Mis Dulces Cuernos

MIS DULCES CUERNOS

Por chicomad 13/12/2012

Mis relaciones de pareja han devenido como una sucesión de fracasos a medio plazo a causa de mi mente perversa. Soy un enfermo, incapaz de mantener una relación normal sin estropearla con mis proposiciones indecentes que tarde o temprano me delatan. Disimulo bien mis apetencias al principio, momento en que todo parece ir bien, pero poco a poco voy insinuando fantasías que tarde o temprano exijo, y que finalmente arruinan mi oportunidad de sentar cabeza y formar mi propia familia. Pero no voy a hablar de esas relaciones ahora, sino de las dos durante las cuales acontecieron hechos muy singulares que incrementaron mi adicción por lo escabroso.

Cierto es que desde niño tuve bastante imaginación sexual, y fui precoz no en la experiencia sino en imaginar fantasías perversas. Pero quizá fuera mi tercera novia la que me trastornó en mis tiempos mozos. Recuerdo que cuando empezamos a salir ella se excitaba mucho y con facilidad cuando nos tocábamos. Era virgen y en casi todo lo sexual se inició conmigo. Pero nunca he logrado comprender por qué no volvió a humedecer las bragas como el primer día en que le metí mano debajo de su falda. En poco tiempo era yo quien parecía tener que rogarle sexo, y me costaba mucho conseguir ponerla a cien. Por lo demás la relación era satisfactoria y teníamos plena confianza el uno del otro. A lo largo de nuestra relación, que duró seis años, le fui infiel en dos ocasiones al recurrir a los servicios de prostitutas, buscando experiencias más morbosas  que mi novia jamás tomaría la iniciativa de probar. Pero quién sabe, quizá hubiera hecho yo lo mismo aún sintiéndome satisfecho con ella. Eso sí, si algo puedo decir en honor a la fidelidad es que siempre he sido adicto a todas mis novias, y tengo la certeza de que jamás me cansaría sexualmente de ninguna de ellas. Todas fueron el ingrediente indispensable en mis pensamientos sexuales, y cada vez que rompíamos debían pasar años para dejar de masturbarme pensando en ellas. Hubiera pasado la vida entera con cualquiera de mis novias si alguna hubiera compartido mis inclinaciones sexuales. Mis dos primeras relaciones terminaron simplemente por la distancia y mis obligaciones laborales, nadie tuvo la culpa. Pero esa tercera novia que tuve, la relación más larga que he tenido hasta ahora, fue el detonante de mi perversión, si acaso no iba a convertirme en lo que soy de todos modos más tarde o más temprano.

Todo comenzó una noche en el apartamento de veraneo de mis padres. Allí cada año convivíamos durante algunos días de vacaciones un grupo de amigos. Solíamos pasar una semana entera disfrutando de la playa, cocinando y jugando a las cartas. Una calurosa madrugada mi novia se levantó de la cama como si fuera a ir al baño, pero en un apartamento pequeño no es necesario ver para sentir hacia dónde se dirigen los pasos, y yo que no dormía profundamente noté algo extraño. Los huesos de los dedos de sus pies descalzos daban pequeños chasquidos al andar con sigilo, y al oírla me pareció que se dirigía hacia la sala de estar donde dormía otra pareja. Permanecí inmóvil y agudicé el oído durante lo que me pareció demasiado tiempo. Finalmente sentí que entró en el baño y que usó el lavabo antes de volver a la cama. Yo fingí seguir durmiendo profundamente. Otras noches hizo lo mismo, y cada vez tardaba más en volver, quizá sólo un par de minutos pero a mí me parecían bien largos. Lo más desconcertante es que al día siguiente nunca me contaba qué hacía fuera de la cama por la noche, y yo tampoco se lo preguntaba porque descubrí un sabor agridulce en aquella intriga. Yo aún seguía teniendo plena confianza en ella, pero al mismo tiempo sentía morbo al fantasear sobre qué hacía durante esas visitas a la sala o quizás a la terraza del apartamento. La imaginaba siéndome infiel y me excitaba la idea, aunque en el fondo sabía que sería una experiencia desagradable averiguar que así fuera.

Un fin de semana repetimos la ocasión con los mismos amigos ya casi al final del verano. Pero tuve la locura enfermiza de ocultar unos días antes mi cámara de video en el interior de un altavoz haciendo coincidir el objetivo con el hueco de agudos. También taladré un agujero en una vieja mini cadena de música donde instalé un led infrarrojo. Cuando ideé la artimaña sentí morbo y me masturbé pensando en ello. Pero cuando fui al piso un par de días antes y lo instalé sentí vergüenza y pánico ante la idea de que me pillaran. Comprobé que la imagen grabada en modo nocturno por infrarrojos era nítida y con buena perspectiva respecto al sofá cama. A lo largo de la tarde del viernes que volvimos allí para disfrutar de los últimos días de vacaciones, me acobardé y decidí abandonar la empresa que como idea fantástica estaba bien, pero que en realidad era una tontería arriesgada. Sin embargo una casualidad oportuna hizo que todos bajaran a la calle menos yo a saludar a unos amigos, brindándome la oportunidad de poner en marcha la cámara y en modo lento, lo cual permitía realizar una grabación de cuatro horas y media desde aquel instante. Cuatro horas y media podrían no ser suficientes y era probable que alguien desconectase la mini cadena a la hora de acostarse por la luminosidad de sus leds. Esa noche no pude pegar ojo. Efectivamente mi novia volvió a hacer una incursión nocturna. Miré la hora y comprobé que el momento entraba en el rango de autonomía de la cámara. A la mañana siguiente ya estaba un poco harto de ese asunto, me daba igual el resultado pero quería lo antes posible despejar la duda que me impidió conciliar el sueño. No pude comprobar la cinta hasta la tarde del lunes en la que viajé ciento veinte kilómetros ida y vuelta desde mi vivienda habitual para comprobar la cinta, a riesgo de que no contuviera nada interesante y haber malgastado mi tiempo. Pero angustiosamente descubrí que había funcionado, y digo angustia porque la emoción que sentía mientras pasaba la cinta era demasiado ansiosa. Adelantando la imagen en modo rápido pude ver a la pareja de amigos durmiendo todo el tiempo en la misma postura, ella sobre el costado de cara a la pared y él boca arriba junto al borde del sofá. Casi al final de la grabación apareció de repente mi novia y se agachó en cuclillas junto a él. En ese momento sentí que se me encogió el estómago y que me faltaba oxígeno en la cabeza. Detuve la cinta y salí a la terraza a tomar el aire. Estaba aterrorizado y excitado a la vez. Después de darme unos segundos recuperé el resuello y me apresuré a conectar la cámara al televisor para ver la escena sentado cómodamente en el mismo sofá que había sido el escenario de a saber qué. Rebobiné la cinta hasta justo el momento en que estaba a punto de aparecer en escena mi novia y congelé la imagen. Me bajé los pantalones y calzoncillos hasta medio muslo y comencé a masturbarme. Cuando me convencí a mí mismo de que debía disfrutar de lo que iba a ver, le di al play. Mi novia apareció y se puso en cuclillas con sus piernas desnudas, sólo llevaba bragas y una camiseta. Nuestro amigo reaccionó al instante como si la estuviera esperando y comenzaron a besarse y acariciarse el rostro con dulzura. Me dolió profundamente ese beso. Pero la escena no tardó en volverse obscena, y como si ya lo hubieran hecho antes mi novia con decisión deslizó su mano bajo el pantalón del pijama de su amante y lo masturbó mientras seguía besándolo. Al minuto y con el miembro totalmente expuesto fuera de la ropa, pude ver como el chico tuvo un orgasmo sin mover ni un pelo para no despertar a su pareja. Después de volver a acariciarse con cariño mi novia desapareció de la escena con la misma frescura con la que vino.

No pude pensar en otra cosa durante una semana. Pero lejos de atormentarme me estuve masturbando con más frecuencia de lo acostumbrado, excitado con la visión de mi novia en cuclillas haciendo una paja a un conocido. Después de años haciéndome la misma pregunta he llegado a la conclusión de que estaban bastante enganchados tanto afectiva como físicamente, si no cómo iban a arriesgarse de esa manera pudiendo ser pillados tan fácilmente. Lo que no logro entender es por qué mi novia jamás compartió conmigo ese morbo del que era capaz. Nunca le dije que sabía que me ponía los cuernos, y nuestra relación no parecía estar afectada por dicha circunstancia. Aproximadamente un año después nos separamos por motivos que nada tienen que ver con lo sucedido en aquel apartamento. Es más, desde entonces me hice adicto a la idea de imaginar a mi novia teniendo sexo con otros hombres, y lo peor es que ahora no sé excitarme de otra forma. Cuando empiezo una nueva relación no puedo evitar imaginar este tipo de fantasías con mi nueva pareja, y con el tiempo acabo siempre estropeándolo todo.

Para coronar el colmo de mis experiencias contaré la última y más fuerte, la que me ha convertido en un verdadero enfermo. Hace ya tiempo me trasladé a la capital para trabajar durante algunos años, y allí conocí a una compañera que me tiró los tejos. No me parecía demasiado atractiva pero me dejé llevar y descubrí a la mejor mujer que he tenido jamás. Era muy inteligente y tenía la cabeza bien amueblada, pero algo en su forma de ser había hecho que sus escasas relaciones no duraran más de dos meses. De muy joven fue empollona y un cero a la izquierda para los chicos de su edad. Sus primeras relaciones llegaron tarde y a mi entender carecían de pasión por ser ella de naturaleza poco sexual. Conmigo le fue bien, y a pesar de su escasa experiencia y falta de deseo se comportaba de un modo servicial y satisfactorio en todos los aspectos. Quise desterrar de mi mente mis ideas enfermizas para no estropearlo todo, así  cuidé de no proponerle cosas obscenas. Sé que ella era feliz conmigo. Nuestra relación duró cuatro años, todo un record para ella. Pero una noche me habló de que era consciente de su falta de apetito sexual, y de cómo sus amigas del colegio le decían que era una estrecha. Yo le quité importancia al asunto y le dije que había conocido a otras mujeres como ella, y que me parecía normal. Le hablé de mi sexualidad y le confesé que fantaseaba con casi cualquier cosa perversa que a un hombre se le pueda pasar por la mente, pero no me atreví a darle detalles ni a reconocer que me gustaría ponerlas en práctica. No le hablé de lo mucho que me atraen los pies de una mujer ni de mis aventuras con prostitutas ni de mi curiosidad por el sadomaso, ni las horas que he pasado viendo pornografía, y mucho menos de mi fantasía de verla a ella tocando a otro hombre. Su deseo era descubrir el modo de excitarse más. Ella le achacaba el problema al hecho de que no se sentía guapa. Yo estaba convencido de que su problema era hormonal, y que simplemente no tenía remedio.

