HISTORIAS DE UN INVERTIDO

Mientras me limpiaba la cara de los restos de semen, Joan preparaba dos gin-tonics. Se acercó al sillón desde donde, apenas pocos minutos antes, el de pie y yo sentado le hice una mamada, hasta hacerle estallar de placer, anegándo mi boca y mi cara de un semen salado y abundante.

Depositó los gin-tonics en la mesita de centro y se sentó en el sofá, sonriéndome con la satisfacción del que ha pasado un buen rato. Joan era un hombre maduro, 52 o 53 años, alto, que mantenía con gimnasio la barriga y la flaccidez a raya.

Lo había visto en el patio de entrada del piso de veraneo, él era propietario de uno de los pisos y volvía de llevar a su mujer al trabajo en el turno de tarde. Yo volvía, de la parada de taxis, donde deje a los cinco italianos, cuatro chicos y una chica de vuelta a su país. Durante 10 días mi amo me había cedido a los italianos con los que conectó por internet para que fuera su criado sexual. Todo previo acuerdo firmado por todas las partes, por supuesto.  

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