Mi nuevo piso

Hola, me llamo Elisa y este es mi primer relato. Soy una chica de 24 años morena con el pelo largo, delgada, no muy alta 1,65 y según dicen mis amigos tengo un bonito cuerpo.

Esta historia me ocurrió hace un tiempo, cuando me fui a vivir sola a un piso, y a los pocos días de vivir allí vino para echarme una mano con la mudanza Dani, un amigo mío de toda la vida, prácticamente nos hemos criado juntos porque nuestras familias eran amigas y nos hemos llevado casi como hermanos. El tiene dos años menos que yo y es bastante guapo, pero un poco tímido, aunque la verdad, nunca me había fijado mucho en él, ya que como ya os he dicho éramos casi como hermanos.

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En el estadio

Mi verga encontró fácilmente el camino debido y se deslizó deleitosamente entre las húmedas paredes de su vagina. Ella subió, bajó y dio vueltas al ritmo del canto de cincuenta mil gargantas. Mis amigos y los suyos sabían lo que estaba pasando y fingían demencia, gritando más que los demás, lo que es mucho decir.

Jugaban los Pumas contra el América. Era el segundo partido de la temporada y los Pumas habían ganado el primero. Dirigía al América Leo Beenhakker, y a los gloriosísimos Pumas de la Universidad los dirigía, con mano de santo el gran Hugo Sánchez Márquez.

El maravilloso Estadio Olímpico Universitario, la casa de los Pumas, estaba lleno de bote en bote. Llegué con mis camaradas 45 minutos antes del silbatazo inicial, y tomé posesión de mi puesto al ladito de la Ultra-Puma, la gran barra brava. Llevaba puestos mis sempiternos Levis 505 y el jersey oficial del equipo. Ondeaba al viento mi bandera azul y oro. La noche era agradable, los colores de los Pumas llenaban el estadio, la verde grama y la negra cerveza brillaban a la luz de la luna, con la Torre de Rectoría a nuestra espalda: el América iba a morder el polvo, como debe de ser, y nosotros entonábamos el himno de la Universidad.

Adelante de nosotros se instalaron media docena de chicos de Prepa 5, que con el “Goya… Universidad”, y el “Dale, dale, dale Pumas, dale, dale Pumas, dale, dale, óooo” entonaba su porra: “Alfalfa, vacas y caca, arriba la preparatoria Coapa”. Justo frente a mí se instaló una chica cuya carga energética, cuya fuerza sexual, me jalaron desde el principio. Era alta y delgada, de larga melena negra. Brincaba con entusiasmo y exigía a la tribuna más porras, más gritos, mayor energía, carajo.

Cuando los equipos saltaron a la cancha, Hugo y el otro no se saludaron, faltaba más: era un duelo de orgullos y llevaban una semana anunciándolo. Los Pumas, como en sus mejores tiempos, arrancaron con tres delanteros, jugaban con audacia y optimismo, y al minuto 27 Verón mandó un potente zurdazo al fondo de las redes. El estadio se vino abajo y el “¡Goya…! se escuchó hasta Televisa San Ángel.

Yo miraba la espalda y las caderas de la chica, su nuca, su pelo, sus sensuales movimientos. Aprovechaba cualquier pretexto para girar. Vestía una pequeña minifalda de mezclilla que marcaba sus fabulosas caderas, dejando al descubierto sus fuertes y morenas piernas, y un jersey de los Pumas, azul y oro, debidamente fajado, bajo el cual asomaban sus grandes pechos, su esbelta cintura. La fuerza de mi mirada la obligó a voltear, sus ojazos negros, como penas de amores, se encontraron con los míos, y me sonrió. Me sonrió como deben sonreír los ángeles.

Pocos minutos después Ailton burló a dos defensas, alcanzó la línea de meta y, en lugar de lanzar la diagonal que todos esperábamos, tiró con fuerza hacia el poste izquierdo… y el estadio volvió a caerse. Era el momento de un buen toque y forjé un churrito. Al dulzón aroma de la mota, la chica volteó, volvió a sonreírme y subió un peldaño…

-¿Me das un toque…? – preguntó coqueta. -Te lo cambio por un beso, corazón.

Y me besó… y no en el cachete (¡ahh!, ¡qué juventud moderna…!). Me dio un frío, húmedo, excitante y acariciador beso, volvió a sonreírme y me tomó de la mano. Era una mano suave y delicada… dulce y fría, como la noche, como sus labios.

Nos sentamos abrazados. Olía ligeramente a sudor, rico, y su olor, su cercanía, me excitaron enormemente. Pedí una ronda de Victoria (cerveza), para todos sus acompañantes. Aspiré un par de bocanadas de motita dulce, poco consistente, y bebí mi cerveza. Su mano en la mía. El nazareno pitó el medio tiempo. Nos sentamos. Muy juntitos nos abrazamos, comentando la gran jugada de Ailton, la ubicuidad de Leandro, el garbo de Beltrán, las gambetas del Parejita… y mientras hablábamos, mi brazo la fue rodeando.

Nos acabamos el churro y tras botar la colilla, me rodeó con sus brazos y me besó otra vez. Yo acaricié su pierna desnuda, y ella respondió mordiéndome el labio y el cuello. La adrenalina, las endorfinas estaban a mil, al ritmo de los “ole” y del “como no te voy a querer… si mi corazón es azul, mi piel es dorada…”.

Al 53, Jaime Lozano aumentó la ventaja y ella se sentó en mis piernas, felices los dos, besándonos, bebiendo una nueva cerveza. Le acariciaba los muslos, las nalgas, la espalda y ella se retorcía, parecía empollar mi enhiesta verga. Entonces bajé mi bandera, cubrí con ella sus piernas y las mías, la levanté diciéndole que en la posición en que estaba no podía ver bien el partido. Cubierto con la bandera, me bajé los pantalones hasta media cadera y la volví a sentar en mis piernas.

La euforia era absoluta y la chica respondía a mis avances con caricias y besos. Busqué sus pechos debajo del jersey, sin sujetador ni estorbos. Los acaricié con gusto y dejé mi mano izquierda entre ellos mientras la derecha, en una maniobra extremadamente complicada, sacaba mi hambrienta verga al aire y hacía a un lado sus delicadas braguitas. Quisiera decirles que las rompí, mientras el estadio entero cantaba “¡Cómo no te voy a querer…!”, pero la verdad es que no pude hacerlo y debí contentarme con hacerlas a un lado.

Sus fluidos corrían como el Amazonas (la figura literaria es de una queridísima amiga y amante, a la que le he prometido contar nuestra historia en ésta página), espero que mis besos y caricias hayan contribuido, pero eran nuestros Pumas, jugando por nota, con el espíritu que Hugo les ha insuflado, quienes la tenían así… eran los cánticos, la mota, la cerveza… era la euforia colectiva, la pasión que no puede entender quien no haya estado en un estadio, en nuestro estadio, en un partido como ese.

Con su ayuda, mi verga encontró fácilmente el camino debido (y olvidé por una vez el condón… ni modo, tocará examen de Elisa), y se deslizó deleitosamente entre las húmedas paredes de su vagina. Ella subió, bajó y dio vueltas al ritmo del “¡dale, dale, dale ooo!” de cincuenta mil gargantas. Mis amigos y los suyos sabían lo que estaba pasando y fingían demencia, gritando más que los demás, lo que es mucho decir.

