente por la televisión o la ausencia de brisa corriendo por la ventana. Sin pensarlo se puso a succionar mis pezones, como si quisiera sacarme el placer con sus labios. Se me estaban poniendo duros, y ella lo sabía, lo notaría en su lengua.

Dejó esa posición y se puso a besar mis brazos, sintiendo yo unas pequeñas cosquillas… pasó a mi barriga, con más besos… succionando de vez en cuando, bajando más y más, acompañándolo todo con sus manos suaves… y apretó sus uñas. ¡Ohhh!… justo en ese momento… qué placer. No me las clavaba, pero sí hacía la suficiente presión para notar las ansias que tenía en todo lo que hacía. ¿Acaso no os dije que era una gatita?

Al llegar a mi cintura, pegó un giro y regresó a mi ombligo. Le gustaba porque lo besaba con la misma pasión que mis labios, cerrando los ojos y emitiendo un gemido muy leve, casi de placer y dolor al mismo tiempo, intermitente… creciente. Siguió camino y bajó a mi pelvis… y allí le estaba esperando mi rabo, caliente, ardiendo… quizás un poco menos dispuesto de lo que yo querría (aquí escribe uno que es humano, no un superdotado como la mayoría, porque seguimos hablando de realidades, de verdades, no sólo pura ciencia ficción).

Me llegaron calambres de mi polla. Me estaba poniendo enfermo de placer, me retorcía en la cama viendo y sintiendo cómo besitos chiquititos y muy seguidos, pequeños mordisquitos al contorno de la base de mi polla.

– Todavía no quiero que sientas mis labios en ella. Vas a sufrir un poco.

Todo era suave pero muy intenso y yo… y yo estaba por cogerla por las muñecas meter mi polla en su coño hasta para que me sintiese lo dura y caliente que me estaba dejando la polla… y a mí. Pero Verónica tiene su ritmo… y es tan rico. Deberíais de probarlo.

Siguió sobre mis piernas, en el interior de mis muslos. Les pasaba la punta de la lengua como si fuesen un caramelo, y tan bien como bajó hacia mis rodillas, iba subiendo de nuevo hacia el objetivo, mirándome fijamente y sonriendo. “¿Te parece que soy tu nenita, con esta mirada dulce y lasciva?”, pensaba Vero. “Pero la nenita tiene carácter y fuerza, y aunque sé que me quieres dominar, no te voy a dejar”. Así… con aquella lengua húmeda, llegó a mi polla, la miró y dijo:

– ¿Todo eso me voy a comer? – con voz de nenita curiosa. –Yo no sé cómo hacerlo, cariñito. – añadió con el mismo tono de voz. – ¿Por qué no me guías con tus manos?

Me cogió de las manos, puso una de las suyas sobre mi polla y otra de las mías sobre la suya. Y yo le fui guiando arriba y abajo, primero despacio, para que viese que el placer va en aumento siempre, descubriéndole cómo se masturbaba a un chico porque, aquí entre nosotros, nunca lo había hecho. Enseguida sonrió como lo hacen los niños cuando descubren algo nuevo:

– Bueno, ya aprendí.

Apartó mis manos de la zona, acercó la boca, me miró de la misma forma que todas las veces anteriores… y le dio un beso chiquitito en la punta.

– ¿Y eso es todo?– Le dije absolutamente nervioso porque me dejase así sin más.

Enseguida brotó de la puntita un chorrito de mis jugos, que bañaron toda la punta de mi rabo.

– Jejeje. Ahora sí que me voy a probar esa polla tan caliente que tienes.

Y sacando su lengua, la pasó despacito por la cabeza, y luego a lo largo. Yo empecé a gemir como un loco, porque me estaba poniendo a punto de reventar. Estaba haciendo el papel de niñita, de nenita ingenua e inocente tan bien… Con una mano iba acariciando mis huevos diciéndoles:

– Ah, ah. La nenita también se acuerda de ustedes. La nenita sabe muchas cosas, es muy inteligente.

Entonces agarró mi polla, y como si fuese a cámara lenta puedo recordar aquel momento que jamás había sentido ni me habían hecho: la vi abriendo la boca y metiéndosela de una vez dentro hasta el fondo. ¡Casi entró toda! Empezó a apretar sus labios sobre ella, y jugando con su lengua dentro de la boca, se la sacó haciendo un poco de succión. Me lo volvió a hacer… y otra vez… y otra… y otra más. Me estaba matando, tenía mi lefa a punto de salpicar por todos los lados. Cuando lo hizo por última vez, volvió a lamerla.

– Me encanta sentir el calor y la suavidad de tu cipote en mi lengua.

Con sus manos iba alternando movimientos suaves con rápidos, hasta que comencé a desesperarme muchísimo.

– Nenita… me corro… ¡Me vengoooo!

Hacía como si no me escuchara. Le puse mis manos entre su pelo, sintiendo cómo movía la cabeza mientras me chupaba. Verónica succionaba con todas sus ganas, como la nenita buena que era.

– Joder… Ahí, ahí, Ahí, Ahí… ¡Ahí me viene!

Empecé a correrme, a venirme en su boca, y ella lo recibía con sumo placer, con agrado, como si fuese un dulce sabroso. Eché un chorro gordo… luego otro más, con un poco más de fuerza, y el resto salió solo. Se lo bebió todo. Podía ver cómo su garganta hacía ese movimiento de tragar, y como mi leche recorría su garganta, caliente, rica.

Se la sacó de su boca… Dejó su lengua fuera de ella y la pasó por todo lo largo y lo ancho de mi rabo. Lo pude ver perfectamente. Quedaba una gota que resbalaba lentamente, pero se la metió en la boca con la lengua y se apretó los labios con ésta, relamiéndose. Me dio un besito en la puntita, abrió sus brazos apoyando sus codos a los lados de mis piernas, posó su cabeza sobre sus manos y me dijo:

– Las nenas buenas se toman toda su lechita.

Como a vosotros os sucedería, aquello me provocó aun más… Pero eso, es otra historia. ¿Queréis leerla?

No os cortéis a la hora de mandarme comentarios, apuntes o ideas.

Autor: bigrocco

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