Reunión de amigas y un desconocido

La noche empezó como una noche normal de reunión de amigas del colegio, nos reunimos en la casa de Margarita a tomarnos unos tragos y recordar viejos tiempos. Nos graduamos hace 7 años, ya todas somos profesionales y nos reunimos de vez en cuando a emborracharnos y pasar una buena noche.

Esa noche todo comenzó como siempre, unas cuantas botellas de ron, buena música, en fin, lo normal. A las 12:30 de la noche Antonia , 23 años, 55 kilos, pelo castaño, ojos castaño claro, un culo espectacular y unas tetas que sin ser muy grandes están muy bien puestas; Marcela, 24 años, morena, delgada, pelo negro, unas piernas firmes y bronceadas, un culito parado y unas tetas morenas y respingonas; y yo Rebeca, 23 años también, pelirroja, ojos azules, alta, con un culo delicioso, unas tetas redondas y grandes, las mas grandes de este trio y la verdad buenísima, en realidad un trío que cualquier hombre se moriría por llevar a la cama ya fuera juntas o cada una por separado; nos fuimos de la casa de margarita un poco aburridas, borrachas y con ganas de acción, he de decir que queríamos acción completamente heterosexual….pero la noche dispuso otra cosa.

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Las reglas del juego

Entre los labios de Marta y los míos, la polla de Carlos, altiva, erguida, las venas intensamente marcadas en la piel lubricada por nuestras lenguas moviéndose al unísono, el capullo al descubierto, ancho y rosado, deliciosamente suave en el roce con el paladar cuando, a turnos, nos los intercambiábamos para apropiarnos de él en exclusiva, chupándolo y haciéndolo desaparecer en el interior de las bocas hambrientas. Carlos de pié, las piernas ligeramente abiertas, las manos en nuestras nucas, acariciándonos el pelo, empujando nuestras cabezas contra la verga ardiente, jadeando al ritmo de nuestros labios chupadores, de nuestras propias manos cerradas sobre el tranco, agarrándolo, meneándolo hacia arriba cuando la boca bajaba, hacia abajo cuando la boca subía. Marta y yo, de rodillas, magreando con la otra mano las nalgas de Carlos, hurgando entre ellas para buscar el aro de su orificio anal, para horadarlo con nuestros dedos que dilataban el estrecho agujero, el músculo cerrado del culo que parecía atrapar como una ventosa el dedo que penetraba en sus entrañas.

De rodillas nos sentíamos sometidos. Nos excitaba esa sensación de dominio que Carlos imponía al empujar con sus manos nuestras cabezas contra su polla, al tensar los músculos de sus robustas piernas cuando nuestras lenguas la recorrían, al decidir a quién correspondía tragársela, hasta que él considerara oportuno el cambio, sabedor de que otra boca ansiosa esperaba su turno. A Marta y a mí nos encantó el momento en que Carlos se agarró la verga y la levantó para obligarnos a que nuestros labios se juntaran, se besaran, se mordieran, se chuparan, impregnados de sus primeros jugos. Los labios de Marta y los míos sabían a polla de Carlos, a semen de Carlos, a huevos de Carlos. Marta y yo nos besamos ardorosamente, sin poder separarnos porque Carlos apretaba nuestras nucas para que el beso se eternizara mientras frotaba su polla contra nuestras mejillas y nuestras frentes, como queriéndonos recordar que, tras el beso, volveríamos a ella, cuando él lo decidiera.

Carlos y Marta son pareja. O algo parecido. Viven bajo el mismo techo y comparten tiempo libre y aficiones. También comparten cama, para dormir y para follar. Y a veces se comparten ellos mismos con otros y con otras, sin más ataduras que las que imponen las reglas de un juego que ellos mismos inventan. Esta vez, a tres bandas, dos hombres para Marta. Pero no sería ella únicamente la penetrada. Le tocaba a ella definir las reglas. Y en sus reglas pactaron expresamente que ella podría chupar las pollas de los dos pero que Carlos solo podría penetrar al otro hombre. Su coño y su culo le estarían vedados, prohibidos, quedando tan solo a disposición del macho invitado que tendría que ser forzosamente sodomizado por Carlos.

Yo era el invitado. Amigo de los dos, me había acostado con Marta en varias ocasiones pero siempre a solas. Me gustaba follar con ella, pequeña y sensual, ardiente y desinhibida en la cama. Cuando me propuso formar parte de un trío con Carlos y ella, me excitó la idea. Al explicarme sus reglas del juego, acepté sin pensarlo. Me resultaba realmente morboso follar con Marta delante de su compañero pero aún más si este no iba a ser un simple testigo. Me gustaba ese rol de macho pasivo penetrado por otro macho, poder chupar su polla y poder sentirla en el interior de mi culo.

Carlos sería el macho activo y asumió su papel desde el primer momento. Dominante, obligó que nuestras lenguas recorrieran su torso desnudo, se detuvieran en sus tetillas endurecidas antes de bajar hasta su vientre, su pubis y su verga empalmada. Marta y yo nos dejábamos hacer, sin tocarnos, salvo los besos profundos a los que Carlos nos invitaba cuando retiraba su polla para que nuestras bocas se encontraran y que interrumpía con un leve tirón de nuestros cabellos para separar nuestras cabezas y volver a colocar su verga al alcance de nuestros labios.

Bastó una leve indicación de Carlos para que yo me recostara sobre la moqueta y Marta se subiera a horcajadas sobre mí, agarrara mi polla erecta con una de sus manos para situarla en el mismo centro de su coño que lentamente fue descendiendo hasta engullirla. Sentí caliente el roce de sus nalgas, levemente posadas sobre mis huevos antes de volver a elevarse para iniciar la rítmica subida y bajada de su sexo empapando la prieta carne de mi verga. Mientras Marta la cabalgaba, apretando sus pechos con sus manos y moviendo su menudo y sensual cuerpo al compás que marcaban sus jadeos, Carlos, arrodillado junto a mi cabeza, me ofrecía su polla para que volviera a mamarla. La chupé con la misma cadencia que me imponía el galope de Marta sobre mi polla, deteniéndome a veces en su glande para liberar algunos de mis propios jadeos y sin dejar de meneársela con mi mano aprisionando la parte baja del tallo. A veces Marta adelantaba sus manos y vencía su torso para que fuera yo quien la empujara y marcara el ritmo de la penetración. La cercanía de los labios de la chica provocaba en Carlos el inmediato impulso de apartar su polla de mi boca para que fuera su compañera quien continuara la mamada. Era excitante tenerla allí encima, sentir como frotaba su clítoris contra mi vientre cuando mi polla retrocedía antes de volver a embestirla, poder amasar sus tetas y juguetear con sus pequeños y durísimos pezones, oírla gemir en los breves segundos en que Carlos sacaba su tranco chorreando saliva para que Marta tomara aire antes de volver a engullirlo delante de mis ojos.

