Cuando conocí a mi cuñado

Nunca me habían follado así. Tuve múltiples orgasmos, perdí la noción del tiempo, mi hermana sentada, con los dos pies apoyados sobre la mesa se masturbaba viendo como me follaba su marido. Por fin la sacó y se la metió de nuevo a su mujer en la boca donde se corrió. Mi hermana llegó al orgasmo masturbándose mientras el semen le caía por la comisura de los labios.

Hace un par de años descubrí esta página, desde entonces soy una habitual seguidora de estos relatos. Nunca me había atrevido a escribir, pero hoy no he podido más y voy a contar mi historia. Una historia real que empezó hace muchos años. Por razones obvias los nombres y lugares son ficticios pero los hechos son tal como se describen.

Tengo cincuenta y un años bastante bien llevados, me cuido y procuro estar atractiva. De ciertas parte de mi cuerpo, que no voy a detallar, me siento orgullosa y creo que con razón. Desde hacía unos años pertenecía a un club social de mi ciudad, allí nos reuníamos un grupo de chicos y chicas. Realizábamos actividades deportivas, culturales y sociales. A pesar de no conocernos todos, ya que cada uno se dedicaba a una u otra actividad, solíamos coincidir en la cafetería del club y nos relacionábamos entre nosotros con más o menos intensidad.

A mis dieciocho años me había fijado en un chico que solía aparecer a menudo ya que estaba metido en el grupo de teatro. Me gustaba, pero mi timidez, y los seis años que me separaban de él solo me permitían cruzar alguna palabra inconexa. A mediados de julio el club celebraba la fiesta anual de fin de ejercicio. Ese año se celebró a las afueras de la ciudad, en un restaurante al aire libre junto a un lago. Gracias a que los padres de una amiga, conocidos de los míos, que asistirían también, y tras mucho insistir, pude salir por primera vez de noche sin la compañía familiar.

Cuando llegué al lugar del acontecimiento el corazón me dio un vuelco, allí estaba él. Días antes habíamos coincidido con él en la cafetería, me había saludado e iniciado una conversación trivial, en la cual deslicé la pregunta de si asistiría a la fiesta, su respuesta fue negativa. Allí estaba charlando y riendo en un corrillo con una cerveza en la mano. Pasé por su lado mil veces, ni se fijó. Al cabo de un rato se separó del grupo y se encaminó al interior del local, aproveché para hacerme la encontradiza, le saludé con una sonrisa, me devolvió el saludo con un movimiento de cabeza y desapareció. En ese momento llamaron para que nos acomodásemos en las mesas. Había una preparada especialmente para la gente joven. Me senté, a mi derecha se sentó mi amiga y al otro lado un chico con una cara llena de granos.

Toda la juventud tomó asiento, el único sitio libre quedó justo en el otro extremo de mi posición. Mi deseo de poder sentarme junto a él no se iba a cumplir. El vecino de los granos había iniciado una conversación conmigo que malditas las ganas de seguirla. Mientras Intentaba no ser descortés con mi interlocutor, una voz a mi derecha me pidió si le podía acercar la botella de vino. Sentado a mi lado, a menos de quince centímetros, pidiéndome una botella de vino estaba el chico de mis sueños, busqué a mi amiga. Estaba en el lugar que le hubiese correspondido a él, sonriendo malévolamente y guiñándome un ojo. Luego me enteré que cuando le vio asomarse al jardín, mientras yo atendía al de los granos, dejó su puesto y ocupó ese lugar dejando la única silla libre de la mesa a mi lado.

Te he pedido la botella de vino – me repitió – no que te cases conmigo. No sabía que hacer, las manos me sudaban, le acerqué como pude la dichosa botella y rocé su mano al dársela. Todos los espectros del rojo se posaron en mis mejillas, mis hormonas de quinceañera se dispararon. Notaba que mis pezones se apretaban contra el sujetador, mis braguitas se humedecían, las piernas me temblaban, las palabras se me trabucaban en la boca. Los primeros minutos de la cena estuvo hablando con varios comensales, yo le miraba sin decir nada. Cuando me atreví a intervenir en la conversación, se giro, paso el brazo por el respaldo de mi silla y muy cerca del oído me susurro,- creía que la chica más guapa de la fiesta se había quedado mudita.

