Trío a los 18

A los 19 años yo salía con una chica llamada Lidia, de 18 y muy caliente y pervertida. En los dos años que llevábamos juntos habíamos hecho más cosas en el ámbito sexual que muchas otras parejas más mayores.

Tras mucho hablar del tema y ruegos por parte de ella, decidimos dar un paso más y hacer un trío.

Decidimos poner un anuncio en un famoso portal Web de contactos que decía:

“Pareja jovencita , guapa e inexperta busca chico en Barcelona para el primer fin de semana de Agosto, cachas de gimnasio para trío. Enviar fotos de cuerpo entero.”

Para que el anuncio fuera más efectivo Lidia se dejó hacer varias fotos: dos en ropa interior y una con las tetas al aire. Le tapamos la cara y las añadimos al anuncio.

El anuncio lo pusimos un viernes, y hasta el lunes no vimos las respuestas. Teníamos el correo algo saturado con notificaciones. La mayoría era de chicos que no se ajustaba al perfil por una razón u otra. Lidia dio con 5 candidatos que al final redujo a dos. Chateamos por el Messenger con ambos y uno iba muy a saco y no nos inspiró confianza. El otro, de nombre Salva, fue el elegido.

El chico tenía 32 años (14 más que mi novia), no era muy alto, guapo de cara según Lidia y tenía un cuerpo esculpido en el gimnasio. En las fotos que nos envió salía en calzoncillos, así que no pudimos valorar nada más físicamente.  Trabajaba como funcionario y vivía solo en un piso cerca de la plaza Cataluña.

Chateando parecía muy majo, seguro de sí mismo y simpático. Le hablamos sobre nuestra inexperiencia y fantasías y el fin de semana que íbamos a estar de viaje en Barcelona.  Nos dijo que no había problema y hasta se ofreció a hablar con nosotros por teléfono por si no nos fiábamos. Primero habló conmigo, y la verdad es que cualquiera diría que lo que quería era hacer un trío. Después habló con Lidia, y esta no paraba de reír.

***

Llegó el día del viaje y ambos estábamos muy nerviosos. Salva nos invitó el sábado a cenar a su casa. En el hostal, Lidia se visitó con un vestidito atado al cuello, con colores naranja y marrón. Muy escotado. Me quedé mirando su cara de niña traviesa, su larga melena rizada, sus grandes labios, su esbelta figura y pechos talla 90 y no pude evitar decirle lo buena que estaba.

Llegamos a la casa de Salva y éste nos abrió la puerta. Nos recibió con un abrazo para cada uno y en seguida hizo que cogiéramos confianza y sintiéramos como si ya le conociéramos de antes.

Tras hablar un poco nos pusimos a cenar en una mesa redonda que tenía los exquisitos manjares que él mismo había cocinado. El ágape estuvo regado por sangría que no paraba de vaciarse de los vasos.

Entre el calor y el alcohol, no tardamos en sudar los tres. Salva se quitó su camiseta dejando al descubierto sus grandes músculos y tableta de abdominales. Lidia se le quedó mirando comiéndoselo con la mirada.

–          Contadme chicos ¿a quién se le ocurrió lo del anuncio? – dijo Salva.

–          Lo escribimos entre los dos.- Contesté yo.

–          Me lo imagino, pero ¿quién quería hacer lo del anuncio?

–          Yo –  dijo Lidia sonriendo coquetamente y mirando a Salva de arriba abajo. Él le respondió con otra sonrisa.

–          ¿Y tú no estás celoso? – me preguntó con cara de pena.

–          No, no…

–          ¿Cómo te sientes imaginándote a Lidia con otro tío?

–          Pues… La verdad es que me pongo cachondo imaginándomelo.

–          ¿Y a ti Lidia?

–          Bueno, je je je. No te enfades cariño, pero me pone imaginarme totalmente ocupada por dos hombres haciéndome disfrutar.

Mientras que decía estas palabras, Lidia se inclinó hacia delante juntando lo suficiente los brazos como para lucir y remarcar un gran escote. Sus tetas blancas y claras destacaban redondas encajadas en su vestido.

–          Y tú Luis ¿dónde te sueles correr?  – dijo Salva sin quitar la vista del escote de Lidia.

–          Ufff, jeje. Pues aparte de dentro de ella aprovechando que toma la píldora, pues por todos lados… en su cara, en sus tetas, en su espalda, en… cualquier parte.

Lidia y Salva sonreían.  Al inclinarme para coger la jarra de sangría pude ver que aquel hombre tenía su mano puesta sobre la pierna de mi chica. Empecé a ponerme muy nervioso. El corazón me latía como si se me fuera a salir.