Como siempre, fue Carlos quien ordenó el cambio de postura. Con Marta a cuatro patas, yo me arrodillé tras ella para estimular su ano con mi lengua y con mis dedos. Y en idéntica posición, Carlos se situó a mis espaldas para hacer lo propio con mi culo. Sentía su lengua humedeciendo el pequeño agujero de entrada que después era ensanchado por sus dedos impregnados de saliva, primero uno, después dos, más tarde tres hurgando, abriendo, dilatando el estrecho orificio. Casi miméticamente, el culo ofrecido de Marta era dilatado por mis dedos que entraban y salían tratando de agrandar el hueco para la inmediata penetración. Me acerqué para atrapar mi polla entre sus nalgas mientras mis manos agarraban sus pechos colgantes por la postura. Detrás mía, Carlos acariciaba mi espalda y apretaba su verga contra mi piel, frotándola en la hendidura que separa mis nalgas. Yo ansiaba penetrar a Marta y sentir como Carlos me penetraba, por lo que agarré mi polla para situar el capullo en la entrada del culo de la chica que tensó sus brazos para apoyar firmemente sus manos en el suelo y separó un poco más sus rodillas, facilitándome la introducción de la verga que, pausadamente, palmo a palmo, fue haciendo ceder la natural resistencia de su esfínter, con suaves movimientos de entrada y salida que acabaron por dilatar su culo.

Recostado sobre Marta, cabalgando su grupa cada vez con mayor fuerza, separé un poco más sus piernas con las mías para ofrecer mejor mi culo a Carlos que ya había empezado las primeras maniobras para penetrarlo. Con más impaciencia y menos delicadeza que la que yo había usado para encular a Marta, Carlos empujó su polla, forzando la entrada en mi agujero. Protesté con un leve quejido, penetrando un poco más a mi amiga para tratar de separar mi culo del duro ariete que trataba de conquistarlo, lo que me valió un par de secos azotes y la orden tajante de Carlos para que no opusiera resistencia. Con mi polla clavada en el interior de Marta, detuve mi movimiento para favorecer la penetración de Carlos que había vuelto a lubricar mi entrada con abundante saliva y al que bastó empujar dos o tres veces para atravesarme las entrañas, empalándome con su grueso carajo y haciéndome gritar por un dolor incipiente que se fue mitigando a medida que mi amigo fue moviendo su polla en el interior de mi culo abierto y sometido.

La doble sodomización de Marta y mía nos provocó temblores y gemidos de placer. Mis embestidas hicieron que la chica se desplomara, dejando caer sus brazos hacia delante y doblando el tronco hasta apoyar el rostro sobre el suelo, los pechos rozando la moqueta, el vientre levantado y sujeto por mi brazo izquierdo, flexionado para que mis dedos alcanzaran a estimular y penetrar su coño licuado y palpitante. Cuando detenía mi empuje, era Carlos el que sujetaba mis caderas para penetrarme con fuerza. Sentía entrar y salir su polla de mi culo, clavándomela hasta notar su vientre en mi espalda, logrando que a su vez mi cuerpo se fusionara con el de Marta, como si su polla pudiera atravesarnos a los dos de un solo golpe. Pude sentir en mis dedos el torrente de flujo del coño de Marta en el justo momento en que su cuerpo convulsionaba en un intenso orgasmo. A punto de correrme yo también, la descabalgué para evitar eyacular, liberándola de mi cuerpo y de mi brazo, lo que ella aprovechó para darse la vuelta y tumbarse boca arriba, con su cabeza a la altura de mis piernas, jadeando aún por el inacabado placer.

El empuje de Carlos hizo que yo también inclinase mi torso para quedar mi culo levantado y a su merced. Sobre el vientre de Marta ahogué mis inevitables gemidos por el gozo que me causaba la frenética embestida de Carlos y el rápido meneo de las dos manos de Marta ordeñando mi polla. Un ronco grito y un entrecortado jadeo acompañaron la corrida de Carlos en el interior de mi culo, anegando mis entrañas de leche caliente. Sin sacar su polla, esperó a que su chica acabara su trabajo, la obra maestra de sus manos estrujando el tallo y la cabeza de mi verga, tensando y destensado la piel en rápidas acometidas desde los huevos al capullo que me hicieron estremecer, resoplar, gemir y, finalmente, explotar de placer al correrme sobre el rostro y los pechos de Marta que no dejó de sacudir y menear mi polla a su antojo hasta verter la última gota de leche.

Era el final de un juego que acabó por dejarnos exhaustos. Todos habíamos respetados las reglas impuestas por Marta. Tras la reconfortante ducha, me despedí de aquella singular pareja de amigos. Ya en la puerta, a punto de marcharme, Marta se acercó para darme un último beso y mordisqueando el lóbulo de mi oreja, me susurró al oído: “La próxima vez, tú serás quien ponga las reglas del juego”.

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Mi boca estrenada

Elegiría al primero que cumpliera los requisitos: activo, mayor de cincuenta, preferentemente casado, culto, de constitución física tipo “oso”, alto y grueso, con sitio. La limpieza, seriedad y discreción se habrían de suponer por ambas partes. Era mi fantasía de siempre, mi deseo oculto, secreto, confesado tan solo a través de unas anónimas líneas en una página de contactos. “Maduro, pasivo, sin experiencia alguna, busca activo, mayor de cincuenta, preferentemente casado, culto, de constitución física tipo “oso”, que disponga de sitio, para chuparle la polla. Elegiré al primero que cumpla condiciones para que me someta y estrene mi boca”.

Cuando le di a “enviar” sentí los nervios propios del principiante y hasta cierto estúpido rubor carente de sentido, pues tan solo eran unas líneas, sin más detalle, sin que pudiera desvelarse dato alguno sobre mi identidad que la dejara al descubierto ante familiares o conocidos. Yo era hetero, felizmente casado con una linda mujer, pero mis fantasías más calientes siempre me llevaban a imaginarme siendo sometido por un hombre robusto, de mayor edad que yo, ante el que acabara desnudo y arrodillado para mamar su polla hasta que derramara su última gota de leche sobre mi boca.

Su mensaje de respuesta a mi correo privado llegó al día siguiente: “Soy quien buscas. ¿Qué te hace suponer que eres tú quien eliges? Tienes veinticuatro horas para responderme y facilitarme teléfono de contacto”. No aportaba ningún dato más. En la cabecera del mensaje, su email y un nombre: Alberto. Aún no me explico por qué le respondí de forma inmediata, casi inconsciente, como si una fuerza interior me empujara a hacerlo sin detenerme siquiera a pensar. Un simple mensaje con los nueve dígitos de mi móvil. Sin posibilidad de dar marcha atrás, un escalofrío me recorrió la espalda cuando el teléfono me alertó que tenía un mensaje nuevo. Apenas habían transcurrido un par de minutos desde que envié el correo de respuesta. Traté de templar mis nervios pensando que sería alguien conocido o la machacona publicidad del banco o la compañía telefónica, pero al pulsar la tecla de mensajes y aparecer un número desconocido, sentí como se me aceleraba el pulso nuevamente. “Mañana, 6 de la tarde. Esta noche te mandaré la dirección de encuentro al correo. No eres tú quien eliges”.

