Aburrida en la oficina

Yo estaba ardiendo, quería que me penetrara ya, así que me senté sobre él y me introduje su polla. Entró suavemente, él llevaba un buen rato pajeándose y mi mamada también le había ayudado. Empezamos a follar como locos, en el lugar donde trabajaba y tan malos ratos pasaba, ahora me lo estaba pasando en grande, y encima casi ni nos conocíamos, eso le daba todavía más morbo.

La historia que os voy a contar me pasó hace un tiempo, cuando solo llevaba 6 meses trabajando. Mi nombre es Ana y tengo 20 años. Yo soy morena con el pelo largo y rizado, delgada, mido 1.60 y un cuerpo bastante proporcionado.

Era secretaria de una empresa, allí tenía bastante tiempo libre y mi mayor ocupación era coger el teléfono. Había un chico de una empresa de transportes que casi siempre venía a traer paquetes y yo firmaba la recepción. El chico estaba, pero que muy bien, vamos que casi siempre estaba esperando a que llegara la hora para verlo. Creí que él no se fijaba en mí, pero un día cuando me agaché para abrir un cajón vi reflejado en un espejo que se estaba fijando en mi trasero y la verdad es que me gustó. Así que intenté estar todos los días arregladita para que se siguiera fijando.

Cuando llegó el mes de agosto, la empresa cerró por vacaciones, pero yo tuve que estar allí una semana para atender el teléfono y para recoger los paquetes que nos mandaban. Así que se me ocurrió la idea de atacar (en el buen sentido de la palabra), a ese chico tan guapo que venía casi todos los días.

El martes por la tarde vino a traerme un paquete y empecé a interrogarle para ver a que hora salía del trabajo, me dijo que era su última entrega del día y que luego se iba para casa. Entonces empecé a darle conversación. Yo me había puesto una minifalda ajustadita y bastante corta y una camiseta también bastante ajustada y con un buen escote, así que decidí emplear mis armas de mujer a fondo. Y empecé a insinuarme un poquito, y a él creo que no le parecía del todo mal.

– ¿Y tú a qué hora sales? – Me preguntó Juan. – Pues yo la verdad es que estoy solita y me puedo ir cuando quiera- le dije. – Vaya suerte. – Por una parte si, pero la verdad es que me aburro muchísimo. – Claro no tienes con quien hablar – Me dijo él. – Seguro que si estuvieras tú aquí conmigo no me aburría.

Al decirle yo esto, Juan se ruborizó un poco.

– No te pongas rojo, que no te iba a comer – Le dije mientras sentada en la silla, volvía a cruzar las piernas en el otro sentido. Comprobé que esto le ponía más nervioso. – No disimules – le dije – que ya veo que te estás fijando en mis piernas.

El se puso colorado, pero me dijo:

– Cualquiera no se fija, la verdad es que eres muy guapa. – Tú tampoco estás nada mal – le dije mientras le recorría con los ojos.

El seguía sentado delante de mí y yo me levanté para coger una cosa en la mesa, agachándome y dejando mi escote muy cerca de su cara.

– Caramba- me dijo- te aseguro que yo aquí contigo no me iba a aburrir. – Ah, no ¿y qué ibas a hacer? – Pues aunque sólo estuviera mirando para ti, iba a disfrutar de lo lindo. – ¿Sólo mirar para mí?- le dije – Pues si estuviéramos aquí los dos solos, a lo mejor hacíamos algo más que mirar…

Mientras le decía esto me acerqué a su oído para susurrarle:

– Bueno solo si tú quieres. – Estaría encantado en complacerte – me dijo él. – Ah, si ¿y qué harías? – Todo lo que tú me pidieras – Me respondió. – Pues déjame ver de que color son tus calzoncillos – le dije para probarlo.- Antes déjame ver tú que braguitas llevas. – Vale,- le respondí. Y sentada en la silla, descrucé las piernas y las abrí un poco para que él las viera, mientras me metía un dedo en la boca.

Juan no apartaba su mirada de entre mis piernas.

– ¿Te gusta lo que ves? – Le pregunté. – Está pero que muy bien – me dijo. – Pues si te portas bien, puedes ver más. – Lo que tú quieras – me dijo- hago lo que tú quieras.

