Mi primo el ginecologo y su colega

Yo quería gozar más de su lujuria. Lo insultaba para incitarlo, para que arremetiera con más fuerza. Vicente me abrazaba y gozaba por el morbo que le producía verme tan ardiente, oyendo cómo yo pronunciaba esas palabras lascivas que calentaban a su amigo. Gregorio me inundó el culo con su  esperma y yo llegaba a un orgasmo escandaloso y caí sobre mi primo embriagada de placer.

Había tenido algunas experiencias sexuales fuera del matrimonio y pensé que sería oportuno hacerme reconocer por un ginecólogo. Quién mejor que el marido de mi prima, con el que tengo confianza y además, tiene buena fama en su especialidad. Me puse en contacto por teléfono con él para concertar día y hora y me dijo que, al día siguiente a las siete, podía pasarme por su consulta. A esa hora terminaba y así podría dedicarme todo el tiempo que hiciera falta. A las 7 y cinco del día siguiente llamé al timbre y me abrió una enfermera, al decirle mi nombre, me hizo pasar directamente al despacho del doctor. Me recibió con dos besos en las mejillas, como siempre que nos veíamos, que no era frecuente y nos preguntamos por la familia.

Vicente, el marido de mi prima, de 38 años, es un típico hombre mediterráneo, moreno, ojos marrones muy pícaros, pelo abundante y ondulado, de aproximadamente 1,75 m., más bien delgado, simpático y de trato agradable.

Estábamos sentados, él en su sillón y yo al otro lado de la mesa. Empezaron las preguntas profesionales. Le aclaré que no iba con algún problema concreto sino que, últimamente había tenido más sexo del habitual y no siempre con mi marido. (Al confesarle esto último, le noté un brillo momentáneo en los ojos). Y que mi visita era simplemente para saber si todo estaba bien en mi cuerpo, más que nada, quería saber si había contraído algún tipo de enfermedad oculta. El asintió con la cabeza y me hizo algunas otras preguntas. En esto, se abrió la puerta y apareció la enfermera a preguntar si la necesitaba o podía marcharse. Vicente le dijo que podía irse, ya que, la paciente es familiar y había confianza.

Antes de cerrar la puerta, la enfermera (guapa y de unos 26 años), me recorrió con una mirada crítica, no disimulada. Yo seguía mirando la puerta por donde había salido la enfermera y, al hablarme Vicente, volví la cara hacia él, le sonreí y le guiñe un ojo. El se puso un poco nervioso y me indicó que me desnudara tras el biombo del rincón y que me pusiera la bata verde, que allí había colgada. Yo me desnudé, pero no me puse la bata, salí de detrás del biombo a preguntarle qué debía hacer ahora. Al verme delante de él, completamente desnuda, se quedó un momento con la boca abierta y me dijo, mientras salía de detrás de su mesa! coño Carmen…qué cuerpo… y yo…solté una carcajada, por su expresión tan espontánea y le dije, sin parar de reír…eh, doctor, que soy una paciente.

Me tomó del brazo y me llevó a una mesa de esas altas de ginecólogo. Me ayudó a subir y me colocó las piernas en unos soportes altos. El, con disimulo, no dejaba de mirarme con ojos de deseo. A esto que suena el teléfono y me deja allí, tumbada en aquella mesa, con las piernas bien abiertas y las rodillas en alto.

Al volver junto a mi, me dijo que lo había llamado un colega, para ver si se iban juntos a tomar unas copas y él aprovechó para pedirle que viniera a la consulta, a ayudarle en el reconocimiento que estaba a punto de hacerle a una familiar. Bueno, le contesté, más verán cuatro ojos que dos, así quedaré más tranquila. Se puso unos guantes, se sentó en una banqueta y empezó a hurgar por mi vagina con unos aparatos. Lo primero que hizo fue quitarme el “diu”. Mientras me reconocía, me preguntaba (muy profesionalmente), por la variedad de mis relaciones sexuales. Yo, con total sencillez, le expliqué mis experiencias, incluidas las del hostal con dos desconocidos, con Nuria (la transexual) y otras. También le hablé de mis experiencias lésbicas y la utilización de “juguetitos”. El ponía una cara de asombro enorme al irle confesando yo todo eso.

