Con mi mejor amiga

Coloqué la punta de mi polla en su coño. La metí poco a poco, notando todo su sexo en la piel de mi ciruelo. Mi polla entraba lentamente, pero, cuando la penetración rozaba su fin, le daba fuerte para chocar mis cojones en sus muslos. Seguí en ese plan unos minutos, atento a sus gritos despavoridos y llenos de pasión.

Los sucesos que a continuación narraré ocurrieron en 2003, cuando tenía 19 años. Yo era un chico muy tímido que hablaba con su mejor amiga de todas las vivencias de ella, pero que nunca contaba nada, quizás porque no había mucho que contar… El caso es que, tras años de una amistad que más bien era considerada una relación de hermano mayor – hermana menor, comencé a sentir algo más. Ya no la protegía como a mi hermana pequeña, ahora se acercaba más a una protección por celos. Realmente nadie lo notaba, pero yo no quería hacerme a la idea, y me engañaba a mí mismo diciéndome que la protegía con más ahínco porque estaba desarrollándose físicamente, y me daba miedo que alguien le hiciese salir bruscamente de esa niñez en la que yo la creía sumida. Algo que luego me demostró no era así, ni mucho menos.

Ella, poseía unos pechos tremendos. Increíblemente, su talla rozaba la 100. El culo no era realmente su fuerte, aunque sí era de anchas caderas (más nada gruesa). Tenía una cara de niña buena preciosa, con ojos verdosos y pelo castaño muy lacio.

Era muy amigo de la familia, y me quedaba muchas veces en su casa, que estaba en el barrio que yo frecuentaba (pues me había criado en él). Su madre solía salir viernes y/o sábados por la noche, dejando a sus dos hijas solas (mi “hermanita” era la menor). La hermana de ella, de veinte años, también salía mucho. Por tanto, mi mejor amiga solía tener su casa libre, y siempre se quedaba una amiga o yo (o ambos).

Un sábado, el cual nos quedábamos solos en su casa, hasta que su madre llegara a altas horas de la madrugada, íbamos a salir a una verbena de un barrio cercano. Eran las doce y llegábamos de la playa (sí, nuestro grupo de amigos iba a la playa hasta por la noche, ya que nos quedábamos hablando, o bien jugando a las cartas). Tanto ella como yo teníamos que bañarnos antes de partir para la fiesta. Decidimos que yo me duchaba primero, ya que tardaría mucho menos.

Cuando salí del baño, y llegó su turno, me dispuse a cambiarme en su cuarto. Ella ya estaba en la ducha cuando me puse mis calzoncillos y me coloqué frente al ordenador (teníamos la suficiente confianza como para estar ambos en ropa interior junto al otro). Tardó casi media hora en la ducha (una media hora que yo ni noté, porque cuando estoy con el ordenador el tiempo se me pasa volando). Al salir, vino a su habitación con una toalla envuelta en sí misma, y otra en el pelo, y se colocó ante el espejo de su ropero. Yo miré para ella y vi, a través del espejo, un reflejo pícaro en sus ojos que nunca había visto.  Mi sorpresa fue cuando se desprendió de la toalla y se quedó desnuda de espaldas a mí. A continuación me dijo:

No pasa nada, ¿no? Eres como mi hermano -. Y se dio la vuelta sobre la marcha, se agachó para secarse bien el pelo, mostrándome desde atrás toda su sexualidad.

Yo, perplejo, hice girar la silla de oficina, y le dije:

-Realmente sí que pasa… -. Señalando hacia mis calzoncillos, de los que brotaba un bulto extremadamente consolidado.

Ella se quedó mirando con la boca abierta y los ojos como platos, y, consiguiendo articular palabra, me dijo:

-Tranquilo, eso tiene arreglo… -. Y volví a ver ese reflejo en sus ojos, esta vez acompañado por una sonrisa más que pícara.

A continuación, se acercó a mí hasta estar a menos de un palmo y, agachándose bruscamente, bajó mis calzoncillos, haciendo que mi miembro, tras quedar descubierto y rozando ligeramente sus labios, diese esos ligeros botes que da cuando uno se quita la ropa interior y el amigo está en pleno apogeo.

Con una expresión de asombro y acompañada de un “¡anda con mi hermanito!”, agarró mi polla con fuerza y se la metió lentamente en la boca, no sin dejar de mirarme con ese reflejo en sus ojos que con tan poca frecuencia había visto. Comenzaba el sube y baja, y yo notaba mi glande en su garganta, rozando su campanilla. Sentía cómo mi trabuco se empapaba en su saliva, y disfrutaba con el sentir de sus manos en mis huevos. Pronto bajó el ritmo y se tomaba su tiempo para rodear con su lengua mi polla. Rozaba la punta con mi capullo, y yo notaba que el cañón estaba a punto de disparar. Sin embargo, decidí aguantar un poco más. De repente, dejó el ciruelo de lado y se dirigió a mis cojones, cargados a reventar, y que colgaban de una forma brutal.