Mi verga entrando por sus suaves paredes… mis manos tocando sus redondos pechos… el estadio a nuestro alrededor… ella gimiendo… yo viniéndome, como el eyaculador precoz que soy (así dice en esta página)… La bandera de la Universidad, azul y oro, sirvió para limpiar el desaguisado… y ella se sentó a mi lado y me besó, como besan los ángeles… y a medio beso, un imbécil metió la de gajos en la cabaña incorrecta.

Siguieron veinticinco minutos de tensión creciente, veinticinco horas en las que ella ni siquiera me dio la mano, en los que tuvo la mirada clavada en la grama, la mandíbula trabada, el coño, el dulce coño seco… porque sólo dos minutos después el bebé Pardo metió el segundo gol del América, que se volcó al frente con el Loco, el Jorobado y el resto de su artillería pesada, logrando el empate al minuto 86…

Los diez gatos del América, custodiados por hordas de granaderos en la cabecera sur, a falta de porra propia gritaban “¡Wellum…Politécnico!” hasta desgañitarse (como si supieran leer, ya no ir al Politécnico), y nosotros tratábamos de no flaquear, de mentarle su madre al Jorobas cada vez que tocaba el balón, de maldecir a Villa, a Pardo y al Misionero… Era un empate con sabor a derrota… y más para mí, porque la chica ni siquiera volteaba a verme.

Pero… apareció nuestro talismán, el Kikín Fonseca, que remató un formidable pase de Ailton, ya en tiempo reglamentario, dándonos el necesario 4-3: un gol de los que duelen, de los que se gozan: no nos importó que cerraran las puertas y dejaran irse a la porra (diminuta), del América… Y a mi menos, porque la chica se fundió conmigo en un largo abrazo, porque metió su mano dentro de mis pantalones, me acarició la verga hasta levantarla… porque antes de irse me susurró al oído su nombre y su teléfono…

Autor: sandokan973

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Puerta

Sin estorbos recorrí toda su raja repetidamente con mis dedos, reconociendo su tacto, su humedad y el crecido clítoris; provocando que ella lo agradeciese con deseo, arqueando la cintura y abriendo las piernas con entrega. Introduje con cuidado mi dedo anular en su vagina, despacio, pero sin obstáculos, en contra de lo esperado, por lo que apreté más al perder el temor a dañarla.

Los 22 años de Leti son, francamente extraordinarios. No es demasiado alta, ronda los 160 cm., pero sus proporciones mejoran cada día. Ni demasiado delgada, ni demasiado gruesa. Un cuello fino y largo ante delgados hombros. Senos redondeados y tensos, caderas marcadas bajo una delgada cintura y muslos torneados. De esta manera embutida en sus ajustados y cortos vestidos, despierta el deseo por donde pasa. Lo que añadido a su temperamento pone fuego en sus relaciones.

Ya desde jovencita, fue así. Cuando vino a estudiar a Salamanca a nuestra casa. Su madre, hermana de mi mujer, la envió bajo la tutela de su tía, para que terminase el instituto. Confianza a la que había que corresponder, aunque no resultaba nada fácil, puesto que ya a esa edad, la jovencita, estaba adornada por atractivos atributos que acompañaba de un desinhibido comportamiento en el movimiento y en las posturas me lo hacían complicado. Tenía la costumbre de andar por casa con una camiseta de manga corta que le llegaba a medio muslo y bajo la que solo usaba unas braguitas, dejando que se le notaran los bien marcados pezones a través del tejido, se adivinaran sus nalgas en la caída y el movimiento de la tela, y se transparentasen sus piernas al trasluz. Bastante tenía yo, con guardar la compostura y disimular no darme cuenta.

Aún, no comprendo como Ana, mi mujer, no trató de corregir la situación, pues debería haber supuesto el efecto que causaba. O, quizás si lo sabía, pero lo permitía morbosamente, consciente de que yo mantendría la distancia, pues aunque no tengo nada de puritano, si suelo ser comedido. Lo cierto es que inevitablemente, aquellas visiones me llevaban a la excitación permanente, que muy a menudo notaba en la presión consecuente bajo la tela de mi bragueta. Sobre todo cuando se sentaba con las piernas cruzadas sobre el asiento del sofá enseñando, a pesar de haber comenzado por taparse, las braguitas.

A pesar de mantener una línea de respeto en las formas y de no haber insinuado el más mínimo acoso, no podía evitar fantasear con ella cuando le hacía el amor a mi mujer. Pensar que la tenía en mi brazos y que la penetraba haciéndola disfrutar, de manera desenfrenada, y disfrutando, por mi parte, de su juvenil cuerpo en la misma manera; relacionándonos en lo demás con educación y cortesía, incluso cuando las situación, por familiaridad, se hacía complicada, como es el caso de que se sentase ocasionalmente en mis rodillas, o en ocasiones de proximidad, sus pechos rozasen mi espalda al leer algo por encima de mi hombro.

Todo se empezó a enredar, en cierta ocasión en la que tuvimos que desplazarnos un grupo de amigos, demasiado numeroso, en dos coches pequeños. Un primer grupo con mujeres se adelantaron en uno, y en el otro, las seguimos, quedamos con los más jóvenes. Éramos tantos, que nos tocó sentarnos unos encima de otros, con tal fortuna que Leti fue a hacerlo sobre mis piernas. Eso sí, con su natural desparpajo. Como es natural, me resultó imposible evitar la excitación que me produjo sentir su culito sentado sobre mis muslos. Traté de impedir que se enterase de mi erección encogiéndome de manera que no presionase sus nalgas. Cosa que iba consiguiendo a duras penas a lo largo del trayecto hasta que ella cambió a una posición en la que eludir el roce era imposible. Por lo que durante un rato sentí su trasero sentado encima de mi crecida pija, entre el deseo de que siguiese y el sentimiento de culpa de estar creando una situación de acoso.

Cuando bajamos del coche, en el espacio de tiempo que hubo hasta el retorno, no dejé de mirar su cara a hurtadillas presionado por la culpa y el miedo al rechazo, y aunque nada parecía salirse de lo normal, no podía dejar de pensar que era imposible que no se hubiese dado cuenta de lo ocurrido manteniendo en secreto la acusación y el rechazo, que ya aparecería en distanciamientos. Pero que se iba a hacer, si algo surgía acusaría lo comprometido de la situación. Lo extraño fue, que al volver, ella buscó de nuevo el mismo acomodo que en el viaje de ida, causando, claro está el mismo efecto que la primera vez. Pero, está claro, que en esta ocasión, yo estaba llegando al convencimiento de que también a ella le había resultado placentero el descubrimiento. Por lo que ahora ya no traté de disimular la postura, sino de dejar una posición en la que me pudiese notar si lo deseaba.

Y así fue, su culito se apretaba distraídamente contra mi erección, por lo que al poco tiempo, yo también me apreté contra su trasero sintiendo la presión que estaba ejerciendo en él, obteniendo como respuesta el mantenimiento de la postura, lo que generó más dureza en mi crecido pijo. Todo ello con el disimulo correspondiente a una situación como la referida, en la que sólo ella y yo nos estábamos enterando de lo que ocurría. Pero que no evitó que en un determinado momento, ella apoyada con los brazos en el respaldo del asiento delantero, pusiese su chochito sentado en mi erección. Estaba a punto de reventar cuando maldije el final del recorrido, que dejó en suspenso la alucinante situación.