Si antes las hormonas se me dispararon, ahora estallaban dentro de mí como las palomitas en un horno, la respuesta fue un balbuceo incomprensible que me fue correspondido con una risotada. A partir de ese momento todo fueron atenciones por su parte. Terminamos la cena, sirvieron los cafés y unas cuantas copas. Pasó su brazo sobre el respaldo de mi silla, yo hacía lo posible para rozar con mis hombros su brazo, de vez en cuando acentuaba sus palabras con suaves golpecitos sobre mi espalda que a mi me parecían las más dulces caricias. Hablamos y reímos. Al otro lado del jardín, junto al lago empezó a sonar música, se formaron parejas y grupos que se fueron a bailar. Nos quedamos casi solos en la mesa.

Un par de amigos vinieron a buscarle para que fuera a bailar, contestaba diciendo que eso del baile no se había hecho para él. Seguimos charlando y riendo, en un momento dado me dijo.

– Ve a bailar, yo me quedo aquí, diviértete. No te quedes aquí por un pobre inepto del baile. – No, te hago compañía, además – mentí – el baile tampoco es mi fuerte.

Seguimos charlando, mi amiga vino a buscarme y me arrastró al lavabo para que le contara las novedades. Estaba más emocionada que yo, por lo visto éramos la comidilla de todo la mesa. Raúl, así se llamaba, era uno de los chicos del club que más pasiones despertaba entre las chicas, y hasta la fecha no se le conocía ningún romance con nadie del club. Aparecía por el club los días de ensayo del grupo de teatro, se tomaba unas cervezas en bar social, charlaba con los que por allí se encontraban y desaparecía. No era como otros, mi caso, que nos pasábamos todas las horas posibles en las instalaciones del club.

Regresé con mi amiga del aseo, ella se fue a la pista de baile, y yo me senté de nuevo junto a Raúl. No había tomado asiento cuando se levantó, tiró de mi mano y dijo:

– No me perdonaría nunca desaprovechar la oportunidad de bailar con una belleza como tú – me tenía de pie frente a él, con su dedo pulgar acariciaba mi mano – eso si estás dispuesta a aguantar algunos pisotones e improperios -. No me dio tiempo a contestar me arrastró hasta la pista.

Una canción de Adamo, sus manos en mi cintura, sonaba en el tocadiscos. Por lo visto debo poner las manos en tu cintura – me susurró, mientras me rodeaba con sus brazos – hasta aquí es fácil, lo difícil viene ahora -. Mis manos subieron a sus hombros y poco a poco fueron rodeando su cuello. Me hablaba, me pisaba. Nunca he sabido que me dijo, ni sentí sus pisotones. Estaba en una nube, no veía, ni sentía. Solo notaba sus manos que paseaban por mi espalda. El roce de su pecho en el mío hizo que mis pezones se irguieran hasta sentir un dulce dolor. Un calor indescriptible me invadió por todo el cuerpo. Nunca he sentido algo parecido, ese momento es el más maravilloso que he vivido en la vida, creo que tuve varios orgasmos.

Bailamos y bailamos, abrazados como si no pudiéramos despegarnos. Por suerte los adultos estaban a lo suyo alejados de la juventud. Varias parejas se perdieron por los jardines del restaurante. Por desgracia nosotros no, y eso que yo estaba dispuesta a perder todo lo que me hubiera pedido
Como a Cenicienta me llegó la hora de irme. Los padres de mi amiga le habían prometido a los míos que antes de la dos estaría en casa. Cumplieron. Él se quedó con el amigo con el que asistió a la fiesta. Era plenamente consciente que me había enamorado perdidamente de ese chico.

Esa noche al meterme en la cama me masturbé, una, dos, tres veces, perdí la cuenta, solo se que al día siguiente tenía los labios de la vagina enrojecidos. Mi hermana, cinco años mayor, que dormía en la misma habitación que yo, a la mañana siguiente me dijo pícaramente, – hermanita, anoche no parabas de jadear, debiste despertar a todo el barrio, ¿Qué pasó en la fiesta? -. Me sonrojé y callé.

Hacía pocos meses había cumplido dieciocho. Mi vida consistía en ir al colegio, pasar los ratos de ocio en el club, ir algún día al cine con amigas y cuando mis estrictos padres me lo permitían, asistir a alguna fiesta Mis relaciones con los chicos no habían pasado de oírles decir cuatro burradas, nunca había besado a nadie y desconocía lo que era el sexo. Me masturbaba por puro placer sin relacionar la excitación con alguien en concreto. Esa noche cambió mi vida, mi cuerpo notó sensaciones desconocidas. Descubrí que el placer de masturbarme pensando en alguien era una forma de practicar el sexo. Desde ese día hasta hoy, más de treinta años después cuando me masturbo pienso en esa noche, en Raúl y en lo que me hizo sentir.

