Camisa nueva

Sentí sus huevos golpeando entre mis piernas, su aliento caliente soplando sobre mi nuca. Comencé a masturbarme mientras me esforzaba por no perder ni una sola de aquellas nuevas sensaciones. Él empujaba su verga dentro de mí como si fuera la única cosa en el mundo, y abordamos ese tren del cual es imposible bajarse. La cresta del orgasmo nos fue llevando al borde mismo del placer.

El joven estaba recargado. Parecía no mirar a nadie ni enterarse de lo que sucedía en la atestada calle llena de transeúntes. Fumaba tranquilamente, con lentas chupadas y exhalando el humo con un placer que me hizo desear volver a tener un cigarrillo entre mis dedos.

Lo miré apenas un par de segundos, pero algo en su porte, en sus ajustados pantalones vaqueros, raídos en las rodillas me hizo girarme para darle un segundo vistazo. Creí que lo había hecho discretamente, pero sus ojos color de miel capturaron mi mirada. Se había dado cuenta de que lo miraba a él, y no el aparador de ropa que tenía delante. En vez de mirar hacia otro lado, me quedé absorto en sus mejillas hundidas y sin afeitar, en sus labios rojos, tan exquisitamente delineados como los de una mujer y en las largas pestañas por las que el humo azul parecía entretenerse.

Tal vez me excedí en mi análisis, porque el joven exhaló una nueva bocanada de humo mientras la mano que descansaba en el bolsillo de sus vaqueros hizo un imperceptible movimiento hacia su entrepierna. A lo mejor nadie más se había percatado de ese movimiento, pero yo sí. Sus dedos largos y huesudos rozaron el bulto de la entrepierna. No pude evitar mirarlo, y una sonrisa sensual y despectiva al mismo tiempo afloró en su boca al darse cuenta de que lo estaba mirando.

Los colores subieron a mi rostro. ¿Qué me estaba pasando?. Jamás había hecho algo semejante. Apreté el maletín de cuero con los papeles de mi oficina mientras entraba en la tienda de ropa, como única opción para escapar de la vergüenza de haber sido descubierto mirando el paquete de otro hombre. Dentro, una joven rubia se acerco a preguntarme si podía ayudarme. Le señalé unas camisas horribles de colores chillones que seguramente no combinarían con el severo traje gris que llevaba en ese momento. Ella no hizo ningún comentario y entro al almacén a buscarlas. Miré hacia la calle a través del aparador. El joven seguía recargado en el portal. Por si todavía me quedaba alguna duda, la sonrisa sensual y perversa aún estaba en su cara, y la mano sobaba la ahora más notoria protuberancia de su entrepierna, esta vez completamente seguro de que lo estaba mirando.

Me volteé al instante, justo cuando la vendedora regresaba con un surtido variado de camisas que bien podrían formar parte de un arco iris. Tome una al azar, tratando de discernir porque un hombre de 35 años, felizmente casado y con una vida familiar plena y feliz podía sentirse turbado ante aquel muchacho callejero.

La dependienta dio muestras de comenzar a sentirse molesta ante mi total estupidez para elegir una camisa. Yo ni siquiera miraba las prendas. Trataba de serenarme y juntar valor para mirar si el joven ya se había marchado. Una voz a mis espaldas me saco de mis infructuosos intentos.

– No creo que eso combine con tu guardarropa – dijo una voz ronca. Una voz de fumador, sin duda.

Me di la vuelta sabiendo a quien pertenecía aquella voz. Había dejado el cigarrillo afuera, pero el aroma del tabaco parecía envolverlo como un perfume. Sin pensarlo aspiré el aire como si pudiera aspirarlo a él al mismo tiempo.

– Su amigo tiene razón, -señaló la señorita – porque no me deja mostrarle algo más, ¿conservador?

Seguramente tomó mi estúpido silencio como una respuesta, pues dio media vuelta y desapareció nuevamente. Me quedé a solas con mi nuevo amigo. No supe que decirle. Sus ojos miel y su media sonrisa aun tenían el poder de adormecer mi inteligencia. El se dio media vuelta, mirando los artículos. Mis ojos le siguieron como un perro hambriento. Los desgastados jeans se ajustaban a su cuerpo delgado como una piel azul y desteñida. Llevaba una playera que había tenido sus buenos tiempos, pero que ahora solo dejaba transparentar las paletas de su espalda, por la que irremediablemente mi vista resbaló hasta su trasero. Debo reconocer que sin el poder de su mirada analizándome pude disfrutar de la vista de su cuerpo estilizado y fuerte al mismo tiempo. Se giró de repente, y de nuevo me sentí descubierto como un niño pequeño que hace una travesura. Otra vez, no pude abrir la boca, y su sonrisa, algo burlona, me llenó de vergüenza.