Toqué el timbre con extrema puntualidad. Quedaban atrás las largas horas de espera, la noche interminable, la imposibilidad de pensar nada más que en el encuentro, a la hora fijada y en la dirección señalada en un correo que llegó al filo de la medianoche. Conocía la calle, por supuesto, en mi misma ciudad, a veinte minutos escasos de mi domicilio si cogía el autobús. Me pregunté una y mil veces si nos conoceríamos en realidad, si habríamos coincidido antes en algún sitio. Repasé mentalmente, hasta el hastío, la lista de todos los albertos que conocía y me tranquilizaba descubrir siempre que no recordaba conocer ninguno, si es que ese era su verdadero nombre. No habíamos intercambiado fotos ni él había hecho uso del teléfono más que para mandar un único mensaje. Aquello era una auténtica cita a ciegas. Aquello, en realidad, era una locura provocada por mis propios deseos, de la que conocía su principio pero no su final. Y sin embargo, un impulso irrefrenable me seguía arrastrando hasta llevarme a aquella puerta ante la que me encontraba, esperando que alguien la abriera desde dentro.

La primera imagen de Alberto me mostró a un hombre alto, metro ochenta y cinco quizá, grueso, fornido y maduro, más cerca de los sesenta que de los cincuenta, con barba semicanosa y cabeza perfectamente afeitada. Instintivamente, bajé la vista después de cruzar la primera mirada con él, hasta que retumbó en todo mi ser su voz profunda. “Pasa”. Traté de esbozar una sonrisa y entré en aquella casa amplia y decorada con exquisito gusto. Me indicó con la mano que le siguiera por un corto pasillo por el que se accedía a una pequeña sala de estar. Alberto, tras encender la luz, se dirigió a la ventana para cerrarla y bajar completamente la persiana. El silencio de la casa era absoluto y no parecía que en ella hubiese nadie más que Alberto y yo. Era otro silencio el que me incomodaba: el de aquella pequeña habitación en la que nos encontrábamos de pié, uno frente al otro, yo incapaz de mover ni un solo músculo de mi cuerpo y Alberto con la mirada de sus ojos negros clavada en mí.

– ¿Por qué buscabas alguien culto? – me preguntó con tono amistoso.

Me sorprendió tanto la pregunta que no fui capaz de responderle inmediatamente y apenas conseguí balbucear una serie de ridículos sonidos. Sentía una enorme sequedad en la garganta y un creciente rubor en el rostro. De alguna manera, me avergonzaba el hecho de no tener respuesta para algo tan simple. Siempre pensé que, de darse el caso, habría un contacto previo, vía email, tal vez después vía teléfono. Y me parecía fundamental que la otra persona supiera expresarse correctamente y escribir con soltura. Me inspiraría más seriedad y confianza, tal vez una tontería, pero así era como lo sentía. Sin embargo, no fui capaz de expresarlo.

– Me gustó eso – me tranquilizó. – A mí también me gusta que la gente lea y sepa expresarse con corrección. Nunca te hubiera contestado si tu mensaje hubiera estado plagado de faltas de ortografía.

Parecía que me estuviera leyendo el pensamiento y eso me hizo estremecer. Solo era capaz de mirarle, sin poder articular palabra, con un torbellino de pensamientos indefinidos martilleándome la cabeza. Estaba allí, en la casa de un desconocido que cumplía fielmente las condiciones expuestas en mi mensaje, pero que podía haber sido radicalmente distinto a lo que buscaba y de igual manera hubiera acudido a la cita. Su voz, con un tono mucho más serio y grave, rompió de cuajo mi momentánea abstracción.

– Aún no te oí la voz. Pero es verdad que no has venido hasta mí para charlar. No me interesa tu boca para que hable, al menos de momento. La vas a abrir mejor para darme placer. Y para otras cosas. Voy a salir un momento y volveré en diez minutos. Cuando regrese quiero encontrarte en esta misma habitación, completamente desnudo. Tienes completamente prohibido salir de ella. Recuerda que no estás en tu casa. Sé educado.

Cerró la puerta de la sala cuando salió. Su voz seguía resonando en mi cabeza. Palabras concretas, frases concretas. “Placer”. “Darme placer”. “Para otras cosas”. ¿Qué demonios habría querido decir con “para otras cosas”? “Completamente desnudo”… Me dispuse a ello, dejando la ropa sobre una silla. En ese momento, me hubiera gustado poder contemplar mi cuerpo en un espejo, mis cuarenta y tantos años mal llevados físicamente por la falta de ejercicio, mi barriga y aquellos disimulados michelines bajo la ropa pero no ante la ausencia de ella, “maldita falta de ejercicio”, aún cuando parecería delgado en comparación con Alberto, mi polla lánguida y sin circuncidar que siempre me pareció algo pequeña aunque no así a mi mujer, mis huevos retraídos, mi boca, la boca que iba a abrir para dar placer a un hombre por vez primera… “Y para otras cosas”

Para acortar la espera, me entretuve leyendo los títulos de los cientos de libros ordenadamente dispuestos en las estanterías del único mueble que había en la habitación, desde enciclopedias a novelas históricas, pasando por una vasta colección de literatura erótica. Regresó Alberto de improviso, en el justo momento en que ojeaba la cubierta de “Dominada por el deseo”, de Shayla Black, lo que hizo que el libro se me resbalara y cayera estrepitosamente al suelo. Alberto cerró la puerta tras de sí. Estaba desnudo y en su mano derecha traía una bolsa de deportes que dejó sobre la misma silla en la que yo había colocado mi ropa. Verlo desnudo me aceleró el corazón. Su corpulenta y anchísima figura se agigantaba ante mí, a pesar de rebasarle en algunos centímetros su estatura. “Constitución física tipo oso”. Sin duda la tenía, el torso velludo, la prominente barriga, la anchura de sus brazos y de sus robustas piernas. Y su polla, aún flácida, con el glande absolutamente descubierto, caída sobre las grandes bolsas de sus cojones. Se acercó a mí hasta poner sus labios a la altura de mi oído derecho. Pude sentir la calidez de su aliento en mi oreja antes de que me susurrara imperativamente: “Recoge el libro del suelo”. Obedecí con rapidez, recolocando el libro en su lugar en la estantería, con manos temblorosas.

Alberto me asió por la cintura y apretó mi cuerpo contra el mueble, empujado por su propio cuerpo. Busqué con mis manos el apoyo necesario pero él agarró mis muñecas y abrió mis brazos, ordenándome que no me moviera mientras apretaba más su cuerpo contra el mío. Sentí los latidos del corazón retumbando en mi pecho y en mi cabeza, la ardiente piel de Alberto quemando mi espalda y mis nalgas sobre la que se adivinaba la creciente erección de su polla. Repitió que no me moviera, antes de soltar mis muñecas para buscar con sus dedos mis pezones y pellizcarlos con cierta dureza, haciendo escapar un leve quejido de mi boca.

Mi boca. Aún silenciada de palabras pero ruidosa en la entrecortada y sonora respiración, como si el aire me fuera a faltar de un momento a otro. Inmóvil dejé que sus manos retorcieran mis tetillas de forma placentera, que separara y volviera a unir su cuerpo al mío, una y otra vez, para frotar su tranco contra el surco de mis nalgas. Sumisamente, me dejé llevar por aquel hombre que, cuando quiso, me agarró del cuello para llevarme hasta mitad de la sala y, sin mediar palabra, empujó mis hombros en una inequívoca señal para que me pusiera de rodillas ante él. Llegó el momento tantas veces imaginado y deseado en mis calientes fantasías de maduro-hetero, secretas e inconfesas para el mundo que había más allá de aquella habitación, de aquella casa, de aquel desconocido cuya polla hinchada tenía a menos de un centímetro de mis labios, altiva, brillante, poderosamente dura.

