En una islita del Tigre

Me estiré para engullirme la verga de mi esposo, abrí las piernas levantándolas para permitir que Mario llevara su aparato hacia mi cueva.  Sentí el contacto, aun vibrando por el orgasmo que ya jadeaba. Tuve la sensación de gloria al recibirla triunfal dentro de mi ser, me la metió que parecía había tenido buena escuela, como un sabio carpintero clavando clavos en una madera receptiva.

Salimos a la madrugada. Llegamos al Tigre y desde allí en nuestro gran gomón (bote de goma) navegamos hasta nuestro pequeño paraíso. Una hermosa casa de fin de semana, deteriorada, pero de gran señorío. Ubicada en una islita del inmenso delta del Tigre, provincia de Buenos Aires, Argentina, era, para nosotros, un sueño, repararla y tener en ella, nuestro lugar para pasar fines de semana, vacaciones y reunirnos con gente afín.

Ya semanas atrás mi esposo había estado yendo para ultimar detalles a fin de pasar unas semanas allí, y continuar la reparación de tan bello lugar. Mucho por hacer, pero nuestro entusiasmo era mayor. Mucha madera era necesaria cambiar,  desde al amarradero hasta detalles de la casa, serian reparados pronto. El parque, estaba bien, porque había estado trabajando en el baquianos expertos que lo dejaron como un jardín japonés.

Revisé la casa, y tal él me lo había dicho, estaba muy habitable, así que estaba dispuesta a pasar esas semanas colaborando con las tareas de mejora. En esa oportunidad nos acompañaba un carpintero, Mario, joven él, de unos 25 años, el que tendríamos por unos días como huésped. Yo cocinera y ama de casa, pronto estuve disfrutando de aquel ambiente tan lleno de naturaleza. Ellos trabajaron en el puertito, y yo acondicioné nuestro hogar. Mi experiencia culinaria quedó demostrada al medio día, y ya para la noche tenía bien preparada la cocina de ese y los días siguientes.

La casa tenía una sola planta, pero estaba dispuesta en diferentes niveles, en forma escalonada, cosa, que desde la entrada se podía divisar la gran amplitud, y desde cualquier lugar, poder disfrutar de la hermosa vegetación que rodeaba todo. El amplio living comedor de la entrada, cocina, baño y nuestro gran dormitorio, estaban perfectos,  pero los demás dormitorios y toilettes debían ser reparados, pues sus pisos no estaban en condiciones. Así que nuestro visitante, durmió en el amplio sillón que señoreaba en el living de entrada.

A la mañana, ellos se fueron a la barraca, para traer lo que necesitaban según sus cálculos para comenzar las reparaciones. Regreso al medio día, dijo mi esposo. Así que tenía toda la mañana para mí. El calor era intenso, y disfruté de un buen baño reparador y al salir envuelta en la gran toalla me tiré a descansar en el gran sillón. Quiso que el silencio, lo agradable de la situación, me quedara yo completamente dormida.

Desperté algo sofocada, por el calor, desnuda, ya que había caído la toalla al piso, y solo sentía un leve ruido a tablas que se golpeaban. Tapé mi desnudo cuerpo y miré hacia fuera. Allá alejado, estaba Mario, y al no divisar a mi esposo, me inquieté… no porque temiera algo, sino, porque vi, en la cocina, apiladas muchas maderas.  Ello significaba que alguien las había entrado, pasando junto al sillón, ese mismo sillón donde yo estuve  dormida, completamente desnuda, y con seguridad, mostrándome enteramente descubierta. Atiné ir al dormitorio y me puse una solera por encima, y salí a indagar. Lo que me temía.

Mi esposo había traído al carpinterito Mario, y se había regresado a buscar el resto del pedido. O sea que Mario, me había visto completamente desarropada. Una especie de sopor, excitación e inquietud, se hicieron carne en mi.