Tres días pasaron hasta que nos quedamos solos en casa, en los que no cruzamos una sola palabra al respeto, alguna mirada de complicidad y el reconocimiento implícito del deseo. Así, que cuando mi mujer salió de compras ese día dejándonos ante el televisor, fue cuando rompí el silencio, que no sabía cómo interrumpir, este se hacía realmente espeso.

-¿No te gustaría sentarte sobre mis rodillas, mejor que ahí? – Pregunté, como salida, no sin cierto nerviosismo dada la situación, quedando a la expectativa de su respuesta, con cierto temor al fracaso y sus posibles consecuencias, a pesar del grado de seguridad que se había generado por aquel viaje. -Claro. – Contestó también con cierto azaro, que noté en el enrojecimiento de su rostro, pero que no evitó una tímida sonrisa. Quedando no obstante, sentada donde estaba, sin duda paralizada también por esos momentos de tensión.

-Ven, entonces. –Le pedí, animándola a salir de su indecisión. A lo que obedeció, dirigiéndose hasta mí y sentándose como le había pedido. -¡Bien!, así está mucho mejor. -Comenté, dejándola sentada en una de mi piernas, con las suyas entre las mías abiertas, pasándole una mano sobre la cintura para quedar viendo de este modo el programa de televisión, al que ya no prestábamos la más mínima atención a pesar de parecerlo.

La atraje un poco hacia mí, procurando tenerla cerca, intentando reiniciar una situación similar a la ocurrida en el coche. Lo que no tardó en producirse, pues su proximidad produjo el efecto previsto de inmediato, generando el empuje deseado entre los dos cuerpos, al que yo ayudé un poco desplazando mi pelvis, gesto que agradeció manteniendo por su parte ninguna resistencia al empuje. Así estuvimos cierto tiempo, sin atrevernos a más, hasta que, sin haber mediado palabra, por no saber qué decir, y sin mirarnos, con los ojos puestos en una pantalla que no veíamos, poco a poco, comenzamos un ligerísimo y lento movimiento, correspondido por ambos, en una búsqueda de sensaciones. La mía rozarle mi endurecido deseo por su trasero, y la suya sentir su empuje y su tamaño en las nalgas. Mientras tanto, apoyaba yo mi mano por encima de una de sus rodillas, con la que comencé a recorrer su tibia y suave piel, en lentos desplazamientos hacia la cara interior, y ella se acomodaba para dejarle sitio a la caricia.

No sé el tiempo que transcurrió hasta que nos relajamos absortos por el deseo, pero una vez ocurrido, sin darnos cuenta, yo tenía mis dedos dentro de sus bragas notando, sintiendo, su sedosa humedad y ella con un brazo sobre mi cuello y la otra mano, con el brazo extendido, apoyada sobre la rodilla de la pierna en que estaba sentada, mientras movía su trasero, muy lentamente, en círculo de modo que su nalga izquierda estaba masajeando mi paquete. Moví la mano hasta la cinturilla de sus bragas, deseoso de tocarla sin estorbos, y comencé a tirar de ellas hasta quitárselas, con la inestimable ayuda de sus caderas que hicieron los movimientos justos para facilitar su salida. Y después, sin estorbos recorrí toda su raja repetidamente con mis dedos, reconociendo su tacto, su humedad y el crecido clítoris; provocando que ella lo agradeciese con deseo, arqueando la cintura y abriendo las piernas con entrega. Introduje con cuidado mi dedo anular en su vagina, despacio, pero sin obstáculos, en contra de lo esperado, por lo que apreté más al perder el temor a dañarla.

Mis dedos en su coño estaban haciendo el efecto deseado haciéndole mover las caderas al compás de su roce y obligándola a llevar su mano hasta mi bragueta en la que buscó identificar y sentir mi polla a la que se agarró a través del pantalón, deseando reconocer su excitación y su forma, pasando la mano a lo largo de ella ansiosa y repetidamente. Sin duda, su sexualidad, sujeta hasta entonces a sus propias caricias se encontraba sobre excitada por la presencia, por primera vez, del otro sexo, con un resultado diferente al que sus masturbaciones, como se adivinaba por la facilidad de la entrada de mi índice y anular, le habían producido; pues en muy corto período de contacto, su pequeño cuerpo se retorcía de placer al paso de mis manos, runruneando, a la vez, como única conversación.

Comencé a desabrocharme el pantalón mientras chupaba sus duros pezones, erectos sobre dos pequeños senos, duros y tersos, después de extraer del bolsillo posterior un preservativo que dejé sobre la mesita de al lado, y tras abrir la bragueta tiré del pantalón y el slip hasta quitármelo, mientras ella se sentaba al lado en el sofá, sin dejar de mirar mi erección a la que llevó sus manos nada más que las mías volvieron a su chocho y sus pezones. Mientras sus pequeñas manos me rodeaba la polla, casi sin abarcarla, y me movía de arriba abajo desplazándose, arrastrando la piel que descubría, en un pausado, vaivén mi enrojecido glande, le pregunté si le resultaría violento que la penetrase.

A lo que contestó, con cierto rubor, pero con seguridad que le gustaría. Así que con un escorzo, mientras ella se entretenía con una mano recorriendo mi falo y la otra palpando mis testículos, alcancé el preservativo sin retirar la otra mano de su empapada raja, y tras romper su envoltura, comencé a colocármelo pidiéndole que terminara ella de extenderlo. Lo que hizo pasando su mano en repetidas ocasiones desde mi glande hacia abajo con presión suficiente como para que se fuese desenvolviendo, hasta que el recorrido llegó al límite de los testículos consiguiendo que aún se me empinara más de lo que estaba.

Tiré de sus hombros hacia atrás hasta que quedó recostada con la espalda en el brazo del sofá de modo que el cuello lo apoyaba en su parte superior. Empujé levemente sus rodillas hacia los lados y me ayudó separando las piernas que dejó suspendidas en el aire, medio encogidas. Me coloqué entre ellas apoyando mis manos a sus costados con una rodilla en el asiento del sofá y un pie aún en el suelo. Tomé mi endurecido pijo, con una mano mientras me apoyaba en la otra y lo fui orientado hacia su conejito tratando de entrar en el, con su ayuda la punta encontró el sitio y comencé a empujar despacio, pero continuadamente. A medida que entraba su cara esbozó una mueca de dolor y placer. Con los ojos cerrados, el ceño fruncido y la boca entre abierta exhaló un suspiro largo, casi en murmullo, para llegado al fondo, relajar el gesto en una expresión de satisfacción.

En la posición en la que estábamos, arqueé el cuerpo manteniéndome los más profundamente que podía, y alargué mi cuello para alcanzar su boca y entregarle, tras un beso mi lengua, de la que, me sorprendió por inesperado, comenzó a chupar suavemente mientras que sus caderas se agitaban debajo de mi empuje rítmico. Durante un corto período de tiempo fue incrementando el ritmo de su vientre hasta hacerse vivo, y acompañarse de exhalaciones, que del mismo modo elevaban el tono. De repente se abrazó a mi cuello con fuerza apretándose contra mí. A lo que correspondí hundiendo todo lo que pude mi pijo en ella con fuerza hasta después de tensarse como un arco, se relajó de repente, su cuerpo se convulsionó en tres espasmos, abrió los ojos y apareció una espléndida sonrisa en su rostro para decir: -Ahora tú.