Sin embargo sucedió en dos ocasiones que para mi sorpresa se excitó más de la cuenta mientras le metía mano de noche en lugares un poco comprometidos, llegando a ruborizarme con sus gemidos incontrolados y la posibilidad de que alguien nos viera. En varias ocasiones hablamos de ello. Ella no reconocía que sintiera un morbo especial por hacer cosas en lugares públicos, y no quería reconocer que en aquellas ocasiones se había excitado más de lo normal. La animé para que experimentase con cosas nuevas en busca de aquello que pudiera excitarla en mayor medida, y a que intentara superar su vergüenza. Esas conversaciones fueron el detonante de una cadena de insinuaciones por mi parte, y de nuevo volví a las andadas. Poco a poco fui compartiendo mis fantasías con ella, y en su interior fue conociendo mis deseos. Pero nunca tuvo la iniciativa de complacerme en semejantes perversiones, pues me dijo claramente que ello podría alimentar un vicio peligroso. Tuve la suficiente cordura como para no insistir y mis proposiciones nunca llegaron a estropear nuestra relación. Una vez accedió a visitar un club liberal de la capital acordando que iríamos sólo en calidad de curiosos, y así fue. Vimos las instalaciones, nos gustó el ambiente, tomamos unas copas e incluso nos decidimos a hacer el amor en zonas comunes como si fuera la cosa más normal del mundo. Recorrimos todos los rincones y observamos a otras parejas disfrutando del sexo. Mostré interés por un cuarto equipado para el martirio con potro, cruz de San Andrés, columpio, fustas, etc. Al final nos marchamos de allí con la sensación de haber estado en un lugar naturista, sin haber sentido ningún morbo extraordinario. Me hubiera gustado que mi novia tomara la iniciativa de hacer algo más atrevido esa noche.

Un tiempo después tuve que trasladarme a otra ciudad por trabajo, y por la misma obligación ella no pudo venirse a vivir conmigo. La distancia hizo que discutiésemos porque ella hacía más que yo por vernos. No hicimos planes para casarnos o viajar o irnos a vivir juntos, y un día cualquiera dejamos de hablarnos por enfado. La idea de que ella pudiera encontrar a otro hombre comenzó a ser el ingrediente picante de mis momentos de autosatisfacción. La imaginaba con algún extraño en la cama haciendo todas esas cosas que había aprendido conmigo. Ya fantaseaba con esa idea mientras estuvimos juntos, pero ahora que era más probable que así sucediera me excitaba aún más pensar en ello. Después de tiempo sin hablar le envié un detalle por su cumpleaños, y fue entonces cuando descubrí que me guardaba mucho rencor. Se había enojado por mi aparente indiferencia y me reprochó en una carta que le hiciera daño enviándole cosas después de haberla ignorado. Y desde entonces no volvimos a comunicarnos.

El invierno siguiente viajé a la capital también por motivos de trabajo donde me alojé durante una semana. Con el objeto de satisfacer un viejo morbo frustrado, la noche del sábado pagué el servicio de una acompañante para visitar durante tres horas el mismo club liberal al que una vez acudí con mi novia. El ambiente era aún más concurrido que la vez anterior. Nos sentamos a tomar una copa y charlar rodeados de muchas parejas, reímos, entramos en confianza y pactamos lo que intentaríamos practicar en presencia de otros. Mi verdadero deseo era el de participar en alguna orgía con otras parejas, aunque mi acompañante era un poco reacia a sobrepasar ciertos límites si no incrementaba sus honorarios. Pero sin duda la experiencia reina sucedió inesperadamente como si me arrollara un tren en el momento que me giré y descubrí que a mis espaldas estaba mi novia sentada en otra mesa charlando con gente. Debí quedarme muy pálido. ¿Pero cómo era posible? Debió haberme visto y sentí una enorme vergüenza por haberme pillado en aquel lugar con una profesional. Mi ex novia jamás iría a un sitio de esa clase por su propia cuenta, así que supuse que había sido idea del grupo con el que había salido. Tuve que explicar mi situación a mi acompañante quien se portó de maravilla y me tranquilizó. Yo no me atreví a girarme más por si acaso aún no me hubiera visto y así poder marcharme salvando mi reputación. Para averiguar si me había visto le pedí a mi cómplice que la observara a ver si notaba algo. Después de un buen rato de nervios me contó que mi novia charlaba tranquilamente con sus colegas totalmente ajena a nuestra presencia. Le pregunté si alguno de los chicos daba signos de tener relación afectiva con ella, y al parecer no había indicios de ello. ¿Qué demonios hacía en aquel lugar? Conociéndola era imposible que frecuentara un sitio de esa clase, y por tanto concluí por lo observado que estaba de visita, tan solo para tomarse unas copas en un lugar atrevido con sus nuevos amigos. ¡Qué inoportuna casualidad! Ahora mi nueva preocupación era que entre la gente hubiera otros amigos en común que pudieran delatarme. No quise levantarme para no llamar la atención de nadie. Permanecí encogido de hombros y de espaldas a ellos hasta que por fin mi novia se levantó y se fue, probablemente al baño. En ese momento aprovechamos para cambiarnos de sitio y nos escondimos en un reservado. Le expliqué a mi acompañante que era improbable que mi novia pasara a las zonas de sexo, aquellas donde estaba prohibido entrar vestido y donde había que dejar las pertenencias en una taquilla. La joven, Yeni se hacía llamar, opinó que no tenía por qué temer que mi ex novia me descubriese puesto que a ella tampoco le convendría delatarse contando que me había visto en aquel lugar. Yo le dije que no era lo mismo. Muchos jóvenes que viven en la capital al igual que mi novia al menos una vez habrán visitado el club de parejas por simple curiosidad en las noches de copas, mientras que en mi caso mi presencia no podía significar otra cosa que el estar buscando vicio. Si ella hubiera venido acompañada de un solo chico las cosas serían diferentes, es más, la tortilla se daría la vuelta y sería yo quien estaría deseoso de espiarla.

Un buen rato después salimos de nuestro escondite y comprobamos que mi novia y su grupo ya se habían ido. Suspiré y me convencí a mí mismo de que finalmente no me había descubierto, y me pregunté si aquella casualidad había sido algún presagio. Aquel susto podría servirme para no volver a arriesgar mi reputación en sitios públicos, o quizá para no volver a malgastar dinero en favores sexuales. En fin, lo que mejor me venía en ese momento para curarme del susto era un buen orgasmo y marcharme al hostal para darme una ducha caliente y dormir tranquilo.