Mis labios besaron el rosado capullo y mi lengua recorrió el rugoso tronco de venas marcadas. No sabía bien qué hacer, por dónde comenzar, cómo actuar, en qué momento atrapar aquella verga para chuparla, para comérmela entera. Ni siquiera sabía si sería capaz de ello y si sabría mamarla adecuadamente. Me embriagaba el olor de aquella polla que mi lengua recorría lentamente, el olor a hombre, a macho, sus palpitaciones sentidas en mi mano agarrando el tronco para subir y bajar acompasadamente la piel henchida de sangre y de deseo. En mi mente bullían cientos de imágenes de mamadas vistas en videos porno, de hombres y mujeres, y me sentía capaz de ser como aquellos protagonistas de mágicas e interminables felaciones. Pero Alberto tenía otros planes que pasaban por ser él quien gobernara mi boca y mis impulsos, quien dictara las órdenes precisas, quien dirigiera todas las maniobras para penetrar y someter aquella boca virgen.

Sus manos entrelazadas en mi nuca dominaron mi espíritu y todos mis movimientos, marcaron el ritmo y la profundidad de la mamada, cuándo debía entretenerme a saborear las primeras gotas de su leche en el capullo y cuándo debía ahogarme en la inmensa asfixia de mi boca absolutamente penetrada por su verga, siempre hasta el momento oportuno en que los ojos llorosos y las mejillas ardientes suplicaban una pizca de aire, regalado en grandes bocanadas cuando sus manos aflojaban la presión y él mismo retiraba la polla de mi boca empapada de saliva que se derramaba sobre mis piernas y sobre el suelo. Y sin descanso, sentía endurecerse aún más la verga golpeada en mis pómulos, apoyada sobre mi frente para que mis labios y mi lengua besaran y chuparan los cojones redondos y repletos, hasta volver a empezar, una vez recuperado completamente el aliento, el frenético movimiento de los labios cerrados sobre el glande, de la boca tragándose la veintena de centímetros de carne, cada vez más deprisa, cada vez con más fuerza, sin apenas respirar, ensordecidos mis oídos por los jadeos de Alberto –¡vamos, vamos, cabrón, chupa más rápido!­- acompasando el propio sonido de mi boca traspasada, de mi aliento entrecortado, de mi nariz golpeando su vientre, de mi garganta generando más y más saliva. Hasta que el grito de Alberto, la rigidez de sus dedos crispados contra mi nuca, la tensión de sus piernas firmemente apoyadas en el suelo y la palpitante carne de su polla detenida anuncian la inminente explosión, la líquida descarga de su leche en mi boca, en mi frente, en mi barbilla, como un surtidor incontenible que se vierte a chorros continuos sobre mis labios y mi lengua que paladean el agridulce sabor del esperma.

Los dos tratamos de recobrar el pulso y el aliento, mientras mi boca realiza los obligados trabajos de limpieza de las últimas gotas de leche en el capullo a la que sigue la mamada suave y lenta, como queriendo aprovechar los últimos segundos de rígida erección antes de que la carne se ablandara. Hasta ese momento no tuve conciencia de mi propia excitación reflejada en mi verga endurecida. Sentí el dolor de mis rodillas entumecidas y un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando comprendí que todo había sido tan real como que estaba allí, desnudo y arrodillado ante un hombre que había sometido mi boca al capricho de su verga, mi boca estrenada y muda.

Jadeaba aún, con mis manos apoyadas en mis muslos, contemplando la erección de mi polla de la que apenas asomaba la punta del glande. Mojé la palma de mi mano izquierda con la leche que Alberto había vertido en mi cara y que me sirvió de perfecto lubricante para lograr en pocos movimientos que el capullo quedara completamente al descubierto. Mientras me masturbaba, ausente de todo, Alberto se situó tras de mí y colocó en mi boca una mordaza de bola con una correa de cuero que ató en mi nuca. Me había pillado tan desprevenido y tan absorto en mi propio placer que no tuve tiempo a reaccionar. “¡Sigue masturbándote!”, me ordenó de forma contundente. Y obedecí, mientras, asustado, le seguí con la mirada para ver cómo de la bolsa de deporte sacaba una cuerda y un consolador anal.

– Me pediste que te sometiera, no solo que estrenara tu boca – me dijo serenamente y con media sonrisa dibujada en su boca. – ¿O es que quieres irte ya?

Negué con la cabeza. Como siempre, sin pensarlo. Era como si tuviera un poderoso influjo sobre mí y anulara absolutamente mi voluntad. No fue preciso más que un seco “¡Basta!” para que inmediatamente dejara de masturbarme, me pusiera en pié y obedeciera, una a una, sus instrucciones. Ató mis manos con la cuerda, unidas mis muñecas, antes de ordenarme que me pusiera de rodillas en el sofá, sobre el cojín del centro, y levantara los brazos para atar la cuerda a la forja de hierro de un adorno de la pared. Corrigió mi postura, para que venciera el tronco hacia delante y abriera mis piernas, a fin de que mi culo quedara expuesto y a merced de sus caprichos. Pegó un duro manotazo en mis nalgas ofrecidas y me susurró, otra vez con sus labios cercanos a mi oído:

– Me ha encantado desvirgar tu boca. Como ves, tu boca sirve para más cosas que para chupar mi polla. Por ejemplo, para morder esa bola… Y para gritar… El problema va a estar que la bola va a impedir que tus gritos se escuchen. Pero si te portas bien, gritarás de placer, aunque no puedas hacerlo. Pero si te portas mal, ¡ay si te portas mal!… Dentro de esa bolsa tengo cosas que no te gustaría que sacara. Así que sé un buen y obediente sumiso. Porque eso es lo que eres a partir de ahora: mi sumiso. Ya sabes. No eres tú quien elige…

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Los hermanos de mi joven esposa II

Fueron las pasadas fiestas decembrinas cuando la familia de mi esposa vinó a la casa, yo al saber que pasarían con nosotros el 24 y 25 de diciembre, estaba que no cabía de contento, tanta felicidad seguro debía de ser pecado.

Primero llego Carlos con su novia Liz, luego llegaron mis suegros, y por ultimo hizo su arribó Luis quien venía acompañado de su prometida Claudia y de sus jóvenes cuñados Cristian Alixander, Alfonso y Brighton, todos ellos de ojos azules igual que Claudia, eran delgados, de pelo semi rubio, de piel blanca, y facciones finas, y por lo visto eran bastante alegres, porque enseguida empezaron de parlanchines. Otra cosa curiosa es que todos se veían de la misma edad, lo cual me desconcertaba, pero decidí no hacer ningún comentario al respecto.