La verdad es que no necesité mucho. Tras un pequeño inciso; en el que acomodé mis brazos de modo que apoyado en los codos mis antebrazos pasaban por sus costado bajo los suyos y mis manos se cerraban con la palma hacia arriba alrededor de sus hombros, comencé una serie de embestidas hundiéndome todo lo que podía en ella, que hicieron que el placer se fuese concentrando cada vez más en la punta de mi polla, hasta que reventó en convulsiones soltando el contenido almacenado en mis testículos como una sensación de celofán insonoro recorrió el interior de mi uretra, para quedar después desmadejado sobre su pequeño cuerpo.

Autor: perverso_s

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Amigo

Juan es un perfecto amante, pensé que yo se lo había enseñado casi todo y que lo llevaba muy bien a la práctica, él fue muy tierno conmigo, empezó a chuparme el coño, yo le chupé su polla, haciendo al final un 69, cuando ambos nos sentimos preparados, muy lentamente me penetró, llegando al orgasmo casi al mismo tiempo. Levanté la cabeza y vi que mi marido también acababa de correrse.

Llevábamos ya 10 años de casados, y nunca había visto a mi mujer Irene hacerle una mamada a otro hombre, y pensé que me gustaría verlo, como sabía que a ella también le gustaría, se lo propuse y aceptó.

Para ello, que mejor que Juan, este eterno amigo, con el que nos conocíamos tan bien y que teníamos ambos tanta confianza, así que se lo propuse, y no dudó nada en aceptar. Esa misma noche vino a casa a cenar, mi mujer y él se sentaron en el sofá, y yo en una butaca. Irene se puso de rodillas entre las piernas de Juan, comenzó desabrochándole los pantalones y se los bajó hasta las rodillas, ella ya veía el bulto que tenía bajo los calzoncillos, ansiosa como estaba, se los bajó deprisa, pudo ver su miembro, algo mayor y más grueso que el mío, que apuntaba hacia el techo. Yo me saqué mi polla y empecé a cascármela viendo el espectáculo.

Irene abrió tanto como pudo su boca y se lo colocó todo dentro, creía que se ahogaría. Continuó con un ritmo lento y suave que excitó mucho a nuestro amigo, este, adelantándose un poco, cogió con una mano un pecho de mi mujer, que lo agradeció con un murmullo. No contento con esto, introdujo la mano por entre el escote, liberó los pechos de mi mujer del sujetador, y continuó la acción sin que la ropa fuera un estorbo, hasta que se corrió en la boca de Irene.

Ella se subió un poco la falda para poderse sacar las bragas, mientras nos proponía masturbarnos los tres juntos, la habitación olía a sexo. Me senté al otro lado de Irene, ella quedó entre Juan y yo, levantándose un poco la falda y abriendo las piernas, empezó a frotarse su coño violentamente, Juan y yo no parábamos de cascárnosla, yo fui el primero en correrme, Irene la segunda, y a continuación Juan otra vez. Después de esta experiencia, cenamos tranquilamente, comentando lo divertido que había sido, y lo bueno que es tener un amigo para poder compartir estas cosas.

Mi marido acaba de contaros lo que sucedió con Juan, pero quiero daros mi versión. Ya llevábamos diez años casados, más otros cinco de novios, es el tiempo que hacía que no tenía en la boca otra polla que no fuera la de Luis, mi marido. Si tengo que deciros la verdad, no lo echaba a faltar, mi vida con él es muy buena, y sexualmente nos entendemos a la perfección, pero cuando me lo dijo, acepté enseguida, y más tratándose de Juan, este amigo con el que vamos a todos los sitios, es muy agradable conmigo, nos tenemos una sinceridad mutua, cuando sale con alguna chica, nos cuenta todas sus penas y sus alegrías, muchas veces le he dado consejos de cómo tratarlas, qué hacer con ellas, que nos gusta a las mujeres, etc., incluso le he acompañado de compras, escogiendo yo los calzoncillos que tenía que ponerse en las citas con sus novias.

El, por su parte me ha hecho compañía muchas veces que mi marido está de viaje por asuntos de trabajo, pero no penséis mal, sólo compañía, viniendo a cenar o incluso quedándose a dormir en casa cuando Luis no está, para que no me sienta sola. Evidentemente yo si me había masturbado alguna vez pensando en él, y seguro que él también lo habrá hecho pensando en mí, pero ¿qué mujer no lo ha hecho pensando en sus amigos o los de su marido? Algunas veces, como él tiene mucho tiempo libre, me ha acompañado de compras, me gusta ir con él porque tiene más paciencia que Luis, puedo probarme ropa horas y horas, y no sólo no se queja, si no que me aconseja y me dice que me sienta bien o no. Nuestra confianza es tal que algunas veces he ido a comprar ropa interior con él. Muchas de las veces que vamos de vacaciones nos lo llevamos con nosotros e incluso hemos compartido habitación de hotel cuando el presupuesto no nos alcanza para más.

Pero todo esto que os he explicado no significa para nada que haya habido ningún contacto sexual entre nosotros, ni tan solo me había visto desnuda, ni yo a él, lo más con ropa interior cuando íbamos de compras y entraba en el probador para ver cómo me quedaba una prenda, o compartiendo habitación, cuando nos cambiábamos, eso sí, comentábamos con él hasta las más íntimas cosas de nuestra vida sexual, con la mayor naturalidad del mundo, por todo esto es lo que pensé que él sería la mejor persona del mundo para hacer esto, incluso pensé que si no hubiese sido él, al contárselo podría haberse ofendido.

Mi marido se lo propuso por teléfono, aceptó enseguida, cuando llegó, tengo que reconocer que estaba nerviosa, me había pasado toda la tarde arreglándome, tampoco sabía exactamente por qué, pero incluso me había depilado la ingle, a pesar de que se trataba de que yo le hiciera una mamada, y él no tenía por qué verlo. Me puse un conjunto de ropa interior que sabía que a él le gustaba, porque una de esta veces que fuimos de compras, yo no tenía pensado adquirir nada de ropa íntima, pero él lo vio e insistió tanto en que me lo probara, que acabé por ponérmelo, cuando lo vio puesto dijo que era perfecto, que realzaba mucho mi pecho, además, quiso pagarlo, por lo que en definitiva era un regalo suyo. Mi marido estaba ansioso por empezar, no lo dijo, pero lo noté, él se sentó en la butaca, dando a entender que nos sentáramos juntos en el sofá, como yo también tenía ganas, enseguida sin decir nada me puse de rodillas entre sus piernas, supongo que Juan estaba un poco extrañado por la velocidad con que iban las cosas, pero me gustaba.

Le bajé los pantalones lo más que pude, vi que se había puesto uno de los calzoncillos que yo le escogí una vez, el sabía que me gustaban, pero al ver el bulto que tenía, me sorprendí e impaciente a la vez, quería verlo, por eso tardé tan poco en bajárselos, no sin antes acariciar todo su paquete por encima de ellos, para excitarlo más. Su miembro resultó ser mejor de lo que esperaba, incluso mejor que el que mi mente dibujaba cuando me masturbaba pensando en él, tenía ganas de tenerlo todo en la boca, quince años sin probar otro, añadido a la excitación que ya sentía, me pusieron impaciente. Chupar pollas siempre se me ha dado bien, mis anteriores novios o amantes me lo decían siempre, además él lo sabía, ya que era uno de los cometarios que muchas veces le hacía Luis, y lo de mis antiguos amantes también.