Pasamos a la zona desnuda y guardamos nuestra ropa en la taquilla, nos enrollamos las toallas facilitadas, yo a la cintura y ella a la altura del pecho trabando un par de preservativos. En la muñeca llevé las llaves con una banda elástica. Nos paseamos por los distintos rincones contemplando cómo follaba la gente. Estaba abarrotado, y los jadeos en el ambiente parecían contagiarse como la risa. Finalmente entramos en la salita equipada para el “bondage” y sadomaso. Quería montármelo allí pero no había nadie, y lo mínimo que esperaba experimentar era que hubiera otra gente mirándome. Le dije a Yeni que antes de buscar un hueco en las camas redondas quería probar alguno de los aparatos de esclavo y ser atado. Me ató de pies y manos a una cruz de madera en la pared donde comenzó a excitarme con caricias hasta zafarme la toalla que cayó al suelo, y entonces comenzó a masturbarme. Le dije que parase porque no iba a aguantar mucho más y quería reservarme. Me soltó y me animó a que probase el columpio para penetrarme con un arnés, pero me negué porque me daba vergüenza que nadie más hiciera cosas parecidas. Además me daba asco el surtido de consoladores y otros utensilios colgados en la pared, incluso aunque tomara la precaución de forrarlos con un preservativo. Le pedí que me atase en el potro y que me masturbara con el pene hacia abajo, como si ordeñara una baca. Me acosté boca abajo sobre la superficie acolchada y dejé colgar mis extremidades para que de nuevo las atara a las patas de madera mediante aquellos brazaletes de cuero negro. Yeni tomó la iniciativa de imitar los clásicos del mundo sadomaso, así que se sirvió de los utensilios que habían expuestos en la pared. Tomó una mordaza de bola y me la abrochó a la nuca con firmeza, juguete que era incómodo llevar porque me obligaba a mantener la boca muy abierta y no podía tragar. Con una fusta comenzó a darme unos leves azotes en las nalgas mientras pude ver cómo fue entrando un grupo de curiosos. Poco podía expresarle a Yeni con la bola en la boca. No alcé la vista para no sentir vergüenza sino que me concentré en lo mío y me dejé llevar. Mientras recibía azotes me sentí ridículo, y más al ver en el suelo frente a mí varios pares de pies observándome. Espero que se contagien y hagan algo, pensé yo, porque como a alguno le de la risa me cortará la libido para toda la noche. Yeni dejó la fusta y comenzó a ordeñarme. Qué sensación más intensa, tanto que se me pasó la timidez de inmediato y me sumergí en el placer. Es más, me quedé mirando los pies de los que me observaban y me excité más aún. Me fijé en los pies femeninos pues me encantan, y me llamaron la atención unos que me eran familiares, se parecían a los pies de mi novia. Hice un esfuerzo con el cuello y alcé la mirada para ver más de aquel cuerpo con la toalla enrollada a la altura del pecho. ¡Y sí que era ella! ¡Dios mío! Y Yeni estirándome el pene ajena a mi situación embarazosa. Me empapé en sudor por la vergüenza que sentí. Cuando el grupo decidió dispersarse por el cuarto para enfrascarse en sus propios juegos, mi novia permaneció delante de mí con un hombre de físico aceptable al que no tenía nada que envidiar y se sentaron en unas banquetas que había junto a la pared. Me miraban como una pareja que ve una película porno en la intimidad del sofá de su casa. Fijé la vista en el suelo y no me atreví a mirarla a la cara en ningún momento. Yeni debió pensar que me había ruborizado con la presencia de curiosos, y no parecía haberse percatado de que una de las chicas que había entrado era la misma que evitamos en el bar puesto que no hizo por soltarme y prosiguió con sus caricias y azotes. Qué ardor se produce en el estómago cuando ves a los pies de tu novia junto a los de un extraño, y más cuando sus piernas se giran hacia él en actitud provocadora expresando un lenguaje erótico corporal que cala hasta la médula. Se estaban metiendo mano. En ese momento se abrió el cielo para mí, porque ahora yo también me convertía en espectador y me avergonzaría menos. Le acarició el pene que abultaba bajo la toalla mientras con la boca le chupó un pezón. Se besaron con lengua muy lentamente y después ella me miró con ojos embelesados. Actuaba como si no me conociera. Jamás la había visto poner esa expresión de embriaguez conmigo. ¿Sobreactuaba para darme celos? Sus toallas se abrieron solas dejando sus cuerpos enteramente desnudos y se masturbaron mutuamente de forma apasionada. Pero por muy tiernos que quisieran ser el uno con el otro, la escena era más bien grotesca porque la mano de mi novia se hacía pequeña sobre aquella enorme polla, y sus meneos no atinaban a recorrer su longitud sin torcerla hacia un lado y hacia otro. Ahora sí había motivo para sentir humillación y envidia, pero a la vez para ponerse a cien. Para manejar bien aquella tranca hacía falta un cursillo. Mientras tanto yo seguía a merced de las artes de Yeni quien de haberme masturbado con rapidez me hubiera llevado al orgasmo irremediablemente de lo sobreexcitado que estaba. Mi novia se disparató y comenzó a pasarse de la raya, se puso de pie y se apresuró a traer de la mano a su macho hasta justo delante de mi cara, y allí se arrodilló y me obligó a ver cómo le hacía una mamada. Se la chupó con ruido y abundante saliva exagerando sus mañas, para fastidiarme diría yo. Yo ya no tenía reparo en mirar con el mismo descaro que ella. Cuando se cansó se puso de pie frente a mí y se inclinó hacia delante apoyando sus manos sobre mis hombros, y le pidió que la follara por detrás. No sentía ningún respeto hacia mí ni hacia Yeni. Se lo pidió tres veces como una desesperada. Frunció el seño y se quejó de dolor cuando el portento empezó a abrirse paso detrás de sus nalgas, pero en nada comenzó gemir como loca con las embestidas, y con ella otras personas de alrededor que se contagiaban. Sus gemidos subieron de tono hasta convertirse en gritos y su aliento cálido refrescaba el sudor de mi frente como expulsado a presión por el pistón que bombeaba a través de su émbolo vaginal. Sus tetas se balanceaban de atrás hacia delante como si fueran a golpearme en la cara. Hija de puta, repetía continuamente para mis adentros. Quería tener el orgasmo de mi vida justo en aquel instante. Dónde estás Yeni, pensé, mastúrbame rápido antes de que esto acabe, por Dios te lo ruego. La irreconocible mujer que tenía delante se desprendió del semental y se apresuró a pedir prestado otro hombre al que se trajo de mano, uno bien corpulento aunque menos dotado. Y delante de mí le ofreció su trasero a él también para que la penetrase al tiempo que chupó otra vez la gran polla sazonada con su propio humor vaginal. Aquello supongo que me dio la condecoración de astado de primera categoría. Me tuvo así durante buen rato, más claro no me lo pudo dejar. Bien la conocía yo, y sabía que ella jamás pudo alcanzar orgasmos vaginales pues que necesitaba del estímulo del clítoris para poder llegar al clímax, así que podía tenerme así hasta el aburrimiento. ¿Pero dónde coño se había metido Yeni? Sentí ansiedad al ver que estaba solo a merced de la suerte. ¿Se habría ido al baño? Cuando mi novia se cansó de estar en aquella postura se separó  y se propuso humillarme de por vida. Escogió un consolador de los que había colgados en la pared, y por la facilidad con que se desarrollaron los hechos que paso a describir supongo que también cogió algún lubricante. Se vino a mi parte trasera y palpó con la yema de sus dedos mi zona virgen en busca del orificio de un solo sentido. Con un dedo arruinó la poca virtud que me quedaba y despertó en mí una sensación increíblemente intensa. Me hizo resoplar por la comisura de los labios y babear el suelo, medio ahogado por la bola que tenía de mordaza bien encajada en la boca. Mis ojos intentaron abandonar las órbitas cuando sacó su dedo y lo sustituyó por la polla de goma. Fue placentero, pero a la vez doloroso cuando me penetraba con más rapidez. Grité, lo juro, grité con total convicción, pues de verdad sentí que me hacía daño. Sacó el juguete de mi culo y me relajé abatido sobre el potro. Vi cómo sus pies descalzos corrían gráciles hacia la pared para dejar el consolador en su sitio, y al alzar la vista pude ver cómo volvía espléndidamente desnuda con otro mayor en las manos. La muy cabrona me lo pasó por delante de los ojos para que pudiera ver lo que me iba a meter por el culo. Dije que no moviendo la cabeza de un lado a otro seriamente preocupado, pero de nada sirvió. A la primera no logró vencer mi esfínter y me hacía daño, así que corrió de nuevo a por el otro más pequeño. Me penetró como al principio, y cuando le pareció oportuno lo sacó para meterme el segundo que esta vez sí que entró. Fue para morirse de un infarto. Quise disfrutar pero el dolor me superaba. El sudor goteaba de mi nariz y mi saliva caía en hilillos de mi mordaza. Después del minuto más largo de mi vida me sacó el consolador, pero antes de que relajara el culo su amigo corpulento me cogió por las caderas y se abrió paso con su carne auténtica infligiéndome un dolor peor aún y más adentro, parecido al dolor de tripa en el bajo vientre. Balbuceé y ahogué mis gritos con la mordaza como un poseso. Mi novia se acercó de nuevo a verme la cara con su amigo del pollón, seguía notablemente excitada, se leía en su rostro. Le hizo una paja delante de mi cara hasta que lo dejó bien armado, y entonces me liberó de la mordaza dejando escapar mis quejidos al compás de las embestidas y un hilo de saliva. Mi mandíbula dormida dolía y no respondía, y mi novia que empuñaba la verga ella misma la llevó hasta mi boca para ahogarme con un glande turgente de un sabor extraño. Seguí babeando para no tragar ninguna secreción. Mi novia me agarró fuertemente del pelo con una mano y siguió haciéndole una paja con la otra como si intentara hacerme tragar la inminente corrida, pero el orgasmo no llegó en aquel momento, fue peor que eso. El hombre sintió placer y comenzó a follarme por la boca. Estaba siendo abusado por dos hombres a la vez. Mis quejidos guturales sobre la punta de su polla debieron causarle gusto y se propasó embistiéndome, pues su glande de vez en cuando llegaba hasta mis amígdalas y me producía arcadas. Me estaba costando respirar, era angustioso, horrible, creí que me iba a ahogar, y el hijo de puta aprovechaba mis arcadas para metérmela mas adentro aún. Sentí miedo y aún así no me atreví a protestar. Mi novia se apartó y cogió un taburete para sentarse a contemplar la escena mientras se masturbaba como poseída. Yo la intuía más que verla, porque los ojos se me llenaban de lágrimas por las arcadas y mi mente se concentraba en controlar la respiración. La mal nacida estaba fuera de sí viendo cómo me follaban dos tíos. La gente atraída por la llamativa escena se agolpó alrededor. Dos hombres ayudaron a mi novia a mantenerse en equilibrio sobre el taburete mientras se masturbaba tensa. Aunque no podía verla bien la imagino como cuando lo hacíamos juntos. Tensaba todos los músculos del cuerpo y ponía los ojos en blanco mientras se frotaba con furia con un tacto y ritmo que yo jamás supe imitar del todo bien para complacerla. Así de tensa solía ponerse cuando su orgasmo que tanto le costaba alcanzar estaba cerca. Pude ver que los que la sostenían le chupaban cada uno un pezón, la estaban ayudando. El largo y profundo lamento que gimió fue la sinfonía más bella que jamás he oído, nos contagió a todos. El corpulento me embistió tan fuerte que rodaba el potro centímetro a centímetro hacia delante hasta que se corrió en mis entrañas tirando de mis caderas hacia sí. Merecía que le cortara el cuello por no tomar precauciones. El bien dotado con el puño me tiró del pelo y mantuvo mi cara levantada mientras se masturbaba ansiosamente. Unas manos femeninas lo abrazaban desde su espalda y lo ayudaron a correrse estimulando sus pezones con la yema de los dedos. Sentí el calor y el sonido de los impactos de sus fuertes y numerosos chorros de semen en mi cara y en mi lengua. Uno me llegó al ojo y me ardió bastante. Era evidente que la pandilla se conocía y estaban de acuerdo con mi novia. De hecho dos más vinieron a correrse en mi cara ante su mirada ya risueña y satisfecha, y puede que hasta compadecida. Yo no dije ni media. Ninguno me tocó, simplemente se lo montaban con sus parejas y venían a eyacular sobre mí.

