Ayudando a mi padre

Desde siempre sé que mi padre me atrae. Lo sé y no lo puedo negar. Cuando no estaba intentando verlo sin camiseta, iba al baño a mear mientras él se estaba duchando o simplemente iba a su habitación para ver como dormía. Todo esto se agravó cuando empecé a ir a trabajar con él y yo le echaba una mano. Ya está jubilado pero él era camionero y hay un momento en la economía familiar que tenemos que echar una mano entre todos.

A partir de los 16 años, yo me iba a ayudarlo, y cuando decía ayudarlo muchas veces era estar de incordio. Yo siempre he sido un chico pequeño y delgadillo. No estoy preparado para el trabajo que exige el transporte de mercancías. A esas alturas, yo ya empezaba a saber que me interesaban más las pollas que las tías y siempre que íbamos a las estaciones de servicio yo aprovechaba y veía como meaban los tíos y como se tocaban sus rabos y como alguno incluso me dejaba sobárselo. Todo esto sin tardar mucho porque mi padre estaba fuera y me estaba esperando para seguir el viaje.

Así pasó el verano y yo con menos ganas de ir, ya que prefería seguir todo el verano disfrutando con mis amigos en vez de recorrer kilómetros y kilómetros por toda España sin que tuviese ninguna gratitud a cambio. Solamente los buenos pajotes que me hacía en mi habitación  por las noches.

Acabó el verano y yo volví a la rutina de mis estudios. Mi vida amorosa una mierda pero poco a poco fui conociendo “amigos” con los que pasaba buenos ratos y empecé a disfrutar de unas buenas pajas en compañía, de comerme unos buenos rabos y disfrutar de los tíos. Sobre todo de los más maduros y masculinos que son los que me gustan a mí.

Al verano siguiente, tuve que volver a ir a trabajar con mi padre pero las cosas fueron distintas. Yo seguía sin tener ganas de ir, pero ya no me cortaba tanto en mirar a los tíos meando que había en las estaciones de servicio. Incluso tocarlos el rabo. Cada vez me volvía más morboso. Perdí la vergüenza y siempre que había un tío masculino en los baños, allí estaba yo, por si surgía la ocasión. Alguna vez algún que otro camionero que me follaba en la habitación. Mi padre a pesar de mi insistencia siempre dormía en la cama del camión.

Una tarde estuvimos en Valencia descargando muebles para una nueva oficina. Entre los pesados que eran y el calor que hacía, yo quería morirme. Mi padre se quitó la camiseta y por lo menos pude disfrutar de una visión muy agradable. Mi padre es alto. Un metro ochenta y tantos y no sé los kilos que pesará pero el tío estaba bastante fibrado. De esta gente que es ancha pero que se le notan todos los músculos. En esa época el tenía unos 56 años y aunque peinaba canas, es y era muy atractivo. Además, con unos ojos verdes que te daban ganas de comértelos.

Cuando terminamos de trabajar, empezamos a regresar a Madrid y como se hizo de noche tuvimos que parar en un hostal a dormir. Él se iría a dormir al camión como siempre pero antes se vino a la habitación del hostal a ducharse. Mientras que yo estaba descansando en la cama, cogió la toalla y se metió al baño a ducharse. Desnudándose en la habitación y dejando toda la ropa sucia tirada allí.

Cuando oí el ruido de la ducha me agaché y cogí sus calzoncillos. Unos calzoncillos de los de persona mayor. Azules que tienen una abertura para sacarse la polla para mear. Los olí. Un olor a orina que hizo que me empalmara en ese preciso momento. No pude evitarlo. Lo olí y los chupé. Era el olor más penetrante y que más me excitaba y ese olor era de mi padre…

Estaba disfrutando tanto del olor que no me di cuenta que la ducha se había cerrado y que mi padre de pronto abrió la puerta del baño, pillándome con sus calzoncillos entre las manos y diciendo que iba a recoger la ropa para llevárnosla a lavar a casa. La primera excusa que me vino a la cabeza y que no sé si se la creyó o no pero mi padre me miro de forma rara. Al momento me fui a duchar yo para bajar el empalme que tenía. Luego, por la noche, estando solo en la habitación ya me haría una buena paja.

Bajamos a cenar al restaurante y mi padre estaba con cara seria. Él decía que era porque le dolía todo el cuerpo del cansancio que tenía y yo insistí en que viniera a dormir en la habitación. Si dormía otra vez en la dura cama del camión le iban a doler los huesos toda la vida. Además, aunque en la habitación había una sola cama; ésta era lo demasiado grande para estar los dos durmiendo sin molestarnos. Mi padre aceptó y lo único que me faltó fue dar un salto de alegría. Siempre es bueno tener a un hombretón durmiendo al lado, aunque sepas que no va a pasar nada porque es tu padre.

Mi padre se subió directamente a la habitación del hostal y yo me fui a dar un paseo. Aunque me apetecía dormir junto a él, era todavía muy pronto y no le quería molestar mucho porque al día siguiente tenía que seguir conduciendo.

Sobre las doce de la noche yo me subí a la habitación y vi que mi padre estaba allí en la cama durmiendo boca arriba y roncando como una locomotora. Lo miré durmiendo y pensé que aprovecharía la noche para sobarle el cuerpo y sobre todo el rabo. Así que me acosté sin hacer mucho ruido y me puse de lado de espaldas a él.

Él seguía durmiendo y no pude evitar a tocar su cuerpo. Su pecho velludo, sus piernas, su ombligo… ¡joder! que macho tenía allí a mi lado y sin poder hacer nada. Seguí aprovechando y note el empalme que tenia bajo sus calzoncillos. He de decir que yo ya había visto a mi padre muchas veces desnudo y sabía que tenía un buen rabo pero nunca lo había visto empalmado y pude comprobar lo que me imaginaba… que mi padre tenía un gran cipote. Gordito, con una buena cabeza y duro como una piedra. Además, la polla salía de su ropa interior y le llegaba hasta el ombligo. Alucinaba. Empecé a tocarme el rabo que ya tenía una buena erección mientras que le tocaba a él. A él, a su rabo y a sus cojones. Gordos como pelotas de golf. ¡ufff!

Casi no aparté la mano cuando se dio la vuelta en la cama y se puso mirando mi espalda. Dormía, pero me gustaba tenerlo así. Con la polla restregando mi culo. Me gustaba porque me había bajado un poco mis boxer y la polla me tocaba mi abertura. Un vicio. Yo movía discretamente el culo para poder sentir la dureza de ese rabo y bien que lo sentía. De pronto, sentí hubo un fuerte ruido en los pasillos del hostal y me hice el dormido ya que no quería que mi padre me pillara en plena acción. Eran unos camioneros borrachos que ya iban a dormir y que no podían dejar dormir a la gente tranquilamente. Cuando pasó la gente seguía quieto por si acaso habían despertado a mi padre y lo que sentí me dejo un poco confundido. Mi padre estaba empujando su rabo contra mi culo. Muy despacito pero lo hacía. Yo quieto como una estatua. No sabía que pensar pero no quería que cambiara su postura para que yo pudiera seguir disfrutando.

