Una tarde divertida

Trío, Parejas Liberales. Dos pares de manos acariciaban tu cuerpo bajo el edredón. Tu piel era suave y receptiva a las caricias como pocas veces recordabas. Sentías cada pasada, cada presión de los dedos, en tu espalda, en el interior de tus muslos, en cada zona sensible aunque, a decir verdad, toda tú sentías en cada parte donde te rozábamos.

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Esperando mi hombre

Tengo un suéter sin mangas que hace que sienta como mis pezones aumentan de tamaño, y yo me los acaricio con las yemas de mis dedos encima del suéter tan fino, que solamente sintiéndolo encima sin más, me excita porque es como una caricia, lo hago durante unos cinco minutos, y vuelvo a rozarme con mis yemas la parte interna de los brazos. Me noto dulcemente húmeda.

Recuerdo aquel día que por la radio escuché que se iba a impartir una conferencia en el Colegio Oficial de Médicos de Barcelona sobre el tantrismo por un prestigioso experto suizo sobre el tema.

No tenía nada que hacer y me acerqué a la sede de la C/ Bosanova y se empezó a llenar de gente el salón de actos. Además ahora parece que todo el mundo sabe algo sobre el tema, pero hace unos quince años, pocos habíamos leído u oído hablar sobre el tantrismo. Básicamente lo que recuerdo de la conferencia es que debíamos disfrutar lentamente de nuestros sentidos y que a veces nuestros ojos hacían que deambulásemos más de la cuenta.

El conferenciante nos propuso un juego, que parecía inicialmente totalmente inocente, acercarnos a la persona que teníamos más cercana de nuestra butaca, tomarnos las manos y acariciárnoslas lentamente y con fruición, cerrando los ojos.Yo apenas había mirado a la persona que tenía al lado, el conferenciante no había especificado sexo, a mí me tocó en suerte un señor de unos cincuenta años largos bien conservado, aunque apenas le miré la cara, cerré los ojos y nos tomamos las manos, yo le daba mi mano derecha y él la tomó con su mano izquierda, empezamos lentamente a acariciarnos.

El primero tomó el dedo meñique empezando por la base de la falange más cercana a la palma de la mano, y con las yemas de su pulgar y su índice empezó a subirlos hasta la yema de mi dedo, yo me dejaba hacer, al principio no notaba nada y no le di más importancia, siguió por el anular, lo tomó, entre sus yemas e hizo lo mismo, desde la base hasta mi yema, así mismo con en mi dedo corazón entreteniéndose algo más en el nacimiento del dedo, rozando sus yemas suavemente y siendo insistente, siguió por mi índice, ya había manoseado mis cuatro dedos, y sentía como mi respiración se hacía más lenta.

Empecé a acariciarle con las yemas de mis dedos su palma, era apenas un roce suave, deleitándome tal como él lo había hecho con suavidad en cada dedo, seguíamos con los ojos cerrados, como había indicado el conferenciante y oía su voz a lo lejos, y mi respiración se alteraba cada vez más, la suya no la oía, pero mis pezones empezaban a sobresalir y los notaba debajo de mi ropa queriéndose salir, hubiese deseado rozármelos, pero allí en aquel ambiente, no me atreví a hacerme nada.

Apenas habíamos empezado a descubrirnos nuestras manos, seguimos los dos al mismo tiempo, acariciándonos solamente una mano, no sé si en algún momento él supo lo que me hacía sentir, porque en ningún momento me atreví a mirarle a sus ojos, quizás él lo hacia a hurtadillas, no lo sé, pero yo me estaba poniendo a cien.

Sus yemas sobre la palma una y otra vez, y sobre el dorso, y las mías sobre su dorso, y al revés, estábamos haciendo el amor con fruición, solamente tocándonos las manos, aquello, aquella tarde no me lo esperaba yo.

Finalmente después de un cuarto de hora o más, solamente nos habíamos tocado las manos, ni tan siquiera nos habíamos llegado a tocar nuestras muñecas, a mi inicialmente me pareció una eternidad, ahora recordándolo, ojalá me hubiese entregado a aquellas caricias y hubiesen seguido.

Tenía mi mano sensible, y mi boca estaba llena de saliva, seguíamos con los ojos cerrados, cuando el conferenciante hizo pasar a todos los asistentes un papel cuadrado, y nos pidió que lo tocásemos y lo abriésemos, como si fuese la primera vez que viésemos algo semejante. Después de cinco minutos lo pudimos abrir, y siguiendo sus instrucciones me metí en la boca, lo que había dentro del cuadrado de papel.

Empecé a saborearlo lentamente, era de sabor dulce, lentamente lo pasaba entre todas las partes interiores de mi boca, mis dientes, mi lengua, mi paladar, sacaba mi lengua y rozaba sensualmente mis labios, se estaba deshaciendo dentro de mi cálida cavidad, era un chocolate delicioso de origen suizo como el conferenciante.

Mi cuerpo estaba encantado con aquella deliciosa sensualidad dirigida por aquel conferenciante. Lo he recordado más de una vez y me hubiese gustado que alguien me hubiese tocado todo mi cuerpo como aquel caballero tocó mi mano.

De vez en cuando y sobre todo últimamente leyendo los relatos de esta página, empiezo a tocarme los dedos de los pies suavemente y la planta de los pies, suavemente con las yemas de los dedos, me pongo a cien, paso repetidamente mis manos por la parte inferior de las piernas, tocándome suavemente, casi solamente rozándome, la rodilla y su parte trasera, ¡qué sensación más maravillosa!, se me eriza mi piel y sigo adelante.

Tengo un suéter sin mangas muy fino que me pongo encima sin sujetador, que hace que sienta como mis pezones aumentan de tamaño, y yo me los acaricio con las yemas de mis dedos encima del suéter tan fino, que solamente sintiéndolo encima sin más, me excita porque es como una caricia, lo hago durante unos cinco minutos,… y vuelvo a rozarme con mis yemas la parte interna de los brazos. Me noto dulcemente húmeda.

Bajo hasta las pantorrillas, y empiezo a acariciarme las ingles rozando el vello púbico, de vez en cuando estirando algún pelillo, ¡qué delicia!

Estoy cada vez más húmeda, no lo puedo remediar, muchas veces me quedo así, esperando encontrar a algún hombre, que me guste y que me haga sentir su reina, al menos por un día, pero eso cuesta encontrarlo, y de momento no me queda más remedio que conformarme con la suavidad de las yemas de mis dedos.

Autora: Carícies

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