Se marcharon todos a la vez, y una de las chicas me dijo dulcemente al oído que no me moviera, que en seguida volvería con una toalla para limpiarme. Cuando volvió me liberó de las correas y me ayudó. Tuve que moverme lentamente porque tenía los miembros demasiado dormidos como para mantenerme en pie. Qué tal, me preguntó, ¿Te gustó? Le dije que lo pasé mal porque me ahogaba, pero que había sido la experiencia más excitante de mi vida. ¿Eres amiga de Lourdes? Me dijo que ella y su pareja habían conocido al grupo en el club y que se reunían allí de vez en cuando. Le pregunté si sabía que yo había sido novio de Lourdes, y me contestó que sí, que mi ex me había visto cuando estaban tomando copas y que en seguida les puso al corriente de la situación. Le pregunté si sabía a dónde había ido la amiga que me acompañaba. Me preguntó si era mi novia y yo le dije que no. Yeni se había marchado, quizá porque realmente había reconocido a mi novia en el momento que se tomó la libertad de humillarme con toda frescura. Quizá dedujera que yo había encontrado un pasatiempos más excitante y decidió dejarme solo. Quizá no quiso ser partícipe de la orgía y no era el momento de darme explicaciones. Quizá el tiempo se agotaba y decidió marcharse. Te pido un inmenso favor, le dije, estoy loco por tener mi orgasmo, y para mí lo más grande sería que Lourdes me lo proporcionara. Se sonrió. Le dije que no quería inmiscuirme en su vida, que la esperaría atado en la cruz si era preciso, y nada más. Se lo diré, me dijo. Yo mismo me ataré, y si accede, ven tú antes, por favor, y átame la mano que me quede libre.

Esperé en la cruz unos diez minutos hasta que no pude aguantar más la postura. Esperé otro tanto sentado y finalmente la busqué por todos los rincones. Jamás la he vuelto a ver. El ambiente decayó, y yo me fui al hostal con el culo dolorido para ducharme y masturbarme pensando en Lourdes.

Meses después me hice la prueba del sida para descartar que hubiera contraído la enfermedad, estaba limpio. Desde entonces ya sólo me excita lo escabroso. Siento un deseo irrefrenable de que mi pareja me sea infiel, tanto si es de manera consentida como si no. Pero es imposible que eso suceda y que me pueda beneficiar de ello. Es imposible encontrar a una mujer que comprenda y comparta estas inclinaciones, y sólo puedo arruinar toda posibilidad de por fin sentar cabeza y cómo no, formar mi propia familia.

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Todo empezó en un autobús (continuación)

Desde lejos, vi venir a Miguel por la misma acera por la que yo iba. Traté de evitarlo, por dos razones que bien las puedo reunir en una sola: haber incumplido, por mi parte, el mutuo deseo de volver a encontrarnos para repetir, con él y con ella (a la que llamaré ELLA, en adelante, pues ni siquiera sabía su nombre) todo lo que pudimos gozar toda una noche, en el apartamento de Miguel, dejándonos llevar sexualmente sin ningún tipo de inhibiciones hasta el punto que, enardecido por las fantasías propuestas por ELLA, pude gozar plenamente de ELLA y, no menos, de Miguel  que llegó a penetrarme con su polla de más de 20 x 6, después de haberla gozado chupándola, lamiéndola, zarandearla y, moviendo mi cola, incitarle para que me follara y desvirgara mi culo. Miguel me desvirgó tan placenteramente que desde entonces mi virilidad se resiente por el deseo de volver a gozar tal y como este joven supo hacerlo penetrándome poco a poco hasta que nalgada tras nalgadas –  follando los dos a la par, yo con ELLA y él conmigo – culminó con una gozosa envestida para hacerme sentir en mis entrañas el vigor de su verga, el calor de su lechada y, en mi boca, el sabor de su semen mientras se la estuve lamiendo y chupando para succionarle hasta la última gota con un deseo insaciable como nunca había sentido, ni por supuesto probado. Con él, pude sentir por primera vez cómo explotaba mi feminidad dormida y gozara sintiendo como un varón se placía conmigo y, a mí, me hacía gozar sometido a sus deseos. Ahora, no obstante, me sentía muy avergonzado por todo aquello y, sobre todo, por haberme dejado sodomizar enardecido y delirante. No quería, pues, repetirlo y, por eso, traté de evitar el encuentro con Miguel, pero no lo conseguí. Al encontrarnos frente a frente, éste me reprochó que hubiera incumplido – como ya he dicho antes – el mutuo deseo de volver a encontrarnos. Me dijo que ELLA se sentía muy defraudada y él, Miguel, por su parte, sentía unas ansias locas de volver a follarme por lo bien que le movía mi colita, de cómo soportaba con delicia sus nalgadas y de lo mucho que gozó con su verga en mi intestino, constreñida por las afanosas contracciones de mi esfínteres anales que pareciera quererla succionar hasta vaciarla.

Sin poder encontrar, en cuestión de segundos, ninguna excusa y, además, repentinamente motivado por el agradable recordatorio que me hacía Miguel evocando cuánto disfrutó conmigo – y por supuesto yo con ELLA y con él, innegablemente, pese a mis deseos controvertidos –quedamos en vernos los tres en la misma discoteca, en la noche de ese mismo día. Nos despedimos y yo, prosiguiendo mi ruta, caminé un tanto aturdido: mi mente se repobló de múltiples imágenes de aquella noche de placer lujurioso y a menudo se me irisaba mi piel y mi polla, venciendo la resistencia elástica de mi slip, se me arrechaba.

Una vez comprometido con ellos ya no pude dejar de abandonarme a la morbosidad de mis deseos de volver a gozar con ambos: con ELLA, de su figura esculturalmente perfecta, con unos pechos recios y sus grandes areolas acaneladas con unos prominentes pezones rosados ; de su fina cintura y los movimientos de sus caderas y de su culo respingón cuando se contorneaba; de su pubis como almohadilla esponjosa ligeramente rasurado y su coño depilado con los labios de su vulva como dos mofletes separados por la consabida hendidura curvilínea, desde la base del pubis hasta el perineo, entre cuyos entresijos guardaba el arcano de su deleitosa sonrisa vertical. Estas imágenes se entrecruzaban con las de Miguel con su polla erecta. Físicamente, éste, no tenía nada de especial, incluso era algo enjuto, pero su verga era preciosa con un glande enorme aunque nada cabezón sino de estructura cónica y bien conformado como capullo carnoso con la punta ligeramente biselada por la abertura uretral; en esa verga todo estaba en disposición de facilitar su penetración tanto en un coño virgen como en el culo más cerrado y hacer sentir cómo el contorno de su base, sobresalido cual seta, se anclaba en los esfínteres anales arrastrándolos deleitosamente adelante y atrás  con su placentero mete y saca. Añadir, para mayor deleite, la imagen de sus dos testículos totalmente esféricos y deslindados como dos bolas nada apelmazadas que chasqueaban en el perineo con su escroto afelpado de fino vello.

Acudí, pues, a la discoteca y me desconcertó no encontrarlos por ninguna parte, hasta que vi a Miguel y éste, con señas, me indicaba hacia donde estaba ELLA sin que yo la pudiera divisar a pesar de las indicaciones de Miguel que se reía de mi aturdimiento. No era para menos: ELLA estaba entretenida y cubierta por un tío grandullón, con cuerpo de baloncestista, que mediría, alrededor de 2,14 o más de altura. Inmediatamente sospeché que ELLA me tenía preparado un nuevo plan que ciertamente, por lo que veía y me supuse, no me resultaría desagradable, dejando salir a flote mi feminidad contra mi propia voluntad inicial de no reincidir como la otra noche a cambio de volver a poner mi virilidad en riesgo

ELLA nos presentó:

–Este es mi amigo Frank,   me dijo señalando a su acompañante, – Y tú… –, pareciera que se había olvidado de mi nombre.

–Fran, para los amigos y especialmente para ti, por segunda vez– le dije, con cierto retintín.

A penas sin dejarme terminar de hablar, el gigantón se echó sobre mí abrazándome efusivamente y, como quien sabía bien de qué iba la cosa, me besó en la boca. Fue un beso carnoso en mis labios que me dejó tan electrizado y me supo a tan poco que me tentó a responderle alargando su abrazo para morrearle los labios y entrelazar mi lengua con la suya. No hubo lugar para tanto: ELLA me arrancó literalmente de los brazos de Frank.

–Está haciendo un master de postgrado –me dijo ELLA, refiriéndose a Frank.

–Pues lo lleva bastante adelantado – le respondí con doble intención.

Nos reímos, pero ELLA me llevó a un rincón inmediatamente, dejando a Frank con Miguel y, tratándome como si fuera suyo, me espetó:

– Todavía me debes mucho, cabrón – y añadió – Lo que quieras gozar con ese grandullón dependerá de lo que yo quiera permitirte.

Con esa disposición, ELLA me llevó al mismo rincón donde la otra vez le lamía Miguel la concha y, tras sellar mis labios con los suyos, me obligó a hincarme ante ella.

– ¡Lámela! – me ordenó

Se la estuve lamiendo mientras Ella presionaba mi cabeza con fuerza y mi lengua recorría insaciable absorbiendo, lamido tras lamido, su flujo vaginal  como delicioso icor.

–¡Lame, cabrón! ¡Chupa!

Cuando se acercaron Frank y Miguel, me hizo salir de debajo de su falda sudoroso y babeante.