Volvió hacer otro movimiento para delante y me metió la polla otro poquito en el culo. Mi padre me estaba follando. Otro movimiento de cintura y solté un pequeño jadeo, cosa que a mi padre le gustó porque sonrió y me dijo

-¡Así me gusta, hijo! ¡ Que disfrutes

Como pude giré la cabeza y entre tinieblas vi a mi padre que me miraba fijamente. Como me gustaba este pedazo de hombre. Me giré todo el cuerpo y nos quedamos frente a frente. Notaba su respiración por su cuello y me dijo:

-Creo que ha habido momentos que yo también he deseado esto. Sé que es raro, pero lo necesito.

Y sin más, me dio un beso en la boca. Un beso con cariño. Me abrazó fuerte y mientras seguía besándome empezó a abrir su boca para dejar que mi lengua entrara y jugara con la suya. Cogió mi mano y me la acercó a su polla para que le pajeara. Ya no tenía que ir despacio ni esconderme para hacerle disfrutar. Seguía besándolo y jugando con su polla, pero yo necesitaba más; mucho más. Empecé a besar su cuello y seguí bajando. Besé su pecho tan frondoso. Besé sus pezones y sus sobacos que a pesar de estar recién duchado ya destilaban un ligero olor a macho.. Noté que mi padre estaba cada vez mas excitado.

Seguí bajando y chupé su ombligo con mi lengua. Iba a conseguir todo un rabazo y me lo iba a comer entero. Lo cogí y olí su polla. Me gustaban todas las pollas en general; pero esta en particular me ponía loco. Lo chupé. Primero despacito, disfrutando cada lametón que pegaba; pero poco a poco el ritmo se iba acelerando y cada vez más iba entrando ese palo en mi garganta, haciendo incluso que a veces me diera arcadas. Todo su duro rabo el que estaba haciéndome disfrutar como nunca.

Yo no podía aguantar más y así que me puse en cuclillas y me corrí. Eché dos o tres lechazos de leche caliente y calló por todas las sabanas. Fueron cortos pero intensos. Mi padre sonrió y siguió acelerando el ritmo de la follada de su polla a mi boca. No sé cuanto aguante tendría mi padre pero empecé a notar que se estaba poniendo más duro y que cada vez se frotaba la polla con más fuerza. Él se puso en pie e hizo que me pusiera de rodillas. Tenía su polla a medio palmo de mi boca y sabía que toda su leche iba a ir para mí. Mi padre gemía y yo pedía toda su leche. No quería desperdiciar ni una gota. Abrí la boca y de pronto empecé a sentir en mi lengua unas cuantas ráfagas de semen caliente. Joder. Vaya corrida que se estaba marcando mi padre. No paraba de echar leche y llegó a mancharme parte de la cara. Cuando ya quedaba poco por echar, mi padre se apartó con el dedo lo que había quedado en su polla y me lo metió dentro de mi boca. Me cogió del cuerpo e hizo que me pusiera en pie. Me besó y me dijo:

-Espero que a partir de ahora vengas a trabajar conmigo con más ganas.

Claro que iba a ir contento con él. Esperaba que esto que acabábamos de hacer volvería a repetirse.

Fui al baño a limpiarme y cuando volví a la cama, mi padre estaba  tumbado en la cama durmiendo. Esa noche dormí con mi cabeza en su pecho. Un pecho que me sirvió como almohada y en el que pude dormir abrazado durante muchas veces más.

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Ayuda al Camión (Dedo al Camión 3)

Ayuda al Camión
Por Rebelde Buey

Estaba desesperado. Había reunido a mis dos íntimos amigos, a mi primo y a un vecino de confianza para que me ayudaran, para que me dieran ideas, plata, lo que sea con tal de sacar a mi novia del emputecimiento en el que estaba sumergida.
Los miré uno a uno, tragando saliva. Resultaría difícil no quedar como el rey de los cornudos.
—Se trata de Violeta…
Me miraron preocupados.
—¿Le pasó algo?
—No. Bueno, sí. Pero nada grave. O sí, muy grave…
—¿Qué pasa, Henry? ¿Se van a separar?
Estábamos en el living de mi casa, sentados en los sillones.
—Está en problemas. Tiene un especie de… adicción…
—¿Drogas…?
Los miré. No sabía cómo decirles.
—Es adicta… al sexo.
Uno de mis amigos sonrió como si yo estuviera bromeando.
—No es lindo. Ni excitante. No es solo adicta al sexo… -me sentía tan incómodo de revelarme así delante de ellos. —Es adicta al sexo con… camioneros… Está como obsesionada… Es una historia larga, pero… Se la pasa cogiendo con camioneros…
Primero rieron. Luego vieron mi rostro destruido y entendieron que, por extraño que pareciera, era verdad.
Me eché a llorar.
—Henry, disculpá… -me dijo uno de mis amigos. —Pensé que era una joda…
—No lloro por ustedes, pero ella… Tengo que hacer algo… no quiero perderla…
—¿Te va a dejar? -quiso saber mi primo.
—No. Ella me sigue amando. Y yo también. Pero no puede salir de esa puta parrilla…
—¿Qué parrilla?
—Trabaja en una parrilla y el dueño la hace coger con los camioneros por 100 pesos… Y ella se deja…
—No puede ser…
—Hasta yo… Para cogérmela yo también tengo que pagar… Necesito ayuda…-imploré.
Todos conocían a Violeta y, aunque la veían siempre de polleritas y remeras ajustadas, con sus tetas a punto de explotar y la carita de puta alegre, les resultaba imposible de creer.
—¿Querés que le hablemos?
—Es al pedo hablar. No le importa nada. No es que no me quiera, es que no lo puede evitar… Es como una droga, no puede dejar de cogerse camioneros…
Yo estaba con la cabeza gacha, llorisqueando, y no pude ver cómo entre los cuatro se cruzaron miradas.
—¿Cómo es el sistema…? -me preguntó mi primo.
—Los camioneros comen algo, se anotan en una lista y cuando les toca el turno, pagan comida y polvo y se llevan a mi nena a su camión…
—¿Por cuánto tiempo?
—Media hora…
Se volvieron a mirar.
—¿Y hay alguna restricción… o cualquiera puede ir y…?
—Creo que cualquiera. No sé. Mientras se le pague al hijo de puta de Antonio, el parrillero…
En ese momento entró al living Violeta y nos sonrió. Ya se habían saludado antes y ella iba y venía por la casa sin saber lo que hablábamos nosotros. Llevaba puesto un mini short colorinche, enterradísimo entre las nalgas, que la exhibía demasiado. Esa era otra cosa que me molestaba de todo el asunto: el hijo de mil putas de Antonio, además de prostituirla, le había cambiado la forma de vestirse y comportarse. Ya en el barrio se rumoreaba que era una putita.
Mis amigos la siguieron con la mirada, especialmente cuando se agachó a acomodar unas cosas en una mesita. Mi primo, fanático de los culos grandes y redondos, se quedó colgado del mini short de mi novia, que casi le dejaba media cola afuera.
—¿Vieron? -les dije cuando se fue. —¿Vieron lo cambiada que está?
—Yo no la veo muy cambiada -dijo mi primo. —O por ahí un poquito más delgada, con mucho mejor cola que antes, creo está más buena que nunca…
—¡Cambiada de actitud, boludo!
—Ah, sí, sí -admitió a modo de disculpa.
Los miré a los cuatro, suplicante. Eran mi gente de mayor confianza.
—¿Y? ¿Me van a ayudar o no?
—Por supuesto, Henry. Algo se nos tiene que ocurrir. Pero decime… la parrillita esa… ¿dónde queda…?

