Su cautivadora pieza de carne

Sentí aquella bendita carnosidad abrirse paso por entre mis glúteos, buscando y encontrando la entrada de mi sexo y de mi alma. Acometió gentil y vigoroso, afable y violento. Con sus manos sujetaba mi cadera para facilitar sus impetuosos movimientos que uno a uno me encaramaban de nuevo a la cúspide del deleite.

Me estaba volviendo loca. Cada vez que sonaba el timbre de mi casa me invadía una sensación de excitación. Había dado a Fer, mi divertido cyberamigo, todos los tips necesarios para que encontrara mi casa, y él había prometido buscarme. Yo sabía que todo era parte de un ameno juego, pues sabiendo él de mi estado civil, yo sentía poco probable que me buscara para realizar todas aquellas cosas que le prometí hacer en caso de que me encontrara. A pesar de ello, yo comprendía que había una pequeña posibilidad de que hubiera tomado en serio aquel juego, y no podía evitar el reflejo condicionado que humedecía mi entrepierna cada vez que escuchaba que alguien llamaba a la puerta de mi hogar.

Aquella tarde de diciembre no fue la excepción. Sonó el timbre y mi corazón comenzó a latir más rápido. Sabía que difícilmente sería Fer, pero no podía evitar emocionarme aquella pequeña posibilidad. Tras abrir la puerta, y aunque jamás le había visto, le reconocí. Aquella mirada profunda y aquella seductora sonrisa no podían ser de nadie más que de aquel cyber amigo que a menudo usaba mi mano para llevarme al orgasmo con sus excitantes correos electrónicos. La ausencia de mi marido me permitió invitarle a pasar. Pocas fueron las palabras que pudimos cruzar.

No sé si leyó en mis ojos la profunda necesidad que tenía de ser amada sin inhibiciones o simplemente la ansiedad lo inundó, pero en la primera oportunidad que tuvo me tomó por la espalda y, mientras su santa mano acudía diligente a mi humedad, su fascinante voz descargaba deliciosas obscenidades en mi oído al tiempo que su aliento me estremecía. Sólo cerré mis ojos, acaricié mis senos y me declaré en estado de sumisa entrega total. En esos momentos pasaron por mi mente múltiples imágenes excitantes que quien ahora me tenía entre sus brazos había labrado en mí; sabía que estaba a punto de llevar a realidad esas maravillosas escenas.

Mientras mi mente viajaba en ese cúmulo de pensamientos, mi amable visitante descubrió mis senos y comenzó a recorrerlos con su boca. Para alguien como yo, acostumbrada a raíz de mi matrimonio a recibir besos sólo en mis labios, aquel aliento en mis pechos era un regalo de supremo deleite. Los pequeños filamentos de su barba no hacían sino intensificar mis placenteras sensaciones. No pude más, con la tranquilidad de saber que mi momentáneo compañero no me consideraría por ello “sucia”, busqué mi entrepierna con mis manos evocando la lectura de sus correos, y apartando la bragadura de mis pantaletas, acaricié mi entrada emprendiendo la búsqueda de mi máximo placer.

Aquella buena lengua recorrió cada milímetro de mis pechos colmándome de sumo deleite. Sin embargo, ese no iba a ser el único de sus recorridos. Con la maestría propia del hábil amante que es, mi adorable compañero me inclinó de frente sobre una silla alta, levantó mi pequeña falda para descubrir mis nalgas y, tras hacer a un lado la entrepierna de mis bragas, se dio a la tarea de visitar gentilmente mis orificios inferiores con su bendita lengua. UNO

No lo podía creer. ¡Hacía tanto que no recibía una atención similar! Cada lamida por sí misma parecía llevarme a la cumbre del placer. Había soñado yo con un momento así desde hacía tanto tiempo, que no pude más: estallé de gozo. Recibí con regodeo cada espasmo de placer, desahogando a sonoros gemidos cada una de mis insatisfacciones previas, como deseado enterar a todo el condominio de mi gozo.

Eso no se podía quedar así. Fer me estaba regalando momentos tan sublimes que lo menos que podía hacer era agradecérselo de manera similar. Recobrada del maravilloso momento, me puse a sus pies y, con la impaciencia lógica, abrí el cierre de su pantalón y extraje su erguido miembro, bello, carnoso, aromático e impregnado de sus primeras gotas de néctar. Literalmente la boca se me hizo agua. Tomé entre mis manos aquel delicioso manjar y lo engullí afanosa, con el deseo ferviente de hacerle pasar por momentos tan deliciosos como él lo había hecho conmigo momentos antes.DOS

Quería darle placer, pero el placer era mío. Una maravillosa sensación de deleite me invadía en cada succión. Aquel olor y aquel sabor producían una excitante mezcla como nunca antes había probado, a pesar de que la práctica oral no era nueva para mí. Moví mi cabeza imitado el movimiento pélvico para incrementar su gozo. Cada convulsión de placer que producía en mi amante generaba en mí un estremecimiento similar.

Cuando sintió cercano su momento me detuvo. Quiso frenar para conservar su ímpetu. Por un lado hubiera deseado seguir saboreando aquella delicia, pero entendí que la tarde era larga y esa pausa nos permitiría ampliar nuestras variantes amorosas. Lo anhelaba profundamente. Por mucho tiempo había extrañado aquellos años de libertad que no hacían del “misionero” la única postura para amar.