Nos acercamos a la barra donde estuvimos bebiendo en animada conversación, sin duda para ir preparando el siguiente paso, como así fue: ELLA se marchó tras susurrarle al oído a Miguel algo que no pude oír, ni Miguel quiso desvelar. Después de un buen rato, Miguel nos llevó a su apartamento y, al abrir la puerta, nos encontramos con ELLA arrimada a una pared y vestida como de colegiala, con sus zapatos planos, sus calcetines cortos, su blusa, su chalina y sus dos colitas con sus dos lacitos. Entendí perfectamente que íbamos de representación de la que esta vez se trataría, tal y como se presentaba la situación, de fabular un simulacro en las “horas punta” de un fingido autobús. Viéndola, tal y como se nos presentó, empecé a temerme la veleidad de sus fantasías y la peligrosidad de sus fabulaciones.

– ¡Ven! – me pidió que me acercara.

– Creo, como se te ve, que te has preparado para un simulacro de estupro y no voy a admitirlo ni como juego – le dije y traté de marcharme.

– Todo tiene su explicación – y añadió – ya  te dije que algún día te explicaría por qué me dejaba llevar con tus procacidades en ruta con aquel autobús. De momento quiero gozar contigo de esta fantasía como si estuviéramos en aquel autobús cuando solo te fijabas, a hurtadillas, de mi rostro.. ¡Ven…!

De pronto me sentí como metido en una trampa. Me salí contrariado del apartamento, pero ELLA y los otros dos salieron tras de mí, me forzaron a regresar y me metieron, tal y como lo mandó ELLA, en la alcoba. Totalmente frustrado por lo mucho que había imaginado disfrutar aquella noche con la voluptuosidad de Ella, con la placentera carnosidad de la polla de Miguel y, por lo que sospechaba, sentirme en manos de aquel grandullón. No obstante, esperé que entrara ELLA. No tardó en hacerlo y, ya sin colitas ni lacitos, entró desnudándose completamente hasta dejar al descubierto su pubis y su concha rasurados al milímetro que, como yo había intuido, me evidenciaba que todo lo tenía preparado para parecer púber en la representación que se había propuesto fabular: una colegiala que en la marabunta de fingidos viajeros en un fingido autobús, tan repleto que apenas permitía reemplazar a los que se bajaban, iba a gozar de los paquetes bulbosos con sus vergas erectas de los tres que íbamos actuar como procaces y promiscuos figurantes

Metidos los dos solos en aquella alcoba, quiso convencerme del porqué de aquella fantasía y así fue como me desveló lo que me tenía prometido. Me dijo que, aun siendo púber, su mente estaba repleta de voces inequívocas como las que ella gustaba de repetir y otras muchas de tono semblante: «Eres mío, cabrón», «Lámela», «Me perteneces», «Chupa», «Métemela», «Dame tu lechita» o «Toma mi lechita», etc. El caso es que esas voces, con los consabidos gemidos inclusive, le resonaban tanto con la voz de su madre sometiendo al mismo individuo que, a su vez, con esas palabras o similares sometía a su padre, puesto que ambos progenitores, cada uno por su parte o en trío, se entretenían con aquel individuo que, casualmente o no, era el mismo que la acompañaba diariamente en el autobús.

– No quiero contarte más, ¿me entiendes, no? – añadió en tono de súplica.

Era evidente que de todas aquellas vivencias le quedaba la obsesión de revivir, como una suerte de venganza contra sus padres o quizás por simple complacencia, situaciones placenteras que retroalimentaba aquel disloque familiar y, no menos, por el hecho de haberla dejado a cargo de aquel fámulo que, al parecer, contribuyó a madurarle sexualmente, directa e indirectamente, su mente y su coño.

Cuando yo le dije que ella también se prestaría placenteramente al juego con aquel individuo – según me insinuaba ELLA misma – tal y como lo hacía conmigo en aquel mismo autobús, me contestó que, por lo que me acababa de contar, su coño y su culo se habían sentido adultos antes de tiempo y bien que gozaba de aquellos contactos, pero eso no quita que también a mí me hubiera podido delatar con un simple grito en medio de aquella marabunta de viajeros. “Seguro que no hubiera salido bien parado”, añadió. Era suyo, pues, por todo eso y además, ahora, porque me tenía bien cogido sabiendo de lo mucho que, como pudo comprobar, disfruté y pudo disfrutar conmigo otro hombre como lo fue Miguel en aquella ocasión y, esta vez, por lo que ya había dejado entrever mis deseos, con Frank.

No hubo, pues, de momento, representación. ELLA misma, tras esa corta conversación permitiéndome al mismo tiempo gozarla en su desnudez, fue desvistiéndome y con el torso desnudo me lamió por todas partes, entreteniéndose primeramente en mis sobacos, yendo del uno al otro lamiéndolos y ensortijando el vello con su lengua; después, ardiente, estrujándome los senos, succionándome los pezones; de seguido, me desabrocho la bragueta, sacó mi verga y lamido tras lamido me la estuvo chupando y relamiendo mi glande. Enardecida, me quitó los pantalones, me bajó los slips y se sentó en mi entrepierna con el placer de deslizarse arriba y abajo con mi verga metida en su concha. Cuando le advertí que iba a correrme, se levantó y arrodillada delante de mí hizo que me corriera en su boca y cuando terminé de eyacular, chorreándole mi semen, me beso y nos lamimos las lenguas sintiendo en mi boca el sabor salado de mi propio semen mezclado con nuestras salivas.

– ¿Estás satisfecho? ¿Quieres más? ¿Echas de menos algo complementario…? – Rió sarcásticamente y agregó – Estoy convencida que te gustaría retozar, ahora, con  Frank y con Miguel, aunque sé que te resulta admitirlo sin la euforia y excitación que te permitan soltar amarras… – Rió otra vez manifestando su convencimiento – ¡Vamos…!

Salimos de la alcoba. Miguel estaba recostado en un sillón y Frank estaba lamiéndole los genitales con la misma efusión que lo hice yo en la ocasión anterior. ¡No era para menos!

Al vernos, se detuvieron, expectantes momentáneamente. ELLA y yo, con mi conformidad, nos acercamos a una pared para fantasear y repetir de nuevo nuestras procacidades sobre un fingido autobús. Miguel y Frank se acercaron y, todos desnudos, empezamos a presionarla con nuestras pollas erectas que también, sin ningún disimulo, nos las rozábamos entre nosotros mismos pasándolas por nuestros genitales y nuestros culos. En medio de los tres, ELLA gozaba dejándose llevar simulando su recato como le gustaba fingir. Pronto, nos sobró el fingido autobús, los fingidos apretujones y su simulado recato: se corrió con las tres pollas metidas cada una en los tres agujeros más dispuestos, como cabe suponer. Cuando se recobró y estábamos nosotros, los tres machos, a punto de estallar, nos pidió que la dejáramos y se retiró, incomprensiblemente, al aseo. Quedamos sorprendidos, sin saber que hacer de momento, al menos yo y Frank puesto que la sonrisa de Miguel le delataba que sabía algo. Esperamos y, cuando ya nuestras pollas, apenas sostenidas por los anhelosos deseos de mantenerlas erectas, empezaban a caerse fláccidas, se nos presentó ELLA ataviada con prendas de cuero: una cotilla negra de varillas que desde la base de los senos, exuberantes y completamente al descubierto, bajaba hasta las caderas; tanga y medias con liguero; botas picudas con tacón alto, un látigo y un bastón de látex con apariencia de falo enorme, con su glande en la puntera y los testículos en el mango.

Quedaba, pues, evidente que sus fantasías sexuales era consecuencia derivadas de sus vivencias sadomasoquistas resultantes de la sexualidad de un padre pasivo y, por otra parte, de una madre dominante. Su aparente recato, con el que gustaba fantasear, fuera en un autobús real o imaginario, era el precio que se cobraba por sus silencios por no delatar a sus padres ni a su fámulo y, ni siquiera a mí, cuando ya era mayor de edad.

– ¿Te gusta más así?– Se dirigía a mí, indudablemente, pero Frank, ansioso de someterse, se adelantó a lo que debía ser mi respuesta y, puesto de cuatro patas, se le acercó como perro dócil y fiel. ELLA no dudo en darle una patada en el culo y dirigirlo hacia a mí. – Vamos a probar unas nuevas fantasías, espero que te gusten – continuó dirigiéndose a mí  prescindiendo de los afectos de Frank y, de inmediato, haciéndole un simple gesto a Miguel, éste se me acercó y puso su paquete genital en mi entrepierna, mi pene se elevó entre sus huevos y su verga se elevaba hasta mi ombligo.

–Te permito que la chupes y que le lames el capullo – ordenó ELLA.

Aquello era demasiado y empecé a gozar sintiéndome dominado y dirigido por aquella tan joven y bella madama. No dude demasiado en coger aquella verga y chuparla y lamerle el capullo; descansaba de los chupadas y los lamidos fregándole los testículos y frotándole la verga tratando de meter su enorme capullo en mi prepucio. Así estuve sin esperar ni desear más órdenes que las de proseguir gozando de la rigidez y dureza de aquella verga tan bien dotada y conformada para follar… como lo estaba deseando

Yo no sé a qué orden obedeció Frank, pero se me acercó y empezó a restregarme el culo con sus manos, a lamerme el ano e intentar meterme su lengua, primero, y después algún dedo. Quise resistirme.

– ¡Sigue! – Le ordenó ella – Y tú –dirigiéndose a mí –, déjale hacer para que te dilate y te limpie tu cochino ano a lamidos.

Mientras daba sus órdenes, noté que su látigo corría por mis nalgas acariciándolas, primero, y poco a poco empezó a darme suaves latigacillos. De vez en cuando, con el látigo, apartaba la lengua que Frank tenía metida en mi culo y, presionando con el bastón fálico, trataba de metérmelo para comprobar la dilatación de los esfínteres. Llegado el momento que creyó oportuno y cuando yo creía que se iba a dirigir a Miguel, le oí que le decía a Frank:

–Vale. Ya lo tienes a punto.