Siempre tuve una fantasía sexual, y vi que aquel era el momento de hacerla realidad, así que me levanté, me acerqué a su orejita, le di un pequeño mordisquito y le dije:

– Me gustaría que te hagas una paja mientras yo te hago un streap tease. – Tú empieza a quitarte esa ropita, que me haré una paja con mucho gusto.

Así que me empecé a quitar la camiseta y Juan se desabrochó su pantalón, se sacó la polla y empezó a meneársela. Ya estaba empalmado y no quitaba ojo de mis pechos que estaban tapados por un sujetador de encaje negro. Continué por quitarme los zapatos, y empecé a moverme alrededor de su silla haciendo movimientos sensuales. Me puse delante de él, le di la espalda y empecé a agacharme hasta que mi culito llegó muy cerca de su polla. Me di la vuelta y me comencé a quitar la minifalda. El seguía pajeándose, tenía una erección tremenda. Al quitarme la falda, me quedé sólo con las braguitas de encaje negro y el sujetador.

– ¿Qué te parece lo que estás viendo? – Le dije. – Es la mejor paja de mi vida, te lo aseguro. – Pues aún te queda lo mejor.

Me puse de espaldas a él y me desabroché el sujetador, me di la vuelta tapando los pechos con mis manos. Me acerqué y dejé mis pechos al descubierto, muy cerca de su cara.

– Ahora te toca quedarte desnudo del todo – Le dije yo.

El me obedeció como un corderito, se quedó completamente desnudo y empezó a dirigirse a mí.

– Quieto – le dije- Que todavía no me quité las braguitas.

Así que me senté en la silla enfrente a él y me quité las braguitas. Con ellas en la mano me levanté y me encaminé hacia Juan. Yo estaba completamente desnuda y muy caliente, mis pechos estaban más grandes que nunca, quería que me follara. Restregué mis braguitas por su cara y me arrodillé entre sus piernas, cogí su enorme polla en mis manos y le dije:

– Tengo un poco de hambre, ¿te importa que me coma algo? – Cómetela toda, métela hasta el fondo.

Agarré su polla y me la metí en la boca. Estaba dura y muy, muy caliente. Juan no paraba de emitir gemidos. Puso sus manos sobre mi cabeza y empezó a marcar el ritmo. Se la chupé como nunca se la había chupado a nadie. Me levanté y le empecé a morrear. Nuestras lenguas se acariciaban mientras él pasaba una de sus manos por mi culo y con la otra me tocaba el pecho.

Yo estaba ardiendo, quería que me penetrara ya, así que sin decirle nada me senté sobre él y me introduje su polla. Entró suavemente, puesto que yo estaba muy mojada y él llevaba un buen rato pajeándose y mi mamada también le había ayudado. Empezamos a follar como locos. Quien me lo iba a decir, en el lugar donde trabajaba y tan malos ratos pasaba, ahora me lo estaba pasando en grande. Que manera de follar, y aún encima casi ni nos conocíamos, eso le daba todavía más morbo.

Juan se detuvo y me dijo:

– Ahora vas a hacer lo que yo te pida.

Me pidió que me sentara encima de la mesa, a lo que yo accedí. Me senté y él se acercó a mí, me agarró las piernas tiró de ellas hasta que su polla quedó en la entrada de mi vagina, entonces me penetró encima de mi mesa de trabajo, eso me daba todavía más morbo. El me follaba mientras me tocaba los pechos, me sobaba como quería y me comía con la vista.

Luego nos levantamos y me dijo que me quería penetrar desde atrás. Yo me puse de pie, con las piernas ligeramente abiertas y me agaché apoyándome en la silla. El se situó detrás de mí y empezó a pasar su polla por mi culo. Yo me agaché más y él colocó su polla sobre la entrada de mi coñito, pegó un empujón y mi vagina se volvió a llenar con su enorme polla. Puso sus manos sobre mis caderas y empezó a follarme apasionadamente, mientras me daba pequeños cachetes en mi culo. La intensidad fue subiendo y los dos nos corrimos a la vez.

La verdad es que nunca había disfrutado tanto, y el hecho de que fuéramos casi desconocidos hizo que tuviéramos mucho más placer.

Autora: Ana

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La piscina

Tu sexo lo siento caliente y hambriento, sientes mi pene entre tus piernas, presionando tu sexo y tu clítoris hinchado. No resistes más y quieres sentir mi calor en tus entrañas. Con una mano coges mi pene con tus dedos para guiarlo hacia tu entrada. Es increíble la sensación que me recorre cuando mi punta roza los labios calientes de tu sexo, es como una boca ardiente que me rodea y succiona.