Todos habían llevado vivires para enriquecer la cena de navidad, pero él que se destacó al hacer venado al horno fue Cristian quien estudiaba para ser Chef, yo nunca había probado el venado, me agradó la carne aunque un poco recia para mi gusto, tenía un muy buen sabor;

Como era de esperarse en cuanto supimos que estudiaba Cristian para ser Chef, le pedimos que nos preparara más cosas igual de suculentas, asintió enseguida y en cuestión de horas ya tenía todos los ingredientes listos para preparar jaiba, pez espada, una sopa de mariscos y empanadas de camarón, el solo hecho de pensar que comería camarón me hizo pensar que en la noche andaríamos todos como burros en primavera; De pensar que solo había dos mujeres y 7 hombres eso sería una verdadera orgia.

Pasaron las horas y el hambre ya empezaba a ser demasiado evidente, pues en nuestras platicas el tema de conversación giraba en torno a la comida, que si alguien habían preparado tal o cual cosa, que cual era la comida más rara que habíamos degustado, etc, etc, por ello decidí ir a la cocina haber en que le podía ayudar a Cristian y aprovechar para comer algo de lo que estaba preparando, debido al calor que hace en la cocina, vi a Cristian sin camiseta, se le marcaba bien sus músculos del abdomen y su pans se le ajustaba marcándole el contorno del calzón, y dividiéndole las nalgas, no sé cuánto tiempo me quede como hipnotizado observándole, pero fue evidente, porque el, a pesar de darme la espalda, sonrió soltando una leve risa y me dijo – “¿estarás todo el tiempo observándome el culo o vendrás a ayudarme a terminar la cena?”, yo también solté una risa nerviosa por ser tan obvio, y me acerque a ayudarle, le ofrecí una disculpa, él me dijo que no había problema, que no le quitaba yo nada con verle, que ya estaba demasiado acostumbrado a que lo vieran de esa forma, por eso no le daba mucha importancia.

Continuo la cena todo normal, pero yo no podía dejar de pensar en Cristian, a mi izquierda se encontraba Diana sentada y a mi derecha se sentó Cristian. Al paso de unos minutos por debajo del mantel deslice mi mano hacia la pierna de Cristian, si él se incomodaba mi estrategia era fingir que me apoyaría para levantarme, pero no se incomodó, solo sonrió un poco, así que empecé a subir mi mano, poco a poco hasta llegar a su entrepierna, y comencé a acariciársela sobre el pans, se le empezó a poner dura, y dejo de platicar tanto como era su costumbre, ya que empezaba a tener uno que otro espasmo de excitación, sus otros hermanos se dieron cuenta del cambio de actitud de Cristian, pero decidieron no decir nada, entonces decidí desamarrar su jareta del pans y meter mi mano, así lo hice y sentí su pene a traves de una pequeña tanga, eso me indicó que el iba preparado para buscar un encuentro así, entonces metí mi mano debajo de su tanga y le toque su pene, mismo que ya había lubricado por la excitación, empecé a subir y bajar su prepucio, así hasta que, me trataba de detener con la otra mano para que no siguiera, era inminente una eyaculación, saque mi mano tome 3 servilletas y la baje otra vez, y continúe masturbándolo lentamente hasta que se vinó en mi mano, pero las servilletas lograron absorberle su eyaculación.

Eenseguida me levanté y me fui al baño, no precisamente a tirar las servilletas, más bien quería saborear sus esperma, me las metí en la boca en cuanto estuve en el baño, su esperma sabía muy dulce, me gustó mucho, luego de que tome todo lo que pude, tire las servilletas al escusado y me lave la boca, regrese a la mesa, y me incorpore a la convivencia, note que Cristian estaba algo sonrosado, quizá se sentía mal por lo que pasara unos minutos antes, entonces le puse otra vez mi mano en su entrepierna y note que no había anudado la jareta del pans, por lo que mi mano incursiono una vez más en su entrepierna, así que le toque su pene, el cual ya estaba flácido y retirándole el prepucio con un dedo empecé a sobarle el glande, creo eso lo éxito muchísimo, porque con su mano me toco también mi pene, y tuve que detenerle pues se podía dar cuenta mi esposa. Después fui a sacar colchones inflables y a extender el sillón cama para que pudieran acostarse nuestros invitados, en la recamara principal nos quedaríamos mi esposa y yo en la cama matrimonial y en un colchón con ruedas se quedarían mi cuñado Luis y su prometida Claudia, en el otro cuarto se quedarían mis suegros, en el sillón cama de la sala se quedaría mi cuñado Carlos y Liz, y en tres colchones inflables se quedarían Cristian, Alfonso y Brighton. Al otro día me levante como a eso de las 6am al baño y decidí ir a la cocina por un vaso de leche, pero volteé a la sala y gracias a que tenían prendida la luz de una pequeña lamparita, daba una luz muy tenue pero que servía para alumbrar los contornos de las personas y un poco más, vi que mi cuñado Carlos estaba en un colchón inflable junto con Brighton, y su novia Liz dormía muy profundamente, lo cual me hiso suponer que le dio pastillas para dormir, Alfonso hacia como que dormía pero estaba al pendiente de lo que pasaba con su hermano Brighton, y Cristian el me seguía con la mirada, decidí acercarme a Cristian, y en ese instante el levanto sus cobijas invitándome a meter con él, pude ver que estaba completamente desnudo, y luego le pregunte si podía llamar a sus otros hermanos, él se sorprendió, y se portó indiferente, así que me incorpore y fui a donde estaba Alfonso, lo toque, y el brinco de lo nervioso, empecé a desnudarle, podía sentir su temblor, no sé si de miedo o de excitación, luego le di un beso en su boca, y cuando lo tuve desnudo le hice sexo oral tanto en el pene como en el culito, luego le dije que se pasara al colchón de Cristian, y me fui con Carlos y Brighton, me metí en medio de los dos, y empecé a meterles mano, luego Carlos ya quería penetrarme y yo le hice la seña que fuéramos al colchón donde estaban Cristian y Alfonso, se pararon Brighton, y Carlos y nos reunimos en el colchón los 5, y empecé a penetrar a Cristian, mientras Carlos penetraba a Alfonso, y a Brighton le metí el pene de plástico de mi esposa, por lo visto esos tres hermanos eran vírgenes, nunca habían estado con un hombre o con una mujer, por eso nos fue más fácil ganarles la voluntad de que se dejaran penetrar, empezaron a gemir al poco rato, y pensé que se despertarían los demás invitados, pero creo Cristian a mis suegros y a las mujeres les había echado una especie de pastilla adormilante , el único que se despertó fue Luis, y al vernos a todos cogiendo, decidió cogerse a Brighton, así estuvimos un rato, luego nos cambiamos de hermano y cogíamos a otro, hasta que logramos cogernos cada quien a los tres hermanitos, ni se diga las veces que eyacularon al ser cogidos, luego les hicimos nos chuparan el pene, al principio no querían, pero cuestión es que se animara Cristian que los demás también lo hicieron, con un poco de asco, pero lo hicieron, se notaba su inexperiencia, porque a veces como que querían morderlo, también terminaron haciéndonos sexo oral en el culo. Ya como a eso de las 8am nos fuimos a bañar todos juntos y mi cuñado Carlos le interrogo a mi cuñado Luis si sabía que sus cuñaditos les gustaba el pene y que por eso los había invitado?, a lo que Luis respondió – “como iba yo a saberlo, yo creo ni ellos lo sabían, pero ahora que lo experimentaron, seguro les gusta el camote”, lo que no dejamos fue que ellos experimentaran que se siente penetrar, quizá porque no queríamos que se nos acabara la oportunidad de penetrarles, ya que a ellos seguro que también les gustaría penetrar, pero ese gocé simplemente se los prohibimos, cada vez que querían darnos la vuelta para saber que se siente penetrar, nosotros nos reusábamos diciendo que aún no habíamos terminado, que quizá después dejaríamos a ellos que nos lo hicieran también, pero por el momento nosotros éramos los que habíamos iniciado y los que debíamos de quedar satisfechos. Por fin a las 10am dieron señales de vida mis suegros y nuestras mujeres, parecían todos aletargados, pero se compusieron luego de echarse un buen baño, dijeron que tuvieron pesadillas, y nosotros cambiamos la conversación, no vaya a ser que se dieran cuenta que todos escucharon los mismos sonidos y que cayeran en cuenta que no habían sido pesadillas, sino que había sido real. Otra vez en la tarde del 25 me ofrecí a ayudarle a Cristian, pero esta vez todos los demás idearon que también querían ayudar y que sería mejor que se fueran a hacer las compras las mujeres y mis suegros, que según esta vez las queríamos consentir, así que debía ser sorpresa lo que prepararíamos, y les indicamos que no regresaran hasta que les llamáramos, entonces se fueron al cine a matar el tiempo, y en eso nosotros nos apuramos a hacer la comida – cena y enseguida nos desnudamos, y nos empezó a grabar con su celular mi cuñado Carlos que ya para entonces tendría unos 19 años y los cuñados de Luis tendrían unos 18 años, todos empezamos a coger y probamos nuevas posiciones, en algunas la penetración era más profunda, Luis propuso usar condón, pero nadie le hicimos caso, ya que los muchachos habían sido vírgenes y nosotros no teníamos sida ni ninguna enfermedad de tipo sexual, pues decidimos hacerlo al natural, los chicos empezaban a ser más propositivos y después también empezaron a ser parlanchines igual que lo eran cuando platicaban sobre otras cosas, eso era novedad para mí, pues cuando tenía yo sexo con mi esposa casi no hablábamos según yo para no desconcentrarme, pero esa nueva experiencia rompió ese tabú que tenía yo y mis cuñados, y entonces esa orgia fue un verdadero jolgorio . Los cuñaditos de Luis aunque no les gusta mucho la mecánica se hicieron contratar por el dueño del taller como chalanes, y pese que se supone deben de ayudar a quien sea de los mecánicos, ellos solo están conmigo. Ya también se hicieron de novias, hasta se mandan cartitas de amor, y quizá si las estimen, pero su gusto por el sexo gay sigue igual de presente en sus vidas. Además ninguno de los 6 somos afeminados, es decir no se nos nota que somos gays, o bisexuales, no es como la gente piensa que son los gays, al menos nosotros somos normales como cualquier persona, pero con nuestro gusto sexual distinto, si a veces echamos un taco de ojo con algún buen galán que veamos, pero sabemos ser discretos, normalmente no pasa de unas miradas y ya.

