La española

Me siento cerca del desdichado, lo acaricio, lo beso, antes o después cada uno anhela hacer conmigo lo que podría ser su último amor. Dado que esto es un acto de caridad, yo me empeño mucho más cariñosamente que en el amor mercenario, estoy muy atenta a que estos hombres, cuyos corazones podrían estar débiles, no mueran en mis brazos. Siempre miro con atención sus ojos encantados.

El viejecito

Yo empecé a ir a la escuela retrasadamente porque tuve que trabajar con mi madre en su taller de modista, y aún frecuentaba una clase en la cual les llevaba a mis compañeros dos o tres años, lo que dependía del hecho que yo estaba en esa clase por tercera vez, habiendo sido bochada por dos veces consecutivas.

Los chicos me llamaban mamá y las chicas algunas me consideraban tonta, otras murmullaban que yo era una puta secreta que gozaba todas las noches y llegaba a la escuela sólo para dormir como un tronco. Ningún profesor o profesora se daba cuenta de mí, tanto más sabían que mis padres por sus necesidades económicas ya habían decidido de mandarme a trabajar de sirvienta en una familia de la ciudad. Mis muñecas eran toda mi vida: hechas de trapos, yo las vestía como señoras (así me parecía a mí), escogiendo los modelos de las revistas de moda que buscaba hasta en los montones de la basura.

Mis compañeras hablaban entre sí continuamente de chicos, de maquillajes, de joyas y de sus medidas y se pasaban a escondidas revistas y libros de sexo. Yo no tenía ninguna confianza con ellas y no me interesaba de alguna manera el sexo, me preocupaba solamente de mis queridas muñecas.

Un día estuve hasta la coronilla de ir a la escuela, por lo cual me tomé una mañana libre, lo que ocurría a menudo sin algún inconveniente escolar, y decidí llevar la más bonita de mis muñecas fuera de la ciudad, al campo para respirar un poquito de aire no contaminado. Como mi hermana mayor estaba fuera de casa para asistir a la tía enferma, me puse su blusa blanca, su minifalda, sus zapatos con un poco de tacones, su cartera nueva para no deslucir en el aspecto con mi muñeca real. Había ya girado por una carretera que atravesaba algunas granjas por la mayor parte poco cultivadas y quizás abandonadas, cuando me di cuenta que un hombre corpulento y de mediana edad parecía seguirme.

Me sentí aterrorizada. En los campos había pocas casas y por kilómetros no se veía alguna persona. Yo tenía un gran miedo que aquel hombre quisiera robarme la cartera nueva y la muñeca. No obstante los tacones me puse a correr como podía y aquel desconocido detrás de mí. Por fin yo vi a distancia un viejo con un bastón; toda jadeante me acerqué a él, lo abracé y de reojo me di cuenta que aquel varón mal intencionado se había parado y se volvía atrás. Seguramente él supuso que el viejo era mi abuelo y el barracón junto a la carretera su habitación.

El viejo parecía extremadamente maravillado de mi comportamiento, más me invitó a su casita para darme un vaso de agua. Mientras bebía al fin tranquila, vi que él me miraba fijo y casi empezaba a llorar. “Muchacha, tú pareces una diosa”, me dijo. “Hace veinte años que soy viudo, solo y sin dinero. Tengo ochenta años; antes que me muera, yo no tendré más ocasión de mirar una jovencita al natural. ¡Te ruego! Desnúdate por mí, regálame esa gracia”. Yo no comprendía el beneficio que él pudiese lograr de esto, aunque, muy renuente, me desnudé y quedé a observar. El se bajó sus pantalones y yo vi entre sus piernas como un pez seco, que sin embargo hacia algunos pequeños movimientos. Yo no sabía que decir ni hacer. El continuó:”Hace veinte o aún diez años jamás estaba así. Prométeme que vendrás otra vez a visitarme y gracias a una medicina tú descubrirás, aunque sea viejo, algo mejor”. Se lo prometí.

Cuando regresé a mi casa mi confusión mental estaba inimaginable: todo el mundo me parecía sumamente loco. Me desnudé frente al espejo de mi habitación y empecé a mirarme fijamente. Me volvieron a la memoria las miradas de los hombres que encontraba en mi camino, las frases, piropos, de los chavales detrás de mí, como “qué bonito culito redondo”, “que estupendo pecho respingón” etcétera. Fue de inmediato una revelación y vocación: decidí que debía recuperar tantos años perdidos. Pedí a mis padres que me pusieran en una rica familia del casco y aquél fue el hecho que marcó la vuelta de mi vida. En esa rica familia un día de la semana, el viernes, el día de Venus, se desarrollaban variadas orgías, en las cuales yo representaba la atracción principal.

En esas ocasiones yo conocí un montón de peces gruesos que me solicitaban prestaciones especiales. No tardé mucho en poner mi propio chalé todo adornado de flores, donde vienen a visitarme aún de las vecinas ciudades. El trabajo es mucho, pero muy lucroso. Los sábados y los domingos – nada: los domingos, porque, dice el cura, después seis días de trabajo se necesita descansar, los sábados porque son días dedicados a la beneficencia.

Cuando regresé a la casita del viejo del bastón, como le había prometido algunos años antes, la casita estaba cerrada y aquel viejo fallecido. Mi remordimiento fue indescriptible. Desde aquel día todos los sábados yo voy por los campos y visito todas aquellas habitaciones casi destruidas donde viven viejas parejas o viejos olvidados. En ese caso me siento cerca del desdichado, lo acaricio, lo beso: antes o después cada uno me quiere y anhela desesperadamente hacer conmigo lo que podría ser su último amor. Dado que esto es un acto de caridad, yo me empeño mucho más cariñosamente que en el amor mercenario y estoy muy atenta a que estos hombres, cuyos corazones podrían estar débiles, no mueran en mis brazos. Siempre miro con atención sus ojos encantados.

Por unos cuidadosos lametones me dicen “tú me pones a cien”, por una suavísima mamada me dicen “tú me pones a mil”, si logran follarme y eyacular en mí, se tumban en el suelo, exhaustos y felices diciendo: “Muchacha santa, tú me has puesto en el cielo”. Y cuando acarician mis pechos o chupan mis pezones dicen siempre: “Cuantas agradezco esto”.

De todas maneras yo estoy de acuerdo con el cura: el amor mercenario es un gran pecado, porque se vende el cuerpo, por el dinero del diablo; pero yo no tengo miedo por mi alma. Con todos aquellos agradecidos viejecitos que yo he puesto en el cielo, por mis deliciosas y gratuitas obras, es muy probable que haya un asiento para mí y mis muñecas en ese sitio.

Otra vez os relataré como hizo beneficiencia con un jovencito que arriesgaba tener que hacerse dos o tres pajas, lo que es malo para la salud.

Autor: SIR

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