Frank sin dudarlo y con la lección bien aprendida como una bestia para hacer un número de circo, me elevó, como si fuera un muñeco, cogiéndome de los sobacos, lo que me obligó a anclarme con mis piernas a sus caderas y así, abrazados fuertemente, con mi paquete en su ombligo y su verga en mi raja, empezó a besarme… a besarnos – mejor dicho – con besos de tornillo, con lamidos y chupadas en el cuello, en las orejas, metiendo las lenguas en la boca, ahora la suya ahora la mía. En pleno goce y con mi culo elevado a ras de la polla de Frank, noté que ELLA lubricaba mi ano y la verga de Frank que, seguidamente, la dejó encarada en mi recto, tras lo cual, Frank empezó a presionar hasta conseguir penetrarme, sin demasiado dolor y mucho placer, con su verga cabezona, no demasiado gruesa en su tronco pero sí muy larga y, sin dejar de besarnos, gocé de un inesperado y fantástico mete y saca de su verga deslizándose en mis entrañas con un Frank que, sosteniéndome con sus manos puestas en mis nalgas, me elevaba y me bajaba en un carrusel de placer inimaginable, hasta que se vino y me encharcó de su leche. Para mayor goce, suyo y mío, mientras se corría empezó a besarme las tetas y morderme los pezones manteniendo su verga erecta hasta permitirme gozarla, sacándola de mis entrañas, ya en su flaccidez.

–No sé si esto te lo habrás tomado como castigo o como regalo. Yo de ti lo tomaría como regalo. Ven.

Me llevó cerca de un sofá donde Miguel empezaba a follar a Frank apoyado en el respaldo. ELLA los separó y se sentó entre los dos. Yo quedé delante de ELLA con mi verga a flor de sus labios, me la chupó y me la lamió, sin dejar de mostrarme el látigo y pasarlo con suaves golpecitos por mis nalgas hasta obligarme a abrirme de piernas y meterme aquel bastón, con su punta en forma de capullo y, así, como si de su verga se tratara, empezó a follarme mientras que a indicación suya, con las pollas de sus acompañantes en cada una de mis manos, empecé a masturbarles y besarles sus capullos agachándome, posición que le permitía a ELLA penetrarme con su fingida polla. Al empezar los gemidos de placer – los míos, los de Miguel y los de Frank – de pronto, se levantó e hizo que también se levantaran aquellos, tiró el látigo, encaró mi verga a su coño para que la follara sin que dejara de masturbar a sus acompañantes. Aquello fue un delirio con un mete y saca imparable llevado por mí y, cuando no, por ella misma con fuertes envestidas enardecidas y, al mismo tiempo, friccionado sus tetas en mis pectorales y besándome a mordiscos, fuera en mi boca o en mis pezones erectos. Cuando se multiplicaron los gemidos de Miguel y Frank, con mi culo en el aire y abierto a su disposición, primero uno y después el otro, me metieron sus leches por dentro y por fuera de mi cuerpo dejándome embadurnado de sus cálidos sémenes. Cuando, finalmente, quedamos los dos, ELLA y yo – puesto que sin duda así lo había pretendido ELLA— abrazados, con las manos recorriendo nuestros cuerpos con caricias y besos interminables, cogió mi verga y mientras me masturbaba y la manoseaba con intención para no adelantar mi orgasmo, yo le acariciaba el clítoris, lo descapullaba y, de vez en cuando, lo presionaba. Se vino más de una vez hasta que ya sin fuerzas se echó en el sofá donde, con contorsiones y espasmos de nuestros cuerpos, nos venimos los dos, ELLA con su último e indescriptible orgasmo y, por supuesto, yo con el mío, único pero dichosamente singular. Con todo lo dicho culminamos el coito que pudimos gozar intentando alargarlo para que no terminara nunca, nunca, nunca

Mi contención y resistencia de macho en celo para dejarla colmada quedó más que probada. Sin duda que gocé, primero,  de mi feminidad a placer y sin trabas; pero nunca podré olvidar aquel coito final, sublimemente viril, con ELLA a la que hice gozar ansiosa de deleitarse con un macho hambriento de gozarla en su totalidad de hembra y dispuesta, en su extremada excitación, a dejarse llevar, sometida a mi voluntad de macho encelado.

Nuestra amistad aún perdura,: ELLA gozando conmigo y yo con ELLA y con Miguel, su comodín… y con otros muchos bigardos, como Frank, figurantes atraídos por ELLA, para mí, como actores de reparto.

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Todo empezó en un autobús

En la parada del autobús, en lo que se conoce como “las horas punta”, o sea los momentos que una muchedumbre se incorpora a sus quehaceres diarios, éramos multitud haciendo cola en la parada hasta que nos llegaba el turno para subir al primer autobús que se estacionaba y que apenas nos permitía reemplazar a los que se bajaban. Aquello, cada mañana y cada atardecer, era un suplicio en la lucha diaria contra el reloj para llegar a tiempo al destino; al menos, así ocurría con el que seguía una ruta de circunvalación al centro urbano que yo solía tomar, mañana y tarde. La parada de este autobús era la que tenía más cerca de mi casa y, tras recorrer justamente media circunvalación al centro urbano, me permitía apearme relativamente bastante cerca de mi centro de trabajo. Entre toda aquella gente, mis ojos sobrevolaban para mirar de hurtadillas una preciosa jovencita que siempre iba acompañada por un individuo, alguien probablemente de su familia, que la protegía de empujones y roces más o menos mal intencionados como suele ocurrir en tales circunstancias. Yo, por mi arte, confieso que mi interés por aquella jovencita era de puro platonismo. A veces coincidíamos en la misma tanda de los que podíamos subir al autobús en el que todos apretujados apenas podíamos plantar los dos pies en el suelo. Muy cerca de mí la tuve, algunas veces, y aunque bien protegida por su acompañante, podía gozar, de cerca y muy a hurtadillas, del singular atractivo de su rostro.

Ella y su acompañante se bajaban una parada anterior a la mía. Mis ojos la seguían hasta perderla de vista. Sin duda iba al Instituto. Así fueron las cosas hasta que, al final de un verano, observé que acudía sola a la parada del autobús y que, además de eso, se bajaba en la misma parada en la que yo me bajaba y entraba en mi misma facultad. Seguía manteniendo aquel rostro singular que me atraía observarlo; no obstante, ahora, tras un cambio físico notable, con un cuerpo de mujer esbelta y sumamente atractiva, con la mayoría de edad cumplida y libre de aquel fámulo que la controlaba, pasó de la sencillez de colegiala a lucirse, por su vestimenta y andares, como hembra que incitaba, ahora, no sólo a contemplarla sino, más bien, a poseerla.

Seguimos coincidiendo, muchas veces, en la misma parada del autobús en sus idas y venidas de circunvalación y en las habituales circunstancias de apretujamiento. Algunas veces, con el respeto que cabe presuponer, estuvimos en contacto apretujados entre los otros muchos viajaros, pero cada vez aumentaba más mi deseo de gozar con su contacto físico aprovechando aquellos apretujones con mi polla parada y, además, con la vana pretensión de poder incitarle mis mismos deseos y gozáramos disimuladamente con aquellos apretujones. No obstante, para todo ello, a mí me faltaba atrevimiento, aunque más de una vez, aun conteniéndome, debió notar el roce de mi falo erecto sobre sus nalgas o en sus muslos, incluso en su bajo vientre sin que pasáramos a más y quedando, al menos yo, con el calentón de mis genitales y el deseo insatisfecho en mi mente pensando que su recato no daba más de sí para aprovecharnos de tales situaciones. Pensé que también podría ser que aquellos roces, por lo que tenían de inevitables en aquellas situaciones de amontonamiento, le resultaran los normales y, por ello,  obviara la carga erótica tal y como yo la percibiera.

Ahora, en este punto de mi narración, viene a cuento decir aquello de “tantas veces va el cántaro a la fuente…” Lo cierto es que entre el trasiego de aquella marabunta de viajeros y el arremolinamiento de los que se bajaban y los que subían, quedamos los dos aprisionados frente a frente, ella sobre un lateral de la plataforma del autobús y yo sobre ella con mi falo encarado muy abajo de su bajo vientre y sus pechos sobre mis pectorales…  fue suficiente un bandazo del autobús para que mi “paquete” se metiera en su entrepierna y mi verga, sin duda, apuntalada en su coño, por debajo de su minifalda.

– ¡Ay! – dijo ella.

– ¡Qué barbaridad! – dije yo, medio avergonzado y dándole a entender mi involuntariedad quejándome del  empujón. Pese a todo, ella no pareció inmutarse demasiado y yo procuré mantener aquel anclaje cuanto pude y, aprovechando todo aquel disloque, dejándome llevar adelante y atrás, arriba y abajo, por las inercias de unos y de otros, traté de buscar el mejor acomodo para sobarla como si la estuviera follando. No sé cuánto duró aquello, pero fue delicioso mientras duró y sin embargo nos bajamos, en la misma parada, aparentemente indiferentes a todo lo recién ocurrido.

A la mañana siguiente, cuando yo subí al autobús ella ya se había situado apoyada en el lateral de la plataforma, yo procuré acercarme entre empujones, con avances y retrocesos que no me permitieron acercarme antes de llegar a la parada final de nuestro trayecto. No obstante,  pude observar que con una media sonrisa suya parecía darme a entender como si se alegrara del chasco que me había llevado, pero yo lo tomé como un reto a mi probada procacidad sin tratar de menoscabar su recato aparente.