-Usted me vio. ¿Verdad? -Si señora, pero no tema, lo disfruté pero nada diré a nadie de lo bello que usted mostró. -Pero no fue mi intención, hacer tal cosa… Dije. -No hay problema, fue obra de la casualidad, dijo él.

Allí me explicó que mi esposo se había vuelto a la barraca y que vendría a última hora. Que en realidad debería guardar la madera bajo techo, porque al parecer se pondría a llover y había que resguardarla. No lo había podido hacer porque yo estaba en su camino, y tan solo había hecho dos viajecitos…y pensó que no debía seguir. Se lo agradecí, pero en realidad, estaba yo excitada. Sus miradas me parecían insinuantes, y quería suponer que me había estado relojeando toda, y esa idea me calentaba. El estaba fuertísimo y yo no era de manteca. Las primeras gotas comenzaron a caer.

-Uhy, la madera… Dijo, y comenzó a trasportarla hacia adentro. Era un caminito largo, y tenía para varios viajes.

Así que comencé yo también a correr llevando tablas lo más rápido que pude. La lluvia se largó con todo. Pronto el senderito era un gran charco de agua, por él que corría y corría yo. De pronto, un resbalón y caí extendida en aquella pileta en la que se había transformado nuestro jardín…  Allí corrió él a socorrerme y al levantarme, supe de sus brazos viriles, de que rozaron mi cuerpo, sostuvieron mis carnes, y allí también me percaté, de que mojada mi ropa, pegada al cuerpo, dejaron ver que nada tenía debajo. Otra vez, estaba expuesta a aquel joven, indecente, provocativa y muy turbada. El me sostuvo al levantarme y hasta creo que pasó su mano descuidadamente o innecesariamente sobre todo mi pecho, pero… que le iba a decir yo, si me dolía el tobillo recién torcido. Me ayudó a ir hasta la casa. El terminó la tarea mientras yo, me di una ducha caliente.

Cuando él entró, pobrecito, todo mojado, le ofrecí el baño para que tomara también un reconfortante y caliente baño. Mientras sentía el agua caer afuera sentía mi cuerpo caliente y excitado, pero también sentía el agua caer en el baño, sabiendo que él estaba allí. Tuve un arrebato y me asomé como al descuido, y lo vi allí de espalda, majestuoso, varonil, como un ejemplar de macho espléndido… y me regocijé con ello. El giró, sorprendido, y pude ver el esplendor de su sexo, atractivo y deseable. más yo era una mujer respetuosa de mi marido, por lo que atiné a sonreír, decirle frescamente, “tan solo estamos a mano…. Y te felicito por lo que mostraste”

Me lo hubiera comido allí mismo, pero, fiel una es, y me quedé en el molde. Aunque aquello estaba transcurriendo por lugares inimaginados. No tardó mi maridito en llegar y todo sucedió, como si todo estuviese normal. Pero no estaba normal.  Yo estaba muy nerviosa, y mi esposo lo notó. Cenamos algo nervioso los tres. Para postres me levanté a lavar los platos y fue mi esposo el que comenzó una larga charla con su oficial carpintero.

– Acá todo está bien, dijo. -Si bien tengo entendido que mi querida esposa se puso a dormir desnudita como vino al mundo en el sillón del living. Y tú hoy, luego que trajimos la madera, comenzaste a entrarla viéndola así como estaba mostrando sus encantos. -Es que yo si, si, me sorprendí mucho, si. Pero no dejé de entrar la madera precisamente por eso, disculpen. -No tienes por que pedir disculpas, si no fue a propósito que la miraste insinuantemente desnuda, es más, quiero felicitarte por actuar prolijamente y haber dejado la madera afuera, viendo así a mi mujercita. Eso habla bien de ti. Ella me contó que eso la puso algo nerviosa.