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El farmacéutico desconcertante

Se bajó el cierre se bajó el slip y se empezó a pajear allí en el comedor. Pasé unos nervios tremendos porque si entraba mi amigo, con todas esas revistas desparramadas sobre la mesa del comedor el farmacéutico pajeandose allí. Aunque yo no se la agarraba porque no me dejaba quien me iba a creer que yo era simplemente espectador y no actor de esa escena erótica que estaba sucediendo en el comedor de mí casa.

Hoy quiero referirme a un amigo que no se si es loco, se hace el loco o realmente es un bisexual reprimido.

Hace como quince años que lo conozco y aun no puedo calificar sus actitudes. Todos tenemos amigo raros o excéntricos, quisiera saber la opinión de los que lean esto y sus ideas puedan ayudarme a definirlo. A Carmelo que así se llama lo conocí en una farmacia. En el 84 una tía mía se enfermó y tuve que ir a esa farmacia a conseguirle los medicamentos. Allí conocí a un doctor gay, que me contó que vivía con su pareja, fue tan amable que me hizo la receta porque sin ella no me daban los medicamentos. Mientras mi tía estuvo internada, varias veces concurrí a esa farmacia y él muy gentilmente me hacía las recetas, hasta que un día le dije que no sabía como pagarle los favores que me había hecho al darme los medicamentos con recetas gratuitas. Se río y me dijo que yo podía pagarle. Me reí también.

Al costado de la farmacia estaban las policlínicas, me hizo pasar allí, sin que nos viera el rengo que vigilaba todo, corrió las cortinas y quedamos en un consultorio semiprivado pero se oía todo lo que sucedía en los otros gabinetes. Se abrió la bragueta y me ofreció su verga para que se la chupase. No era muy larga, ni gruesa, era normal. Se le paró muy rápido gracias a su mano que corría el forro con mucha habilidad. Me acerqué y le hice una mamada fenomenal, porque como dije al ser pequeña, no era mucho trabajo tragarla. El empezó a metérmela muy rápido, me di cuenta de que estaba por acabar y la saqué de mi boca justo en el momento que iba a comenzar su eyaculación la cual cayó sobre la camilla. Limpió todo con unos algodones, vio la cara de desconcierto que yo tenía y me empezó a tocar la bragueta, al darse cuenta de que la tenía muy parada, la sacó para afuera y exclamando que era una lástima desaprovechar una verga tan linda, pero que no había tiempo de que su culo recibiera el placer de una visita de mi pija.

Comenzó a pajearme muy lento hasta que aceleró el ritmo, di un suspiro y mi leche también fue a parar a la camilla y al algodón. Tiró todos los algodones en la basura, se lavó las manos, abrió las cortinas y se puso a atender a los pacientes como si nada hubiese pasado. Esta introducción la hice para que vieran como se fueron entrelazando las cosas y como conocí al farmacéutico “raro”. Seguí yendo a esa farmacia, pero el doctor no me hizo pasar más, solamente me daba las recetas y yo las canjeaba en la farmacia. Ni recuerdo quienes me atendían. Como al año, a esa farmacia la cerraron y abrieron otra a una cuadra de allí. Los médicos seguían atendiendo daban las recetas pero había que caminar una cuadra para retirarlos.

Comencé a ir a esa farmacia que era en un sótano. Me atendieron diferentes personas, porque iba diferentes días. La doctora que atendía a mi tía cambió los días de visita para los sábados, por eso comencé a ir a esa farmacia los sábados de tarde. Si iba antes de las 15 horas me atendía una chica y un chico. Pero después de esa hora hasta las 22 que cerraban era un chico que se quedaba solo con el o la policía de guardia. El me daba los medicamentos y empezó a conversar conmigo de todo un poco. Al principio yo le respondía a sus preguntas, me daba los medicamentos que había ido a buscar y me iba. A los pocos meses, ya estaba conversando con Gervasio el policía que cuidaba allí o con Rosa su compañera. Carmelo, cada vez me daba más charla, sobre mis actividades, el cine, los libros, en fin buscaba conversar de cualquier cosa. En esa época tendría unos 25 años, era de pelo corto muy negro, grasoso y brillante, su altura no pasaría el metro setenta, y su peso unos 65 Kg., era recién casado, su esposa estaba embarazada y a veces venía a acompañarlo o a buscarlo. Pasó el tiempo y cada vez nos hicimos más amigos, yo iba a buscar los medicamentos y me hacia pasar para atrás del mostrador que era un lugar bastante amplio en el cual había muchas estantería con medicamentos. Muchas veces me quedé hasta que cerraba y le ayudaba a ordenar las recetas de los medicamentos para hacer el conteo de lo que había entregado.

