Dueña de su vida y de mis recuerdos

Comencé a meter la polla ella gemía y suspiraba. Sus dedos acariciaban su coño mientras yo iba metiendo el resto del nabo, comencé a entrar y salir de su apretado agujero, ella se retiraba un poco, le pregunté si le hacía daño, obtuve un certero movimiento que me hizo entender que quería volverme a tirar sobre la cama para ser ella la que me follara pero sin sacarse el aparato del culo.

Siempre me pareció atractiva a pesar de sus años. Las maduras tienen algo que no pueden igualar las lozanas carnes de un pueril angelito de 18 años. Es otra forma de mirar, otro modo de sentir.

Aquella mañana tuve que ir a su casa porque a mi novia le hacía falta el carné de conducir para presentarlo en su nuevo puesto de trabajo y una revista de ecología que debía consultar, según me dijo. Se había marchado a trabajar al campo, como monitora medioambiental, en contra de mi opinión. Esa tarde tendría que llevarle el documento y la revista, por lo que tenía que recogerlos por la mañana.

Al llamar a la puerta esperé más de lo normal y ella me abrió con una toalla en la cabeza y un albornoz de color crema que cubría su desconocido cuerpo. Iba descalza y andaba sobre las puntas de sus pies para no manchar sus limpios pies con máculas del suelo. Tomé asiento en el sofá que daba a la entrada del patio interior de su casa, mientras que ella se adentraba en el cuarto de baño para terminar con su aseo personal. Me hablaba a través de la puerta de si tenía que hacer esto o lo otro, de si su hija estaba bien o no, de que su marido había salido a dar un paseo con el perro…

Salió con el pelo claro húmedo reposando sobre los rizos cremosos del albornoz. Sobre la frente descansaba un mechón de pelo que le daba un aspecto algo salvaje, como la escena en la que Andrews sale del agua en la película de Bond. Se sentó en el sillón de enfrente mientras seguíamos charlando de cosas banales. Le dije que su hija necesitaba el carné de conducir y que me había dicho que ella sabría dónde estaba. También tenía que darme la revista. Se levantó, se agachó y comenzó a buscar en uno de los cajones más bajos de la cajonera del salón. Desde mi posición podía apreciar la silueta de su magnífico culo, mientras la falda del albornoz se movía ligeramente con cada gesto de búsqueda que ella realizaba. Se agachó un poco más, para buscar en otro cajón aún más bajo y pude apreciar el comienzo de sus muslos. Se notaban algunas rugosidades y venillas que hacían realidad aquella visión de ensueño.

En ese instante caí en la cuenta de que me estaba excitando muchísimo. Mientras seguía jugando con mi imaginación ella se dio la vuelta y se agachó delante de mí para buscar en la rejilla de la mesita del salón, una mesa de esas que son enanas y que sólo sirven para poner los vasos encima, cuando estás tomando algo. Con su mano izquierda aguantaba los bordes de su prenda sobre su regazo, mientras que con la otra rebuscaba entre los papeles que había en la rejilla. Sus pantorrillas eran prietas y dejaban ver algún músculo producto de tantos años usando calzado con tacón. Yo simulaba que miraba lo que estaba haciendo, pero mis ojos viajaban de su mano derecha a su regazo constantemente. Cuando creyó haber encontrado lo que buscaba soltó el albornoz y se ayudó con ambas manos. Los bordes se abrieron y dejaron ver unos muslos generosos que convergían en un oscuro pliegue del que no pude ver más porque con un movimiento ágil volvió a tapar su tesoro.