Idearon rápidamente un plan. Me pidieron 400 pesos, 100 para cada uno. Irían en la semana a ver cómo era el sistema ese, por el que el Antonio prostituía a Violeta. Santiago, uno de mis amigos, consiguió un camión. Pagarían, llevarían a mi novia a la cabina y tratarían de convencerla. Por supuesto, ellos no le harían nada. Eso me aliviaba. Si bien me iba a costar 400 pesos, al menos esa noche ella no sería tan usada como de costumbre.
Llegamos a la parrillita y mis amigos y mi primo se anotaron en la lista. Casi se atragantan cuando la vieron llegar de un camión con su uniforme de ese día, una mini falda tableada y cortísima, que le dejaba media cola al aire, y una tanga demasiado metida en la raya. Arriba, un top corto donde las tetotas se peleaban por salir.
—Hola, mi amor -me saludó mi novia. —¿Trajiste platita para hacerme el amor?
—N-no… -balbucí. —Pero mis amigos… -Ella giró para verlos y les sonrió. —Vienen a hablarte.
—Que se anoten en la listita, mi amor… -dijo con cierta indiferencia.
Media hora después, mi amigo Dani se llevaba a mi gordita hermosa al camión, previo pago de los 100 pesos que le había dado. Dani era el más pirata de todos, a excepción quizá de mi primo, por lo que verlos entrar a la cabina me despertó una alarma. ¿Y si se llegaba a propasar con ella?
—Tranquilo -me dijeron los otros tres. —A Dani lo conocés desde la primaria. ¿Cómo te va a hacer una cosa así?
Me calmé. Todo este asunto me estaba poniendo paranoico. Fue una media hora de chicle, nunca se terminaba. Por un lado mejor, pensé, todo este tiempo estaría tratando de convencerla.
Pero cuando regresaron, también lo hizo la paranoia. Porque conozco a Violeta y en la cara le vi que había cogido. Mi amigo venía feliz y relajado. Algo andaba mal.
—Santiago -anunció Viole con el papelito en la mano, y le sonrió a mi vecino cuando éste se levantó de un salto. Le vi el bulto que le hacía el pantalón y lo noté muy poco concentrado en su misión real.
—¡Ey! -reclamé mientras se alejaba con mi novia de la cintura y le magreaba disimuladamente las nalgas. —Tratá de convencerla…
Los vi entrar al camión y otra vez algo se me atragantó. Giré ansioso hacia Dani, el que recién había estado con Viole.
—¿Y?
—Formidable… -respondió con una sonrisa de satisfacción plena.
—¿Cómo formidable?
—Quiero decir, difícil… Mirá, traté de hablar, pero es imposible, tenías razón…
—¿Y qué hiciste media hora ahí?
No esperé a que me contestara. Fui corriendo como un loco hacia el camión. Llegué agitado y subí al estribo y me asomé por la ventanilla. Santiago estaba con los pantalones por los tobillos bombeando a mi chiquita, que lo atendía con sus piernas abiertas y abrazándolo por la cintura. ¡Se estaba cogiendo a mi novia!
—¡Santiago! -grité indignado.
Pero el hijo de puta se la seguía garchando y masajeándole las tetotas, mientras ella entrecerraba los ojitos.
—¡Santiago, dejá de cogerte a Violeta! -volví a gritar. Se ve que no me escuchaban porque mi amigo seguía dándole maza y penetrándola como una animal. Entonces golpeé el vidrio de la ventanilla. —¡Hijo de puta, largá a mi novia!
Ahí saltaron del susto. Santiago me miró con culpa pero no se salió de entre las piernas de mi amorcito. Levantó los hombros y puso cara de disculpa.
Y se dio media vuelta y continuó fifándosela.
Golpeé de nuevo, inútilmente. Decidí abrir la puerta del camión. El turro la había trabado. Forcejeé con la manija mientras miraba angustiado cómo mi amigo seguía bombeándola hacia arriba y hacia abajo, entre las piernas de ella. Su culo peludo moviéndose contra mi nenita hermosa y ella con las piernitas arriba, recibiendo verga, asiéndolo de la cintura y trayéndolo hacia sí para que la penetración fuera más profunda. Volví a forcejear.
Permanecí en el estribo del camión la media hora que duró esa cogida, asomándome angustiado por la ventana y tratando de abrir. En ningún momento Santiago dejó de cogérmela y le acabó adentro un par de veces.
Al salir de la cabina me encontró como amansado, resignado, seguramente, y con una erección que no me correspondía. Intentó explicarme algo pero yo me quedé allí, sin reacción, y él y mi novia volvieron hacia la parrillita. Nadie me vio entrar al camión. No me iban a cagar otra vez, mi primo y mi otro amigo me iban a tener adentro para evitar que me la zarpen otra vez.
Los sorprendí cuando entraron. A Violeta y a mi amigo Juanjo.
—¿Qué hacés acá? -me retó ella. —No me vengas a hacer lio al trabajo.
—Vengo a impedir que estos hijos de puta me sigan cagando.
—¿Pero qué decís? ¡Son tus amigos!
—Sí, Henry, ¿cómo te vamos a cagar? -me dijo Juanjo sorprendido, mientras se abría el cinturón del jean.
—¡Se están cogiendo a mi novia desde que llegaron, hijos de puta! ¡Se suponía que solamente iban a hablar!
—¿Y qué querés que hagan si ya le pagaron a Antonio, mi amor? -Encima mi novia los defendía.
—¿Quién te entiende, Henry? Estamos tratando de ayudarte -y luego se refirió a Violeta en otro tono: —Girá la colita más para acá, mi amor… así…
—¡Dejá a Violeta en paz! ¡No te la cojas, Juanjo!
—¡No me la voy a coger, boludo! -me quiso tranquilizar mi amigo, pero ya tenía la pija dura en la mano y a mi novia sin el culote puesto. La tomó de la mano y la guió hacia él.
—Henry, dejá de hacer papelones… ¿querés?
—Estoy tratando de ayudarte con Violeta. -Juanjo le hizo pasar la pierna por arriba y la ayudó a mi novia a ponerse por encima de él, de frente, con la conchita deliciosa a punto de clavarse.
—¡Te la vas a coger, hijo de puta! ¡Dejala!
—¡Te digo que no me la voy a coger! -prometía. Tomó de la cintura a Viole y la acomodó sobre su pija, puerteándola, y le marcó a ella el movimiento hacia abajo. Violeta solo se dejó caer sobre esa pija durísima y el entierre de la verga en esa conchita fue impecable. —Mmm…
—¡Turro de mierda, te estás cogiendo a mi novia!
—No…. No… -jadeaba el hijo de puta mientras hacía subir y bajar a Viole sobre su pija. —No me la estoy… uhhh… cogiendo…
—¡Te la estás cogiendo, hijo de puta, te estoy viendo!
—Te juro que… no me la estoy… uhhh… uhhh… síii… asíii…. -Su verga venosa salía de mi novia y volvía a entrar, y los líquidos de ella le sacaban brillo a la cogida.
—¡Henry, no seas desubicado! -me retó mi novia, que lo cabalgaba como una puta.
—Me dijeron que iban a convencerla de salir de acá. -dije a mi amigo con un nudo en la garganta.
—No, Henry. Te dijimos que íbamos a ver cómo era todo este sistema. Esto es parte del sistema… -y le gimió bajito a ella: —Uhhh… qué buena que estás, corazón…
Tuve el impulso de pegarle una trompada, pero el guacho empezó a acelerar sus embestidas y vi claramente cómo su pija horadaba una y otra vez esa conchita que era de mi propiedad. Eso me distrajo y ya no supe qué contestar. Viole fue más práctica.
—Además ya pagó, mi amor… ¿No creés que es justo que me coja un poquito…?
Ahora Viole se daba vuelta y le ofrecía la espalda, siempre sentada sobre su verga. Mi amigo la elevó un instante, con la pija en la mano.
—Correte, Henry -me regañó mientras la agarraba de la cintura a ella para bajarla y clavársela otra vez. —Estás muy cerca y no me dejás mover la pierna para mandársela bien al fondo…
Me corrí.
—Ahhhh… -comenzó a gemir mi novia cuando la pija de Juanjo le entró en esa nueva posición.
—Gracias -mi amigo finalmente empujó a mi novia hacia abajo y se la clavó hasta los huevos.
—Ay… Síii… -gimió ella. —Así, Juanjo…. ¡qué buena pija…!
—¡Viole! ¡Al menos tené la decencia de callarte!
Pero siguió gimiendo como una puta en celo mientras mi amigo se la garchaba sin compasión, disfrutando de mi novia con cada embestida, sintiéndola toda para él.
—Sostenémela un poquito de ahí para que no se me vaya para adelante -me pidió. Lo hice, ¿qué podía hacer? Mi amigo la agarró de las nalgas y con cada penetración le abría la cola para metérsela más adentro. Violeta gozaba de verdad, aunque también podía ser la actuación aprendida en este trabajo.
