La discoteca más loca de Brasil

“¡Tío, esto es una verdadera cueva de perdición!” Pablo no se equivocaba. Tras franquear la estrecha puerta, controlada por una amable transexual de nombre Joanna, un universo paralelo de oscuridad se abría ante nosotros.

Un largo pasillo, flanqueado a derecha e izquierda por algo parecido a columnas de piedra, como en el tren de la bruja de cualquier feria de pueblo, nos introducía en el paraíso del pecado. De fondo, música tecno a todo volumen.

Hacía ya un tiempo que oíamos maravillas de los domingos en Aloca, posiblemente la discoteca más underground de São Paulo, Brasil. Decían que en ese lugar todo podía suceder y todo estaba permitido.

Aunque oficialmente era un club de ambiente homosexual, como lo atestiguaba la bandera del arco iris en la entrada, sus fiestas del domingo por la noche eran famosas por reunir a lo más decadente de ambas aceras, gente ávida de nuevas experiencias… O gente para quien ya pocas experiencias podían suponer algo fuera de lo normal.

Así que aquel domingo a medianoche, después de un fin de semana flojito por lo que a fiesta y ligues se refiere, los tres mosqueteros, como nos hacíamos llamar, nos dispusimos a dejarnos abrir la mente… y bueno, lo que hiciera falta.

Los tres mosqueteros éramos, por supuesto, tres: Pablo, el más lanzado, capaz incluso de conseguir que una puta le prestara dinero para el taxi después de haber pasado la noche en casa de ella… de gorra. Santi, el más tímido, eterno buscador del amor de su vida, pero sin negarse a una aventura de vez en cuando, siempre que incluyera grandes dosis de alcohol y perversión. Y yo… Bueno, yo soy yo, por sus pecados lo conoceréis. Los tres trabajábamos en comercio internacional y vivíamos en São Paulo por aquel entonces.

Ahora que ya nos habéis situado, podemos volver al pasillo de Aloca. Aunque todavía era pronto para los estándares del lugar (nos habían dicho que lo mejor empezaba a partir de las tres de la madrugada), aquello ya era un hervidero de gente variopinta.

A la izquierda, en la barra, se amontonaban los chicos jóvenes pidiendo una copa tras otra. Algunos, incluso empezaban a meterle mano al de al lado mientras intentaban ligar con alguno de los espléndidos camareros.

A la derecha, una zona chill-out con algunos sofás donde se sentaban grupos de chicas que habían venido con su amigo gay. Pero aquellas chicas más bien parecían el típico tío que lleva a su sobrino pequeño al parque de atracciones, cuando lo que quiere es subirse a la mayor montaña rusa.

Nos fuimos directamente a la barra a pedir los primeros cubatas de la noche, aunque antes de entrar ya nos habíamos tomado unas cuantas cervezas Brahma, que son como agua pero sirven para preparar el cuerpo para cosas más fuertes.

Ya con nuestros cubalibres en la mano, nos dirigimos al fondo del pasillo, donde entre cadenas y demás parafernalia de tipo medieval se encontraba la puerta del infierno.

El infierno era la sala principal de Aloca. Desde la puerta, que estaba elevada algunos metros sobre la pista, se podía observar el gran espacio cuadrado con dos escenarios.

En uno, que ocupaba la esquina más alejada de la puerta, el primer DJ de la noche estaba haciendo bailar a unas pocas decenas de personas. El otro, que ocupaba toda la pared a la derecha de la puerta, de momento estaba ocupado por dos travestis que mostraban sus encantos a todo aquél que quisiera observarlos.

Mientras los tres bajábamos por las escaleras, calculé mentalmente la proporción chicos-chicas: Alrededor de 85 a 15 por ciento. Pero el 80 por ciento de los chicos parecían gays puros, así que nuestras posibilidades con el sector femenino aumentaban sensiblemente.

Ya abajo, el ritmo y el espíritu de lo prohibido estaban empezando a apoderarse de nosotros. Por eso casi ni me extrañó cuando una mano me manoseó el culo. Rápidamente me giré, esperando encontrarme a un chico con el que reírme un rato, pero se trataba de una chica, bajita, delgada y con una cara de perversa que me estremeció.

Sin pensarlo dos veces la agarré por detrás y la atraje hacia mí para darle un morreo de varios segundos, al que ella respondió sin ni siquiera mediar palabra. Luego me señaló a sus amigas, que ya estaban subiendo las escaleras y nos miraban, riendo. Me dio a entender que estaba con ellas; yo le susurré al oído “nos vemos luego” y la dejé ir, no sin antes devolverle el manoseo en su culo, por supuesto.