Después de relajarse por unos instantes, se desarropó su torso. Si lo que quería era enfriarse quizá lo logró, pero por lo que a mí respecta, la vista de aquel masculino pecho desnudo sólo elevó mi nivel de excitación, crecido aún más cuando se empezó a desabrochar el pantalón. Sin quitárselo del todo, me arrebató con ansiedad blusa y pantaletas dejándome tan solo cubierta por mi frágil falda. De nuevo me colocó sobre aquella silla, de espaldas a él, me flexionó hacia el frente y levantó mi falda.
Quedé totalmente a su merced.

Aquellos instantes de espera me parecieron siglos. Por fin estaban dadas todas las condiciones para sentirle dentro, como tantas veces lo había imaginado en mis fantasías. Finalmente sentí aquella bendita carnosidad abrirse paso por entre mis glúteos, buscando y encontrando la entrada de mi sexo… y de mi alma. Acometió gentil y vigoroso, afable y violento.

Con sus manos sujetaba mi cadera para facilitar sus impetuosos movimientos que uno a uno me encaramaban de nuevo a la cúspide del deleite.

Tras formidables minutos de entrega absoluta quiso parar de nuevo para preservar su energía, pero no lo dejé. Me sabía cerca del placer supremo y le supliqué seguir dentro de mí. Cariñosamente aceptó mi clamor para en pocos instantes verter su savia dentro de mí. Las contracciones que su orgasmo producían no hicieron otra cosa que llevarme al mío propio. No sé porqué, pero saber que aquel precioso líquido se alojaba en mí, me emocionó enormemente. Quizá en el fondo deseaba un hijo con los genes de aquel hombre cuya inteligencia me había cautivado desde su primer correo. No lo sé.

Descansamos un poco de aquel banquete. Nuestras miradas emprendieron un lujurioso diálogo ausente de sonidos pero pleno de mensajes impúdicos. Sus bellos ojos parecían decirme “déjame descansar un poco y verás cómo te sigo cogiendo”. Afectuosamente le despojé de sus últimas ropas con el doble propósito de darle comodidad y admirar su desnudez.

Tras retozar un poco en el sofá de la sala, finalmente recobramos las energías necesarias para seguir nuestro festín amoroso. Ahora fui yo quien tomó la iniciativa. Tomé asiento abierta ante él, apresé entre mis manos a su hermoso miembro y lo dirigí con impaciencia hacia el portal de mi sexo. Levanté mis piernas para facilitarle sus maniobras y me sumí de nuevo, a ojos cerrados, en el frenético deleite que su vigoroso balanceo me regaló por idílicos minutos, tras los cuales se detuvo.

Quiso variar la posición. Se recostó en la alfombra, y dirigiendo mi cara hacia su sexo condujo el mío a la suya. ¡De nuevo, mi añorado 69! A mi mente vinieron maravillosos recuerdos. Me había ofrecido placer y me lo estaba dando a manos llenas. Saboreé de nuevo aquel rico manjar, ahora felizmente más pringoso, mientras su cautivadora lengua hacía las delicias de mi entrepierna, ahora también más jugosa. Se trataba de un doble placer que cambiaría por muy pocas cosas de este mundo. Afanosos, nos entregamos a la noble tarea de bebernos mutuamente hasta la última gota de nuestro placer. No pude evitarlo. No quise evitarlo. Con aquella celestial variante alcancé de nuevo el máximo gozo sin poder contener la emisión de indiscretos gemidos capaces de traspasar las endebles paredes del apartamento.

Satisfecho de verme colmada de placer, se puso en pie, pero su hermoso sexo aún se erguía orgulloso y anhelante. No lo quise soltar. Permanecí a los pies de mi amante y seguí devorando aquella cautivadora pieza de carne anhelando exprimir de ella un segundo torrente de néctar, que de momento no llegó. La naturaleza del sexo masculino lo impidió.

“Ponte como perrita por favor” me pidió emocionado. Obediente, me empiné hacia él con toda la intención de serle útil. Me había regalado ya con tan fascinantes momentos que lo menos que podía hacer era poner toda mi disposición para satisfacerle. En esos momentos yo anhelaba profundamente regalarle otro orgasmo. Levanté mi trasero y arqueé mi espalda para resultarle lo más apetecible posible. Como dueño de un nuevo aire, encajó otra vez su verga dentro de mí estremeciéndome de gozo. Por segunda ocasión en aquella tarde, recibí gustosa los maravillosos embates que mi cyber amante ejerció sobre mi trasero.

Cuando parecía estar cerca de su clímax, de nuevo suspendió su accionar, sólo para recostarme boca arriba sobre un par de sillas, levantar mis piernas, meterme de nuevo su fascinante máquina de placer y reanudar su excelso vaivén. No pude evitar masturbarme mientras me embestía deliciosamente. En un punto en el que creía haber tenido suficientes orgasmos por ese día me estaba llegando el cuarto, concretándose al tiempo que mi compañero evidenciaba la llegada de su segundo.

Terminamos exhaustos. Nos tiramos de nuevo con plena satisfacción a descansar aún desnudos en el sofá, entregándonos en un amoroso beso que subrayó el profundo afecto que ese día nos había llevado al mismísimo paraíso. Sólo la presión de saber que las posibilidades de que mi marido llegara a casa crecían en cada momento nos hizo despertar de aquel embeleso. Nos vestimos respectivamente para posteriormente despedirnos con un apasionado beso en el marco de la puerta de mi casa ante la mirada reprobatoria de doña Elvira, mi vecina chismosa. No me importó.

Autora: Mónica

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