Lo que no era actuación, estoy seguro, fue cuando media hora después se la cogió el último de los cuatro a los que yo les estaba pagando: mi primo. Es que a ese hijo de puta mi novia siempre le había tenido ganas. Y eso lo sabía yo de una charla tonta que había tenido una vez con Violeta. Ya dentro del camión, mi primo se impuso ante mi primera queja y no me dejó margen de negociación:
—Cuerno, no me rompas las pelotas porque a tu novia le tengo ganas desde hace años y pienso darle sin asco. -Me quedé helado. —Cerrá la jeta, no hagás quilombo y portate bien.
No me sentí tan humillado como debiera. Quizá porque ya él era el cuarto que se la iría a coger y estaba claro para todos que yo era un flor de cornudo.
Mi primo puso a Violeta en cuatro patas hacia adelante, con el culazo hermoso y redondo a su total merced. Le subió la poco decente minifalda y apoyó el sobrecito del preservativo sobre su cintura, ahí donde muere la espalda. “Menos mal”, pensé. “Por lo menos éste me la va a coger con forro”
Pero lo que hizo en realidad mi primo fue quedar con sus dos manos libres, y entonces le abrió con hambre las nalgas a mi novia.
—¡Qué pedazo de culo que tenés, Violeta! No sabés cuánto hace que le quiero entrar. -Mi novia echó una risita halagada y paró más la cola. Mi primo la manoseó lujuriosamente, gozando cada centímetro de carne, y cada segundo que la tenía para sí. Agarró su pija enorme y durísima y se la fue acercando despacio hasta que comenzó a penetrarla.
Con el movimiento de pelvis que hizo mi chiquita para que la penetración fuera más adentro reparé en que el sobrecito del preservativo seguía sin abrir en su cintura.
—Uhhh… -gemía él. —Qué rica estás… Estás tan buena como siempre te imaginé…
—Primo, te la estás cogiendo sin forro. -le reclamé más resignado que firme, patético. —Ponete el forro, por favor…
—Uff, no seas escandaloso -minimizaba, y seguía meciéndose hacia ella una y otra vez, despacio, pero penetrándola cada vez más profundo. —Ahhh… Qué buena que está tu novia, cuerno…
—No seas hijo de puta, ponete el forro, aunque sea.
—Ay, mi amor -terció Violeta. —No seas tan pesado, al fin de cuentas es de la familia.
Mi primo no dejaba de enterrarle la pija hasta los huevos ni por un segundo. La sacaba casi íntegra y la volvía a meter despacio pero sin detenerse jamás. Y el hijo de puta disfrutaba ese roce húmedo y me lo demostraba con cada jadeo.
—Te voy a acabar adentro, Viole… No sabes las veces que soñé con hacerte eso…
—Ay, sí, llename de leche…
—¡Pero ustedes están locos! ¡Viole, te puede dejar embarazada!
—No estoy ovulando, mi amor… Y ya te dije que no me molestes cuando trabajo para Antonio…
—Primo, no me podés hacer esto… -le supliqué.
—No quiero, cuerno… -le abría las nalgas y miraba lascivo la penetración que él mismo le propinaba a mi novia. Y gozaba. —Pero no sé si voy a resistir la tentación… -Con cada pijazo que le clavaba jadeaba más y más. —No sabés… ahhh… lo que es … Uhhh… esto… mmm… Es el mejor polvo que me eché en mi vida…
—¡Dejate de joder, mirá si la embarazás!
—Te la lleno, cuerno, te la lleno… -anunció y comenzó a acelerar las embestidas. Mi novia jadeaba al ritmo de mi primo.
—¡No seas hijo de puta…!
—Te la lleno… Disculpame, primo, pero te la lleno de leche…
Y aceleró más y empezó a bufar sonoramente, y de pronto el recontra hijo de putas de mi primo empezó a deslecharse adentro de mi novia.
—Síiii… -se emocionó Violeta. —Llename… ¡Llename de leche, papito!
—¡Sos un hijo de puta! -le grité al borde de las lágrimas.
—¡Te la estoy llenando, cuerno! ¡Te la estoy llenando! -me anunció mi primo mientras la seguía bombeando. —¡Mirá!
Y yo miraba. ¿Cómo no iba a mirar? Me sentía furioso, indignado, contenido de violencia y a punto de explotar en un llanto, pero hipnotizado por esa imagen surrealista de la verga de mi primo latiendo dentro de la delicada conchita de mi novia. Y sabia que cada latido era un chorro de semen directo a sus entrañas, y cada quejido de ella no era otra cosa que una súplica de placer, porque también sabía que le excitaba sentir adentro la leche tibia de sus machos.
Me fui en seco sin poder evitarlo y un lamparón de humedad afloró en mi pantalón, avergonzándome. En cambio, el hijo de puta de mi primo seguía bombeando a mi chiquita mientras la asía de las nalgas con sus garras y la surtía sin compasión.
Pensé que todo iba a terminar ahí. Mi vejación no podía ser peor.
¡Qué equivocado estaba! Mi primo sacó el buen pedazo de verga del que dispone y lo apoyó sobre las nalgas de ella. Estaba brilloso de fluidos y todavía duro. El peso de esa pija sobre su cola, y el chasquido que el semen viscoso hizo contra su piel fue toda una premonición.
—Uuuy… -dijo mi novia, mimosa.
—Te voy a romper el culo, muñequita. Siempre quise hacerte esa colita hermosa que tenés.
“Já”, me ufané en mis pensamientos. “Si le quiere hacer el culo está jodido, solo le pagó 100 pesos a Antonio, y para hacerle también la cola debería haber pagado 150”
—Mmm… me encantaría, primito… -respondió mi novia.
La respuesta de Violeta no me gustó ni medio.
—Mi amor, no te puede hacer la cola -le recordé. —Él te pagó nada más que 100 pesos.
Mi primo se enojó.
—Callate, cornudo, no seas botón.
—Es que es una pija tan rica…
—¡Viole, sos una hija de puta, a mí no me dejaste!
—¡Callate, te dije, cuerno!
—Si te dejás hacer la cola por cien pesos le cuento a Antonio.
Me sentí tan extraño declamando semejante cosa. Pero ya todo estaba muy fuera de lugar. Mi primo me miró con odio. Quizá si no estuviera recomenzando la cogida a mi novia, otra vez, me habría pegado. Viole gimió al recibir esa pija, pero me sonrió y me tranquilizó:
—Nunca le fallaría a Antonio, amor… Nadie puede hacerme la cola si no paga 150.
Sonreí triunfal. Sí, le sonreí triunfal a mi primo, que estaba de rodillas detrás de mi novia, penetrándola otra vez, haciéndola gemir y pedir más pija. Sí, triunfal, aunque no sé por qué.
—¡Qué pedazo de cornudo…! -sentenció mi primo. Y mi triunfalismo flaqueó. Comenzó a ensalivar el ano de mi novia, masajeándolo, de paso, pero solo para ensalivarlo de nuevo y otra vez.
—¿Qué hacés?
—Voy a romperle el culito a la puta hermosa de tu novia…
—No podés… Ya escuchaste a Viole, tenés que pagar 150.
—Vengo acumulando ganas desde hace tres años, primo…
Me miraba y seguía dilatando el agujero de Violeta. El turro le apoyó la punta de la verga en la entrada del ano. Solo lo apoyó, y empujó casi nada, como para marcar presencia.
—Tenés que darme antes los 50 pesos que faltan, corazón -anunció mi novia, rindiendo obediencia a su proxeneta parrillero.
—Ya lo sé. -Le apoyó más fuerte la cabeza de la pija y le metió unos dedos en la conchita.
—¡No lo hagas, hijo de puta! Viole, no lo dejes, o le aviso a Antonio.
—No va a hacer falta, alcahuete… -se quejó mi primo. Le metió media cabeza de pija en el ano ya bastante dilatado de mi novia y me dijo lo más campante: —Prestame 50 pesos.
La turrísima puta se desinfló con una sonrisa de satisfacción total.
—Sos un hijo de puta… -le festejó. Yo no quería entender.
—¿Qué? ¿Cómo?
—¡Que me preses 50 pesos, cuerno! -me ordenó muy firme, casi con violencia. —Dame la guita que le quiero romper el culo a tu novia.
—¡No me digas cuerno! -fue mi reacción desesperada, confundida.
—¡Dame los 50 mangos, la re puta que te parió!
—¡Viole, decile algo!
—Ay, Henry, dejá de portarte como un chiquilín. Después te los devuelve.
No me los iba a devolver nunca, lo sabía.
—Dale, cuerno, que tengo la verga dura y el culo de tu novia a punto de caramelo… Te prometo que no le va a doler….
Violeta se rió.
Y yo me vi como un autómata sacando mi billetera despacio, incrédulo, viendo cómo mi gordita putona, culo para arriba, me miraba a los ojos y me tiraba un besito silencioso.
