La señora Carmen II

Comenzó a moverse de arriba hacia abajo, en un insoportable y lento vaivén que me estaba haciendo perder la razón. Tomé sus nalgas y las separé y les daba masaje. Esto dejó al descubierto su hermoso culo, ese hoyito apretado y caliente. Mojé mi dedo índice con saliva, muy despacio y tratando de no lastimarla, lo introduje poco a poco en su ojete, hasta que prácticamente todo estaba dentro.

…Se subió a la cama, y gateando con movimientos felinos, se acercó hasta mí y me besó en los labios, despacio primero y después metiendo su lengua en mi boca y rozándola con la mía. “Ahora sí…” dijo. “… me toca a mí”.

Continuó besándome, mientras con su mano izquierda tomó mi mano derecha… la puso sobre su concha, y yo, ni tardo ni perezoso, intenté meterle los dedos de un empujón. Ella dijo no, así no… Despacito al principio… por encimita. Con suaves movimientos de su mano, condujo la mía, dándose un rico masaje en los labios de su raja, con la yema de los dedos solamente. Ya después de un rato así, y sin dejar de besarnos, me soltó la mano y me dejó seguir solo.

Yo continué acariciando los labios de esa vulva deliciosa, por mucho rato, y después de varios minutos volvió a tomar mi mano. Colocó la punta de mis dedos sobre su clítoris, y yo sorprendido, noté que era bastante grande y que sobresalía mucho de su capucha.

Comencé un masaje despacito sobre ese suave botoncito del placer. A los pocos minutos, y ya deseoso de ver de cerca esa cuevita húmeda y lisita, la recosté sobre su espalda y me coloqué entre sus piernas. Olía maravillosamente bien… con mis dedos separé los labios de su concha, y comencé a lamerla por todas partes, sin dejar de acariciar su clítoris con la otra mano. Ella me tomó de la cabeza mientras jalaba mi cabello y susurraba:

Así, chiquito. Así, mi amor. Yo estaba disfrutando enormemente el lamer esa deliciosa puchita, y me encantaba el sabor en mi boca. Sus juguitos comenzaron a fluir, y aún cuando moría de ganas de atravesarla con mi erección, continúe lamiéndola y chupándola; quería devolverle el favor, quería hacer que se viniera en mi boca.

He leído en muchos otros relatos como casi todos los protagonistas hacen venirse una vez tras otra a una mujer, con increíble facilidad, mientras le chupan la raja. He de decir que a mí, en esa particular ocasión, me costó mucho trabajo y me tardé un buen rato. Sin embargo, no me importó porque lo estaba disfrutando mucho. En un momento determinado, decidí concentrar mi atención en otra área. Sin palabras, sólo con el movimiento de mis manos, hice que la señora Carmen levantara sus piernas y las sujetara con sus manos. Esto dejó al descubierto su hermoso ano. Así, mientras introduje dos dedos en su cuevita, comencé a lamer ese apretadito orificio. Hacía círculos con mi lengua en su puerta trasera, y de vez en cuando introducía la punta de mi lengua ahí, mientras continuaba metiendo y sacando mis dedos.

Finalmente, volví a concentrarme en su clítoris, y lo mordía y chupaba, lo lamía y lo succionaba, mientras introducía uno de mis dedos poquito a poquito en su ano. No me costó tanto trabajo, ya que la saliva que había quedado después de lamerla facilitó mucho la penetración de mis dedos. Tanto que en un rato ya no eran uno sino dos dedos los que entraban y salían de su ojete. Después de un rato así, comencé a sentir que las piernas de la señora apretaban con más fuerza mi cabeza, y que sus muslos temblaban. La señora comenzó a gemir, despacito al principio, y cada vez más fuerte, y más fuerte aún. Que maravilla, hasta ese entonces jamás había oído a una mujer gemir de placer sin tapujos y sin preocuparse (con Silvia siempre había temor de que nos descubrieran y por lo tanto ella gemía muy quedito).