En mi casa cualquier conversación era excusa para hablar de Raúl, mi hermana se pasaba el día haciendo broma sobre él. A partir de entonces acudía al club con la esperanza de encontrar al chico de mis sueños. En el club cada vez que se abría la puerta miraba si era Raúl el que entraba. Él siguió con su rutina cotidiana, aparecía cuando había ensayos, se tomaba una cerveza, charlaba con los amigos y se iba. Lo único que gané es que ahora cuando me veía me daba dos besos y a veces se sentaba charlar conmigo. No sabía que hacer para llamar su atención y quedarme a solas con él.

En mis fantasías siempre aparecía él. Me besaba, me desnudaba, me acariciaba, me lamía todo el cuerpo y me follaba hasta quedar inconsciente. Estos pensamientos me excitaban de tal manera, que si la masturbación había sido algo íntimo en mi habitación, pasó a ser una necesidad en cualquier momento. Aprendí a masturbarme en cualquier sitio. Apretando los muslos uno contra otro con un ligero movimiento de la pelvis logré obtener placer en los lugares más peregrinos, el autobús, el cine, incluso sentada en la parte trasera del coche de mi padre.

Cualquier lugar en el que pudiera sentarme era un lugar propicio para darme placer. Raúl sin ni siquiera besarme era el responsable de haber abierto un camino de placer infinito. La educación mojigata de la época llegó a hacerme plantear si eso era una enfermedad y me estaba condenando a una vida totalmente pecadora dependiente de mi sexo.

Los dos meses de verano los pasé fuera de la ciudad, con lo que los encuentros con Raúl fueron imposibles. De nuevo en casa, llegó la rutina diaria y el reencuentro con los amigos del club. Volví a ver a Raúl, tan amable y simpático como siempre. Por esas fechas mi hermana sentimentalmente no andaba bien. Estaba a punto de dejar un novio con el cual llevaba año y medio y que no disfrutaba del beneplácito familiar. Era un chico pendenciero y bebedor, que todavía hoy no entiendo como mi hermana pudo enamorase de él. Por este motivo, mi hermana, pasaba por un momento sentimentalmente delicado.

Una tarde en que la noté especialmente deprimida la llamé a la oficina y le dije que la pasaría a buscar, así podría conocer a Raúl del cual se pasaba el día haciendo bromas sobre su existencia. A las seis de la tarde estaba en la puerta de su oficina, la encontré más animada. Era mi única hermana y siempre la había admirado, congeniábamos y nos tapábamos una a la otra de las tiranías de nuestros padres. Mi hermana era muy diferente a mí, no era tímida, había salido con muchos chicos desde una edad más temprana a la mía, cosa por otra parte, hizo que nuestros padres la marcaran muy de cerca. Muchas veces mentí por ella para evitarla duros castigos, sobre todo por lo estrictos horarios que nos tenían fijados.

Fuimos andando hasta el club, durante el camino solo le hablaba de Raúl, ella se reía de mi admiración. Confesó que tenía ganas de conocerle, por que un chico que haya conseguido –dijo – que mi hermana descubra que lo que tiene entre las piernas sirve para algo más que para hacer pis y tener la regla, es de admirar.

Llegamos al club. No estaba, temía que al conocerlo mi hermana le dijera lo loca que me tenía. A última hora de la tarde apareció por la cafetería. Le saludé, le presenté a mi hermana y se sentó con nosotras. Como siempre se mostró atento, servicial y simpático. Llegó la hora de irnos, salimos los tres juntos, al llegar a la calle se despidió de nosotras.

Como teníamos tiempo para cumplir con el horario de llegar a casa, decidimos ir dando un paseo. Mi hermana me comentó que tenía muy buen gusto, que era un chico muy guapo. La conversación no siguió por esos derroteros, por primera vez en su vida mi hermana me contó los problemas que tenía con su actual novio. No sabia que hacer si dejarlo o seguir con él, era consciente que era un bebedor empedernido, que corría detrás de cualquier falda que se pusiera por delante, pero no era capaz de dejarlo, estaba enganchada. En estos momentos llevaba más de un mes sin verle y solo sabía de él por terceras personas.

