Breve:Ella Duerme.

Ella duerme. El cuello ligeramente ladeado y un brazo debajo de la almohada. Yo, me cuelo en su habitación sin hacer ruido y me quedo prendado. La noche es calurosa y sabe a gloria. Jamás imaginé que ella durmiese desnuda. Deslizo la sábana por su delicada piel, destapando una diosa carnal a la que mi miembro saluda con emoción.
Posee el rostro de un ángel. Y más cuando duerme. Sus finos labios, la caída de su cabello, ni corto ni largo, del color ocre de la miel…me atrae, me cautiva, durante un instante. Mi mirada acaricia su cuello de cisne hasta detenerse en sus senos; generosos, redondeados y, como está ladeada, apretados, estrujados en un abrazo de sensualidad. Para entonces mi entrepierna está tan dura que empieza a dolerme. Paseo mi mano por encima del pantalón, masajeándome. No me sirve. La imagen que tengo delante pide más. Se lo doy. Meto mi mano debajo de mi ropa interior y me agarro el estoque. Está caliente y duro. Empiezo un vaivén, primero lentamente. Acelero cada vez más. No puedo evitar soltar un gemido de lujuria. Ella se agita, inquieta. Yo sigo a lo mío.
No puedo ver su ombliguito. Una de sus piernas me lo impide. Me recreo en ellas, sobretodo en sus carnosos muslos. Me muevo un poco por la habitación, sin parar de meneármela, intentando ver el sexo entre sus piernas. No lo veo, pero me lo imagino. Húmedo, estrecho. Me imagino haciéndola mía una y otra vez.
La miro por detrás. Su espalda es una dulce carretera que termina en un trasero redondo como una manzana. Estoy tentado de estirar mi mano y de pegarle en uno de los cachetes. No lo hago. Temo despertarla, aunque la idea casi me mata del gusto.
Me masajeo con más fruición. Voy a terminar pronto. La idea de correr hacia mi cuarto y correrme tranquilo desaparece de mi mente al instante. Estoy tan caliente que no pienso lo que hago. Me bajo los pantalones y la ropa interior, arrodillándome ante la cama, delante de ella, y apuntando con mi arma hacia su rostro. Mi polla está tan cerca de sus labios que casi podría besármela.
Acelero el ritmo. Siento el calor de mi miembro y las palpitaciones. No aguanto más, reviento encima de ella, sobre su rostro, esparciendo semen por sus delicados rasgos, dejando manchados la nariz, los pómulos y una gota, que cae sobre sus labios. Sigo un poco más hasta darme cuenta de que me he quedado seco. No la limpio. Me subo los pantalones y salgo de la habitación, en silencio y sonriente.

A la mañana siguiente mi compañera de piso me comenta que ha dormido bien, pero que ha tenido un sueño extraño. Yo salía en él, me comenta. Sonrió. Obviamente no menciona el regalo que le dejé en la cara.

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