– Gracias. -Y también tengo entendido, Mario, que cuando comenzó a llover, ambos corrieron a entrar la madera y que ella se cayó en el agua, quedando tendida. Tú la levantaste viéndola así con su única prenda pegada al cuerpo, provocativamente insinuando su bella silueta, y es más, la tomaste rozando partes sensibles de su cuerpo.- Pero. Es que yo, solo quise levantarla y no tuve otras intenciones.

-Está todo bien, te agradezco que tengas actuado todo como un caballero, y si bien ella me confesó que se puso algo cachonda tú la respetastes. Eso habla muy bien de ti, también. -Gracias. -Pero tengo entendido que después de ese incidente de la lluvia, ella te cedió el baño para una ducha caliente, y quiso poner las cosas empatadas y estuvo espiándote mientras te enjabonabas mostrándole todos tus “valores”. Que al parecer la impresionaron gratamente. -Espere amigo, no tuve yo intenciones de mostrarme, ella me sorprendió, nada más.

-No digo que lo hayas hecho con maldad, por el contrario, cualquiera en tu lugar viendo la desfachatez de ella, hubiera aprovechado la situación. En fin, tengo que felicitarlos a ambos, a ti por haber actuado respetuosamente, pese a la insinuación de esta diosa, que cualquiera se le hubiera tirado encima. Y a ella por haber soportado su cachondez sin haber consumado un acto que me dejara como carnudo ausente.

-Es que yo bueno. -Nada amigo. Y no solo quiero agradecerles a ambos, si no que quiero proponerles, algo, a ella que se vaya ya a la cama y tú que te prepares para seguirla. Quiero que esta lluviosa noche se derrita con un trío para mi dama. -Es que yo….. dijo otra vez Mario. -Tú actúa como te lo pido, quiero hacer algo que a ella le va a encantar con seguridad y supongo que a ti también… yo lo propongo porque estoy seguro que se lo merecen.-Vamos, Marianella, vete a la cama a esperarnos, que esta es una gran noche para ti.

Yo no salía de mi asombro, pero ya estaba tan mojadita con aquella situación que lo miré asintiendo y sin más fui a preparar el dormitorio. Cuando pasé mi esposo le decía a Mario, -Primero dúchate tú, y luego yo… Mientras me cambiaba a un insinuante conjuntito tipo hilo, sentí el rumor de la lluvia y el caer del agua en el baño. Mario se duchaba.

-Querida, esta noche quiero que hagas con el muchacho lo que te plazca, te lo autorizo, te lo pido, te lo agradezco, yo estaré acá, los veré y actuaré cuando me lo pidas o cuando yo lo necesite. Actuemos con naturalidad, que esto va a estar bueno. ¿Verdad?

Me di vuelta, lo abracé y besé con pasión. El apretó mi cuerpo acariciándolo. -Este cuerpito va a tener un fiestita inolvidable. Dijo, pasando sus manazas en todo mi cuerpo. Se fue, y yo me terminé de perfumar.

Cuando Mario entró, venía envuelto en el toallón, así que ambos nos miramos, me moví lentamente para que él pudiera mirarme como me había puesto para su disfrute. Se acercó a la cama y yo solté su toalla dejándola caer para encontrarme con aquel “aparato” impresionante que estaba a media asta.

Lo tomé suavemente, lo fui levantando y le di unos besitos de recibimiento. Eso solo hizo que su “actitud” cambiara. Ya entonces lo froté entre mis manos y le propiné un montón de chuponcitos que lo hicieron empinar hacia arriba. Logrado eso, me lo fui comiendo en sucesivas metidas y sacadas de mi boca.

Se la chupé con ganas, y ella respondía, poniéndose tan dura que me costaba moverla hacia los lados. Me la pasaba por el cuello, las orejas, la cara y la saboreaba deliciosamente. La tuve entre mis senos y refregué su dura punta a mis hinchados pezones. Fue un gran placer.

Mi esposo entró, cámara en mano, y comenzó a buscar ponerla sobre la repisa de donde pudiera filmar automáticamente. Yo le hice algunas poses, le mostré la verga de Mario, sosteniéndola junto a mi cara sonriente.