Cuando volví a girarme, mis amigos estaban todavía con la boca abierta. “Vale, empiezas ganando tú, uno a cero” dijo Pablo, mientras Santi reía. Eso sí que era un buen comienzo, la noche prometía.

 

Ive been cheated by you since I don’t know when

So I made up my mind, it must come to an end…

 

¿Eran las cantantes rubias de Abba las que salían al escenario? Bueno, rubias sí lo eran, cantantes es más discutible, y su sexo… Eso era lo más difícil de adivinar. Pero el rojo de su ropa interior combinaba bien con el gran sofá-corazón que había aparecido como por arte de magia detrás de ellas.

La entrada de los astros de los años setenta surtió un efecto inmediato: chicos y chicas se apresuraron a terminar sus copas y bajar a la pista para corear Mamma mia, Waterloo y tantos otros éxitos.

Mientras Pablo y Santi se quedaban en una esquina para seguir adaptándose a la locura del lugar, yo preferí sumarme al gentío y acercarme lo más posible a las imitadoras de Abba. Allí el alcohol ya había empezado a surtir su efecto y todos bailaban con todos, lo que por otro lado es corriente en las discotecas brasileñas.

Mientras apartaba de mí alguna mano sudorosa, me fijé en una chica que acababa de subirse al podio: Tenía la mirada perdida y llevaba un vestido gris semitransparente que ondeaba con sus movimientos sencillos pero contundentes. Era alta, morena y representaba aquella mezcla de razas tan típica en Brasil: Ojos indios, cara redondeada, figura alta y esbelta… Una pequeña belleza.

Nuestras miradas se cruzaron, y vi en ella aquella chispa de diablilla que me dice que una chica quiere guerra. Entre la multitud, conseguí acercarme a ella y subirme al podio a su lado. Ella, por supuesto, lo advirtió y siguió mis movimientos con una media sonrisa.

Me puse a bailar con ella, le agarré las manos para seguir los complejos ritmos que empezaban a mezclar la furia de los setenta con lo oscuro del tecno industrial. Mano con mano, brazo con brazo, pecho con pecho… la cosa empezaba a calentarse cuando le pregunté su nombre: “Kleci”. Nunca lo olvidaré.

Le dije que por qué no bajábamos del podio y nos tomábamos algo juntos, a lo que ella accedió. Me cogió de la mano y me arrastró entre la multitud hacia cerca de la barra. Allí me preguntó: “¿Tú no eres brasileño, verdad?” “No, soy de Barcelona…” Ella acababa de llegar de Alemania, donde había estado estudiando y viviendo con su hermana en Berlín. Según ella, la mejor etapa de su vida. “Me gustas, me recuerdas a la gente que conocí en Europa”, yo le correspondí con un “me gustas, eres lista, directa y… no puedo dejar de mirarte”. Tras esto, le di un beso en la boca, que fue gustosamente correspondido.

Aquel beso fue como si le hubiéramos dado al interruptor de la pasión. Volvimos a besarnos, una y otra vez, abrazados al lado de la barra. Le pasé las manos por debajo del vestido, acariciándole el culo y ella empezó a acariciarme por encima del pantalón. “Joder, qué chica más lanzada”, pensé, pero todavía no había visto nada.

Pasamos un par de minutos metiéndonos mano, como quien no quiere la cosa, en medio de la multitud. De pronto, ella me susurró: “Conoces el piso de arriba?” Yo le respondí que todavía no había tenido tiempo de verlo, mientras le seguía pasando la mano entre la entrepierna y notaba como cada vez estaba más caliente y húmeda. Ella dijo: “Tiene un cuarto oscuro, ¿quieres ir a verlo?” A lo que yo sólo pude responder: “¡Por supuesto!”.

Para llegar al piso de arriba había que salir de la pista, cruzar la barra principal de ambiente mazmorril y subir por unas estrechas escaleras de caracol. Nadie hubiera dicho que alguien, además que los camareros, podía pasar por ahí. Pero Kleci sabía muy bien lo que estaba haciendo. Me llevaba agarrado de la mano, yo la seguía mientras le manoseaba el culo de vez en cuando.

Ya arriba, el mundo había vuelto a cambiar. Aquí el ambiente era todavía más claramente gay: Dos transexuales tremendamente maquilladas servían copas en la pequeña barra, mientras aquí y allá parejitas de hombres se dedicaban a lo suyo. Muchos iban vestidos de mujeres, de putas, policías, bomberos o cualquier otra fantasía.

Kleci me dirigió a una esquina cerca de la barra. Una cortina de color negro disimulaba una abertura ancha como para una persona de lado, tras la cual se abría el espacio más prohibido del Aloca: El cuarto oscuro.