Desde que vi aquella piscina, sabía que algún día me sumergiría en ella.

Tus ojos estaban quietos con la mirada perdida en el horizonte, allí donde la línea del mar se junta con el cielo. De pie, en aquella terraza que mira sobre el mar, los brazos apoyados en la barandilla y el cuerpo ligeramente inclinado sobre ella. El sol calienta tu espalda y la brisa sube por el acantilado acariciando la piel de tus mejillas. A tu espalda la piscina, con su agua caliente, reflejando el azul intenso del cielo de una tarde de verano.

Tu mirada está en una nube, aquella frente a ti, igual que algodón. Tu mente la moldea sugiriendo figuras conocidas, pero a la vez tu cabeza acaricia el deseo de sentir unas manos que lleguen por tu espalda y con suavidad se posen en tus hombros. Crees percibir el calor y el movimiento de esas manos dando un masaje por ellos, relajando los músculos que van hacia tu cuello. Inconscientemente tu cabeza describe un sinuoso movimiento saboreando esa imaginaria sensación. Casi al instante crees percibir un calor conocido en tu espalda, un ligero roce sobre ella. Pero más que mirar hacia atrás y comprobar si es cierto que hay alguien, prefieres que esa sensación continúe y no desaparezca.

Temes que al girar se evapore ese sueño. Tu deseo hace que esas sensaciones recorran tu piel, consiguiendo que el vello se te ponga de punta y parezca piel de gallina. Es casi real la sensación que te abraza y aumenta tu calor. Un pecho en tu espalda, unas manos que ahora recorren tu cintura, dibujando caricias alrededor de tu ombligo. Tu vientre se estremece con esa sensación. Un agradable cosquilleo recorre tu cuerpo desde las piernas, subiendo por tu espalda hasta tu cabeza y a la vez hace que despierte una sensación de calor y humedad en tu sexo.

De repente un ruido a tu espalda te hace salir del letargo, y recuerdas que hace unos segundos ya no percibías esas caricias imaginarias sobre tu piel. Pero tu imaginación te hacía pensar que todavía estabas saboreándolas y sintiéndolas.

Con un movimiento reflejo te giras para averiguar cual es el origen del ruido que te ha despertado. Te das cuenta que es el ruido familiar que produce un cuerpo al entrar en el agua. La superficie de la piscina está aún revuelta y alguna pequeña gota ha salpicado hasta tus pies. Ahora te fijas y descubres una silueta moviéndose bajo el agua, agitando los brazos y las piernas, buceando con suavidad. Se aleja de ti hacia el final de la piscina, pero lo ves girar y ahora se acerca de nuevo al bordillo de donde saltó.

Otro ruido te hace temblar un poco, porque tu mente todavía mantiene un nexo de unión con el sueño que estaba sintiendo tu cuerpo. Ves emerger la cabeza, el pelo echado hacia atrás escurriendo agua y un resoplido expulsando el aire, ese aire que tú conoces tan bien. Ves mi rostro, los brazos cruzados sobre el bordillo y la barbilla sobre ellos. Mis ojos en tu mirada diciéndote sin palabras que vengas hacia mí. Tu mirada desprende deseo, pasión, excitación y confusión. ¿Será real, o es continuación del sueño?…

Un impulso irrefrenable quiere llevarte hacia mí. No te habías dado cuenta, pero tus manos se quedan atrás agarradas a la barandilla. No recuerdas cuando las pusiste ahí, pero ahora te da igual, abres los dedos y te liberas para poder continuar hacia donde tu cuerpo quiere llegar. Sigues mirándome, yo no pierdo tu rostro a pesar de las gotas que resbalan por mis ojos. Un gesto embarga tu cara, te muerdes el labio inferior mientras avanzas hacia la escalerilla. Es un gesto de deseo, que me transmites imaginando el calor que llevas dentro. Contemplo tu figura, andando sobre el blanco y caliente suelo. Tus piernas parecen flotar sobre él y todo tu cuerpo las acompaña ligero como la brisa.

Cuando me doy cuenta tus manos están en la escalerilla, tu cuerpo gira dándome la espalda para poder bajar los escalones. Me excita ver tus caderas, tu culo tapado con la única prenda que llevas sobre ti, un tanga que deja a la luz la fina piel que lo rodea. Tus pasos hacia atrás bajando cada peldaño parece que suceden en cámara lenta… ¿o es así como mi mente lo imagina? La punta de tus pies rompe la superficie del agua, primero uno y después otro, poco a poco tu cuerpo se sumerge en el agua.