–          Tienes motivos para estar contento. Tu novia Lidia es preciosa.

–          Gracias – dijo Lidia al tiempo que detenía unos segundos su dedo en sus labios.

–          Oye Lidia, ahora que estamos en confianza… ¿cómo la chupas?

–          Je, je, je. Me da un poco de vergüenza describírtelo… Dame la mano…

Lidia separó  el dedo índice de Salva y se lo acercó a la boca sin dejar de mirarle a los ojos. Sacó su lengua y recorrió círculos con su punta sobre la yema del dedo. Se introdujo el dedo lentamente en la boca hasta llegar a los nudillos. Después lo sacó, y lo recorrió de arriba abajo con la lengua para terminar metiéndoselo en la boca y darle un par de mamadas más. Todos nos quedamos callados. Se respiraba tensión sexual en el ambiente.

–          Eso ha estado muy bien…  Ha sido la mejor respuesta de la noche, ja, ja, ja- dijo Salva

Esta vez pude percatarme cómo Salva acercaba la mano que tenía en el muslo de mi novia más hacia su sexo, levantándole la parte de abajo del vestido y dejando a la vista su tanga.

–          ¿Y tú Luis? ¿Eres celoso? ¿Crees que aguantarías que otro hombre se tirara a tu chica?

–          Sí… creo que aguantaría.

–          ¿Ya te lo has imaginado?

–          Vaya.

–          ¿Y cómo te has sentido?

–          Pues… cachondo – todos reímos.

–          Entonces… – Salva se levantó de su silla y se colocó tras la de Sara.- ¿Qué sientes si hago esto?

Salva colocó sus manos abiertas en la cintura de Lidia y fue subiendo hasta llegar a los costados de sus pechos. Una vez allí, juntó sus manos hacia el centro haciendo que aquellas dos hermosas tetas conjurasen un gran escote pálido.  Salva siguió tocando las tetas de Lidia por encima de la ropa ante el silencio de ella.

–          ¿Te gusta Luis?

–          Sí, ufff. Me pone.

–          Vaya tetas que tienes – le dijo a Lidia – ¿Te gustaría que me follara a tu novia? – me dijo mirándome con los ojos muy abiertos.

–          ¡Sí! – respondió por sorpresa Lidia.

–          ¡Aha! Así que Luis, tienes una novia un poco guarrilla ¿eh?

–          Está hecha toda una zorrita.

Lidia pasó sus manos por el pecho y abdominales de Salva mientras se mordía el labio. Salva se volvió a sentar y Lidia colocó la mano sobre su paquete.

–          Cariño, creo que nuestro nuevo amigo esconde una buena polla.

–          ¿Te gustaría verla eh?

Lidia se levantó y se sentó de frente sobre Salva. Le agarró la nuca y empezó a besarle de forma apasionada.

–          ¿Estás caliente eh? – dijo Salva en un respiro.

Lidia le respondió chupándole los pezones al tiempo que le masajeaba el paquete. Le agarró la nuca y tras besarle un rato más, colocó la cabeza del chico entre sus pechos. Éste empezó a chuparlos y le sacó las tetas por fuera del sujetador y del vestido, desvelando sus grandes pezones rosados.

–          Tengo ganas de comerte la polla – le susurró Lidia en el oído.

–          ¡Pues tendrás que esperar!

Desde mi posición podía ver cómo aquel bruto sobaba el culo de mi novia, durito y erguido entre su tanga. Salva empujó platos y otros objetos que estaban sobre la mesa y con algo de rudeza cogió a Lidia en volandas y la sentó sobre la mesa.

–          Atento Luis, vas a aprender a comerle el coño a tu chica.

De un tirón le quitó el tanga y lo lanzó al suelo. Le subió la parte de debajo del vestido dejando a la vista su coñito depilado y le dijo:

–          Niña, antes de que me comas la polla, te voy a comer yo ese coñito tan bonito que tienes.

Salva hundió su cabeza entre las piernas de la chica y esta emitió un grito.

–          ¡Madre mía! ¡tienes el coño empapado! Debes de estar muy cachonda. Seguro que estabas deseando que hiciera esto. ¿A qué sí guarrilla? Seguro que saber que tu novio te está viendo con otro también te pone bien cachondilla. ¿Qué tienes que decir?

Lidia se inclinó hacia delante y agarró a Salva por el pelo:

–          ¡Que te calles y me comas el coño de una vez!

Tras decir esto, forzó la cabeza del chico tirándole de los pelos hasta ubicarlo entre sus piernas.