Me esmeré en que él lo apreciara, hice una combinación entre los labios y la lengua que le excitó muchísimo, veo que se incorpora y dirige su mano a mi pecho, yo no lo esperaba, pero me gustó, miré de reojo a Luis para ver qué cara ponía, ya que podía no sentarle bien, pero no, estaba más que contento, además, no quería que aquello se limitara a que yo diera gusto y él recibiera. Por aquel entonces ya tenía mi coño encharcado, vi que Luis tenía la polla fuera y se estaba masturbando, me moví un poco para que pudiera entrar su mano por el escote, él lo apreció enseguida, y no tardó en hacerlo, además, desabrochó el sujetador, cosa que ya me había hecho otras veces, porque soy de estas mujeres que le cuesta llegar a los corchetes, y cuando vamos de compras siempre se lo pido, realmente sabía cómo tocármelas, no me extrañó, yo misma le había dado muchos cursos teóricos de ello, por lo tanto conocía mis gustos.

Se corrió a gusto en mi boca, la llenó toda de leche, era agradable probar otro sabor quince años después, pero creo que nunca nadie me la había llenado tanto. Yo estaba muy caliente, las bragas las tenía que casi goteaban, necesitaba hacer algo, y se me ocurrió continuar un poco más el juego, me las saqué colocando mis manos debajo de la falda, me senté a su lado, le dije a mi marido que se sentara al otro extremo, y les propuse masturbarnos los tres. Sin esperar su respuesta, que además ya sabía, me levanté la falda, abrí las piernas lo máximo que pude y con los dedos de una mano me acariciaba el clítoris, mientras que de la otra mano introduje varios dedos en el coño. Sabía que Juan lo estaba viendo, por lo que pensé que a pesar de acabarse de correr, la vista que tenía sería suficiente para excitarse otra vez, y así fue, el primero en correrse fue mi marido, no me extraña, con el espectáculo que había tenido, después yo, y finalmente Juan. La habitación olía a una mezcla de mis flujos y la leche de estos dos hombres.

Sin ponerme las bragas, eso sí, abrochándome el sujetador, mejor dicho, Juan me lo abrochó, cenamos, comentamos lo ocurrido, Juan confesó que algunas veces después de ir de compras conmigo, había tenido que masturbarse a mi salud, yo le dije que también algunas veces yo también lo había hecho pensando en él, cosa que le gustó. Hablamos de lo bien que me había quedado el pubis depilado, solo dejé una fina tira de pelo en V, apuntando hacia mi clítoris, me levanté, subiéndome la falda hice un pase para que lo vieran mejor.

Después de la cena, le comenté a mi marido, que lo de que él viera como chupaba otra polla estaba muy bien, pero le pregunté si le gustaría ver cómo me chupan a mí el coño, aprovechando que Juan estaba allí, sería un buen momento. Ni que decir tiene que les pareció muy bien a todos, entonces yo me saqué la blusa que llevaba y la falda, quería estar totalmente desnuda, Juan me sacó el sujetador, me dirigí de nuevo al sofá, no sin antes hacerles un pase para que vieran mi cuerpo entero. Yo le exigí que también se desnudara por completo, quería disfrutar de esta maravillosa vista, sin darme cuenta ya estaba en pelotas, me estiré en el sofá con las piernas completamente abiertas, Juan, conocedor exacto de mis gustos (de esto también le había dado clases teóricas), empezó por jugar con mi clítoris y su lengua, mientras que con las dos manos acariciaba mi pecho, y hacía presión en los pezones, después, siguiendo con el juego de lengua, introdujo, primero uno, y después dos dedos en mi coño, moviendo dentro uno de los dedos en forma de gancho para tocar mi ponto G, hasta que me corrí violentamente.

Descansamos un ratito, pero ninguno de los dos se molestó en vestirse, el único que llevaba la ropa era mi marido. La noche había resultado interesante. Entonces fue cuando Juan dijo que cada uno de nosotros había propuesto una cosa, y se había hecho, y que ahora le tocaba a él, yo me temía lo que quería, por lo que me asusté un poco, pero mi marido dijo que era justo, y que propusiera. Juan dudó un momento, supongo porque vio que yo me lo imaginaba, y no había mostrado ninguna alegría, hasta que se lanzó y dijo que quería follarme. Realmente era lo que me temía, no sabía si estaba preparada, una cosa son estos juegos y la otra es dejarme follar, y así se lo manifesté. Mi marido dijo que a él no le importaba si era con Juan, ya que somos muy amigos, y que además sabía que llevaba tiempo sin hacerlo, pero que tenía que decidir yo, Juan dijo que sentía mucho haberse pasado con la proposición, pero yo le dije que no había problema, nos teníamos mucha confianza, tanta como la que yo podía tener para negarme, sin que esto afectara para nada nuestra amistad.

Continuamos charlando largamente, en ningún momento Juan insistió en el tema, además todos estábamos muy contentos, repasamos todo lo que habíamos hecho aquella noche, el buen recuerdo que había quedado, también lo de nuestra amistad, yo les dije que por ningún motivo quería que lo de hoy significara un cambio, y que no sabía si otro día podríamos repetirlo, pero no tenía que ser una cosa habitual, quería continuar teniendo a este maravilloso amigo, que me siguiera acompañando de compras, que siguiera viniendo de vacaciones con nosotros o que viniera a dormir en casa cuando Luis no estaba, para que no me sintiera sola.

Por mi mente pasaban cosas, ¿realmente tenía ganas de follármelo y decía que no por un tabú? ¿Si quería hacerlo, quien mejor que Juan? ¿Se presentaría otra oportunidad como aquella? Entonces me levanté, dirigiéndome al pasillo totalmente desnuda como estaba, cuando llegué a la puesta giré y les dije: ¡seguidme! Entré corriendo a la habitación, cuando llegaron yo estaba completamente estirada sobre la cama, y mirando a Juan le dije: “¡Fóllame!, pero hazlo como un amante, imagina que por un rato soy solo tuya”. Se acercó a mí, me cogió por la cintura levantándome de la cama, y acercó su boca a la mía dándome un cariñoso beso.

Nuestras bocas se abrieron, nuestras lenguas empezaron a jugar, duramos así largo tiempo, me sentía muy bien, Juan es un perfecto amante, además, pensé que yo se lo había enseñado casi todo, y que lo llevaba muy bien a la práctica, Luis se sentó en la silla que tenemos en la habitación, completamente callado, Juan fue muy tierno conmigo, empezó a chuparme el coño, yo le chupé su polla, haciendo al final un 69, cuando ambos nos sentimos preparados, muy lentamente me penetró, llegando al orgasmo casi al mismo tiempo. Levanté la cabeza y vi que mi marido también acababa de correrse.

Estábamos los tres muy agotados, entonces mi marido se levanta y le dice a Juan: “Te confío por esta noche a mi mujer, no lo haría con nadie más en el mundo, pero a ti sí, quiero que os lo paséis muy bien, mañana ya os despertaré”, y diciendo esto, salió de la habitación cerrando la puerta. Parecía que había leído mis pensamientos, quería estar a solas con Juan. Dormir, lo que se dice dormir, poco lo hicimos. Cuando mi marido vino por la mañana, hacia las 11, nos encontró follando, justo cuando Luis me penetraba por el culo, evidentemente no lo interrumpimos, además, yo casi ni me di cuenta que él estaba allí.