El carpinterito me tumbó sobre la cama, para dedicarse a algo muy valorado por nosotras, una “minetta” con cucharita y todo. Fantásticamente hábil nuestro visitante, porque me llevó pronto a un clímax brillante.

Atravesada allí en la cama con las piernas al aire, volteé la cabeza sobre el otro borde para encontrarme con el pedazo que mi marido me ofrecía. A él también le di su merecido. Pero ojo, no estaba yo muy concentrada porque aquella lengua de Mario me estaba llevando al primer orgasmo de esa lluviosa noche.

No pude contener la frenética sacudida que me dominaba y gemí y retorcí de goce. Aquellos diez minutos de lengua viril, me habían puesto a mil para el resto de la caliente noche.

Me estiré hacia atrás con la cabeza, para engullirme toda la maravillosa verga de mi esposo, abrí las piernas de par en par, levantándolas, para permitir que Mario, llevara su poderoso aparato hacia mi cueva.  Sentí el contacto, aun vibrando por el orgasmo que ya jadeaba. Tuve la sensación de gloria al recibirla triunfal dentro de mi ser, me la metió tan bien que parecía había tenido buena escuela, como un sabio carpintero clavando clavos en una madera receptiva.

Me contorneé a mis anchas, recibiendo aquel músculo en mis entrañas hambrientas de sexo, mientras me rechupeteaba una ya explosiva pija casera. Fui solita cambiando de posición, poniéndome primero de costado, permitiendo que mi bombeador se fuera reacomodando en esa posición. Así lo gocé un rato. Y terminé dándome vuelta para lentamente ponerme en cuatro, mi posición preferida.

Allí tuve que hacer malabares para no hacer acabar a mi marido, e ir esperando los tiempos de quien me ensartaba, pues notaba que requería tiempos de descanso, para no estallar. Era a mi conveniencia que no terminaran aun. Ya se me había escapado mi tercer orgasmo. Entonces me tomaba tiempos, girando mi cuerpo, para que fuera mi esposo el que la metiera y yo saboreara mis propios jugos en la verga de Mario.

Así estuvimos como media hora, jugando al mete y saca y cambio y cambio. En uno de esos cambios, mi esposo, que había estado metiéndome el dedito en el ano, terminó por meterme su pijota.  El se acabó allí, ruidosa y aparatosamente.

No bien me liberó, porque se me había prendido como garrapata a mi cintura, giré el cuerpo y Mario hizo lo mismo.  Mamacita, como me dilató el culito, la sentía tan apretada que me dio miedo, pero él gozaba y yo también. Mientras él bombeaba lento yo llevé mi mano a mi clítoris, lo apreté con la mano y volví a estallar sintiendo la presión de aquella porongota en el trasero que movía todo mi cuerpo, y dándome clara cuenta de que Mario me estaba inundando con su lechita mi cuevita trasera.

Nos tomamos un respiro, pero pronto comenzaron las caricias, los besos, los deditos, las chupaditas y entonces ambos me cogieron a placer, pero yo controlando que no se me fueran muy rápido.

Estaba yo montada sobre Mario cuando mi esposo pidió que nos pusiéramos más sobre el borde de la cama, y si, que fantástica idea, mientras yo estaba ensartada en el mástil del carpintero, mi marido entró por la vía trasera, para darme una inmensa sensación de estar en el limbo de la lujuria y placer, me tuvieron allí doblemente ensartada hasta más allá de haber acabado los tres de una manera sensacional. Me moví golosa de saber que estaba teniendo dos flores de pollas dentro de mí.

Y no fue lo último, porque después de un descansito reparador, les di a ambos el postre. Los dejé más tendidos que pasa de uva disecada. Pero ellos felices y yo no puedo encontrar palabras para contarles mi júbilo.

Besitos a todos.

Siempre compartiendo.

Autora: Marianella

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