Desde la penumbra

Poco a poco el movimiento se fue acelerando hasta que los gemidos comenzaron a clavarse dentro de mi cabeza. Yo también aumenté mi ritmo, quería correrme con ella, disfrutar con ella como jamás lo había hecho, y aunque fuese otro el que la tenía en sus brazos poder, aunque fuese de forma virtual, poder follarla hasta la extenuación.

Llegó sobre las ocho de la tarde y, como cada día, entró directo a su habitación. Había regresado antes de lo previsto de mi viaje así que estaba en la bañera intentando relajarme del estrés del trabajo, por lo que no me di cuenta de su presencia hasta pasados unos minutos. Me sequé rápidamente deseando salir a su encuentro y preguntarle cómo le había ido el día. Ella me respondería que todo había ido como siempre en la oficina mientras se desmaquillaba y se quitaba de encima ese olor a colonia de fulana barata que tanto le gustaba. Curiosa, querría saber sobre mi viaje y sobre porqué estaba en casa tan pronto, y yo le contestaría cualquier cosa trivial mientras recordaba con añoranza la suavidad de las bragas de Sonia que dentro de mi maleta arrugadas y olorosas me aguardaban.

La escuché como hablaba desde su habitación y pensé que se dirigía a mí, pero no era así. Ella tampoco se había dado cuenta que yo me encontraba en casa, por qué de haber sido así hubiese entrado al baño a saludarme y darme un beso, así que deduje que hablaba sola y no le di mayor importancia.

Me puse mi slip ajustado de color blanco inmaculado que tanto me excita al mirarme en el espejo con el puesto. Me gusta el roce sobre mi pene de ese tejido mezcla de licra y algodón, me gusta la goma ancha que sobre mi cintura otorga unas características apolíneas a mi torso, y esas formas que realzan mis testículos dándole una apariencia notable a mi modesto aparato. Me vestí también con los tejanos ajustados que daban una forma espectacular a mi culo moldeado a base de horas de bicicleta estática y sentadillas en la sala de musculación. Decidí no abrochármelos y salir con medio cuerpo desnudo mientras las últimas gotas de agua que caían de mi pelo resbalan hacia mi cintura.

Su puerta estaba casi cerrada y su suave hilo de voz salía desde dentro de la habitación. Me detuve un momento a escuchar con quien hablaba, pero en ese mismo instante cesó su voz… como si se hubiese apercibido de mi presencia. Me detuve en seco, no sé por qué lo hice, pero el caso es que a los pocos segundos siguió hablando…

– Joder, vengo con el coño ardiendo… estaba en la oficina y no podía dejar de pensar en ti – escuché con más nitidez a medida que me acercaba a su habitación. Creía que se dirigía a mí, pero rápidamente advertí que no era posible –Madre mía… mira como llevo de empapadas las bragas.- Desconocía la identidad de su interlocutor, pero estaba seguro que no podía dirigirse a mí. Ella jamás había usado ese tono conmigo.

Estuve tentado de entrar de golpe en la habitación y descubrir quién y cómo era aquel energúmeno que recibía aquellas palabras que esa guarra siempre me había negado. Pero algo, no sé qué me impidió reaccionar de ese modo: tal vez fuese el morbo de ver lo siguiente que ocurriría, tal vez la necesidad de comprobar que aquella que presumía de ser un cúmulo de virtudes no era más que una golfa, tal vez la necesidad de tener más argumentos para mandarla a la mierda la próxima vez que viniese con monsergas moralistas… Así que me senté junto al mueble del recibidor, en un rinconcito, refugiándome en la oscuridad que me brindaba la penumbra. Mi escondrijo me proporcionó un buen ángulo de visión y desde allí podía contemplar lo poco que me permitía la estrecha rendija que permanecía en la puerta sin cerrar del todo.

Estaba medio desnuda, se había quitado la falda y permanecía con la camisa puesta que le tapaba hasta medio muslo. Se escapó de mi campo de visión y la escuché abrir y cerrar cajones. Volvió y comprobé como perezosa intentaba quitarse la camisa sin desabotonarla. Le costó un poco, pero lo consiguió mostrándome unos pechos que luchaban por salir del encarnado sujetador de encaje y unas bragas húmedas de algodón que dejaban entrever el matojo de vello que se ocultaba bajo ellas.