No quiero dejar pasar un segundo más lejos de tu piel. Doy un impulso y voy hacia ti. Ya estás dentro del agua completamente, cuando te das la vuelta yo llego a tu lado, tus brazos se echan sobre mi cuello, tus piernas rodean mi cintura, y yo me agarro a la escalera para sujetar nuestros cuerpos. El peso no existe, pero tu calor me llega a través de los poros de mi piel, con la humedad líquida y caliente que nos une. Tus labios ardientes se posan en los míos, sientes el frescor del agua que hay sobre ellos y yo siento el contraste del fuego que desprenden los tuyos. Nos besamos con dulzura, mezclando nuestras lenguas intensas sensaciones de placer.

La excitación se apodera de mí, entre mis piernas siento la dureza creciente de mi pene. El deseo incontenible de entrar por la suave y caliente entrada de tu sexo, ahora pegado a mi vientre. Me tienes aprisionado con tus piernas, ¿o eres una parte más de mí? Quiero fundirme contigo y tú deseas lo mismo. Tus duros pezones rozan con los míos a través del agua y la excitación nos vuelve locos. Tus caderas se contonean moviéndose hacia abajo, buscando la dureza que deseas tener dentro de ti.

Tu sexo se aprieta contra mí, lo siento confortable y mullido, caliente y hambriento. Llevo una mano a mi bañador para empujarlo hacia abajo, tú te separas un poco y dejas que siga bajando por mis piernas. Ahora vuelvo a sujetarme a la escalerilla y te vuelves a apretar contra mí, sientes mi pene entre tus piernas, presionando tu sexo y tu clítoris hinchado. No resistes más y quieres sentir mi calor en tus entrañas. Con una mano tuya separas la ligera tira de tu tanga, a la vez que coges mi pene con tus dedos para guiarlo hacia tu entrada. Es increíble la sensación que me recorre cuando mi punta roza los labios calientes de tu sexo, es como una boca ardiente que me rodea y succiona.

Un leve movimiento de mis caderas hace que entre un poco más en ti, y provoca que salga un gemido de tus labios. Ahora tus piernas se aprietan un poco más contra mi culo y consigues deslizarte hasta el fondo. Estoy totalmente dentro de ti. Nos besamos con desenfreno, mordiendo con suavidad los labios, sintiendo el calor que nos transmitimos en ese lugar entre nuestras piernas. Ahora paramos de besarnos, y nos miramos a los ojos. Tu mirada me traspasa y cala mis huesos. En ese momento siento como los músculos de tu vagina dan pequeños golpecitos alrededor de mi pene, son como anillos que me aprisionan en olas de placer. El palpitar de nuestros corazones late desenfrenado, la respiración agitada nos lleva a cabalgar a un ritmo cada vez más rápido.

Mis manos se agarran a los tubos de la escalera para poder mover nuestros cuerpos con más energía. Apoyas tus manos en mis hombros para moverte con más fuerza. Siento como entro y salgo de ti, los movimientos son muy fuertes, pero el agua hace que parezcan suaves y delicados. El golpear de tu vientre con el mío dentro del agua hace que sintamos una sensación extraña, como si flotáramos en las nubes, el placer nos envuelve y nos llena. Yo estoy a punto de correrme y de mi garganta surgen gemidos incontrolados. Te contagio con mi placer y tus gemidos ahogan los míos, juntamos nuestras bocas, como queriendo acallar esos gemidos… o quizás queremos que esos gemidos de placer que salen de nosotros, entren en el cuerpo del otro.

Siento los espasmos que agitan tu cintura, recorren tu vientre y se centran en tu sexo. Eso hace que yo estalle en una ola de placer que recorre mis piernas y desemboca en latigazos que recorren mi pene desde la raíz a la punta, descargando todo el esperma que hay en mí, sintiendo como atraviesa cada milímetro de recorrido en chorros que inundan tu interior. El placer que sale de mí, llena tu cuerpo y nos envuelve en un halo de placidez mientras nuestros cuerpos se relajan compartiendo un dulce beso eterno.

Espero que te guste y tu imaginación pueda volar igual que la mía.

Autor: Robinblue

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