—Tengo un solo billete y es de cien.
—Mejor -dijo mi primo. —Así le queda de propina. No quiero que tu novia piense que soy un miserable.
Le di los 100 pesos.
—Así me gusta, cuerno.
Mi primo agarró los 100 pesos y sacó su propia billetera. Sacó de allí un billete de 50 y se guardó el de cien. Vi que tenía al menos 200 pesos más.
Vencido, vi como mi primo tomó el billete de 50 y lo enganchó en el elástico de la bombacha de mi novia, en la cintura, donde termina la espalda. El elástico hizo un chasquido y mi novia se contorsionó de placer.
—Putita… -le dedicó mi primo. —Ahora sí…
Volvió a ensalivarse la pija y el ano de ella. Lo masajeó un ratito y le fue enterrando la cabecita de a poco pero firmemente.
La buena de mi novia bufó callada y se esforzó por dilatarse. No le costó mucho. Aunque esa noche no le habían hecho la cola todavía, no le faltaba práctica. La cabeza de la pija de mi primo entró íntegra y allí descansó unos segundos. Y luego siguió perforando.
—Vení, cuerno, mirá -me invitó orgulloso.
Aunque lo odiaba, fui.
—¿Ves? -me preguntaba mientras le iba enterrando muy muy despacio la pija por el culo. Yo no daba crédito a mis ojos. Jamás había visto a mi novia penetrada desde una distancia tan corta. Y fue más corta aun: —Acercate, primo. Mirá bien de cerca cómo le lleno el culo de verga.
Le hice caso y puse mi rostro pegado a las nalgas de mi Viole, mientras la pija de mi primo seguía taladrándola a cuatro centímetros de mis narices.
—Escupile -me ordenó de pronto mi primo. Y me señaló el ano de Viole, que estaba tapado por el grosor de su miembro, metido bien adentro de ella. Yo escupí ahí donde él me dijo, y entonces él retiró la pija unos centímetros. —Escupí de nuevo, dale.
Y se la empezó a enterrar otra vez. Repetimos la acción un par de veces, yo escupiendo sobre su pija, y él sacándola y metiéndola.
—Ahora ayudame, cuerno, mantené la bombacha de tu novia al costado, que no me moleste.
Tuve que rozar la mano de él, que estaba agarrando las nalgas de mi novia como si fueran una masa, abriéndole lo más posible sus gajos para comenzar a penetrarla más seguido. Y yo le sostuve la tanguita en el costado, para que él la sodomizara más cómodo.
—Uhhh -gimió ella.
Mi primo retiró un poco la pija.
—Escupile de nuevo, cuerno.
Escupí. Y mi primo arremetió otra vez perforando el ano de mi Viole.
—Ahhhh…. Siiiii…
—Qué buen orto que tiene tu mujer… -bufó él. —¡Escupí, cornudo! Ayudá a tu novia.
Me tuvo así, lubricando su propia cogida unas cuatro o cinco veces más. Para escupir tenía que acercar mucho mi rostro, y como él nunca terminaba de sacar su pija, todo me quedaba muy cerca. Tenía un plano tan detallado de la penetración a la que sometía a mi novia que me fue inevitable despedir otro chorrito de semen dentro de mi pantalón.
Mi primo comenzó a bombearla más y más rápidamente. Yo seguía sosteniendo con una mano la bombachita para que él no estuviera incómodo mientras se la cogía. Con el correr de las estocadas, la pija de mi primo se fue tornando más y más audaz, e iba cada vez más rápido y más profundo.
Violeta jadeaba y gritaba como una puta. Bueno, lo era. Pero gozaba de verdad. La pija de mi primo la taladraba ya con violencia y le entraba y salía completa sin delicadeza, y cada envión del hijo de remil putas le enterraba la pija hasta la garganta, y la hacía gemir. La estuvo sodomizando durante diez minutos, quizá menos, en los que mi primo se solazaba con la cola de mi novia “te estoy haciendo el culo, Viole. Por fin te lo estoy haciendo…” y mi novia, bien puta: “sí, primito, sí… siempre quise saber cómo se sentiría tu pija adentro mío…”
Hasta que él anunció que se venía.
—Me voy, mi amor… Te lleno el culo de leche…
—Sí, papito, sí -suplicaba Violeta.
Mi primo cambió apenitas su posición, elevándose para lograr una penetración más profunda todavía. Y comenzó a redoblar velocidad. Ya a esa altura bufaba como una locomotora y con cada embestida que penetraba a mi novia, en el mismo movimiento le separaba las nalgas, logrando llegarle literalmente hasta los huevos.
—Te lleno el culo, Viole, te lo lleno…
—Sí, sí, sí, sí…
—Cuerno, soltá la bombacha y agárrame la pija que le acabo a tu mujer…
Quise poner una cara de ofendido pero no me salió.
—Dale, boludo, que nunca vas a tener otra chance como esta.
Solté la tanguita y con dos dedos hice un círculo sobre la pija de mi primo, ahí donde nace, que era el único lugar que no penetraba la cola de mi novia. Mis dedos quedaron como un anillo en la base de su pija, chocando constantemente contra la cola de mi amada con cada embestida con que la sodomizaba.
—Apretá, cuerno. Quiero que sientas venir la leche. -Le hice caso y apreté. —Así, así, cuerno, muy bien… Uhhh… -era puro morbo toda la situación. Yo agarraba la base de la pija de mi primo y la piel que tocaba no se movía, pero sentía cómo la carne de la pija, la que estaba dentro de esa piel, corría hacia adelante y atrás como un pistón, clavándose a mi novia. —Muy bien, Henry… sentí cómo te la cojo… -Seguía columpiándose dentro del culo de mi Violeta con violencia. —Qué buen cornudo resultaste, yo sabía… sentime, primo, sentime… -Y vaya que lo sentía. Era una barra de pija que le incrustaba a mi novia en el culo y mis dedos eran escribanos que certificaban fehacientemente la superioridad de él como macho por sobre mi patética inferioridad de cornudo.
Entonces mi primo le mostró a Violeta:
—Mirá lo que hace tu novio, preciosa.
Violeta giró y el morbo de verme anillando la pija que la estaba taladrando fue demasiado.
—Mi amor… -musitó. Y comenzó a acabar como una yegua hija de puta, y eso le disparó lo propio al turro de mi primo.
—¡Te la lleno, cuerno! -me dijo con sonrisa sádica. —Apretá más fuerte que te la lleno de leche.
Obedecí y le apreté más la pija, ya con tres dedos. De pronto sentí la pija latir con una fuerza increíble. Estaba a punto de venirse.
—Me viene la leche, primito… -al borde de acabar, trataba de erguirse un poco para penetrar a mi novia más de arriba y seguir clavándosela más profundo, si es que eso era posible. La redondez gordita de la cola de mi chiquita era de una perfección que me enloquecía. Y era mi perfección. Ver esa cosita inmaculada perforada por el pistón de mi primo me humillaba pero me excitaba como nada. —Me viene la leche, pedazo de cornudo…
Aferrado a las nalgas ya rojas de mi novia, mi primo comenzó -por fin- a llenarla literalmente de leche y yo pude ver cómo la pija se le dilataba y contraía, y sentí fluir los chorros entre mis dedos como si se tratara de un sachet de mayonesa.
—Te estoy llenando de leche, mi amor… -le decía mi primo. Violeta ya estaba acabando morbosamente mientras no dejaba de mirarme anillando a su macho.
—Te la lleno de leche, cuerno, te la lleno de leche… -me repetía mi primo mientras se la seguía bombeando y la inundaba con los últimos chorros. —Te la lleno de leche…
Se derrumbó sobre ella, empapado de sudor y exhausto. Yo quedé medio descolocado, pero con mis pantalones totalmente mojados en mi propio semen.
Un minuto después él se irguió y antes de sacarla dijo:
—¿Querés hacerla acabar vos, ahora?
Semejante compensación no me la esperaba, y asentí agradecido. Aunque no sabía si se me iba a parar, ya que recién había acabado sin tocarme. Me desabroché el pantalón.
—No, cuerno, no seas iluso… -sacó su pija del ano de mi novia, la pobre estaba totalmente dilatada, como yo nunca había visto, y embadurnada de semen, por dentro y por fuera. —Dale -me invitó. No le entendía. —Dale -me insistió.
Me tomó desde arriba de la cabeza y me empujó hacia la cola de mi novia, a ese ano explorado y explotado, cubierto de él. Violeta gimió tan encantada de placer que pensé que iba a acabar de nuevo.
—¿No querías darle placer a ella? Vas a ver que le va a encantar.
Y la hice acabar por primera vez en mi vida con solo tocarla.