Al regreso, puesto que también solíamos coincidir por las tardes, la estuve esperando un cierto tiempo en la parada hasta verla venir y, puesto en la cola, yo fui dando la vez a los que llegaban con el fin de subir al autobús coincidiendo ambos. Conseguí subir con ella en la misma tanda de aquella interminable cola, la dejé pasar delante de mí y la seguí entre empujones hasta que consiguió recrearse en un lateral donde quedamos frente a frente prietos, como era mi deseo y, a mi modo de entender, también el suyo. Entre empujones, bandazos del autobús y mi firme intencionalidad, mis genitales quedaron entroncados a los suyos con mi verga apuntalada y buscando, el mejor acomodo, como la otra vez, para sobarla como si la estuviera follando mientras ella siguió manteniendo la apariencia de la inevitabilidad de aquellos roces en aquellas situaciones de amontonamiento. No consiguió engañarme y, además, un movimiento de acomodo suyo al entroncamiento de mi verga, me permitió atreverme a susurrarle al oído

–Te gusta, ¡eh! – le dije.

–No rompas el encanto – me contestó muy determinante.

No acabé de entender que quería decir con eso; no obstante, continué acomodando mis genitales a su entrepierna con mi verga erecta apuntalada a su coño. El trayecto me pareció más corto que nunca puesto que, ya en el último tramo, fue ella la que se contorneó y me permitió, sin inmutarse, que le metiera mano en su entrepierna: tenía las bragas mojadas. Como siempre bajamos del autobús sin decirnos nada, incluso ni esta vez pese a lo ocurrido con plena intencionalidad por ambas partes contando con la accidentalidad de aquellos apretujamientos y bandazos del autobús. Ella pareció irse satisfecha, como yo con aquel último tocamiento que me permitía bajar del autobús oliendo y lamiendo su flujo vaginal en mi propia mano y tratando de frenar los espasmos de mi  pene a punto de eyacular.

En días sucesivos pudimos retomar aquellos contactos cada vez más intencionados y lujuriosos pese a las limitaciones de aquel entorno. Habíamos convenido tácitamente, sin mediar palabra, a esperarnos, cediendo la vez a los que llegaban a la parada del autobús, con el fin de subirnos juntos y gozar de aquellos apretujamientos que nos permitían retozar  intentando y lográndolo, a veces, con nuevas inventivas: algunas veces ella se posicionaba de espaldas y me permití entroncarme en su raja con mi verga apuntalada a su ano. Yo por mi parte, salía de casa sin los slips puestos para poder entroncarle mi verga, fuese por delante o por detrás,  confiando que algún día me correspondiera viniendo sin bragas ni tanguitas. Y me entendió: sin bragas y con una falda de pliegues y mi paquete en sus genitales perfectamente cubiertos, me permitió restregarle placenteramente mi polla y ubicársela en la vulva o en el ano, según la ocasión. Más de una vez tuve que bajarme del autobús cubriéndome, con mi cartera, la bragueta mojada por sus flujos y los míos.

Alguien podría pensar que conformándonos con todo aquello, con los riesgos que tomábamos, y no intentáramos satisfacernos plenamente en algunos lugares más apropiados, es porque éramos tontos. Desde luego que, sin mediar ninguna otra explicación, lógicamente no se podía pensar en otra cosa. Hasta a mí mismo me resultaba ilógico que no llegáramos a más hasta que, de pronto, comprendí que significaban aquellas palabras suyas conminándome a no romper el encanto que para ella –y, ya sin duda, para mí mismo – era precisamente el valor añadido a nuestras fricciones, voluptuosas e imprevisibles, por el propio riesgo que tomábamos cada vez con mayor atrevimiento y, al mismo tiempo, como parte de aquel juego de fingimientos, como forzándola sin menoscabar su aparente recato que cabía no romper, por aparente que fuese, puesto que nunca hubo, entre nosotros dos, enamoramiento más allá del impacto platónico de la primera vez que nos vimos y que, con el tiempo, se convirtió en el deseo del varón que deseaba poseer aquella hembra que se dejaba poseer silenciosamente, por un extraño, arrimándose a un lateral de una plataforma de un vulgar autobús. Tanto, era así que, ella sin bragas y yo sin slips con la bragueta abierta a medias, conseguimos en más de una ocasión, cuando aquella marabunta de viajeros nos lo permitía, meterle y retrotraer mi verga en su vagina o rastrearla por su raja con mucho gusto para los dos.

Después de algún tiempo, tras muchos de aquellos contactos voluptuosos, me dejó  citado, sin esperármelo, para vernos en una conocida discoteca. Acudí, pero la encontré con un joven comiéndose el uno al otro sin ningún reparo con unos largos besos de tornillo, sus manos enloquecidas acariciándose por todas las partes visibles e invisibles. Cuando me vio, puesto que no paré de seguirla, el chico le estaba lamiendo la concha metido debajo de su falda en un rincón obscurecido. Me sonrió y me hizo un guiño con ademán de que me acercara y me presentó a su pareja:

–Este es Miguel – me dijo señalando a su acompañante, enrojecido y babeante – Y tú… – ni siquiera sabía mi nombre.

–Fran, para los amigos

Hechas las presentaciones, me preguntó

– ¿Nuca te has preguntado por qué me dejaba llevar…? – Y prosiguió sin esperar mi respuesta –Bueno, da igual, algún día te explicaré porqué te consentía y me prestaba a tus atrevimientos. Lo cierto, ahora, es que quiero que goces conmigo con total plenitud sin romper el encanto de mii fingida indefensión y que lleves a efecto hasta dónde hubieras llegado si aquella situación en el autobús te lo hubiera permitido. Quiero fantasearlo cómo si nos encontráramos, ahora mismo, en aquel autobús. Aunque sé que tu querrás follarme, de una vez, como… Ya sabes, ¿no?

Me sorprendió que me hablara así delante de su pareja y más cuando, dirigiéndose a él y sin que éste se molestara lo más mínimo, me añadió:

– Éste el comodín de mi  baraja, mi mejor amigo, ¿verdad?

Y tanto como lo era: nos llevó a su apartamento de soltero, nos dejó en su alcoba y se retiró.

Una vez los dos solos, empezamos la fantasía solicitada: ella se arrimó  a la pared como si fuera un lateral del autobús y yo me acerqué como llevado por imaginarios empujones, quedamos prietos el uno a lo otro, sus pechos contra mis pectorales, mi paquete en su entrepierna, levanté su falda, estuve acariciándole las ingles pasando de una a la otra rozándole el coño suavemente por encima del tanga; de las ingles al pubis, manoseándole el vello recortado ´que dejaba presentir el placer táctil de los labios de su vulva perfectamente depilados, como sus ingles. Estime el breve tiempo que hubiera tenido en el autobús e, inmediatamente, ladee su tanga, metí mis dedos en su vulva y  con el dedo índice en busca de su clítoris, que descapuché, empecé a masturbarla acariciándoselo suavemente y con esporádicas presiones hasta que se vino con un orgasmo que hizo que se colgara de mi cuello con fuertes espasmos de todo su cuerpo y con sus piernas plegadas mientras yo la sostenía de sus caderas. Esto hubiera podido ser el final de un trayecto. No obstante, en cuanto se repuso, proseguimos. Ahora, fue ella la que se atrevía a cogerme el falo y, pidiéndome que simulara los apretujones y bandazos del fingido autobús, empezó a  masturbarme aceleradamente como queriendo hacerme eyacular antes de llegar a la fingida parada del fingido autobús. Aquello fue el momento para romper todo aquel sublime encanto y pasar a la realidad: le puse mis manos sobre sus hombros obligándola a hincarse, le metí mi verga en su boca que lamió y chupo entera permitiéndome descargar mi leche sin que ella parara de mamar mientras acariciaba mis huevos. Yo, con mis espasmos, apenas podía sostenerme y, mientras, ella me cogía un testículo y se lo metía en a la boca, luego el otro y dejándomelos ambos enlechados de mi propio semen que siguió engulléndoselo como delicioso néctar y dejarme limpio de todo hasta mi última gota.

Ahora, ya roto el encanto y sin fingimientos, metí mi mano por debajo de su blusa, no llevaba sostén y le acaricié los pechos, jugueteé con los pezones lamiéndolos y mordisqueándolos y con su plena erección y duros los mamé, le lamí las tetas, empecé a deslizarme con lamidos por su vientre, a lengüetear en su ombligo, acariciarle el pubis y meter mi lengua en su concha, chupándola y lamiéndola para gustar con inmenso deleite de su flujo vaginal hasta hacer  que se corriera de nuevo.

En este punto empezamos a quitarnos la ropa mutuamente y, ya desnudos, se la metí mientras se dejaba follar cual puta de alto standing dispuesta a satisfacerme como yo quería y ella deseaba. En algún momento, ella misma se giraba y le metía mi verga en su raja buscándole el ano que, también ella mima, trataba de ensartárselo moviendo el culo para acomodárselo apuntalado a mi verga y permitirme presionar, penetrarla poco a poco, suavemente, hasta metérselo al fondo con el delicioso mete y saca que nunca yo pudiera haber imaginado puesto que me corrí en su interior con mi verga fuertemente presionada por sus esfínteres anales y su recto prieto.

Nos subimos a la cama, me puse bocarriba y ella se puso arrodillada encima de mí, con su concha puesta en mi boca:

–¡ Lame, límpiamela bien,  cabrón!

No sé porque su insulto y su tono de dominación me desenfrenaron si cabía más. Le escupía el coño y me tragaba mi propia saliva mezclada con sus flujos. Nos besábamos mezclando nuestras salivas, ensortijando nuestras lenguas, las mordisqueábamos y ya reseco por mi parte, me pidió que abriera la boca que me llenó de escupitajos para que prosiguiéramos. Proseguimos, – ahora se puso ella, en cuclillas boca abajo ofreciéndome su culo e incitándome a…

– ¿Te atreves? – me dijo.