Pasó el tiempo, mi hermana animada por mi, comenzó a frecuentar el club ya que era una manera de hacer nuevas amistades y tratar de olvidar ese novio que solo la llamaba de vez en cuando. Para no hacer más extenso el relato, mi hermana empezó a salir con Raúl, todo sea dicho que no fue ella la que lo provocó. A Raúl le gustó mi hermana desde el primer momento y la invitó varias veces a salir. Nunca dije nada ni lo hablamos con mi hermana. Las cosas son como son.

Con el tiempo empecé a salir con otros chicos hasta que encontré el amor definitivo con el que me casé. Mi hermana se había casado con Raúl un par de años antes. Mi matrimonio fue feliz, hasta que un desgraciado accidente de coche me dejó viuda con treinta y dos años y dos niños pequeños. A pesar de que esos años de casada fueron maravillosos, nunca pude olvidar esa noche con Raúl en la que no pasó absolutamente nada. Además le veía con mucha frecuencia puesto que era mi cuñado. Jamás pasó nada entre nosotros, me trataba como su hermana pequeña, con bromas y chanzas.

A raíz del fallecimiento de mi marido tanto él como mi hermana se volcaron en mí y en los niños, poco a poco fui rehaciendo mi vida. Volví a trabajar y pasaba temporadas en casa de mi hermana con los niños, se habían mudado a una localidad costera y en verano los niños pasaban con sus tíos y los primos un par de meses en la playa. Yo acudía los fines de semana o cuando tenía vacaciones. Durante esos años tuve un par de relaciones más o menos duraderas, pero que no cuajaron. Hace un par de años decidí no intentar más aventuras, desde entonces me relaciono más con mis amigas y paso muchas temporadas en casa de mi hermana. Los chicos ya son mayores y hacen su vida. Raúl sigue como siempre, atento, simpático y bromista conmigo.

Mi hermana vive en un chalet con jardín y piscina en verano paso muchos días con ellos. Las noches estivales de calor la ventanas y puertas quedan generalmente abiertas. Oigo a mi hermana y mi cuñado en sus juegos amorosos, sobre todo a mi hermana que es muy escandalosa. Esos jadeos me transportan siempre a esa noche cuando bailé con Raúl, me excito muchísimo y acabo masturbándome pensando en tenerle dentro de mí. En su casa, cuando me ducho pienso en Raúl. Ha pasado por ahí unos minutos antes, me lo imagino acariciando mi cuerpo desnudo y húmedo.

Un caluroso día de hace cuatro veranos, estábamos mi hermana y yo tomado el sol en una hamaca junto a la piscina, una voz llamó desde el chalet de al lado. Era la vecina que le recordaba que habían quedado en ayudarla a hacer una tarta para el cumpleaños de su hijo. Mi hermana se levantó, me confesó en voz baja que se le había olvidado, le dije que se fuera que ya recogería yo la cocina. Se puso un pareo y se fue a casa de la vecina, no sin antes decirme que tenía por lo menos para un par de horas.

Decidí poner la cocina en orden. Me levanté de la hamaca. Raúl estaba al otro lado del jardín bajo la sombra de un espeso árbol, dormía la siesta, el periódico le tapaba la cara. Me fui hacia él a coger la taza de café y la copa de coñac que estaban en el suelo. Me acerqué y pasó algo que nunca pensé que pudiera pasar. Me agaché a coger la taza y la copa, le miré, puse mi mano en su pecho y le acaricié, no se movió. Bajé la mano hasta el borde de su bañador, paré. La mano no obedeció a mi cerebro y escarbó bajo el bañador, hasta llegar al pene, estaba flácido. Mi voluntad dejó de existir, me arrodillé, con la otra mano bajé el bañador, el pene seguía flácido sujeto por mi otra mano. Le pasé la punta de mi lengua por el glande, tuvo un ligero espasmo, repetí varias veces, notaba que crecía. Me lo metí en la boca chupando y lamiendo, crecía por segundos.

Algo en mi interior me decía que parara, no podía. Raúl seguía con el periódico sobre la cara sin moverse. Su polla crecía en mi boca mientras seguía chupando y lamiendo, empecé a mover esa polla arriba y abajo con la mano, mientras con la otra mano acariciaba mi clítoris y metía mis dedos dentro de la ya húmeda vagina. Me corrí, poco después me regaló un buen chorro de leche que se esparció por mi cara.