Viendo como gemía mi chica y se retorcía de placer, me bajé los pantalones y empecé a masturbarme.

Me acerqué a Lidia a ver si me la chupaba, pero estaba tan extasiada  que pasó de mí.

–          Ha llegado la hora de las pollas

Dicho esto, Salva se puso de pies, cogió a Lidia por las piernas y se la metió de una sentada. Ella gimió de placer.

–          Síiiii, fóllame – le suplicó.

Empezó a follársela lentamente, aumentando el ritmo poco a poco, acercando su cuerpo con la ayuda de sus poderosos brazos.  Lidia pasaba de mí, pero yo no podía parar de cascármela viendo aquello: mi chica gimiendo mientras se la follaba un conan, y sus tetas saltando al ritmo de sus gemidos.

De repente Lidia se zafó de su presa y se puso de pies antes la sorpresa de todos.

–          Te he dicho que  tengo ganas de comerte la polla, y eso voy a hacer.

De un empujón sin mucho éxito indicó a Salva que se sentara en la silla. No había terminado de poner sus nalgas sobre el asiento cuando Lidia se lanzó hacia su polla, chupándola como una auténtica profesionalidad. Con una mano le masturbaba mientras que se metía en la boca aquel trabuco a toda velocidad. Mientras, Salva le tocaba las tetas y se las tocaba como si quisiera sacarles brillo.

–          Para, para, para que me corro.

La chica lo hizo en el momento justo para evitarlo. Aprovechando que el chico estaba sentado, Lidia se sentó sobre él dándole la espalda y metiéndose del tirón aquella pollaza en su coñito.

Empezó a cabalgarle apoyándose en la mesa. Parecía una amazona cabalgando sobre su corcel en plena batalla.

Salva se levantó sin desengancharse de Lidia y la apoyó sobre la mesa. Empezó a follársela a lo perrito con el cuerpo de ella apoyado sobre la destartalada zona en que minutos antes habíamos comido.  Me acerque a la cara de Lidia y me sonrió.

–          Venga cariño, chúpamela un poco.

–          Amhhh, amhhh, no pue.. puedo, amhhh.

Se giró unos segundos hacia mí y me dio unos pocos chupetones en el capullo mientras me masturbaba.

–          Vamos al sofá

Salva se sentó en el sofá y colocó rápidamente a Lidia sobre él. Le hincó la polla con total precisión y Lidia le cabalgó de frente con una mano pasada por su cuello. Sus tetas redonditas saltaban a la altura de la barbilla del chico, que ayudaba a trajinar a mi novia agarrándole las nalgas, subiéndola y bajándola.  Salva le agarró las dos tetas, las juntó y empezó a chuparlas con un ruido de absorción mientras movía la cabeza de un lado a otro como si estuviera negando algo.

–          ¿Querías follarme? ¡ahora verás!

Besó a Lidia con lujuria y la colocó a cuatro patas con la cabeza inclinada en el sofá.  Se la folló con fuerza y en un momento dado apoyó su pie sobre la cabeza de la joven Lidia. Nunca había visto a nadie follar así. Lidia debía de tener el coño escocido.

Cambiaron a la postura del misionero. Lidia se veía diminuta bajo aquel enorme cuerpo cultivado por horas y horas de gimnasio. Todo su cuerpo se estremecía.

–          Me corro, me  corro!!

Con fuertes gemidos animales Salva se corrió dentro Lidia. Cuando la sacó, un hilillo de semen resbaló desde dentro de su coño.  Salva se tumbó encima de ella y se quedaron así unos minutos. Finalmente, y sin decir nada, se levantó y se fue al baño.

–          Bueno, ya va siendo hora de que me toque a mí ¿no?

–          Ufff, cariño, estoy destrozada. No puedo más – Lidia hizo pucheritos.

–          Pues entonces vámonos, que llevo un calentón que no puedo más.

Nos vestimos y nos fuimos sin despedirnos.

En el taxi de vuelta al hotel, el móvil de Lidia sonó.

–          Es Salva…

–          ¿Qué dice?

–          Te leo: “no os habeis despedido!ha stado gnial preciosa.repetimos mañana?dile a tu chico k disfrutara mas,lo prometo.muacs”

–          Joder… Por lo menos admite que no me he comido un rosco.

–          ¿Qué hacemos?

–          Pues cuando lleguemos al hotel tendrás que ayudarme a descargar.

–          Eso está hecho. ¿Y mañana?

–          ¿A ti qué te apetece?

Lidia contestó sólo con una sonrisa lasciva.

CONTINUARÁ…

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