Se soltó el sujetador y se tumbó sobre la cama. Perdí la visión de sus bragas, pero me encontré con la imagen de sus mamas que parecían querer desparramarse a ambos lados de su cuerpo cuando se recostó totalmente sobre la cama sin deshacer. Se acarició muy suavemente los pechos con una mano mientras que la otra se dirigió a su entrepierna. Se estaba masturbando delante de aquel cabrón que debería de estar poniéndose a mil.

– Vamos a follar, nene – fue lo siguiente que escuché mientras levantaba el culo del colchón y se quitaba las bragas. Hizo un ovillo con ellas y las lanzó con fuerza hacia delante para que impactaran en la cara de su amante. Se incorporó nuevamente y volví a perderla de vista, intenté moverme con cuidado para no delatarme, pero no logré aumentar mis posibilidades de verla. Seguramente ahora mismo se la estaría chupando al desconocido.

Mil clichés varoniles pasaron a toda velocidad por mi cabeza: un joven imberbe que sonreía tímidamente ante la inminencia de ser pervertido por aquella vieja zorra; un responsable de su trabajo de mediana edad, limpio y afeitado que le ofrece la posibilidad de ascender en su trabajo; un introvertido barrigudo que babea al ver convertida en realidad la fantasía que tantas veces había soñado ante el ordenador; el intelectual de rostro huesudo y mal afeitado que tras sus gafas de montura negra ve en aquel coño húmedo una metáfora de la existencia; un negro de cabeza afeitada, extremidades fibrosas y torso apolíneo… Sí, esa era la imagen: un joven negro, sin un solo pelo en todo su cuerpo atlético, completamente musculoso y con un pene enorme sobresaliendo bajo su duro abdomen. Conocía muy bien sus gustos, y sin duda un chico negro encajaría con sus preferencias.

En esos momentos ella estaría engullendo esa tranca enorme, sacándole brillo a ese cilindro de ébano mientras acariciaba sus pelotas suavemente, como si quisiera que su leche se fuese calentando hasta el momento de tener que bebérsela. Recorrería con su lengua toda su polla, centímetro a centímetro desde la base de los huevos hasta la punta del carajo, relamiéndose la comisura de los labios mientras se entretiene degustando el salado sabor del líquido pre seminal. El negro estaría a punto de reventar.

Volvió a recostarse mientras le comían el coño, no veía sus manos, pero seguro que se entretenían sobando la cabeza afeitada del amante, mientras sus piernas se abrían y cerraban anárquicamente intentando contener el orgasmo que se avecinaba tras aquella lamida poderosa. Se detuvo unos segundos y se abrió en mí la esperanza que el chico se tumbase sobre ella y la penetrase mientras le devoraba los pezones, pero rápidamente prosiguió llevándose la mano izquierda a la boca mientras respiraba profundamente. La mano derecha seguía abajo, seguramente abriendo bien la raja para poder recibir sin problemas ese montón de carne oscura dispuesta a hacerle gozar. Comenzó a hacer pequeños movimientos que fueron exagerándose cada vez más, y el bamboleo de sus pechos me llevó a deducir que el negro le estaba dando unas buenas sacudidas y que su pelvis respondía con movimientos cada vez más eléctricos. Giró la cabeza hacia la puerta con los ojos cerrados, y pude observar cómo se introducía en la boca los dedos corazón y anular casi hasta los nudillos, apretando con sus dientes forrados con los labios.

Traté de imaginar que era lo que le llevaba a saborear con tanta fruición sus dedos y de nuevo las imágenes lascivas asaltaron mi mente: tal vez imaginaba que engullía otra polla morena mientras sufría por soportar las tremendas embestidas que desde abajo le atacaban… o tal vez había recorrido con los dedos húmedos la línea entre los glúteos, haciendo círculos concéntricos alrededor del ano con las puntas de sus dedos que se habían introducido lentamente dentro de su culo, provocando un espasmo de placer en el joven musculoso que ansioso deseaba que siguiese explorando hasta encontrar su punto G. Seguro que era eso lo que saboreaba con tanta ansia, después de haber cumplido en su amante mi deseo secreto más profundo y que jamás me había atrevido a manifestarle.

Cambió de posición mientras caí en la cuenta que estaba acariciándome los huevos y la verga sobre el suave slip, pero estaba poniéndome tan caliente que decidí no pararme y me saqué la polla para masturbarme. Ella se colocó boca abajo y la postura de su espalda y de su cuello me indicó que había levantado su culo.