Se sentó al lado de la cama, y nos preguntó que tal lo habíamos pasado, yo le respondí que si me prometía no enfadarse se lo contaría. “¿Enfadarme? ¿Por qué?” dijo. “Es que Juan se ha corrido por lo menos siete veces esta noche, y yo muchas más”, le contesté. El nos dijo que desde la habitación de al lado se oía perfectamente, y que ya lo sabía, resultaba que ninguno de los tres había dormido. El resultado de aquella noche fue que nuestra amistad no sólo se mantuvo, estaba fortalecida, la única diferencia es que cuando viene a casa a dormir porque estoy sola, las cosas ya no son tan inocentes.

Según Juan.

Cuando mi amigo Luis empezó a salir con Irene, me pareció perfecto, era una chica no sólo atractiva, era muy simpática y aceptaba la amistad que tenía con Luis de manera muy natural. La verdad es que durante este tiempo, muchas veces sentí que estaba demasiado en medio de esta pareja, pero ellos me atraían, jamás noté el menor signo de reproche por su parte. Tal como ha contado Irene, muchas veces salíamos juntos, incluso de vacaciones compartiendo habitación, Irene era mi mejor amiga sin duda, ella me enseñó muchas de las cosas que sé del sexo, me aconsejaba en cada cita que tenía. Yo por mi parte intentaba ayudarla en lo que necesitaba, le acompañaba de compras o iba a dormir en su casa cuando Luis no estaba para que no se sintiera sola. Luis me tenía mucha confianza, no es normal mandar a un amigo a dormir en casa con su mujer cuando no está.

Referente al sexo, lo tenía muy asumido, era mi mejor amiga y la mujer de mi mejor amigo, no quería para nada romper esta mágica combinación. Claro está que cuando veía a Irene en ropa interior yo me excitaba, pero sabía que ella no lo hacía para calentarme, era fruto de la confianza nada más.

Recuerdo que una de las veces que estaba en su casa por la noche a solas, hacía mucho calor, yo me saqué la camiseta que llevaba, quedando solo con los pantalones, Irene llevaba una blusa muy fina y una falda, veía que no usaba sujetador, cosa bastante normal cuando estaba por casa, ella comentó la suerte que tenía de ser hombre y poder estar así, entonces yo le dije que ella también podía, se lo pensó un momento, se puso de pie, e hizo el gesto de sacársela, pero cuando ya le quedaba justo por debajo de los pechos, bajó otra vez las manos, comentando que no era correcto, pero si se sacó las braguitas, dijo que el coño también le sudaba, y así estaría más fresca.

Me gustaba ir de compras con ella, no sabía explicar por qué, pero nos lo pasábamos bien, incluso tengo algunas anécdotas como cuando las dependientas nos tomaban por pareja, ella me tenía tanta confianza que incluso compraba ropa interior, y me dejaba ver cómo le quedaba, o en los casos que probándose ropa, yo me quedaba dentro del probador viendo como se desnudaba y volvía a vestir, eso sí, siempre en ropa interior.

Cuando me llamó Luis y me preguntó si quería que Irene me hiciera una mamada, no me lo creía, tuvo que ponerse al teléfono Irene para confirmarlo, no perdí tiempo en nada, rápidamente me dirigí a su casa, allá estaban los dos, muy contentos, primero pensé que me habían gastado una broma, pero Irene me lo confirmó enseguida cuando se puso entre mis piernas, abriéndome la bragueta, el resto de la historia ya la sabéis.

Autores: pareja-cachonda

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Polvo a primera vista

Estábamos tan calientes que lo hicimos allí mismo, de pie, yo a su espalda había iniciado un tremendo mete-saca que controlaba con mis manos en su cintura, ella levemente inclinada hacia delante, con las botas puestas, ofreciéndome una magnifica visión de mi pene perdido entre sus labios vaginales, aprovechaba que tenía las manos libres para acariciarse los pechos y el clítoris.

En cuanto la vi no puede apartar mi mirada de ella. No es que fuese especialmente guapa, pero tenía un algo que me atraía enormemente. Medía alrededor de 1,70 y seguramente le sobraban un par de kilitos, que por fortuna la dotaban de una magnífica delantera que a mi se me antojaba de lo más apetecible, especialmente cuando se movía al compás de la música (libre de las trabas del sujetador como comprobé más tarde).

Era morena, llevaba el pelo a la altura de los hombros, ojos color miel y cara redonda aderezada con algo de maquillaje. Lo más sobresaliente eran sus labios, anchos y apetitosos, pintados de un rojo intenso. Sus mofletes y sus hombros, visibles gracias al escueto top rojo que llevaba, estaban salpicados de pequeñas motas de brillantina.

Sus anchas caderas y parte de sus piernas estaban cubiertas por una ajustada minifalda vaquera que acababa por encima de las rodillas, y unos cuantos centímetros por debajo de estas comenzaban unas botas de lo más excitantes, no es que yo fuera fetichista, pero hay cosas que son irresistibles, y en ese momento la mayor parte de mi sangre no iba a mi cerebro sino a mi entrepierna, mi cabeza comenzaba a hacer elucubraciones y pensé que nada se perdía por probar.

Me acerqué a ella y esperé que en uno de sus giros quedase mirando hacia mí, cuando lo hizo toda la táctica pensada anteriormente se vino abajo y sólo atine a decir: ¡Hola! junto a la mejor de mis sonrisas. Aún así lo supe, sus ojos y su sonrisa me lo confirmaron, llevaba tiempo en dique seco pero sabía que esa noche triunfaría. Sus amigas enseguida dejaron hueco (cosa rara, pues acostumbran formar un muro impenetrable) y eso incrementó mi confianza.

Tras una pequeña e insustancial charla estaba bailando con Paula (ese era su nombre) y al poco mis manos se habían desplazado de su cintura a su culo sin que ella pareciera quejarse, más bien al contrario, puesto que se pegaba más a mi y se rozaba contra mi entrepierna aumentando mi considerable erección, que ya se hacía molesta atrapada en el pantalón. Cada vez bailábamos menos y nos acariciábamos más, nuestros labios se juntaban y coincidían a la perfección, mi lengua disfrutaba del interior de su boca y su lengua de la mía.

De vez en cuando besaba su cuello y sus orejas pero siempre volvía a su boca, lamía sus labios con mi lengua y los mordisqueaba. En ese momento la tenía acorralada contra la pared, ella metió una mano bajo mi camiseta, el contacto de sus dedos con mi espalda fue electrizante, para corresponderla lleve una mano hasta una de sus tetas, con timidez al principio, tan sólo sujetando la parte baja de su pecho en el arco de mi mano, ante sus gemidos de satisfacción, mis manos, como si tuviesen vida propia comenzaron a acariciar sus tetas sin ningún pudor. Iba a proponerle ir a un sitio más tranquilo, cuando ella me soltó de repente, con una voz melosa y excitada:

– ¿Quieres tomar una copa en mi casa? (uff, su casa, eso eran palabras mayores, mi día de suerte), debí de quedarme con cara de bobo mirándola, por que me preguntó. -¿Que pasa, no quieres … ? -Si, si claro, perdona, es que estaba perdido mirando lo guapa que eres. (Cursi pero eficaz)

Una sonrisa y de nuevo nuestras bocas entrelazadas en un profundo beso. Nos despedimos de nuestros respectivos amigos y salimos hacia su casa, por suerte vivía cerca.