La señora exclamaba: así, papito, así que rico, me voy a venir, sí, así, rico, así papito, mientras apretaba mi cabeza con sus piernas y se revolvía como desesperada; tanto, que me costaba trabajo seguirla chupando. Finalmente, se puso tensa por varios segundos y soltó un pequeño y delicioso grito: aaahhh. Me volví a recostar a sus enormes y hermosas nalgas. Tomé la base de mi pene con la mano, para evitar que se moviera, y extasiado vi su raja, húmeda y caliente, engullir mi erección con la mayor facilidad.

Por fin estaba dentro de mi señora hermosa, y su interior era caliente, húmedo y suave. Para mi sorpresa, y contrario de lo que hasta ese entonces había oído de las señoras de esa edad (recuerden, tenía dieciocho años), su panocha apretaba riquísimo. Comenzó a moverse despacito, de arriba hacia abajo, en un insoportable y lento vaivén que me estaba haciendo perder la razón. Tomé una almohada y la puse bajo mi cabeza para disfrutar mejor el espectáculo de sus nalgas subiendo y bajando sobre mi verga. La señora, sin dejar de moverse, me dijo: “tócame, chiquito… no debes dejar que la mujer haga todo el trabajo… goza, pero hazla gozar”. Obediente a los consejos de mi maestra del placer, tomé sus nalgas con ambas manos y las separé, las apretaba y les daba masaje. Esto dejó al descubierto una vez más su hermoso culo, ese hoyito apretado y caliente.

Mojé mi dedo índice con saliva, y muy despacio (¿ven? Ya estaba aprendiendo) y tratando de no lastimarla, lo introduje poco a poco en su ojete, hasta que prácticamente todo estaba dentro. Mientras ella me cogía, subía y bajaba sobre mi palo, yo metía y sacaba mi dedo de su agujerito. Eran el cielo y el infierno al mismo tiempo. Después de un rato, la señora se levantó y me indicó que me sentara con la espalda contra la cabecera de la cama. Tomó mi pene con sus manos y se sentó sobre él, quedando frente a frente. Fue hasta ese entonces que caí en la cuenta de que no le había puesto atención a sus preciosas y enormes tetas. La posición era perfecta, así que mientras ella me montaba como una diosa de la guerra, yo acariciaba sus pechos con mis manos, y los manoseaba y apretaba a placer. Ya aprendida la lección, lo hice despacio y suave, apretando de vez en cuando los pezones con mis dedos mientras besaba y lamía su cuello con fruición.

Era increíble, esta señora no se cansaba de montarme, y el vaivén de sus caderas era lo más rico del mundo. Echándome un poco hacia abajo, sus pechos quedaron a la altura de mi rostro, y mientras atendía uno con la mano, mordisqueaba el otro, y lo chupaba. No pude resistir la tentación, y le hice varios pequeños chupetones (chupetes, dirían en España ¿no es así?), a lo que ella no dijo nada. También incluso junté sus dos pechos con mis manos, no con poco esfuerzo, para poder meterme los dos pezones en la boca al mismo tiempo. Yo estaba ya a punto de venirme, y ella así lo notó, porque se volvió a levantar, y se puso en cuatro patas, parando su hermosa cola, y dejando al aire ese par de nalgas sublimes. “Cógeme”, ordenó, y yo obedecí.

Introduje mi verga en su concha, y una vez más metí mis dos dedos en su ano. Comencé a moverme despacio, y seguía dándole con los dedos mientras me mecía hacia atrás y adelante. Ya estaba a punto, y ella susurraba “que rico, chiquito… así, papito… ahora sí, papá, ahora sí, dámelo fuerte… más rápido”. Saqué mis dedos de su ano y me agarré a dos manos de sus hermosas nalgas. Era la gloria, era el cielo darle con todas mis fuerzas a esa hermosa pucha. Ahora sí, ella gritaba con todas sus fuerzas, y yo también gemía de placer.

No duré mucho, y ella, sabiendo una vez más que iba a terminar, me ordenó: “vente en mis nalgas, papito. Quiero sentir tu lechita en mi culo”. Saqué la verga de su cuevita y me quité el condón. Comencé a darle a mi pito unos deliciosos tirones rápidos, y en un par de segundos, un delicioso orgasmo que comenzó en mis huevos me recorrió desde la punta de los pies hasta los cabellos.