Me alargó la revista y me dijo que no encontraba el carné. Iba a subir a mirar en su habitación para buscar en sus cajones. Yo me ofrecí a ayudarla y ella aceptó sin recelos. Era capaz de ofrecerme para cruzar el desierto a pie con tal de poder seguir disfrutando furtivamente de su cuerpo. Nos pusimos a buscar en la estantería en la que estaban todos los libros que mi novia había comprado durante la carrera. Ella volvió a agacharse para mirar en los paños más bajos y, desde arriba pude ver sus tetas pero sin distinguir los pezones. La escena me dejó sin aliento. Nunca me había imaginado que tuviese unas tetas tan grandes. Vestida aparentaba menos pecho. Ella miró hacia arriba y se percató de que le estaba dando un repaso de órdago, se incorporó y siguió con la búsqueda sin dar más importancia a la cosa. Yo me moría de vergüenza porque sabía que ella se había dado cuenta pero no podía hacer o decir nada que no empeorase la cosa.

Cuando acabamos de revisar la estantería dijo que habría que mirar en el armario, que era el último sitio en el que creía que podría estar. Ahora sería yo el que mirase en los cajones del armario, para que ella no se tuviese que agachar. Me puse a buscar y, me sorprendió que ella se encaramó a la silla que había en el rincón para mirar por el altillo del armario. Nuevamente me resultó inevitable mirar sus piernas. Deliciosas, voluptuosas. Me asomé a la falda para mirar debajo y, cuando estaba a punto de llegar a su entrepierna con mis ojos, ella movió la cadera, apartó el albornoz y estaba sobre mí, mirándome con gesto severo.

Deseé morirme en ese instante, viéndola tan seria desde abajo, sin ningún género de dudas sobre qué estaba haciendo. Me incorporé pensado alguna disculpa increíble y, cuando volví a mirarla noté que asomaba una tímida sonrisa a sus labios. Sin decir una palabra se giró y vi cómo caía el albornoz a sus pies, dejando a la vista un culo generoso y precioso. Se dio la vuelta y me quedé sin aliento; unas tetas apetitosas y su vello púbico negro y abundante me pusieron como una moto. Me preguntó si me gustaba lo que veía y si me parecía atractiva. Creo que la evidente erección que presentaba le bastaron como respuesta porque se acercó y pasó su mano sobre mi pantalón agarrando mi polla con fuerza. Su lengua entró en mi boca como ciclón, buscando en todas direcciones y atacando mi lengua sin dejarla escapar hacia su boca. Su mano había sacado mi verga y la meneaba sin descanso mientras mordía mis labios y mi lengua salvajemente.

Cuando dejó de besarme me dijo “fóllame como un animal y destrózame con tu polla”. Eso me puso a mil por hora. La tiré sobre la cama de mi novia y le abrí las piernas, mientras acercaba mi lengua hacia su coño pasándola suavemente sobre el interior de su muslo derecho. Comencé a lamer sus ingles mientras alargaba las manos y pellizcaba sus pezones con firmeza. Ella suspiraba y se movía compulsivamente con cada pasada de mi lengua por su vulva, y apretaba sus piernas contra mi cabeza con tal fuerza que temí que me fuera a ahogar.

Cuando estaba a punto de estallar aflojó las piernas y me ordenó que me tumbara sobre la cama. Se colocó a horcajadas sobre mis hombros y me regaló su sabroso fruto mientras sentía cómo mi polla era engullida entera por su húmeda boca. El clítoris había aumentado de tamaño desmesuradamente y palpitaba con cada lametón. Acerqué aún más la cabeza y succioné sus labios menores y su clítoris, todo a la vez. Mamaba su jugosa carne y pasaba mi lengua desde dentro. Ella seguía con su feroz felación y se corrió en mi boca dando un golpe seco con el culo que me hizo retirarme de golpe.

No terminó la mamada, se dio la vuelta y se clavó mi estaca dentro de su concha casi sin darme cuenta. Era bastante ancho y, con la cantidad de flujo que tenía, notaba poco roce en mi polla.

Ella lo notaría porque apoyó los pies en el colchón y comenzó a culear a la vez que noté que su coño se ajustaba como un guante a mi polla. No sé cómo hizo aquello, sólo sé que con media docena de metidas sentí que la polla me reventaba. Sin poder evitarlo le solté una descarga de leche en su interior. Ella siguió con el ritmo frenético que había impuesto y soltó otro enorme orgasmo con mi verga dentro. Las contracciones evitaban que se me pusiera flácida, la sacó y se tumbó a mi lado.