En cuanto cerró la puerta me abalancé sobre ella, la tenía aprisionada entre la puerta y mi cuerpo, apretaba con fuerza su pecho contra el mío, restregaba mi entrepierna contra su vientre, pero se ve que Paula prefería llevar la iniciativa porque me mordió con fuerza en el labio y me empujo para alejarme de ella. Me cogió de la mano y me hizo sentar en un sofá, puso música suave y comenzó a bailar sensualmente.

Empezó a masajear sus senos por encima de la camiseta, eran grandes y estaban hinchados, sus pezones se marcaban bajo el top, intenté levantarme pero no me dejo, así que opte por quitarme yo mismo la camiseta y los zapatos, casi al mismo tiempo ella se quitó la parte de arriba, tenía unas tetas inmensas, que gozada. Luego se desprendió de la falda, quedándose solamente con las botas (que le pedí que no se quitase) y unas pequeñas bragas de encaje de color azul claro.

Se acercó de nuevo a mi y se sentó sobre mis rodillas, dejando sus tetas a la altura de mi boca, no lo dudé un instante, me abalancé sobre ellas y comencé a besárselas alternativamente, luego tomé un pezón con mis labios y empecé a chuparlo con delicadeza mientras amasaba su otra teta con una mano. La mano que me quedaba libre, por supuesto, no permanecía ociosa, la había introducido bajo sus braguitas y acariciaba su culo, se notaba que estaba disfrutando, gemía suavemente y me pedía que continuase (me encanta que hagan eso), tras estar un rato así e intercambiar un par de nuevos besos se separa de mi y me desabrochó los pantalones.

Al ponerme de pie para facilitarle la tarea, Paula logró bajarme los pantalones y los bóxer en un sólo movimiento. Mi polla saltó como un resorte ante la falta de obstáculos yendo a golpear su cara, con lo que ambos sonreímos. Terminé de quitarme la ropa mientras ella me masturbaba. Luego como si fuera lo más natural del mundo metió mi polla en su boca y comenzó a mamármela; no parecía tener mucha práctica, pero yo tampoco había disfrutado demasiado de los placeres del sexo oral, de modo que me encontraba en la gloria.

Estaba disfrutando muchísimo, pero quería corresponderla, la levanté deseando chuparle el coño pero ella no me lo permitió, se quitó las bragas y me pidió que la penetrara, que estaba a cien. Yo llevé una mano a su vagina tocándola dulcemente y comprobando que era cierto lo que decía, mi mano salió empapada de flujo.

Estábamos tan calientes que lo hicimos allí mismo, de pie, yo a su espalda había iniciado un tremendo mete-saca que controlaba con mis manos en su cintura, ella levemente inclinada hacia delante, con las botas puestas, ofreciéndome una magnifica visión de mi pene perdido entre sus labios vaginales, aprovechaba que tenía las manos libres para acariciarse los pechos y el clítoris. Cuando me di cuenta de que no estábamos usando condón ya era tarde, se lo dije entre jadeos, pero ella deseaba sentir mi corrida dentro suyo.

El momento se acercaba, yo ya no podía aguantar mucho más cuando sentí que ella se corría, sus murmullos, sus movimientos, las contracciones de su vagina, parecía estar teniendo un orgasmo impresionante, traté de parar mi movimiento para dejarla disfrutar de su momento de placer pero fue imposible, sentí como yo también me venía y solo atiné a decir.

-Me corro.

Mi semen caliente la invadió en un par de lechazos. Tras esto nos derrumbamos en el sofá, sin decir nada, no era necesario. Ambos sabíamos que no significaba nada y lo significa todo. Había sido, un polvo a primera vista.

FIN.

Este es mi primer relato, así que espero que os haya gustado. Supongo que tendrá un montón de errores así que agradecería que me mandaseis todos los comentarios constructivos que queráis.

Autor: CasiRocco

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Una experiencia vivida

Los dos nos masturbábamos mirándonos el uno al otro. Casi no podía rozar mi clítoris, cada vez que mi dedo lo rozaba se me aflojaban las rodillas hasta el punto en que tuve que apoyarme a la pared para no caer. Se giró, echó su cuerpo hacia delante y empezó a brotar de su polla tal cantidad de leche que parecía no tener fin,  Al igual que él me retorcía y mordía mi lengua para evitar gritar.

Me disponía a chatear un rato pero… no tengo línea en Internet, que tal si aprovecho el tiempo relatando alguna experiencia vivida, hay muchas, pero una que me sucedió hace poco ronda todavía en mi pensamiento. Perdón, aún no me he presentado, me llamo… eso que importa, tengo 22 años.

Una mañana salí del trabajo y tenía la tarde libre. No tenía planes, ni prisa por llegar a casa, por lo que me dispuse a dar un paseo por la ciudad, tras dar un par de vueltas, y visitar algunas tiendas, caminaba por una céntrica calle cuando me empecé a fijar en un chico que caminaba delante de mí. Me llamó sobre todo la atención la forma de caminar y el ligero arqueo que hacían sus piernas, siempre me han llamado la atención los hombres con los pies un poco arqueados, parece que nos les cabe lo que llevan entre piernas y no los pueden juntar.

Tras seguirle un rato sentía curiosidad por verle de frente y aligeré mi paso para pasarle, ¡joder¡ si no es porque se para frente al escaparate de una tienda de deportes no lo consigo nunca, más que caminar parecería volar, le sobrepasé y esperé un poco más arriba frente a otro escaparate, esperando su paso. No me equivoqué, su vista de frente superaba a la trasera, pasó delate de mí y parecía muy distraído, ni se percató de mi presencia, seguí tras él y unos metros más arriba se metió en una cafetería, no estaba mal tomar un café, me hacía falta.

Él se sentó en la barra y pidió una caña, yo en una mesa a dos metros de él, me senté de forma que me quedara enfrente, pedí un café y lo tomé con calma disfrutando de la vista, le observaba detalladamente, desde su ropa hasta las partes de su cuerpo que quedaban al descubierto, tenía unos brazos fuertes llenos de venas dilatadas por el calor, su corte de pelo era perfecto, reciente diría yo. Pocas veces me había pasado, pero sólo de mirarle estaba excitadísima, instintivamente mis muslos se movían y apretaban, se rozaba el uno al otro y me daba algo de placer, pero algo me jodía, y era que todavía no se había percatado de mi presencia, tenía que hacer algo para que se fijase en mí, pero a la vez no quería llamar mucho su atención, no quería que me tomara por una chica fácil.

Me levanté para ir al baño con la intención de pasar a su lado, y justo cuando lo hacía con un movimiento disimulado y que pareciera accidental hice que mi bolso tropezase su trasero, se giró y me miró a los ojos, ¡perdón! le dije, y me guiñó un ojo. ¡Tranquila! respondió. Seguí mi paso hacia el pasillo que conducía a los aseos, y justo antes de entrar en él giré mi cabeza y vi como me miraba sin perder detalle. No lo creerán, pero me ruboricé un poco, sentí como un fuego en mi cara y el corazón me latía a mil. Entré en el aseo y simplemente me miré al espejo, me veía guapa, toqué mis pechos, dibujaba su forma con mis manos hasta llegar a mis caderas, me estaba excitando más aún, saqué de mi bolso mi frasquito de perfume y me eché un poco. Pero no podía tardar mucho, él podría marcharse.