La mujer salió de atrás con media docena de camisas. Esta vez de colores muy tenues o blancas, y antes de que pudiera entregármelas, el muchacho las tomó.

– Necesitamos probarlas para ver como combinan – le informó, y ella nos señaló los vestidores.

El joven me indicó el camino y yo le seguí mansamente. El probador era amplio, y entré esperando que el joven me entregara las camisas. En vez de eso entró conmigo y cerró la puerta. El sonido del pestillo al correrse me hizo temblar. No entendía como podía sentirme así por la presencia de aquel joven. El, por el contrario estaba de lo más tranquilo, en completo control de la situación.

Tomó mi saco y me lo quitó. Aflojó mi corbata, mientras yo aspiraba su aroma al tenerlo tan cerca de mí. Me desabotonó la camisa con sus manos largas y finas. Vi que tenía los antebrazos cubiertos por un fino vello oscuro. Sacó los faldones de mi camisa jalándolos para liberarlos de mis pantalones, y abrió mi camisa. Pensé que me la quitaría, pero en vez de eso se inclinó y besó mis tetillas. Me sorprendió. No había siquiera imaginado lo que sucedería allí dentro cuando lo seguí, pero sentir sus labios en mi pecho me hizo sentir una oleada salvaje de calor que me recorrió todo el cuerpo y borró cualquier sentido de coherencia que aun me quedara.

Lamió mis pezones suavemente, y de pronto los mordió. Casi grito. Primero de dolor y luego de sorpresa. El me sonrió con esos labios sensuales, llenos como los de una mujer, pero masculinos por estar rodeados de duro vello sin afeitar. Me empujó contra la pared del vestidor y me acarició los pechos como si fueran los de una mujer, masajeando la carne como si pudiera exprimirlos y una mirada de deseo febril opacó sus ojos. Sus labios se acercaron a los míos y me metió la lengua en la boca de forma imperiosa y salvaje. Mi primer beso con otro hombre, pensé, al tiempo que él me quitaba la camisa y la arrojaba al piso.

Sus manos descendieron hasta mi trasero, y aun sobre la tela de los pantalones sentí la demanda de su caricia.

– Quítatelos – me dijo en un susurro.

Por supuesto que no me moví. Llevaba ya media hora bajo su hechizo y las cosas no estaban precisamente bajo mi control. El lo hizo por mí. Desabrochó mi cinturón y yo solo miré sus manos. Desabrochó mi pantalón y yo solo miré su rostro sin afeitar. Bajó el zíper y yo solo miré su boca, entreabierta y húmeda. Me bajó los pantalones hasta los tobillos, y yo solo sentí ahogarme en aquel pequeño cubículo demasiado pequeño ahora para contenernos a los dos.

Fui consciente de que mi ropa interior no ocultaba mi grado de excitación. Mis conservadores bóxers blancos mostraban una enorme protuberancia, y el joven se inclinó para deshacerse de ellos. Mi pene saltó como un resorte, gordo y tieso, con la punta roja e hinchada como en las mejores épocas de mi adolescencia. El joven tomó mi verga con una mano, mientras con la otra me mantenía pegado a la pared. De cuclillas, aproximó su rostro a mi verga. Restregó sus mejillas ásperas y rasposas contra la sensible piel del glande. La caricia pareció recorrer un camino incendiado hasta mi cerebro. Ahogué un quejido, consciente de que afuera estaba la vendedora, y me mordí los labios cuando la mano descendió hasta mis testículos y los apretó con fuerza. Mi pene pareció crecer aun más con el ataque de aquella caricia. Una gota transparente asomó por la punta y la lengua del joven asomó para lamerla. El aleteo de su lengua, apenas percibido, fue suficiente para hacerme temblar de excitación. Su boca se abrió como una cueva y me engulló por completo.

Ya antes me habían mamado la verga, pero fue como si fuera la primera vez. Tomé su cabeza con mis manos y lo empujé hacia mi entrepierna, enterrando sus ojos entre los rizos rubios de mi pubis. El mantuvo el control y mi verga salió, mojada con su saliva. Me chupó un par de minutos más y se apartó.

– Tu turno – me informó, poniéndose de pie y desabotonando sus jeans.