El siempre había pensado de mi, como de mi prima (su esposa), que éramos más bien frígidas y no daba crédito a lo que yo le iba contando. Noté que se estaba poniendo nervioso y excitado y, yo misma, al irle relatando mis aventuras, me estaba excitando sin querer, recordando lo mucho que había disfrutado en todas las ocasiones. Sonó el timbre de la puerta y fue a abrir. Al momento apareció acompañado del otro médico y nos presentó. Jo…no es que me diera mucho pudor que me viera desnuda, pero me sentí incómoda de estar allí tumbada, tan expuesta, con dos hombres vestidos, mirándome, por muy médicos que fueran.

Gregorio, que así se llama el otro médico, es más o menos de la edad de Vicente, es rubito y un poco más bajo que él. Supe después que eran muy amigos, estudiaron juntos, aunque Vicente se especializó en ginecología y Gregorio es Analistas (o algo así). Vicente tomó del brazo a Gregorio y entraron en otra habitación, supongo que Vicente puso al tanto a Gregorio de mis experiencias sexuales y el objeto del reconocimiento. Al rato salieron. Gregorio se puso una bata blanca y guantes y Vicente se puso unos guantes nuevos. Gregorio se colocó delante de mí y con unos utensilios, tomó muestras del interior de mi vagina y de mi recto, también me tomó una muestra de sangre y saliva y no sé qué más. Una vez obtenidas las muestras, se marchó rápido, despidiéndose hasta luego y Vicente siguió con el reconocimiento visual y táctil. Después de un rato con la vagina, me colocó un nuevo “diu” y pasó al recto, que también lo hurgó y examinó un buen rato, con diferentes aparatos.

A continuación, de pie a mi lado, me examinó las tetas, palpándolas sin guantes un buen rato, buscando algún bulto extraño. Me dijo que no encontraba nada anormal, solo un poco irritada la vagina y el recto, pero que era normal, por el uso intensivo que le estaba dando. Mientras me hablaba, veía y sentía yo, cómo me seguía sobando las tetas y no precisamente ya como médico. También me dijo que Gregorio había ido al laboratorio a hacer un análisis preliminar, con las muestras que me había tomado y que pronto vendría con el resultado. Con el toqueteo que me estaba dando a mis tetas, mis pezones se endurecieron y yo, que soy muy fácil de excitar, noté que mi vagina empezó a mojarse. Cerré los ojos y me empecé a abandonar al deseo, puse mis manos sobre las suyas y le imprimí movimientos más intensos sobre mis tetas.

El comprendió que le daba vía libre y acercó su cara a uno de mis pezones y lo chupó con glotonería, después el otro, mientras sus manos no paraban de sobarme las tetas. Yo gemía por los primeros placeres. El acercó su boca a la mía y nos fundimos en un largo y apasionado beso, mientras se iba quitando a tirones la bata y demás ropa. Yo bajé mi mano a su bragueta y noté, por encima de su pantalón, que tenia la polla completamente dura. Pronto se quedó sin camisa y con los pantalones y calzoncillos en los tobillos, se vino a mi entrepierna, abrió con sus dedos mis labios vaginales y enterró su boca en mi coño, ya muy húmedo y con la lengua me dio un masaje divino a mi hinchado clítoris. En pocos minutos, sentí cómo su polla se abría camino en mi vagina, uuuuummmmmm, qué rico sentí, me la metió hasta los huevos y empezó un mete y saca que me provocó el primer orgasmo.

Me decía, Carmen, jamás pensé que podría follar contigo, aunque siempre te deseé. Eres mi fantasía hecha realidad. El no tardó en soltarme toda su leche caliente en mi interior, quedando un momento recostado sobre mi. Sonó el timbre de la puerta y él trató de recomponer su ropa, se subió el pantalón y se puso la bata a medio abrochar. Le oía, sin distinguir las palabras, que hablaba con alguien. Yo, aunque había tenido un orgasmo, me sentía muy caliente e insatisfecha y, con los ojos cerrados, con una mano me masajeaba las tetas y con la otra me restregaba el clítoris. Cuando abrí los ojos, vi a Vicente con la bata quitada y a Gregorio desnudándose. Le dije a Vicente que me había dejado en lo mejor, que uno de los dos Después me ayudaron a bajar de aquella mesa y me fui al aseo a orinar y lavarme.