La entendí perfectamente y me puse a lamer su culo, le mordisqueaba el ano y trataba de penetrarla con mi lengua mordisqueando y ensalivando el ano  Se retorcía de placer, se acoplaba a mis delirios hasta que cambiando de postura se puso a lamer mi culo, venciendo mis resistencias, lamiéndolo, mordiéndolo, ensalivándolo hasta meter me primero un dedo y luego dos para hacerme gozar con un delicioso mete y saca que nunca había probado.

– ¿Te gusta? –me dijo.

–No rompas el encanto– le contesté.

Ella mantuvo sus dos dedos metidos en mi culo pero ahora los giraba de izquierda a derecha y viceversa tratando de dilatarme el ano para intentar meterme otro dedo, Lo consiguió y de nuevo me hizo gozar con su mete y saca lujuriosamente voluptuosa y sacándolos y metiéndolos placenteramente como estocadas de metisacas taurinos.

Creo que esto le dio pie para pedirme que entrara Miguel y formáramos un trio. Lo consentí, pero inmediatamente sospeché que ella tenía algún plan previsto usando de su amigo, el comodín.

Entró Miguel, desnudo, moviendo su polla que, aún fláccida, me pareció enorme. Se subió a la cama y empezó a penetrarla primero por delante y luego por detrás, mientras que ella me la chupaba y me la lamía. Así estuvimos los dos, Miguel y yo, hasta hacerle una doble penetración: Miguel bocarriba penetrándole por delante y yo, de cuclillas sobre ella, metiéndosela por el culo. Confieso que en aquella situación, los inevitables contactos de los penes, duros y erectos, también me resultaban excitantes sintiendo el calor y la dureza de la polla de Miguel. Me gustaron aquellos roces entre dos machos follando excitadísimos a la misma hembra y, no menos cuando Miguel lo sacaba o se le salía, intencionadamente o no, y rozaba mi pubis y, más aún si se entremetía en la raja de mi culo, en mi  perineo y en mi ano dilatado anteriormente por ella.

Cuando creía que todo iba a terminar así, después de corrernos y gozar ella de múltiples orgasmos, y cuando empezaba a convencerme que ella no tenía previsto un segundo plan con su comodín, me pidió llevar a cabo una segunda fantasía con el autobús imaginario por medio. Ahora debería ser yo el acosado, entre una imaginaria marabunta de viajeros. Visto lo visto, no dudé quién sería el acosador: Miguel, sin duda, lo cual no me desagradó. Aquellos contactos suyos con su pene habían despertado mi feminidad

Para llevar a delante la fantasía nos vestimos como si en realidad estuviéramos en el autobús.

– ¿Qué tengo que hacer? – pregunté por preguntar.

– Bien que lo sabes – gritó ella muy determinante.

Empezamos los tres apretujándonos, quedando yo arrimado a la pared como si fuera el lateral del autobús. Los dos, él y ella, sobre mí pero Miguel arrimando su paquete a mi entrepierna se contorneaba disimuladamente hasta conseguir que nuestros penes, aún fláccidos, se fueran elevando apretujados en nuestras braguetas. Me resultó agradable sentir como se endurecía el suyo y me gratificaba con su contorneo sobre el mío y, de vez en cuando, me daba un fuerte apretón como si se tratara de un bandazo del autobús. Yo, cada vez más excitado, me giré de espaldas para sentir en mi culo aquellos apretones y contorneos con su verga bien parada. Se me notaba que estaba gozando y no lo podía evitar. De nuevo, frente a frente, me desabroché un poco la bragueta y haciendo lo mismo con la suya saque su polla, se la sobe y gocé de su grosor, de su dureza, de su excitadísima erección y así fue como la metí en en mi bragueta para sentirla en mis carnes. Traté de masturbarle, pero él pasando ya de fantasías prefirió que se la chupara por lo que me obligó a hincarme: gocé chupándosela y lamiéndola hasta que me obligó a girarme de espaldas y, nalgada tras nalgada, culeándome cada una más fuerte, acabó metiéndomela en mi colita con la que le incitaba a que me follara. Y me folló, pero ella no dejo que se corriera en aquel momento, sino que empezó a desnudarse, Miguel y yo hicimos lo mismo y los tres nos subimos a la cama.  Ella se puso acostada boca arriba, yo creí que íbamos a repetir la doble penetración, pero el plan era otro, tal que mientras yo la follaba, Miguel me follaba a mí metiéndomela hasta lo mas profundo posible de mi recto. Así estuvimos hasta corrernos: Miguel terminó corriéndose en mi culo con una penetración profunda que me llenó de leche a reventar y mientras ella,  sintiendo que me venía me cogió mi verga y se puso en posición para que se la derramara en su boca.

Terminamos limpiándome ella mi polla a lamidos y chupadas, como yo limpié la de Miguel lamiendo desde el tronco hasta sus huevos y chupándole su capullo hasta extraerle la última gota del goteo de un néctar que, deseándolo, nunca había conseguido probar.

Ni qué decir que terminamos exhaustos y tan complacidos como para desear volver a encontrarnos sin necesidad de requerirnos entre los empujones, apretujamientos y bandazos de un autobús imaginario como aquel con el que empezó esta historia en la que pude gozar de una hembra tan ardiente como imaginativa y, además, sin pretenderlo ni esperarlo, satisfacer mi bisexualidad, hasta entonces reprimida, dejándome sentir dominado por un macho para satisfacerle y que me satisficiera a su gusto con una verga vigorosa , dura y ardiente.

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Mi primera vez con una Travesti

Hola soy de mexico y quiero platicarles sobre mi primer experiencia con una Travesti, yo soy un tipo casado pero que siempre me han gustado las travestis.

Vivi un tiempo en Canada y me gustaba ir a las cabinas XXX que hay y pues el servicio que dan algunos chavos es muy rico unos orales deliciosos mientras veía un vídeo de gays o travestis, que me excitan mucho, y no me niego a que me den una buena chupada.

Ya de regreso a mexico de vez en cuando visito las cabinas que hay en eje central y también me sacan mi semen muy rico, pero desde hace muchos años ya tenia la espinita de cogerme y se cogido por una Tv, así que estuve buscándola por muchos meses, hasta que se aparecio en mi msn una putita que se conectó un domingo que estaba muy caliente y pase a un depa que ocupo de oficina para ver unas pelis XXX y a ver quien se conectaba. En eso ella se conecta y la saludo ya que había visto sus fotos en una comunidad que ya desapareció y se veía muy rica, ella es morena, delgada, 18 años, muy caliente y me puse a platicar con ella.

Como soy muy caliente le dije que me viera por la cam para que me conociera todo desnudo, a lo cual accedió y le di mi faena por la webcam, después quedamos de vernos un día, lo cual planeamos y llegando ese día llegue a su casa, pero como estaba perdido ella me recibió afuera de su hogar con solo una bata y una tanga, la vi a lo lejos ella de pelo largo castaño claro, estaba super excitado asi que la abrace y nos plantamos un mega beso que se me paro la verga de inmediato.

Asi que tomados de la mano, nos fuimos adentro de su casa, ahí nos abrazamos y nos seguimos besando con una pasión que no es posible describir como si hubieran pasado años de no verla: me la quería comer a besos, mientras con mis manos acariciaba sus ricas nalgas y su rica verga, estaba fascinado, así que subimos a su recamara y nos empezamos a desnudar, bueno yo me desnude porque ella estaba semidesnuda. Estaba muy excitado así que nos acostamos en la cama e hicimos un 69 del cual tenia mucho que no lo hacia y tener una rica verga y sus huevos depiladitos era de ensueño, se los chupe hasta el cansancio.

Una vez que terminamos le dije que quería q me cogiera quería sentir su verga adentro mio porque era virgen así que me lubrico y yo me puse en cuatro patas para abrir mi culo al máximo, y empezó a metermela poco a poco, nunca había sentido semejante verga abrirse camino dentro mio, solo dildos anales pero este era una rica verga de 20 cms x 5cms estaba deliciosa y sentía un dolor indescriptible mis entrañas estaban siendo estiradas al máximo por aquel delicioso falo, ella se detenía pero enseguida seguía metiéndomela y el dolor se incrementaba en cada centímetro de verga que me metía era una doble sensación de dolor y placer hasta que me la metió toda quedándose quieta solo unos momentos hasta que empezó a bombearme y ese dolor se fue aminorando poco a poco y el placer empezó a crecer, tan delicioso era que mi pene aunque no estaba erecto desprendía liquido preseminal en cantidades nunca vistas era muy erótico ver eso en mi tanto que deje un gran charco, mientras ella me bombeaba de lo lindo mi culo desvirgado, me decia: te gusta? y yo le respondia me encanta es deliciosa tu verga, y así siguió hasta que empezó a darme mas duro para entonces venirse dentro de mi yo le decía: vente dentro de mi quiero sentir tu leche, y asi lo hizo ella se vino y no se le bajaba pero después de 5 minutos me la saco yo nunca habia sentido tanto placer en mi culo, asi que nos limpiamos, yo me bañe y de lo caliente que hasta con agua fría me duché, y nos echamos el segundo round asi que ella me dio una mega chupada de verga y huevos de lo lindo cuando podía le agarraba sus lindas nalguitas y hasta que se me monta y de un senton se mete mi verga en su culo me quede sorprendido y eso me excito mucho sentir ese calor de su culo era delicioso entonces le besaba sus pechitos y su boca así que después de estar cabalgándome explote y me vine dentro de ella, fue tan tremenda la cantidad de leche q saque que de plano deje otro charco de semen en su cama estábamos fundidos mi calentura había bajado asi que nos dimos mas besos y fajabamos como locos, ya después de ese espacio de tiempo mi pene se me volvió a parar y me masturbo ella para verme venir y como se me esparcia en mi pierna lo cual ella disfruto y yo igual, al final me bañe me vestí y me despedí de ella con otro mega beso y solo se puso su bata y me despedí de su rica verga con un beso cuyo olor a mi desprendía deliciosamente

en otra historia les contare de mi siguiente encuentro con ella.

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