Al regreso volvíamos los seis en el camión: Violeta, mi primo al medio y yo, manejando. El resto atrás. Nadie hablaba.
Justo antes de entrar al pueblo mi novia se recostó en el asiento, apoyando su cabeza entre las piernas de mi primo, que viajaba a mi lado, y comenzó a chuparle la pija con total naturalidad, como si nada. Miré la escena de reojo. Supuestamente no debía… Antonio no la dejaba… No debía estar haciendo eso…
Pero mi primo me hizo notar un detalle, que me llenó de esperanza.
—¿Ves? -me dijo al oído. —Ya no obedece tan ciegamente a ese Antonio… Con dos o tres sesiones como la de hoy, yo creo que te la sacamos de la parrilla sin ningún problema…
—¿Qué? Pero… ¿Se la quieren seguir garchando, hijos de puta…? -le hablaba en un murmullo, mientras mi chiquita tragaba carne ahí abajo. Mi indignación era total. —¿Y encima quieren que yo lo pague?
Al otro día les di a mis amigos 400 pesos para que vayan a la parrillita a seguir convenciendo a mi novia de que abandone esa vida perdida. Y el fin de semana, otros 400. Me la cogieron dos o tres veces por semana durante un mes y medio, siempre a costas mías, que tuve que empezar a trabajar horas extras para juntar el dinero para que me la sigan cogiendo.
Pero mi primo tuvo razón porque los resultados llegaron. Un buen día él mismo me planteó una solución, algo que a mí jamás se me hubiese ocurrido y que, les debo ser franco, me daba un poco de miedo. Aunque eso, amigos, ya será historia del próximo capítulo.