Cuando salí, me llamaron desde la otra habitación. Allí había un sofá y dos sillones, una mesita en el centro y varios muebles. El suelo estaba casi todo cubierto por una gran alfombra. Cada uno tenía una copa en la mano y a mi me ofreció Vicente otra. La necesitaba, tenia la boca seca. Los tres seguíamos desnudos. Los dos me miraban con cara de admiración y mucho deseo. Pude observar que los dos tenían sus pollas duras, mirando al techo. La polla de Gregorio era normalita, de unos catorce centímetros y poco gruesa y unos huevos gordísimos. En cambio, la polla de Vicente, de unos dieciséis centímetros, era normalita por la punta, pero iba engrosando cuanto más se acercaba a la base, siendo muy gruesa junto al cuerpo. Me dijeron que, por lo analizado, estaba completamente sana, pero que en una semana, podrían tener los resultados definitivos. Eso me tranquilizó muchísimo.

Me senté en el sofá y Gregorio, arrodillado en la alfombra ante mi, me abrió las piernas para hacerme una rica mamada de coño y Vicente, de pie a mi lado, acercó su polla a mi boca. Se la rodeé con una mano y con la otra le agarré los gordos huevos. Con la punta de mi lengua le daba golpecitos en la boquita de su glande, después se la chupé por los lados, terminando por tragármela totalmente, succionándola con mucho deleite. Vicente, con los ojos cerrados y su cara mirando al techo, temblaba de placer con la mamada que yo le hacía. Gregorio, mientras, no paraba de darme placer con su lengua en mi coño palpitante.

Al rato se levantó Gregorio y se tumbó boca arriba en la alfombra, invitándome a sentarme sobre él. Le pasé una pierna por encima y me fui agachando, hasta ensartar su polla en mi chochete, mirándolo a la cara. Una vez metida, me atrajo sobre él para besarme y masajearme las tetas. En esa postura, mi culazo estaba invitando a Vicente para que lo disfrutara. Se arrodilló entre las piernas de Gregorio, detrás de mi y puso crema en mi culo. Acto seguido, con mucha delicadeza, empezó a penetrarme el culo…uuuuummmmmm…yo me derretía de placer con las dos pollas dentro de mi.

Cuando Vicente me penetraba a fondo, notaba el grosor exagerado de su base y me gustaba cómo me abría el culo. Sentía las dos pollas muy duras y palpitantes, pero no me hacían daño, las gozaba con un dulce ronroneo. Ellos alucinaban de tenerme en medio y penetrándome al unísono. Vicente me besaba por la espalda y yo me comía la boca de Gregorio, que gemía como un crío en su primera experiencia sexual. Fui entrando en un estado de bienestar lujurioso y mi cuerpo ya pedía más marcha, más penetraciones fuertes y profundas. Venga niños, dadme fuerte, demostrarme lo machos que sois, dadle caña a esta hembra caliente. Ellos arremetieron con furia, con ganas, entraban en mi con fuertes embestidas y yo me retorcía de gusto y los animaba a más, más, más….cabrones, no paréis, puteadme fuerte. Entré en un frenesí lascivo y mi baba caía sobre el pecho de Gregorio que, con la cara descompuesta por el placer y el esfuerzo, empujaba su polla contra mi coño espasmódicamente y Gregorio me la metía fuerte por detrás, dándome de vez en cuando en mis nalgas con sus manos abiertas.

Gregorio profería palabras incoherentes, lascivas, invadido por el ambiente lujurioso que estábamos protagonizando. Yo chillaba, orgasmaba una y otra vez, mis jugos resbalaban por los huevos de Gregorio que, con los ojos cerrados, agarrado a mis tetas, no paraba de meterse dentro de mí. Vicente profirió una fuerte exclamación, incrustando su polla hasta lo más profundo de mi culo y soltándome dentro todo su néctar masculino, quedándose totalmente quieto, agarrado a mis caderas. Gregorio le siguió de inmediato en su corrida y me inundó la vagina con su leche. Quedamos los tres aplastados, inundados de jugos, sudores y cansancio, agotados de placer.