– Dame por detrás cariño… dame por el culito Tomás… – Abrí los ojos de par en par al escuchar el nombre de su amante. Estaba con la polla a punto de reventar y me levanté con la intención de entrar en la habitación y correrme de lleno encima de su cara, sin importarme si a ella le gustaba o no, o si quiera si le importaba lo más mínimo… Pero nuevamente algo me impidió hacerlo y me obligó a seguir contemplando aquella escena con deleite mientras pelaba mi banana sin ningún pudor.

Intuí como una mano suya se preocupaba en separar sus nalgas a fin de facilitarle la entrada al pollón que estaba a punto de perforarla. Apretó los dientes y tensó los músculos de su cara… al segundo siguiente se relajó, pero de nuevo volvió a tensar la cara y a apretar sus mandíbulas… Las embestidas estaban siendo lentas y espaciadas, pero al poco tiempo su ano se había dilatado tanto que el cipote entraba y salía a la perfección.

Poco a poco el movimiento se fue acelerando hasta que los gemidos comenzaron a clavarse dentro de mi cabeza. Yo también aumenté mi ritmo, quería correrme con ella, disfrutar con ella como jamás lo había hecho, y aunque fuese otro el que la tenía en sus brazos poder, aunque fuese de forma virtual, poder follarla hasta la extenuación.

Apagó su último grito con la almohada mientras mi semen salía disparado hacia el centro del hall. Un disparo de leche, dos, tres, cuatro… cuando un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y un sentimiento de vergüenza se adueño de mí mientras saltaba dentro del cuarto de baño. La bañera seguía llena de agua, y aunque fría me metí instintivamente dentro tras desnudarme torpemente. Cerré los ojos deseando que no se hubiese percatado de mi presencia cuando, tras unos segundos, escuché tras de mí como se abría la puerta del baño…

– Hola, cielo… ¿estabas en casa? – el tono de sorpresa me llevó a pensar, en forma de consuelo, que desconocía mi presencia.- Sí… he venido hace un par de horas, pero me he quedado dormido en el baño – improvisé intentando hacerlo de la forma más creíble posible.- Pues venga… Abrevia que yo también vengo cansada y necesito darme un baño – comentó mientras apuraba los últimos centímetros de su cigarrillo.

Salí del baño y me puse mi albornoz, recogí mi ropa que había quedado esparcida con la finalidad de vestirme en otro lado mientras ella se duchaba. Al pasar por el hall asomé mi cabeza por la puerta de su habitación con la seguridad de comprobar la identidad de su amante que descansaría del esfuerzo físico recostado sobre la cama. Pero allí no había nadie. Revisé rápidamente con la mirada la habitación y comprobé como la pieza estaba vacía, pero… era imposible que el amante se hubiese marchado ya… en tan poco tiempo… ¡y sin hacer ningún ruido! Volví a analizar con la mirada la habitación y comprobé como su falda, su camisa y su chaqueta permanecían en el suelo, sus bragas hechas un ovillo habían ido a parar sobre el brazo del sillón en el que tan a menudo me sentaba a masturbarme cuando me vestía con su ropa interior, y a los pies de la cama yacía su “amante”: un precioso consolador de látex, 24 centímetros de verga sumisa reluciente por la aplicación de lubricante.

Sonreí, toda aquella absurda fantasía del negro y de la tranca de ébano se resumían en un cilindro de goma. Satisfecho rememoré escenas y palabras en mi memoria para cerciorarme de cómo mamá disfrutaba sintiéndose perforada. Un abanico de situaciones nuevas se abrió ante mí… ¿Quién sabe si no sería yo el próximo en romperle el culito? Ni sus cincuenta años, ni su viudez, ni ese trabajo de mierda donde la puteaban tanto le habían hecho perder sus ganas locas por follar… Me sentí orgulloso de ella y se me olvidaron todos los reproches que a menudo me hacía.

– Mamá, he pensado en llamar por teléfono y encargar que nos traigan unas pizzas para cenar ¿Qué te parece? – le pregunté desde el otro lado de la puerta del baño. – Por mí perfecto. Entonces… de la cena te encargas tú ¿De acuerdo Tomás?

Autor: Blas Montana

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