El policía se iba a las 22 así que muchas veces quedábamos los dos solos. Una vez quizo venir a mi casa para conocerla. Una de las rarezas que no le entiendo fue que en mi casa se le ocurrió decirme que tenía el pelo sucio y me pidió que se lo lavase… Sí, como leyeron. Ni tengo idea de por qué me hizo hacer eso a medianoche! Casi todos los sábados iba a la farmacia, pero jamás me dijo de que quería tener sexo conmigo ni con ningún hombre. Una vez me contó que había pasado por Bulevar Artigas se encontró con un travesti y se puso a charlar. Ignoro si solamente fue eso, nunca me contó que se hubiese acostado con uno, solamente me comentó que le gustaría…. y lo dejó en puntos suspensivos. Al tiempo me comentó que había venido una chica a buscar medicamentos y que hablaron y la hizo pasar para atrás y que ella se la chupó allí.

El policía estaba del lado de afuera, como siempre, comentábamos cosas pero nunca le dijo que a veces cojía allí dentro con las clientas. Cosa que tengo mis dudas. Un día me dijo que había invitado a esa clienta y quería que yo viera como ella se la chupaba y luego como él la cojía. En la parte de atráas de la farmacia había un escritorio de esos antiguos de madera maciza y pesaddo, él dijo que le pondría allí con las piernas abiertas y él parado se la clavaría para que yo lo viese. Quiso hacer un simulacro, él se paró frente al escritorio y a mi me hizo esconder entre las estanterías de medicamentos, para ver de que lugar podía ver mejor.

Probé desde varios sitios hasta que corrí unas cajas de medicamentos y encontré el lugar justo desde donde podía ver todo cuando ella llegase. Nunca vi nada porque ella jamás llegó. No sé si era otra de sus rarezas o querría tener algo conmigo y no se animaba a decírmelo?. A veces venía la señora a buscarlo, yo me iba y ella se quedaba. El sabía que por ese tiempo yo iba mucho al Brasil en excursiones y me pidió revistas porno. Llevé algunas hetero porque en esa época no me animaba a comprar gays, las miramos juntos y se las mostramos a Gervasio que comentaba cosas pero nada más. Un día fue al baño y lo seguí porque quería verle la pija. El entró y yo atrás de él, la sacó pero no la vi porque él estaba de espaldas y me pidió que saliese porque se ponía nervioso y no podía orinar. Un par de años sucedió todo eso, más o menos siempre lo mismo, lo único que cambió fue que su esposa tuvo un varón y a veces venía con el bebé. En todo ese tiempo nunca vi esas mujeres que dijo que venían a chupársela y otras cosas. Alguna vez que lo llamé por teléfono me dijo con voz muy nerviosa que no podía hablar porque estaba la muchacha agachada en el piso chupándosela!

En ese tiempo yo conseguí pareja, él se hizo amigo, y lo visitaba o lo llamaba por teléfono y pasaba las horas hablando. Según mi pareja tiene piernas peludas. No sé si me lo dice para darme celos o en una de esas visitas se las mostró. Entre otras de las rarezas que tiene es que si llamaba mi pareja le decía que yo no estaba y a mi no me decía que él había llamado. La farmacia nuevamente cambió de local, se fueron a un lugar más alejado del centro, pero a él le tocó el turno de 22 a 6. Yo empecé a ir menos porque no me quedaba cerca de los lugares que frecuentaba, hablábamos por teléfono de noche muy tarde y me contaba las aventuras con esas mujeres que según él iban a buscar medicamentos y terminaban “haciendo” algo con él.

Una vez me hizo ir a medianoche diciéndome que había ido una chica y que la había citado para esa hora y quería que yo los viera. También ignoro por qué ese afán de que yo viera como se la chupaban o cogiendo, pero a mi no me sugería de hacer algo con él. Esa vez era cierto, a esa hora más o menos llegó una chica, hace tanto que ni me acuerdo como era. Nos presentó y luego la llevó para una piecita que hay al costado, yo me quedé solo sentado en la farmacia. Desde allí pude oír gemidos Ohhhhh!…Ahhhhhh!… los dos estaban gimiendo, pero no me animé a levantarme para ir a ver. Al rato salió él sin pantalones con la pija dura. Al fin se la pude ver, después de tantos años. Pude comprobar por lo menos en eso que no e había mentido, era chica. La llamó, ella apareció y le dijo que se la chupara para que yo viera como lo hacia. Yo ya la tenía dura con ver ese espectáculo tantas veces prometido. Ella se agachó y empezó a chupar mientras él le agarraba la cabeza y le empujaba más la pija hacia el fondo de su garganta. -Sacala así te la chupa a vos también. Fue lo que me dijo, mientras ella estaba entretenida chupando.

¡Yo no aguantaba más! la saqué me acerqué y se la ofrecí. En eso pasó algo que nunca me había sucedido, ni nunca más me ocurrió. La chica empezó con unas convulsiones y unas cosas rarísimas. El como estudiaba medicina me dijo que era un ataque de epilepsia, en realidad no sé lo que le pasó a la chica esa. El se terminó pajeándose, pude ver como su leche caía al suelo. Después se ocupó de atenderla, me dijo que me fuera porque a lo mejor ella se había puesto nerviosa y no recuerdo que más me dijo. Solamente recuerdo que me dijo que después me llamaba. Como a las tres horas me llamó diciendo que ella se calmó y se había ido para la casa. Otra tarde fui, él estaba solo, fuimos a la piecita para que le contara como había hecho un trío con un amigo y su chica. Se sentó en un sillón que hay allí, me senté a su lado y me puse a contarle lo que había hecho y como. Muy atento escuchaba mi narración, vi como se le ponía abultado el pantalón y empecé a pasar mi mano por allí, no hizo ningún movimiento ni dijo palabra de rechazo. Yo seguí y el se excitó mucho, supongo eso porque su pija se movía con la presión de mi mano y me la retiró. No sé por qué no se pajeó o por qué no me dejó a mí hacerlo. Volvió a atender la farmacia y no hablamos del tema. Siempre me llamaba por teléfono para contarme sus hazañas sexuales con las chicas que iban a buscar medicamentos, a veces me decía de hacer un trío pero nunca más lo concretó. Hasta que me fui a vivir con ese amigo.