Los tres nos fuimos después a la ducha y me enjabonaron con mucho mimo y amor. Me secaron con dulzura, como a una diosa, con algunos besos por mi piel. Salí del aseo y me fui a buscar alguna botella, encontré una de JB y me la llevé al sofá a darme unos tragos. Pronto llegó Gregorio y se sentó a mi lado, enseguida apareció Vicente y se sentó, al otro lado, dejándome en medio de los dos. Se dieron unos tragos y encendieron unos cigarrillos. Comentábamos lo bien que lo habíamos pasado. Alababan mi cuerpo, mi calentura y mi espontaneidad, según decían ellos. Gregorio, que es solterón y me parece que se come pocas roscas, alucinaba como un niño de lo mucho que había disfrutado y Vicente….bueno…

Vicente decía que no se lo podía creer, que siempre me había deseado como hembra, pero nunca imaginó que algún día podría poseerme. Me dijo que muchas veces se había masturbado pensando en mi y que, en ocasiones, cuando follaba con su mujer, mi prima, se hacía la idea que era conmigo. Para él tenía esto un morbo más especial, el morbo de la familia, del incesto. También me dijo que le gustaría que mi prima (su esposa) cambiara y le gustara más disfrutar del sexo, lo mismo que había hecho yo. Le prometí que trataría de ayudarle, que hablaría con ella….en fin, que si podía, lo convertiría en otra loquita como yo. Mientras hablábamos, no paraban de tocarme por todo el cuerpo y besarme. Gregorio la tenía ya durísima y Vicente lucía una erección impresionante, se le marcaban las venas y tenia el capullo amoratado de la hinchazón. Me compadecí de él y me senté en la alfombra, pronto tenía su durísima polla en mi boca, le arañaba suavemente por los huevos y el interior de sus muslos.

Me la tragaba entera, hasta la campanilla, apretando los labios alrededor en el sube y baja. Sus manos sobre mi cabeza y gimiendo de gusto, me decía…así Carmen, así prima, sigue…sigue….cariño no pares….

Pronto emborrachó mi garganta y toda la boca con unas descargas abundantes de su deliciosa leche. Recogí con los dedos la que me caía por la barbilla y me chupaba los dedos, mirándolo sonriente a los ojos. Después, me abrazó y me besaba y repetía…gracias Carmen, gracias Carmen… me has hecho muy feliz. Gregorio, detrás de mi, restregaba la dureza de su polla por mi culo.

Me agaché, apoyé mis manos en las rodillas de Vicente, que estaba sentado y ofrecí mi culo a Gregorio que, sin pensárselo, me la metió en profundidad, dándome empujones contra Vicente, en sus embestidas. Yo le pedía más, quería sentirlo más dentro de mi, quería gozar más de su hombría, de su lujuria. Lo insultaba para incitarlo, para que arremetiera con más fuerza.

Vicente me abrazaba y besaba y gozaba por el morbo que le producía verme tan ardiente, oyendo cómo yo pronunciaba esas palabras lascivas que calentaban más y más a su amigo. Y Gregorio me inundó el culo con su caliente esperma, al tiempo que yo llegaba a un orgasmo escandaloso, bestial y caí sobre mi primo embriagada de placer.

Sonó mi teléfono móvil y era mi marido, para decirme que llegaría tarde a casa, que tenia una cena. En vista de eso, les propuse a Gregorio y Vicente irnos los tres a cenar juntos. Ellos aceptaron encantados. Nos fuimos en mi coche, para no tener que volver a recogerlo. La cena fue muy agradable, hablamos de nuestras aventuras y nuestras fantasías, nos reímos mucho y después yo me fui a casa muy feliz, con el cuerpo rebosante de plácida dulzura.

A la semana siguiente me llamó Vicente y me dijo que esa tarde le llevaba Gregorio el resultado de los análisis. Ni que decir tiene que….esa tarde nos encontramos de nuevo los tres en la consulta de Vicente y, para celebrar que no había nada negativo en mi salud, lo celebramos con una follada memorable. Ah…y posterior cena, jajaja. Después, cada mes…iba a “chequeo médico”.

Besos a mis queridas lectoras y lectores de vuestra amiga Carmen Aguirre.

Autora: Carmen Aguirre

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