Un chorro de leche salió disparado y cayó en su espalda, incluso un poco su cabello. Seguí masajeando mi verga, y un par de chorros más pequeños cayeron en su ano y resbalaron hacía abajo, cayendo sobre el sobrecama. El marcador se encontraba dos a uno; yo me había venido ya dos veces, y no quise dejarla así. Antes de que ella pudiera moverse, me recosté sobre mi espalda y metí mi cabeza debajo de sus nalgas.

Ella al sentir esto se reclinó hacia atrás, sentándose en mi cara. Lamí y chupé su cosita, metí mis dedos en su cueva y en su ano mientras mordía y chupaba su clítoris. Mi propia leche resbalaba desde su culo y caía sobre mi barbilla y sobre mi mentón, pero no me importaba, Esta vez no me costó tanto trabajo, y la señora Carmen volvió a venirse en mi cara una vez más.

Nos recostamos juntos, desnudos, llenos de sudor y felices. La abracé y acariciaba su cabello, mientras la besaba y ella apretaba deliciosamente con la mano mi pene ya fláccido, pero también feliz. Se volvió sobre su costado una vez más y tomó una cajetilla de cigarros del mismo cajón (mentolados… los odio, pero no todo es perfecto en esta vida). Me ofreció uno, y mientras fumábamos, platicamos por un buen rato. “Me hubiera gustado hacerla venir mientras la montaba”, le dije. “No te preocupes, papito”, dijo, “la verdad es que yo soy muy tardada para venirme, pero estuvo muy rico, y además apenas estás aprendiendo. Con un poco de práctica lo vas a hacer”.

Me besó en los labios, y seguimos platicando por mucho rato. Así fue como me enteré de que Rubén, su marido, a pesar de la enorme verga que ella decía que tenía, se estaba quedando impotente, quizá por la edad, o quizá porqué bebía mucho. De tal suerte que el mismo Rubén fue quien le propuso a la señora Carmen que se buscara un amante.

En realidad, a pesar de nunca haber tenido hijos, y a pesar de todo, ellos se amaban mucho, y él quería que ella fuera feliz. Ella rechazó tener un amante de planta, no quería lazos sentimentales con nadie, así que sólo tenía amantes de ocasión. Para mi asombro, solo eran dos; yo me había convertido en el número tres. Uno de ellos era un vecino de ambos, divorciado desde hacía varios años; el otro, un compadre de ambos, que lo hacía a escondidas de su esposa, y finalmente llegué yo (no mucho después, mi papá se convirtió en el cuarto; él hasta la fecha cree que nunca me enteré).

Después de bañarnos juntos, la señora se puso una pijama, muy poco sexy por cierto, y se metió bajo los cobertores. Con un beso en los labios, y un “gracias”, me despedí de ella (por esa vez), y salí a la sala, donde a pesar de las insistentes preguntas de Rubén y mi papá, no comenté nada y sólo me dediqué a sonreír para mis adentros, al calor de un rico whisky.

El tiempo pasó y seguí visitando la casa de Rubén. No tan seguido como yo hubiera querido, pero con frecuencia. El aprendizaje que la señora Carmen me dio es uno de los mejores regalos que me han hecho en la vida, y las experiencias no terminan ahí. Algún tiempo después, en una reunión, y al calor de las copas, bastantes copas, la esposa del famoso compadre, el amante número dos, accedió a entrar al juego y tuve la oportunidad de mi primer intercambio de parejas, de tener sexo con dos mujeres a la vez, y de presenciar mi primer lesbian show (pero ese es material para otro relato…

Rubén murió hace ya varios años, presa de un maldito alcoholismo que nunca lo dejó en paz. La señora Carmen, para mi dolor, se fue a provincia, cerca de la playa, a vivir con su hermana. Le perdí totalmente el rastro. La extraño un montón.

Autor: huidosgm

Me gusta / No me gusta