Aparentemente seguía dormido. Chupé su polla para dejarla sin rastro de semen y la volví a poner bajo el bañador. Con la cara llena de sus efluvios cogí la taza, la copa de coñac y me fui a la cocina maldiciendo lo que había hecho por una parte, pero por otra, satisfecha de haber culminado algo que tenía pendiente desde hacia cuarenta años. Llegué a la cocina, me lavé la cara y me dispuse a fregar la vajilla. El agua del grifo iba enfriando mi cuerpo todavía caliente. Le daba vueltas a lo que acababa de hacer, nunca me perdonaría haber traicionado a mi hermana. Trataba de justificarlo, fue algo impulsivo, irracional, algo deseado durante años.

Mis manos restregaban el estropajo sobre un cazo cuando las braguitas de mi bikini fueron fuertemente impulsadas hacia abajo. El susto fue monumental, no me dio tiempo a reaccionar cuando intenté girarme estaba sentada sobre la encimera de la cocina con la piernas abiertas y la polla de Raúl apuntaba a mi coño. No me resistí, entró toda dentro de mí con un placer inigualable. Entraba y salía a una velocidad de vértigo, sus huevos golpeaban mi culo y eso producía más placer. Si es posible más placer.

No nos dijimos nada, yo tenía mis manos apoyadas sobre la encimera, me arrancó la parte superior del bikini, su boca mordía y lamía mis pezones. No se cuantos orgasmos llegué a tener, jamás había experimentado tanto placer ni tantos orgasmos seguidos. No se el tiempo que duró ese polvo, pero cuando él se corrió yo ya no podía mas. Salió de mí, se agachó y me dio un lametón en el chocho caliente, dilatado y mojado de mis efluvios y su leche, se levantó y se fue. Me quedé allí, quieta un buen rato hasta que me vi capaz de reanudar lo que estaba haciendo.

Al rato llego mi hermana, se puso a charlar conmigo en la cocina. Minutos después Raúl nos recordó que esa noche íbamos a cenar a casa de unos amigos, y que el se iba a comprar unas botellas de vino ya que la bodega estaba bajo mínimos. No conté nada a mi hermana de lo sucedido.

Volvimos a casa de madrugada tras la cena en casa de los amigos. Estaba en mi habitación medio dormida, todavía con el placer en mis huesos del polvo con mi cuñado en la cocina. De fondo se oían los jadeos y grititos de mi hermana, producidos por la verga de Raúl. El pensar que hacía unas horas esa polla había estado entrando y saliendo de mi coño hizo que me mojara como una colegiala, empecé a pasar mis dedos sobre el depilado coño. Mi hermana jadeaba como una locomotora. No pude más, me levanté de la cama y me encamine a su habitación.

Mi hermana estaba tumbada en la cama, sus piernas sobre los hombros de Raúl mientras este bombeaba con su polla el coño de mi hermana. Entre jadeos suplicaba que no parara. Sus ojos se cerraron y unos cuantos grititos secos indicaron que había llegado al orgasmo. Él sacó su polla y empezó a hacerse una paja mientras ella seguía jadeando en la cama, se había dado la vuelta, su cuerpo yacía sobre la cama, sus pies apoyados en el suelo dejaban ver un coño abierto y brillante. Me acerqué por detrás le cogí el pene y me lo llevé a la boca, apartó mi boca de su polla y me tumbó en la cama en la misma posición de mi hermana. Una al lado de la otra.

Mi culo se ofrecía a su polla, metió la lengua en mi culo, luego un dedo, luego dos, me dolía, por fin me la clavó violentamente, grité. Mi hermana giró la cabeza y me vio a su lado penetrada por su marido, no dijo nada. Raúl seguía follándome por el culo, el dolor inicial se convirtió en placer. Sacó su polla de mi culo y se lo clavó a mi hermana. Mi culo se movía compulsivamente, sin control. De nuevo salió de mi hermana y me folló a mí. Así estuvo mucho rato, follándonos a las dos, yo me corrí dos o tres veces, mi hermana pedía más. Al final nos dio la vuelta a las dos y nos puso la polla en nuestras bocas, por fin se corrió, ambas nos tiramos a lamer esos jugos que salían de ese pene que tanto nos había hecho gozar. Me levanté como pude y me fui a mi habitación.