Me quedé mirándola con cara de sorpresa. Nunca podía imaginar que esa mujer era capaz follar como la había hecho. Cuando quise hablar para decirle que me había gustado mucho no me dejó. Me puso su dedo índice sobre los labios, acerco la boca a mi oreja y me dijo que si me gustaría follarla como a una puta. ¡Esas fueron sus palabras!. Produjeron un efecto mágico en mí. La polla parecía que me iba a reventar. Me incorporé dispuesto a destrozarle el coño con mi estaca. Ella no dejaba de hablar y decirme que estaba deseando que la montase como una yegua salvaje. Desde atrás le metí la polla de un solo golpe y le arranqué un grito que parecía salir de la misma brecha.

Comencé a empujar salvajemente y la muy puta no paraba de gritarme que siguiera, que quería sentir cómo le rompía el coño. Sentí que su mano me cogía los huevos y me puse más loco aún. Le apretaba su culo mientras la embestía. Me dijo que si quería probar su culo y le dije que sí, por supuesto. Le saqué el rabo de su brecha y me dijo que se la diera que me la iba a babear para que le entrase bien. Mientras ella se tragaba mi polla y la mojaba por completo se dejó chupar el agujero del culo. Pasé mi lengua por su dulce botón y lo dejé bien impregnado de mi saliva. Se volvió a poner a cuatro patas y agachó la cabeza a la vez que arqueaba la espalda.

El panorama era espectacular. Su gran culo todo para mí. Apunté el glande y comencé a meter la polla, no sin dificultad. Ella gemía y suspiraba como si estuviera de parto. Sus dedos acariciaban su coño mientras yo iba metiendo el resto del nabo.

Una vez dentro comencé a entrar y salir de su apretado agujero y ella seguía gritando y resoplando. A cada metida ella se retiraba un poco y le pregunté si le hacía daño. Por respuesta obtuve un certero movimiento que me hizo entender que quería volverme a tirar sobre la cama para ser ella la que me follara pero sin sacarse el aparato del culo. Con gran maestría me puso mirando al techo con la polla a punto de estallar. Siguió culeando muy despacio y me preguntó si me gustaba lo guarra y puta que era. Le dije que sí, que me encantaba que fuera tan ramera. Se acercó a mi cara y dejó caer un hilo de saliva sobre mis labios.

Aquello me hizo enloquecer y comencé a insultarla mientras le tiraba de los pezones. Ella me los acercaba a los labios y los retiraba. Con cada retirada me escupía y eso me hacía estar más cachondo aún. Su culo seguía subiendo y bajando y sus tetas repartían la última descarga de saliva sobre mi cara, antes de que llegara la siguiente. No me dejó que me corriera dentro de su culo. Sacó la polla repentinamente y me ordenó que me corriera sobre su cara y sus tetas. Se colocó sobre el colchón, mirando hacia arriba y me puse sobre ella, meneándomela, hasta que le solté la segunda descarga de semen sobre la cara. Cuando hube terminado se acodó sobre el colchón y engulló mi verga exprimiéndola, hasta quedarme sin una gota.

Se levantó, bajó las escaleras desnuda, como un ángel venido desde el mismo infierno; los cabellos más húmedos aún, desordenados, sus glúteos trémulos acompañaban cada uno de los pasos que la alejaban de mí. Se metió en el aseo y, desde dentro, se despidió de mí con un lacónico, Adiós.

No he vuelto a disfrutar del sexo como aquella vez. Tampoco me he dado oportunidad de acercarme a ella y hablar sobre lo que ocurrió. Parece que todo fue un sueño pero yo sé que no es así. Lo sé cada vez que hago el amor con mi novia, porque mi mente dibuja el cuerpo y la cara de su madre.

Autor: Calixto

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