Franqueada la entrada, nos recibió un ambiente dantesco en el mejor sentido de la expresión. Por la oscuridad, sólo se distinguían bultos aquí y allá, en las posiciones más variopintas. También se oían gemidos. Kleci y yo avanzamos poco a poco a lo largo del angosto pasaje que penetraba varios metros en la oscuridad.

Aquella situación me estaba poniendo a mil, y parecía que a mi chica también, puesto que hacía un buen rato que su entrepierna casi chorreaba de lo húmeda que estaba. Por supuesto, yo le iba pasando la mano por encima de las bragas y de vez en cuando me llevaba los dedos a mi boca, y luego a la suya. De vez en cuando también nos dábamos un beso furtivo.

Cuando llegamos al extremo del pasillo, Kleci se giró y me dijo a la oreja: “Você quer me comer”? (¿Quieres follarme?)… La respuesta os la podéis imaginar. Por suerte, llevaba un condón en la cartera para emergencias.

Nos acomodamos –es un decir, claro- entre la pared y una pareja de gays bastante ruidosa. Ella con la espalda contra la pared, yo de pie en frente. Entonces se agachó, me desabrochó el pantalón con manos expertas, me sacó la polla y empezó a chupármela a toda prisa.

Aún con lo extraño del lugar, no me costó que se me pusiera durísima, Me puse el condón, le aparté las bragas y le metí un poco los dedos en el coño, me los chupé… sabía riquísimo, estaba mojadísima… Volví a metérselos hasta que me dijo “Mete seu pau e foda-me, seu filho da puta!”, que no necesita traducción. Pensaba obedecer, pero primero le quité las bragas, le di unas chupadas en el coño mientras me agachaba, y me guardé las bragas en el bolsillo.

Luego volví a incorporarme y le metí la polla. Primero suavemente y luego más fuerte. Kleci empezó a gemir como una posesa mientras se agarraba a mí con todas sus fuerzas y arqueaba su cuerpo. ¡Y qué cuerpo! No podía dejar de tocar y lamer sus tetas, grandes y redondas, con las medidas justas.

Sus gemidos atrajeron la atención de otras personas alrededor, podía sentir sus miradas aunque no les viera la cara. Era una situación sumamente peculiar pero excitante: Me estaba follando a una ninfómana que estaba buenísima mientras varios gays nos miraban con lujuria. Varios gays y alguna chica también, como pude comprobar más tarde.

El polvo fue increíble. La fui penetrando cada vez más fuerte, a la vez que le ponía los dedos en la boca y ella iba gritando cada vez más. Luego le metí un dedo en el culo y Kleci soltó un verdadero aullido que hasta mis amigos, abajo en la pista, debieron oír.

Pero ahí no se acabó la cosa. Todavía estaba recuperándose, pero se acercó y me susurró al oído: “Agora você vai gozar na mina boca, vai” (ahora te vas a correr en mi boca). Se arrodilló otra vez, me quitó el condón y empezó a chupármela con frenesí. Aquella chica era una auténtica bomba dando y recibiendo placer.

No tardé ni un minuto en correrme con todas mis fuerzas en su boca. Ella siguió chupando hasta que salió la última gota. Luego se levantó y me dio un beso en la boca, con lengua. Pude notar su sabor a polla y a mi semen. Yo estaba en la gloria, cualquier cosa me hubiera parecido bien en aquél momento.

Nos quedamos un rato abrazados, mientras la acción seguía a nuestro alrededor. Varios chicos soltaban gritos contenidos mientras se podían intuir parejas en varias posturas. Mientras, yo seguía fascinado acariciando el culo de Kleci por debajo del vestido (y sus bragas en mi bolsillo, por supuesto).

Al cabo de un rato, me sentí con fuerzas para recobrar la iniciativa. Dije: “¿Vamos a tomar algo abajo?” Ella asintió, le di la mano y deshicimos parte del camino. Pero Kleci estaba muy interesada en las parejas de chicos manoseándose y follando. De vez en cuando podía intuir como les pasaba la mano por el culo, una pierna o lo que enganchara por el camino. Los chicos que nos cruzamos no parecieron muy interesados, hasta que volvimos a oír un gemido agudo inconfundible: ¡Había otra chica en la sala!

Nos acercamos hacia la fuente de los sonidos. Efectivamente, un chico y una chica se estaban enrollando, ya bastante cerca de la cortina. La tenue luz que llegaba de fuera permitía intuir un cuerpo de chico medianamente alto y musculoso, y una chica muy delgada, pero nada más. Estaban colocados como nosotros habíamos follado antes, con ella de espaldas a la pared.