Por la mañana no veía el momento de levantarme. No sabía como justificar lo de la noche anterior, me moría de vergüenza de presentarme delante de mi hermana y mi cuñado. Mi hermana golpeó la puerta de la habitación y me invitó a levantarme, el desayuno estaba servido en la terraza, eran las once de la mañana. Me puse una bata sobre mi cuerpo desnudo, hice de tripas corazón y salí a desayunar. Un suculento desayuno estaba preparado en la mesa del porche. Mi hermana se sentó a mi lado, Raúl como todas las mañana se había ido a buscar el periódico y a dar su paseo matutino.

Ambas en silencio empezamos a dar cuenta de las viandas, era indudable que el ejercicio de la noche nos había abierto el apetito. Por fin mi hermana sacó el tema, me preguntó que me había pasado, si tan mal estaba para que tuviera que follarme a su hombre. Me puse colorada y no supe que contestar. Mi hermana soltó una risotada que me dejó perpleja. Me contó que ellos se excitan mutuamente contándose con quien les gustaría echar un polvo, y Raúl siempre dice que tiene una deuda pendiente conmigo. Que cuando me conoció le atraje mucho, pero que eso de seducir a una niña de 18 años le dio miedo, y más viendo lo dispuesta que estaba en esos momentos.

A medida que pasaron los años siempre le decía que cualquier día iba a terminar eso que hace casi cuarenta años no se atrevió a hacer, follarme. Siguió diciéndome que ella se daba cuenta que yo también deseaba saldar esa “deuda”. Al principio la molestaba y sentía ciertos celos de pensar que su marido se quería follar a su hermana, pero, con el paso del tiempo esos celos se habían diluido y si tenía que ser engañada con alguien que fuera con su hermana. Raúl no era mujeriego siempre había sido fiel. Más de una vez mi hermana le había retado a que me follara, que se atreviera a decirme sus deseos, lo único que exigía era saberlo.

Raúl nunca lo intentó, y no por falta de ganas, en las fantasías que le contaba a mi hermana frecuentemente aparecía yo. La conversación terminó dándome todas las facilidades para que follara con su marido. Me quedé sorprendida, pero dispuesta a aprovechar esa oportunidad. Desde que me quedé viuda había tenido varias relaciones, pero lo que ahora se me planteaba era lo ideal para una mujer, follar con un hombre que te gusta, pero sin tener que aguantarle cada minuto.

Mi cuñado volvió cuando habíamos acabado de desayunar, se acercó a nosotras, mi hermana cogiéndole por la cintura lo atrajo hacía ella. Me miró, me guiñó el ojo y me dijo – es hora que vayas aprendiendo ciertas cosas -. Bajó su pantalón y su polla quedó al aire. La tomó con su mano izquierda y con la derecha cogió una cuchara que metió en la mermelada, con ella embadurnó esa polla que ya iba tomando consistencia. Se la metió toda en la boca, chupando y lamiendo, mientras con la mano iba moviéndola lentamente de arriba abajo.

Alucinaba con lo que estaba viendo, me estaba excitando y mis manos apartaron la bata y se dirigieron a mi coño, que empecé a acariciar. Raúl apartó la vajilla de la mesa, alargó su mano y me cogió del pelo, me levantó de la silla y me tumbó en la mesa. Sacó la polla de la boca de mi hermana que ya estaba tiesa y dura, puso otra cucharada de mermelada sobre mi chocho y me hizo la comida de coño más placentera de mi vida. Cuando estaba a punto de correrme metió la polla dentro de mí. Entraba y salía muy lentamente. Nunca me habían follado así. Tuve múltiples orgasmos, perdí la noción del tiempo, mi hermana sentada, con los dos pies apoyados sobre la mesa se masturbaba viendo como me follaba su marido.

Por fin la sacó y se la metió de nuevo a su mujer en la boca donde se corrió. Mi hermana llegó al orgasmo masturbándose mientras el semen le caía por la comisura de los labios.

Desde ese verano me follo a mi cuñado cuando me apetece, esté o no delante mi hermana. A veces dormimos los tres juntos en la misma cama, o me despierto porque mi cuñado se ha venido a mi cama y me está follando. Otras veces soy yo la que voy a su cama y me lo follo mientras mi hermana duerme a su lado. Algunas veces nos lo follamos mi hermana y yo al mismo tiempo.

Como buenas hermanas compartimos muchas cosas, entre ellas al mismo hombre. Lo único que siento es que todo esto no hubiera ocurrido años atrás. Ahora debemos ganar el tiempo perdido.

Autora: CaldaMarta

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