Fin

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Un ilustre desconocido

El caso es que la verga que yo sentía contra mis nalgas era desde mi perspectiva, muy gruesa y gigantesca, pero no me estaba permitido tocarla, sólo notaba la desesperación del muchacho quien se repegaba a mi cuerpo, pronto tuvo tres dedos dentro de mi culo y yo frenético, lo único que pedía era que me metiera el tremendo pedazo de carne que palpitaba contra mi culo.

Ahora quisiera compartirles una historia de una relación (¿relación?) que viví cuando tenía poco menos de 20 años y me encontraba estudiando la normal superior. El caso es que hacia esa época, mi familia vivía por el rumbo del aeropuerto, así que algunas noches después de salir de la escuela, iba al centro de Guadalajara, a tomar un café con mis amigos o a comprar algún libro o material que necesitaba en mis clases y después me iba al cruce de la avenida Revolución y la calle Corona, lugar donde se encuentra la terminal de una ruta de camiones que me llevaba a mi casa.

En ese lugar, generalmente se forma una fila de personas que espera el autobús, así que llegaba y me formaba para después subirme al mismo, debo decirles que por lo general iba muy cansado así que pocas veces tomaba nota de las personas que se subían al camión y sólo me interesaba si algún muchacho atractivo se subía, pero a veces, por mi cansancio ni siquiera eso me motivaba.

Debo decirles que el camión que va hacia las colonias a que hago referencia casi siempre va lleno, sobre todo en las noches, que es cuando toda la gente que trabaja en Guadalajara, se traslada a municipios de la periferia, son autobuses viejos, sin luces interiores, que realizan constantes paradas, etc., así que para llegar a mi casa generalmente hacía un trayecto de una hora por lo menos. Por lo general yo me siento hasta atrás en los camiones, en la fila derecha del chofer, me gustan los asientos que están orientados hacia el corredor central, porque me encanta sentir los roces de las vergas de los muchachos que van de pie, ¿a poco no es excitante?

El caso es que un día iba junto a un muchacho moreno, con algo de atractivo, muy robusto, puro músculo y fibra, alto, con aroma a sudor, excitante, de trabajo, no de suciedad o desaliño, del tipo de albañil, como de 25 años, que estaba sentado junto a la ventanilla, ambos íbamos enfrascados en nuestros pensamientos, cuando se acercó por el corredor una señora mayor, ambos hicimos el intento de ponernos de pie para dejarle el asiento, sólo que el muchacho se me adelantó y le dejó su lugar a la señora, quien se sentó.

Debo decirles, en honor a la verdad, que mi compañero incógnito de asiento, se puso de pie, quedando junto a mi hombro, e hizo todo lo que estuvo a su alcance para no tocarme, sin embargo, eso fue imposible ya que el movimiento del autobús y el paso de las personas que iban a bajar ocasionaban que de manera continua mi hombro izquierdo entrara en contacto con su verga, al inicio sólo notaba un miembro fláccido, sin embargo el roce constante hizo que su verga poco a poco se fuera parando, desde luego yo hice todo lo posible para sostener el contacto, de tal manera que cuando me bajé, el cuate estaba completamente excitado y yo más que él (esa noche, mi primo Ignacio pagó las consecuencias, cogiéndome y chupándole la verga, varias veces).

Al día siguiente, sin recordar al muchacho volví a tomar el camión más o menos a la misma hora y de manera casual me lo volví a encontrar, sólo que esta vez él ya no se sentó junto a mí sino que se quedó parado en el corredor central, al principio se encontraba un asiento más delante de donde yo me senté, pues había pocas personas paradas, sin embargo, en cuanto el camión comenzó a llenarse (sobre todo al llegar a la Glorieta de El Álamo), él, de manera distraída se fue colocando junto a mí, hasta que estableció el contacto, pudiendo sentir a plenitud el tamaño de un miembro gigantesco recargado contra mi hombro, como palpitando por salir de un pantalón y que me gritaba:

– ¡Quiero tu culo!

Cuando llegué a la parada donde me bajaba, me puse de pie y pude notar como él me acariciaba, de manera distraída, las nalgas con una de sus manos. El caso es que a partir de ese día yo procuraba tomar el camión, en lugar de buscar un aventón con alguno de mis compañeros o maestros (sobre todo el Ingeniero Javier, esa es otra historia) y siempre me encontraba al muchacho quien incluso muchas veces me esperaba pacientemente, pudiendo disfrutar de una verga que palpitaba contra mi hombro. Nunca establecimos comunicación, él sólo me esperaba, nos subíamos al camión y se excitaba conmigo, todo era así de simple, hasta que un día se bajó conmigo y me acompañó hasta mi casa, siguiéndome a dos pasos, yo no le dirigí la palabra, simplemente noté que él iba detrás de mí. Del lugar donde me bajaba, hasta mi casa, caminaba tres cuadras, en aquella época eran calles sin pavimentar, con poca iluminación y, casualmente había una serie de casas a medio construir y que por lo mismo no se encontraban habitadas.