Salí y justo cuando iba por el pasillo le vi venir de frente, uff casi me da algo no sabía como reaccionar, el pasillo era algo estrecho, nos quedamos los dos parados, cada uno en un extremo esperando que el otro pasara primero, tras unos segundos me hizo un gesto con la mano para que pasase yo primero, le respondí con el mismo gesto, pero ninguno se movía, me decidí yo aunque no quería. Pasé y me dijo: ¡hasta luego! a la vez que pude ver como respiraba profundamente, creo que con su inspiración arrancó todo el perfume de mi cuerpo, le miré y sonreí. Algo me decía “da la vuelta, entra otra vez ” y sin pensarlo más, hice como si se me hubiera olvidado algo y volví a entrar. Los aseos estaban justo uno frente al otro, y él, (supongo que no esperaba que entrase nadie), había dejado la puerta abierta, entré al mío no sin darme tiempo de ver como estaba meando en un urinario muy separado de este y concentrado en donde apuntaba su chorro.

Cuando sintió mi presencia, se sorprendió un poco y dio un ligero paso al frente para taparse, mientras me clavó su mirada con cara de sorpresa y de algo de vergüenza diría yo, volví al espejo y tampoco cerré la puerta del todo, la dejé entreabierta de forma que le podía ver a medias, disimuladamente miraba a mi derecha para observarle, él seguía allí, de pie con su aparato en la mano mientras yo tocaba mi cuerpo de forma disimulada y a la vez provocadora. Sentía como perdía mi fuerza, las rodillas me temblaban como nunca, y mis manos estaban mojadas, ya habían pasado un largo rato y él seguía meando, imposible que lo hiciera no creo que una meada pueda ser tan larga.

Por un segundo me rondó la cabeza el dejarlo todo y salir de allí a toda prisa, me estaba dando miedo la situación. Al fin y al cabo no le conocía de nada y quien sabe si era una persona peligrosa o era un chico sano. Di un giro como para disponerme a salir del aseo y le vi de frente, le miré justo a la cara y vi como él desviaba mi mirada, ese gesto me hizo suponer que se trataba de un chico tímido que al igual que yo solo quería un poco de emoción, ante esto di un paso atrás y volví ante el espejo, esta vez la puerta se había quedado más abierta y nos podíamos ver con total claridad.

Supongo que él interpretaría mi intención pues se apartó un poco del urinario dejando a mi vista su polla que por cierto, había alcanzado un tamaño considerable, mientras con su mano y muy despacio hacia el movimiento de masturbación, tan despacio que podía ver como ésta le temblaba. No te puedes imaginar el número de sensaciones que tal situación producían en mi cuerpo, morbo, curiosidad, miedo, todo en un mismo momento. Pocas veces me había sentido tan excitada, tanto que sentía mis bragas mojadas como nunca.

Pero… ¿qué iba a suceder? ¿Que vendría detrás de aquello? ¿Nos decidiríamos a juntar nuestros cuerpos? Mil ideas rondaban mi cabeza mientras pasaba el tiempo y ninguno se decidía a dar un paso, a subir otro nivel.

En todo esto vi como se guardó su polla y salió de prisa. ¡Plaff! ¿Que pasó? Por un momento pensé que su timidez le pudo, pero al segundo vi que no, él volvía por el pasillo, imaginé que saldría a controlar si había peligro fuera. Me guiñó un ojo y con un gesto de cabeza me dio a entender que no había peligro. Por un momento pensé que entraría en mi aseo, pero no fue así, volvió al suyo y tomó la misma posición que en el momento anterior, volvió a sacar su polla y empezó a masturbarse esta vez con más rapidez que antes.

Yo no quitaba los ojos de su polla, metió su mano y sacó también sus huevos quedando todos sus atributos a mi vista. Yo me había quedado un poco confusa, sin saber que paso dar ni como reaccionar, no parecía querer un contacto físico simplemente una situación morbosa y diferente y así fue. Con esta idea me tranquilicé un poco más y tomé un poco de confianza en el momento, asomé un poco la cabeza al pasillo y al comprobar que no había ningún tipo de movimiento, decidí entrar en acción.

Levanté ligeramente mi falda y metí mi mano dentro de mis braguitas, él cerró sus ojos y se mordía el labio con tanta fuerza que casi se lo parte, sin dejar de mover su mano. Yo hacía lo mismo, los dos nos masturbábamos mirándonos el uno al otro. Casi no podía rozar mi clítoris, cada vez que mi dedo lo rozaba, se me aflojaban las rodillas hasta el punto en que tuve que apoyarme a la pared para no caer. Se giró hacia mí, echó su cuerpo hacia delante y empezó a brotar de su polla tal cantidad de leche que parecía no tener fin, mientras se retorcía y no podía evitar soltar algún gemido de placer. Ante tal situación no lo pude evitar, me corrí en ese mismo instante. Al igual que él me retorcía y mordía mi lengua para evitar gritar.

Parece que hay momentos en que los humanos perdemos la cabeza ante una situación, y justo en el momento de terminar, recobramos la conciencia, creo que eso me pasó en aquel momento, pues justo después de terminar, el miedo, la vergüenza y todos los sentimiento que habían desaparecido por un momento volvieron a mi cuerpo, lo que provocó que con un movimiento casi instintivo cerrara la puerta y tratara de proteger mi intimidad. Estaba inmóvil ante el espejo, simplemente me miraba, tratando de hacer un recorrido por todo lo sucedido, quizás analizaba la experiencia o simplemente, la estaba guardando en mi disco duro.

No sé el tiempo que llevábamos allí dentro, pensé que sería el momento de salir y… ¡joder! ¡Cuanto me costaba! Tenía miedo a lo que pudiera haber fuera, si él me esperaba, si los empleados se habían dado cuenta de la movida… En fin un montón de cosas pasaban por mi cabeza pero, cuanto más tardara en decidirme peor sería. Abrí un poco la puerta y pude ver que ya no había nadie, ya había salido, pero… ¿estaría esperándome afuera? Se me fue la vista hacia el suelo para contemplar con calma el charco tan grande que había dejado de recuerdo, saqué un pañuelo del bolso, lo mojé en su leche y lo guardé, quería llevarme un recuerdo de aquel momento.

Salí con rapidez del local, no miré a nada ni a nadie, fue uno de estos momentos en blanco en los que no puedes numerar ni el más mínimo detalle de lo que había en aquel lugar, ni siquiera puedo decir si mi cómplice estaba sentado en su lugar, es más creo que hasta me fui sin pagar. Imagino que si él seguía allí por lo menos me habría invitado el café. Calle arriba caminaba sin rumbo, intentaba recordar donde había estacionado mi coche, quería desaparecer, sin mirar un segundo atrás llegué hasta él, me subí y salí como una loca. Llegué a casa y me encerré en mi habitación, saqué el pañuelo y lo puse a un lado de mi escritorio, cogí mi diario y empecé a escribir cada detalle, cada sensación. Al terminar guardé el pañuelo dentro y lo cerré.

Autora: cris_garper

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