Comenzó a succionarlos y logró meterse ambos en la boca, no sin cierta dificultad. Lamía mis huevos como una niña lame su piruleta. Tras pasar su lengua por mis cojones una y otra vez, dio paso a una zona más baja, sin llegar al ano en sí. Lamía y lamía, desde esa zona hasta los huevos, y a distintos ritmos. Por fin, volvió de nuevo con mi polla, y como sabía por el gorgoteo de ésta que estaba a punto de correrme, se la metió en la boca y comenzó a succionar cual pajita para sacar toda mi leche. Fue un escándalo. Nunca imaginé que podría disfrutar tanto en un espacio tan corto de tiempo. Mi polla inundó su boca de un líquido que parecía ser un manjar para ella. Lo deleitó como quien deleita la primera cerveza de las vacaciones.

Yo pensaba que aquí acabaría todo, ya que su plan era bajar lo que ella misma había subido, pero nada más lejos de la realidad.

-Ahora quiero disfrutar yo. Con el calentón que tengo, lo único que quiero es sexo bruto. Nada de niñerías. Hazme tu zorra.

Yo, sin poder articular palabra, y perplejo por lo en que se había convertido mi dulce “hermanita”, no me quedó más remedio que complacerla. Mordiéndome el labio, y sin saber muy bien cómo empezar, la agarré por un brazo y fuertemente la puse contra la pared. Estremecida, la hice ponerse de puntillas y abrí sus nalgas. Coloqué la punta de mi polla en su coño. La metí poco a poco, notando todo su sexo en la piel de mi ciruelo. Mi polla entraba lentamente, pero, cuando la penetración rozaba su fin, le daba fuerte para chocar mis cojones en sus muslos. Seguí en ese plan unos minutos, atento a sus gritos despavoridos y llenos de pasión.

Decidí entonces que si ella quería ser mi zorra, tenía que seguir tratándola como tal. La puse a cuatro patas y le di unas nalgadas en su culito rosado. Empapé mis dedos y masajeé su ano. Poco a poco introduje un dedo. Lo sacaba y lo metía lentamente, viendo como ella gemía entrecortadamente. Pasé a dos dedos en un santiamén para ir agrandando el agujero. Mientras masajeaba su culito, ella, con la única mano que podía usar, ya que estaba a cuatro patas, se restregaba el coño. Cuando ya iba por tres deditos y sus gemidos ya eran considerables, me coloqué en posición y me dispuse a abrir ese culito. De pronto, ella me paró y me dijo que era la primera vez que alguien tomase su ano. Me pidió que cogiese la vaselina del cajón.

Cuando la cogí, me la quitó de las manos y quiso untarme la polla con ella. La pastosa vaselina embadurnó mi miembro de manera que pudiese entrar sin problemas en su trasero. Sus manos cogían mi pene con mucha pasión, y yo disfrutaba de eso como de una gran mamada.

Cuando terminó, volví a mi lugar, detrás de su cuerpo en posición de perrito, y coloqué la punta de mi polla en su ojete. Yo procuraba meterla muy lentamente, para escuchar cómo ella gemía el tiempo que yo estuviese penetrando. Si yo hacía una pausa, ella paraba su lento y sensual gemido. De repente, tuve que hacerlo: se la metí fuertemente hasta el fondo. Ella me había pedido ser su zorra, y yo no pude contener las ganas. Ella pegó un grito de dolor, pero que también albergaba mucho, pero que mucho placer. Disfrutaba de ese trato. Tras ese grito que me pareció de guerra, oí el mejor “¡Sí!” que jamás pude escuchar. Seguí dándole de esa manera, y aproveché para agarrarle el pelo con fuerza. A ella le chiflaba. Disfrutaba de lo lindo con ese ritmo. Yo sentía mi polla apretada por las paredes de su ano y eso me hacía sentir en las nubes. Le daba cada vez más fuerte. Cabalgaba. Agarrado a sus crines, le daba y le daba.

Paramos. Ambos sudábamos estrepitosamente. Yo estaba agotado. Ella, viéndolo, decidió tomar el relevo. Se levantó y me empujó hasta hacerme caer en la cama, boca arriba. Se subió sobre mí y, cogiendo mi polla para colocarla en su coño, comenzó a cabalgar. Ahora el jinete era ella. Empezó un sube y baja lento. El trabajo ahora era suyo. Le gustaba también coger las riendas. Al parecer, era polifacética. Cambiaba de ritmo de vez en cuando. Yo estaba en otro mundo. No sabía cómo era posible que se pudiese disfrutar tanto en una misma noche.

Cuando le dije que ya quedaba poco para acabar, me dijo que terminásemos con una rusa. Yo, que siempre había soñado con esos pechos, creí que con sólo escucharlo me correría. Aguanté para ver cumplido mi sueño y puse una rodilla a cada lado de sus costados, quedando prácticamente sentado sobre ella. Mi polla se perdía entre esas sus tetas. Eso me ponía a tope. Sacaba su lengua esperando beber de mi biberón por segunda vez esa noche. Mis huevos rozaban la boca de su estómago y yo rozaba el cielo de placer. Sus pechos acunaban mi polla como a un bebé, lo que  meciéndolo con brutalidad. Yo, en el éxtasis total, acabé chorreándole el pecho y toda la cara, viendo cómo se limpiaba con la lengua. No podía creerme lo que acababa de vivir. Me acosté a su lado y, mirando al techo anonadado, me quedé dormido. Ni verbena ni pollas: ya habíamos tenido suficiente baile.

Autor: Calippo

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