Pasaron muchos años, a veces él venía a mi casa, pero en muy pocas oportunidades volví a la farmacia, ya que no necesitaba más medicamentos. Cuando llamaba y yo estaba solo, le contaba alguna de mis aventuras y él siempre quería saber más detalles. Supongo que se pajearía escuchando lo que yo le contaba. Nunca me dijo por qué se interesaba tanto en conocer mis aventuras con hombres o algún trío que hice con amigos y sus amigas. Un mediodía me llamó por teléfono, yo no podía hablar porque mi amigo estaba en casa, me dijo que lo llamara después de las 15 horas a su casa. Una cosa muy rara porque generalmente no quería que llamara allá, la mujer me conoce así que no se por qué le ocultaba nuestra amistad. Llamé de un teléfono público, gasté muchas tarjetas, para escuchar las pavadas que me contó. Por eso digo que mis amigos están locos o son raros.

Me dijo que la mujer estaba en el dormitorio cogiendo con un tipo, me decía que esperara, miraba por la cerradura y me describía todo lo que según él estaban haciendo. No sé como me podía decir que la mujer se la estaba chupando al tipo, luego que el tipo se la cogía por el culo, etc, etc., con todo lujo de detalles. Una cosa increíble, pensará que yo soy estúpido para creerme esos disparates. Cuando le pregunté si la tenía parada, me dijo que si, en fin me confesó que se estaba pajeando, porque yo lo oía jadear y gemir a través de tubo telefónico. Le pregunté si no iba a intervenir, me dijo que si. Fue cuando me cortó. ¿Se habrá terminado la paja y por eso cortó? Toda esa historia no me la creo. Eso no fue real fue una más de sus fantasías o estaba mirando un video y me relató lo que ocurría en la pantalla haciéndome creer que era la mujer de él. Una tarde pasó por mi casa, quería ver las fotos que le había sacado a alguna chica con la cual había hecho tríos y también quería ver revistas que yo había traído del Brasil.

Yo estaba solo en casa, sonó el timbre y era él, no quiso subir porque andaba en auto y por acá hay que pagar estacionamiento. Bajé con lo que me pidió, subí al auto y estacionó en un lugar libre de pago. Miró las revistas y las fotos, yo empecé a tocarle la pierna y como él no decía nada ni hacía ningún movimiento de rechazo, seguí hasta su pija. La empecé a acariciar por arriba del pantalón hasta que se fue endureciendo, creo que se empezó a excitar por las fotos y por la presión de mi mano, porque en esos momentos me corrió la mano, pero en ningún momento me dijo que no hiciera eso. Es tan complicado que no puedo calificarlo, si es bisexual, o quiere serlo y no se anima, ya otras veces cuando se excitaba mucho me sacaba la mano, pero nada más. Otra de sus rarezas sucedió un día que yo estaba solo en mi casa, se apareció al mediodía.

Me hizo el cuento que se había ido de la casa, que había abandonado a su mujer. (Cosa que nunca comprobé si era cierta). Me pidió revistas eróticas, insistió mucho con que quería verlas. Yo no quería porque estaba por llegar mi amigo que es muy celoso y se iba a enojar. Insistió tanto que las llevé al comedor, nos sentamos y las empezó a mirar. Mientras él las miraba yo por arriba del pantalón le tocaba la pija, cuando se le ponía muy dura o se excitaba bastante me sacaba la mano, tal vez para no acabar dentro de su ropa. Yo le dije que la sacara y no quiso, siguió mirando las revistas y nada más. De repente se bajó el cierre se bajó el slip y se empezó a pajear allí en el comedor. Pasé unos nervios tremendos porque si entraba mi amigo, con todas esas revistas desparramadas sobre la mesa del comedor el farmacéutico pajeandose allí. Aunque yo no se la agarraba porque no me dejaba quien me iba a creer que yo era simplemente espectador y no actor de esa escena erótica que estaba sucediendo en el comedor de mí casa. -Andá al baño a pajearte. Se puso tan descontrolado, no sé si por la excitación o porque es chiflado que no oía mis palabras y siguió pija en mano. No me dejó tocársela ni nada. Enseguida acabó entre sus manos, sacó un papel de su mochila con el cual se limpió, guardó una pija chica y poco atractiva en su slip, se subió la ropa y fue a tirar el papel a la basura.

Guardé todas las revistas y después me abrazó y me pidió perdón, pero no me dijo por qué? Dijo que lo perdonara, que seguíamos siendo amigos y cosas por el estilo. Borracho no estaba o no me di cuenta. Podía ser que estuviese drogado o muy perturbado porque se habría peleado con la mujer y andaría caliente y vino a desahogarse en mi casa. Después de ese día no llamó por un mes, más o menos. Cuando llamó yo no estaba solo y no pudimos hablar mucho. Me hizo otro de sus inventos porque eso no lo puedo creer. Me dijo que estaba viviendo con una veterana de unos 40 años que es bailarina de strip-tease y que a través de ella había conseguido trabajo de barman en un boliche sexual de las Islas Canarias.  Que sabe él de bebidas, si es farmacéutico y estudiante de medicina! Yo creo que está mal de la cabeza o son fantasías que tiene…

Al poco tiempo me llamó otra vez y me hizo el cuento de que fue a un hotel para parejas, con una amiga y que no pagó porque tenía un bono gratis! Después que se pajeó contándome eso y describiéndome como se la había cogido por el culo me dijo que ese iba para Italia. Unos días antes me había dicho que se iba para las Islas Canarias y ahora cambió de país. Llamé a su casa y atiende la mujer, él no atiende nunca, así que no pude descubrir si todavía vive allí. Es increíble la cantidad de hombres bisexuales que hay y que todavía no lo han descubierto o lo descubrieron y se niegan a admitirlo como mi amigo Pierre y este otro amigo farmacéutico que cada vez me desconcierta más. No sé si por miedo o vergüenza o vaya uno a saber por qué motivos no se animan a hacer lo que les gusta. Siempre se descubren más bisexuales de los que uno cree. Mi amigo el de la farmacia, no sé si es uno de ellos, porque no se anima o no quiere conmigo, por qué se pajea delante mío y quiere que lo vea coger pero no quiere que se la toque…

En cambio el policía se destapó de una manera increíble a pesar de que no tenía confianza conmigo como el farmacéutico que lo traté más tiempo y aún no se destapa. Llamó nuevamente y aproveché para indagar sobre la paja que se hizo la última vez que vino a mi casa. Me contestó que era muy complicado, que por teléfono no podía explicármelo. Después a los pocos días vino nuevamente a mi casa, no había nadie así que no supe más nada de ese tema. A veces llama por teléfono le dice a mi amigo que va a venir pero no aparece. Mi amigo tiene celos de él. No sé si me dice cosas para darme celos o el farmacéutico se le insinuó de alguna manera. Porque mi amigo dice que le mostró las piernas, que son muy peludas y que tiene una pija chica. Realmente no sé si se las vio o lo dice simplemente para darme celos, porque antes de que viviéramos juntos el farmacéutico venía a visitarlo y lo llamaba después de medianoche que era la hora en la cual entraba a la farmacia. Aparece cuando uno menos lo espera, ahora quiere que lo llame después de medianoche porque está en otra farmacia en ese horario. Ahora se tranquilizó y hace unos meses que no llama. Quién sabe en que enredo andará…

Siempre espero comentarios…

Autor: OMAR

omarkiwi ( arroba ) yahoo.com

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