El caso es que un día, cuando iba detrás de mí, siguiéndome a la casa, me tocó el hombro ligeramente y me indicó a señas una casa en construcción, que estaba en penumbras, y aparentemente sin vigilante, yo lo seguí y nos introdujimos a la misma, no sin antes observar con cuidado que nadie nos observara. Cuando entramos, nos dirigimos a la parte más apartada donde él me tomó entre sus brazos y comenzó a acariciarme sin decir ninguna palabra, sólo escuchaba sus jadeos de excitación al tocar mi cara y cuerpo, restregándoseme, yo quise besarlo pero el se negó en redondo así que lo único que pasó es que permití que él tomara la iniciativa. En un momento dado me puso de frente contra una pared y comenzó a bajarme el pantalón, cuando lo hizo, se ensalivó la mano y comenzó a masajearme el culo, introduciendo y sacando un dedo, después dos y apretando su cuerpo contra el mío, sin dejar de jugar con mi culo, utilizando sus dedos, yo sólo podía percibir sus gemidos de placer, parecía que un animal me estaba jodiendo, realmente era impresionante escucharlo, además algo que me excitó sobremanera era su aliento contra mi nuca, es algo que volvería a repetir, sólo por el placer que representa.

El me tenía completamente controlado, yo quise dirigir mi mano y acariciar la verga que se restregaba en mi culo, pero él no me lo permitió, así que lo único que hice fue permitir que él hiciera lo que quisiera, no sin cierto miedo, pues en todas sus acciones sólo se notaba una ansiedad casi primitiva. El caso es que la verga que yo sentía contra mis nalgas era desde mi perspectiva, muy gruesa y gigantesca, pero no me estaba permitido tocarla y desde luego no la veía, sólo notaba la desesperación del muchacho quien se repegaba a mi cuerpo como si en eso le fuera la vida, pronto tuvo tres dedos dentro de mi culo y yo frenético, lo único que pedía era que me metiera el tremendo pedazo de carne que palpitaba contra mi culo.

De pronto una verga muy cabezona me tocó el culo y poco a poco inició la tarea de introducirse a mi culo, debo confesarles que fue una de las tareas más difíciles a las que me he enfrentado, pues me resultó muy dolorosa, sentía que me estaba literalmente desgarrando, cuando por fin pudo entrar, yo respiré no sin cierta satisfacción, pues lo que palpitaba contra mi culo, era verdaderamente grandioso, el muchacho comenzó la ardua tarea de meter poco a poco cada trozo de su verga hasta que por fin lo pudo realizar no sin cierta dificultad por parte mía, y eso que mi culo, desde mucho tiempo atrás, se había acostumbrado a recibir bombardeos de todo tipo, cuando el muchacho metió hasta el último centímetro de su verga se quedó quieto unos instantes que me parecieron eternos pues el dolor que sentía en mi culo era realmente notable, además yo estaba de puntas, porque el muchacho era más alto que yo, sin embargo cuando comenzó a moverse me sentí en la gloria, pues el roce hizo que mi excitación subiera al máximo.

Él estuvo alrededor de veinte minutos metiendo y sacando su verga de mi culo hasta que sentí como explotaba, pues sus jadeos y gemidos eran realmente notables, por un momento temí que algún vecino se acercara a indagar que estaba pasando, pude sentir como un flujo de esperma corría por mis piernas, yo tomé lo que pude con los dedos y los chupé con deleite, agradeciendo la oportunidad de contar con semejante semental.

El desconocido simplemente se limpió la verga de todo rastro y sin decir adiós me dejó solo en esa casa, todavía me quedé unos minutos recuperándome, saqué unas servilletas de papel y cuidadosamente me limpié todo rastro de semen, poniendo atención en mi culo, al que acaricié y agradecí por todo el placer que me proporcionaba. Cuando llegué a la casa me encontré con la sorpresa de que mis padres y hermanos menores no se encontraban pues habían ido al cine, sólo se encontraba mi primo Ignacio, quien acababa de llegar del trabajo y en cuanto me vio, empezó a sonreír y a masajearse la verga sobre el pantalón, diciéndome:

– ¿No quieres una ración de lechita, primito?

Yo desde luego no desaproveché la oportunidad, todavía excitado por la soberana cogida que había pasado, así que me dirigí al sillón donde estaba sentado y bajándole el cierre del pantalón comencé a juguetear con su verga, que no ocupó mucho para pararse y generosa ofrecerme un placer extra. Esa noche (como todas las demás) Ignacio traía muchas ganas de coger, así que nos fuimos a la recámara que compartíamos y procedió a meterme su verga, cuando vio que mi culo no le ofrecía mayor dificultad, me dijo:

– ¿Cuántas veces has cogido hoy, primito?

Yo le dije que sólo una, no hacía 20 minutos, a lo que él me dijo, sonriendo:

– Eres bien puto.

Yo desde luego sólo me reí, mientras él, completamente excitado Ignacio me metía una y otra vez la verga en el culo, que resentía sus embestidas, pues estaba fresca la violación-cogida de mi albañil, preguntándome con quien había cogido y si tenía la verga más grande que él (pocas veces me he encontrado con vergas más generosas que las de mi primo Ignacio, lo que he vivido con él merece muchas historias, que poco a poco les voy a contar, por otra parte yo no he entendido porqué los “mayates” tienen obsesión por el tamaño de las vergas de otros) A partir de ese día, durante poco menos de seis meses, casi todas las noches (entre semana) tuve la oportunidad de coger con dos garañones extraordinarios, por un lado un ilustre desconocido que me montaba sólo una vez para salir prácticamente corriendo y después con Ignacio, quien impaciente me esperaba en casa para juntar su leche con mi precioso semental albañil que me cogía en la casa deshabitada.

Sólo una cosa reproché al desconocido, pocas veces me dirigió la palabra, sólo recibía órdenes (que yo gustoso seguía), a veces me cogía de pie, a veces de perrito, o acostados en el frío suelo, muy pocas veces me cogió dos veces, nunca me permitió tomarle la verga con las manos o chuparla (cosa que me encanta), ni verlo a la cara, nunca supe cómo se llamaba y simplemente un día desapareció…

Una noche no volví a verlo, nunca supe que pasó con él, por unos días desconcertado estuve en la parada del camión esperándolo un tiempo, hasta que me convencí que nunca lo volvería a ver, cosa que me entristeció, tanto que esa noche ni siquiera quise coger con Ignacio, para frustración de él, lo que no me impidió ver cómo se masturbaba frente a mí, mientras me reprochaba lo que me estaba perdiendo.

Dudo que él esté leyendo esta historia, sin embargo quiero decirle que su verga desconocida, ha sido uno de los juguetes más maravillosos que he tenido a mi disposición, donde quiera que esté sólo le quiero decir, muchas gracias…

P.D.
He tenido sexo con desconocidos, pero pocos como ese albañil, mi primo Ignacio se encargó de consolarme, espero contarles pronto algunas de las historias que viví con él, en especial, la que nos tocó vivir en una aventura que tuvimos en la Sierra del Tigre, al sur del Estado de Jalisco.

Autor: Autlan

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