Otra vez, Kleci tomó la iniciativa: “Nos quedamos un rato aquí?” me dijo. Y yo le respondí que encantado, que podíamos acercarnos un poco más. Avancé y me situé a la izquierda de la chica, también de espaldas a la pared. Kleci entendió la estrategia en seguida, me siguió y quedó abrazada a mí, de cara a la pared y a la derecha del chico.

Con aquellos dos follando de pie junto a nosotros, no tardamos en ponernos cachondos otra vez. Yo le masajeaba el coño a Kleci, que volvía a estar mojadísima, y empecé a meterle los dedos. Mientras tanto, ella empezó a acariciar la polla del chico de al lado, acompañando sus entradas y salidas del coño de su chica.

Viendo que la veda estaba abierta, yo no me quedé quieto. Mientras le metía los dedos a Kleci con la mano derecha, con la izquierda empecé a explorar la chica delgada misteriosa que tenía al lado. Podía sentir sus gemidos muy cerca, así que en seguida encontré su cuello y empecé a acariciarlo.

De allí bajé un poco: Llevaba una camiseta ajustada, le acaricié un rato la espalda hasta que me acerqué más y empecé a sobarle las tetas, primero por encima y luego por debajo de la camiseta. Ella se dejaba hacer, mientras seguía gimiendo al ritmo de las embestidas “acompañadas” de la mano de Kleci, que intuyo que no sólo acariciaba la polla vecina.

El momento era genial, Kleci tenía su mano izquierda en mi polla y la derecha en la polla del colega, con escapadas al coño de mi vecina. Y con la boca nos íbamos enrollando a cada momento. Mientras tanto, yo tenía mi mano derecha en el coño mojadísimo de Kleci, y la derecha en las tetas de mi vecina misteriosa.

Entonces, y una vez más, Kleci volvió a cambiar la situación para hacerla más placentera, si eso era posible. Me apartó la mano de su coño, se arrodilló y comenzó a chuparme la polla con avidez. Yo la agarré por los pelos para acompañar su mete-saca, pero ella sabía exactamente qué estaba haciendo, y nuestro vecino también. Se giró un poco más hacia nosotros, y se fijó en cómo mi chica me estaba chupando.

Sin ningún disimulo, el chico sacó la polla del coño de nuestra vecina, y se la enseñó a Kleci, que estaba esperando exactamente eso. Se quitó mi polla de su boca y tragó la del otro chico sin mediar palabra. Yo aproveché el momento para meterle los dedos a mi vecina, que soltó un gemido y se me acercó ligeramente. Empecé a besarle el cuello hasta que nos fundimos en un beso intenso con lengua de lo más lascivo.

Mientras tanto, Kleci nos iba chupando alternativamente al vecino y a mí, guiada por mi mano agarrando sus pelos, que la llevaba y traía entre polla y polla.

Al cabo de un rato, mi vecina buscó la polla de su amante con la mano y se la volvió a meter en el coño. Había decidido que quería follárselo a él y que ya estaba bien de interferencias. Yo quité mis dedos de su coño, pero me quedé sobándole el culo y las tetas a partes iguales. Y dándole algún morreo de vez en cuando.

Como no teníamos otro condón, Kleci tuvo que conformarse con seguir chupándomela, pero no pareció importarle demasiado. Ocupada ya de pleno sólo con mi polla, volvió a hacer un trabajo magistral y consiguió que me corriera al cabo de poquísimos minutos, una corrida bestial que acabó sobre todo en su boca, pero también en su cara, que tuvo que limpiarse con un pañuelo.

Agotados, sudados, nos quedamos abrazados un rato más mientras oíamos y sentíamos a la otra pareja a nuestro lado. Pero ya no nos quedaba energía, o por lo menos a mí. Cogí de la mano a Kleci y la saqué fuera del cuarto oscuro. La luz roja de Aloca nos cegó un rato, pero pronto nos acostumbramos y bajamos la escalera de caracol hasta el mundo “real” de la sala principal. Allí nos recibió el último número del show de las Abba Drag Queens.

 

There’s no soul out there…

No one to hear my prayer…

 

Allí estaban mis amigos, Santi y Pablo. Tenía muchas ganas de contarles la experiencia y saber cómo les había ido a ellos, pero Kleci me interrumpió: “Yo tengo que irme ahora”. “¿Ya?”. De pronto le había entrado la prisa. “¿Volveré a verte?” “Es posible”, dijo. Tomó mi teléfono móvil y anotó un número.

 

Gimme gimme gimme a man after midnight

Won’t somebody help me chase the shadows away!

 

Nunca volví a verla.

Encantado de recibir sus comentarios y propuestas.

Por: Doctor de la Noche

DoctordelaNoche @gmail.com

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