Me quedé tieso como una piedra. En mi inexperiencia jamás había llegado a pensar que las cosas llegarían hasta aquel punto. No me dio tiempo de pensarlo. Me obligó a inclinarme y terminó de abrir su bragueta. En apenas unos segundos el glande color melocotón estuvo frente a mi boca. El pene, a diferencia del mío, era delgado y largo. El bulbo de su cabeza goteaba también, y el característico olor del semen inundó mis fosas nasales. El vello púbico era oscuro, como el de sus brazos, y ascendía hasta su ombligo, afinándose en el camino. No quiso esperar más y guió su verga hasta mi boca. Lo acogí con una extraña mezcla de asco y placer. Aquella cosa parecía estar viva. Latía entre mis labios y entraba y salía al ritmo de su deseo. Mi boca se hizo agua y el sonido de chapoteo me pareció que podía llenar toda la tienda. Me aparté, apenas consciente del deseo que ahora nos embargaba a ambos.

Traté de incorporarme, pero él me mantuvo donde estaba. Empujó mi cabeza hasta hacer que mi frente tocara el piso. Con los pantalones arrollados en mis tobillos poco pude hacer para impedirlo. Su mano acarició mi espalda, mis riñones y llegó hasta mis nalgas separadas. En aquella posición, mi culo estaba expuesto y abierto. Sus dedos llegaron hasta aquel lugar privado y lo asaltaron sin aviso. Un rayo de sensaciones recorrió mi espina dorsal, cuando la sensible zona anal se vio de repente acariciada por sus dedos.

Nuevamente, hubo poco tiempo para analizarlo. Se posicionó detrás de mí y enfiló su verga, delgada y tiesa, al agujero de mi culo. Supe que me penetraría y una parte de mí pensó en revelarse ante lo que se avecinaba, pero otra parte, mucho más aventurera, quería probar cómo era aquello, y dejé que las cosas siguieran su curso. Con un poco de saliva, mojó mi ano, y poco después lo sentí posicionarse. La cabeza de su verga presionó el esfínter y a pesar de ser mi primera vez, pude sentirlo entrar sin dificultad. Fue mucho más sencillo de lo que esperé. Tal vez se debió a mi calentura, o a que él sabía hacerlo muy bien, pero el caso es que casi no me dolió, apenas una ligera incomodidad en un principio, y luego, la magia de saberlo y sentirlo dentro de mí, me hizo sentir que era capaz de muchas otras cosas.

Sentí en mis nalgas la caricia de su vientre velludo, sus huevos golpeando entre mis piernas, y su aliento caliente soplando sobre mi espalda. Comencé a masturbarme mientras me esforzaba por no perder ni una sola de aquellas nuevas sensaciones. Él empujaba su verga dentro de mí como si fuera la única cosa importante en el mundo, y pronto abordamos ese tren del cual es imposible bajarse. La cresta del orgasmo nos fue llevando al borde mismo del placer, y ni caso hicimos de la vendedora, que desde fuera preguntaba si todo estaba bien…Y todo estaba muy bien.

Sentí como se venía dentro de mí. Los espasmos de su pene arrojando su semen en mi interior. Los espasmos del mío llenando de semen mi camisa arrugada y tirada en el piso. Caímos desmadejados y exhaustos. Y aun con su pito en el culo, pude por fin presentarme.

– Hola, me llamo Andrés – le dije mirándolo a través del espejo del vestidor. – Yo soy Mark, o al menos así me conocen mis amigos – dijo, mientras su pene se removía en mi interior.

El pene de Mark salió de mi culo, y yo me apresuré a salir de aquel vestidor.

– ¿Encontró algo de su agrado? – preguntó la señorita al vernos salir, y como azorado y sudoroso no le respondí, agregó- si, ya veo que si – dijo al ver que llevaba puesta una de las camisas de la tienda, pues la mía estaba por el momento inservible.

Pagué la camisa y salí rápido de la tienda, al tiempo que le daba un apretón de manos a Mark, tratando de grabar en mi memoria su enigmática sonrisa. Eché a andar y no pude evitar mirar atrás. Había prendido un cigarrillo, y me hizo una señal de despedida con la mano al tiempo que se acariciaba el paquete con la otra. Le sonreí, contestándole el saludo.

Tres semanas después mi esposa me encontró rebuscando en mi guardarropa.

– Qué tanto buscas, ¿amor? – preguntó en ese tono que solo una esposa sabe desarrollar, al tiempo que continuaba atenta con su maquillaje, preparándose para irse a trabajar. – Nada – contesté estudiadamente distraído- estoy revisando mi ropa. – ¿Buscas algo en especial? – preguntó aun sin voltear a verme. – No. Creo que me hace falta renovar algunas camisas.

Ella delineaba sus labios delicadamente con un labial rojo, mientras yo estaba ya pensando en dónde iría a comprar mi nueva camisa.

Si te gustó, házmelo saber.

Autor: Altair7

Me gusta / No me gusta